La guerra civil y el carácter: una nota. por Gerardo Muñoz

La temática de la stasis o guerra civil se puede entender tanto como herramienta para una nueva analítica del poder, así como una figura que prepara y pone en disposición una la transfiguración de la política. Si bien lo que anuncia la transfiguración de la política es hoy innominado – y que habría que asociar fuertemente con el aviso de Heidegger sobre la democracia para una época absolutamente dominada por la técnica – lo cierto es que la stasis le da un golpe de gracia a la ruina categorial de la política moderna; y, en particular, a los fundamentos del republicanismo cuya condición mínima de posibilidad es la autoridad. En efecto, si estamos en guerra civil es porque ya no hay objetivos ni principios de orientación definidos. Y así diríamos: donde no hay fines entonces toman partido los medios, aunque seamos incapaces de nombrar la simbolización política más allá de los viejos principios de la acción y la realización. Esta ciencia de la stasiología – como la ha situado Rodrigo Karmy en un horizonte de rendimiento teórico productivo – es salida al bios theoretikos a la espera de una nueva secuencia de politicidad, irreductible a la fisonomía democrática y en disyunción con la forma de lo civil (Martínez Marzoa). 

En el campo de la comprensión del poder, la guerra civil aparece como un nuevo realismo sobre la organización de fuerzas. Esto lo ha tematizado con nitidez Julien Coupat en un reciente ensayo que vale la pena citar: “La única cosa que los distingue [a la policía] de las otras bandas es que están organizados en un aparato de complicidad más vasto, y que de esta manera se arrogaron la impunidad. Dicho de otra manera: no hay más que fuerzas en este mundo, que se consideran criminales de manera proporcional a su desorganización” [1]. En otras palabras, la guerra civil es otro nombre para la anarquía de los fenómenos por fuera de la intensificación amigo-enemigo del conflicto central. Y no es porque la definición del enemigo-amigo haya desaparecido; sino que, como sugiere Coupat, el nuevo diagrama de la composición de lucha se condensa en la manera en que podemos organizar la pasión de una parte contra la ficción de la separación entre sujetos. Dicho en otras palabras, la guerra civil es una nueva física de la separación de lo político en virtud de ser una separación de todas las energías subjetivas que paralizan el campo afectivo de las formas que nos damos.

Paradójicamente cuando Amadeo Bordiga decía que solo se llegaría a la revolución una vez que seamos lo suficientemente “desorganizados” en realidad quería decir lo mismo: la desorganización de la especie agrupará a los entes en una nueva comunidad de estilos y afecciones más fuerte que los dispositivos de la reducción interna del sujeto. Y, en última instancia, esto también implica que el mundo no solo puede ser transformado desde una técnica-política (esto siempre fue la salida del leninismo) sino desde una praxis experiencial. Esta praxis de la experiencia reconoce la irreductibilidad entre formas y acontecimiento: dotarnos de fuerza en las formas en separación es otra manera de autoorganizar la contingencia de nuestros modos. Esta autonomía no denota una capacidad subjetiva del actuar, sino una composición libre de las maneras de ser.

De ahí que sea importante recordar que el momento en el que Giorgio Agamben alude a la stasis de Tiqqun en L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014) lo hace en relación con el gusto propio de las inclinaciones. Y el “secreto del gusto”, nos dice Agamben, es definitorio de los gestos y los medios que realizan y llevan a su término el brillo de todo carácter [2]. De esta manera, la stasis o guerra civil, no supone la confrontación total entre los miembros de una comunidad política; sino que, al contrario, es apertura a la declinación de los gustos para poder nutrir un carácter. Desde luego, esto supone una inmensa dificultad para la concepción clásica del republicano. De ahí que cuando Rodrigo Karmy dice que “la guerra civil pone en crisis la herencia del republicanismo” le debemos tomar la sugerencia al pie de la letra, pues en la stasis la unidad de la existencia ya no es el ciudadano del derecho, ni tampoco la acción ni las oscilaciones metafísicas entre cosas (-res) y sujetos. Ahora es el ethos la noción operativa para la experimentación en separación de la política, o lo que algunos de nosotros hemos venido llamando desde hace algunos años infrapolítica.

Por eso, dejando a un lado a la producción y a la acción del eón político (desde el meson de la polis misma), aparece el cultivo de la existencia que Karmy invita a pensar como: “borde del mundo, jardín es la figura que remite al cultivo del estilo” [3]. Este cultivo del estilo es el brillo de la guerra civil como separación abismal entre fragmentos que Josep Rafanell i Orra tematiza como cultivo de la parcialidad. En esta ecuación la politicidad es un proceso secundario, a la espera de ser dotado de una forma que ya no pueden ser mimética ni de la isonomia ni de la configuración republicana para un presente post-autoritario. Este paso atrás a la textura sensible es tal vez lo que siempre denegó el fundamento de la política moderna para legitimarse; y es solo ahora que reaparece con bajo la discontinuidad vital de la guerra civil. Si la pregunta del enemigo es siempre la pregunta por nuestra forma (gestalt); la guerra civil es la pregunta por el carácter, esto es, de cómo vamos a ser lo que somos.

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Nota 

1. Julien Coupat. “Engrenages, ficción policial”. Ficción de la razón, julio de 2021. https://ficciondelarazon.org/2021/07/22/julien-coupat-engrenages-ficcion-policial/

2. Giorgio Agamben. L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014). 294.

3. Rodrigo Karmy. “Stasiologia: prolegomenos para una anti-ciencia de las formas de vida”. Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, Revista Disenso, N.III, ed. Rodrigo Karmy, julio de 2021. 102-120.

*Esta nota se escribió para acompañar la presentación del número “Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, editado por Rodrigo Karmy de la Revista Disensohttps://youtu.be/mV-XNkxrUQ0. Encuentro organizado por el editor de la revista Iván Torres Apablaza. 

Mujercitos y ellos. por Gerardo Muñoz

Ellos son los cazadores de la “comunidad”, del “movimiento”, de la “figuración”, y del “activismo”. Ellos persiguen los discursos ensimismados en la moral porque desconocen otro mundo. Eternizados en el encandilamiento del espectáculo, para ellos la vida se reduce a la mediatización (están dispuestos a suprimir todos los medios que le facilitarían el acceso al mundo). Ellos viven en la lucha del valor político para el cual laburan infinitamente y sin tregua. Ellos: una vida sin textura que desconoce lo que puede acontecer en la tarde de un domingo.

En nombre de las alianzas y la comunidad terminan encarnando la logística policial que ordena la época: corregir todas aquellas desviaciones que atenten contra la rectitud de lo adulto, proteger todos los valores del principio de representación, esquivar la intensificación del disenso. Ellos representan la eficacia del poder para una época sin hegemonía. En su excentricidad, Mujercitos emerge como una nueva pasión por la autonomía de la parte y rompe contra el monopolio de la ficción de ellos. Esta parte maldita y salvaje evita el reconocimiento, rechaza la transferencia de las demandas, y destituye la vida impostada. Mujercitos es el gesto de una simbolización que no tiene programa ni objetivos.

Desde ya, el gesto es índice del éxodo de la pulsión mimética por la repetición. Un gesto se arma de la potencia que le proveen sus medios: una imagen o un fragmento parcelado del mundo contra la administración del dispositivo “periodístico”. Y contra la mala fe de las opiniones, Mujercitos afirma una verdad: nuestro mundo no es el suyo. Esta diferencia es el abismo limítrofe entre el mundo de los dormidos y el de los despiertos. Para los dormidos, todo concluye en una política del orden, de la coordinación, de la vanguardia, y de un movimiento voluntarista que busca esconder a toda costa su sonambulismo activista. Para los despiertos, poner un gesto es comenzar un viaje sin destino, porque solo desde ahí es que podemos interrumpir todo lo predecible que se nos ha ofrecido como migajas para el animal de cautiverio.

Los despiertos saben que toda comunidad presupuestada en la política no es otra cosa que compensación para permanecer en la celda del sujeto. El gesto de Mujercitos – su vitalismo juvenil, su potencia cinética, su capacidad de mezclar y barajear gestos contra la retórica de lo asignado – le devuelve al presente las certezas afirmativas contra una reacción generalizada y rampante de todo movimiento político. Y esta es la irreductibilidad de las partes: mientras que el movimiento en política no puede existir sin los adhesivos que lo sostienen como una momia; poner en movimiento una vida es la postura singular que abre a la experiencia. Dicho de otra manera, Mujercitos encarna el infra-común que rechaza la dimensión litúrgica de lo interpersonal y de lo universal (el Humanismo que regresa para los soñolientos del Futuro) que se decantan por la matriz de la identificación. 

