A few remarks about Giorgio Agamben’s theory of civil war. by Gerardo Muñoz

In the conference “The Undercommons & Destituent Power”, I was particularly interested in a suggestion made by Idris Robinson regarding the status of the theory of civil war in Giorgio Agamben’s work. I think Robinson’s position on this problem pushes thought forward, and it allows me say a little more about a possible transfiguration of politics, a sort of unsaid in many of the recent discussions. There are at least two levels that I would like to address: the first one is philological, and the second one is more speculative. The moment that I want to dwell upon specifically is when Robinson claimed that Giorgio Agamben at some point abandoned the question of “civil war”. Robinson is right. There is no mention about civil war, insurrectional politics, or even forms of direct political strategy in the endgame of L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014). Indeed, in this book it is as if the “concrete political” horizon is transformed by recasting a modal ontology, a theory of use, and an archeology of “form of life”. My hypothesis, however, is that the logistics of civil war never fully disappear, since it is explored through other regional quadrants of the tradition. In other words, one should understand civil war as fold within the signatura of potentiality. This is an important point of departure since, early in Homo Sacer, we thought that the vortex of the project was going to be the critique of sovereignty; but, on the contrary, it ended up being an archeology of the notion of potentiality. Thus, in a way, civil war is to war what potentiality (dunamis) is to actuality (energeia). 

But the question of civil war never truly disappears. In a new gloss included in the Italian “integral edition” (Quodlibet, 2018) entitled “Nota sulla guerra, il gioco, e il nemico”, Agamben thematizes the concept of war in a way that sheds light to the problem of civil war. Agamben starts by pointing to the circularity of war and enmity in Schmitt’s theory of the political. For Schmitt – says Agamben – enmity “presupposes” [Voraussetzung] war, insofar as war is the condition for every enmity distinction [1]. Agamben continues to say that war and enmity converge in the same doctrine of the political: politics is always about war. However, the important metaphysical ingredient here is that war brings about a “serious” dimension to the political. So, state and politics, by means of seriousness (war), deters the influence of the “society of entertainment”, play, and the end of order. The legitimacy of war in Schmitt is weighted by a neo-Hobbesian maximization of “total war”. However, Agamben invites to take a step back. This is important, because at this point enters Johan Huizinga’s critique of Schmitt’s concept of the political, which reminds us war is constitutive of the ludic sphere that suspends all seriousness of politics rooted in enmity. So, it is war’s capacity to translate “political seriousness” what generates a politics of sacrifice proper to bare life. 

Unlike war, civil war would be a “zone of indetermination” (an event of human separation) that is more at home in play than in political action. Civil war is, each and every time, irreducible to war as the central conflict of human existence, since it stands for the free-playing interactions between forms of life as they come into inclination and divergence without ever being domesticated to a regulatory war. I take this also to be consistent with Agamben’s theory of comedy as an unthought site of Western metaphysics, which works against the tragic (constitutive to destiny), but also against war (constitutive of the political). This stasiological theory insofar as it expresses the movement of potentiality, it’s also an exodus from desire. This is why for Agamben the figure (gestalt) of the “coming politics” or a transfigured politics, is not the militant but a sort of puppet, as he writes in his book the character of Pulcinella. The comic texture of form of life leaves the epoch of tragic titanism behind. It is now expression or style what colors the outside to a politics of desire, which is always substantiated on a lack. Pulcinella does not desire anything, but only “seeks a way out”. The civil war, then, is the moment in which the comic destitutes the fiction of the subject into a form of life. This is why, as Julien Coupat has recently argued, that the role of the police is to watch and intervene at the moment when the game of civil war breaks out. The taskforce of the police become the exercise of the flattening of civil war into the grammar of war that regulates the very functioning of social order [2].

.

.

Notes

1. Giorgio Agamben. “Nota sulla guerra, il gioco e il nemico”, in Homo Sacer: Edizione Integrale (Quodlibet, 2018). 296-310.

2. Julien Coupat. “Engrenages, fiction policière”, in Police (La Fabrique, 2020). 

La fe liberal: sobre Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), de Hugo Herrera. por Gerardo Muñoz

En Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), Hugo Herrera alerta del absolutismo de la razón que subyace a un cierto tipo de pensamiento político de la época. Si bien el blanco de ataque son las elaboraciones de Fernando Atria, podemos derivar de este caso un rendimiento que atraviesa a todo el cosmos liberal. Cuando la política se ejerce desde la “brutalidad de la razón” emergen nuevos ídolos, a pesar de que sus nombres ahora sean la “deliberación pública”, la “participación”, o “la común humanidad”. Estamos ante una razón entregada a la astucia del universal. Desde luego, no deja de ser irónico que la ideología política que irrumpió para descomprimir la carga del absoluto de los poderes públicos europeos, con el tiempo, se transformó en una racionalidad reactiva, organizada desde una jerarquía de valores morales. Herrera tiene razón cuando intuye que ahí donde existe una precariedad hermenéutica tiene lugar un “ejercicio de un pensamiento dogmático”. Un rasgo dogmático que se desentiende de la dimensión insondable de la experiencia humana (18). Una política ensayada en nombre de la Humanidad cumple así dos movimientos fronterizos: impulsa un horizonte providencialista y oblitera la conflictividad en lo concreto. El componente “dogmático” que Herrera le adjudica a los presupuestos de Atria pueden extenderse a la ratio del liberalismo contemporáneo. Sin embargo, no es mi propósito disolver la especificidad crítica de Herrera al pensamiento de Atria. En lo que sigue tan solo quiero atenerme a tres registros que nos ayudan a desarrollar una crítica de la tecnificación del liberalismo político. Por supuesto, recorrer estos nudos dilucidará los diferentes ingredientes de la crisis de la forma liberal.    

En primer lugar, Herrera detecta en el pensamiento de Atria una profunda moralización de la política. El humus de esta moralización no tiene tanto que ver con una coherencia interna de principios (como suele suceder en teorías del derecho), sino más bien con un mecanismo regulativo de las motivaciones de los actores sociales (23). Esta regulación permite establecer una diferencia tajante entre estado y mercado, para así privilegiar la motivación universal del activismo social. Al carecer de una facticidad concreta, Herrera recuerda que Atria recurre a una “pedagogía lenta” con el propósito de transformar la interioridad subjetiva como meta de todo proyecto hegemónico. En efecto, la primacía de un mecanismo discriminatorio de la moral se vuelve de naturaleza biopolítica, pues el énfasis pasa a estar en la reducción de la heterogeneidad de los actos. La fuerza de moral establece su meta universal mediante una práctica de deliberación pública que aspira al “reconocimiento recíproco universal” (26). De este modo, la finalidad de la política recae en la manera en que el particular pasa a ser subsumido por la abstracción universal. El peso de esta universalidad moral, como subraya Herrera, no puede implicar otra cosa que la jerarquización y exclusión de intereses heterogéneos singulares. En la medida en que el proceso de legitimación de la universalidad se da en la forma de una “comunidad”, todo interés contrario a su cierre es excluido por necesidad, puesto que el “sentido sustantivo de que la decisión se justifica a razones que son comunes a todos” (31). Lo que Atria denomina un “reconocimiento recíproco” se produce desde condiciones de un consenso tético sin afuera. De ahí que el verdadero dilema lo encontramos en una nueva superación integral entre la “comunidad sustantiva y el formalismo extremo de la universalización” (33). Esta totalidad sin fisuras genera dos procesos polares:  la despolitización de parte de quienes desatienten las bases consensuales que orientan a la comunidad; y una demanda de politización de todo aquel al interior de la deliberación. Ciertamente, esta es la lógica de movilización total elevada a la trascendencia de un común genérico. No deja de ser un hecho curioso la convergencia con el neoliberalismo en su misión anti-institucional subjetiva: si para el mercado se trata de fabricar un emprendedor; para la política universal, se trata de fomentar una militancia activa. Desde la antropología política, Herrera nos recuerda que el reconocimiento universal es imposible, porque la propia naturaleza del ser en la realidad es de naturaleza excéntrica. Y es aquí donde recae la función de las instituciones: prever y contener de antemano el peso de las pruebas de lo real. Todo cierre comunitario es ajeno a la “irreductible inconsistencia de lo real” (40). Ese déficit propio de la moralización política no puede hacer otra cosa que domesticar la realidad, y, por consiguiente, evitar la conflictividad de lo heterogéneo. 

Herrera nos dice que la orientación del pensamiento político debe ser otra. La política debe insistir en la irreductibilidad entre comunidad y su afuera, entre las normas genéricas y la dimensión concreta de una situación, entre los procedimientos y el disenso, entre el mundo de la política y la esfera excéntrica de la existencia. Escribe Herrera: “Se requiere un pensamiento político que se percate de que no es por medio de un dispositivo consistente consigo mismo, encerrado en si mismo, que se logra comprender adecuadamente al otro a las situaciones, precisamente: a lo que es heterogéneo con todo dispositivo. Un pensamiento que atienda a que, dada la heterogeneidad entre la actividad generalizante de la deliberación publica y lo singular y concreto de las situaciones y los individuos, la consecuencia de un “reconcomiendo recíproco universal” …es una meta imposible” (42). No existe la plenitud, al menos que sea como política extática, tal y como lo fue durante el estado totalitario durante el siglo veinte. Esta política extática en un sentido thin supone la dominación vía el auto-sometimiento a un principio de gobierno substantivo. Desde luego, en en esta forma no espacio para el escepticismo, pues el escéptico como “mera presencia irrita al revolucionario” (48). Herrera no se equivoca en calificar esta racionalidad como el dispositivo de la técnica revolucionaria. Sabemos que en la tradición leninista, cualquier “desvío” de la conducta ideológica era considerara “diversionismo” de la causa eficiente. De igual modo, en el cosmos de Atria, el escéptico pasa a ser un emotivista cuyos intereses privados lo autoexcluyen de la liturgia del reconocimiento. 

