El pretor romano y el ius honorarium. por Gerardo Muñoz

¿Por qué emerge la restitución de la figura romana del “pretor” en el pensamiento jurídico contemporáneo tras la crisis del positivismo? Como ya hemos visto desde el Glossarium, Carl Schmitt consideraba con bastante estupor la figura del pretor romano al estilo de Pilato ante Jesús en Judea. Creo que es obvio que el pretor, dada su operatividad dentro de la concepción del derecho (ius), se diferencia drásticamente de la manera en que el iusnaturalismo concibió su tipología de bienes públicos como principios de fondo con respecto a un reinforcement de las normas positivas (lex). A diferencia del iusnaturalismo formal, el pretor pone el énfasis en una mediación regulatoria; esto es, en una fuente dogmática en la que no hay diferenciación alguna entre la esfera religiosa y la esfera pública, ya que ahora aparece suturada en la extensión misma del ejercicio del código.

Veamos como se crea el nexo entre una categoría como ‘bien común’ con una figura burocrática del derecho romano. En un artículo programático sobre la figura de pretor, y que no ha pasado por desapercibido, el sacerdote y filósofo del derecho Longchamps de Bérier argumenta que el pretor fue el gran garante del “bien común” mediante la eficacia de la utilitas como práctica administrativa concreta. Longchamps de Bérier nos recuerda que el pretor no es una figura pasiva de ponderación adjudicativa, sino que provenía de las filas militares. Así, su imperium estaba dotado de auspicia, la cual le permitía comandar edictos y decretos en correspondencia con la misión de sus deberes [1]. De manera que, si la misión del pretor romano consistía en la promoción del “bien común”, no era precisamente en función de principios y reglas tal y como lo entendemos en la época moderna, sino más bien como performances de “officium” que “no se define como administración de una iuristictio, sino más bien como necesidades políticas y militares que pudieran emerger en la expansión del imperio romano” [2]. Esto implica, desde luego, una flexibilidad siempre conveniente que tenía al dogma como marca de cierta forma de lo que podemos llamar arbitrariedad (desconozco si algo así existía en el derecho romano).

Cabe preguntar, entonces: si la figura del pretor se define como mediador para alcanzar la finalidad del “bien común”, ¿en qué consiste esta praxis que no se vincula ni a un principio, ni una regla, ni un tipo ideal, ni tampoco a un “proceso jurídico”? El mismo Longchamps de Bérier nos da la respuesta hacia el final de su ensayo: “el pretor es mejor entendido [hoy] como una función regulatoria” [3]. La función regulatoria implica una condición previa al “bien común”, como quiera que esta se defina. De ahí que esta praxis haya sido definida en el derecho romano como ius honorarium que, a diferencia del derecho civil normativo, implica un cuerpo estatuario flexible y continuamente abierto [4]. Esto es lo central. Y si el pretor se ocupa de una función “regulatoria” era precisamente porque podía ofrecer la mediación entre lo que no está escrito en el código y lo que emerge como necesidad del orden social. En este esquema, la función del “bien común” era secundaria, y ciertamente hoy reaparece como un “velo” (o pieza suelta, como hemos notado en otra parte) para ocultar su nexo operativo: el ius honorarium. Ciertamente lo “honorarium” proviene del “honos” (oficio), cuya atea real era “honrar” la dimensión interpretativa de los pretores. Esto explica – y arroja una nueva luz, en mi opinión – porqué Ulpiano habría dicho que los “juristas merecen ser llamados sacerdotes”, con el matiz de que el jurista en este contexto define la función concreta del ius honorarium del pretor.

Obviamente la autoridad del “ius honorarium” que autorizaba al pretor no era lo que entendieron los modernos como autoridad de separación entre moral y el norma jurídica; al contrario, como argumentó con lucidez Ronald Syme sobre el legalismo del Ulpiano, el ascenso de esta nueva clase burocrática militar unía el derecho con dogma, la esfera de la ley con la esfera de la religión, generando una verdadera “obsesión con las palabras con el único deseo de dominar” [5]. El pretor, entonces, más que un juez o un abogado, era una figura cuya necesidad última era la de una “emulación continua” (en el código). En efecto, el ius honorarium no era preminentemente una forma o un diseño institucional, sino la práctica escritural de una dogmática abierta. No debe sorprender – pero sí resulta muy llamativo – que justamente Marciano definiera el “derecho pretoriano como la voz viva del derecho civil”. Esa voz viva se escucha hoy bajo el ecualizador del “bonum comune”, tal vez porque ha olvidado (o le conviene olvidar) la procedencia de su verdadera y única naturaleza: el ius honorarium.

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Notas

1. Franciszek Longchamps de Bérier. “The praetor as a promoter of bonum commune”, Legal Roots: The International Journal of Roman Law, 2014, 219.

2. Ibíd., 225.

3. Ibíd., 229.

4. Oliver M. Brupbacher. “A King of Judges? An Essay in Reconstruction of Tasks and Functions of the Republican Praetor as Jurisdictional Authority”, Ancilla Iuris, 2006, 150.

5. Ronald Syme. “Lawyers in Government: The Case of Ulpian”, Proceedings of the American Philosophical Society, Vol.116, 1972, 409.

Corpus descendi. Sobre Velar la imagen (2021), de Paz López. por Gerardo Muñoz

En un presente ferozmente atravesado por la crisis de transmisión de la tradición y la fuerza compensatoria de la cultura, el resultado más inmediato es la pobreza de la mirada y de los sentidos. Dotada de una inusual serenidad, el más reciente libro Velar la imagen: figuras de la pietà en el arte chileno (Mundana Ediciones, 2021) de Paz López ofrece una retirada absoluta de este conspicuo malestar a la vez que enarbola una meditación sobre la potencia del arte en el umbral que separa la imaginación y el pensamiento. La puerta de entrada es singular y angular, aunque, como en los pliegues de los tejidos de Van Eyck y de casi toda la pintura flamenca, sus modos son infinitos, pues desde ellos se puede recorrer las variaciones de la pietà en el arte chileno sin sopesarla a la normatividad universitaria, a la disciplina historiográfica del arte, ni tampoco a sus bordes iconográficos. Su rendimiento es la pura medialidad de los sentidos en las estrías de la imaginación.

Como la define muy al comienzo López: “Me gusta pensar la pietà como una imagen que condensa esos dos momentos, el del nacimiento y la muerte, es decir, una imagen de aquello que nos falta y que por eso miso abre la posibilidad de la imaginación y el pensamiento” (14). Como vemos, no se trata de una imagen del pensamiento, ni de una entrada a las lubricaciones de una imaginación sin cortes; más bien se desarrolla la tesis de la potencia de una imagen que, a partir de su falta inconmensurable, hace posible una caída de todas las obras del hombre hasta develar la vida misma. Podríamos pensar este trazo como una secularización radical de la felix culpa cristiana; una “noche clara”, dotada de un patetismo escéptico, pero en el que ya no hay redención ni salvación alguna, nos sugiere Paz López (16). El descenso de la imagen en la fiscalidad de la pietà indexa el recogimiento de la existencia, de una “vida fonambulista” que remite a un paraíso terrenal (ya no el “paraíso” de la comunidad de salvación cristiana) en el acontece ciertamente algo así como la felicidad.

