Nos patriam fugimus: epístola a una poeta. por Gerardo Muñoz

Tienes toda razón: crece el barbarismo y se dilatan las miserias humanas en el desierto. A la distancia el ejercito de pedagogos pareciera infinito. Por eso ya no podemos hablar de civilización, legitimidad, virtud, o prudencia para legislar el mundo. Tampoco es un mundo para la amistad, el amor, o la compasión. Es muy probable que el malestar sea fundamentalmente un malestar de la crisis de lo invisible antes que de un problema de la escasez de recursos. Y, sin embargo, siempre nos preguntamos, ¿cómo puede ser que nadie pueda verlo? Sólo la comunidad de amigos en el pensamiento pareciera despejar un pedazo de cielo donde la distancia entre nuestros gestos y afinidades renuevan su brillo. Es algo que aparece ilustrado muy bien en un cuadro de Ker Xavier Roussel: una comunidad de amigos solo existe en virtud del canto que resuena bajo las nubes de una tarde cualquiera. La amistad es, como la claridad de las cosas, la inclinación por las formas que nunca podemos poseer. Para lo que buscamos no hay explicaciones o justificaciones. Tal vez el problema sea siempre el mismo: ¿cómo estar en condiciones de mirar? ¿Cómo hacernos de una mirada nublada un mundo carente de su condición paisajística? Este es ciertamente nuestro problema. Acotando a la mirada, nos sustraemos de la ansiedad por ser entendidos en un mundo donde todos quieren tener la razón. Y al final, hablar de esto genera el problema de las minorías, como me aseguraba hace poco un amigo. Y creo que tiene razón. La legibilidad ante lo numérico siempre paga el alto precio del cliché. No hay sentido que no sea liso. Por eso, lo importante es siempre cortar el sentido y transfigurarlo. Es probable que la minoría instale la cuestión de una antropología de las almas; un asunto ahora irreducible a las taxonomías de las clases, de la economía política, de las instituciones, o del reparto de poder. El alma implica comunicación entre amigos que buscan ver en el mundo en su mismo aparecer. Lo importante aquí es ver en la oscuridad. Esto presupone una nueva jerarquía de relaciones con el mundo, en la cual los dioses de la mirada colorean los vestidos de cada cosa que encontramos. Pero todo está por pensarse, o, más bien, es la textura misma de lo impensado. Nos patriam fugimus.

Te saluda,

Gerardo

*Imagen: Ker-Xavier Roussel. “Nos patriam fugimus (Tityrus and Meliboeus)” (1914).

“De canto a canto”. Notas de intervención en el encuentro “Parodia, Dictadura, Metafísica, y Revuelta”, Academia de Santiago, Enero-Marzo 2020. Por Andrés Ajens.

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La parodia, en su sentido tradicional o predominante (el que encontramos en diccionarios, incluso tratados de poética y de retórica: imitación burlesca dice la RAE, remedo –de un modelo o referente que hace autoridad– y, por etimología, proverbialmente (imitación burlesca) de la oda, del canto más o menos solemne o serio, el de Píndaro o el del tono de la tragedias)  cuestiona normas y convenciones de toda laya, instituciones de poder o autoridad – operando como fuerza crítica con respecto a todo poder, toda norma o autoridad consagrada, como (parte de) una fuerza que busca cambiar o invertir el orden dado de las cosas (y así la inversión paródica, si la hay, fuera un modo del pachakuti andino, un dar vuelta o poner de cabeza el orden establecido; una fuerza, en cualquier caso, contra-hegemónica).

La fuerza crítica, polémica y/o contra-hegemónica de la parodia en sentido dominante o tradicional (ya sea con sarcasmo, burla, caricatura, ridiculización de un modelo), o logra deslegitimar hasta hacer caer al poder (dando lugar a una inversión del estado de las cosas: inversión paródica) –y entonces la misma parodia se vuelve inútil y tiende a desaparecer— o, si no lo logra del todo, o no le interesa invertir nada sino más bien cuestionar sistemáticamente todo poder, no solo se come la cola (pues la fuerza paródica no carece del todo de poder) sino se vuelve operación sistemática,  suscitando y confrontando más de un pro-blema, a saber:

  1. La parodia, en su sentido tradicional o predominante (“parodia metafísica” si se quiere) al poner en cuestión normas y convenciones, instituciones de poder o autoridad, a la vez requiere y, por ello, no puede sino confirmar tal autoridad como autoridad – para darse a menudo ella misma legitimidad y autoridad. Es decir, la transgresión de la ley confirma la ley en cuanto ley (a seguir o a transgredir, con las consecuencias respectivas del caso).
  2. A la vez, si se vuelve modo sistemático de operación contra-hegemónica, la metafísica parodia se vuelve al cabo impotente, y no poco injusta y violentaantey/o conlo (“real” o casi-real) que no goza de autoridad o de poder, sea lo histórico-socialmente reprimido o abyecto, sea lo más infamiliar o siniestro (unheimliche), sea lo más indomeñable o an-árquico (por decir: eso que a ratos llamamos por caso o caída r e v u e l t a). En breve: se puede, claro, se suele y acaso se debe parodiar al tirano, al dios o al mercado sin bordes; parodiar a las víctimas (sentido amplio) del tirano, del dios (alias ira divina) o del capital, deviene no solo injusto sino aberrante, para no decir sin más fascista (como el caso de la operación paródica inscrita en la acción de desaparición y tortura de la DINA en Arica entre 1974 y 1975, al servicio de un tirano bien creyente en dios y en el marcado desatado (cf. Informe Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, Santiago, 2004; pp. 315-316).

Ante esta sentido dominante y bien práctico de parodia, no cabría poner u oponer sin más otro sentido o concepto –más prístino, más originario o aun más exacto, si tal hubiera– sino desde ya decantar y reinscribir la parodia, su marca como su eventual inversión político-libidinal, en un habla, lengua o textura ya no jerárquico-dual o predispuesta binario-jerárquicamente, pero tampoco equivalencial (simplemente simétrica). Tal decantación y desvío ([el verbo] decantar dice tanto la inclinación como el apartamiento, el desvío como la aclaración; cf. RAE), marca o remarca una suerte de para-oda en juego, un estar o estancia de canto al canto, sin lugar ni atributo propios, consonando acaso y/o disonando, concordando y a la vez discordando con/tray junto a cada canto, tono o timbre: de canto ay/o con cualquier “resto cantable” (Celan).

Decantando, en suma: resta el juego de la para-oda, del para y la oda, del para con la oda, de la oda fuera o aparte de sí; ya no decanta en parodia, tampoco en “canto nuevo” (paródico o no tanto, mucho le pese a más de algún tecno-artístico formalismo, literario por caso, moderno o post-avant) sino en decantación al canto: de canto al canto. Esto es: nada, nada que pudiéramos hegemonizar, pastorear ni reunir unitariamente o aun decidir con rematado fundamento (la parodia al absurdo [El meridiano], la para-oda a lo an-arco). ¿Pero qué fuera, justamente, un canto de canto indecidible, entre canto y decanto, entre tono y átono, entre voz y mudez, entre marca y comarca? ¿No habría que darle otra vuelta a la cosa vecina, a la para-oda, dices? ¿Otra vez? ¿Otra vuelta? ¿Revuelta? (Resta: apenas entreabierto el entrevero entre para-oda y parábasis; cf. Hamacher, Agamben, etc.)

 

 

 

 

Bibliografía

Agamben, Giorgio, “Parodia”, en Profanaciones (2005).

Ajens, Andrés, El entrevero (2009).

Aristóteles, Poética (s. IV A.C.)

Borges, Jorge Luis, Ficciones (1944)

Celan, Paul, Der Meridian(1960).

_____. “Singbarer Rest”, in Atemwende (1967).

Derrida, Jacques, De la grammatologie (1967).

Hamacher, Werner, Para – la Filología (2011).

_____. “El segundo de la inversión. Movimientos de una figura en los poemas de Celan”, en Comprender detraído (2018).

Hutcheon, Linda, A Theory of Parody (1985).

Informe Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (2004)

Neruda, Pablo, Odas elementales (1954).

Parra, Nicanor, Poemas y antipoemas (1954).

Notas sobre encuentro “Parodia, Dictadura, Metafísica, y Revuelta”, Academia de Santiago, Enero-Marzo 2020. Segunda sesión. Por Gerardo Muñoz