Por último, el estilo Mujercitos reside en la manera en que le devuelve a la “disidencia” su sentido original en el plano de la vida sin facturar por la fantasía fundamental de lo político. El problema con una “disidencia política” ha sido siempre el mismo: su enchufe anal a la máquina gubernamental. Entiéndase: el “disidente político” nunca es tan disidente como para disentir de la miseria de su vida reactiva; pero tampoco nunca es tan político como para atreverse a poner en “uso” otra cosa por fuera de la metafísica sacrificial del militante. La disidencia de Mujercitos ahora supone la afirmación del deseo: disentir contra todo aquel que se pronuncie como cerrajero de la Historia y sus inversiones culturalistas. Pues eso, una nueva cultura de la violencia: abandonar las competencias de aquellos qué buscan desencadenar los guiones de destinos ajenos. Desaprenderlo todo para dar paso a la comedia de los pueblos frente a la tragedia de la política.

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*Este apunte se escribió para la discusión con el colectivo Mujercitos en el marco de la exhibición Echándola! 3-12 de Julio, en Chinatown Soup Gallery, NYC, 2011.

Imagen: Claudia Patricia Pérez del colectivo Mujercitos. Junio de 2021.

Una vida ejemplar: Sobre La no sufras (2021) de Diego Valeriano. por Gerardo Muñoz

Si hasta ahora la escritura de Diego Valeriano nos ha entregado un mosaico de los modos en que la energía vital atraviesa las vidas runflas en la periferia urbana, la novedad a la que invita en La no sufras (Milena Caserola, 2021) radica en el retrato invisible de una vida ejemplar. ¿Por qué invisible? Pues, sencillamente porque esta vida ejemplar carece de la lógica de los nombres clasificados y clasificables; habita por fuera del mundo de las profesiones y de la división del trabajo; y se autodefine mediante el brillo singular en retirada del tono apocalíptico de la época. Los ingredientes del retrato de la vida ejemplar nos sitúan ante los gestos y la voz, la amistad y la errancia, el movimiento y la atención, la escucha y el segundeo. La no sufras es una vida ejemplar en virtud de ser la vida de un cualsea cuya exigencia solo responde a encontrar la música de cómo se viene a ser lo que uno es. Valeriano elige una transfiguración teológica para tematizar el éxodo con respecto al sufrimiento a pesar de todo, porque solo en ese despeje puede sobrevenir una vida feliz. Como lo aclara muy temprano en el libro: “No Sufras no es el Pare de Sufrir de los pastores de la Iglesia Universal, es bien otra cosa, aunque podríamos haber sido sus más fieles seguidores y ella nuestro Edir Macedo. No Sufras suena a consigna de vida, pero no lo es. Tampoco consejo en el momento justo o palabra de aliento, aunque a veces sí. A veces trompada al mentón, a veces abrazo”. La No Sufras es absolutamente todo menos lo que ordena un mundo, pues es lo que consigue desbordar la situación de sus medios. 

Pero la vida ejemplar no es una Idea entregada a las pedagogías de la mimesis, sino que es lo irreductible de una forma de vida en relación con las cosas que los encuentros han facilitado para una textura de experiencia. Y cuando generamos una experiencia abrimos un fragmento en el mundo, pues lo hemos madrugado. De ahí que la vida ejemplar se encamina en lo que Valeriano denomina lo “genuino”, que no es más que el proceso inmanente de la verdad ante un mundo caído en la “mala fe” que organiza la tensión entre valores para el actuar. La religión de nuestro tiempo no radica en el hecho de que nadie crea en un dios, sino en que todos los hombres asuman la creencia absoluta de que mediante el valor finalmente pueden ser “algo” o “alguien”. La vida ejemplar se retira del valor, quiere morar en el valor negativo, en una nueva zona que es previa a las infraestructuras de la subsistencia. Por eso la vida ejemplar, al estilo de No Sufras, gana terreno en su inmersión en la entropía experiencial: “Genuina es cierta alegría de descubrir una cosa. No cartela lo que busca, ni bandera, ni posteo, ni chamuyo. Desobedece toda regla, pero sin transgresión, solo como un juego. No acepta el lugar asignado, ninguno.” Lo genuino de una vida ejemplar es textura de existencia, que renuncia de la propia ficción en la que el objeto del deseo ha quedado designado como único destino. La vida ejemplar continuamente rechaza una vida delegada en la que somos meramente figurantes y actores de grandes guiones compuestos durante nuestras vigilias. En este sentido la vida ejemplar es música: experimentación tonal sobre una partitura asimétrica cuyas formas se autodefinen con el afuera.

Si la No Sufras es una vida ejemplar es porque irradia felicidad en los modos en que define sus encuentros. Y esto hace que su estar en el mundo sea inclasificable. Ninguna locación agota sus medios, como ninguna identidad puede colmar sus pasiones. La No Sufra vive atópicamente, lo cual quiere decir que vive contra los modos en que la metrópoli organiza los modos de desear, consumir, sentir, y juntarse entre los vivos. El “permanente movimiento” de la No Sufras es la intuición originaria de que solo hay vida estando afuera; o mejor, en el tránsito de la interioridad a la exterioridad. Ese movimiento perpetuo en la fase alta de la civilización metropolitana aparece como una tercera figura del movimiento contra el dispositivo de la unificación de vida y la política: mientras que el movimiento político busca subjetivar y unificar las existencias para evitar “desviaciones”; el movimiento de la técnica de la metrópoli busca suturar la vida en la superficie que nos asigna un lugar, una función, y un proceso de extracción en los flujos de la infraestructura. 

Caminar, andar, deambular, o perderse son modos errantes que “invitan a una deserción” del aparato de la reproducción social. Esta dimensión cinética de la vida es una forma de aprendizaje infinito, en la medida en que no hay lógica de la experiencia que pueda extraer una lección de las cosas que vemos en el encuentro con las cosas en nuestro camino. En realidad, ser un itinerante o errante al interior del desierto no significa perderse de casa para no volver, sino mantener el extravío en la que podamos habitar sin perder de vista la condición exílica del ser (Rafanell i Orra). Y la vida ejemplar no es la que se autodefine por las acciones, las substancias, o las inscripciones en una historia narrada y fechada, sino la que mantiene abierta la posibilidad de “vivir varias vidas, multiplicar lo que siente, seguir vagando…andar todos los días y conseguir esas cosas que son indispensables”. A la vida ejemplar no le falta nada, porque ella es el resto o desprendimiento mismo de la Historia. Como en el conocido fragmento de Parménides que exigía atravesar todas las cosas para poder alcanzar una vida verdadera; la ejemplaridad consiste en ser infinitamente transformado por las cosas concreta que nos determinan finitamente. Y esto es lo que Valeriano nos dice en La no sufras: “una especie de existencia nueva”, capaz de liberar “otras formas de contar el mundo, tan mezquinas, humanistas, docentes, burocráticas, militantes”.

Hemos dejado atrás la época de las ilusiones cuando abandonamos la crítica (¡critica pero obedece!) y comenzamos a asumir la valentía de existir en el camino. Afirmamos la existencia cuando damos un paso al lado de la mala sustancialidad propia de la alineación antropológica dominante. La valentía se registra en dos niveles: asumir que atravesamos en el desierto; despertarnos al hecho de que hay amigos en el transcurso. Esto exige una mirada bizca ante la realidad, pero es solo de esta manera que podemos disolverla (una diagonal ética, “el segundeo” se intersecta con la diagonal de la soledad). Valeriano insiste en el registro teológico transfigurado: “un devenir combatiente como ejercicio espiritual concreto”. Esto es también secretamente una profanación del ejercicio de la militancia (heredada de la ascesis del jesuitismo), ya siempre arraigada en la subjetivación en nombre del Rey, de la Idea, del Atributo, o de la Causa. La vida ejemplar es una ascesis de la existencia que suspende las mediaciones compensatorias de la comunidad y de la politicidad como referentes centrales de la vida. La vida ejemplar, en pocas palabras, es vida infrapolítica porque se separa de la subsunción de lo político. 