Paz López define de manera implícita esta felicidad como intensidad no solo del cuerpo, sino en la apertura al mundo que es también seña de amor como vínculo fluctuante. La protofigura de la pietà – su metaforicidad sin trascendencia, esto es, sin compensación – es el pliegue en el que se desdobla arte y vida nuevamente. Si el vórtice de toda obra de arte es la caída de su belleza, como en su momento sugirió Giorgio Agamben sobre las esculturas de Cy Twombly, entonces el pliegue medial entre la sensación y el arte (poesis) es la forma de los presupuestos de la obra y del objeto artístico. De ahí que, aunque el libro de López sea un ensayo directamente vinculado a la escena de las artes visuales y sus aparatos críticos en el Chile contemporáneo, el pliegue pietà hace posible un movimiento sutil y destructivo de toda disputa “cultural” determinada por los principios de la vanguardia y objetualidad, historiografía y sociología del arte, índices generacionales artísticos o nominalismo de la autonomía cultural. La pietà, además de una protofigura que vincula las obras de artistas tan disimiles como Raúl Zurita y Eugenio Dittborn, Carlos Leppe y Natalia Barbaronic, Juan Pablo Langlois o Juan Domingo Dávila. La pietà: una fuga del terreno común de discusión. Desde luego, una fuga en la que solo podemos comenzar a pensar como forma de deserción de todo horizonte de guerra en cultura, como sugirió no hace mucho el propio Eugenio Dittborn aludiendo a los años de la Escena de Avanzada. La pietà es también un ejercicio de excepción a toda herencia y topología, pero solo para poder regresar infinitamente a los modos en que la imagen y la pintura tematizan el desborde de las formas, ya que en ellas se contempla la apocatástasis de un desastre.

Un descenso, una forma de evasión, y el trazo pictórico recoge una luz negra de la oscuridad. Vuelta a los estratos originarios: la pintura como “la máxima calidad de la imagen”, en palabras de Natalia Babarovic (69). El misterio de la pintura, su enigma vital con respecto a la realidad, es que coincida íntegramente con el acontecimiento infinito de la antropogénesis del hombre. Antes que la palabra hay un trazo y gesto de la pietà, lo invisible del cuerpo en su morada. La condición pictogenética más que una cuestión de forma es una caída substractiva de la realidad o de las formas, del sujeto o de las ordenes de la historia y toda “ficción identitaria” (83). Por eso López habla de las figuras criaturales de Leppe o Dittborn, o de los vectores de fuerzas en la escena de Las Yeguas del Apocalipsis que “disputan intensa y festivamente su relación con el mundo” (83). En la intensidad física del descenso de la imagen, la pietà que nos devela el desamparo último de la existencia, para la cual ningún ejercicio artístico podría encubrirse con los ropajes metafísicos de la politicidad y del culturalismo.

En efecto, la palabra “política” aparece solo una vez en Velar la imagen (2021), pero de manera muy específica: esto es, como una resistencia vital de cara a la finitud que no admite la desaparición del amor y del encuentro (82). Ahora “política” no coincide con el destino, sino que es transfigurada al terreno del conatus essendi de todo singular que nace y muere. Pero esto es lo importante: Paz López nos recuerda una y otra vez en todos los pliegues de la pietà del arte chileno que la decreación artística no ha cesado de remover la alienación de la génesis psíquica para así desatar un vinculo erótico con el mundo. Esta pasión erótica, desde luego, se desmarca de manera fundamental de toda posicionalidad interesada en la administración de la inmortalidad, así como en los cuerpos de la comunidad de los vivos en la antela de la posthistoria. De ahí que el libro de López no haga llamado alguno a una biopolítica naïf de “los cuidados” que hoy constituye un reverso de la dominación biopolítica en curso con ínfulas de sonambulismo afectivo.

La disposición vital de la pietà supone “acoger la mortalidad, pero nunca la muerte provocada con saña” (95). Y es en este abismo carente de forma y legislación psíquica en el que podemos encontrar un vínculo erótico para con el mundo, y que para Paz López implica una suspensión absoluta de todas las miradas (la del moralista, la del voyeur y la del amo), a cambio de que moremos en la prolongación del ascenso de la existencia en su apertura con el deseo, y no con la normatividad icónica, las tribulaciones del sujeto, o las particiones del juicio. Por eso me atrevería a decir que también hay una dimensión de resurrección en el movimiento descendiente de la pietà.

Un movimiento que no es cronológico al descenso, sino que coincide con éste y que yuxtapone temporalidades, lenguajes, y sensaciones en una armonía cuya musicalidad es el don mismo de la felicidad. La contraparte de la Pietà de Miguel Ángel no es el cuerpo glorioso en la liturgia de los cielos, sino más bien el descubrimiento que el propio pintor renacentista hizo del Laocoonte bajo la tierra mojada de un viñedo italiano. Algo así también me parece la escritura minimalista, exquisita y aconceptual de Paz López en Velar la imagen, cuya pietà se encuentra repetidamente en los pliegues del pasado, pero tampoco en ninguno. Esta resurrección transfigurada no es índice del arribo a las promesas de los cielos, sino que es el movimiento extático de toda existencia ante una inevitable caducidad temporal que carece irremediablemente de obras.

Principio de deferencia y emergencia. por Gerardo Muñoz

El auge del derecho administrativo tiene en el centro un núcleo jurídico central, sin lugar a duda el más importante: el principio de deferencia. Este principio lo hemos explicado en otra parte, por eso aquí tan solo quiero anotar un elemento que se puso en discusión en la tercera sesión del Foro Euroamericano en el que tratamos el derecho administrativo, la institucionalidad, y algunos de los hilos de la interpretación de la filosofía del derecho. En un momento de la conversación, el profesor José Luís Villacañas relacionó la cuestión de la práctica deferencial a su uso en una situación de “terror”, o “tortura”; escenario hipotético que a veces figura como límite en los debates jurídicos. La relación entre deferencia y terror, sin embargo, apunta directamente a la relación entre este principio y emergencia, ya que en la emergencia supuestamente debemos suspender las normas. Y aunque no se aludió a este hecho, es importante recordar que el mismo Adrian Vermeule junto con Eric Posner firmaron hace algunos años el libro titulado Terror on the balance: security, liberty, and the courts (Oxford University Press, 2006) en el que explicitamente conectaban el principio de deferencia y la “ponderación” en torno a la tortura y las formas de “interrogación” para tiempos de “emergencia” (hablamos de los años posteriores a la Invasion de Irak, el memoradum firmado por John Yoo de la OLC, y la llamada War on terror). Me permito citar un fragmento programático de la introducción del libro de Vermeule & Posner donde esto aparece de manera nítida:

“The difference thesis does not hold that courts and legislators have no role at all. The view is that courts and legislators should be more deferential than they are during normal times; how much more deferential is always a hard question and depends on the scale and type of emergency. […]. In our view, the historical baseline of great deference during emergencies is also the right level of deference. Therefore, deference to the government should increase during emergencies.” [1]

Aunque ciertamente habría mucho que desglosar, a mi me interesa poner el énfasis en lo último: el principio de deferencia “incrementa” durante las emergencias. Desde luego, la pregunta central es: ¿Y cuándo estamos en una “emergencia”? ¿Y quién la decide? Aludir a la “emergencia” nos lleva directamente al pensamiento de Carl Schmitt. Aunque Schmitt entendía la “emergencia” dentro de un sistema institucional “concreto” y positivo, la novedad del sentido de emergencia yuxtapuesta al principio de deferencia, es que ya no hay una mera “decisión” política acotada a un tiempo, sino una administración a partir de una justificación de principios genéricos (ius). En este sentido, la emergencia ya no es una excepción regulada, sino una forma integral al principialismo discreacional que se habilita gracias a la deferencia.

