Un panfleto impolítico: sobre La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar Editor, 2021), de P.P. Portinaro. por Gerardo Muñoz

El libro La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar editor, 2021) de Pier Paolo Portinero, que acaba de aparecer en excelente traducción de José Miguel Burgos Mazas y Carlos Otero Álvarez, se autopresenta como un panfleto político. En su forma ejemplar, el panfleto se remonta a la tradición de los pamphlets (cuya incidencia en la revolución norteamericana sería decisiva, como lo ha estudiado Bernard Bailyn), aunque el libro de Portinaro tiene la particularidad de no abrirse camino al interior del estancamiento de la realidad, sino en un ejercicio particular: desplegar una enmienda a la constelación de pensamiento contemporáneo proveniente de Italia rubricado en antologías y discurso académico como “Italian theory”. Para ser un libro con abiertas intenciones de “pamphlet, La apropiación de Maquiavelo asume una posición en el registro de la historia de las ideas. Esta diferencia, aunque menor, no debe pasarse por alto, pero ya volveremos sobre ella hacia el final de esta nota. En realidad, el libro de Portinaro tiene algunos visos de impugnación contra todo aquello que huela a “teoría” – de momentos recuerda el libro de François Cusset contra la French theory y su impronta en las universidades norteamericanas – a la que Portinaro entiende como una fiesta atroz de disfraces que combina un plusvalor político propio de las viejas utopías revolucionarias con un apego realista en su crítica de la tradición liberal ordenada.

Según Portinaro se trataría de un monstruo de dos cabezas cuya eficacia política no sería anecdótica: “La irrupción de un anómalo populismo don dos cabezas – esta sí, una peculiaridad italiana – no puede considerarse como un epifenómeno sin relación con la pretensión de combinar una sobre abundancia de utopía y una sobreabundancia de realismo, una plusvalía de representación y una plusvalía de conflicto” [1]. ¿Qué esconde este movimiento pendular, según Portinaro? Un pensamiento localizado y localizable (“italiano”, una suerte de reserva nacional para tiempos globales) que no es otra cosa que “promoción de versiones extremas, de las teorías de otros” [2]. Entendemos que Portinaro hace referencia aquí – en efecto, lo despliega a lo largo de su panfleto – al horizonte de la biopolítica en la línea de las investigaciones de Michel Foucault, y la crítica a la metafísica y al nihilismo en el horizonte heideggeriano de la filosofía alemana.

Portinaro no les concede mucho más a los exponentes de la Italian theory. Y, sin embargo, el panfleto de Portinaro se concibe como un libro justo y necesario. ¿Es suficiente? En ningún momento Portinaro se hace cargo de que la introducción de esa “plusvalía política” por parte de la Italian theory, en realidad, viene acompañada de un esfuerzo sistemático, heterogéneo, e imaginativo de poner en suspenso los presupuestos de la organización ontológica de lo político. Como ha visto Alberto Moreiras en su comentario al libro, el pensamiento de Massimo Cacciari, Carlo Galli, Giorgio Agamben, o Roberto Esposito en lo absoluto pueden ser traducidos a una estructura genérica de politización revolucionaria, pues en cada caso estas obras llevan a cabo una exploración efectiva de las condiciones de politicidad [3]. Desde luego, podríamos prever que el rechazo por parte de Portinaro de confrontar los momentos de mayor lucidez especulativa de la IT se justifican a partir de una matriz realista en ambos casos (tanto para la mentada ‘plusvalía política’ de la IT, como para el propio Portinaro cuya dependencia en el principio político de realidad es absoluto). Pero es aquí donde entran a relucir las contradicciones, pues la IT en modo alguno se agota en un realismo político al servicio de los proyectos de la anarquía de los fenómenos políticos mundiales. En efecto, lo que un “realista” como Portinaro debió haber hecho (pero no hizo) es ver qué pasa con la estructuración de la realidad política para que fenómenos iliberales florezcan por doquier, y para que ahora el orden internacional se vea acechado por el nuevo ascenso imperial de la China.

El acto de magia “irreal”, en cualquier caso, es del propio Portinaro al notar las antinomias de revolución y realismo en el marxismo residual de Antonio Negri sin poder responder apropiadamente a los déficits de la propia tradición liberal que ahora han sido liquidados en la propia génesis de su desarrollo histórico (pensemos en el interpretativismo en el derecho como abdicación del positivismo, o en el paradigma de la optimización de la ingobernabilidad como sutura a la crisis de la legitimidad) [4]. Estos procesos de pudrición histórica-conceptual tienen poco que ver con las audacias especulativas de una constelación de pensamiento atenta a la crisis de las mediaciones entre estado, sociedad civil y subjetividad. Pero es cierto que a Portinaro no le interesa polemizar con el registro especulativo del pensamiento teórico italiano, cuyo momento más alto no estaría en la política sino en la dimensión poética e imaginal a través de la herencia de Vico y de Averroes y del regreso de la teología (el debate sobre la secularización que ha tenido una productiva continuación en Italia tras sus inicios germánicos).

A Portinaro le preocupa la anfibología desde la cual el “pensamiento revolucionario” (¿es lo mismo que la IT?) queda atrapado entre la economía y la política; esto es, entre Marx como suplemento de Maquiavelo, y Maquiavelo como suplemento que se convierte en “estratégicamente ineludible” en el post-marxismo [5]. Dicho en otras palabras, el fracaso del pensamiento del paradigma de la economía política de Marx rápidamente se compensa mediante el paradigma de un realismo político de un Maquiavelo radical para así echar a andar el motor de la conflictividad. El Maquiavelo de la IT dejaría de ser el gran pensador florentino del realismo para devenir un nuevo “visionario revolucionario” capaz que llevar adelante un horizonte histórico de liberación. Pero la sobrevalorada importancia de Maquiavelo en el libro de Portinaro es, a todas luces, estratégica y manierista. Pues Maquiavelo viene a confirmar inmutabilidad del “realismo” en la esfera de la política. Sin embargo, ¿no sería, como vio en su momento Carl Schmitt, que Maquiavelo es el pensador menos realista de la política, pues ningún consejero lo suficientemente “maquiavélico” escribiría los libros que escribió el autor de los Discursos?

Sin embargo, el problema en torno a Maquiavelo es sintomático. Pues lo importante aquí es que aquello que pasa por “realismo” en la época (sociedad civil, estado, instituciones, positivismo, mediaciones) ha dejado de tener un sentido concreto ante la abdicación integral de la organización de la arquitectónica política moderna y la crisis de autoridad. En cualquier caso esto es a lo que viene a alertarnos la Italian Theory. Esto supone que, incluso si hemos de aceptar la centralidad de un “maquiavelismo” exotérico en la IT, tanto Portinaro como los representantes de la constelación que se critica quedarían encerrados en un mismo horizonte de irrealidad; o lo que es lo mismo, presos en un encuadre retórico que les permite compensar la disyunción entre hermenéutica conceptual y realidad política, pero a cambio de abandonar toda imaginación capacitada para una transformación realista. La posibilidad de morar en este abismo entre realidad y concepto, entre el agotamiento de la política y la dimensión insondable de la existencia responde a lo que hemos venido llamando una región infrapolítica. Y atender a esta región es el único modo de hacernos cargo de la realitas en un mundo entregado a la devastación sin acontecimiento.