Así, nos ponemos en movimiento para combatir el aburrimiento que irradia la nueva eficacia de los dispositivos del poder contemporáneo que asociamos con la fase topológica de la metrópoli. Ese aburrimiento no es otra cosa que la eficacia de una geometría sobre la realidad: limitar la potencia cinética de la vida con el afuera; controlar el contacto con la exterioridad a partir de una optimización del riesgo, y subjetivar un terror interno al sujeto para legitimar la necesidad de una gobernabilidad. De ahí que el combate epocal ya no sea entre ideologías ni entre herramientas políticas ni conceptos de la herencia revolucionaria; el nuevo combate ahora aparece como la dispersión de las texturas de la vida ante el tono apocalíptico del mundo en el que la historia decide la caducidad de nuestro encuentro con las cosas. La No Sufras mira de costado y sigue a toda velocidad en su bicicleta. Solo podemos definir una nueva cultura de la violencia sensible cuando medimos nuestros movimientos contra la extática de la metrópoli. Así, hablar del entorno no es asumir la vida como reducción biológica; es una forma de vida en la manera en que habita en el mundo. 

Valeriano no instala en su escena al concepto, sino al cuerpo; tampoco se interesa por la literatura, sino por la escritura como proceso incesante de desficcionalización y destrucción de metáforas, un artilugio propio de la alegoría metropolitana (“todos aquí tenemos una vida”). Ya no se trata de “contar quien es el Yo”; en realidad lo importante es cómo es que aparezco en el mundo. Y es desde ahí puedo definir mi proceso de verdad: “El final del Yo será la génesis de la presencia”, afirmaba hace décadas Giorgio Cesarano. Y esto significa que la disolución de la ficción del sujeto nos expone al acontecimiento que reorganiza los modos de nuestra singularidad. Ahí es que podemos hablar de un proceso de verdad, como fuerza que atraviesa en La No Sufras por fuera de la mimesis y de sus excepciones al régimen de legibilidad. Pero ¿qué supone un procedimiento de verdad? Obviamente ya nada tiene que ver con un orden objetivo ni constatable con los residuos de la historia; la verdad es la manera en que aparecemos en el mundo suspendiendo el principio legislativo del juicio. En este sentido, “aparecer” es una revelación asintótica con lo que encontramos. Y esto termina por dibujar la ritmicidad impropia de la existencia. Si la obra de arte se define como una verdad develada; la ética del segundo es la desobra la obra de la vida: “Vida sin forma, sin ganas de tener forma, sin ganas de tener razón…vida errante, imprescindible, gede a su manera, es inatrapable”. La vida en desobra nos prepara para habitar en un mundo por fuera de la idealia y de la prisión del concepto, para transitar por la vocación musical que enmudece al ruido del mundo. Escribe Valeriano: “El lenguaje, lejos de servirle para nombrar las cosas de este mundo, la empuja a construir uno nuevo”. 

Acaso ese mundo es el mundo inenarrable de la amistad, que es forma clandestina, espacio sonoro de pormenores insensatos, aunque ineludibles. La no sufras es fundamentalmente el intento imposible, quizás el gesto, de un trazo de la voz sobre el mundo contra las pulsiones de una ficcionalización del yo (Yagüe). La voz de la No Sufra, recorre sus gestos: cuando se lleva un cigarrillo a la boca, en sus silencios, cuando fija la mirada sus amigos que constantemente se desvanecen. Pero la voz es también el modo en que la lengua irrumpe en el mundo, escapando del orden discurso y de los mandatos que hoy se multiplican como última dispensación del psiquismo del poder. La voz es el vehículo para encontrar la proximidad inconmensurable entre los cuerpos de una comunidad de amigos cuya única invariante es el proceso de armar un carácter desde la intuición y la descreación del mundo al que hemos sido arrojados. De ahí la exigencia ética de la ejemplaridad de la No Sufras: asumir esta tarea requiere del ritmo de una deserción de todo aquello que, en perpendicular, nos sitúa sobre la ficción de lo meramente intercambiable. La amistad nos garantiza una derealiazación aquí y ahora: “los amigos y amigas son aquellos con quienes reunimos los ánimos necesarios para huir de nuestro tiempo”. 

Esa “pura deserción que recorre el inframundo plagado de planes” al que alude Valeriano al final de La no sufras es también una huida para volver a aparecer: una vida de constates reinvenciones, gradaciones, y sombras; una vida que ha disuelto los polos de la comedia y de la tragedia de nuestra herencia mitológica; una vida en escape del dominio de la hegemonía y de las alianzas políticas. Cuando aparecemos la marca de la finitud ya deja de ser una trampa de la negatividad para convertirse en una región inapropiable que nos abre los caminos entreverados de la felicidad contra el malestar de la domesticación civilizatoria. Cuidar esta zona de lo invisible es ya el movimiento imperceptible de que estamos viviendo a contracorriente de un mundo que jamás es conclusión. 

Revolutionary becoming and infrapolitical distance: on Marcello Tarì’s There is no unhappy revolution: the communism of destitution (2021) by Gerardo Muñoz

Marcello Tarì’s book There is no unhappy revolution: the communism of destitution (Common Notions, 2021), finally translated into English, is an important contribution in the ongoing discussions about politics and existence. It is also an exercise that pushes against the limits of contemporary political thought in the wake of the ruin of the grammars and vocabularies of the modern politics and the rise of the techno-biopolitics of governmentality. More importantly, the operation of Tarì’s book escapes the frame of “critique”, abandoning any false exits to regain the legacy of the Enlightenment and of “judgement” in hopes to reinstate the principles of thought and action in the genesis of the legitimation of the modern social contract. But the radicality of the horizon of destitution – which we have come to understand vis-à-vis the work of Giorgio Agamben, and the Invisible Committee – is first and foremost a thematization of the proximity between thinking and politics against the historical stagnation of a historical subsumed by the total technification of value (the principle of general equivalence). Since Tarì’s book is composed of a series of very heterogenous folds and intersections (literally a toolbox in the best sense of the term), in what follows I would like to sketch out a minor cartography to push the conditions forward that the book so elegantly proposes in three registers: the question of “revolutionary becoming” (the kernel of Tarì’s destituent gesture), the hermeneutics of contemporary domination, and the limits of political militancy.

Revolutionary becoming. Marcello Tarì correctly identifies the problem the epoch as fundamentally being about the problem of revolution. However, the notion of revolution must be understood outside the continuation of the modern horizon of the Leninist technique of the revolutionary vanguard nor party, the “revolution within the revolution”, and any appropriation of the “General Intellectual”. At the end of the day, these were all forms of scaling the desire as cathexis for the matrix of production. On the contrary, the problem of revolution is now understood in the true Copernican sense; mainly, how to inscribe an excentric apositionality within any field of totalization. When this is done, we no longer participate in History, but rather we are “freeing a line that will ultimately go down in History, but never coming from it”. Tarì argues that the field of confrontation today is no longer between different principles of organizing revolutionary strategies and even less about ideological critique; nor is communism an “Idea” (as it was thought just a decade ago in discussion that were philological rather than about thinking communism and life); the new epochal exigency is how to put “an end to the poverty of existence” (3). The potentiality of this transformation at the level of factical life, is what Tarì situates under the invariant of “communism”: “…not as an idea of the world, but the unraveling of a praxis within the world” (35). This communism requires a breakthrough in both temporal and spatial determinations, which prepares a dwelling in absolute relation with the outside (49). This revolutionary tonality is one closer to messianic interruption of historical time capable of destituting “actual state of things” governed the metaphysical apparatus of production and objetivation of the world, which depends on the production of the political subject. In an important moment of the book, Tarì writes: “…. only the revolutionary proletarian dimension can grasp the political as such, the true break from the current state of things. The real alternative to modern politics is thus not to be ground in what we usual can an “anti-politics”, which is merely a variation of the same there, but instead in a revolutionary becoming” (50).

The revolutionary becoming is a transformative intensity of singularization, which ceases to become a subject in virtue of becoming a “non-subject” of the political (67), which about a decade ago Alberto Moreiras announced to escape the dead end of the hegemony-subalternity controversy (one should note here that the fact that the Left today has fully subscribed the horizon of hegemony is something that I think it explains many of the deficits of the different experiments in a realization of a progressive political strategy). And this becoming revolutionary, in virtue of ceasing to be a subject (person, vanguard, multitude, worker) entails a new shift from action to use, and from technico-rationality to an opening of the sensible and singular means (metaxy). Again, Tarì’s continues as follows: “Becoming revolutionary…. means utilizing fantasy, freeing the imagination, and living all of this with the enthusiasm of a child” (75). The notion of “happiness” at stake in the book it is played out against the determination of the subject and the processes of incarnations (Karmy) that have haunted the modern revolutionary paradigm as always-already integrated into the metaphysics of the philosophy of history. 

