Tercer Espacio e ilimitación capitalista. por Willy Thayer

El psicoanálisis nació en un “territorio estrictamente delimitado”, inscrito en relaciones de producción disciplinares del enunciado, a saber, la lengua físico química, la medicina vienesa decimonónica. Nació, expresamente para Freud, siendo su pasado, una interpretación neurológica de la psique y de la memoria; interpretación a partir de la cual gestará su advenir como “otra psicología”, una psicología desde otro “origen”. El psicoanálisis vendrá a la historia bajo la condición moderna del saber, condición que le fue legada por la tradición ilustrada, el prurito de la autonomía y fragmentación de los campos en un contexto de dispersión y sistema;  nutrido de aquello que su instinto le ordenará abolir. Su existencia pende directamente de la trasgresión de la lengua neurológica en que se desenvuelve la comprensión teórica y terapéutica de la histeria; e indirectamente, de la negación de la condición moderno-disciplinar del saber. Estas rupturas latían en el “proyecto” de Freud, y de su realización dependía que Freud se convirtiera en Freud. Constituía, por tanto, su razón de Estado. Porque en los dominios de la creación, la necesidad de distinguirse es indivisible de la existencia misma. El psicoanálisis se opondrá cada vez más abiertamente a su lengua nodriza, dotando poco a poco de idioma propio al recién nacido para que acontezca, produciendo otra lengua en la lengua. Un acto de don, entonces, de donación de la lengua psicoanalítica, que no tendrá lugar en la historia hasta Freud. El psicoanálisis fue la lengua que, sin tenerla, Freud nos donó.

Escribir en un territorio disciplinariamente delimitado, desde relaciones de producción especializadas del enunciado, suena hoy en día en su extemporaneidad. En un horizonte de transversalidad y descanonización del saber, lo que se dispone más bien como modo de producción de cualquier investigación o escritura es la ilimitación (apeiron). El modo de producción del pensamiento del Tercer Espacio es el de la ilimitación, un modo de producción sin modo. Lo que no quiere decir soltura. La ilimitación es una modalidad de lo estricto que aloja dificultades distintas a las que dispone un campo disciplinar para quien lo interroga desde lo que sus límites reprimen. Se trata paradojalmente, entonces, de la dificultad de la «no resistencia» que impone al pensamiento aquello que carece de límites generales y persistentes, y presenta sólo límites aleatorios y eventuales, como los de una descomposición generalizada. Porque ¿cómo ejercer el pensamiento en medio de lo que no tiene límites, o cuyos límites están en permanente descomposición? ¿Cómo interrogar, por ejemplo, a lo que de antemano se ha constituido en interrogación de sí mismo, como el cadáver, que es la crítica de sí, y no consiste sino en el retorno ilimitado de lo reprimido que no cesa de llegar y se desenvuelve como objeto imposible? Si la crítica es un modo de la descomposición, el cadáver sería la verdad de la crítica, su consumación y su imposibilidad.

Una determinada interpretación de la subjetividad moderna clásica constituye el fundamento de la comprensión neurológica de la histeria. Es a partir de dicha interpretación, en cuyo círculo se desenvuelve la lengua médica del siglo XIX, que las causas de la histeria serán atribuidas a algún tipo de disfunción cerebral la cual se fijará como fuente de las parálisis orgánicas, las cegueras, afasias, temblores y sorderas, y cuya terapia consistirá en una dieta de medicamentos y de electricidad. Es a partir de esa misma interpretación, que la histeria será reducida a un pseudo-fenómeno, el cual habrá que expulsar del hospital, tratar con reprimendas y burlas, para abandonarlo finalmente en manos de filósofos, místicos y curanderos.

Es a partir de la lengua psicoanalítica que la histeria se convertirá en un fenómeno irreductible al código físico-químico y a sus respectivas terapias. Lo cuál desencadenará para el psicoanálisis no sólo una confrontación político lingüístioanalítica como aparato hermenéutico crítico más allá de las fronteras de la histeria y del campo médico, hacia la normalidad de la vida cotidiana, el sueño, el chiste, el arte, la ciencia, la cultura, la historiaca con la medicina del siglo XIX, sino que terminará por “desatar una tempestad de indignación generalizada”, dice Freud. Y añade, “porque al poner en cuestión la comprensión tradicional del origen de la psique y de la etiología de la enfermedad, hería transversalmente algunos prejuicios de la humanidad civilizada, haciendo retornar lo que un convenio general había reprimido y rechazado, a saber: lo inconsciente y la sexualidad infantil, sometiendo ya no sólo al territorio médico, sino a la humanidad entera, a la resistencia analítica, obligándola a conducirse como paciente”. Esa tempestad de indignación y rechazo era a su vez, para Freud, una promesa de internacionalización del psicoanálisis.