¿Qué puede la parodia hoy en un tiempo sin epokhe? O tal vez deberíamos alterar levemente la pregunta: ¿cómo puede la parodia desde la lluvia de la imagen? Primero, la parodia ya no está contenida paragonalmente en un concepto, sino como forma de vida. La parodia ya no tiene fuerza para parodiar una “cabeza” o un “centro” una vez que aceptamos la hipótesis cibernética, pues ahora se trata de la organización del poder a partir de la administración de los flujos. Y segundo, tampoco la parodia es violencia que destituye la sobrecarga de la data lingüística como ‘objetualidad’ de la lengua. En realidad, este fue el problema de Hölderlin en la aurora de la modernidad: ¿cómo volver a deponer la lengua del sujeto hacia lo informe de la poesía? Empédocles como experimento en esa dirección. ¿Empédocles como nuevo Cristo arcaico? ¿Qué funda un sacrificio que tan solo quiere entrar en relación con lo aorgánico, y que en modo absoluto quiere formar cuerpo místico? Dejamos la cuestión en suspenso para otro momento, aunque habría que suponer que el gesto ateológico de Hölderlin es una transfiguración que no coincide con una inversión cristológica, sino que la ex-carna. Y en esa ex-carnación hay un paso atrás con respecto al momento moderno de la auto-afirmación política (y de toda política revolucionaria post-1789).

Por eso no hay articulación posible entre poesía y política. Esa relación abismal es la que hay que superar dejando a un lado la subjetividad de la filosofia de la historia y sus ‘coeficientes políticos’, como les llamó Simón Villalobos. El poema hace otra cosa con la política; otra cosa que escapa a la ‘contra-hegemonía’ que abastece en su negatividad. Al final, este es también el problema de la categoría de la multitud como zona de multiplicidad (‘subjetividad aglutinante’, como se ha dicho en ocasiones), pues una cosa es la infinitización de las posibilidades del singular, y otra muy distinta es la multiplicación de la subjetividad como fuerza de una orientación interna a la conducción de la historia. Si algo nos ex-pone el poema en su potencia de voz es la caída misma de lo múltiple hacia sus encuentro. Una multitud o una plebe, ya no como sombra del pueblo del Uno, figura en los modos en que el singular experimenta sus posibilidad en el encuentro. Pero esto ya no es necesariamente político, ni prepara ninguna fase hacia un poder “constituyente”. Por ahí solo repetimos el viejo paradigma del liberalismo, ahora desde conceptos subsidiarios como ‘hegemonía’ o multitud o subjetividad o esfera pública. Ser testigo del desfundamento de lo político supone abandonar la gramática de la subjetividad; pensar en el otro del sujeto moderno. Al final en eso consiste la tarea de la destrucción tras el fin de la legitimidad.

En realidad, proclamar el fin de la legitimidad supone afirmar que la ‘representación’ ya no da más en política, y por lo tanto en ninguna de las prácticas de la vida humana. La situación es de parábasis: el teatro se suspende y la persona ahora deviene un cualsea. Ya de nada vale entrar en una nueva economía del saber de la ironía; por el contrario, la interrupción de la representación del teatro nos abre a la experiencia aquí y ahora en un proceso de des-realización. Y en la des-realización tomamos partido por las imágenes que constituyen nuestros hábitos y ritmos. Asegurarse que eso permanezca en el tiempo pudiera servir como condicion para una institución de lo impropio. Esto ya nada tiene que ver con el “común” apropiativo y produccionista del comunitarismo contemporáneo. El fin de la representación teatral nos devuelve a todos un carácter (ethos) sin destino (fines). Al final, lo que está en juego en la apertura de la parábasis que destruye la forma paródica es esto: mi forma de vida que ya no aspira a ser un cualidad que participa de una eidos superior, sino los modos de lo que ya puedo ser. Ajens recoge una mínima definición de Werner Hamacher ligada a la filología: “la filología es la parodia del lenguaje, porque muestra pero no significa”. La forma de vida es aquello que muestra los gestos de cada forma de vida.

En su compleja intervención Andrés Ajens recuerda de la importancia de vigilar sobre las cesuras que organizan el topoi de la parodia: comedia contra tragedia, serio contra cómico, pero también uno pudiera decir guerra contra juego, persuasión contra retórica, o carácter contra acción. Por eso es importante preguntarnos cómo pensar una vida paródica y no su uso instrumental, lo cual se mantendría completamente ajeno a la interrupción de la economía entre pensar y acción de la representación. Si el poder hoy es paródico (y produce efectos irónicos) es porque en la volatilidad de la carcajada busca la provocación. Y en la provocación se “exige” que el singular se revista de sujeto que “debe actuar”. A partir de la provocación se fomenta la movilización. En este sentido, lo que emerge tras el fin de un principio común de contrato social es un deber compensatorio. Es lo que se ha llamado culpa. Por eso es que la parábasis pudiera tener consecuencias desicivas para lo que entendemos por una forma de vida que ya no puede definirse (trágicamente) mediante sus acciones. Esto lo ha visto bien Giorgio Agamben en Pulcinella ovvero divertimento per li regazzi (2015):