 Metropolitan domination. Secondly, Tarì’s book locates the metastasis of domination at the level of a new spatial organization of the world in the apparatus of the metropolis. As we know the metropolis is not just an urban transformation of the Western form of the urbs and the polis, but rather the force of appropriation of the world into interconnectivity and surface in order to optimize, administer, and reproduce flows of the total fictionalization of life. The gesture towards the outside that crosses over Tarì’s book entails an exodus from the metropolitan structure that makes uninhabitable experience. This takes place by a process of domesticating its possibilities into the order of sameness (crisis of appearance) and translating our proximity with things into the regime of objects. What is stake in the metropolis – if we think of the most recent revolts in Santiago de Chile, Paris with the to the hinterlands of United States and Italy – if not precisely a response against the metropolitan machination “aiming at the destruction of every possibility of having any experience of the world and existence itself” (84). This why the intensity of any contemporary revolt today is proportional to the experiential texture of its composition and modes of evasion. Of course, Tarì correctly identifies the metropolis as an expanded field of cybernetic inter-connectivity, which, as I would argue is not merely the production of “bad substance” (to use Tiqqun’s Bloomian lexicon), but also a recursive dominion over the medium (metaxy) in which experience and the singular autopoiesis labors for the optimization and hylomorphic regimes that administer civil war. In this sense, destitution names an exodus from the metropolitan technical order and the sensible reproduction of the medium. It is in the outside the metropolis that the ongoing process of communization can free an infinite process of communization and forms of life.

Residual militancy and infrapolitics. But does not the exodus or the destitution of the metropolis – opening to singular experience, love, friendship, and the use of one’s disposable means and inclination – presuppose also a step back from a political determination, in other words, a fundamental separation from coterminous between existence and politics? At the end of the book, Tarì claims that “whenever anything reaches a certain level of intensity it becomes political” (117). But is the intensification of thinking or love or friendship always necessarily political? Tarì writes a few pages later that: “love is continually traversed by a line of extreme intensify, which makes it an exquisitely political affect” (126). But does not the politization of love depends on a certain commitment (a “faith”) to a residual militancy, even if it is a militancy posited as the principle of anarchy? But perhaps this is the difficulty at stake: since anarchy is only entails the “anarchy of phenomena” in reality, postulating a political principle as counter-exposition, however tenuous, might not be enough. For this reason, the crisis of appearance today needs a step back from the heliopoliticity of exposition. In an essay written a couple of years ago, Alberto Moreiras thematized this difficulty vis-à-vis Scürmann’s principle of anarchy, which I think is worth quoting: “The Schürmannian principle of anarchy could then be thought to be still the subjective reaction to the epochal dismantling of ontology (as metaphysics). But, if so, the principle of anarchy emerges, plainly, as principle, and principle of consciousness. Anarchy runs the risk of becoming yet another form of mastery, or rather: anarchy, as principle, is the last form of mastery.  At the transitional time, posited as such by the hypothesis of metaphysical closure, metaphysics still runs the show as consolation and consolidation” [1]. 

If politics remains the central condition of existence, then it follows that it depends on a second-degree militancy that can govern over the dispersion of the events and this ultimately transfers the force of steering (kubernates) to mitigate the crisis of thought and action in the sea of “absolute immanence”. But immense is also a contemporary fundamental fantasy [2]. Against all “faith” in absolute immanence we need to cut through in its letting be (poein kata phusin) of the abyssal relation between existence and politics. This originary separation is an infrapolitical step back that solicits a distance an irreducible distance between life, events, and community form. The commune would be a secondary condition of political organization, but the existential breakthrough never coincides with community, except as a “common solitude”. Secondly, the infrapolitical irreducibility between politics and existence wants to reject any compensatory temporal politico-theological substitution, which also includes the messianic as a paradigm still constitutive of the age of Christian community of salvation and the efficacy of deificatio. The existential time of attunement of appropriation with the improper escapes the doble-pole paradigm of political theology, which has been at the arcana of both philosophy of history as well as the messianic inversion. A communism of thought needs to produce a leap outside the politico-theological machine which has fueled History as narrativization and waged against happiness [3]. Attuning oneself to the encounter or the event against the closure of the principle of reality might be a way out from the “hegemonic phantasm” of the political, which sacrifices our infinite possibilities to the logistics of a central conflict. If civil war is the side of the repressed in Western politics, then in the epoch of the ruin of authority it opens an opportunity to undue the measurement (meson) proper to the “Social”, which is now broken at the fault lines as Idris Robinson has put it [4]. It is only in this way that we can move outside and beyond the originary positionality of the polis whose “essence never coincides with politics” [5]. The saving of this irreducible and invisible distance prepares a new absolute proximity between use and the world. 

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Notes 

1. Alberto Moreiras. “A Negation of the Anarchy Principle, Política Comun, Vol. 2017: https://quod.lib.umich.edu/p/pc/12322227.0011.003?view=text;rgn=main

2. Lundi Matin. “Éléments de decivilisation” (3): “It is also about the creed of the dominant religion: absolute immanence. Doing itself, designed to obey the modes of proceeding from production, is in advance conforming and consecrated. On this sense, no matter what you do, you bend the spine in front of the cult dominant. If all things count, none has a price, and everything is sacrificeable.”. https://lundi.am/Elements-de-decivilisation-Partie-3

3. This is why Hegel claims in his lectures on the Philosophy of History that: “History is not the soil in which happiness grows. The periods of happiness in it are the blank pages of history”. The revolutionary overflow of happiness is only possible as an exodus from the theological political structure of historical production. Here the question of style is emerges as our defining element. 

4. Gerardo Muñoz. “The revolt eclipses whatever the world has to offer”: a conversation with Idris Robinson”, Tillfällighetsskrivande, May 2021: https://www.tillfallighet.org/tillfallighetsskrivande/the-revolt-eclipses-whatever-the-world-has-to-offernbsp-idris-robinson

5. Gerardo Muñoz. “Some Notes Regarding Hölderlin’s “Search for the Free Use of One’s Own”, January 2019: https://infrapoliticalreflections.org/2019/01/14/some-notes-regarding-holderlins-search-for-the-free-use-of-ones-own-by-gerardo-munoz/

Diez tesis para una nueva violencia sensible. por Gerardo Muñoz

 

i.  No fuerces una intensidad, déjala ser.

א‎  No hay una medida que pueda programar el desenlace de una intensidad, como tampoco hay un proceso de identificación o de subjetividad que agote las formas que nos damos. Cuando dejamos que la intensidad sea nos abrimos a la física del encuentro. Solo el encuentro puede proveernos del ritmo de la intensidad con las cosas en su exterioridad. Hay dos maneras de atenernos al problema: la intensificación encuentra su caducidad en el momento en el que la violencia pasa a ser posesión (dominium). Por otro lado, una intensificación se perturba cuando encuentra su límite en el encuadre de una sustancia; esto es, como mero asunto “crítico” que no es otra cosa que la “crisis” de la propia intensidad. Cuando la valencia entre el límite exógeno y el extático de la intensidad coinciden entonces podemos hablar de flow. El flow es el detonante de una verdad. 

ii. Violenta solo tus medios.

‎  א‎  La mala fama de la violencia se debe a su manufactura subjetiva en la época de la alta alegoría de la teología políca de la autoridad: subjetiva, sacrificial, y compensatoria. La violencia fue un monopolio del estado-soberano, y la contra-violencia el cuchillo de palo de los sumisos. Ahora estamos en mejores condiciones para pensar una violencia que corte sobre los sentidos; que divida las formas del mundo y el encuentro de los sentidos. Podemos hablar de una nueva violencia de la sensación cuando atravesamos el cliché de la realidad. Así se ejerce un despeje para que brille el contorno de una vida. De ahí que en los lienzos de artistas como Raychel Carrión o Ticiano, la violencia marque la declinación entre color y figura. La violencia en pintura es decreación de la representación. La violencia nos substrae del mundo para despejar los múltiples ingredientes de una vida divina. 

iii. Asume que el límite del bien está en el abuso.