El humanismo de estado deviene un espejo invertido del absolutismo de mercado. Y Herrera hace bien en notar que, dada la “debilidad de la burocracia profesional” (imaginamos que refiere aquí al estado administrativo, que, en otros contextos, garantiza una mayor densidad de la división de poderes) del contexto chileno los recursos materiales terminarían canalizados en manos de cuadros políticos-partidistas (52). No hace falta indicar cómo la forma estatal “activista”, históricamente asociada con el Welfare state, ha dado paso dócilmente a una racionalidad de costos y beneficios de la liberalización del mercado. De ahí que el rasgo más arcaico del pensamiento de Atria es suponer que la “comunidad política”, realizada en el espíritu universal del estado, sea el fin de la política. Pero ni el estado ni las instituciones pueden ser comprendidas como puntos de llegada. Y no hay porqué creer que la finalidad de la política surge de la compenetración entre comunidad y humanidad. 

La tesis atriana de la “radicalización de lo político” indica una movilización que deriva en la producción efectiva de la subjetividad, así como en la disolución misma de la política. En un importante momento del ensayo Herrera cita a Atria: “La radicalización de lo político es su superación: es llegar al reconocimiento recíproco universal, lo que implica que comunidad política y común humanidad deviene términos coextensivos” (66). El reconocimiento mediante la deliberación queda atrapado en una zona de indeterminación en la cual la política termina siendo una administración genérica de voluntades. Lo sorprendente de este marco mental es que coincide íntegramente con el esquematismo del proceso de abstracción del mercado . Así, lo político se muestra como el polo inverso de la economía. Mientras que el mercado des-jerarquiza los valores sociales; la política de la común humanidad subsume las diferencias en su coextensividad. Si la economía regula indirectamente la distribución de valores y efectos secundarios al juego de intereses; en la radicalización política asistimos al sometimiento bajo el presupuesto común. Y, si en el mercado prima la absolutización de lo intercambiable, en la política gobierna el reconocimiento como una única forma ejercer la voluntad. Pero tanto la economía como la política le dan la espalda al principio insondable de la realidad. Ambos polos promueven un monoteísmo de la forma.

En el fondo, Herrera acierta al diagnosticar que la moralización es índice de una profunda crisis hermenéutica. En primer lugar, la pobreza hermenéutica refiere a un déficit de comprensión sobre lo múltiple en todo su carácter “emergente e incontrolable” (75). En segundo lugar, la crisis hermenéutica asume una postura fideista como plenitud de la comunidad política (75). Esta postura hegemónica en la política de izquierdas tiende a favorecer la persuasión como aceptación de la dominación (80). Así, la maximización de lo político termina divorciada de la expansión conflictiva de la democracia. En uno de los momentos más llamativos del libro, Herrera transcribe un episodio en el que el propio jurista admite que la noción de “común humanidad” tiene su sostén como “confianza” y “fe” (67). Ya algunos han notado que la fe o pistis es la arcana temporal del crédito, cuya estructura dota al sometimiento de un rembolso a tiempo futuro [1]. Que esta estructura crediticia aparezca también en un liberal de izquierdas nos la medida de cómo el impasse de una hermenéutica de auto-reforma solo puede atinar a la fe de su propio autoabastecimiento (unidad o consenso). La fe liberal es una fe sin teología, pues carece de fundamentos místicos (mystique) a la vez que promueve la idolatría de “lo político” en la superación comunitaria. Como argumenta Rodrigo Karmy, el monoteísmo de Atria irradia un katechon secularizado que sutura la irreductibilidad entre el polo de las instituciones, y el polo de la dimensión apofática del pueblo [2]. De ahí su textura sacramental. En otras palabras, la fe del liberalismo consta de una especificidad litúrgica, puesto que para realizar la obra providencial de esa “coextensividad de la humanidad”, la política debe traducir el tiempo insondable de la experiencia en energía de sujeción comunitaria [3]. De ahí que la teología política no sea una divisa exclusiva del neoliberalismo, sino que es el vórtice arcaico de un liberalismo tasado como activismo de su fe. En una época de crisis de legitimidad, lo político emerge como un bloque de contención contra la creciente fragmentación y la latencia de la guerra civil. Una fe débil que termina reproduciendo y administrando los efectos de su propia patología.  

¿Ofrece Hugo Herrera una salida al impasse del pensamiento de Atria? Hacia el final del libro se explicita su horizonte al que denomina “existencia republicana” (82). Una existencia republicana que apuesta por la división de poderes, así como en la multiplicación de esferas al interior de la sociedad civil. El dilema es que estas condiciones hoy aparecen atravesadas por la ilegitimidaddel interregno actual. Es obvio que en Chile este momento ha quedado cifrado bajo la asonada de octubre de 2019. De ahí que la tarea de una reinvención hermenéutica también tendría que calibrar la manera en que categorías heredadas de la modernidad política como sociedad, ciudadano, comercio o poder constituyente han dejado de estar circunscritas a esferas de acción nítidamente diferenciadas. Una nueva hermenéutica tendría que estar en condiciones de probarse ante el límite de la antropología filosófica que, como señaló el propio Helmuth Plessner, partía de la premisa de que la nación era el horizonte civilizatorio para la actividad excéntrica del humano [4]. No sugiero que se deba hacer algo así como una “política posnacional” ni nada por el estilo, sino más bien intento llamar la atención a la configuración del principio de realidad que maneja la antropología política y que un siglo después exige descripciones mucho más complejas.

Por esta misma razón, una hermenéutica que se limite a la renovación de la antropología filosófica quedaría todavía inscrita en el espacio negativo de la tecnificación de lo político como principio coextensivo al mundo de la vida. Me gustaría, en cambio, insistir en la disyunción entre república y existencia, así como en la diferencia absoluta entre el mundo de la vida y forma política como punto de partida para librar al evento del cierre tético de lo común y de la excepcionalidad soberana. Si la antropología filosófica asume la política como compensación al estado de inseguridad; una separación de la política recuerda que todo destino singular debe medirse a partir de las formas de vidas y estilos que nos damos. Enfatizar la primacía del evento implica rebajar la formalización de una “política pertinente” que todavía orienta la elaboración hermenéutica de Herrera hacia un telos del orden [5]. Al despejar esta exterioridad desplazamos la forma política a un segundo plano. Solo manteniendo una apertura con el afuera impedimos los absolutismos morales y la sumisión a una ratio política que hoy se encuentra, ciertamente, caída a la abstracción y a los legalistas.

.

.

Notas 

1. Giorigo Agamben. “Capitalism as religion”, en Creation and Anarchy (Stanford U Press, 2019), 66-79. 

2. Rodrigo Karmy. “El dios de Atria: un apofatismo en la medida de lo posible”, en Fragmento de Chile (Doblea Editores, 2019), 94-619 (edición Kindle). 

3. Adrian Vermeule. “Liberalism and the Invisible Hand”, American Affairs, V.III, Spring 2019, 172-198. 

4. Helmuth Plessner escribe en Political Anthropology (Northwestern U Press, 2018): “For the human, all political problems lie enclosed within the field of vision of its nation because the human only exists within in this field of vision, in the random refractedness of this possibility. The interlocking of being-present and life, in which none has precedence, does not allow the human any pure realization, neither in thing nor in doing, neither in believe nor in seeing, but only the realization that it is relative to a determinate ethnicity to which it heritably and by tradition always already belongs”. 86.

5. Hugo Herrera. “Republicanismo popular y telúrico”, La Tercera, 19 de Octubre 2020: https://www.latercera.com/opinion/noticia/republicanismo-popular-y-telurico/NMAK2J65KVE2JG5LI5YXP3GEGE/

Friendship at the end of the world: On Frank Wilderson III’s Afropessimism (2020). by Gerardo Muñoz

The publication of Frank Wilderson III’s Afropessimism (Liveright, 2020) marks an important break in contemporary thought, which has been seating comfortably for too long in the pieties of identity, culturalism, and politization. One of the most immediate effects of Afropessimism is how it unmasks the way in which identity and cultural hegemonic discourses, far from constituting a different horizon of the existing cliché, actually mitigate a spectacle of devices for the domestication of other possibilities of thought. Of course, some were aware of said spectacle, but now with Wilderson’s experiential writing the allure of subaltern subject position is finally destroyed from within. Wilderson’s account escapes two routes of the witness position: that of the personal memoir that contributes to a narrative of redemption; and on its reverse, that of testimonio, which in the postcolonial debates of the 1990s solicited a politics of alliance with the subaltern voice for a new politics of truth. In this sense, Wilderson’s Afropessimism is a post-hegemonic work through and through insofar as it destroys the hegemony of the citizen-subject of Liberalism, but also that of subaltern as a mere stock in the production of hegemony. As Wilderson claims early in the book “Black people embody a meta-aporia for political thought and action”, as such, Afropessimism is a radically unstable force that brings to bear the unthought of the most predomination critical paradigms of university discourse (Marxism, Postcolonial theory, feminism) as aggregation of politics of the subject  (13-14). 