En los momentos más estelares de la IT (lo impolítico y la munus de Esposito; la destitución y la forma de vida de Agamben; el pensamiento en torno al nihilismo de Caciarrio, Vitiello, y Severino) se confirma concretamente la pulsión de lo real; si por real entendemos una posibilidad de proximidad en torno a una crisis conceptual de los fenómenos que no puede trascenderse ni mucho menos suturarse con la gramática de los conceptos políticos modernos. Al final, como alguna vez apuntó Román Jakobson, todos somos instrumentos del realismo, y solo varían los modos de efectuar un principio de realidad. En otras palabras, lo importante no es ser realista como siempre lo hemos sido, sino desde una mirada que se encuentre en condiciones de poder atender a la dimensión concreta de los fenómenos en curso. La diferencia entre los primeros y los segundos hoy se instala entre nosotros como dos visiones ante la época: aquellos que en nombre de la realidad mantienen el mundo en el estado perenne de estancamiento; los segundos que, sin certezas ni principios fijos, arriesgan una posibilidad de pensamiento sin abonar las adecuaciones que ya no pueden despejar una ius reformandi interna.

No deja de sorprender la metafórica con la que cierra el libro de Portinaro, pues en ella se destapa la latencia que reprime la pulsión realista. Escribe al final del libro citando a Rousseau: “el filósofo ginebrino menciona en clave antipolítica la práctica de aquellos “charlatanes japoneses” que cortan en pedazos a un niño bajo la mirada de los espectadores; después, lanzando al aire sus miembros uno tras otros, hacen caer al niño vivo y recompuesto. [6]. Las diversas misiones de la IT le recuerdan a Portinaro estas charlatanerías bárbaras e impúdicas (y podemos imaginar que es también toda la teoría de corte más o menos destructiva o radical). Y, sin embargo, ese mismo cuerpo descompuesto, en pedazos, desarticulado, y abandonado a su propia suerte es la imagen perfecta de la fragmentación del mundo luego del agotamiento de lo político. Ese cuerpo en mil pedazos es el mundo sublime y anárquico que el Liberalismo solo puede atribuirles a terceros para limpiar (de la manera más irreal posible) su participación de la catástrofe. 

Pero mucho peor que imaginar el acto de magia negra de recomponer al niño luego de desmembrarlo en mil pedazos, es seguir pensando de que el niño (lo Social) sigue intacto y civilizado, inmune y a la vez en peligro de los nuevos bárbaros irresponsables. Pero sabemos que esto ya no es así, y pretender que lo es, tan solo puede asumirse desde el grado más alto de irrealismo posible: un idealismo categorial sin eficacia en la realidad. De ahí que, paradójicamente, entonces, el panfleto de Portinaro sea al final de cuentas un texto impolítico, en la medida en que a diferencia de los political pamphlets – que como nos dice Bailyn buscaban persuadir, demostrar, y avanzar concretamente una lucha política reformista – el libro de Portinaro busca aterrorizar contra el único bálsamo de aquellos que buscan: la posibilidad de pensamiento e imaginación [7]. La IT no es otra cosa que una invitación a errar en esta dirección ante una realidad que ya no nos devuelve elementos para una transformación del estancamiento. O lo que es lo mismo: la renovación de volver a preguntar por la revolución.

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Notas 

1. P. P. Portinaro. La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar editor, 2021). 38.

2. Ibíd., 39.

3. Alberto Moreiras. “Comentario a «Apropiación de Maquiavelo. Una crítica de la Italian Theory», de Pier Paolo Portinaro”, Editorial 17: https://diecisiete.org/nuncios/comentario-a-apropiacion/

4. Grégoire Chamayou. The Ungobernable Society: A Geneology of Authoritarian Liberalism (Polity, 2021). 

5. Ibíd., 115.

6. Ibíd., 201-202.

7. Bernard Bailyn. The Ideological Origins of the American Revolution (Belknap Press, 2017). 18-19. 

Alberto Moreiras and Italian theory: life and countercommunity. by Gerardo Muñoz

The core of my present intervention was prompted by a joke recently told by a friend. This friend said: “Alberto Moreiras is Spain’s most important Italian philosopher”. I felt I had to respond to it, in my own sort of way, such as this brief intervention. I will offer at least three hypotheses as why that was said. First, what is obvious: Moreiras’ analytical reflection is irreducible to the dominant Spanish philosophical or cultural reflection, however we take that to be (taking in consideration that Moreiras’ work is hardly defined solely by the Spanish archive or historical tradition). Second, that Moreiras’ reflection is somewhat close to the Italian philosophical tradition, particularly in the wake of the contemporary turn of “Italian Difference”. Thirdly, that Moreiras’ own singular thought shares a vinculum with the Italian philosophical culture as “thinking on life”, as perhaps best defined by Roberto Esposito in his Living Thought (2011). There is probably no way to find out the original “intention” of said friend in terms of the Italian signatura of Moreiras’ work, and it is not my desire defend any of three hypotheses. Rather, in what follows what I want to develop is a preliminary exploration of the way in which Línea de sombra: el no-sujeto de lo político (2006) could be very well read a horizon of thought that retreats from community vis-à-vis the non-subject that transfigures the “democratic kernel of domination” (Moreiras 94).

In this analytical development I want to ‘actualize’ Línea de sombra’s potential not very rehearsing the arguments against the so called decolonial option, the metaphysical concepts of Empire and multitude, or the critique of the humanism of the politics of the subject, all of them contested in the book. It is not that I think that those discussions are closed, but rather that I want to suggest that a different politics of thought that radicalizes and abandons those very notions – nomos, legacy, and subject – through the practice of infrapolitical reflection. Hence, I will take up two instances of this nomic sites of contemporary reflections in the so called school of “Italian Difference”; mainly, Remo Bodei’s “Italian” entry in the Dictionary of untranslatables (Princeton U Press, 2014), and Roberto Esposito’s articulation of “Italian philosophy” in his Living Thought: the origins and actuality of Italian Philosophy(Stanford U Press, 2011). I would like to anticipate a critique that could perhaps note that I am putting off Italian thought, or even antagonistically clashing two schools of thought. I am not interested in establishing what could well said to be a legislative clash between theories. I am also aware that Italian Difference is a topological heterogeneity that organizes variations of common themes among thinkers, but that it is not reducible to what singular thinkers generate in their own effective elaborations. In this way, you could say that what I am interested here is in the way in which a certain nomic grounding under the name of ‘Italian Thought’ has been articulated, grounded, and posited as a tradition between conservation and rupture. In the remaining of this intervention, I would like to offer some preliminary speculative ideas about the way in which infrapolitical reflection decisively emerging from Línea de sombra divergences from the general horizon of radical democratic politics advanced by Italian theory.