De manera que ya no se trata de “decidir” qué es el estado de excepción, sino orientar la excepcionalidad mediante la deferencia. De ahí que esta unidad jurídica es común al “sistema constitucional” de Vermeule, en el que la estructura justificatoria y discrecional principialista asume la orientación misma del gobierno. Por esta razón es que en Common Good Constitutionalism (2022) se nos dice de manera explícita que el principio de subsidiariedad es siempre “excepción” que orienta, como no puede se de otra manera, la supremacía del principialismo moral (ius). También aquí vemos una extrapolación del marco administrativo ius-interpretativista de Vermeule, puesto que incluso para John Finnis el principio de subsidiariedad es una forma de “gatantizar” las condiciones de “ bienestar”, pero sin aspiración a un común sustancial contra la diferencia. Incluso, llevar a cabo esta aspiración solo podría ser desastroso para el bien-común, tal y como escribía Finnis: “Any attempt, for the sake of the common good, to absorb the individual altogether into common enterprises would thus be disastrous for the common good, however much the common enterprises might prosper” [2].

Más tarde, glosando a Luigi Taparelli, Finnis nos recuerda que el principio de subsidiariedad responde a una manera de equalizar la forma “hipotáctica” (sistema ipotattico di associazione) entre diferentes partes. Esto es muy distinto en Vermeule, para quien la supremecia del ius jurídico entiende la excepcionalidad subsidiaria en un sentido “unitario” y unidireccional del bien común. Mientras que en Finnis la autoridad estatal puede orientar la subsidiaridad en casos excepcionales; para Vermeule, la naturaleza misma del principio de subsidiariedad coincide sin resto con la excepción. Para volver al inicio, la única manera de entender la supuesta “legitimidad” de esta operación pasa por la fuerza que la deferencia ha cobrado en tiempos del ascenso principialista en el derecho.

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Notas 

1. Adrian Vermeule & Eric Posner. Terror on the balance: security, liberty and the courts (Oxford University Press, 2006)5-6.

2. John Finnis. “Subsidiarity’s Roots and History: Some Observations”, The American Journal of Jurisprudence, Vol. 61, 2016, 133-141.

¿Por qué el iusnaturalismo no se alinea al bien común constitucionalista? por Gerardo Muñoz

En una reciente reseña crítica sobre Common Good Constitutionalism (Polity, 2022) de Adrian Vermeule, el historiador James Chappel admite en un momento que “uno de los puntos más importantes del libro de Vermeule es el hecho de que todo sistema de derecho siempre expresa algún tipo de postura moral” [1]. Es un comentario de brocha gorda, pero qué nos permite indagar un poco más en el problema en torno a la relación más acotada entre moral y derecho. Pues, en realidad, lo que afirma Chappel (y que asume como “sentido común”) cobra fuerza solo en la medida en que entendamos que por décadas la crisis del positivismo como fuente de autoridad del derecho ha abdicado a lo que el profesor Juan Antonio García Amado ha llamado iusmoralismo, una forma de amplificación “interpretavista” que se “ajusta” y “justifica” principios generales desde una integridad moral. El auge del interpretativismo ha hecho que la moral y el derecho converjan, lo cual legitima lo que Chappel reconoce como el punto “persuasivo” de la apuesta teórica de Vermeule. En realidad, diríamos que es todo lo contrario: es decir, lo que no parece persuasivo de la teoría del bien común constitucional es que es eminentemente una teoría interpretativista y no necesariamente una teoría iusnaturalista. Veamos un poco mejor este diferendo.

La divergencia entre el “constitucionalismo del bien” y el iusnuralismo explicaría – al menos de momento hasta donde tengo noticias – porqué filósofos del derecho natural como John Finnis o Robert P. George – no se han alineado con esta forma de revolución constitucional. ¿Por qué? En primer lugar, porque el bien común desarrollado por Vermeule favorece la instancia interpretativista por encima de la iusnaturalista, que el trabajo clásico de Finnis intentó aproximar la tradición iusnaturalista con la noción autoritativa del positivismo moderno. En segundo lugar, porque la cuestión de la “moral” en el derecho no es simplemente un enunciado abstracto más, sino que depende de cómo lo “ajustemos” en el diseño de una filosofía jurídica. Esto lo podemos comprobar con claridad en la reseña ensayo que el propio Finnis hiciera de Law’s Empire de Ronald Dworkin cuando aparecía el libro por primera vez [2]. Repasemos brevemente lo que Finnis dice en ella.

Hay al menos tres elementos que son atendibles en el contexto del diferendo entre iusnaturalismo e interpretación: el problema de la interpretación “creativa”, el riesgo de una yuxtaposición entre derecho y ley (ius y lex), y la minimización autoritativa por parte del imperio del derecho. En primer lugar, Finnis cuestiona el hecho de que el principio de interpretación creativa se postule como poesis y factio, en lugar de como guía y praxis, tal y como funciona en el pensamiento de Aristóteles y del mismo Santo Tomas de Aquino. En segundo término, Finnis advierte que Dworkin hace coincidir las normas de la ley con una concepción de principios del derecho, algo que “tanto el positivismo como el derecho natural mantuvieron separadas para poder identificar la ley en manos de jueces y abogados en una comunidad concreta” [3]. Y, en tercer lugar, el cierre de la “conmensurabilidad” entre ius y lex, entre derecho y ley, termina por debilitar gravemente la concepción de la autoridad del derecho para el interpretrativismo. El principialismo genérico del interpretativismo, entonces, termina por desempeñar una función “neutral” con respecto a la autoridad vigente de un sistema concreto de derecho. Finnis define el pensamiento de Dworkin como el de un “liberalismo de justificación política”, y que por lo tanto termina por entregarle “municiones” (weapons) a un relativismo jurídico [4]. Podemos decir que quizás Dworkin podía permitirse un relativismo interpretativista, ¿pero acaso lo puede hacer Vermeule sin traicionar las “lealtades” teológicas de su pensamiento? Esta sigue siendo la contradicción central de la apuesta de un constitucionalismo del bien común, que es más heredero (dada su aceptación realista) de cierta irreversibilidad interpretativa de valores que de una teoría institucional iusnaturalista.

De manera que a diferencia de lo que expresa Chappel en su reseña, Vermeule no tiene mucho que ver con Carl Schmitt – Chappel dice, otra vez con brocha gorda, “que se trata de un jurista de derechos que redefine sus ideas para justificar un régimen autoritario” – puesto que, como sabemos, el autor de Teología Política era más bien crítico de toda conflation entre moral y derecho como principio de justificación, además de que veía en Thomas Hobbes al creador del positivismo moderno que dio fin a la guerra civil. El bien común no podía llevarse al plano de una “justificación” de “integridad” para neutralizar la guerra civil, ya que la fragilidad de su reglamento autoritativo era el único camino que podía promover aquello que se quiere eliminar. Y al final, el problema del constitucionalismo del bien común no es que introduzca la moral en la discusión del derecho (esto es algo contemplado por todas las teorías jurídicas), sino que instrumentalice cierta idealidad iusnaturalista de fondo para fines claramente interpretativos. Esta anfibología entre una apelación de fondo al ius y una “motorización del lex” (Vermeule dixit) no crea forma política ni da espacio para una necesaria inconmensurabilidad.