La génesis del derecho nos muestra que la solución que se le dio al abuso fue la producción artificial del valor de las cosas. El principio de ius abutendi devino en el dispositivo negativo desde el cual dotar de legitimidad la división de poderes y la impersonalidad entre el singular y sus cosas. Pero si nos volcamos al uso, desficcionalizamos la propiedad sobre las cosas que aliena sus formas formas posibles. Poder hacer uso de las formas sin perdernos en la extracción temporal del objeto es acércanos al límite que nos impone un abuso, escapar al ruido del mundo. Abusamos cuando una cosa pasa a ser cualquier otra.

iv. Ármate de formas, renuncia a la información

Que la palabra sea el dominio de los periodistas – y no de los poetas, los pensadores o las voces de los pueblos – significa que realmente no la autoridad hoy es abismal, en la medida en que el periodismo sólo obedece a la entelequia de la “Opinión” y la “información”, pero nunca a un proceso de la verdad. No se llega a una verdad tomando partido por mediaciones en lo falso. O sea, teniendo opiniones o empujando tendencias. La información significa asumir la impresión de una forma de la que solo serás un receptor en reserva.

v.  Atiende a tu estilo que es entrada al mundo.

א‎  Debemos pasar de la metafísica de la representación y sus cálculos substantivos a la liberación de la apariencia, porque es mediante la apariencia en que nos des-sujetamos. Nos damos forma. La posibilidad de no estar nunca en una forma acabada puede situarme bajo la figura del estilo. En el estilo atenuamos cómo aparecemos en el mundo en el que estamos. Por eso la definición de Avigdor Arikha: “Style is frequency. It is to the artist what pitch is to one’s voice. It is self-recognizable. What I call a microform, it transforms all form according to its vector, and so generates style”. La microforma es poder estar en posesión de los múltiples medios de los que disponemos en una situación. Ahí sobreviene el brillo. 

vi. Desaprende todo lo accesorio; ama solo lo que encuentras.

א No se hace política con los amigos; en todo caso se les quiere, sin demandarle nada a nadie. La política la hacen los pueblos, y en esa turbulencia no todos son nuestros amigos. Abandonar la politización de la amistad y renunciar a la impoliticidad de los pueblos es cruzar un umbral para imaginar otra comunidad de la especie sin hostilidades compensatorias. Cuando amamos pronunciamos un nombre que describe al mundo, puesto que aparece un abismo en el que el mundo “no concluye, y que las especies aparecen más allá, tan Invisible como la música (Dickinson)”. El nombre instala la duda sobre la tentación del encierro en el pensamiento. 

vii. Habita un lugar desde el paisaje, no desde la tierra.

א‎ “Poseer un sentido por el paisaje supone abandonar un sentido por el lugar” (Lyotard). Pero solo puede aparecer en un lugar gracias al punto de fuga del paisaje, en su claro, en toda su dimensión expropiamente cuyo brillo me pone en contacto con las cosas. El paisaje es el no-objeto de la fuga del mundo, a la vez que es la única figura que hace posible habitarlo. Entramos en el mundo precisamente gracias a que el paisaje nos expone a su escape. 

viiii. Ábrete al carácter y fúgate de la realidad. 

א‎  Para escapar la estructura polémica de la historia, debemos cortar el carácter contra la realidad, pero no para adaptar la primera a la segunda, sino para cultivar lo invisible en la realidad. Y esa es la manera en que abrimos una puerta a la física de la existencia: “Esa decisión de existencia es en cada caso una transición, un camino en el que no es cuestión solo de seguir el imperativo pindárico, también de aceptar sus resistencias. Llegar a ser quien eres no es mudarse a una nube o a un palmo de tierra. Lo preciso es entender y aceptar la transición, y el movimiento de la transición en cuanto movimiento específico.” (Moreiras)

ix. Busca la conversación clandestina.

א‎  La única democracia real y vital de la especie es la comensal; la que tiene lugar bajo la mesa compartida con nuestros amigos. La imagen de las copas en alza es el fuego inolvidable de la comunidad de los irreductibles, de aquellos que hablan sin suponer; los que sonríen sin preveer; los que celebran sin causa alguna. La fiesta es la invariante de todos los reventados que buscan un afuera de la mismidad. Una vida feliz es el tránsito inmedible del huerto a la mesa. Es el ejemplo de lo que Illich llamó «celebración del reino».

x. Mide tu vida a partir de tus encuentros.

Una física del corte: dejar atrás de la guerra, la hostilidad, la abstracción humana. El jardinero traza surcos en las geografías de la inmanencia; el militante, en cambio, busca ser fiel a una causa como cathexis de un principio de placer adherido a las competencias del sujeto. Cuando somos un sujeto estamos en un mundo en el que ya somos pobres (modo subsistencia). Y en ese mundo la felicidad se torna un tráfico de pequeñas satisfacciones. 

Four Theses on the Mujercitos Collective. Notes for a brief gallery talk, March 2021. by Gerardo Muñoz

1. Youth and persuasion. The originality and force of the Mujercitos Collective emerging from Cuba (2019 –) I think it feeds from a specific vortex: the youth. I will say this as an anecdote: at the beginning of the pandemic, I had the opportunity to exchange with the great Jacques Camatte (former founder of the PCI and early critic of the exhaustion of the revolutionary horizon and the Marxist praxis), and at the time he suggested something quite beautiful: mainly, that if the youth is continuously assaulted today it is because its texture lodges a vital process of inversion that puts pressure to the world of domestication (the absolutization of commodity form as an ongoing anthropological process). In this sense, the energy of the youth is always a counter-adult making of the world. When I found and I began exchanging with the Mujercitos Collective, I think that they had the same intuition: a desire to provide the youth with a “space in order to foment our discontent, because only the youth want liberation”, as Claudia Patricia, the designer of the collective told me. In a country (but it is also our epoch) of revolutionary stagnation, this is a tremendous insight, since liberation is no longer posited as a craft of History, but rather as a form of life. While the youth have world, the adult is the general process of socialization and political order. So, if the world of the youth is that of persuasion, that of the adult is guided by rhetoric. This means that if the youth can persuade with its body and movement; the rhetorical logos is a mere moral application of “duty” (this is how you should behave, act, accomplish this or that, become a self-commanded influencer, etc.). As Carlo Michelstaeader understood it a century ago, it is only in persuasion where one can relax the world of rhetorical closure (intention and signification and predication) in order to find a way out into the world. This is the gesture that traverses the Mujercitos visual and artistic constellation. 

2. Iconicity. Secondly, one of the ways in which I have tried to think what takes place in Mujercitos is by reflecting on what gets transmitted. Obviously, there is here something that I would like to call a “negative pedagogy”, in which experience thematizes a process of unlearning (this is a feature of the ongoing process against domestication of the Subject) of the elements that frame reality in a specific way while incarcerating other possibilities. In this sense, unlearning is the way in which one takes a step back from any attempt at “normalization of relations” within the Social. Now this disavowal of normalization necessarily multiplies conflictivity; mainly, conflict between images and modes of being. In Mujercitos Collective there is one specific tool to mobilize this momentum: the power of iconicity against the grammar and rhetoric of the Social. This is why the facture of design becomes important for the project; since iconicity becomes the suspension of the rhetorical construction of the adult world without recurring either morality, politics, or even “social imaginaries” (which is artistic extraction from the wells of History). Although Mujercitos has been labeled “virulent” or “sardonic”, there is no such a thing if analyzed at the level of the iconic practice, given that the icon is a way to explore the affective and medial dimension of the “thing”. This, in turn, radically suspends the fiction (and the –res, the original juridical form of “thing” in law). In this apparent simple iconicity, the preparation of a transfiguration and a new violence takes over reality. This profane iconicity is the poetic vanishing point of Mujercitos’ designs.

3. Countercommunity. Thirdly, Mujercitos offers a third way out a debate that we have inherited from the forms of political modernity: individualism and community. One does not need to remind anyone that the notion of “community” today enjoys a very good reputation; at times it seems that anyone who says “community” is already participating in a public liturgy that can pass uncontested. But what is community? Or, to put it in another way: can community as a form of socialization truly exhaust life and its encounters? For instance, does not every community produce exclusion as necessarily and permanent for its own thetic separation? In any case, as a friend would say, there are no communities but processes of communization. And where there is a community of wills and aggregated subjects, then there is a primacy of a substance that hinges upon obedience, normative legislation, and ultimately obligatory communion. Mujercitos Collective does not speak in the name of a community nor of unity, but rather it stands a counter-community without future (this is the Punk dimension to the project), that knows how to dwell in the desert of the present, because it knows that it is here where the true kingdom of friendship can happen and repeat itself in a double-time. If the community offers salvation in history; the counter-community offers no false promises, since it is only interested in modes of experimentation with the fragments of the world.