“La commedia antica ha conservato il suo nucleo originario nella parabasi. Il termine – che significa letteralmente latto di camminar di lato, deviare, trasgredire – denotava il momento in cui, dopo che l’azione si era interrotta e gli attori erano usciti di scena, il coro si toglieva la maschera e, rivolgendosi direttamente agli spettatori, ridiventava quel che era in origine: komos, un allegro, tumultuoso, insolente corteggio dionisiaco. La parabasi non era, in questo senso, soltanto un’interruzione o una deviazione: era un’interrzuione in cui di colpo appariva l’origine – o, se si vuole, un’origine che si manifestava infrangendo e scompaginando lo svolgimento scontato dell’azione. […] Nella vita dellig uomini – questo e il suo insegnamento – la sola cosa importante e trovare una via d’uscita. Verso dove? Verso l’origine. Perche l’origine sta empre nel mezzo, si da solo como interruzione. E l’interruzione e una via d’uscita. Ubi fraccasorium, ibi fuggitorium – dove c’e una castrofe, la c’e una via di fuga”. (45).

Pulcinella es la figura o el mito que aparece una vez que los principios políticos ya no pueden organizarse desde la legitimidad, la distribución de poderes en el mundo entre gobernados y gobernantes. Esa es la des-articulación que la demanda busca suturar. Por eso es que hablamos de un momento experiencial o de una anarquía de los fenómenos. La parábasis, en resumidas cuentas, no es un movimiento retórico en el plano del discurso y de la justificaciones, sino la transfiguración del sujeto una vez que es dispensado de la dimensión paragonal de la representación. Pulcinella es el resto que vive lo invivido sin culpa y sin pena; tal vez ajeno a la pulsión de muerte. Aquí se juega otro sentido de la errancia que excede a la densidad conceptual de lo que los modernos y los antiguos entendieran por “libertad”, ese oscuro supuesto encarnado en toda actio.

Dos últimos apuntes: en la medida en que la parábasis destruye la parodia, toda parodia del poder termina siendo una mera inversión del poder que nutre el rendimiento de la máquina (algo así como el anti-trumpismo que termina contribuyendo a una parodia incluso más efectiva que la del propio el trumpismo). Y segundo: en el caso chileno, se debiera recordar que la escritura de una constitución tiene algo de ejercicio paródico en la medida en que suprime la parábasis desde la disponibilidad de l dispositivo del poder constituyente. Como saben muy bien los historiadores del constitucionalismo anglosajón, nada es más misterioso que el origen de una written constitution. Y no por el hecho de haber sido escrita, sino porque sabemos que la historia efectiva y material del constitucionalismo en realidad se termina decantando por una serie de normas, precedentes, configuraciones institucionales, desiciones delegadas, y modos de excepción que permanecen unwritten en la carta magna. La constitución taponea el vacío que la constituye en su dinamismo eterno. Emprender un camino hacia de salida, en cambio, ya no constituirá destino, sino que expone carácter. Es lo hace el propio Pulcinella desde su voz y entonación.

Can the poem be thought? on Marco Dorfsman’s Heterogeneity of Being. by Gerardo Muñoz

Dorfsman Heterogeneity of Being_2016

In the last chapter of Heterogeneity of Being: On Octavio Paz’s Poetics of Similitude (UPA, 2015), Marco Dorfsman tells of how he once encountered a urinal in the middle of a library hallway. It was a urinal possibly waiting to be replaced or already re-moved from a public bathroom. The details did not matter as it recalled the origin of the work of art, and of course Duchamp’s famous readymade, originally lost only to be replicated for galleries and mass spectatorship consumption. Duchamp’s urinal, or for that matter any manufactured ‘displaced thing’ reveals the essence of technology, at the same time that it profanes its use well beyond appropriation and instrumentalization. I recall this late anecdote in the book, since Dorfsman’s strategy in taking up Octavio Paz’s poetics is analogous to the dis-placing of a urinal. In Heterogeneity of Being, Paz is de-grounded from the regional and linguistic archive, dis-located from the heritage and duty of national politics, and transported to a preliminary field where the aporetic relation between thought and poem co-belong without restituting the order of the Latianermicanist reason.