For reasons that are not just chronological, I think Remo Bodei’s entry in the Dictionary of the untranslatables is preparatory for Esposito’s own take on the territorial and exterritorial force of “Italian Philosophy” in his 2005 book. Indeed, Esposito records in a footnote Bodei’s entry, as well as other recent contribution to the topic such as Borradori’s Recording Metaphysics: New Italian Philosophy (Northwestern, 1988), Virno & Hardt’s Radical Thought in Italy: A Potential Politics (Minnesota, 1996), and Chieza’s The Italian Difference Between Nihilism and Biopolitics (2009). An important predecessor reflecting on Italian philosophical culture – ignored by both Esposito and Bodei – is Mario Perniola’s early “Difference of the Italian Philosophical Culture” (1984), which already establishes the conditions for thinking this nomic specificity beyond the encompassing paradigm of the nation-state, and against the grain of the organization based Italian identity of the Risorgimento. For Perniola, “this is now over, and that natilistic ways, based on a comparison and vindication of identities have completely exhausted their historical function” (Perniola 105). The exhaustion of a national philosophical script is what reversely makes the case for Italian thought to be a thinking measured by civic activism, which entails that the conditions for transmission and interruption of tradition is essentially through a distance between history and language (Perniola 108-09).

sIn a profound way, Italian philosophy is what speaks without historicizing itself, or what speak the non-historiciable to put in Vico’s terms in the New Science. This amounts to an interruption of any philosophy of history, since it discloses a region of what cannot be rendered a science of history. Italian philosophic reflection opens up to the collapse of narration not as consequence of State persecution or constitutive violence, but as a function of a politics incapable of coinciding with the Italian nation-state (as we know this is the symptom of Gramsci’s formulation of the subaltern, and the North-South relations the Prison Notebooks). Perniola’s early essay is an important salient informant of Bodei’s entry, since what arouses the second’s reflection is precisely the drift towards a civil philosophy, or what is the same, a philosophy based on a civic vocation. Thus, writes Bodei:

“From a broad historical perspective and taking into account the limits imposed by its irreducible complexity the Italian language has been character by a constant and predominant civil vocation. By civil I mean a philosophy that is not immediately tied to the sphere of the state, nor to that region of interiority. In fact, ever since its humanist and Renaissance origins, its privileged interlocutors have not been specialist, clerics or students, attending university, but a wider public, a civil society one has sought to orient, to influence, to mold” (Bodei 516). 

Italian language, which for Perloina was constitutive of Italian thought, here takes a civic function that exceeds the proper limits of the philosophical act. This is why Bodei’s most important symptomatic definition is Machiavelli’s ‘verità efffecttuale della cosa’, which is guided by desire at the intersection between tradition and innovation, revolution and rupture. For Bodei’s Italian vernacular language necessarily breaks away from the very containment of the philosophical nomos, spilling over an excess that is anti-philosophical or ultra-philosophical. By proxy of Leopardi’s writings, Bodei argues against the ‘German poem of reason’, defending a poetical space of thought that knows (according to Leopardi) “the true and concrete…the theory of man, of governments, and so on, that they Germans have made none”. The point being is not just that Italian philosophers are ultra or non-philosophical, but that an antiphilosophy of praxis, of what citizens already do. The difference, according to Bodei vis-à-vis Croce, only rests upon critico-practical reflection as the central determination of thinking in Italian (523). 

As it is for Esposito – but we can say also for Agamben in the last volume of the Homo sacer series, L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014) – philosophy is a praxis that provide immanent validation for Aristotle’s treatment of dunamys and energeia, as well as his general typology of causation. What is at stake here is nothing less than the actualization of the question of technology (technê), which Bodei reads in Galileo’s as a contestation to the systematization of maquination (Gestell). The scientific thought of Bruno or Galileo bring to halt the machination that Heidegger understood as the end and realization of epochality through gigantism, by positing the artificiality of the apparatus (of the ‘thing’) as an extension of nature, and not as its mere opposition (Bodei 527). Although he does not explicitly thematizes it on its proper terms, one could very easily read in this argumentation the polarity that structures Italian non-philosophy: the question of civic vocation (klesīs) and the question of nihilism (the co-belonging between technique and philosophy of history). 

What is rather puzzling about Bodei’s argumentation is that at no point does he account for a genealogy of what I would call the non-philosophy of life, or even the life of non-philosophy as the excess of the philosophical life in the Italian republics. In other words, Bodei leaves out the sophist, and it is the figure of the sophist what ultimately lead a positive civic contemplative life outside the constrains of philosophical schools, such as stoicism (Bonazzi & Bènatouïl 2006). Instead, what he does offer and reconstructs is the paradigm of an Italian philosophical tradition that still structures itself between tradition and interruption, thought and action, immanence and life. This is the conflictivity or differend – we could also call its krisis, which Cacciari’s studied in relation to the labor of the negative in his important book Krisis: Saggio sulla crisi del pensiero negative (1976)– that in Bodei remains unresolved at the political register, still organized around the concept of the “civil”. 

Roberto Esposito’s Pensiero vivente (Giulio, 2010) shares many of the basic premises advanced by Bodie, but there is little doubt that it is the most sophisticated and sustained reflection on thinking the nature and the political consequences of “Italian Difference” in the wake of nihilism and biopolitics after Michel Foucault’s critique of governmentality. Although unlike Bodei, Esposito pushes the political consequences to its limits on the relation between philosophy and history. According to Esposito, it is on this threshold that a region beyond the impasse of the philosophical and political categories of Western modernity, would allow an actuality of thought with transformative capacities and innovative energy (Esposito 21). Departing from Deleuze & Guattari’s anarchic definition of philosophy as de-territorializing, Esposito affirms not an ultra-philosophy or a non-philosophy, but the development of an uneven grammar that is universal due to its very singularity, that is, it could travel unbounded throughout Europe with arguments, formulations, and images that everyone could make their own and share (20). 

Esposito outlines three different paradigms of Italian difference: a political one that solicits conflict in every instance; a radical historicity of the non-historical; and one of life, which is to be understood as both the worldliness of the modern subject and the deconstructive gesture of the dual theological machine folded on the person.  I want to limit myself to elaborate on the first and third declinations (political conflict and life). Esposito also thinks against the German or English traditions understood as State traditions – the traditions of Locke, Hegel, or Fichte – which he sees as constituting the state knowledge of the political (Esposito 21). Esposito views them as philosophies of history, whose nexus to the political is one of consensus and not of disagreement or antagonism. Instead, “Italian philosophy has shown a critical and sometimes antagonistic potential not commonly found in other contexts. Sometimes, in special situations, and under certain conditions – in the case of a drastic transition between epochs like the one we have been experiencing for some hears now – what appears to be, an is, in effect, a lack or an antimony can transform itself into advance compared to more stable, well-established situations” (21). 

This ‘antagonistic potential’ defiantly avoids the nihilism of acting according to the presenting of principles of the normative order. However, so it seems to argue Esposito, the antagonistic politics feeds off crisis, is born out of transitional or inter-epocal subsumption. The question is similar to the one that one could formulate against the hegemonic principle overriding the populistic logic, which Moreiras frames it in this way in Línea de sombra: “if hegemony is the democratic horizon of domination [because it is not consensual], the search for a politics of the closure of sovereignty begs the question about the end of subalternity in a radically democratic horizon” (Moreiras 94). But the truth of democratic politics is only possible against the condition of hegemonic attainment. Esposito writes this much: “…[against] the Hegelian identification between politics and state, the world of life is cut through by pervasive struggle, in a fight to idea for hegemony: whether like it or no, we are always forced to take a position in favor of one part against the other” (Esposito 25). 