Hoy por hoy, ninguna operación de escritura podría desatar tempestades de indignación ni convertirse en promesa de universalización. Y muy difícilmente podría herir un convenio general de la humanidad. Hoy en día, ni la producción de escritura crítica, ni el modo de reproducción general de la subjetividad, tiemblan el uno frente al otro como en el contexto de Freud. Cualquier temblor, sea crítico o conservador, es hoy en día reiteración kitsch de un modo de producción que ya se fue o que se inscribe en éste que ya no tiene «modo», que sólo es producción sin modo de producción; así como La lotería de babilonia, o El libro de arena, o La biblioteca de babel, etc. Porque ya no hay más un modo de producción de la escritura, sino escritura sin modo. Y si aún llamamos mundo o contexto a la globalización, es por inercia de los modos de hablar. Lo que llamamos contexto o mundialización, ya no tiene que ver con un orden, un derecho general; tampoco con un desorden; sino con la profusión de operaciones que carecen de un verosímil general de inscripción, y que se despliegan en la inverosimilitud general, aunque ciñéndose milímetro a milímetro a la facticidad del momento, del espacio y del tiempo efectivo del caso, del intercambio.

Pongámoslo así. La ilimitación como suelo no ofrece resistencia y es la obscenidad de todos los caminos abriéndose. Si aquello que se denomina occidental o Metafísica consistió siempre en la resistencia, de diverso tipo, pero primordialmente autoprotectiva, contra lo ilimitado , no tendría por qué ser sorprendente, aunque lo sea, que lo occidental, en el momento de su globalización o consumación, se erija como ilimitación dejando retornar aquelo sobre cuya represión se erigió, a saber, el no mundo, lo ilimitado (apeiron) el “radical desnombramiento” de las categorías metafísicas. Esta, me parece, es la dificultad que enfrenta el pensamiento del Tercer espacio que traza su pliegue en un territorio estrictamente ilimitado. Para comprender el epifenómeno de la histeria el psicoanálisis construyó una teoría general de la dinámica y de la estructura del aparato psíquico. “Mucha teoría para tan poco fenómeno” dijo Freud. En esa demasía resonaba, a la vez, la inminente expansión de la teoría psicoanalítica.

Otra frase imposible, esa, hoy en día, en que es demasiada la fenomenalidad y escasa la teoría. Escasa la teoría porque esta ha caído en el territorio de la fenomenalidad. Lo que equivale a decir que el conflicto o la división del trabajo entre teoría y fenomenalidad ya no rigen estrictamente más. La efectividad ha subsumido la posibilidad [1]. Toda posibilidad es posibilidad en la efectividad, en la inmanencia de la efectividad. Es entonces ahí, en la inmanencia de la efectividad, que el pensamiento del Tercer espacio se expone como un dispositivo post-teórico que escabulle la teoría y la fenomenalidad, que retrocede singularizándose, no como pensamiento de la efectividad, sino como inefectividad del pensamiento; del pensamiento como inefectividad. No como pensamiento de la pérdida de la teoría, sino como pensamiento en pérdida de teoría, perdiéndose de ella.

“Aquello con lo que la escritura del Tercer Espacio permanentemente entra en contagio es con la ilimitación potencial de los Estudios Culturales que serían la globalización y la resistencia a la globalización en la academia. El libro mismo se dejaría afectar por esa ilimitación, partiendo por la transversalidad disciplinar en que organiza su bibliografía. En un escenario nihilizado, que ha asumido las relaciones de autonomía, jerarquía y subordinación tradicionales entre literatura, filosofía y cultura de masas, Tercer espacio, como pensamiento post-teórico, traza su pensamiento dialogando con Borges, Joyce, Heidegger, Lacoue-Labarthe; con Lyotard, Cortázar, Lezama-Lima, Benjamin, Sarduy, Piñera; con Nietzsche, Elizondo, Derrida, De Man, Duchamp, Kant, Blanchot, Jameson.

Operando inmediatamente en el factum de los estudios latinoamericanos, Tercer espacio piensa el tímpano de los Estudios Culturales, un tímpano en estado de crónica evanescencia. La operación descanonizante de los Estudios Culturales, operación que recae reflexivamente sobre su propio territorio mediante la incorporación indefinida en su curriculum de nuevos aparatos analíticos; la operación potencialmente desauratizante y desjerarquizante de los Estudios Culturales en la multiplicidad de sus eventos y casos, se abre prospectivamente tan ilimitada como lo que en el texto de Moreiras se denomina capitalismo flexible. De modo que el campo prospectivamente infinito de los Estudios Culturales podría hacer las veces de un mini laboratorio para un pensamiento de la globalización.

¿Qué podría quedar afuera de los Estudios Culturales, o de la globalización? ¿Existirá para ellos una frontera, una muerte? ¿Existe una frontera respecto de lo que proyectivamente, en la pluralidad de sus eventos, no podría fijar estrictamente un límite, y en cuya planicie expansiva la academia se promete en su fase más devoradora como inverosimilitud flexible? El saber se suspende allí donde no puede asignarse límites.

Cualquier operación de saber consiste en poner bajo límites, reunir bajo concepto, objetivar, representar. Si ello es así, no podríamos saber qué es lo que se nos dona cuando algo se da ilimitadamente. Algo así ocurre con la globalización. Algo así ocurre con los Estudios Culturales. Como si los Estudios Culturales fueran metonimia de la globalización. Si ello es así, la verdad, esto es, la efectividad cumplida de los Estudios Culturales como ilimitación del saber, como caída del saber en un saber sin límites, es lo que no podemos saber. No podríamos saber de la ilimitación. Es esa ilimitación el territorio estricto que se da el Tercer Espacio como escena de su escritura.