Afropessimism is first and foremost a dislocation of the toolbox of critical of theory as always already complicit with the general movement of the imperial policing of thinking. The strategy is always the same when it comes to administrating a regime of reflexive order: posit a paradigm of a subject position and then mobilize it against other subjects. There is nothing radical about this validation; quite the contrary, it coincides with the arbitrary hierarchization of values proper to Liberalism’s current designs. Wilderson wants to destroy analogy just like he wants to be done with narrative of redemption, or ethical alliance since all of these are forms of reductions of the true experience of living at the “end of the world”. This is the apothegm from Fanon that creates the apocalyptic circuit in the book. What does it mean to live at the end of the world? This the vortex of Afropessimism, the atopic site that inscribes the existential conundrum of the Black form of life. The apocalyptic “end of the world” must be read as a concrete inhabitation of life, that is, “being at the end of the world entails Black folks at their best”, writes Wilderson (40). This entails that there is no world without Blacks, but Black experience is an incessant drift at the limit of the world as captured by the entrapment of Humanity. I take it that Wilderson means that “Afropessimism is Black folks at their best” in relation to a form of life at the level of experience that is not only constitutive of sociability, but that it also an intensity that rejects any domesticating efforts into a more “democratic” or “hegemonic” civil society. Under the rule of equivalent demands, where subjects and objects are exchanged (or camouflaged in the name of “Rights”), the Black can only constitute a “social death” that breaks any equilibrium, or that sustains the hylomorphism of its others (102). This goes to the heart of the articulation of hegemony, which for decades has been the leftist horizon of a good and democratic politics, but which for Wilderson amounts to the very logistics of the democratic plantation. In an important moment of the book, Wilderson argues against the theory of hegemony: 

“In the solicitation of hegemony, so as to fortify and extend the interlocutory life of civil society, ultimately accommodate only the satiable  demands  and  legible  conflicts  of civil society’s junior  partners  (such as immigrants, White women, the working class), but foreclose upon the  insatiable  demands and illegible  antagonisms of Blacks. In short, whereas such coalitions and social movements cannot be called the outright handmaidens of anti- Blackness, their rhetorical structures, political desire, and their emancipatory horizon are bolstered by a life- affirming  anti- Blackness; the death of Black desire.” (240)

There is no hegemony that is not conditioned by a non-subject, an abyss that marks the aggregation of their equivalent subjective demands. This is why the non-demand of the Black, who has nothing for exchange, remains at the limit of hegemony, or rather what I call a posthegemonic fissure, in which democratic desire and hegemonic articulation enter into an incommensurable zone. Given that blackness is the site of “social death…the first step toward the destruction if to assume one’s position and then burn the ship or the plantation from the inside out. However, as Black people we are often psychically unable and unwilling to assume this position. This is as understandable as it is impossible” (103). This is consistent with Wilderson’s label of Afropessimism as an aporetic meta-theoretical paradigm. The question of the possibility of an experiential exodus to an outside, and not just an internal limit to the metaphysics of Humanity is most definitely one question that one could raise about its “epistemological void” as parasitical to the infinite production of subjectivity (164). It is clear that by rejecting hegemony, Wilderson also has to give up any liberationist horizon at the service of a political project committed to Black emancipation. For Wilderson the legitimacy is somewhere else: “Afropessimism is not an ensemble of theoretical interventions that leads the struggle for Black liberation. One should think  of it as a theory  that is legitimate because it has secured a mandate from Black people at their best; which is to say, a mandate to speak the analysis and rage that most Black people are free only to whisper” (173). It is a rage that one could counterpose as the opposite of the subaltern politics of truth; in order words, it is a rage experienced against the “gratuitous violence” that divides the antagonism between a singular life and the world of the state of things and its people. 

The vortex of Wilderson’s Afropessisism, however, is not just the rejection of hegemonic articulation or the benevolent solidarity as administrated domination, it is rather the emphasis of a new world caesura that he frames in this way: “…the essential antagonism is the antagonism between Blacks and the world: the centrality of Black people’s social death, the grammar of suffering of the slave…” (174). This essential conflict stages the antagonism at the level of the debates about the frontier of Humanism, for which the Black, insofar as it is a figure of the non-subject, already acts an archipolitics that frees the intensification of any politics of liberation now transfigured as a liberation from politics [1]. This archipolitics dwells in the intensification of a non-identity that is irreducible to any hegemonic fantasy that labors on solidarity, equivalency, unity, program, demand, projection. And why not, also against the democratic polity (insofar as democracy cannot be thought outside the jointing of two apparatuses of civil society renewal: citizenship and mobilization). This archipolitics of Afropessimism puts into crisis the general categories of modern political thought, I am also tempting to limit this claim to the very notion of democratic practice as previously defined. Here the “legitimacy” that Wilderson evokes is no longer at the level of a new democratic renewal – which is always within the spirit of the modern liberal design; indeed, recently some have made legitimacy and hegemony conceptual couples – but rather as a poking outside the democratic imagination, which ultimately feeds Black social death, even when sustained by the social contract of hegemonic alliances.

Is there something beyond the subjection to alliance? In other words, what if being at the “end of the world” is also the time to undue the mystification of solidarity in the name of friendship? I agree with Jon Beasley-Murray, also writing about Frank Wilderson III, that the idea should not be to win over friends, but rather to suggest that friendship is still possible flight [2]. I would go as far as to call friendship an event of thought. Indeed, friendship has no stories to tell and does not seek redemption; it also betrays normative ethics each and every time. This is not to say that there such a thing as an archipolitics of friendship, nor a political program for a friendship of community. We have enough of that in every community form. Perhaps if we accept the event of singular friendship, we can move beyond the logistics of antagonism and hostility that are constitutive of Humanity, but irreducible to the specie that confronts the destiny of the inhuman. As a great thinker of the twentieth century wrote: “there are infinite possibilities of inhumanity in each man. There is no external enemy; this is why the tragic exists. This simple maxim confirms the fundamental thought of Robert Antelme. The “no-man” in man, attentive to perfection is what allows the sedimentation of the concentration camps. […] Friendship for me is not a positive thing nor a value, but rather a state, a multiplication of death, of interrogation, a neutral site where I can sense the unknown, the site where difference only expands in the place of its contrary – in proximity to death” [3]. One question that must accompany Wilderson’s formative book is whether the “spirit of friendship” with inhuman can be something like solace without redemption at the end of the world. Friendship could be understood here as the marker for the disunification of forms of life outside the condition of hostility without falling into nihilism. At the point, perhaps psychological categories such as optimism or pessimism now lose their relevancy as forms of life realize that they are already dwelling at the of the end of the world. 

Notes

  1. The conceptualization of Afropessisism as an archipolitics I owe to Alberto Moreiras. See his note “Whiteness and Humanity”, July 2020: “https://afropessimismandinfrapolitics.wordpress.com/2020/07/07/whiteness-and-humanity/
  2. 2. Jon Beasley-Murray. “Afropessimism”, July 2020: https://posthegemony.wordpress.com/2020/07/06/afropessimism/
  3. Dionys Mascolo. En torno a un esfuerzo de memoria: sobre una carta de Robert Antelme. Madrid: Arena Libros, 2005. 57. The translation to English is mine. 

Comentario a la segunda sesión de “¿Separación del mundo: pensamiento y pandemia?” en diálogo con Álvarez Solís, Björk, y Karmy en el 17/Instituto. por Gerardo Muñoz

La segunda sesión de la serie ¿Separación del mundo: pensamiento y pandemia?” trajo excelentes intervenciones de Mårten Björk, Ángel O. Álvarez Solís, y Rodrigo Karmy. No necesito resumir aquí los argumentos expuestos que pueden leerse en el cuaderno de la Editorial 17. Lo que me gustaría hacer, en cambio, es diagramar lo que considero que fueron los tres acuerdos transversales desde los tres estilos. Estos tres acuerdos me parecen que fueron algo así como la fuerza diagonal de la sesión, y de momento creo que solo falta hilarlo con lo discutido en la primera sesión de Moreiras y Alemán. Sin más dejo los tres acuerdos y termino con un breve decálogo de las tesis que me parecieron las más fecundas para un futuro desarrollo.

i) Ya no estamos en una época organizada desde un principio hegemónico. Esta tesis creo que atravesó las tres ponencias desde diferentes ángulos: para Rodrigo Karmy se trata de la crisis de la forma entre exterioridad e interioridad que la nueva técnica cibernética produce en sus operaciones capilares de administración en tanto que nueva fase de control. Para Mårten Bjork, el fin de la hegemonía coincide con la crisis del motor de la “producción” de la civilización occidental tal y como la hemos conocido a lo largo de la modernidad política y la “historia de la lucha obrera”. Finalmente, para Álvarez Solís, el fin de la hegemonía signa la imposibilidad de un principio de conducción en la polis, que ahora es incapaz de responder de la stasis del mundo. Como me gustaría señalar en mi intervención de próximo lunes, lo que falta aquí es lo que “viene después”. Pero no en un sentido temporal. Pero si el fin de la hegemonía como “principio presencial” está en ruina, entonces debemos pasar a una impronta posthegemónica que asuma la crisis de los principios y de lo que Alemán llamó en la primera sesión el “fin de las demandas”.