I would not go as far as to say this exhaust the horizon of Esposito’s political thought, from the intricacies of the impolitical to his most recent turn to the impersonal. However, this does mark a fissure from the possible of generating a radical theory of de-theologizing the political, an operation of thought not alien to the infrapolitical horizon (132). Essentially, the problem here is not about the theory of hegemony, or the continuation of hegemonic principle of Roman politics, as what continues to divide and administer life through domination. More so, I would argue, give that we are seeing here a second order of interior domination that posits the life of infrapolitics at the expense of the political and the community (munus). This means, that if one takes seriously the articulation of infrapolitics as the possibility of action outside the subject, that it is not enough to think the politics of Italian difference as a pre-statist that is always already the promise of a democratic or post-democratic infrapower as governed by a counter-hegemony of decision (Moreiras 224). Secondly, this leads to the question of contingency that underlines the very co-belonging between history and philosophy of the Italian Difference. Stefano Franchi is right in noting that the “sporgenza” or protrusions are processes that punctuate the body and archive of Italian thought. Protrusions are also what allow for the development of epochs, constituting the excess and contingent foundation of the historical unfolding as such. Of course, the pressing question is: “and how do we know if ‘Il Pensiero vivente’ as such – not the book Esposito wrote, but though he advocates in its last sentence as a breach capable of renewing contemporary philosophy as a whole – is capable to uncover those events in unprecedented ways?” (Franchi 31). And what is more: how does one establishes a co-substantial difference from an epochal presence of living thought to Esposito’s own thought (impersonal / third person)?

My purpose here is not to resolve this aporia in Esposito’s characterization of Italian Difference, because to cross its nihilism. Infrapolitics has something to say here in regards to location. In the chapter on infrapolitics in Linea de sombra, Alberto argues: “The difference between an imperfect experience and one reducible to an aporia is also the difference between understanding the aporetic as the end of thinking, and that of understanding as a reflexive opening that is the beginning of an infrapolitical practice in the same location where the suppression against the aporia reinforces the exorbitant violence of the imperial biopolitical hegemony” (Moreiras 235). But infrapolitical dwells necessarily in a non-space or alocation, since is very excess is the falsification of life; that is, what is no longer structured around an enemy for political antagonism. Italian Difference necessitates a non-supplementary exodus that is infrapolitical life, what escapes biopolitical life of the community.

Here one must ask, what is the relation between alocationality and democracy? Is there a democracy of the impersonal or the unequal? This is a difficult question to ask at this moment, but it is pertinent if the question about civic duty (Bodei) or immanentization of social strife is constitutive Italian thought. Following the political historian of Ancient Greece, Christian Meier, Agamben concludes his recent Stasis (2015) by suggesting that the politization brought by the isonomic foundation carries the latent possibility of social strife or stasis, which is the obfuscation of the ontology of war (politics) within the polis. This runs counter to Arendt, who in On Revolution attributed non-rule to the principle of isonomy as antecedent to democracy as majority rule (Arendt 30). It also seems insufficient to end at Esposito’s determination of the community based on the logistics of binding-debt (munus), intensified today by the total unification of existence and world, in what Moreiras has called the principle of equivalence (Moreiras 2016). Is infrapolitics then, always, a shadow of civil war? If the non-subject cannot constitute isonomic citizenship; infrapolitics disjoints the mediation between the political and the differential absorption of differences. In other words, posthegemonic democracy prepares a different institutionalization for political relation that no longer covers the empty space of the One at the heart of the civil.     

* A version of this text was written on the occasion of a roundtable on Alberto Moreiras’ book Línea de sombra: el no-sujeto de lo político (2006, 2021), which Sergio Villalobos-Ruminott and I organized for the ACLA 2016 at Harvard University. I am actualizing it here with minor changes in light of the first discussion on “Italian theory” in the framework of the Foro Euroamericano, at 17/instituto, which I am co-organizing along with José Luis Villacañas, Benjamin Mayer Foulkes, and José Miguel Burgos-Mazas. The first session is mow available here: https://www.youtube.com/watch?v=0BjW4euQduE

Bibliography

Alberto Moreiras. Línea de sombra: el no-sujeto de lo político (Palinodia, 2006).

______. “Infrapolitical Action: The Truth of Democracy at the End of General Equivalence”, Política Común, Vol.9, 2016: https://quod.lib.umich.edu/p/pc/12322227.0009.004?view=text;rgn=main#N7

Giorgio Agamben. Stasis: civil war as a political paradigm (Stanford University Press, 2015).

Hannah Arendt. On Revolution (Penguin Books, 1986).

Mario Perniola. “The difference of Italian philosophical culture”. Graduate Faculty Philosophy Journal, Vol. 10, N.1, Spring 1984.

Mauro Bonazzi & Thomas Benatouïl. Theoria, Praxis and the Contemplative Life after Plato and Aristotle (Brill, 2012).

Reiner Schürmann. Broken Hegemonies (Indiana University Press, 2003).

Remo Bodei. “Italian”. Dictionary of untranslatables (Princeton University Press, 2014), 515-527

Roberto Esposito. Living thought: the origins and actuality of Italian Philosophy (Stanford University Press, 2012).

Stefano Franchi. “Living thought and living things: on Roberto Esposito’s Il pensiero vivente“. Res Publica: Revista de filosofia politica, 29 (2013), 19-33.

Homo Lupus Felix: Against Civilization. Notes for a presentation in the Eckhardt S. Program, Lehigh University. by Gerardo Muñoz

There is no question that Alice Rohrwacher’s Lazzaro felice (2018) is a marvelous cinematic work insofar as it measures up against the epoch by radically questioning the principles that have upheld what we know as civilization. This slight adjustment is critical given that ideology, political economy, or subject oriented frameworks of analysis have become insufficient to deal with the crisis of civilization. As a matter of fact, they have become functional (mere deployments of technique, to put it in Willy Thayer’s vocabulary) to the infrastructure, and its specific philosophy of History that promotes the maintenance of Order after the liquidation of its legitimacy. I would like to clarify that I am understanding civilization in a twofold register: as a genetic process of human anthropology based on the matrix of “appropriation, distribution, and production” of the world (a techno-political grid popularized by Carl Schmitt); but also as the total realization of an economic or political theology, which we can directly link to the function of “credit” (and the process of abstract dialectic between credit and debt, as a ground of a new “faith”) that is deployed as the medium of the total sum of social relations that commands beings in the world. Civilization is the general matrix of a process of optimal rationalization of the events that take place in the world, making us potential reactionary agents of the time of its phenomenality.

Aside from all the Christian and religious imaginary, Lazzaro felice is a theological film, but only insofar as it takes the irruption of the mythical remnant very seriously. There is something to be said here – and I think the film stresses this in several parts of the story – between religion and theology, dogma and the spiritual (anima), and the sacred and the commandment solicited by faith (pistis). In other words, Lazzaro felice enacts a destruction of a political theology by insisting on the civilizatory decline towards reproduction of as mere life of survival; a life that is delegated to the abstract faith of credit. In this sense, it is no mistake that Lazzaro’s homicide takes place in a bank and executed by the community of believers (capital, in the end, has already been incarnated; it is the Subject). The laboratory where this takes place is the metropolis, which as I have argued elsewhere is the site of devastation and optimization life in our epoch, which unifies world and life putting distance into crisis, in a suspense of the experiential [1]. The consumption of the new political theology of unreserved equivalence between humans and objects is what Rohrwacher interrupts through the fable of the beatitude of Lazzaro as a life to come in the threshold of the highest phase of the metropolitan stagnation. I will limit my commentary here to three nodes that allow the Lazzaro felice to expand this critique of civilization and the principle of the “civil society”, a notion that we will return to.