Heterogeneity of Being is Dorfsman’s leap (a versuch that gathers also the innate ability for failure in the Nietzschean sense) to cross the abyss of the poetic identity; fleeing from the national-popular frame, as well as from the pitiable origins that enable every ground of transcultural articulation. Against the good intended “–abilities” to “speak on the name of” and in the “place of” the other, Dorfsman offers an exercise in thought. The initial hypothesis is how to assimilate, or render thinkable, an ontology of Pazian poetics in the way of a ‘stimmung’ facilitating the endeavor for thought (12). Heterogeneity of being is nothing more than this, but it happens to be also a stroll around Paz’s poetical constellation– not without accidental turns, missed encounters with transient signatures, interrupted articulations and rhythms – as an attempt to arrest the fold between thinking and the poematic. The poematic is understood here as a strange habitation of sorts; a stanza for the (im)possibilities of thought.

Indeed, the poematic is that which allows a tropology that exceeds the compartmental and sheltered demands of the political, subjective, and ethical drives. Against the temptation of disciplinary binds (which are, after all, signs of university semblance), Dorfsman calls for an incomplete Paz that cannot be an objectified signatory authority, but rather as what unveils the temporality of being (11).

Pazian poetics co-belong with the existential time, since it is a now time (the time of a life), which appears at the gates, without entry, of the culturalist and conventional literary methodologies responsible for the organization of poesis legistlation. Dorfsman is not interested in what we could call a “signatory local scene” of the poetic (“Paz in Mexico” or “Mexico un Paz” – the usual postal-service that is always the currency of exchange) as if the “poem”, as the poet’s standing reserve, could supplement what remains on the side of the unthought or the repressed. (Say an ancient cosmogony, a non-Western mantra, or a temporality that derails the homogeneous or messianic time of the modern). Rather, “Paz” is depository of a heterogeneity of inheritance that fails to assume the form of an identity, a destinial time, and therefore is always “anachronistic and it involves a ghost, a specter” (Dorfsman 18-19).

Laberinto de la Soledad, Postdata, or ¿Águila o sol? attentively read in the initial chapters of the book are displaced from the topical discussion of ‘Mexican identity’ to one of difference and inheritance, or as Dorfsman’s conceptualizes it, of “dif-herencia”, following Derrida’s elaboration of spectrality and heritage in Hamlet-Marx. The temporalization of the poematic allows Dorfsman to unveil in Paz’s thought as a language of dif-herencia that: “is not a concept or a metaphor; it is more like a simile or a pun. It thrives on its ambiguity and imprecision” (23).

Dif-herencia brings to halt the logic of identity and difference, while attending to the exposure of a wound (herida) internal to the process of deappropriation and splitting. Thus, more than drift towards a criollo fictive ethnicity, Paz is reservoir of specters that punctuate through a politico-ethical relation that bring forth responsibility and the practice of witnessing emptying identity formations. Pazian poetic time, suggests Dorfsman, does not inaugurate something like a “national I” or a “principial Mexican inheritance of the letter”, but a dwelling that opens a singular existence and disavows every nomic allowance. Pazian poematicity is an atopic temporal relation with a groundless tradition.

But the heterogeneity of the singular also resists – although “resistance” or “stasis” are not the appropriate words – a negativity that feeds the labor of dialectics. Here Dorfsman deploys along with his concept ‘dif-herencia’ that of ‘similitude’, which could be conceived as nocturnal knowledge or the failure of every effort into constructing a people, an ‘alternative subject’. In his strong reading of Laberinto de la Soledad, contaminated by Heidegger’s expository understanding of the essence of technology, the Mexican essence-problem is turned inside-out as one of masking and simulation. Following Italian philosopher Emanuele Coccia, we could say that in every expository relation one always remains strange or improper [1]. De-attaching the codifications of masks from Christian morality (shame, guilt, or purity), Dorfsman reads a poetical-speak of similitude, where appropriation (of meaning) is de-appropriated in the name of an echo-plurality that is always-already unappropriable threshold for a “modality of truth” (45). In a substantial passage from the third chapter, Dorfsman writes:

“…the revolution, perhaps the most authentic because it set up a confrontation with the interior nothingness of being, only managed to produce a new mask, an institutional mask, the PRI, whose transfigurations and unmasking continue to this day. The chain of identities, Spanish, Indian, Mestizo, Catholic, liberal,….etc, can all be inherited and disavowed, they are all interchangeable and all empty” (47-48).

The poematic in Paz is in the order of the profane, although not because it dwells in the radical historicity of the singular seeking to ‘represent’ or ‘donate’ the real world with measured political action, but because it has no desire in instantiating a historical event (or a new politics). The profanity of the mask vis-à-vis the logic of similitude is a space of potential use that trans-figures the other for becoming. It is a style that is both singular and disjointed. In Dorfsman’s propositional hermeneutics, Paz’s discussion of identity is only preparatory for a de-identification of a singular-plural that destitutes every politics of location, and in fact, all politics of being within history.