ii) La crítica de la economía política es insuficiente, necesitamos una destitución de la metrópoli. En esta tesis creo que se produce un paso importante de las posturas convencionales de la izquierda contemporánea; una izquierda que sigue subscribiendo el produccionismo propio de la economía política y de las “formas”. En realidad, como dijo una vez Lytoard, lo importante no es hacer una “crítica” de la economía política, sino pensar como salir de ella. Como subrayó Bjork, la hegemonía del siglo veinte siempre estuvo atada a un mecanismo de identificación del proletariado con la producción. Si esto fue asi, ¿qué sentido tiene seguir hablando de un horizonte hegemónico o de una ‘crítica de la acumulación’? Esto paraliza. ¿Por qué, entonces, la metrópoli? No se trata de una mera polémica entre la corte y la aldea, o entre el “campo y la ciudad”, como lo ha traducido cierto zapatismo comunitario; la crítica de la metrópoli tiene que venir acompañada de una destitución de los aparatos. En realidad, la metrópoli es la topología cibernética de la reducción del mundo. Pero como subrayó Álvarez Solís, este problema es el dilema mismo de la filosofía, puesto que ningún pensador jamás ha sido amigo de la ciudad. El polemos siempre ha consistido en una verdad contra la ciudad. Rodrigo Karmy se ha referido a la destitución de la metrópoli como un problema que debe atender a los “marcadores rítmicos”. Al final, el nuevo ciclo de revueltas experienciales (no revueltas de la multitud y de la ocupación, esto es, de las revueltas télicas) es que ponen la medialidad de las imágenes antes que el cálculo de los fines. Esto ya prepara otra ciudad, o bien, lo que yo referí como una kallipolis, puesto que la belleza es una fuerza más destructiva (archi-destructiva) que los fuegos callejeros contra la “moral de los bienes”. El lugar de los poetas ahora indica una enmienda al platonismo.

iii) La existencia es más fuerte que el sujeto. Abandonar el sujeto es dejar atrás una de las falsas puertas de escape del humanismo metafísico. Ya sea la proliferación de la imaginación (Karmy), la liberación de las apariencias hacia su afuera (Álvarez Solís), o la vida de las entidades no-existentes (Björk), en las tres intervenciones vimos un claro esfuerzo por ir más allá del embudo del sujeto, lo cual implica abrir una plano de transformación del orden mismo de lo político. O tal vez ir más alla del límite de lo político, y pensar otra cosa que política. A ese umbral le podemos llamar infrapolítica o una política poética. En la conversación echamos de menos una tematización directa sobre qué implicaría esto, sobre todo a partir de algo que Karmy enfatizó: “La revuelta es siempre, en cada caso, una revuelta en el pensamiento”. ¿Es esto algo asimilable a lo que Heidegger llamaba un giro en el pensamiento, o lo que Dionys Mascolo llamó una vez un “comunismo del pensamiento”? Aquí se juega la pregunta por el “afuera” que, desde luego, no puede ser reducida a las determinaciones espaciotemporales. Tal vez todo esto se conecta con la región “existencial” a la que aludía Moreiras en la primera sesión.

Estos tres nervios me parece que explicitan las apuestas de la conversación, así como el trabajo futuro de la reflexión existencial. Obviamente que lo que interesa no es generar un nuevo consenso, lo cual supondría caer una vez más en el cierre hegemónico, sino abrir a formas nuevas de pensamiento desde sus respectivos estilos. En este sentido las siguientes tesis me parecieron las más productivas en cuanto a un desarrollo mucho más pormenorizado que el que tuvo en la sesión:

  1. El fin de la hegemonía no solo significa que ya no podemos ordenar el mundo en un principio de legitimidad (un “fantasma hegemónico”, diría Schürmann), sino que también implica ir más allá del régimen de “supervivencia” del vitalismo contemporáneo, como el que representa la “this life” de Martin Hagglünd.
  2. La cuestión del ‘afuera’ reaparece como vórtice o “punto omega” contra la tecnificación metropolitana. Es lo que el filósofo argentino Fabián Ludueña llama el “eón de lo póstumo” de lo no-numérico. Si queremos pensar contra el laboratorio Silicon Valley, tenemos que pensar el fin del número y de la probabilidad como nueva ciencia del gobierno.
  3. Junto a la “soledad: común” necesitamos el suplemento de la “felicidad: común” (Álvarez Solís); una felicidad que ya no es felix culpa como mal menor, sino un orden de lo bello y nuevo encantamiento. Tal vez sólo desde ahí podríamos hablar de una ciudad transfigurada.
  4. El regreso de la teología indica una turbulencia para el pensamiento. Ya no interesa la tan predecible estrategia de la “deconstrucción del cristianismo” que no lleva a ningún lado, sino extraer las consecuencias de una teología que pone en jaque el régimen de la reducción de la existencia en la “mera vida”.
  5. Necesitamos pensar la amistad por fuera de una “política de la amistad”. Y necesariamente contra la crisis de la democracia liberal.

 

A New Priest: Notes on Gramsci’s Pre-Prison Writings. by Gerardo Muñoz

While reading the articles of the young Antonio Gramsci (penned from 1914 to 1920) it becomes evident that he was a keen observer of the historical and geopolitical reality of his time. Gramsci was a realist thinker but of a strange kind. The emphasis on “faith”, for instance, runs through the articles conforming a providential design of history. There are many “entities” that incarnate this providentialism: the Party, the transitional state, the proletarian culture, the organizational discipline, and the productionism of the working class. In fact, all of these subjects are vicarious and obedient to historical developmentalism. In a way, Gramsci appears as a “new Priest” (humanist, Hegelian, and providential) rather than a “new Prince” (Machiavellian, contigent, desicionist), which has become the gentle image through which he is remembered today. The 1914-1920 newspaper articles are filled with theological deposits, but I will limit these notes to three subdivisions, which do not exhaust other possible combinations.

  • The Party. The conception of the “Party” is understood by Gramsci in the same way that official authorities of the Church understood the providential mission; that is, as “the structure and platform” for salvation. But it is also a subjunctivizing apparatus that demands submission and supreme cohesion under a party-culture. For instance, in “Socialism and Culture” (1916) he writes: “Culture is something quite different. It is the organization, the discipling of one’s inner self; the mastery of one’s personality, the attainment of a higher awareness, through which come to understand our value and plea within history, our proper function in life, our rights and duties” (9-10). So, for Gramsci, it is through the energic investment with the Party that one “becomes master of oneself, assert one’s own identity, to enter from choke and become an agent of order, but of one’s own order, one’s own disciplined dedication to an ideal” (11). In the same way that official Church administered the “soul” through a regulatory exercise of “sin”; Gramsci’s conception of the Party is limited to an administration of “revolutionary energy” vis-à-vis discipline and sacrifice in the name of an objective ideal of “philosophy of history”.

 

  • Faith. The notion of faith in Gramsci is intimately intertwined with History. To have faith is to “transcend” the otherwise empty void of History. In this well-known theological conception, faith is the force to have true “objects of History”. The object here means two things: both the intention and “end” to carry forth the revolutionary process. But faith here is nothing like the “knight of faith” who stands beyond the ethical and universalist positions. On the contrary, faith is always a communal faith of believers, whose are the resilient militants of the communist idea. As Gramsci says clearly in “The Conquest of the State” (1919): “And it must be ensured that the men who are active in them are communist, aware of the revolutionary mission that their institution must fulfill. Otherwise all our enthusiasm and faith of the working classes will not be enough to prevent the revolution from degenerating wretchedly…” (114). Or as confirmed in “History” (1916): “Our religion becomes, once again, history. Our father becomes; one again, man’s will and his capacity for action” (14). We see the double movement produced by the apparatus of “faith”: it unifies under a command (the Party), but it also instantiates an objectification to cover the void of History. Indeed, “life without an end’ is a ‘life not worth living”, says Gramsci. This particular instrumentalization of faith legitimizes the struggle against the bourgeois cosmos.

 

  • Order. Throughout these articles the defense of order is quite explicit. It is in this point where Gramsci comes closer to upholding a political theology that transposes the principles of liberalism unto “socialism”. He writes in “Three Principles and Three Kinds of Political order” (1917): “And the socialist program is a concrete universal; it can be realized by the will. It is a principle of order, of socialist order” (25). There is never a substantive idea of “order”, in the same way that there is no clear “transformation” of the state once the state has been occupied and functional to “administrating”, “managerial”, “productive systematization”, “vertical planning’, and “coordinating functions” (“The Conquest of the State”, 113). Gramsci goes as far as to say that “the proletarian state is a process of development…a process of organization and propaganda” (114). And although he claims that it is not, the occupation of the state is a pure “thaumaturgic” act pushed by the community of believers. Isn’t someone like Álvaro García Linera today a faithful follower of this strategy?

So, in this early Gramsci I find a priest rather than a modern prince. A priest driven by a substantive and coordinated theological effort to establish a voluntarist and teleological dogma for historical change, which really does not differ much from the principles of modern Liberalism and its potestas indirecta. It is interesting that in the last issue (1977) of the mythical Italian journal L’erba Voglio, there is a small satirical portrait of Gramsci dressed as a bishop with pen in hand, which speaks to the theological garments of Gramscianism well into our days. But the problem is not theology; it is rather that it is a theology of submission organized around order, reproduction, and history as idols in the name of consented domination.

Finally, I could very well imagine that some could rebuttal these theological imprints by claiming that this is only early Gramsci, and that things change later on. I am not too sure about this. It seems that this heuristic claim is analogous to Kafka’s “Leopards in the Temple” parable. In other words, isolating an “early” from a “late” Gramsci becomes a general ceremony to save the philosopher in spite of himself. But this is a self-defeating maneuvering from the very start.

 

 

*Image source: from the magazine L’erba Voglio, N.30, 1977.

Rough Notes on Antonio Gramsci’s Pre-Prison Writings. by Gareth Williams

  1. What Gramsci is, or appears to be:
  2. “Gramscianism” (here between October 1914 and June 1919) is an orthodox humanist Hegelianism.

Gramsci’s geopolitical world comprises Turin, Italy (as object of political commentary and an under-developed ethical state-form), Germany (as ethical state-form), England (as ethical state-form), France (as ethical state-form), and Russia (as revolutionary process and challenge to the previous ethical state-forms).

