Democracia y destitución. por Rodrigo Karmy

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Una cierta tradición de la filosofía política entiende la democracia como un “régimen” (o una “forma”, si se quiere) de igualdad. Aristóteles la concebía peligrosa porque era el movimiento de los pobres; Kant la asimilaba al despotismo (al igual que la monarquía) en la medida que carecía de división de poderes. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, “democracia” fue el nombre del capitalismo liberal y desde entonces, quedó prendida por su episteme: ofrecía igualdad formal y soberanía popular. Así, “democracia” fue identificada a un régimen de representación: un individuo, un voto. Pero hay otra tradición, clandestina a la anterior, que encuentra su suerte en la deriva averroísta que cristaliza en Spinoza y se remece en Marx: “democracia” no sería el nombre de un régimen, sino del devenir común de todas las cosas.

En este sentido, “democracia” designa un punto de fuga a todo régimen, un “afuera” a la interioridad de la forma política prevalente. Por eso, antes que un “régimen” o un “principio de gobierno” (como piensa el liberalismo), “democracia” será una “potencia”. Para el Marx posterior a la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, no se trata más de “democracia” sino de “comunismo”. El giro de Marx, en este sentido, es importante: la revolución proletaria no puede seguir llamándose “democracia”, sino “comunismo” porque designa un lugar sin lugar, una fuerza intempestiva que transforma enteramente al régimen burgués que define a la democracia. Y, como sabemos, para Marx “comunismo” no es un ideal, sino el “movimiento mismo de la realidad” que, si bien nace de la devastación que el capital deja a su paso, habita dentro y fuera, en un lugar que no tiene lugar formal y que carece de una posición cartográficamente definida, desobrando una y otra vez, la violencia del capital. 

Justamente, como despojo de la historia, el comunismo se ubica en una posición excedentaria respecto a la del soberano que, a propósito de su capacidad de excepción, está dentro y fuera del orden jurídico. Pero, el “afuera” soberano es un “dentro”, en la medida que funda o conserva un nuevo orden, en cambio el “afuera” comunista sería un lugar radical, imposible de ser introducido en el tranquilo espacio de la ciudad. A diferencia de la soberanía por la que todas las cosas devienen propiedad, comunismo designa el devenir común de todas las cosas, pues justamente hace saltar en pedazos el orden de la propiedad prevalente situándose como el punto de fuga de la misma topología soberana. En este sentido, “comunismo” en los términos de Marx, debe ser entendido bajo el registro de una potencia destituyente que, a diferencia de la soberanía que sutura a la vida bajo la sombra de la institucionalidad, ella suspende toda sutura y comienza un nuevo tiempo histórico en el que toda forma es excedida por la ritmicidad de lo viviente.  

En cuanto “régimen” (forma política) la democracia crea un interior, cohesiona una comunidad política sobre sí misma y la subsume al principio soberano que ordena su institucionalidad. Si bien, es cierto que, según Wendy Brown, el principio igualitario de la democracia jamás ha sido realizado y, por tanto, constituye el horizonte de su promesa, es clave, sin embargo, reflexionar sobre dos cosas: que la democracia es un régimen en falta, una forma imperfecta, pero que apunta a perfeccionarla que, a partir de la idea de progreso, intenta por todos los medios constituirse en “obra”. Las formas de vida devienen irreductibles, son esa “falta” por la que no solo la democracia, sino todo régimen no puede cerrarse sobre sí mismo completamente. No hay dialéctica, en el sentido de interiorizar, por medio de una superación, el “afuera” en un “dentro”, sino guerra civil en que la multiplicidad de formas de vida desactiva la operación del orden, el trabajo de sus máquinas.   

                                                        II

Cuando Pinochet fue derrotado en las urnas gracias al plebiscito de 1988 triunfó, sin embargo, en la institucionalidad gracias a su Constitución. En este sentido, Jaime Guzmán –ideólogo tanto de la dictadura como de la transición – espiritualizó al cuerpo físico de Pinochet en el cuerpo institucional de su Constitución: Guzmán fue el operador que transmutó al cuerpo del otrora dictador en el cuerpo civil. Sin embargo, el “guzmanismo” como espíritu pinochetista, pervivió en los vencedores de 1988: al triunfar en las urnas decidieron neutralizar, sino aplastar, a los múltiples movimientos populares que se habían alzado contra la dictadura en los años 80 dejando a la transición desprovista de cualquier potencia destituyente y, como diría Marchant, completamente paralizada. Una democracia que no puede hacer la experiencia del fuera de sí termina como el peor de los poderes. Así, el aplastamiento de esa posible experiencia fue al precio de mantener la episteme transicional como el conjunto de mecanismos que articulaban negociaciones cupulares durante y después de la dictadura y, con ello, la progresiva institucionalización del Pacto Oligárquico de 1980. 