4. Totality is a ruse. I think I will end these brief notes quoting something Claudia Patricia told that, to my knowledge, best encompasses this visual-collective project: “The only thing we know is that today to play with totality is a ruse” (“El juego a la totalidad es la trampa de este mileneo”). There is a lot to unpack here, but I would just say without reading too much into it that the problem is how the sense of play becomes exhausted every time that there is a fiction of totalization. This is obviously a reference to the world of order and morality of adult symbolization. Now, a false exit is to cancel “play” in order to take a distance away from total morality. But, a more beautiful strategy is to liberate play at the level of our experiences and the materials and tonalities affecting life. To put play at the center of what takes place in life is, in turn, the most serious task of a a new ethics at the threshold of our epoch. 

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*Image: ArtCover by Claudia Patricia, February 19, 2021, Mujercitos Magazine.

Three ideas for a discussion on «Éléments de décivilisation» by Gerardo Muñoz.

[These are some preliminary notes for an ongoing discussion on Lundi Matin’sÉléments de décivilisation’’, a text that condenses a series of problems dealing with, although by no means, limited to infrapolitical reflection, the event, world, and the question of civilization in the wake of the ruin of hegemonic principles. This particular essay, more than content, raises the question of the status of the style of thought; and, in broad terms, I tend to link the notion of style to the constitution of an ethos. But let me offer three theses to open the discussion in very broad terms. What follows is the reconstruction of three brief points in a recent group meeting about this text.] 

i. The priority of the event. For me at least it is very important to consider that Éléments de décivilisation’’ moves away from at least two important precedents of a common intellectual orbit: messianism and the political theory of modern sovereignty. Of course, this is important for many reasons, but most it speaks to what I would call a strong opposition between thought and philosophy (favoring the first over the second). These two registers open important distinctions, such as, for instance, a displacement between historical temporality (messianism) to a notion of the taking place (the event or encounter) as exteriority. Whereas we were told that the “event is the enemy within Empire” (Gloss in Thesis 60 of Introduction à la guerre civile) , now we have a more through sketch about the way in which the form-of-life is not a category reducible to vitalism or the problem of the subject, but rather about the play between form and event. Here I think that Carlo Diano’s Forma ed evento (1952) is crucial as a backdrop that is not just philosophically (Aristotelian formalization against Stoic predication), but rather a sound position of thinking in relation to what has been passed down as “civilization”. 

ii. Civilization as a principle. Now, the question of civilization raises to a problem of thought insofar as is neither an ontological problem nor an operative idea in the history of intellectual concepts. Civilization becomes the apparatus by which the total regimen of production in any given epoch is structured to establish an order. And here order is both authority and police. To put it in juridical terms: the first secures legitimacy while the second posits the flexible energy of legality and execution. This is the same problem in the relation to the world. In other words, civilization means enclosing, domesticating, and producing. By the same token, civilization is the operative domain by which nomōs, history and the subject come together in virtue of their separation. Is not this the very issue in the Greek polis in the wake of the discovery of measurement, isonomy, and the distribution of the goods in which hegemony replaces the basileus (Vernant)? It is one of the merits of the text not having understood this problem at the level of an “archeology of Western political thought” (Agamben), but rather as an evolving transhistorical process that binds the axis of domination and power to the axis of anthropology and domestication. Civilization, then, would name the total apparatus of hegemony under which politics falls as a problem of metaphysical structure (I have tried this problem in recent positions here). Whether there is an assumed anthropological anarchy at the level of substance, capable of “inversion” (Camatte), is something that must be explored in further detail. 

iii. Happiness cuts absolute immanence. My last point. I would like to insist on something that Rodrigo Karmy mentioned recently: “Happiness is the unthought of the Weestern tradition”. I agree with Karmy not on the basis that there has not been any reflection of “happiness” in the tradition, but rather that this reflection has either been a) subordinated to politics or economics (Jeffersonian “happiness” conditioned by commerce); or, as a moral virtue of self-regulation and privation. But it seems to me that “Elements” wants to offer something else in a very novel way. It is here where the question of violence must be inscribed. A curious displacement since violence has been thought in relation to beauty, but not happiness. The violence at the level of forms puts us in proximity with the event at the end of life itself. In this sense, the Pacôme Thiellement footnote is important:

“l y a deux lumières: il y a la lumière d’avant la nuit et il y a la lumière d’après. Il y a celle qui était là au début, l’aube radieuse du jour d’avant, et puis il y a celle qui a lutté contre les ténèbres, la lumière qui naît de cette lutte : l’aube scintillante du jour d’après. Il n’y a pas seulement deux lumières, il y a aussi deux joies : il y a la joie d’avant la peine et il y a celle d’après. La joie originelle, la joie innocente, primitive, cette joie est sublime, mais c’est juste un cadeau de la vie, du ciel, du soleil… La joie qui vient après la peine, c’est le cadeau que tu te fais à toi-même : c’est la façon dont tu transformes ta peine en joie, l’innocence que tu réussis à faire renaître des jours d’amertume et des nuits de bile noire. C’est le moment où tu commences à vivre, mais vivre vraiment, parce que tu commences à renaître de toutes tes morts successives. C’est le moment où tu t’approches de la divinité ou du monde”. This position  – which I think it is prevalent throughout the text – allows the opening of a series of articulations:

a) it is no longer happiness an effect on the subject, which has only grown in the Spectacle or consumption; that is happiness as an exception to life.

b) it is not that happiness is a theological state of ‘blessed life’, which would presuppose the transmutation of sin and thus overcoming of the non-subject. This position depends on conditions of mythic-history and theology.

c) It is rather that happiness is the way in which the singular gathers his possibilities in use without enclosing the other possibles. To live a life among the fragmentation of the use of our disposed potentialities is a way to violently cut the seduction of absolute immanence in which style is diluted. Play could name the variations of use. But there is a second order risk in what constitutes “play”: a transfiguration of politic as civil war. The problem becomes how to think of ‘play’ (i. messianic abandonment, ii. political intensification – insurrection, or the separation between rhythm and voice, a poesis). I am interested in pushing for the third figure of play; a third figure in which the event and happiness impose a new division of souls, moving away from the separation from life. 

Hölderlin in Agamben. by Gerardo Muñoz

There is no question that Hölderlin occupies a central place in Giorgio Agamben’s work, although he always appears within a specific strategic deployment. Of course, it might be the case that Hölderlin is always present in instances where he is not directly cited or thematized, but in the following note I want to record four instances where Hölderlin appears in different phases of Agamben’s thinking. These notes are preliminary for a larger work in progress that looks at the status of the comic as a potential force for a transfigured politics, which is informed, although not limited by Hölderlin’s work. Hölderlin occupies, after all, the entry point to L’uso dei corpi (2014) in relation to the well-known maxim “the use of the proper”; the territory where the (modal) ontology will be measured. However, esoterically Agamben’s incorporation of the German poet suggest a ‘way out’ from the tragic politicity of modernity. It might useful here to recall Schmitt’s annotation in Glossarium about what Hölderlin symbolized in the larger picture of modern German thought: “Youth without Goethe (Max Kommerell), that was for us since 1910 in concrete youth with Hölderlin, i.e. the transition from optimistic-ironic-neutralizing genius (genialismus) to pessimistic-active-tragic genialism (genialismus). But it remained within the genialistic framework, yes, deepened it into infinite depths. Norbert von Hellingrath is more important than Stefan George and Rilke.” (18.5. 1948) [1]. To overturn Hölderlin as the figure of the tragic caesura and witness to the crisis of “distance” in modernity is most definitely at stake here in order to avoid (subjective) conditions for something like an Enlightenment renewal. More broadly, it could be productive to think of Hölderlin as the poetic site that grants Agamben a possibility of thinking the event beyond the dependency of messianism and history, now displaced by the relation between language and world. 