  1. The overall dispositive of writing in these pages is comprised of three essential historical determinations:
  • World War I:  shifts in the extension, dimension, and form of the capitalist mode of production.
  • The Russian Revolution, as apparently the least suitable (“Anti-Capital”) of environments for revolution. And yet . . .
  • The understanding of “socialist history” in relation to organization, consciousness, and the regional/national conditions of the capitalist mode of production, the coming revolution etc.
  1. The last of these three (c) is perhaps the most important for reading pre-prison Gramsci, since it leads to the question of how, and whether, Gramsci comprehends historicity in general, and the historicity of capitalism in particular. At this point there are a number of questions and problems herein, which Gramsci himself extends, naturalizes, and does not resolve.
  2. Why? Because he is a card-carrying orthodox Hegelian who puts the cart of Absolute Spirit (that is, his conclusions; the coming into being of the revolutionary dialectic of consciousness) before the horse (of historicity, or of analytic method etc). He does this in the name of objective commentary, knowledge, and therefore science. Socialist history remains internal to the dialectical relation between knowledge and Spirit; it is this enclosure and presupposition that establishes the “actuality” of the ground of his thinking, and also the idea that socialism, or communism, raise political thinking to the level of science. Absolute Spirit is the presupposition and structuring principle of Gramsci’s understanding of the entirety of Enlightenment history and of the coming politics. But does this not mean that Gramsci’s understanding of history is in fact groundless, or at the very least, myopic? Gramsci, like Hegel before him, and, indeed, like Marx to an extent, had already decided in what direction history was flowing and why.  “Spirit” is the moving forward of the new shape of the new era.  It is this glaring contradiction alone—between the claim to method and having decided on a prior conclusion regarding finality, or Absolute Spirit—that informs Gramsci’s understanding of a socialist epochality. While the proletariat is the determined negation of the bourgeoisie, the dialectical passage by which the proletariat ceases to be merely a negation of the bourgeoisie and becomes entirely Other is never really elucidated, other than by claiming the absolute reconciliation of the State-society relation at some point in the proletarian overtaking of the State and the full achievement of consciousness; the entirety of humanity coming into its own (humanity achieving its destinal completion). The signifier “Russia” is almost itself a stand-in for this constitutive lack, or absence.  As a result, the proletariat as the determined negation of the bourgeoisie is the positive content of (bourgeois-socialist-communist) progress in the direction of Spirit. The proletariat in the unfolding of its consciousness is the “not that” of the bourgeoisie; it is the bourgeoisie’s inverted positive, which, in Hegelian terms, could only ever be recognized as such from within the bourgeois dialectic of recognition, the dialectic of Lord and Bondsman in which both are recognized by the other, in their self-consciousness.

This is the heart of both Hegel and Gramsci’s essentially topological imagination (topos of recognition, the proximity of the common, friend-enemy relation etc; question: how could planetary revolution be imagined from within such a topological imagination?). One is left wondering, moreover, how a “true” revolution can be created by the dialectic of an inverted positive alone (again, the mere signifier “Russia” might appear to stand in as the resolution for that problem [?]). This might be why “true” revolution appears to be akin to the collapse of all mediation itself, in the name of “reconciliation”, or “Spirit” as the unity of all the different independent self-consciousnesses which, in their unification, enjoy perfect freedom and independence via the I that is we and the we that is every I (however, a world in which both I and Other disappear, it might be said, is no world; the world of absolute spirit can only be no world, because it has no movement). “True revolution” is the vanishing of mediation itself that has come about, somewhat mysteriously, via the (disciplined, disciplinary, moral) desire for absolute mastery. Is this a desire for an objectless world? To be master in the absence of the object—of the Other—? Can such a thing be possible? Obviously not. No language is given to the status of the object within the epoch of the collapse of all mediation, which is also referred to as “perfection”. From with the advent of “true revolution”, how could anything be grasped, dialecticized, actualized? Can there be a world in which the object—the Other—has no status? And yet Gramsci says that this arrival is inevitable, underway, realistic, already in the process of coming into being in consciousness.

  1. What Gramsci is not (or at least, not yet):
  • He is not a thinker of value, of surplus value, of commodity fetishism per se. He is a thinker of exploitation of the masses by the capitalists, and the place/role of these groupings in the overall terrain of national politics. Capital Volume I does not appear to be here in any specific way, though the Manifesto clearly is (perhaps excessively so).
  • He is not a thinker of anything that might be behind, beneath or beyond consciousness. He maintains no critical, or even agnostic, relation to the cogito. The proletariat exists internally to the epochality of the bourgeois cogito, as its negation. By definition, the proletariat does not think for itself (yet). Gramsci is a thinker of the proletarian amelioration of the cogito, but the cogito itself remains untouched. His thinking appears to be profoundly Cartesian (I think, I am).
  • He is not a thinker of language, of the signifier, metaphor, or of metaphor’s limits or decomposition(s)
  • He is not a thinker of the drives. Rather, he is a moralist. A thinker of the law, of mastery.
  • He is not a critic of “police thought”; on the contrary, “emancipation” is a variant manifestation of the police (discipline, order, morality, confession, self-other improvement, single-mindedness, organization of the army of the masses etc)
  • He is not a thinker of the decision
  • He is not a thinker of the relation between capital and the body; of gender; sexual difference (there is no reason to expect him to be so either).
  • He is not a thinker of the economy.
  1. Up to now, is there anything here to be salvaged for 2020, a “Gramsci for our times”?

Reality, or the social, is exactly the same at Gramsci’s point of departure in any given writing as it is at the point at which his thinking lands again at the end of any given writing. The real itself remains unquestioned. Perception remains unquestioned (faith in the cogito). In this sense, he is a 19th century realist thinker of the political, or, rather, he would be, if it were not for his faith in the Hegelian dialectic of Spirit. He is an astute commentator of the political conditions of his place and time.  But I cannot yet see anything for our times, since, as said at the beginning of these notes, Gramsci is an orthodox humanist Hegelian, a thinker of humanity’s movement in the historical direction of Absolute Spirit.  What we now comprehend as the modern historicity of capitalism itself circumvents Gramsci’s understanding; his secular faith in modern history—in temporality itself—as the bourgeois-socialist-communist teleology of human progress and development is unconvincing, though it remains the structural principle of his reading, and understanding, of both history and capital before, during, and in the wake of World War I and the Russian Revolution.

Un comentario al diálogo radial de Alberto Moreiras en “Dublineses”. Por Gerardo Muñoz

En el último programa radial “Dublineses” que Ángel Octavio Álvarez Solís y sus colegas coordinan desde la Ibero 90.9 participó Alberto Moreiras, cuya intervención quisiera desglosar en estos apuntes por al menos dos razones. Primero, porque algunas de las ideas de Alberto continúan la conversación de estas semanas, a propósito de la cuarentena o confinamiento de la pandemia del coronavirus. Y, en segundo lugar, porque algunas de estas tesis contribuyen a una conversación que tendrá lugar próximamente con una serie de colegas quienes intentan pensar la frágil composición de este momento. Ángel partió de una primera nota de Alberto sobre el “siniestro sosiego”  del confinamiento. Lo siniestro – e imagino que muchos en Estados Unidos dirían lo mismo con excepción de aquellos que viven en metrópolis – no hace otra cosa que explicitar el grado extremo de confinamiento en el que ya se vive hoy día. Yo mismo con frecuencia me he preguntado cómo es posible vivir en tal grado de alienación de la especie. Obviamente, a mayor grado de alienación, mayor rango de compensaciones. La cuarentena, en primer lugar, devela el déficit de posibilidades de encuentro. Y la extención va imponiendo su ritmo. Alberto recuerda que, como en el famoso relato de Edgard Allan Poe, los confinados abrazan la solidaridad, pero con el paso del tiempo las tensiones van incrementando, el hostis comienza a ganar espacio, y la angustia se desata. El espacio de comunicación compartido deviene un silencio ominoso. Ya lo estamos viendo con nuestros allegados o conocidos. ¿No es aquí donde se mide la amistad– esto es, en la posibilidad de un intercambio que no es ni hostis pero tampoco silencio sepulcral? Y así las cosas esenciales vuelven a su lugar: la amistad, el pensamiento, lo que has amado. Todo lo elemental cobra un nuevo fuego.

Alberto recuerda una reciente intervención de Jorge Alemán en su canal “Punto de Emancipación”, donde el autor de Soledad: Común (2012) habla de una “separación del mundo para volver al mundo”, En efecto, lo que se expone no tiene nada que ver con una potencia de la ‘interioridad’, sino con una exterioridad con respecto al mundo. Solo ahí puede aparecer la tonalidad de la “vida verdadera”. (Algo de esto he anotado al releer, después de casi una década, la novela Point Omega (2010) de Don Delillo: “The true life is not reducible to words spoken or written, not by anyone, ever. The true life takes place when we’re alone, thinking, feeling, lost in memory, dreamily self-aware, submicroscopic moments” (p.17)). Y toda esta temporalidad ciega, como le llama Delillo, ahora despeja la constante bulla de los “administradores y los metafísicos de las intelligence agencies”. En efecto, despeja todos los discursos del saber. No sabemos que pueda acontecer en esta crisis. En efecto, no estamos en condiciones ni tan siquiera de saber si es un acontecimiento.