Sin embargo, el nombre EC refiere al menos una sección en la biblioteca, unos estantes en las librerías, unos departamentos en la universidad. Pero si tomamos los libros de la sección y (h)ojeamos su bibliografía, vemos cómo la biblioteca interminable en que se inscribe la sección de esos libros, reaparece potencialmente citada en la bibliografía de esa sección. Como si esa sección de la biblioteca, o de la librería, tratara potencialmente de la biblioteca. Y si focalizamos los órganos de lectura de esa sección, la escritura implícita en ella ¿cuál sería su límite? ¿Qué autores, qué metodologías, que estilos, que sujeto de escritura, qué objetos serían los impertinentes?

Lo que se denomina pensamiento del tercer espacio, puede ser propuesto como límite de los EC. Pero lo categórico de esta afirmación se disipa en la misma medida en que los Estudios Culturales absorben las operaciones de pensamiento que en principio los delimitan, ampliando sus tecnologías.

Resolvamos entonces: los EC no configurarían campo alguno al confundir en su operación las series disciplinares eclosionándolas transversalmente. La expansión de su llanura los revela, más que como un campo de estudio, como una operación de lectura que digiere cualquier cosa. Los EC. serían prospectivamente el no-campo donde potencialmente se dan cita “todas las series”.

Dice Freud: “El organismo vivo flota en medio de un mundo cargado con las más fuertes energías, y sería destruido por los efectos excitantes del mismo sino estuviese provisto de un dispositivo protector contra las excitaciones. Este dispositivo protector queda constituido por el hecho de que la superficie exterior del organismo pierde la estructura propia de lo viviente y se hace hasta cierto punto inorgánica actuando como una membrana que detiene la borrasca de excitaciones permitiendo que ingrese sólo una parte mínima. Protegerse de las excitaciones es una labor casi más importante que la recepción de las mismas”… “No siendo ya evitable la inundación del aparato anímico por grandes masas de excitación, habrá que emprender la labor de dominarlas. Lo cual es posible sólo para un sistema intensamente cargado que esté en condiciones de recibir las excitaciones y transformarlas en reposo o articularlas psíquicamente” … “Pero cuanto menor sea la carga del sistema invadido tanto mayores serán las posibilidades de una ruptura de la protección contra las excitaciones y más imposible su articulación”.

La paradoja de la represión en el capitalismo flexible es que la censura no adopta en él la forma de un blindaje cortical con pequeñas brechas y aperturas, sino que se ofrece como brecha y perforación, se caracteriza por la descomposición del principio protectivo y la apertura inclemente a la borrasca de excitaciones. Es la informidad y discontinuidad de la globalización, su propensión al aflojamiento, al contagio, lo que anestesia a la crítica privándola de resonancias. Es en el contexto de la informidad y la inverosimilitud donde ha de conjugarse la cuestión del tercer espacio.

Retomemos entonces. Todo puede entrar en los EC. Este “todo”, sin embargo, se dice muchas maneras en el libro de Moreiras. Por ejemplo, como toda la memoria de Funes, el retorno infinito de lo real en ella, memoria total o total olvido. Totalidad puede decirse, también, como “esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna”, entonada como liberación o como espanto; también se dice como “inminencia de todo lo que no llega a acontecer”, etcétera.

Entonces: ¿en qué relaciones está el tercer espacio con lo que aquí llamamos EC como aquello que podría contenerlo todo en su ilimitación, metonimia de la globalización?

Para concluir, quisiera proponerles una breve “doctrina” del Tercer Espacio que he sustraído ex-profeso de la deriva vertiginosa que tiene esta noción en el libro que comentamos, desencadenándose a través las lecturas de “Tlön Uqbar Orbis Tertius”, Finnegans Wake, Paradiso, “Funes el Memorioso”, “El Aleph”, Pequeñas maniobras, Farabeuf, Arnoia Bretaña Esmeraldina, “Apocalipsis de Solentiname”, En estado de memoria.

Y partamos por una consideración previa. Es imprescindible considerar que el tercer espacio es un efecto antes que un principio de escritura. El tercer espacio no es nada sustantivo a lo que uno eche mano como metodología, por ejemplo, o teoría, a la hora de escribir. Es siempre algo a producir, un efecto de escritura. Efecto de una escritura que, otra paradoja, presupone como condición al tercer espacio. El tercer espacio, entonces, es efecto y condición de escritura al mismo tiempo. No sólo es originado por la escritura, sino que es origen de ella. Su eficacia crítica, por así decirlo, radica en el descentramiento permanente que opera sobre sí mismo, antes que el descentramiento que realiza respecto de otras magnitudes. El auto-descentramiento es requisito de su propia constitución y por ende respecto de su aplicación a esferas exógenas. Si se posicionara, moriría. De modo que el mismo es un lugar de desarraigo de toda posición, una estructura compleja de auto-desalojo, una política de desujeción en la sujeción y de sujeción en la desujeción.

Antes que operar, entonces, disolviendo posiciones gruesas, como la “academia euroamericana (segundo espacio), o un latinoamericanismo identitario, nacionalista y continentalista (primer espacio), el tercer espacio actúa, insistimos, como a-topización. Lo que en el libro de Moreiras se llama tercer espacio es la escritura de lo parergonal: lo que no está ni afuera, ni adentro, ni en el medio; que se organiza como relación indecidible con el lugar, con el límite y la ilimitación. El tercer espacio es la escritura de lo parergonal, entonces, en un modo de producción en que la ilimitación parece amenazar con la clausura de toda posibilidad en la efectividad. La escritura del tercer espacio es, en cada caso, una tecnología del desalojo que espectraliza cualquier lugar, lo disemina o lo insemina aleatoriamente.