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Notas 

1. James Chappel. “Inside the Postliberal Mind: A Review of Adrian Vermeule’s Common Good Constitutionalism”, The Bias Magazine, abril de 2022: https://christiansocialism.com/adrian-vermeule-common-good-constitutionalism-postliberalism-authoritarianism-christianity-left-politics/

2. John Finnis. “On Reason and Authority in Law’s Empire, Law and Legal Philosophy, 6, 1987, 357-380.

3. Ibíd., 368.

4. Ibíd., 366. 

Carl Schmitt y el derecho natural. por Gerardo Muñoz

Uno de los tantos elementos que salen a relucir en Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (El Paseo Editorial, 2021) es la relación crítica de Carl Schmitt en torno al derecho natural y la tradición del iusnaturalismo. Como sabemos, el silencio de Schmitt sobre el derecho natural abarca toda su obra (también los estudios más importantes sobre el jurista), salvo algunos momentos de su tesis de habilitación El valor del estado y el significado del individuo (1914) en la que ofrece un análisis sobre la relación del derecho con el estado. Pero incluso en esa tesina, como argumentan los profesores Samuel Zeitlin & Lars Vinx con buenas razones, el joven Schmitt no se adscribe al iusnaturalismo sino que desarrolla una teoría del derecho (Recht) que termina siendo algo así como una teoría de “derecho natural sin naturalismo” (sic) [1]. En aquel texto, Schmitt admitía que el derecho antecede al estado, pero a su vez el estado es la garantía de una forma autoritativa que puede separar nítidamente moral y derecho. Sobra decir, entonces, que aquí Schmitt está mucho más cerca del positivismo jurídico de lo que convencionalmente se le impugna; un positivismo que no abandonó a lo largo de obra y que puede entenderse como una tercera vía ante el iuspositivismo normativo y el moralismo iusnaturalista. Todo esto es consistente con el “hobbesianismo” de Schmitt, verdadero artífice del positivismo moderno, y padre de la formalización del derecho natural en un principio generador de la fuerza de autoridad.

Glossarium hace posible ver los reparos de Schmitt en torno al derecho natural, al que por los años 48-49 lee bajo la rúbrica de la humanización del derecho internacional y por lo tanto como una “salida falsa” ante la crisis de la jurisprudencia europea. En una primera entrada sobre el tema fechada 6.8.48 leemos: “¿Cómo podría ser si no que el “derecho natural” no encuentro siempre de nuevo apasionados prosélitos? El derecho neutral, es decir docenas de postulados completamente opuestos, un monto de vagas clausulas generales cuyos supuestos conceptos permanecen indefinidos y ofrecen una imagen de ciento distintos rostros con cien distintas narices. ¿No debería ello encontrar el aplauso general?” (235).

Schmitt detecta en el derecho natural la primacía de los principios (ius) cuya ampliación indefinida conducen a la celebración litúrgica (pública) de los fallos de un juez. Esto hoy se ha intensificado con la impronta del iusmoralismo, como le suele llamar Juan Antonio García Amado. Por lo tanto, en la manera en que no se distingue de la moral, puede tomar mil mascaras en el acto jurídico, ya que todo es funcional a su producción justificatoria. De ahí que luego, en la entrada 5.11.48, Schmitt escriba que: “Actualmente, el “derecho natural” es solamente el producto fosforescente por descomposición de un embrollo que dura dos mil años” (257). Aunque se presta a varias interpretaciones, es probable que Schmitt viera en el revival del iusnaturalismo de su momento una compensación por la crisis de la forma jurídica en Occidente, y por lo tanto un intento desesperado por mantenerse a flote a toda costa ante el nuevo ascenso de la guerra civil internacional.

Sin embargo, también leemos en Glossarium otras críticas contra el derecho natural por parte de Schmitt mucho más severas, puesto que combinan el plano formalista con el plano teológico. En efecto, en una de las entradas más interesantes de todo el Glossarium leemos lo siguiente sobre el “proceso” a Jesucristo: “Cristo tuvo la muerte de un marginado sin derechos, la muerte del esclavo. [La crucifixión de Cristo fue un acto hors la loi…Pilato no era juez con respecto a Cristo; él no lo condeno a muerte, solamente lo entrego a la medida administrativa de la crucificaron, Peterson, 21.12.48]. No veo a ningún tenor de una sentencia a muerte en el texto del Evangelio. Pilato no era un juez” (260). En otras palabras, la función jurídica del pretor romano para Schmitt (una figura que hoy se busca “restituir” para los fines de un iusnaturalismo del bien común) correspondía a un magistrado sin legitimidad en el derecho que antecedía a la funcionalización del “enemigo total” de la crisis del positivismo moderno. Para Schmitt la romanitas del pretor se sentía de “tal grandeza” que en realidad podía prescindir de un proceso dentro del derecho público, un hecho que Erik Peterson también le confirmaba (284) [2].

Aquí la lección de Schmitt contra el derecho romano es clara y devastadora: se puede estar a favor de un naturalismo sin forma, pero recordando que esta fue la forma “criminilizante” contra el propio Cristo. De manera que un naturalismo puro corre el riesgo de contradecir sus propias “lealtades” teológicas, si las tiene. O bien, como señala Schmitt unas entradas posteriores (25.4.49), el derecho natural puro, en la medida en que expulsa las formas normativas concretas, potencialmente se declina hacia un absolutismo de la enemistad. Por eso el derecho natural solo podía ser “derecho natural relativo”; esto es, desde la falta inscrita en el pecado original (292). La falta genera forma de diferenciación primaria entre moral y derecho en todo orden político. Por eso para Schmitt no hay que echar mano de “principios generales” ni de sustancia del ius, puesto que el derecho es estrictamente forma, como escribe en un momento crucial en la misma entrada anterior:

“La forma es la esencia del derecho. ¿No es la forma la esencia de todo? ¿Qué, por tanto, significa en el derecho? El es el derecho en sí mismo, su visibilidad, su apariencia, su presencia publica. Lo más forma les la substancia del derecho, mejor aún: su vigencia. EL derecho no tiene ninguna ora sustancia especifica. Solo hay derecho vigente. Eso es lo que se quiere decir con derecho “positivo”. Lo indigente de las ordenes secretas de Hitler era la carencia de forma, visibilidad y presencia pública…” (294). 

Esta afirmación confirma la esencia positivista de Schmitt y su distancia absoluta con respecto del iusnaturalismo. En realidad, Schmitt veía hacia 1949 el derecho natural como una forma de “humanismo”, de esencia moralista y relativista ante la crisis de la jurisprudencia europea. Esta crisis veía con “preocupación los últimos restos de la naturaleza aun no destruida y sustituida por la técnica” (306). Pero tanto el humanismo abstracto como la restitución de un iusnaturalismo en la filosofía del derecho aparecía cuando “ese hombre tan implorado hacía tiempo que desapareció”. Volver a introducir un naturalismo en el derecho era la receta perfecta para la arbitrariedad del poder al estilo de las que se formulaban durante la “etapa oscura” del nazismo, tal y como puede verse en el artículo de Schmitt “Delegaciones legislativas” de 1936 en el cual la ejecución estatuaria (lex) buscar orientar y gobernar desde principios asumidos para el “bien de la perfección de la comunidad” [3]. Si Glossarium debe ser leído como una “autocrítica” de su aventurismo político en el nacionalsocialismo, entonces la crítica al derecho natural hace legible su postura de enduring positivism para la cual hablar de “bien común” o de “humanidad” solo podía venir de una voluntad empeñada en engañar.

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Notas 

1. Lars Vinx & Samuel G. Zeitlin. Carl Schmitt’s Early Legal-Theoretical Writings: Statute and Judgment and The Value of the State and the Significance of the Individual (Cambridge University Press, 2021), 19.