Al suturar su posibilidad, la episteme transicional transformó a la democracia en el devenir propiedad de todas las cosas: el iceberg que Chile llevó a la “expo Sevilla 1992” expone el congelamiento de las fuerzas de la misma episteme transicional en que la racionalidad neoliberal se transforma en el verdadero dispositivo político destinado a conjurar la posibilidad del “afuera”: si la forma política clásicamente soberana ejercía su dominio centrípetamente, la forma política neoliberal comenzaba a hacerlo centrífugamente. La primera se conservaba en el nuevo régimen de inteligibilidad de la segunda, donde las lógicas “hacia el interior” y “hacia el exterior” se combinan para neutralizar a esa potencia: como ha mostrado Renato Cristi, la máquina guzmaniana que estructura al carácter subsidiario del Estado de Chile combina autoridad y libertad, soberanía y gobierno en una misma forma política. Con ello, se asegura el continuum fuera-dentro (soberanía) y dentro-fuera (gobierno) neutralizando una y otra vez, cualquier interrupción a su propio funcionamiento. 

No obstante, en sus diversas irrupciones (2006, 2011, 2018, 2019) la potencia destituyente cortó el continuum y abrió un ritmo que condujo a la máquina guzmaniana a su ruina. Como si fuera un canto de sirena en los oídos de Ulises, la potencia destituyente sacó a la forma política de sí misma, arrebató su cartografía y la lanzó completamente fuera de sí. La gramática de 1988 sucumbió, aunque sus dispositivos aún permanezcan, y el período glacial de la transición fue arrasado por la barricada como simbología de la nueva época histórica; el recato monacal de la transitología mutó en la fiesta de una revuelta, el frío y desolador iceberg en una calurosa multitud.  

                                                        III

La democracia sin potencia destituyente se convierte solo en un nombre más del poder. Sobre todo, si, tal como pensó Hayek, la democracia como “régimen” deviene extirpada de la soberanía popular para presentarse solo de forma procedimental: una democracia en que todos votan, pero nadie delibera. 

Cuando desde 2006 los pingüinos –estudiantes secundarios que condensan el fragor de la lucha de clases- vuelven a asolar popularmente la democracia, entonces la potencia destituyente se reactiva. Una interrupción asalta al presente y los espacios conocidos, las rutinas celebradas y los pastoreos glorificados se ponen cada vez más en cuestión. La ilusión concertacionista fue haber creído que bastaba cambiar una camarilla por otra (la “Junta Militar” por “Imaginacción”) cuestión que abortó la democratización del país que pasaba, esencialmente, por abrir al régimen fuera de sí. 

En cambio, la potencia destituyente revoca toda ilusión y expone que no hay un sujeto supuesto saber detrás del orden, sino que ese orden no es otra cosa que la ilusión misma del orden. La potencia destituyente lanza fuera de sí a dicho orden y le expone en su desnudez. Solo así, la destitución posibilita el abrazo entre potencia y cuerpo, vida e imagen, el ethos de una vida activa que abre a un nuevo comienzo. En sus diferentes momentos de irrupción, la potencia destituyente activó el deseo de democratización de la sociedad chilena. La destitución de la democracia trajo consigo la democracia de la destitución: la experiencia destituyente será el momento en que una forma se sustrae al carácter soberano que articula la democracia como “régimen” y abraza la medialidad de una vida activa. 

Porque si la soberanía exige a la obediencia del trabajo capitalista, el fuera de sí de la destitución nos arroja a hacer nada, el comunismo en su fuerza desobrante. En este sentido, una democracia sin destitución termina indistinguible de ese fascismo del que hablaba Pier Paolo Pasolini: este ha sido el periplo mortal del Chile neoliberal como “forma elemental” del capitalismo global. 

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*Imagen: fotografía de una pared durante el octubre chileno de 2019, del archivo de Gonzalo Díaz Letelier.

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