Cambiando el enfoque, el tercer espacio es un trípode, un artefacto triangular. Nombraré sus tres patas en seco, primeramente, sin que el orden en que las nombre proponga una jerarquía, y sin que su enumeración secuencial implique un funcionamiento sucesivo. Quiero decir, y esto resulta primordial, que las tres patas funcionan a la vez, de lo contrario, el tercer espacio muere. La primera, entonces, es «lo inminente»; la segunda, «la revelación», «el acaecimiento» o «la consumación» de lo inminente; la tercera, «la escritura» como acontecimiento en donde lo inminente y la revelación pueden advenir. El tercer espacio es un artefacto cuyas piernas, que operan simultáneamente, son: primero, la inminencia del eterno retorno, segundo, el acaecimiento del eterno retorno, y tercero, la escritura como soporte en que la inminencia y el acaecimiento del eterno retorno vacilan. Comencemos nuevamente, entonces.

Dijimos que los EC o la globalización no se dan cabalmente, no acaecen en su ilimitación, en su verdad, y más bien se despliegan en la inminencia de una revelación que no termina de producirse. En este caso, el caso de lo inminente que no llega a producirse, el tercer espacio actúa, por ejemplo, alimentando la distancia que media entre tal inminencia y la consumación o revelación, anunciando de antemano lo que ocurriría si tal inminencia acaeciera cruzando el abismo que media entre ella y su efectividad. Si ello ocurriera, la caída en lo real, del mismo modo en que Funes cae en la memoria, se constituiría en la pérdida de lo real. En este caso, continuamos, el tercer espacio actúa entonces, como el prólogo de una verdad que si aconteciera proliferaría como improductividad absoluta y cierre del discurso.

Pero también el tercer espacio trabaja, a la vez, señalando cómo la inminencia es un modo de la suspensión de la protección contra la verdad (la ilimitación) al servicio de un “aún no” y de un “siempre todavía”. Así la agonía, por ejemplo, en tanto inminencia de muerte, es una crítica de la muerte, una relación con la muerte antes de su tiempo, que mantiene en vilo su acaecer. También, en este caso, el tercer espacio opera como duelo, como combate en la escritura contra el abrazo de lo real. La escritura como combate con la pérdida de lo real, es a la vez , la puesta en acción de estados afectivos que rigen tal combate. Así la pérdida de lo real se escribe en varios tonos: “nostalgia” como impotencia de la facultad de presentación y añoranza de la presencia; “ironía” sin nostalgia, sin énfasis en la incapacidad de la representación, que sanciona la alegría de la invención de nuevas posibilidades expresivas, nuevas reglas del juego, pictóricas, artísticas, o de cualquier otra clase; “melancolía” que abomina de la inútil multiplicación metafórica y sustitutiva de lo perdido. A la vez el tercer espacio subraya que el interés protectivo contra lo real y la negación de su don, es un principio reactivo.

Pero el tercer espacio no se erige sólo como protección contra la realización de lo inminente, sino que juega, a la vez, con la caída, el cruce del abismo y el hundimiento de la inminencia en su efectividad, en la verdad como abrazo del acontecimiento. Porque la caída puede prponerse también como repetición activa, y no puramente mecánica o reiterativa. Puede proponerse como un sí, el amen nietzscheano, que nada excluye, nada se ahorra, y es pura afirmación o poiesis (producción de producción). En este caso el tercer espacio se inclina como desujeción de la sujeción, y apertura al desastre infinito de lo real.

Pero el tercer espacio se erige también, y a la vez, entre la caída en el desastre, y su represión protectiva, distante de ambas. Distancia que abre el advenimiento, tanto de lo inminente, como de su consumación. Tal distancia no es entonces ni efectiva ni inminente, sino escritura donde lo inminente y lo efectivo pueden advenir. Un lugar de descompromiso, lo llama Moreiras, a través de Piñera, descompromiso como una resta implacable o inefectividad que se sustrae tanto de la analidad protectiva como del vértigo por el desastre. Ejercicio de un descompromiso singularizante que se agota en su propia figuralidad como un espectro semiótico.

El tercer espacio es entonces, a la vez, a) invocación de la inminencia, protección y duelo temeroso, nostálgico, irónico o melancólico de lo real. b) caída en la verdad y en el desastre de lo real. c) resto implacable, tanto de la invocación de lo inminente, como de la caída en el desastre de lo real. Tal resto se erige como escritura donde lo inminente y lo real acontecen.

 

 

*Este ensayo fue originalmente la presentación del libro Tercer Espacio: Literatura y Duelo en América Latina (LOM Ediciones, 1999) de Alberto Moreiras, leída en el marco de la presentación del libro en el Museo de Arte Contemporáneo, abril de 1999. Lo recogemos en este espacio con autorización de Willy Thayer. 