2. En una carta de junio de 1939, Erik Peterson le escribe a Schmitt a propósito del “proceso” romano a Jesús: “Herr Schmitt…yo creo que usted está totalmente en lo correcto cuando dice que Pilato no condenó a Jesús como juez, aunque yo no estoy versado en asuntos jurídicos. Desconozco si Jesús fue sujeto a la acusación de perduellio [máxima traición] y si algún tipo de juicio era necesario para ello. También creo que uno puede hablar de una interrelación entre ocupación del poder, colaboracionista y grupos judíos. Pero no tengo las competencias en estas cuestiones”. 

3. Carl Schmitt, “Legislative Delegationen”, Gesammelte Schriften 1933-1936 (Duncker & Humblot, 2021), 386-403. Allí Schmitt citando a Aquino define una “ratio gubernativa” en la aproximación de un estatuto (lex) cuya finalidad es el “dictamen de la razón como principio que gobierna a cualquier comunidad perfecta.” Le agradezco al profesor Samuel Zeitlin que me haya facilitado este pasaje de Carl Schmitt. 

Un vestido sin cuerpo: derecho y teología. por Gerardo Muñoz

Cuando hace algún tiempo escribí un texto sobre la metáfora del vestido en el constitucionalismo de Adrian Vermeule, tal vez no extraje las últimas consecuencias de su especificidad. Pero con la publicación de Common-Good Constitucionalism (Polity, 2022) ya puede verse con claridad que la procedencia de esa pieza suelta está hecha en los talleres del derecho romano, pues el ascenso del derecho administrativo coincide con el ius, haciendo de su carácter una “moralidad interna” que supera y desplaza la autoridad del positivismo moderno: “Nuestro ámbito del derecho administrativo, entonces, es ius, y no meramente la forma positiva del lex” [1]. Así lo dice Vermeule.

Se hace legible que el fin del law’s empire dworkiniano da entrada a una nueva imperialidad del ius cuya decisión efectiva tiene una clara orientación en el bien-común. Si la capacidad administrativa es un el nuevo “vestido” del derecho constitucional, entonces esto quiere decir que la función del lex es su costura, siempre alterable, aunque decisiva en la modelación del cuerpo de la politeia (un cuerpo que se asume total en la medida en que el cuerpo específico desaparece en las aspiraciones del common-good). En un primer momento observé que la metáfora del vestido proviene del diseño hamiltoniano de la consticionalismo norteamericano, pero Vermeule vuelve a ella para sentar una plasticidad a su concepción de la subsidiaridad positiva. Ahora el “loose-fitting garment” aparece en esta luz en su ensayo:

“…excessive constitutional constraint can be as dangerous as insufficient constitutional constraint. The Constitution, emphatically including the vertical distribution between among subsidiarity jurisdictions and the highest levels authority should be a loose-fitting garment that leaves room for flexibility and adjustment over time as circumstances change. The alternative is not some fantasy of perfect legality, but rather an overly brittle framework that cracks because it cannot bend”. [2] 

Ahora vemos con claridad que la “pieza suelta ya no solo encumbre el cuerpo de la politeia, sino que la organiza y la “cose” de un cierto modo. Pudiéramos denominar ese “modo” como la ontología específica del bien común desde la axiomática del officum gubernamental. Si para Erik Peterson el estrato de la “teología del vestido” constituía una prótesis técnica para con el mundo; el nuevo vestido de la subsidiaridad positiva hace coincidir las aspiraciones del gobierno con el espíritu de la técnica en un nexo sin resto. Otra manera de decirlo es que la re-aparición ordenada del Leviatán tras la crisis del principio de autoridad moderno ya no es una ilusión de agregación de omnes et singulatim en el corpus soberano: más bien ahora es un vestido invisible y all-encompassing (ius) que carece de un cuerpo concreto, porque ahora su extensión es la corporalidad integral de la sociedad que debe ser surcida hacia el bien-común.

El vestido enviste, en última instancia, a la autopoesisis de la función excepcional del vínculo administrativo [3]. Y es en este sentido que el derecho administrativo en toda su pragmática no es un cuerpo místico, sino un vestido sin cuerpo que hace posible la coincidencia de la ratio administrativa y delegación con una gobernabilidad sobre la vida. Es por esta razón también que el tomismo del bien-común administrativo no es, en modo alguno, el tomismo impulsado por el derecho natural moderno de John Finnis en su influyente Natural Law and Natural Rights (1986).

Sin embargo, ¿es posible una coincidencia entre la teología del vestido y el dispositivo del gobierno? En este sentido podría ser iluminador algo que anota Carl Schmitt en Glossarium sobre “Teología del vestido” de Peterson: “La patria es la casa. Lo que dice Peterson del vestido sirve también para el paisaje, tejido de los recuerdos, el revestimiento psíquico, investiduras institucionales, vías de sentimientos y reservas que allí se acumulan.” [4]. El vestido, por lo tanto, no puede constituir una forma política como ordenamiento jurídico, sino que debe entenderse como aquello que permite una separación irreductible entre el dominio del derecho y la vida. Por eso es por lo que Peterson escribía, de manera decisiva que la vestimenta es un intento por “redescubrir la pieza perdida” [del Paraíso] que es la única que puede expresar y develar nuestra dignidad” [4]. Pero esta dignitas ya no es ni un bien-común impersonalizado en un vestido sin cuerpo, pero tampoco la de un personalismo encarnado (postura común al pensamiento liberal tras el Concilio Vaticano II): se trata de una dignidad que jamás puede agotarse en el excepcionalismo comunitario que parece haber abdicado hacia una tecnificación sin afuera.

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Notas 

1. Adrian Vermeule. Common-Good Constitutionalism (Polity, 2022), 138.

2. Ibíd., 160.

3. Carl Schmitt. Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (Editorial El Paseo, 2021). La traducción al castellano ha tomado “kleides” por “hábito”, lo cual se presta a más de un equivoco, por eso lo hemos modificado a vestido que es más fiel a la intención original de Peterson. Esta nota la debe mucho a intercambios recientes con José Miguel Burgos Mazas.

4. Erik Peterson. “Theologie des Kleides”, Benediktinische Monatsschrift, N.16 (1934), 347-356.

René Char’s refusal. by Gerardo Muñoz

René Char’s notebook of fragments written during the years of the occupation of France, and finally published as Feuillets d’Hypnos in 1946 left a profound mark in a generation of poets and thinkers that also wanted to experiment with other possibilities of resistance (a resistance not necessarily full fledged political although underneath, in a lapidary prose and style, it was it was more transformative for politics). Hypnos is a fascinating document of the time, and not only because of the poetic force in “pursuit of truth”; but also, more specifically, because the “position of refusal” makes an entry into the notebook at very precise moments. Overall the affirmation of the ‘refusal’ appears twice in the book, and both times it attempts to bring to a halt the political closure of temporality, or the force that politics was exerting on life and imagination during the occupation. Char’s refusal will contest this principle of reality by the interference of the defiant poetic event of the voice.

The first mention to refusal appears in fragment 81: “Acquiescence lights up the face. Refusal gives it beauty” [1]. For Char coming to presence in a world dominated by evil was not enough, it amounted to being a “sleepwalker, as man advances towards the murderous minefields, led on by the song of the inventors…”. He writes in fragment 137. Refusal, on the other hand, was the possibility of existence in the void, on the other side of the radiation of technicity into a new “clarity of vision” close to the “wound of the sun”. To refuse, retract, and step back was already the praxis of a new vision in the face of terror. The refusal reinstates itself in fragment 171: “The ashes of winder are in the fire that sings of refusal”. Here, it becomes clear that refusing is not an action or will as an effect of a subject, but rather an attunement that, in its pursue of justice, discloses the legitimacy of the current darkness. In refusing a new sense of freedom is gathered in place; a freedom without contract or pact, beyond and outside war, and against the revolutionary-counterrevolutionary dialectic of the time that Char also laments in fragment 37.