Ángel le pregunta a Alberto sobre el 11 de septiembre del 2001. Alberto recuerda como en los debates de aquel año la izquierda académica le concedía poca importancia histórica. Recuerdo aquí lo que Eric Hobsbawm repetía con sorna: ¡Pero si es que Nueva York no se paralizó ni por 48 horas! La izquierda siempre llega tarde a la comprensión de los acontecimientos; tal vez porque siempre está pensando fijamente en como producir uno mediante la “toma del poder”, cuando es justo ahí cuando los problemas importantes comienzan. Lenin o Laclau no tenían una sola idea de la institucionalidad, aunque sí muchos croquis de la técnica de la usurpación. Bien, ¿puede ser la actual pandemia del covid-19 un acontecimiento en un sentido fuerte de época? Puede haber varias posibilidades aquí:

  1. Puede ser un acontecimiento negativo – como en efecto indicó Alberto. Un acontecimiento que, como el 2001, recrudezca todos los aparatos de extracción de lo social. Yo también pienso es la hipótesis para considerar dado el dominio fáctico de la hipótesis cibernética.
  2. Puede ser que sea un acontecimiento en el sentido civilizacional de extinción de la especie. Esta es la tesis que el pensador francoitaliano Jacques Camatte ha compartido con algunos de nosotros (traduzco su carta aquí), y que, en realidad, sería un acontecimiento parcial en la medida en que ya estaba anunciado dentro del propio devenir de la errancia del humano una vez entregada a la antropomorforsis del capital.
  3. Y, en tercer lugar, puede que sea un acontecimiento que permita una regresión de tipo antropológica, y así “salvar” las mediaciones entre la especie y la naturaleza. Camatte entiende esto como una “inversión”, la cual solo se alcanzaría mediante una destrucción de los modos de producción y a la vuelta a una proximidad con el mundo natural. Es la más improbable.

Alberto recuerda que Alain Badiou, en un seminario de los 90s, insiste que el gran desastre de la política en el siglo veinte fue el estalinismo en tanto que espacio de totalización de la politica. Y es muy probable que, además de los tres primeros puntos, haya entonces también un cuarto: un repliegue a una noción tética de comunitarismo. Un comunitarismo que compartirían tanto la izquierda como la derecha. Toda la exaltación de los balcones como “espacios de resistencia” en España tiene un lado siniestro, ya sea porque genera un control “comunitario” que se impone a nivel de cuadra (vigilancia popular le llamaban a los “Comités de Defensa de la Revolución”, en la Cuba revolucionaria), o bien por la propagación del virus desde la euforia colectiva. Sin embargo, desde la derecha, estamos viendo el ascenso de programas fuertes ligados a la comunidad, al “bien-común” de la tradición tomista de la “persona”, y al soberanismo policía como nuevo “principio regulador”. Creo que Alberto estaría de acuerdo si digo que el comunitarismo es una batalla perdida para la izquierda, porque tendencialmente es hoy una fuerza de conservación civilizatoria; más verticalista que democrática, más a la derecha que a la izquierda. Una salida comunitaria, por lo tanto, es una salida de conservación de las ruinas civilizatorias.

Alberto aludió a una salida posible, contra los comunitarismos, que pasaría por un modelo tipo “New Deal” impulsado por FDR. Sin embargo, para mi esto no es imaginable en la medida en que ya no estamos en la época del fordismo, lo cual impide una recentralización de la acumulación en correspondencia con la expansión de los derechos sociales. En segundo lugar, si estamos ante crisis de élites que carecen del más mínimo programa de “responsabilidad cívica”, entonces, como ha visto Peter Sloterdijk es casi imposible que puedan ser forzadas a pagar al estado (de ahí que Sloterdijk trabaje desde la interesante hipótesis de una “fiscalidad voluntaria”), porque justo la mediación estado y mercado es lo que se ha fisurado. Por otro lado, también estaría la pregunta si la “lenta muerte” del estado del bienestar es una “traición” a los propios principios del liberalismo, o, al contrario, una consecuencia necesaria de los mismos. Por eso creo que el liberalismo debe ser pensado aquí, tanto contra su polo libertario (neoliberal, o desregulado), pero también contra su polo “activista moral” (estado de bienestar, con una regulación burocrática cost & benefit). Hay que reinventar otra forma de la convivencia, donde la democracia sea otra cosa que un reparto del botín entre sus partes. ¿Pero es posible esto todavía?

Tampoco se trata de negar la política, matizó Alberto. Lo que en estos años se ha llamado “infrapolítica” es la condición impensada de como entrar en la política, más allá de sus cierres comunitarios o biopolíticos; más allá de las piedades voluntaristas de la razón militante, y por supuesto, más allá del gramscianismo y de la teoría de la hegemonía. La politica hoy es “estrechamiento de la experiencia”, afirmó Alberto. Sin embargo, cuando “todo es político” se cae en el abismo mismo de la anti-política. Pero la pobreza de la experiencia hoy lleva a esa noche donde todas las vacas son negras: todo es política, y la política es Todo. En realidad, es un círculo policial, como dice Lacan en el seminario sobre el sinthome.

Este marco mental es el que ha cerrado al pensamiento la posibilidad de otras “las condiciones materiales de existencia”. Cuando solo hay militancia no hay experiencia, porque el tiempo del mundo de la vida es lo que sobra. Así, posthegemonía sería el nombre para romper contra una imagen del mundo que sostenga a la política como compensación ante la falta de tiempo de vida. La posthegemonía deja una brecha abierta entre el mundo de la vida y el diseño general de la organización social. Nadie puede organizar un infinito, y es por eso que su temporalidad es trágica.

El problema con la política comunitaria es su fuerza balística de inventar destino; cuando sabemos que lo más importante es el establecer un camino. Hay un cuadro reciente de la artista italiana Mónica Ferrando que representa un pasaje zigzagueante en medio de un fondo negro que se abre un cono de Toscana. No sabemos muy bien a dónde nos remite, pero despeja una separación en el espacio que hace mundo. Al final la separación no tiene que ser un esfuerzo por el “climb the lookout”. Al contrario, es lo que encontramos en lo más próximo, lo que está a la mano, lo inaparente, en la región oscura del no-saber. En el desierto no hay comunidad, sino olvido del nombre, dice Alberto. Seres cualquieras. Para mi todo esto abre a cómo pensar otra forma de habitar irreductible a la “victorias del espíritu de la libertad” que hemos heredado de la modernidad política. Es hora de salir de este sentimiento que puede parecer ahora seductor. Y sobre todo muy seductor para el poder una vez que el confinamiento haya cesado.

 

*imagen: Monica Ferrando, “Paesaggio perduto III, Campi-in-Toscana, olio su tela, 2019.

Nota sobre el “centrismo” de Carlo Galli. Por Gerardo Muñoz

Varios amigos que estimo han reaccionado con algo que dice Carlo Galli en el intercambio. El momento en cuestión es el siguiente: “Una democracia carente de un centro político y de la capacidad de analizar sus dinámicas y de poder responder a ellas, se encuentra a la merced de cada crisis y de cada amenaza.”

Es cierto que es una sentencia que no escatima su buena dosis de schmittianismo. Pero en ningún caso es reducible a “filosofía política ni al “acuerdo consensualista”. Al contrario, es  todo lo que le antecede: la energía misma de la política. En otras palabras, es la mirada realista en torno al poder. La filosofía política tradicionalmente ha sido un deber-ser y una teoría de la jurisprudencia (como dice J.G.A. Pocock); mientras que la teoría del consenso se ha expresado como parlamentarismo de lo neutro. (En Estados Unidos, por citar una de las “democracias residuales de Occidente”, no es difícil imaginar cómo sería la política si no existiera el Congreso).

¿Qué es el centro? Obviamente, el centro nada tiene que ver con lo que hoy entendemos por “centrismo”, esa forma más o menos grotesca de apoliticismo. No quiero hablar por Galli, pero mi impresión es que un centro político es la capacidad de actuar en el momento en el que somos arrojado al espacio volátil de lo político. Yo no pondría el acento en “crisis” ni en “centro”, sino en amenaza o riesgo. Dicho en otras palabras, la política siempre se da en función de la naturaleza del riesgo que, por su parte, abre el conflicto.

Esto es lo que yo llamo la postura madura. Y ese es el an-arcano de todo centro. La asignación de una habilidad debe tener presente que el riesgo se genera no sólo en el contenido de las precauciones, sino también en el diseño que se elevan para contenerlas. Ya si Carl Schmitt representa la postura madura o una decisión decidida de antemano (‘el mandato es lo primero, luego vienen los hombres’, como dice en el temprano Aurora Boreal) es otro tema.

Notas sobre “Pensiero e Politica”, una ponencia de Mario Tronti en La Sapienza, Roma 2019. Por Gerardo Muñoz

En las notas que siguen quiero dejar registro de algunos de los movimientos de una ponencia que pronunció hace algunas semanas el filósofo italiano Mario Tronti en La Sapienza. La intervención de Tronti titulada “Pensiero e Politica”, trata de un central de nuestro tiempo: la crisis de la economía entre pensamiento y acción. Desde sus inicios, la revolución copernicana del operaismo de Tronti fue capaz de mostrar algunas de las contradicciones internas de la filosofía de la historia marxiana en el momento de la descomposición de la clase obrera. Las tesis de Tronti son, de algún modo, una continuación revaluación de aquel desplazamiento paradigmático.

En efecto, Tronti arranca con la indicación de que habría una diferencia abismal entre pensamiento y filosofía. La filosofía política es siempre historia de las ideas, mientras que el pensamiento trata de relacionarse con la política porque su movimiento es siempre colindante con la contingencia de la Historia. Por lo tanto, pensamiento y política  remite a la economía del pensar y de la acción. La política, dice Tronti, siempre tiene que ver con un proyecto, y por eso siempre remite a un cálculo. En efecto, el modelo revolucionario insurreccional de los setenta tenía esta carga de lo que pudiéramos llamar “idealismo activo” (mi término, no de Tronti): se inventa una idea, luego se la aplica, y entonces se llega a la emancipación. Si pensamos en la guerrilla, por ejemplo, vemos que simplemente se trató de un esquematismo idealista. Tronti resiste fuertemente esta ingenuidad con la que la izquierda pensó la política a lo largo del siglo veinte. Esa politicidad, en realidad, fue solo una metafísica idealista.