a) As early as in Stanzas (1977) Agamben writes about Hölderlin: “The name of Hölderlin – of a poet, that is, for whom poetry was above all problematic and whom often hoped that it could be raised to the level of the mēchane (mechanical instrumental) of the ancients so that its procedures could be calculate and taught – and the dialogue that with its utterance engages a thinker who no longer designs his own mediation with the name of “philosophy”, are invoked here to witness the urgency, for our culture, of rediscovering the unity of our own fragmented word” (xvii) [2]. Hölderlin occupies here the site of antiphilosophy, in which the event of language does not longer coincide with a structure of the subject, but of the potentiality of “saying”; a sayability in which fragmentation removes any commanding closure of language. The event of appearing and bring to conclusion (in the book on Paul, Agamben will associate it with the rhetorical figure of the enjambment in the poem) gains primacy over formalization. 

b) In another early book, L’uomo senza contenuto (1994) Agamben takes up the question of fragmentation of language in Hölderlin but this time provides a specific category: rhythm. On the chapter about the original structure of the work of art he writes: “Everything is rhythm, the entire destiny of man is one heavenly rhythm, must as every work of art is one rhythm, and everything swings from the poetizing lips of the god”. This statement was passed down to us by Hölderlin’s own hand. […]. What Hölderlin’s sentence says appears at first blush too obscure and general to tempt us to take into consideration in a philosophy query on the work of art. However, if we want to submit to its proper meaning, that is, if we want, in order to corrupt to it, to make it first of all into a problem for us, then the question that immediately arises is: what is rhythm, which Hölderlin attributes to the work of art as it original characteristic?” (94) [3]. So, the category of rhythm “holds men” epochally as a form of incommensurable distance with the world, which Agamben relates to an-archic original structure of dwelling. For Agamben this step-back to the “original site” vis-à-vis rhythm releases “art” as poesis from a productivist “destiny”. So, it would be obvious to say that rhythm, insofar it abolishes the production, it also thematizes the ethical life as the form of life (which is why Agamben also attaches Hölderlin as a counter-figure of the notion of “vocation”) [4]. There is no form of life without rhythm in nearness to the common ground. 

c) In Autoritratto nello studio (2017), Agamben glosses (a) and (b), that is, he recognizes the importance of Von Hellingrath reconstruction of the late Hölderlin of the Pindaric translations and the fragmentary syntax, but now situates him at the center of modernity. Agamben writes: “Walser noted, as Hölderlin before him, that the world had become simply unhabitable. And there was not even the possibility of amending it…I am convinced that Hölderlin in his last thirty years of this life was not unhappy, as some professors of literature tend to describe him. On the contrary, Hölderlin was able to dream at his house without worrying about duties. The Tubingen tower and the clinic of Herisau: these are two places that we should never cease to reflect upon. What took place behind these walls – the rejection of reason by these two poets [Walser and Hölderlin] – is the most powerful rejection against our civilization” (140-141) [5]. So here Hölderlin, like Walser, is an epochal gestalt capable of generating the separation between thinking and doing, world and experience, which became totalized in the legitimacy of the modern. What could be interpreted as ‘domestic interiority’ for the poet becomes a symptom of a radical form of dwelling at the end of reason subsumed by nihilism.

d) Finally, in a recent essay published this year entitled “Hölderlins antitragische Wendung”, Agamben goes a step further to qualify Hölderlin’s breakthrough, taking radical distance from his relation to the tragic and identifying him as a poet that must be read in a comic register. This is all the more surprising given that, as Agamben himself notes, there is almost no mention of comedy in Hölderlin’s prose, except in the review of Siegfried Schmid’s play The Heroine. And although it is true one could argue that Hölderlin undertook a destruction of the tragic poet in The death of Empedocles, as far as I am aware there has been no interpretation of Hölderlin as opening to the “comedy of life”, except for a brief mention, almost in passing, about his laughter by the Italian poet Andrea Zanzotto [6]. Agamben concludes his essay suggesting that: “With this concept of “ordinary life” I should like to conclude my reflections, at least for the time being. Isn’t it precisely this ordinary life, what in the thirty-six years in the tower, Hölderlin’s life and poetry – or his “poetry” – have persistently sought to carry it out in an exemplary and funny way? And isn’t “ordinary” life the same as the “living” life (to live according to habitus and habits), which is distant and perfect in the last tower poems: When people go into the distance, living life …?” In any case, if Hegel defines the idyll as “the half descriptive, half lyrical poems […] and mainly nature, the seasons, etc., the subject matter”; then the tower poems – this extreme, incomparable poetic legacy of the West – are an idyll of the genre” (40) [7]. And here Hölderlin appears not just as another figure in “the age of the poets” (and the genialismus‘ commanding force), but rather as the moment in which the problem of life opens to its inoperosità. The unity of humanity now navigates the fragmented reality not through the subject, but rather through the singular form of life. Comedy, then, in the idyll genre in which life is freed from both desire and liberty.

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Notes 

1. Carl Schmitt. Glossarium: Aufzeichnungen aus den Jahren 1947 bis 1958 (Duncker & Humblot, 2015). 114.

2. Giorgio Agamben. Stanzas: Word and Phantasm in Western Culture (University of Minnesota Press, 1993).  

3. Giorgio Agamben. The Man without Content (Stanford U Press, 1999). 

4. Giorgio Agamben. “Vocazione e voce”, in La potenza del pensiero (Neri Pozza, 2005). 77-89.

5. Giorgio Agamben. Autoritratto nello studio (nottetempo, 2017). 

6. Andrea Zanzotto. “Con Hölderlin, una leggenda”, in Friedrich Hölderlin: Tutte le liriche (Mondadori, 2001). i-xxiv.

7. Giorgio Agamben. “Hölderlins antitragische Wendung”, Studi Germanici, 17, 2020. 27-40.

Contra la mala substancialidad: cuatro apuntes para una conversación con Diego Valeriano. por Gerardo Muñoz

No queremos decir mucho sobre Diego Valeriano, puesto que siempre se pudiera decir más. El estilo Valeriano tiene el peso de lo necesario: donde no falta nada, todo es posible, todo es apertura, todo resta. Y, a su vez, todo está aún por experimentarse. Valeriano es estilo sin estilo. De ahí que en ocasiones – incluso en algunas conversaciones por mail o WhatsApp – ha descrito su escritura como el deseo de querer ser canto. La escritura abandona su primacía ficcional que inviste a la autoría. Imposible reproducir la mimesis del canto de un pájaro, ya que el mundo de la expresión es incapturable (Von Keyserling). Para dar lugar a la conversación, me gustaría dibujar esta pequeña geometría que convoca a lo que pudiéramos llamar un nuevo realismo destituyente.

La hipótesis archi-antropológica. En el momento más álgido de exaltación kirchnerista, Valeriano puso a circular una tesis que podemos calificar de “archi-antropológica”. Contra el moralismo de un liberalismo biempensante y los llamados al cierre de filas de una cultura hegemónica, Valeriano colocó el acento en el vector de la intensidad: “el consumo libera”. Era una tesis radicalmente intuitiva. Sonaba bien. En efecto, era una tesis capaz de ser apropiada por todos, de ahí su fuerza. Pero cuando un liberal la pronuncia su objetivo está claro: el consumo nos libera de la conflictividad política, nos garantiza libertad económica, y nos incluye en la civilización de la producción. En Valeriano, sin embargo, el tenor sacudía un gesto archi-antropológico: cuando nos rozamos con las llamaradas del consumo, disolvemos el reino de la antropomorfización del capital desde adentro. La tesis desplegada era maravillosa. O sea, puesto que la equivalencia es siempre una fantasía de encierra toda economía libidinal, las armas del consumo también son aquellas que liberan la vida de su concreción substancial. Era allí donde emerge toda forma de vida, todo ethos. El consumo en manos del runflerío disuelve nuestro lugar en la objetivación. Devenimos ahora un cualsea. Los condimentos están siempre en cualquier lugar. Ahora se trataba de entrar en la cocina de las prácticas: la magia de una fiesta, un saqueo, un viaje en bondi por la ciudad, una celebración, una junta nocturna, o con-vivir en la escuela. No hay jerarquías. Siempre se ha tratado de lo mismo: retomemos lo invisible que desborda nuestra vida y situemos el problema en la cesura irreductible entre el acontecimiento y las formas que les son posibles.