**Imagen: Willy Thayer en una heladería de Santiago, 2016. Fotografía de mi colección personal.

A Friendly Katechon: on Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina. By Gerardo Muñoz.

shellhorse 2017Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina (U Pitt Press, 2017) is a bold and timely intervention in a dire moment for “literary studies” in the field of Latin American Studies. What is the epistemological status of the ‘literary’ today, if not an ambiguous force driven by machinistic inertia? The institutional erosion of the discipline’s legitimacy cannot easily be ignored, as every scholar is confronted today with interrogative demands for ‘definition’. Ambitious in scope, theoretically sophisticated, and generous in its readings of a heterogeneous corpus, Shellhorse attempts to understand “what is meant by “literature in contemporary posthegemonic times” (Shellhorse 3). Whether such interrogation opens up a desirable future, is the very heart of this important book.

Anti-Literature departs from the wake of the exhaustion of a well known triad: the Boom as a last attempt to generate a strong allegorical machine; Ángel Rama’s culturalist thinking to come to grip with the uneven development through transculturation; and the political vanguard experiment of the Cuban Revolution in 1959. The aftermath of these watershed moments has led to what is now a permanent state of crisis. The end of ‘hegemony’ in Shellhorse’s reflection demands the end of the centralized state form of the literary, but also the turning away from models of ideological Marxist critique, over that of affect, the multiple, and the experimental in writing. Compensatory to this insolvent condition, Shellhorse proposes ‘anti-literature’ as a new framework for literary studies. Although, more urgently, it offers the minimal condition for the task of reading in a present devoid of objective legitimacy, or what Shellhorse calls, perhaps more prudently, a ‘perilous present’ (Shellhorse 16).

The archive Shellhorse attends to is minimalist, functioning hyperbolically for a larger and more programmatic invitation to read in the anti-literature key. The works sketched throughout the book are the following: Lispector’s language of life and the specular feminism of immanence; David Viñas’ ‘half made literature’ as a de-spiritualized materialist gesture in his novel Dar la cara (1962); concrete poetry as a post-culturalist and post-conceptual artifact; Haroldo de Campos and Osman Lins’ poetics of the baroque; and last but not least, a mediation on historical redemption and the messianic in Salgado’s photography and De Campos’ poem “O anjo esquerdo da historia”. Irreducible in style and geopolitical demarcations, all these anti-literary projects negotiate language within the limits of its own materiality while assuming a writing of finitude. This is crucial, as it is what distinguishes Shellhorse’ anti-literature from John Beverley’s known ‘against literature’.

Whereas Beverley demanded an exception to literary hegemony in the name of a subalternist ‘subject’ formalized in the testimonio, Shellhorse’s following Moreiras’ predicament on exhaustion, does not seek to close off the promise and secret of literature, but only to interrupt its identitarian and representational pretensions (Shellhorse 42). Therefore, against the Boom as an ideological critique towards state building on one hand, and testimonio as exception to high literary sovereignty on the other, Shellhorse proposes anti-literature as posthegemonic experimentation through affect and the sensorium. Whereas testimonio demanded hegemonic filiation until the triumphant victory, anti-literature endorses the post-hegemonic in the face of defeat. Anti-literature is only anti-literary to the extent that it demands a relation to the secret of ‘what might come’. This is why Shellhorse’ Anti-Literature is untimely tied to literature as a singular procedure of writing, instead of organizing a counter-canon, in what could be taken as an effort to immunize itself through an alternate ‘aesthetic form’. This is why, it is important that Shellhorse tells us very late in the book:

“…it could be said that anti-literary writers hook up writing to literature’s outside, to nonwriting and egalitarian modes of imaging the community. What is at issue is precisely this: the concept of anti-literature need not restrict itself to an avant-garde, modernist paradigm of the arts. Rather an approach to the anti-literary entails reconceptualizing the problem of writing as a sensory procedure and perpetual force. The question of what is anti-literature can perhaps best be posed only in the wake of literature’s exhaustion, when the arrival of defeatist accounts demands the time for speaking concretely” (Shellhorse 164).

This comes as a warning to careless readers who, perhaps too hazily, will try to inseminate periodical categories of sociology or history of literature to ensure the timelessness of the boundaries of literature’s autonomy. Indeed, Shellhorse immediately writes: “Indeed, bibliography on the nature of literature in the field is marginal” (Shellhorse 164). We can only guess that the very asymmetry between an understudied Argentine writer (Viñas), ranked among giants of modern Brazilian literature (Andrade, De Campos brothers, Lispector), functions as the affective corpus of Shellhorse’s own singular judgment. This is his secret posthegemonic cabinet, just like everyone has his or her own.

By taking distance from an overdetermination based on a ‘historical period’ or a particular ‘literary movement’, Shellhorse performs his own affective caesura against the hegemonic temptation that demands age-old historico-metaphysical entelechies; such as periodization, social context, base/superstructure dichotomy, form, or aesthetic framework. If the book’s starting point is the fall of the legitimacy of Latinamericanism or Hispanism at large, this means that there is no calculative arrangement that can sustain the alleged bona fide of ‘literature’. The polyphonic assemblage regime of tones and signs is also irreducible to a life, to any life, that belongs to the student and professor of literature in the exercise of the imagination. And as I see it, this is what the anti-literature tries to register so suitably to us.