En cambio, para Tronti debemos acercarnos a la política como movimiento abierto entre pensamiento y acción. Para Tronti, política es una determinación primaria que está por encima del pensamiento y de la acción. Ya hemos visto que la acción sin pensamiento es idealidad, y pensamiento en solitario es un pensamiento apolítico. Tronti prefiere nombrar política la región donde pensamiento y acción se conjugan. Aquí recurre a una imagen muy interesante de Babel: “la curva de la línea recta de Lenin”. Esta es una imagen de la política. Esto significa que el trabajo de la política es estar en condiciones de atender a la contingencia en el devenir de la Historia. No nos queda muy claro que la ‘Historia’ sea un depósito de la acción, o si, por el contrario, la crisis de la acción es un efecto del agotamiento de la transmisión histórica que se devela tras el fin de la Historia.

A Tronti le interesa mantener una separación abierta entre pensamiento y acción. Otra imagen la provee Musil: necesitamos una “acción paralela”. Ese paralelismo en política es lo que sostiene un movimiento sin síntesis que hace posible la eficacia del pensamiento en la acción. Tronti cita al Kojeve del ensayo de la tiranía, quien mostraba que ideas filosóficas nunca pueden ser categorías de mediación para la realidad. Cuando una vocación política se ejecuta desde ahí, se cae rápidamente en la tiranía. Digamos que ese ejercicio es un desvío absoluto en la inmanencia.

Una confesión interesante de Tronti es que admite que, a lo largo de toda su vida, se ha interesado por entender cómo ha sido posible que la “idea” del marxismo no haya podido limar al cosmos burgués. Tronti da una respuesta preliminar: mientras que el marxismo se limitó a tener herramientas ajenas a la realidad, el pensamiento conservador siempre ha estado abierto al “realismo”. Por eso dice Tronti que la tradición revolucionaria siempre tuvo un déficit de “instancia realista”. Esto es una crítica no sólo a los modelos revolucionarios, sino también a los las formas contemporáneas. La idealidad izquierdista es perfectamente asumible por el capitalismo contemporáneo, pero sin transformar un ápice de la realidad. La idealidad es concepto hueco, es arqueología, o mandato político. Pero sabemos que solo la mala política es una política reducible al mandato. Por otro lado, las “revueltas expresivas” pueden encandilarnos en un momento , pero tampoco nos colocan en la interioridad del enemigo. Tronti: las revueltas no ya no llevan a nada.

Aquí Tronti da un giro hacia Schmitt: conocer al enemigo es conocernos a nosotros mismos como forma (gestalt). Esta es la lección que Schmitt aprende del poeta de la aurora boreal. Como nos recuerda Tronti, esta operación también la encontramos en Marx: generar la gramática de la economía política con el fin de conocer mejor arquitectónica del sistema. Sin embargo, hoy estamos en el crepúsculo del l’ultimo uomo que es un derivado del homo economicus del Humanismo residual de la Técnica, cuya gramática general es el valor. Por lo tanto, todo radicalismo político (de una vanguardia, pero no solo) es insuficiente. Y es insuficiente porque no crea destino, ni enmienda la relación entre pensamiento y acción. Estamos, en efecto, en una instancia anárquica.

¿Qué queda? Tronti piensa que hay otra opción: la posibilidad de generar formas irreversibles en el interior informe del capitalismo. Ese movimiento paralelo es el movimiento irreductible entre pensamiento y acción que jamás puede ser “unitario” (y cuando coincide es en el “estado de excepción”, dice Tronti, en una crítica explicita a Agamben). El pensamiento en soledad no es político, mientras que una política de la “idea” carece de realidad. Tronti reconoce que el viejo registro de la “filosofía de la praxis”, ha explotado por los aires, por lo que hay no hay proyecto concreto de emancipación. Hay que apostar por un pensamiento abierto a la realidad, ya que en la realidad la política se abre a su energía volátil y conflictiva. Tronti recuerda que la distinción amigo-enemigo de Carl Schmitt no tiene que ver con la aniquilación de un enemigo (ese es el proyecto del Liberalismo Humanitario). Al contrario, Schmitt busca darle dignidad al enemigo al interior del conflicto.

Para Tronti, esta condicion nos ayudaría a ir más lejos. En realidad, nos pondría de frente a la permanencia del mal que siempre padece la política. Hoy, sin embargo, el mal solo se reconoce como administración de sus efectos. Si la política es separación es porque la separación es siempre diabólica. Para mi sorpresa, Tronti dice que la historia del marxismo hubiese sido radicalmente distinta si Marx, en lugar de haber escrito las “Tesis sobre Faeurbach”, hubiese escrito “Las tesis sobre Kierkegaard”. Puesto que Kierkegaard pudo penetrar la condición “demoniaca de la política”. Cada político tiene que lidiar con el demonio, el cual, aunque Tronti no lo diga, es también su daimon. De esto sí que podemos aprender mucho de Max Weber. Estamos ante la dimensión trágica de la política que el marxismo jamás tomó en serio. O al revés: lo tomó tan serio que lo tradujo en “ciencia”.

No haber comprendido lo demoniaco en la política permitió hiperbolizar la acción sobre pensamiento sin mediación con la realidad. Pero hoy ya no podemos hablar de una ‘economía de la salvación’ que obedezca a las pautas de la representación, o a la diferenciación entre idea y trabajo, o entre sujeto y objeto. Tronti termina con una clave teológica-política que tampoco es capaz de nombrar un afuera de la condición infernal: encontrar un equilibrio entre Katechon y escathon, entre el poder de conservación y la inmanencia de la vida. Necesitamos en el interior de la contingencia un corte trascendental. Hace algún tiempo atrás, Roberto Esposito y Massimo Cacciari sostuvieron un intercambio, donde también se ponía de manifiesto este cierre teológico-político. Tronti queda inscrito en esta órbita.

Citando una carta de Taubes a Schmitt, Tronti dice que la política en cada época tiene que enfrentar a Poncio Pilato. La fuerza del pensamiento estaría en marcar una negatividad con respecto a esa autoridad. Sin embargo, ¿es posible hoy fijar hoy un Katechon? ¿Quiere esto decir que toda transformación radica en aquel que pudiera encarnar el negatio de Jesucristo? ¿O más bien se trata de insistir en la separación (los dos Reinos) como la cesura irreductible entre pensamiento y acción, entre derecho y Justicia, entre comunidad y su afuera?

The Unfathomable Principle: on Helmuth Plessner’s Political Anthropology (2019). By Gerardo Muñoz

Joachim Fischer tells us in the epilogue of Helmuth Plessner’s 1931 Power and Human Nature, now translated as Political Anthropology (Northwestern, 2019), that this short book is very much the intellectual product of its time. It is a direct consequence of Plessner’s elaboration of a philosophical anthropology in the wake of the “philosophies of life” that dominated German philosophical discourse during the first decades of the twentieth century. More importantly, it is also a reflection very much tied to the crisis of the political and parliamentary democracy experienced at the outset of the years of the Weimar Republic. Plessner’s own intellectual position, which suffered tremendously due to his unsuccessful major work, The Levels of the Organic and the Human (1928), occupies a sort of third space in the theoretical debates on the political at the time, carving a zone that was neither that of a romantic impolitical position (the George Group, Thomas Mann, and others), nor that of liberal legalism perhaps best expressed by Hans Kelsen.

Curiously, Plessner’s understanding of the political cohabitates quite conformably in Carl Schmitt’s lesson, albeit in a very particular orbit. On his end, Schmitt himself did not miss the opportunity to celebrate Plessner’s defense of the political as grounded on his friend-enemy distinction elaborated just a few years prior. Indeed, for Schmitt, Plessner’s Political Anthropology drafted an epochal validation to his otherwise juristic formulation, going as far as to write that: “Helmuth Plessner, who was the first modern philosophizer in his book dared to advance a political anthropology of a grand style, correctly says that there exists no philosophy and no anthropology which is not politically relevant, just as there is no philosophically irrelevant politics” (Plessner 104).

Schmitt captures the essence of the convergence between the philosophical anthropology project and the nature of the political as a consequence of modern “loss of center” in search of a principle of autorictas (a “new political center” that the Conservative Revolution will soon try to renew) [1]. In this sense, Plessner, like Schmitt but also like Weber, is a thinker of legitimacy as a supplementary principle, although he declined to craft a theory of legitimation. Unlike Weber, Plessner does not defend charisma as the central concept of political vocation. The nature of the political coincides with the nature of the Human insofar as it is a constitutive element of conflict, and univocally, a “human necessity” (Plessner 5). Hence, Plessner’s theory of political was the ultimate test for philosophical anthropology, given that the general historical horizon of the project was meant to provide a practico-existential position within concrete conditions of its own historicity, responding to both the Weimar Republic and the belated nature of the ‘German national spirit’ [2].