First, there is the fable, a capsule of an ancient gnostic wisdom. The fable is what can radically alter evil by tipping its objective realism into a real of the imagination against the grammar of order. Avoiding the order of narration based to account for the history of progress and developmentalism from the rural to the civilization of the metropolis, Rohrwacher’s strategy resorts to the ancient craft of the fable. This is fundamental for a number of reasons. First of all, because the fable allows to withdrawal from pure counter-narrative of historical development and its justifications that allow for the interruption of the time of development, while offering a possibility of an otherwise transformation of the world. This is the gnostic texture of the fable that Hans Blumenberg identified in this form, since obscuring of the distinction between humans and animals relaxes the burden of proof of the absolutism of reality as predicated in the matter of facts [2]. It through fables that something escapes, because there is always an image that escapes the narration of the events of this world. But the fable also offered something else: the beginning of myth as the site of legitimation for foundations of social relations. This is why, as T.J. Clark has reminded recently, Hegel associated the fable with the origin of master and slave dialectic, as a new form of domination of world once the world’s enchantment and mystery was dissolved: “In the slave, prose begins” [3]. The end of a paractical poetics? Perhaps. This means that the price to be paid to enter into the prose of “civilization” is to assimilate the unfathomable and invisible contours of the world into the polemos of storytelling; to be a subject of a story, and as a result, of historical transition. This is what civilization mobilizes through the fable as its posited legitimacy. It is in the fable where the abyss that separates us from the world becomes animated, ordered, and narrated in order for the apparatus of production to commence. It seems to me that Alice Rohrwacher goes to arcanum of civilization when she treats the fable of the wolf, which has functioned to legitimize the passage from the state of nature to the modern concept of the civil in Hobbes’s theory of the state. We should remember the brief fable in Lazzaro felice:

“Let me tell you the story of the wolf. A very old wolf had become decrepit, he could hunt wild animals anymore. So, he was excluded from the pack…and the old wolf went to houses, to steal animals, checks and sheep. He was hungry. The villagers tried to kill him in every way possible, but they didn’t succeed…as if he were invisible.”

It is a remarkable fable that inverts the political fiction of the wolf in Hobbes; mainly: a man is an arrant wolf to another man (homo homini lupus), which justifies the exodus from the state of nature as the “miserable condition of civil war” between men. The stakes are clear: by repressing civil war (stasis), civil society emerges as a divided but unified body under a sovereign principle of authority [2]. The wolf is first established as creature of fear and depredation in order to allow for the principle of civilization to emergence as uncontested and necessary. The fable of the wolf is the protofigure that guards the history of perimeters of civilization as a way to pacify and repress the latency of civil war. Rohrwacher, against the Hobbes political fable, gives us a fable of the wolf that not only is uncapable of waging life as war, but that it enacts full refusal and desertion to be hunted; that is, to be invisible, which ultimately entails a life not outside of a politics of hunting and the secondary pacification by which the end of hunting mutates to the enclosure of domestication [4]. 

If the wolf stands for the invisible it is because it occupies the excess of total legibility of a new civil order, that is, of a world administered by technique of order. The wolf is a prefiguration of the invisible that is improper to every life (and thus to all biopolitical domestication proper to civilization) in the passage from the organic community of the living to the civilizatory topos of the metropolis. The wolf condenses the instructive character in every life; that is, what cannot be reduced to the fiction or the depredatory total war of the civilization nor the fiction of the community lacking an open relation to the world.  This fable, then, is not just what unveils the fictional grounds of the legitimacy of civilization (its “black magic” under the light of rationality and control) but also what reprepares another community. A community in which what we have in common is not an attribute, a substance, or an identity, but an irreducible ethical relation in which civil war cannot equate total hostility and what establishes an absolute difference between life and the “principle of the civil” that formalized the aspiration of isonomic equality:

“The immemorial bad reputation of the wolf (wolf bashing) informs us about one of the oldest tricks of civilization. This consists of bearing the weight of predation on what is heterogeneous to it. To be able to say that man is a wolf of man, the wolf must first have been disguised as a “predator.” We do not mean that the wolf is gardener of daisy flowers, we mean that he behaves neither as a tyrant nor as a bloodthirsty animal, and even less as an individualist (the famous “lone wolf”). In fact, the wolf may have taught communism to humans. The cub that opens its eyes among humans recognizes them as part of its clan. Two lessons: 1) friendship ignores categories; 2) the common is the place where we open our eyes to the world. What the human, for his part, has “taught” to the wolf – like an angry father yelling at his son “I’ll teach you!” – is the servility of the good puppy and the good cop”. [5]. 

               The end of the film comes full circle with the only condition of finding a way out, producing a break in the infrastructure of the domestication, opening a path within and against the metropolis. It is almost as if the film, like in life, was a preparation for the moment of exodus and retreat. In fact, the wolf deserts the metropolis passing through and beyond the highway in plain rush hour. According to Alice Rohrwacher, the wolf leaving the city and not being seen was a reinforcement of the invisible ethical dimension that is proper to every life (an ethos, which in the old Pindaric sense that refers not only our character, but also, and more fundamentally to our abode and habits that are world-forming), and that is devastated by the anthropological crisis of the species in the wake of the process of civilization [6]. However, the wolf exit from the metropolis is not an abandonment of the world in the manner of a monastic communitarian retreat; but rather the pursuit of liberating an encounter with the events of the world foreclosed by topological circulation of credit that amounts to borrowed life without destiny. 

Now to the question that signals an instance of construens in what follows the desertion: what about happiness? It is here, it seems to me, where the beatitude of Lazzaro could be thought as an ethical form of life – as preparation to learn to how live a life against the abstract processes of domestication – that exceeds the two hegemonic paradigms of happiness offered by Western civilization: on the one hand, happiness understood as an equilibrium operative to virtue (aretē); or, on the other, the community of salvation as a compensatory effect for the structural gap of the fallen subject, original sin (felix culpa). One could clearly see that politics at the level of civilization could now be defined as the instrument that manages the production of happiness as a temporal exception in life, but never a defining form of our character.

The wolf that is Lazzaro’s form of life – at a posthistorical threshold that dissolves the anthropological divide man and animal – offers us a third possibility: happiness understood as the refusal to partake in the promises of civilization in order to attune oneself to an errancy of life that allows itself to be hunted by an experiential imbuing of the world. Happy Lazzaro? Yes, but never a Sisyphus who is incapable of experiencing the vanishing horizon between earth and sky in infinite divisibility of the world. The wolf unleashed traverses a geography against domestication, revoking the phantasy of home (the oikos). I will let the last words be made by some fellow-travelers contemporary American thinkers: “Civilisation, or more precisely civil society, with all its transformative hostility was mobilized in the service of extinction, of disappearance. Fuck a home in this world, if you think you have one.” [7].

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Notes

1. Gerardo Muñoz. “Dix thèses sur Lazzaro felice” en tant que forme de vie”, Lundi Matin, May 2019: https://lundi.am/Dix-theses-sur-Lazzaro-felice-en-tant-que-forme-de-vie

2. Hans Blumenberg. “Of Nonunderstanding: Glosses on Three Fables” (1984), in History, Metaphors, Fables (Cornell University Press, 2020), 562-566.