Yet, at first sight there appears as a latent paradox in the book, and it is a problem that I would like to convey, since it remains of one the strong effects of its reading upon me. Of course, I can only hope to solve it in my own name and style, and I hope that others find their own ways to wrestle with the problem. Basically, the problem could be advanced in this way: if we are in a present condition of interregnum, of the total transitional epoch in the field within a larger transformation that Moreiras has called full machination through the principle of general equivalence, where anything is replaceable and interchangeable, why does the book offers yet another frame to re-invent literary studies? [1]. What is the need of literature at a time in which it can no longer speak for itself (the ‘being’ of Literature)? Isn’t the literary today a mere defunct fossilized object, a repetition for commemorations, and museum-like artifact that only seeks the stimuli of social-media to imagine itself Eternal? Literature automatically wants to be part of the ‘museum’, but the trade-off is that the museification of the new demands its own concrete death. It is difficult to name anything interesting in contemporary literature (nothing that can compare with the Boom), and the fact that we keep reading Lezama Lima or Haroldo de Campos or Borges, bears witness to the aftereffect of being able to establish some livable relation with nihilism at the end of literature. Shellhorse does well to inscribe this important symptom in a crucial moment at the end of the book, which opens to an important discussion:

“If “literature” persists in crisis in our field, the task today is to reconstitute its critical force. Literature becomes anti-literature when it subverts itself. My contention is that it is only by bearing witness to this relation of non-essence, non-identify, and non-closure – literature is not literature – that we can begin to read anew” (Shellhorse 166).

I would like to advance the thesis that Anti-literature as a project comes to us in the form of what I would call a friendly katechon. While it is clear that Shellhorse is not proposing a new “turn” beyond literature, anti-literature is not just repetition of the same as the new. To do so would be “old”, since it would be integral to the register of High Modernity up to the readymade, that is, to the museum. Rather, anti-literature is something akin to a shadow that overlaps in what we call “literature”; a sort of dirty stain in the tradition and in the immemorial institutionality of texts. At same time, anti-literature has a reformist undertone, in the theological sense of celebration and transformation through transference.

But it is a katechon to the extent that Anti-literature retains and delays the temporal disappearance of the evermore so irrelevance of literature. As we know, the Pauline Greek word katechon (κατέχον) means restrainer (who or what), a mysterious force that helps avoiding the fall unto the anomia that imposes illegitimacy in any particular historical epoch. Although at times the katechon is understood in tandem with its own archaic regression, I do not think this is Shellhorse’s intention or effect in inviting us to partake in Anti-literature to “begin anew”. The reason is fairly simple: to the extent that we have literature, there is always already excess to every hegemonic phantasm, and that is enough to retain literature as a residual condition for thought, even when we move beyond textualism or politization.

Like Carl Schmitt, who appears in Ex captivate salus, as the last conscious representative of Modern European Law of Nations, Shellhorse appears to us as the last existential witness of the literary in the form of the anti-literary. But like an Anti-Schmittian, he does not succumb in the myth of political theology and Empire. His katechon can only be one of friendship: in the love of the text, and for the friendship of an-other to come. Anyone, at any time. But isn’t this a mirror of the measureless principle of democracy? The friendly katechon does not seek what Nietzsche called the antiquarian relation to History, but rather a reflexive and disinterested democratic thinking. The katechon, in the platonic reading that I favor here, thoroughly deters disintegration of the authentic life of the mind, which is consistent with Lispector’s language of life [2]. That is, literature is no longer revealed as accumulation and principle (archē of the archive), but as homecoming of Justice. Shellhorse explicitly sets foot on this trail this in his reading of De Campos at the very end of the book (which I would like also to de-center from the given messianism):

“Such a field no doubt defines the logic of domination. Justice as a continuous line of singularities: blurs, bends back, and breaks up the reified character of social relations as well as banal accounts of “progress” that fail to count the part that has no part in society. Citable in all their moments, as freed expressions that articulate the desire to be exception, to think the relationless relation, the affective dimension of Campos’ text inscribe the crisis of poetry in the wake of subaltern tragedy” (Shellhorse 196).

But can the Poem be a secondary substitute before the ruin, a safeguard against tripping into the abyss? It is useful to paraphrase Derrida here to remember that, neither the poem nor deus absconditus, neither decorative baroque nor the messianic community, neither the experimental sensorium nor philosophy of history, can exert as hyperbolic condition of any possible living democratic construction [3]. This is only literature’s task. Anti-literature as friendly katechon, keeps this unavowable promise as its dearest secret that nourishes from the democratic expectancy in an incalculable waiting. A politics among friends? It could well be, but only with the caveat that like friends, literature also comes like a stranger late in the day. Will it come again? All of this to say that anti-literature resists succumbing in the nihilistic abyss of equivalence as the last avatar of the contemporary university’s death-drive. The friendly invitation of anti-literature confronts us, once more, as a lux acarna. We only hope that it is not too late, and that another path could open in the very place of what has always been.

 

 

 

 

 Notes

1. Alberto Moreiras. “Universidad. Principio de Equivalencia”. Enero 17, 2017. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/01/17/universidad-y-principio-de-equivalencia-hacia-el-fin-de-la-alta-alegoria-borrador-de-conferencia-para-17-instituto-de-estudios-criticos-mexico-df-22-de-enero-2017-por-alberto-moreiras/

2. For example, at one point the baroque/ neo-baroque appears as a trope for anti-literature. In my account, this will amount to the ‘catholic’ affirmation the katechon, raising its status in a complexio oppositorum between archaic and an-archy of the eschatology, which is always political theology. Consider this passage cited from Haroldo de Campos: “…Brazilian culture was born under the sign of the baroque…it cannot be understood from ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood from an ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood in the sense of an idealist quest for “identity” or “national” character. Baroque, paradoxically, means non-infancy. The concept of “origin” here will only fit if it does not imply the idea of “genesis”, of a generative process with a beginning, middle, and maturity…Baroque is, therefore, a non-origin. A non-infancy. Our literature, springing up from the baroque vortex, was never aphastic; it has never developed from a speechless, aphasic-infantile limbo in the fullness of discourse”. 115 pp. The baroque as literary form, even deprived of genesis, seems to lead stray into the “frame” whether in transcendental or immanentist planes of the modern metaphysics of the political.