So a new sense of time opens that Char captures in fragment 162: “the time when the poet feels rising in him the noontide powers of ascension”. But is this power of ascension redemptive, and oriented towards the salvation of the few as guardians of the word? Not necessarily. In Hypnos we are not offered sufficient reasons to think that is the case; on the contrary, ascension here is the very procedure of communication (fragment 185) that is proper to anyone attuned to the supreme song of refusal that takes pleasure in a destitute time of an “annihilating the present and all of its jurisdictions” (fragment 145).

This is Char’s definition of happiness: “happiness is nothing, but anxiety deferred”. This shows that the so-called ascension of the noontide is nothing other than the movement of happiness of against the current state of the present jurisdictions. In other words, to be happy means, if anything, to implement a teaching of the irreducible, given that it is the police and the army whose job is to reduce everything and situate all things in the world, as Dionys Mascolo would write a few years later to George Bataille [2]. Char thought something similar in regard to politics, without recoiling to any sort of romantic anti-politics. But, as he writes in fragment 216: “The shepherd cannot possible be a guide any longer. So political man, the new farmer general, has decided”. In the face of a world governed by a decision that ceases to decide, Char’s refusal clears a “time of raging mountains and fantastic friendship”. True destiny could only be accessed outside the domain of these new shepherds.

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Notes 

1. René Char. Hypnos (Seagull Books, 2021).

2. Dionys Mascolo’s letter to George Bataille is featured in George Bataille: Choix de Lettres (1917-1962), 481. I thank Philippe Theophanidis for providing me this important source.

Clandestine life in the open. by Gerardo Muñoz

In the very last article that Maurice Blanchot wrote for the collective publication Comité in the wake of May 68, he draws a scenario that is still very much with us in the present. The “realism” is almost outstanding when Blanchot writes the following: “…from now on I will hold onto an exigency: to become fully conscious that we at the end of history, so that most of our inherited notions, beginning with the from the revolutionary tradition, must be reexamined and, as such, refuted. Let us put everything into question, including your own certainties and verbal hopes. The revolution is behind us: it is already an object of consumption, and occasionally, of enjoyment.” [1]. There was no question that the crisis of the very foundation of modern political thought has collapsed, including, as it couldn’t be otherwise, the generative principle of revolution. Blanchot did not even attempt to convince himself that the revolution could be brought back in an astronomical sense to revitalize a naturalism previous to Rousseau’s social contract.

So, for Blanchot the revolution was over, and yet, whatever it was that followed had no name. What was left, then? In order to avoid paralysis, Blanchot toyed during those months at the Comité (September-December 1968) with two possible maneuvers. The first position resided in what he called the “movement of possible speech” in order to establish an ardent and rigorous relation between the sequence of the French May and the Czech May, Soviet domination and Gaullian State. Blanchot called for (in the spirit of Bataille) a “transgressive speech”: “the impetus of outrageous, ways speaking beyond, spilling over, and thus threatening everything that contains and has limits” [2]. But we know that transgression is still within the logistics of the administration of order and temporal containment of the regulated exception. This was, in fact, the very rupture of the revolutionary break that was in crisis.

But Blanchot was up to something along with his friend Dionys Mascolo in thinking through language and communication as a path towards the outside. Hence the second option, which is really a third option (after the sleepwalking of ideological revolutionary ‘racketing’ of voluntarism); mainly, what he calls, although does not get to tease it out, the “clandestine resistance in the open”. Blanchot only tells us what he is thinking about through a recent example: some members of the Czech resistance when law was suspended had to confront the raw enemy military power, but they also experienced a freedom “through words and through writing than ever before”, tells us Blanchot. But this still does not explain much, given that if there is a naked military power threatening us, how could something like a clandestine form of life take place in the open? And at what risk?

I think one way to read this incorrectly or insufficiently would be to think of Blanchot’s suggestions as a sort of martyrdom or self-immolation. But it is no less true that Blanchot wanted to avoid a sort of Batallian “inner experience” or monastic xeniteia. Thus, he “refused” the fiction of self-clandestine life as sponsored by the Situationists; while, at the same time, also rejecting subjective revolutionary militancy. A third way emerges: the clandestine life into presence by way of friendship. A new “estilo de vida”, which I think could be read in the way that cryptojews and averroists lived in early Modern Spain: “a modo de sociedades secretas o semi-clandestinas, deben haber concebido la filosofía como un estilo de vida para sus iniciados…” [3]. Unlike the bogus image of the secret society as an alienated community of knuckleheads, I think what emerges in the clandestine open region is a form of shared friendship that does not retreat from the world, but rather that is capable of living in it. This was most definitely the transformative practice that during these years, Dionys Mascolo, dared to call the communism of thought that for him belonged to Hölderlin rather than to Marx. If open conspiracy is an act of the sharing and participating in language without meaning or command dependence, then this is already a poetic practice. After all, for Hölderlin the poets reveal an originary loss from nature. It is no surprise that Hölderlin favors a world opening even after the destruction of the leader-figure of the poet (Empedocles).

So, there is only clandestine life in the open when the sharing of language among friends take place (an event). This use of language is always harboring on the threshold of the last word to come. In short, the clandestine form of life has nothing oblique with respect to the world – it is not necessarily the space of an infinite night of contemplation, and it is also indifferent about fugitivity – it demands a return to appearance by way of experience. This might explain what Gilles Deleuze tells Dionys Mascolo at the end of their correspondence about friendship and thought: “it is a question of what we call and experience as philosophy” [4]. This form of experiential thought against the dissatisfaction of political domestication points a way out. For Blanchot this was a “fragmentary, lengthy, and instantaneous” path; a conspiratio unlocked by philia.

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Notes

1. Maurice Blanchot. “On the Movement”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

2. Maurice Blanchot. “Clandestine resistance in the open”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

3. Francisco Márquez Villanueva. “El caso del averroísmo popular español”, in Cinco Siglos de La Celestina: aportaciones interpretativas (1997), 121-134.

4. Gilles Deleuze. “Correspondence with Dionys Mascolo”, in Two Regimes of Madness (Semiotexte, 2007), 332-338.

Four glosses on Carl Schmitt’s “The Planetary Tension Between Orient and Occident”. by Gerardo Muñoz

§. Theses short glosses were originally written as a textual analysis accompanying the publication of the essay for the Le Grand ContinentArchives et Discours” section a while back, but it was never published. I am making them available here with minor changes if at all. The commentaries follow a specific fragments of Carl Schmitt’s “The Planetary Tension Between Orient and Occident and the Opposition Between Land and Sea” (Revista de Estudios Políticos 81 (1955)) and elaborate their importance in light of Schmitt’s overall work.

“Some researchers have gone so far as to recognize here an ancient conflict between word and image, one that comes down to a general conflict between hearing and sight, the acoustic and the visual, to the point of ascribing word and sound to the Orient; and image and sight to the Occident.”