3. T. J. Clark. “Masters and Fools”, LRB, vol.43, No.18, September 2021. 

4. Thomas Hobbes. Man and Citizen (De Homine and De Cive) (Hackett, 1991), 11.

5. “Éléments de descivilisation” (part 2), Lundi Matin, april 2019:  https://lundi.am/Elements-de-decivilisation-Partie-2

6. Jerónimo Aterhortúa Arteaga. “Creer en las imágenes: entrevista a Alice Rohrwacher.”, Correspondencias, May 2021: http://correspondenciascine.com/2021/03/creer-en-las-imagenes-entrevista-a-alice-rohrwacher/

7. Stefano Harney & Fred Moten. The Undercommons: Fugitive Planning & Black Study (Minor Compositions, 2013), 132.

Legitimidad y deseo: apunte a una conversación. por Gerardo Muñoz

En la conversación sobre cibernética y experiencia que tuve hace unos días en la red Copincha, la pregunta por la duración de las prácticas apeló en varios momentos a la noción de legitimidad. Ciertamente, el momento de mayor claridad fue cuando Elena V. Molina señaló que la evolución de las prácticas de una comunidad va “acumulando legitimidad”, y, que por lo tanto, logra minimizar el poder de los discursos abstractos. Aunque yo estoy de acuerdo con la diferenciación entre prácticas y discursos, me gustaría cuestionar la apelación a la legitimidad tanto en su acepción minimalista como maximalista. Una dimensión minimalista de la legitimidad supone condiciones mínimas de orden; mientras que la maximalista implica un tipo de diseño específico para sedimentar ese orden desde un consenso mayoritario o constituyente. La legitimidad es siempre un principio y un recurso que en última instancia busca establecer una autoridad. Pero esta autoridad es la que está en crisis hoy, y a la que solo podemos inscribir desde el lado de la dominación; esto es, como estructura específica de gobierno que ahora pasa a ser compensatoria de la ilimitación fáctica y de la crisis de las mediaciones. La tarea actual nos exige pensar una forma de espera que no remita al suelo de la legitimidad, o al menos que no se agote en ella.

Ante la solicitación de un principio de legitimidad, sea minimalista o maximalista, podríamos contraponer el deseo como disyuntiva de toda comunidad en la que se despliegan prácticas, hábitos, y lenguas en común. Sin embargo, esta dimensión común ya no participa de una substancia o cualidad genérica, ni se deja registrar en un particularismo. En realidad, el único común entre prácticas y hábitos se tramita por la irreductibilidad del deseo que es siempre singular e intraducible en otro. Lo común, entonces, es lo que solo podemos tematizar como deseo sin transferencia del goce subjetivo, esto es, sin cierre catético a un principio de organización. De ahí que el deseo no constituya un nuevo principio de legitimidad, sino que más bien es una archi-legitimidad, en la medida en que no hay otra legitimidad que la del deseo singular e irreductible (de la misma manera que “una lengua” es irreductible al discurso).

Cuando hablamos de práctica y uso (chresis) en el marco genérico del dominio técnico, en realidad se está intentando buscar una salida de la producción ficcional de legitimidad. En efecto, mientras que la legitimidad está del lado de la fantasía fundamental de toda simbolización subjetiva; el deseo se inscribe en la dimensión del no-sujeto y por lo tanto en el umbral de toda estructuración de legitimidad. Por lo tanto, es desde el deseo archilegítimo mediante el cual podemos pensar hoy otro sentido de la comunidad más allá de las teorías del orden propio de la teología política. Concederle prioridad al deseo frente a la legitimidad supone dar un paso fuera del sujeto de lo político, así como del esquematismo que ha traducido la heterogeneidad de las prácticas a los esquemas del orden (diseño) y de la hegemonía (consenso). En todo caso, la legitimidad propiamente política hoy estaría a la espera de ser nombrada. Pero solo podemos prepararla desde la distancia del deseo.

El pasado año algunos miembros del colectivo Internacional Vitalista me preguntaron sobre qué figura elegiría para un presente sin autoridad. Las opciones que me dieron fueron las siguientes: el monje o el delincuente. El moje asumiría una xeniteia interior, en retirada del mundo para anidarse en la fuerza de su alma, pero solo a condición de perderse de los acontecimientos que, como la lengua, nos vinculan a la exterioridad. El delincuente, por otro lado, trafica con la dimensión in-munda de la estructura equivalencial entre sujetos y objetos, aunque todavía depende de la ley (de la ganga o del estado) para afirmar su propia supervivencia. A la luz de la discusión sobre deseo me gustaría avanzar una tercera figura: la existencia ilegitima o bastarda que ya no participa en la adecuación de principios, sino que recorre la facticidad sin otra cosa que las verdades que van emanando de la práctica y la experiencia al interior de su entorno.

La condición ilegitima y fugitiva no reconoce paternidad alguna, salvo la irreductibilidad de sus medios. La condición ilegitima le da la espalda a la aparición de un nuevo amo como sutura en el goce que garantiza un orden. Tal vez fue esto lo que Jacques Lacan quiso llamar la atención sobre la futilidad de la vuelta al punto inicial: “Hacer la revolución…ustedes deber haber comprendido lo que eso significa, volver al punto de partida: a saber, que no hay discurso del amo más desamparado que en el lugar donde se hace la revolución”. El deseo es entonces lo que mora en el desamparo de un tiempo posthistórico para el cual no hay suelo legítimo. O al menos no todavía.

El dominio cibernético. Para una sesión en la plataforma Copincha. por Gerardo Muñoz

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I. El dominio cibernético. Antes de comenzar debo agradecerle a la plataforma Copincha (La Habana) por la generosa invitación a esta conversación en la que solo voy a abordar tres hipótesis y sustraerme de conclusiones cerradas, puesto que el problema de la cibernética sigue siendo un horizonte abierto en mutación. Mi preocupación reflexiva sobre esta temática es un sobrevenido de una interlocución de años ligada a lo que llamamos infrapolítica, sobre la cual también podemos conversar si resulta de interés o relevante a lo largo de nuestra discusión. En primer lugar, me gustaría recordar que el problema de la cibernética es, primero que todo, el problema por la pregunta la dominación contemporánea; esto es, sobre qué tipo de razón sobre la cual hemos devenimos sujetos de operación efectiva de racionalización. Hablar de racionalización es intentar hacernos cargo de una compresión concreta de la realidad. 

Desde luego que hay una historiografía de la cibernetica – de Norbert Wiener y a la cibernetica biológica con Maturana y Varela, pasando por la teoría de sistemas complejos hasta el dominio actual de la programación que hoy asociamos con Silicon Valley como “nuevo espíritu mundial” – pero prefiero tematizar la cibernética en la línea señalada por Martin Heidegger que podemos organizar en dos registros: (i) un nuevo dominio sobre la vida biológica, y (ii) como una integración de las ciencias en la que realiza y se lleva a su fin las propias condiciones de la filosofía occidental. En efecto, para Heidegger la cibernética constituía una nueva “ciencia fundamental” con el fin de ordenar la producción y los modos vitales de la socialización. Dicho de otra manera, la cibernética marcaba el desborde la ontología regional de la ciencia hacia la consumación de la técnica de administración total de las mediaciones entre vida y mundo. En un importante ensayo de 1967, en su momento, una conferencia leída en Grecia, Heidegger desplegaba el dominio cibernético de esta forma: 

“La victoria del método [científico] se ha desplegado hoy en sus posibilidades más extrañas en la cibernética. La palabra griega kubernetes (χυβερνήτης) significa el que capitanea el timón. El mundo de la ciencia deviene en el mundo cibernético. Y la matriz cibernética del mundo presupone que el direccionamiento o la regulación es la característica más importante porque busca calcular en todos los acontecimientos del mundo… Y la regulación de un acontecimiento por otro es mediado por la transmisión de un mensaje, esto es, por la información. En la medida en que los eventos regulados transmiten mensajes hacia lo que lo regula y lo in-forma, la regulación tiene el rasgo fundamental del feedback-loop de la información” [1]. 