We are to do well to read Plessner’s political anthropological elaboration in conjunction with his other book The Belated Nation (1959), in which he draws a lengthy intellectual genealogy of the decline of the German bourgeoisie as a process of spiritual embellishment with impolitical fantasies. In a certain sense, both Political Anthropology and The Belated Nation (still to be translated into English) are a response to the Weimar intellectual atmosphere of the “devaluation of politics”. There is no doubt that Plessner is thinking of Thomas Mann’s unpolitischen here, but also of the poetic fantasies that Furio Jesi later referred to as the mythical fascination with the “secret Germany” [3]. The impolitical repression from political polemos to consensualism always leads to worse politics (Plessner 3). Politics must be taken seriously, and this means, for Plessner, a position that not only goes against the aesthetes, but one that is also critical of the dominant ideological partisanship preparing the battleground for gigantisms, of which classic liberalism, Marxism, and fascism were manifolds of philosophy of history. Plessner wants to locate politics as a consequence of the Enlightenment (Plessner 9). For Plessner, this entails thinking the conditions of philosophy anew in order to escape the dualistic bifurcation of an anthropological analysis grounded in either empiricism or a transcendental a prori. The conventional biologist program of anthropological analysis never moved beyond the scheme of “mental motivation”, which is why it never escaped the limits of a “pure power politicized, predominantly pessimistic, anti-enlightenment and in that respect, conservative” (Plessner 10).

We could call this an archaic anthropology for political shortcuts. Obviously, Plessner places the project of political anthropology beyond the absolutization of the human in its different capacities. This was the problem of Heidegger’s analysis of existence, according to Plessner, since it stopped at “the conditions of the possibility of addressing existence as existence at the same time have the sense of being conditions of the possibility of leading existence as existence” (Plessner 24). This “essentialization of existence” (Plessner dixit) is only possible at the expense of concrete formilizable categories such as life, world, and culture (Plessner 24). It is only with Wilhelm Dilthey’s work that philosophical anthropology was capable of advancing in any serious way. It is only after Dilthey’s position against a ‘nonhistorical apriorism’ that something like the a characterization of the Human as an unfathomable principle was drawn. The battle against a priori absolutism entails the renunciation of philosophy’s “hegemonic position of its own epistemological conditions…to access the world as the embodiment of all zones and forms of beings” (Plessner 28). We are looking at a post-phenomenological opening of historicity that is neither bounded by existence qua existence (Heidegger’s position), nor by the Hegelian’s labor of the negative. For Plessner, the most interesting definition of the political lies here, but this presupposes the principle of unfathomability of the human. Undoubtedly, this is the vortex of Plessner’s political anthropology.

The principle of the unfathomable is neither precritical nor empirical, as it takes the human relation to the world as what “can never be understood completely. They are open questions” (Plessner 43). This schemata applies to the totality of the human sciences in their relation to life in the world as the only immanent force of history. Thus, for Plessner, this entails that “every generation acts back on history and thereby turns history into that incomplete, open, and eternally self-renewing history that can be adequately approach  the interpreting penetration of this generation open questioning” (Plessner 45). This materialism subscribes neither Marx’s synthetic historical materialism, nor the empirical history of progress. The unfathomable relates to a historicity that, in its reference and relation to the world, presents an “eternal refigurability or openness” (Plessner 46). This is an interpretation close to the definition of modernity as the self-assertive epoch of irreversibility, later championed by Hans Blumenberg. The irreversible, following the unfathomable principle, assumes the ex-centric positionality of the human. The unfathomable principle is what concretely binds the human to the phenomena of the world by means of a radical originary separation that carries an ever-evolving power for historical sense beyond absolute universality.

Of course, Plessner is thinking here of Max Weber’s important insights in Economy and Society regarding the process of legitimation and the separation of powers. The human of political anthropology becomes nothing but the means to “executive the value-democratic equalization of all cultures”, which is a common denominator of civil society pluralism (Plessner 47). But as life itself becomes indeterminate and unfathomable, power is rediscovered as a self-regulating mechanism of inter-cultural relations among human communities. In other words, insofar as the unfathomable principle drives the openness of the human in relation to the world and others, the human always entails a positing of the question of power as a form of a struggle in relation to what is foreign (Plessner 51). Here Plessner follows Carl Schmitt’s concept of the political transposing it to the human: “As power, the human is necessarily entangled in a struggle for power; i.e, in the opposition of familiarity and foreignness, of friend and enemy” (Plessner 53).

We might recall that Schmitt addressed the definition of the enemy from Daubler’s reference to “our own question” (Der Feind ist unsere eigene Frage als Gestalt), that is, with what is one’s most familiar, a sort of originary primal scene of his subjective caesura. For Plessner, as for Schmitt, the friend-enemy relation is an originary confrontation that makes the political an exercise of “every life-domain serviceable and just as well be made to serve every life-domain’s interests” (Plessner 55). The friend-enemy relation accomplishes two functions simultaneously: it takes power seriously in light of the unfathomable principle, and it dispenses conflict without ever reaching a stage of total annihilation. That is why Plessner emphasizes that the political has primacy in the ex-centric essence of the human (Plessner 60).

In fact, for Plessner there is no philosophical anthropology without a political anthropology. And here we reach a crux moment, which is Plessner’s most coherent definition of the political principle: “Politics is then not just a field and a profession…Politics then is not primarily a field but the state of human life in which it gives itself its constitution and asserts itself against and in the world, not just externally and juridically but from out of its ground and essence. Politics is the horizon in which the human acquires the relation that makes sense of itself and the world, the entire a prori of its saying and doing” (Plessner 61).

Philosophical anthropology is to be understood as a process of historical immanence and radical openness of the human’s ex-centric position in coordination with a metaphysical political principle that guides the caesura between thought and action. In fact, we could say that politics here becomes a hegemonic phantasm (very much in the same as in post-foundatonalist thought) that establishes the conditions for the efficacy of immanence, but only insofar it evacuates itself as its own determination. This is why we call it “phantasmatic”. In fact, Plessner tells us that the political principle has only a primacy because it relates to “the open question or to life itself”.

In other words, the movement that Plessner undertakes to shake the absolutism of philosophy’s abstraction over to anthropology has a prior determination that runs parallel: the fundamental absolutization of the political via the immanence of the principle of unfathomability. Under the cloak of the indetermination of the “philosophy of life”, Plessner ultimately promotes a prote philosophia (first philosophy) of the political even if “in no way subsist absolutely, immovable across history or underneath it” (Plessner 72). There is a paradox here that ultimately runs through Plessner’s anthropological project as whole, and which can be preliminary synthesized in this way: the radical unfathomable principle of the human is, at the same time, established as open and immanent, while it acts as a phantasmatic principle to establish the political. Hence, the political becomes a mechanism of amending originary separation and to provide form to the otherwise multiple becoming of the human. This is why politics, understood as political anthropology, ceases to be an autonomous sphere of action to coincide with the ‘essence of humanness’ in its struggle for the organization of the world. Politics becomes synonymous with the administration of a new legibility of the world and in this way reintroduces hegemony of the political unto existence. Plessner is clear about this:

“Politics is the art of the right moment, of the favorable opportunity. It is the moment that counts…That is why anthropology is possible only if it is politically relevant, that is why philosophy is possible only if it is politically relevant, especially when their insights have been radically liberated from all consideration of purposes and values , considerations that could divert an objective coherent to the last” (Plessner 75).

Fischer is right to remind us that at the heart of Plessner’s Political Anthropology lies an ultimate attempt at combining “spirit” and “power”, a synthesis of Weber and Schmitt for the human sciences inaugurated by Dilthey’s project. But what if the movement towards synthesis and unification of a political theory is the real problem, instead of the solution? Are we to read Plessner’s political anthropology as yet another failed attempt at an political determination in the face of the nihilism of modernity? And what if, as Plessner’s last chapter on politics as a site of the nation for the “human’s possibility that is in each case is own”, is actually something other than political, as Heidegger just a few years later proposed in his readings of Hölderlin’s Hymns? The dialectics between “spirit” and “power”, Weber and Schmitt, the precritical and the humanist empiricism, exclude a third option: a distance from the political beyond the disinterred apolitical thinking and acting, and its secondary partisanship waged around the Political. In this sense, Plessner is fully a product of the Weimar impasse of the political, not yet finding a coherent exodus from Schmitt, and not fully able to confront the ruin of legitimacy. As Wolf Lepenies has reminded us recently, even Weber himself in his last year was uncertain about strong “political determinations”, as Germany started descending into a ‘polar night’ [4].

The oscillation of antithesis – ontology and immanence, predictability and indeterminacy, historicity and the human sciences, politics and existence, nationality and the world  – situate Plessner’s essence of the political as a true secular “complex of opposites” that ended up calling for a ‘civilizing ethics’ (Plessner 85). This essence of the political reduces democracy to the psychic latency of drives of the social order, as the unergrundlich (unfathomable) becomes a principle of management in the form of an ethics. This is not to say that the “historical task” of philosophical anthropology remains foreclosed. However, political anthropology does not break away from the conditions of the crisis of the political that was responding to. For Plessner, these conditions pointed to a danger of total depolitisation. Almost a century later, one can say that its opposite has also been integrated in the current technical de-deification of the world.

 

 

 

Notes

  1. Armin Mohler in The Conservative Revolution in Germany 1918-1932 (2018) notes that: “[The Conservative Revolution in 1919]…considered calling themselves the “new Center”. The latter was meant to symbolically represent the need to create a comprehensive political…that would overcome the oppositions of the past”, p.95.
  2. Helmuth Plessner. La nación tardía: sobre la seducción política del espíritu burgués (1935-1959). Madrid: Biblioteca Nueva, 2017.
  3. See, Furio Jesi. Secret Germany: Myth in Twentieth-Century German Culture. Chicago: Seagull Books, 2019.
  4. See, Wolf Lepenies. “Ethos und Pathos”. Welt, February 16, 2019. https://www.welt.de/print/die_welt/debatte/article188905813/Essay-Ethos-und-Pathos.html