Localización del poder. Nada aterra más al cosmos intelectual progresista que discutir la localización del poder. Alzar la pregunta por la extensión de sus aparatos es una herejía para los traficantes ideológicos de “teorías” fatuas. De ahí la importancia de la metrópoli, la cual debe ser entendida no como una forma contemporánea de la polis caída a la técnica, sino como la espacialización misma de la totalidad de los ensamblajes cibernéticos. La metrópoli es lo que encuadra al mundo en virtud de una objetivación de su afuera. Esta es una condición intuitiva en la escritura de Valeriano: no hay poder, hay forma de sedimentación metropolitana. La operación metropolitana es todo aquello que busca detener el recorrido cinético de mi experiencia con el mundo desde la identificación y el intercambio. Pero Valeriano va más allá: no hay un “afuera de la metrópoli”, puesto que ya sabemos que el campo es la dispensación negativa y última celda del castillo. Un gesto contrametropolitano, por el contrario, aparece allí cuando ejercemos un viaje que desnarra la intencionalidad y justificación de sus formas. Aquí instalamos un nuevo principio de discriminación: metrópoli es el partido de la reducción y la identificación; el gesto contrametropolitano es, por el contrario, lo que dispensa el campo de experimentación, de encuentros, y de goce. Un goce que no puede servir a la domesticación de los pequeños placeres del intercambio, sino el que sabe que se juega siempre con la propia finitud. El gesto contrametropolitano es lo que crea destino porque ha abandonado la ficcionalización de las orientaciones. 

Existencia hacia el final del mundo. Toda la fuerza de estilo de Valeriano se ubica hacia el fin del mundo. En realidad, es una amistosa invitación a habitar en él sin caer en la “mala substancialidad” que remite a las identificaciones compensatorias del reino del “Yo” (Tiqqun, Teoría del Bloom). Contra las malas substancialidades que sostienen la fragilidad del vacío experiencial de la metrópoli, Valeriano ofrece la aventura de una vida extática. Los zombis es la figura mitopoética de esa “mala substancialidad” que hace del apocalipsis una cárcel de la subjetivación humana. Pero siempre ha existido una salida: lo inhumano. Y es que no hay una “inhumanidad”, sino una composición disyuntiva de los fragmentos que escapan a la fijeza de la realidad: “no es un sistema, no hay reglas. Es un momento aun muy enigmático, repleto de agujeros, quiebres, saltos, tonos. Es intemperie absoluta y refugio vital” (Valeriano, Eduqué a mi hija, 40). El apocalipsis que tonifica la época abre un nuevo antagonismo infrapolítico, cuya posicionalidad se da entre aquellos que busca la fuera de la producción, y aquellos que susbstancializan el mundo bajo la multiplicación de las órdenes. Pero en un mundo carente de legitimidad, una orden es siempre dispositivo de hegemonía y subordinación. Del otro lado de la dominación, aparece el fin del reino de los disfraces: ya no lo que “soy” o lo que “debo ser”, sino “cómo soy” ante aquello que he encontrado y que me acompaña en la práctica de deserción del mundo.

Una vida que no es política. Finalmente, después de dos siglos, aparece una mirada que insiste en la separación entre vida y política, tomando partido por la primera. Una politicidad sin legitimidad incrementa la hegemonía como reino de las ordenes y reparto de las demandas. En este sentido, la vida no es una excepción a la política como orden público, sino una fuga de la topología de la depredación civil. Allí donde hay hegemonía hay sometiendo del tiempo de la vida e interrupción de lo invisible. Por eso indicaba Jacques Camatte recientemente que el poder odia a la juventud, puesto que los jóvenes se inscriben en una zona existencial previa a la domesticación. La forma de vida de la juventud – acaso la figura central de la escritura canto de Valeriano – muestra que ningún poder es absoluto sobre la vida, porque la existencia escapa el dominio de toda hegemonía. Y, desde luego, la juventud no es una etapa en el desarrollo de la vida del hombre, sino el ángel que lo acompaña a lo largo de su recorrido terrenal. El Ángel vela por el destino: guarda la distancia entre mis formas y el afuera. 

Por eso la forma de vida runfla es fundamentalmente un problema especular: contra la representación, se inclina hacia la expresión; contra la domesticación subjetiva, enaltece la vida extática; contra la sutura entre vida y política, insiste en la diferencia absoluta e irreductible de los encuentros. No hay formas absolutas, sino declinaciones con lo que encontramos. El actual apocalipsis nos arroja a un campo experiencial del cual cada vez tenemos más y más noticias. Disuelve la realidad. Esa factura del “tiempo desquiciado” nos convoca a ser quienes ya somos. Un ejemplo inclasificable de ese gesto de deserción está en los pibes que rechazan los aguinaldos de la mala substancialidad. Y ellos siempre están de vuelta.

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*Apuntes para el encuentro “Experiencia y metrópoli” que tendrá lugar el 4 de septiembre junto a Diego Valeriano, organizado en la serie “Conversaciones de Ficción” de la revista Ficcion de la razón.

Afropessimism and infrapolitical friendship. by Gerardo Muñoz

Ángel Octavio Álvarez and I had the wonderful opportunity to have a brief exchange with Frank Wilderson III on Afropessimism (2020) for the weekly radial program Dublineses in Mexico. I am grateful to Wilderson for his time and generosity, since I am aware of his many speaking obligations around the book these past months. Because of time restrictions, both Angel and I did not get to ask Wilderson many questions. In my case, I felt that my last question did not come through in a clear away. In this note, I want to make an attempt to better articulate it here, not just for the sake clarification, but because I think it pushes the discussion forward; at least one of the possible paths of the discussion that Afropessimism elicits. At the end of my review, I asked whether it was possible for Black existence to imagine itself as a figure of friendship with the inhuman. I want to think of friendship as a “positive outside” of solidarity, which is a target in the book, in particular as it emerges in very concrete institutional contexts, such as the university and communitarian self-examination.  

I agree with Wilderson that solidarity is always tendentially an apparatus that regulates “intra-communal narrative acts of transformation” (102). But to be committed to the narrative acts means that one is already subjected to its force, which essentially feeds off social death of black existence. In other words, solidary is the apparatus through which certain hylomorphic cohesion of the “Human” is organized and rendered legible. Essentially, this means that the transformative change always takes place at the level of the human (“a new man”, the ideal of Guevarism in the revolutionary imagination of the New Left) in virtue of disposing the inhuman. Humanity is essentially the somnambulism of the inhuman, as it cannot be otherwise. 

         There is production of Humanity through the different exercises of identification and demand – which ultimately entails the equivalence of singular sufferings – but there is also the side of the inhuman and social death in the world. Of course, the ultrapolitical question has been dominated by the metaphysical niceties of leninist reason: ‘what is to be done?’. But as Wilderson himself admits in the chapter on Stella (55-147), the ‘destructive act’ against the world that sustains social death is psychically unenabling and impossible (103). I take it that one of the things that Wilderson is pointing out here is that there is no “exodus” from the constraints of nihilism through sacrificial investment, nor by simple inversion of violence for the ends of liberation. There is also no exit through a narrative of redemption, or for that matter, any practice of narrativization of social death, which already amounts to the domestication in the other’s phantasmatic economy. 

But it is precisely here where the question of friendship emerges; since friendship is irreducible to alliance or subjective solidarity. Friendship is the sharing in thought that is always constitutive of the outside of the sayable. This is how Mascolo defines friendship: a sharing of thought that is suspicious of thinking as a mere “foam of things” [1]. Thought is the event of this encounter for which we are never prepared for. Assuming the unconditional function of thought frees a tonality of innocence that emerges without the compensatory excesses of original sin and guilt. Assuming one can traverse the theological apparatuses of the Christian tradition in his way – for which there is much archeological work to be done – could not one say that friendship is, in every case, the errancy of the afropessimist tonality? In other words, friendship is committed to the sacredness of the inhuman that in its proximity, it delimits an experience that is irreducible to normative ethics or political causes. 

Infrapolitical friendship has no demands and retracts from a “politics of care” (the intramural pole of global solidarity); rather, its inclination is contingent upon the unscripted cartography that provides life with a sense of destiny. This a joy in an inhospitable world. What friendship (philos) finds is also alien to the genus of the Human. Every friendship dwell in the unnarratable fabric of experience. It seems to me that this is one of the gestures of Afropessimism, which resists narrative from experience without exemplum. It is most definitely what emerges in the story about Stella.

Unlike love that demands amalgamating and redemptive competences, friendship is the hard look unto a broken world in which the existence of paradise (outside the apparatus of Human nature) is its aftertaste. This is not merely remembrance, but the passage from metatheory to the event of thought. But this is, after all, only a mere question for Wilderson.

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Notes 

1. Dionys Mascolo. “L’amitié du non”, Lignes, 1990.