No podemos tematizar todo lo que se abre con esta definición de Heidegger, pero podemos enfatizar cómo el dominio de la cibernética no es manera figura (Gestalt) representacional de una ontología regional (la economía, la política, la sociedad civil, los instrumentos), sino que aparecía como régimen de calculabilidad de la propia dimensión acontecimental de los fenómenos en el mundo. De ahí la fuerza de la estadística y el decisionismo continuo de la física experimental – esta era la hipótesis del físico italiano Entore Majorana – irremediablemente llevaría a aumentar las capacidades de gobierno sobre la heterogeneidad de los acontecimientos. Por eso la cuestión de la cibernética como despliegue específico de la era de la técnica en la unificación de la ciencia debe ser entendido también como efecto político, a pesar de que su estructura sea auténticamente post-política en la medida en que el proceso fuerza radica en la optimización y atenuación del conflicto, transformando el orden categorial de la política moderna cuya invención presupuso, como sabemos, nociones de autoridad, contrato social, y una antropología específica (el ciudadano) para frenar las guerras civiles inter-estatales europeas. Como sabemos, la forma estatal hacia la segunda guerra mundial se mostraba incapaz de producir estabilidad y trazar nuevos límites o diques de contención ante lo que en su momento se llamó la “era de la neutralización”.

De igual forma que hemos dicho que la cibernética es la realización y cumplimiento onto-teológica de la metafísica en el quiebre de la economía entre ser y pensar; podemos decir que ella también constituye la ciencia general de una política imperial para optimizar la stasis o guerra civil que sobreviene después del fin de un principio estable de autoridad [2]. De ahí que la cibernética sea un marco general para entender la reproducción de la vida (que estrechamente se ha entendido como biopolítica) como disponibilidad continua de un régimen de seguridad para los modos de existencia en el mundo. Por eso, como ha visto bien Yuk Hui, la tecno-política no se limita a una forma de vigilancia de las conductas, sino también a la autoreproducción de un estado de seguridad en función de valores, prevenciones, y parámetros de un diagrama general que solicita de la totalidad poblacional [3]. Una vez más, me parece que Heidegger había visto esto con precisión en Camino de campo (1945): 

“El mundo estructurado (gestell) como mundo científico-técnico no es en absoluto un nuevo mundo artificial ni tampoco debe entenderse como el mundo natural; al contrario, es una configuración dispensada de la representación metafísica del mundo…El ser en la era de la devastación del mundo consiste en el continuo abandono del ser. La malicia de esta devastación llega a su punto de consumación cuando asume la apariencia de un estado de seguridad en el mundo que garantiza el “standard of living” como el objetivo más alto de la existencia que debe ser realizado.” [4]. 

Aquí aparece condensado el nudo de la cuestión: a mayor extracción de información poblacional, mayor el despliegue de la securitización del mundo de la vida y sus mediaciones; y, por consiguiente, el ascenso de un estado valorativo de la seguridad de la totalidad de los modos de vida requiere un continuo proceso de abandono de la experiencia del singular en la que podemos experimentar nuestra relación libre con el mundo y las cosas.  

III. Experiencia y crisis del afuera. Creo que hasta aquí se puede ver que, de manera sistemática, la cibernética supone una crisis de la experiencia en tanto que el mundo de la vida y de la existencia deviene co-sustancial con el proceso del organismo. De ahí que la cibernética sea también una continuación del proceso antropológico, si es que entendemos por hipótesis antropológica la relación entre prevención, estratos operacionales del organismo vivo, y optimización de sus procesos ante el principio de realidad. La crisis de la experiencia supone también que ahora los modos (hábitos, afectos, y latencias) son formalizadas por un nuevo dominio del medio. Por eso tiene razón el filósofo Rodrigo Karmy al decir que la cibernética también implica la producción autopoetica de la experiencia, lo cual nos remite al dominio del medio que hoy ha sido corroborado por la matriz del user – producer de la movilización digital [5]. Dentro de este dominio de medio de los flujos de comunicación el sujeto pasa a ser cifrado como dispositivo de la “información” y “noticias”, dos de las unidades mínimas del dominio cibernético como había señalado Heidegger [6]. El dominio sobre la experiencia es la función de una recursividad como terminación efectiva del dualismo entre sujeto y objeto, entre naturaleza y técnica.

La dificultad de la cibernética, en todo caso, residiría aquí: como liberar la “experiencia” hacia un uso heterogéneo en cada caso de sus medios contra la caída a la totalización de la imagen mundo. ¿Es posible sustraerse de ella desde una concepción de irreductibilidad, a la vez que podamos volver a retener modos, prácticas, y formas para la vida cortocircuitando el vitalismo substantivo en la clausura de la época de la metafísica? Es una pregunta que, desde luego, solo podemos rozar y morar en ella, y que tan solo puede ser tarea del pensamiento en retirada de la técnico-política; y que, por lo tanto, solo puede ser abordarse de manera infrapolítica (recogiendo el abismo entre vida y organización politica). Esta operación es también la pregunta por dotar de singularidad de una experiencia por fuera del régimen de la extracción bio- cibernética.  

III. Organización y acontecimiento. Si la cibernética es el cálculo de optimización de “todos los acontecimientos del mundo”, entonces la tarea de un corte contra la ciencia general cibernética recae en la sutura del mundo de la vida y la dimensión de los acontecimientos. Y la dimensión del evento no debe entenderse como un suceso histórico ni a la mera aparición de los fenómenos entregados a los problemas de la tecnicidad; al contrario, el acontecimiento es lo que substrae de la predicación, y lo que, en su modo intempestivo e incalculable, puede transformar nuevos usos, heterogeneidad de medios, y hábitos capaces de generar una nueva disponibilidad. Creo que aquí encontraríamos esa dimisión de una “reconfiguración de prácticas” y “usos libres” de una comunidad abierta – tal y como busca desplegar la red de Copincha en su programa – para generar formas de excentricidad con respecto a los mecanismos de subjetivación en los cuales nos arroja la armazón cibernética. Ahora bien, desde luego, naturaleza es técnica. El problema de la cibernética es que, por el contrario, fuerza una re-totalización entre ecología y maquinación, naturaleza (physis) y cultivo de los modos de vida. 

De así que lo último que me gustaría proponer aquí a modo de conclusión para abrir la conversación es que la cuestión a pensar es como organizar lo heterogéneo, esto es, la dimensión del acontecimiento que nos excede porque siempre se coloca fuera de la vida. Esta dimensión “cosmotécnica”, desde luego, tiene que ver con una nueva relación con la locación y la diversificación de usos técnicos, como ha sugerido Yuk Hui, pero solo en la medida en que pensemos la locación como recogimiento entre el acontecimiento y el territorio, entre los usos (hexis) y el mundo. Sabemos que un locacismo nominalista y substantivo puede fácilmente convivir a la sombra de la configuración imperial. Entonces, ¿podemos pensar una organización de la dimensión invisible del acontecimiento sin que ésta recaiga en la funcionalización de la herencia del estado de derecho y de la génesis de la ley (ius) occidental? ¿Una organización de lo heterogéneo capaz de multiplicar las formas que nos damos y fragmentar el acenso de las mediaciones con el mundo? Tengo para mi que esta sería, en parte, una de las tareas del pensamiento. Me permito concluir con esta cita de Julien Coupat, aunque me gustaría que tengamos en mente cibernética cuando leamos policía:   

“Los policías son ilegalistas como los otros. Viven en bandas, son brutales, sin fe ni ley. Se vengan sin comisión rogatoria de los autónomos que los “desmiembran” en sus sitios de internet. La única cosa que los distingue de las otras bandas es que están organizados en un aparato de complicidad más vasto, y que de esta manera se arrogaron la impunidad. Dicho de otra manera: no hay más que fuerzas en este mundo, que se consideran criminales de manera proporcional a su desorganización.” [7].