(1) This seemly playful derive captures a cardinal point in Schmitt’s postwar thinking, which seeks in an array of ways to come to terms with the downfall of the Leviathan and the freestanding authority of state form. Schmitt’s postwar writing horizon will focus on the question of nomos, as the supreme legal tradition of the Western invention of ius publicum europeum. Against the rise of ideologies, which for Schmitt denote the eventual or direct annihilation of the enemy in the context of a rising civil war or war against Humanity, here iconography appears as a way to take back the arcana of the visibility of an order in the way of the Roman Catholic Church as the concrete principle of institutionality in the West. The play between image, visibility, and language thematized here goes back to his arguments of the important tract Roman Catholicism and Political Form, which lays out his theory of the complexio oppositorum of the ecclesiastical representation. The power of iconography means reverence and commandment as opposition to the fluidity of economic technicity, liberal dialogue, or moral humanism, which for Schmitt signals the very disintegration of the ius publicum europeum as principle of discrimination between state authorities. The direction mention of the acoustic element also resonates with his essay on Rome as “raum” (situated concrete space), which exemplifies Schmitt’s postwar commitments in thinking new principles of internal law and principles of aggression. Finally, the Orient (or Russia, specifically) for Schmitt was understood as the intensification of nineteenth century revolutionary politics that demanded even more so the response of a Katechon from the West, which he took himself to be the heir after the intuitions of Donoso Cortés and Tocqueville.

“In conformity with his spiritual position, he conceives the opposition between land and sea in terms of a polarity and not as a dialectical tension brought about by an irreversible historical process. The difference between a polar tension and a dialectical one is, at least for us today, decisive.”

(2) There is reference to Goethe is extremely important if not contextualized. It is also in the post-war years when Carl Schmitt enters in dialogue with one of the greatest thinkers of Germany, Hans Blumenberg, with whom he would establish a long-lasting epistolary exchange about the place of secularization of Western modernity. Whereas for Blumenberg, Goethe stood as the figure of the new myth of modern rationality as myth ‘Nemo contra Deum nisi Deus ipse’ proper to the Enlightenment; for Schmitt Goethe represented the figure (gestalt) of a Romantic Age driven by the force of the genius. As it becomes clear in his important diary Glossarium and Political Romanticism, Goethe symbolized the classical genius that will lead to the age of neutralization Against the Goethean promethean myth, Schmitt will eventually endorse the myth of a “Christian Epimetheus” vis-à-vis the little-known Catholic poet Konrad Weiß. It is Weiß who was able to execute a myth that can bring into synthesis the dialectical tension that structured Europe as a territory (land and sea nomoi) within the structure of a Christian philosophy of history of salvation. The poetic arcana embodied by Konrad Weiß, as he writes in Glossarium (14.10.55): “offers the Mount of World History as the true historical reality”.

“It created a counterweight to the terrestrial world, holding in its hands the equilibrium of the world and with it world peace in the balance. Such was the result of a concrete response to the call posed by the open sea(s). Upon this island of England, which had answered the call and had accomplished the passage to a maritime existence, there emerged in that instant the first machines.”

(3) Here we are confronted with a direct articulation of Schmitt’s tropology of modernity as a caesura between land and sea, to which he dedicated book of the same title. Here Schmitt’s political thought on imperii pertains to the Hobbesian foundation of authority and positivism, while the British Empire and the adventure of the Industrial Revolution stand for adventures of the technification of modernity. The sea as a flat surface, cannot yield “distributions and appropriations”, hence it is the space of anarchy and contestation of the nomos of earth. Indeed, the sea as the “maritime existence”, is always an ex-nomos, it is the land of the pirates, because it is outside of what for Schmitt constitutes every topoi: appropriation, distribution, and production (nemin, teilen, weiden). The adventure of the seas is always an experience of the atopos, and thus, necessarily, anomic, beyond the potentiality of being ordered by law. The critique of politics as technology, coming from the spirit of the ius publicum europeum (not from the overreaching transmission of onto-theology as for Heidegger), is precisely what initiates the conversion of the world into a “planet” as a site for production and economic neutralization. This is why, although it might seem at first sight that the sea is a challenge of an opening, it is really the exhaustion of the idea of territory that cannot be measured. As Schmitt will argue in a conference delivered in Spain, 1962, “The Order of the World after the Second World War”: “the [new] division of the earth into industrially developed regions or less developed regions, joined with the immediate question on of who accepts development aid from whom. This distribution is today the true constitution of the earth” (Schmitt 2018, 163). In other worlds, the destiny of politics becomes geopolitical containment. But the second-best option, Schmitt thought, was also offered by the Christian tradition through the figure of the Katechon. 

“Everyone says that modern technology has made our Earth ridiculously small. For this reason, we ought to seek out those new spaces that emerge from the new call on our earth and not outside it, in the cosmos. The one who succeeds in corralling unfettered technology in order to dominate and insert it into a concrete order, is the one who offers a true response to the present call, not the one who attempts to land on the Moon or Mars with the resources given to him by that unfettered technology. Taming unfettered technology would be, for example, the work of a new Hercules. It is from this direction that I await the new call, the “Challenge” of our present.

(4) In the 1950s, Carl Schmitt is no longer the adventurist jurist of the 1920s and 1930s. Defeated both politically and professionally (he has been also banned from the university), he would describe himself as a “Christian Epimetheus” and a survivalist from the mutiny of Benito Cereno’s ship. It is important to note that the figure of Epimetheus maintains a relation with the concrete order of the rule of law, which for Schmitt enters an existential crisis when the path new International Law is consolidated in the context of the Cold War. Schmitt wants to maintain a relation to a concrete order (a variation of positivism with broad prerogatives for strong decisionism) in the wake of international law. For Schmitt, the new planetary humanitarianism is a flight from the concrete world, as well as from the possibility of conflict, and ultimately from the Earth as site of human existence. In Glossarium, Schmitt confronts this crisis through another hilarious extraterrestrial fable about Mars: 

“Utopia in Mars. How beautiful is the Earth? The inhabitants of Mars are belligerent, according to a report by man. They are also addicted to fights and they are obsessed with always being correct. There are also well-known professors who endorse pacifism. This is the reason why they do not fight wars that are just…. The pacifists believe that the Earth has been in a state of perpetual peace, and that Germany is a normal case of the overall situation of the Earth” (Saralegui 2016, 60).

The utopia of Mars was, needless to say, a mere mirror image of the technical development taking place in the juridical and productive forces of the new international system oblivious to the concrete order of positive law. In his “Dialogue on New Space”, Schmitt imagines the figure of a technician ‘MacFuture” who would “rather journey the Moon and to Mars than remain on this puny planet” (Schmitt 2015, 80). The radical detachment of the human from the Earth initiates the highest phase of technical reproduction and uncontained civil war. In the end, the crisis of order and the impossibility of having an enemy (through which one can define oneself) was the essence of what Schmitt calls here the ‘unfettered technology’, which was another word for nihilism. The race for the landing of the moon between the two super-powers, the United States and the Soviet Union, resembled a challenge for the destiny of the human as a divine specie (a creature of original sin, according to Schmitt’s assumed Augustinian principle). For Schmitt, the closing of the world meant the end of man as a sacred being capable of controlling and taming the energy of the political, since now technology can be interpreted as a destructive force of the friend-enemy distinction. As he says in a late text “On the TV-Democracy”: “The problem decisive for me, namely, that of the possibility of an enemy, ceases, is a wholly other question…. the new possibilities technology is yet more astounding than people today can image” (Schmitt 2018, 205). But the crisis of the strong notion of the political is also the crisis of the general horizon of Schmitt’s thought, as Carl Galli has argued in relation to the crisis of sovereign state form (Muñoz, 2019).