Pazian culturalism is dissolved not only in similitude / simulation, but also in the poetic temporality of language. Here, similitude coincides with the event of language itself, making the poetic the very singularity of profanation. In Piedra de sol, Dorfsman reads the verse “unánime presencia en oleaje” in light of Heidegger’s poetological exegesis of Parmenides poem and the poetic universe of Georg Trakl (94-96). But Dorfsman goes further, since for him the Pazian poematic bear witness to the rhythm of singular life (I would also argue of the ‘immanent cause’, although this is not explicitly in the analysis) where the way of language builds its own path or “camino”.

Hence, it is no longer a subject that enacts or wills, but the time of being which against the order of signification, stems from the stasis of language (“en el seno del lenguaje hay una guerra civil sin cuartel”) (97). Crossing tracks with Heidegger and Trakl, Dorfsman’s disobeys the exegetical command of the Pazian archive, only to re-direct it to the spiral of errancy of language. This is the proper region of the poetic temporality or the silence or the simulation in the poem.

The temporality of the poem becomes for Dorfsman the possibility of speaking in language, in the tongue of the other. This is why the end of Heterogeneity of Being should be read as poetic desistence, as the call for a practical exodus from every determination of the poetic arrival in meaning or History for a ‘peal of language’ [102] [2]. The poem, in its exigent silence and means of desistance, opens in this way to thought:

“To say no the world is to flee, to escape, perhaps towards an elsewhere: poetry. At least towards a certain kind of poetry, the kind of hermetic, escapist aestheticism which Paz seems to be attacking but which, paradoxically, he was himself accused of writing. But no, what the poem here says is not no or yes; it a refusal of both. Is it a negation, then? Rather, it is the recognizing of the aporetic status of the world, to which affirmation and negation are irrelevant. The poet hears a call to either affirm or deny, but he cannot place the call.” (109).

It is here, however, where the poematic becomes a problem for thought, as well as an impersonal exigency. This is why it is odd that Dorfsman vacillates in calling Paz’s poetics “mysticism” as temporalizing of language, since it is the mystic reverse what allows for the tracking of silence, for the breathing in of a permanent wound that is its second voice. This is the silent voice that dwells in the event of the calling of thinking, which turns (and the turn here is not just in passing, but indicative of the taking place of language) any iteration of everything unsaid in the event of language [3].

The exodus of the poematic does not lead to the desert but to the nocturnal and illegible knowledge of the pyramid. The pyramid knowledge knows no disclosure. This is where Duchamp’s readymade crosses path with Heidegger’s thought on the essence of technology. This very encounter is pyramidal (or at least triangular: Duchamp-Heidegger-Thing), even if Dorfsman does not attempt the elaboration and keeps it secret. But Dorfsman’s suggests that Duchamp’s painting as philosophy is what speaks (in silence) to the unveiling of modern technology.

The duchampian injunction poses another tactical movement: it radically suspends the modern closure on aesthetics (aisthesis), which entails the ruin of the technology of “critique” (Thayer) for the production of ‘visibility’, of the ‘made visible’. It is only in Duchamp where the Heideggerian maxim “the painting spoke”, earns something like a covert instance of life; or in Dorfsman’s terminology, a poetic similitude. The notion of the poem itself becomes profane simulation of every distance relative between language and world. It through this transfiguration of the power of the dichtung (still a revelatory substitution in the later Heidegger) to the readymade, that a heterogeneity of being ceases to be supplementary to the order of history and of epochal destiny.

And it is at this instant where the poematic touches and falls into the strange welcoming site “where literature, paintings, shoes, and urinals may speak, but their secretions may be otherwise than meaning” (124). This is no longer a region for aesthetics or production, but desistance in language. Perhaps at this point one could say that the poem has conducted an exodus from itself into the inner sense of silence.

 Notes

  1. Emanuele Coccia. Sensible Life: a micro-ontology of the image. Fordham University Press, 2016.
  2. For a take on desistance in the specific context of the Chilean Avant-Garde and the readymade, see Villalobos-Ruminott’s “Modernismo y desistencia. Formas de leer la neo-vanguardia. Archivos de Filosofia, N.6-7, 2011-2012.
  3. Giorgio Agamben. “Il silenzio del linguaggio”. Arsenale Editrice, 1983.