3. Panagiotis Christias has recently offered a very interesting reading of the figure of the katechon in a platonic key, in which he suggests that the restrainer stands against potential rise of tyranny, thus making the Philosopher, the Greek antecedent of the katechon fearing the disintegration of the polis. To what extent philosophy can deter anomia today is a completely different question. I am interested in the figure of the Philosopher as metonymic for life as it converges with passion without sacrifice. See, Platon et Paul au bord de l’abîme. Pour une politique katéchontique (2014).

Pious Humor: on José Luis Villacañas’ Freud lee el Quijote. By Gerardo Muñoz.

villacanas freud leeThe almost banal simplicity of the title of José Luis Villacañas’ most recent book, Freud lee el Quijote (La Huerta Grande, 2017), could incite false expectations. This is not a book about the esoteric references of the Quijote in the father of psychoanalysis, and it is most certainly not a psychoanalytic contribution on Cervantes, the author. Although these principles are at the center of Villacañas’ meditation, they do not exhaust his argument. There are, I think, at least two other important premises that deserve to be noted at the outset: on the one hand, Freud lee el Quijote is a continuation, a sort of minimalist diagram, of Villacañas’ massive Teología Política Imperial (Trotta, 2016); while on the other, it is an exoteric ongoing polemic with Carl Schmitt, who understood Quijote as a Catholic hero of the European destiny in the wake of secularization and the crisis of the Catholic ratio. Although Villacañas does not explicitly cite Schmitt’s early essay on Quijote (preferring to polemicize with the late work Hamlet or Hecuba), Schmitt lingers as an accompanying shadow figure throughout Villacañas’ intervention [1].

It must be said that, at a time of contemporary debates around political theology and the future of Europe, Freud lee el Quijote is a salient exposition of a decisive question on the political and historical defeat. Villacañas’ book is really about an affirmation of defeat as an irreducible condition of the political. It does not come to a surprise that Villacañas is fully honest when he writes in the prologue: “… [este libro] es mi hijo menor, pero en verdad el de más larga gestión, y el más querido de todos mis libros” (Villacañas 9).

The names of Freud and Schmitt work jointly and at opposite ends and they limit the frame of Villacañas’ strong reading of the Quijote. The central idea is that Cervantes wrote neither a work of cruelty or tragedy, nor of comedy.  El Quijote for Villacañas is a work of humor. But let us step back from this assertion. Villacañas is generous and attentive to the archival sources (Freud’s letters to Silberstein, among other things), which allows him several factual connections, such as the mimesis between the Academia Española as an antecedent of the Psychoanalytic Association, or even the Coloquio de los perros as a formal precedent of the psychoanalytic session. But more importantly, these juxtaposed scenes pepper the ground for the question that Villacañas is after: how to think the heroic figure of the Quijote, and what relation does it contract with the origin of psychoanalysis?

Villacañas’ thesis is that the Quijote is an eruption beyond the comic and the tragic into the humorous. This is, he tells us at the very end, a process of moral rationalization that Freud understood only after Cervantes’ discovery of the “pious humor” (humor piadoso) (Villacañas 25). To understand the way to Freud’s reading of humor in Cervantes, Villacañas first needs to cross paths with Schmitt. He recalls that in Schmitt’s reading of European secularization, there are three potential mythical representatives. We should bare in mind that the three are intellectual representatives: that of the Catholic Quijote in Spain, the Protestant Faust in Germany, and that of the rational and doubtful Hamlet, pulled by the tragic phantasm of the Law-Father. Throughout the essay, Villacañas wants to correct Schmitt’s perhaps too hasty typology of the first heroic type. It is not that Villacañas wants to dispute Schmitt’s circumscription of Cervantes’ Quijote into the Spanish catholic tradition; the problem is that Quijote only emerges in the ruinous aftermath of the catholic imperial ratio. Quijote in La Mancha is an existential and moral figure of a defeat that confronts reality without resentment or guilt. Hence, Quijote, like the Marranos and the Spanish pícaro, affirms without reserve the time of the interregnum as a profane Post-Reform location. Spain is the land of a double fissure into modern secularization. Villacañas tells us:

“…allí donde dominó el catolicismo nacional posterior, tal proceso fue imposible, pues ese catolicismo se puso al servicio de toda tradición mundana. Entre un catolicismo que ya no podía ser universal y un Estado que nunca sería soberano, don Quijote es el héroe errante en un mundo escindido y roto, sin soberano estatal ni Iglesia universal: el mundo español. Por eso es que es mito existencial y concierne a cualquier español que reflexione sobre su destino histórico” (Villacañas 32).