The crisis of containment of intra-worldly law today, is exacerbated by the drive of unlimited outer-space development, as Jeff Bezos’ recent interest in Moon flights brings it to bear (Financial Times, May 2019). For Bezos it is no longer interested in “landing in the moon”; what is at stake is a finite assumption of apocalypticism but without any transcendental recurse to the infinite. Hence, the new global legal humanitarianism, very much like the flight to the Moon, meant for Schmitt a continuous erosion of the sense of world as a concrete order rooted in law and containment (Katechon). Insofar as this crisis continues, Schmitt’s insights are still a challenge for our times when thinking the collapse of politics, the crisis of the authority of the rule of law, and perhaps the possibility of thinking another nomos of existing on the Earth.

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Notes 

Muñoz, Gerardo. “Entrevista a Carlo Galli: “Una democracia carente de centro político se encuentra a la merced de cada amenaza.”, Cuarto Poder, mayo de 2019, https://www.cuartopoder.es/cultura/2019/05/03/entrevista-carlo-galli-democracia/

Saralegui, Miguel. Carl Schmitt: pensador español. Madrid: Editorial Trotta, 2016.

Schmitt, Carl. The Tyranny of Values and other texts. Translated by Samuel Zeitlin. Candor: Telos Press Publishing, 2018.

________. Dialogues on Power and Space. New York: Polity, 2015. 

________. Glossarium.: Aufzeichnungen aus den Jahren 1947 bis 1958. Dunker & Humblot, 2015.

________. Ex captivitate salus: Experiences, 1945-1947. New York: Polity, 2017.

Stacey, Kiran. “Jeff Bezos launches plan for moon vehicle”. Financial Times, May 2019. https://www.ft.com/content/cd139600-72a3-11e9-bbfb-5c68069fbd15

Villacañas, José Luis. “Carl Schmitt, Epimeteo Cristiano”, in Respuestas en Nuremberg. Madrid: Escolar y Mayo Editores, 2016.

Sobre “Praise of Law” (1947) de Werner Jaeger. por Gerardo Muñoz.

En el viejo artículo “Praise of Law: the origins of legal philosophy and the Greeks” (1947), originalmente escrito en ocasión de honor a la obra del jurista norteamericano Roscoe Pound, Werner Jaeger desarrolla la sorprendente tesis que la génesis del derecho se encontra en la Grecia antigua antes que en el imperium romano, y llega a decir que el pensamiento filosófico griego nunca dejó de reflexionar sobre la constitución de una legalidad. Ya en en los poemas homéricos, recuerda Jaeger, encontramos una tematización no tanto del nomos como de la themistes, un conjunto de ordinanzas orientadas a un principio de autoridad mundana aunque proyectada en forma de mito a los dioses. La themis separaba el mundo de la civilización ante el mundo barbaro sin ley (que era el mundo del Cíclope en la Odisea). Ya en Homero y Solón, la distinción entre drecho y justicio se complemetarian para explicar una relación con la naturaleza que cosmológicamente implicaba orden y armonía. La dike en Anixamandro, por ejemplo, se etendía como el orden eterno que componen todas las leyes del mundo. De manera que antes que la concepción de la división del poder de una garantía “positiva” del derecho tal y como lo entendieron los modernos, ya la armonía que a la que aspiraba la diké como balance (isomoiria) de los humores.

Esto implicaba una relación con la salud, pues la “buena salud” capaz de garantizar un principio de igualdad (ison) era solo posible mediante un ordenamiento que limitara “la tendencia hacia el exceso”, como nos recuerda Jaeger (358). De manera que el ideal de la salud para los antiguos no se hallaba en una administración de un cuerpo “enfermo” y al que hay que curar como luego lo asumirá la biopolítica, sino como armonía entre la irreductibilidad de almas. La polis tenia que orientarse hacia la Justicia, ya no como abstracción de un gobierno (como lo entiende el tomismo y el derecho natural), sino diferenciación absoluta entre derecho y Justicia en el ordenamiento del mundo. Lo justo era un medio de la salud, y estar saludable solo podía ser una realización de la j instancia de la justicia.

La consitutcion de la polis como entidad política demótica de alguna manera marca una transformación inédita del principio armónico hacia una concepción de igualdad de representación mediante la comunidad social. La isonomia consolida la máxima pindárica del nomos basilus (el nomos es rey) que para Jaeger es el logro más alto de la civilización griega. La polis “enseña y educa al hombre”, llegaría a decir Simonides quien instala una paideia de la virtud cívica entre iguales. Esto es, la isonomia necesita no solo de una recodificación representativa en la polis, sino que tambien requiere de una paideia como “educación en el espirtu de las leyes” (361). Como demuestra Jaeger, esta concepción civil del derecho hace que la ley se entienda como una “mera funcion del poder” (364). Y así lo entendieron los sofisitas que, como recordamos con Trisimaco en La República de Platón, llega a definir la Justicia (el concepto pivote que busca indagar Socrates) como cualquier cosa que sea definida por quien tenga el poder en un momento dado.

En efecto, no estamos muy lejos aquí del concepto hobbesiano de potestas soberana, donde la armonía queda relegada por una comprensión legal fundada “desde la seguridad y el crédito en la producción de la naturaleza de la realidad” (365-366). Ahora la textura de la polis depende de una ingeniería hidráulica de la legalidad cuya finalidas es el manteninimietno del orden de lo civil. En efecto, la circularidad entre orden y civilidad emerge como un proyecto de “creciente subjetivismo” (growling subjetivism, Jaeger dixit), a tal punto que en Platón el estado se entiende como una gigantesca abstracción pedagógica (366). De alguna manera la paideia del estado orientado hacia lo Justo requiere de un dispositivo educativo hegemónico que termina reemplazando la centralidad del derecho, o al menos volviéndolo secundario.

Pero Jaeger insiste que la palabra final de Platón sobre el derecho no se encuentra en el organización pedagógica de La República, y que al final de su obra el filósofo regresa a la cudestion de las leyes. En Las leyes enfrecerá una noción de derecho positivo mediante un protector guardían del derecho que legisla a partir de un principio de racionalidad del derecho (una integridad interna, tal y como luego lo entendería Lon Fuller en The Morality of Law). Pero será en el diálogo Minos, cuya autoría de Platón es cuestionada, en donde se define el ejercicio del derecho como “technē”. Según Jaeger la technē habilita el descubrimiento de una cosa real contra el dogma poleos de la decisión del estado (370). En otras palabras, es mediante la techné que el derecho se orienta hacia el ser verdadero de las cosas a pesar de la positivización de las leyes de una comunidad política. Esa verdad no es reconocida en la legitimidad de un “pueblo” sino en el logos del guardián.

En este punto reaparece aquí la diferenciación entre derecho y Justicia o “verdad”, que en Platón se tematiza como la diferencia absoluta entre filosofia y derecho en el momento de la consolidación administrative, aunque el estado es el portador de la Ley como medio para la verdad de las cosas. Este es el resto cosmológico en el pensamiento platónico para una época en su momento ya dominada por la visión sofística de la validación del derecho como paradigma subjetivo en la construcción de la realidad; un sentido de realidad que luego la jurisprudencia romana perfeccionará bajo la rubrica de la “-res” [2]. El artificio consistirá, por un lado, en la construcción de un sentido ordenado de la realidad; y, por otro, de una estratificación de valores asumido por la producción de una normatividad. La mirada de Jaeger en la génesis griega constituye, de esta manera, algo así como una urgeschichte de la consolidación del ius romana y del desarrollo clásico del imperium del derecho.

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Notas 

1. Werner Jaeger. “Praise of Law: the origins of legal philosophy and the Greeks” (1947), en Interpretations of Modern Legal Philosophies (New York, 1947).

2. Yan Thomas. L’istituzione della natura (Quodlibet, 2020).