Cervantes’ profane epoch is that of the newborn Leviathan, which Villacañas reminds us did not need to wait for Hobbes, since the myth was noticed by Juan de Santa María, a Felipe III’ censor, in his Tratado de república y policía cristiana. The mythic Leviathan demolishes the old principles of medieval history based on the absolute potentiality of God in the name subjective freedom protected by the new mechanicist secular state (Villacañas 34). Up to this point, this narrative is very much consistent with Schmitt’s The Leviathan in the State Theory of Thomas Hobbes. But Villacañas abandons Schmitt when contenting that Quijote cannot amount and should not be reduced to a mythical Spanish katechon. Quijote is, in fact, the very opposite of any positing of time restrainer of terrestrial time. He is, unlike Schmitt, not the last witness of the European ius, but the prima witness of the time of ruin and devastation: “Don Qujiote es un héroe católico, pero su figura emerge de entre las ruinas de Roma y del Imperio” (Villacañas 37). Villacañas seems to place Schmitt, vis-à-vis Quijote, on its head: whereas in Hamlet and Hecuba, Shakespeare’s tragedy inscribed the irruption of history within the work, in Cervantes’ Quijote irrupts the historical end of the roman imperium, and the Catholic Church as form of the gnosis. But how does the humor play out within this configuration?

Quijote represents a turning point of the triumph of the modern gnosis, which in a turn to Hans Blumenberg’s Legitimacy of the Modern Age, equips Villacañas with the possibility of fleeing the stereotype of the reformist and salvific composition of the modern subject. For Villacañas, Don Quijote “es la paranoia del impotente y del solitario, mientras el reformado se entrega a la experiencia entusiasta y sin fisuras del que es consciente de su poder y lo ve compartido por los que confiesan con él” (Villacañas 68-69). Quijote is a marrano figure away from Protestant salvific subjection, but also turning its back to the messianic kingdom of the Catholic fidelitas. The wonder and uniqueness of the Quijote is that he represents a third option that does not run through resentment or will to power, since its compensation is a pious humor in the face of the ruinous and the powerlessness (impotencia). Villacañas summarizes the point in an important moment of his book:

“Lo decisivo está en la forma de interpretar las derrotas. La autoafirmación moderna no trata de culpabilizar a un poder mágico por sus fracasos, ni a una finalidad perversa del mundo, ni a un manipulador chapucero y cruel, sino solo a una falla del principio epistemológico respecto a lo real, lo que constituye un nuevo reto a la curiosidad” (Villacañas 73).

The disheveled Quijote can only compensate the wake of the imperial absolute trauma with humor. This is a complex game, Villacañas notes, since it is done through phantasy as the possibility of exodus for what otherwise could amount to the acceleration of the death drive, the sublimation of the Ideal, and the proximity with the speculative teleology of the genius and the superhuman. This latter was the rubric by which German Romanticism read and appropriated the “Catholic” myth as fetish after the failure of the Protestant bourgeois transformation. The work of humor is the possible thanks to the work of self-affirmation in the face of tragic finitude: “Está diseñado para mostrar la finitud del héroe que un día fuimos, y que todavía somos, y ese el trabajo del humor, el que asegura a pensar de todo el triunfo del yo y su condición narcisista” (Villacañas 88). While the joke and comedy are blind to loss, Villacañas goes as far as to claim that the joke or the prank are always potentially on the side of aggression (Villacañas 92). Not so the humor, which can divide itself in a psychic equilibrium between the Ego and the Super-Ego, between the playfulness of the youngster and the theatrical seriousness of the elder. The joke, as reactive mechanism, does not recoil back to the Ideal. Humor – as in “tiene sentido de humor” – is always a singular form of humility.

This is, at heart, the latent gnosticism of Cervantes as Quijote, and Quijote as Cervantes. The function of comedy, which Giorgio Agamben has elevated in work as a phantasm of Italian culture and of his own potenza, dissolves in the Hispanic Marrano tradition in which Villacañas places Quijote as a humorous figure [2]. The work of compensation of the super-ego makes humor a substrate of the psychotic figure of disbelief, while affirming the narcissist drive of a modern fragile and gracious “I”. It makes sense that Villacañas argues at the end of his book this superego cannot be tyrannical (Villacañas 99). This could open rich and important discussions that we can only register here.

As a treacherous hidalgo, Alonso Quijano is never a psychotic leader, but a humorous madman. And humor is only an aftereffect of an epistemological rupture of the modern, of an unclear and unforgotten defeat that characterizes modern man, and that characterized, no doubt, Cervantes himself in his attempt to find a proper balance to nihilism. But, did he succeed? The book does not say openly, but it is fair to say that the impossible balance to nihilism is also symmetrical to the nihilism of the political.

 

 

 

 

Notes

  1. Schmitt in his early essay on Quijote notes some of the aspects that he will take up in the late book on Hamlet, such as the “image of the Hispanic heroism”, and the “great sense of humor of the work”. See, “Don Quijote un das Publikum” (1912). There is a Spanish translation of the essay by Isabel Moreno Salamaña (2009).
  2. For Agamben on the comic as a category of Italian thought in the wake of Dante, see “Comedia” in Categorie italiane: Studi di poetica e di letteratura (2010). Most recently, this is also the problem at the heart of his book on the Neapolitan puppetry figure Pulcinella, Pulcinella ovvero divertimento per li regazzi (2016).