Si la organización siempre se ha entendido como instrumentalización para un fin, la conquista de la hegemonía, o la unificación de la heterogeneidad en un principio (archeîn), entonces otra organización tendría que ser aquella en la que el desorden desde los usos vernáculos que ya no aspiran a la fundación de una nueva legitimidad de lo social, sino a la instancia de la expropiación con el mundo [8]. En este punto emerge la cuestión de un nuevo sentido de institucionalidad de lo irreductible (synousia) capaz de hacerse cargo de una perdurabilidad del deseo sin remitir a los principios del orden que habilitaron la cibernética y la absolutización productiva [9]. (Hago un paréntesis aquí: no es casual que en las apuestas posliberales contemporáneas – el neo-integralismo tomista como el postneoliberalismo financiero del mundo de la criptomoneda – hayan terminado apaleando a formulaciones de un principio de legitimidad. Y esto debe hacernos sospechar de la forma comunidad) [10]. La pregunta por la organización de las prácticas en el tiempo atiende a la dimensión del acontecimiento para una relación práctica con el mundo. “Nada está permitido afuera, puesto que la sola idea del ‘afuera’ es la fuente real del miedo”, nos advertían críticos del proceso absoluto de la ilustración [11]. Una nueva relación disyuntiva con el afuera rechazaría la subsunción a la estructuración de la Técnica y sus dispositivos de la equivalencia de una imagen en la que todo ha sido realizado a cambio de que nada acontezca. 

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Notas

1. Martin Heidegger. “La proveniencia del arte y la destinación del pensamiento” (1967).

2. Tiqqun. La hipótesis cibernética (Acuarela Libros, 2015). Trad. Raúl Suárez. 73-74.

3. Yuk Hui. “Machine and Ecology”, Angelaki, Vol.25, N.4, 2020. 61.

4. Martin Heidegger. Camino de campo (1945), 126-138. 

5. Martin Heidegger. “The End of Philosophy and the Task of Thinking”, en On Time and Being ( University of Chicago Press, 2002). 58.

6. Gerardo Muñoz. “Cibernética, optimización y experiencia”, Infrapolitical Reflections, mayo de 2021: https://infrapoliticalreflections.org/2021/05/16/cibernetica-optimizacion-y-experiencia-por-gerardo-munoz/

7. Julien Coupat. “Engrenages, ficción policial”, Ficción de la razón (julio de 2021): https://ficciondelarazon.org/2021/07/22/julien-coupat-engrenages-ficcion-policial/

8. Jacques Camatte & Gianni Collu. “On Organization” (1973), en This World We Must Leave (Autonomedia, 1995). 19-39.

9. Gerardo Muñoz. “La sinousia de Platón”, Infrapolitical Deconstruction, mayo de 2018: https://infrapolitica.com/2018/05/03/la-sinousia-de-platon-por-gerardo-munoz/

10. Tanto la postura del neo-integralismo católico como la nueva configuración técnica-financiera comparten un mismo objetivo: reanudar un nuevo principio de legitimidad para un orden concreto. Y la finalidad crítico-metafísica atraviesa a ambas posturas: detener a todas cosas la revolución o la guerra civil, el miedo al fragmento (el integralismo católico apela a una nueva trascendencia administrativa; el poder financiero a una inminencia del empoderamiento subjetivo). Ver, “What Legitimacy Crisis?” (Cato, 2016) y “Bureaucracy and Distrust: Landis, Jaffe, and Kagan on the Administrative State” (Harvard Law Review, 2017) de Adrian Vermeule; y, del mundo de las finanzas, “The Most Important Scarce Resource is Legitimacy” (2021), de Vitalik Buterin.

11. Max Horkheimer & Theodor Adorno. Dialectic of Enlightenment: Philosophical Fragments (Stanford U Press, 2002). 11.

*Estos apuntes fueron escritos para el marco de la conversación “Experiencia, organización, y el dominio cibernético” de la comunidad Copincha (La Habana), y que tendrá lugar el 13 de agosto aquí: https://t.me/cafesorpresa?voicechat

La guerra civil y el carácter: una nota. por Gerardo Muñoz

La temática de la stasis o guerra civil se puede entender tanto como herramienta para una nueva analítica del poder, así como una figura que prepara y pone en disposición una la transfiguración de la política. Si bien lo que anuncia la transfiguración de la política es hoy innominado – y que habría que asociar fuertemente con el aviso de Heidegger sobre la democracia para una época absolutamente dominada por la técnica – lo cierto es que la stasis le da un golpe de gracia a la ruina categorial de la política moderna; y, en particular, a los fundamentos del republicanismo cuya condición mínima de posibilidad es la autoridad. En efecto, si estamos en guerra civil es porque ya no hay objetivos ni principios de orientación definidos. Y así diríamos: donde no hay fines entonces toman partido los medios, aunque seamos incapaces de nombrar la simbolización política más allá de los viejos principios de la acción y la realización. Esta ciencia de la stasiología – como la ha situado Rodrigo Karmy en un horizonte de rendimiento teórico productivo – es salida al bios theoretikos a la espera de una nueva secuencia de politicidad, irreductible a la fisonomía democrática y en disyunción con la forma de lo civil (Martínez Marzoa). 

En el campo de la comprensión del poder, la guerra civil aparece como un nuevo realismo sobre la organización de fuerzas. Esto lo ha tematizado con nitidez Julien Coupat en un reciente ensayo que vale la pena citar: “La única cosa que los distingue [a la policía] de las otras bandas es que están organizados en un aparato de complicidad más vasto, y que de esta manera se arrogaron la impunidad. Dicho de otra manera: no hay más que fuerzas en este mundo, que se consideran criminales de manera proporcional a su desorganización” [1]. En otras palabras, la guerra civil es otro nombre para la anarquía de los fenómenos por fuera de la intensificación amigo-enemigo del conflicto central. Y no es porque la definición del enemigo-amigo haya desaparecido; sino que, como sugiere Coupat, el nuevo diagrama de la composición de lucha se condensa en la manera en que podemos organizar la pasión de una parte contra la ficción de la separación entre sujetos. Dicho en otras palabras, la guerra civil es una nueva física de la separación de lo político en virtud de ser una separación de todas las energías subjetivas que paralizan el campo afectivo de las formas que nos damos.

Paradójicamente cuando Amadeo Bordiga decía que solo se llegaría a la revolución una vez que seamos lo suficientemente “desorganizados” en realidad quería decir lo mismo: la desorganización de la especie agrupará a los entes en una nueva comunidad de estilos y afecciones más fuerte que los dispositivos de la reducción interna del sujeto. Y, en última instancia, esto también implica que el mundo no solo puede ser transformado desde una técnica-política (esto siempre fue la salida del leninismo) sino desde una praxis experiencial. Esta praxis de la experiencia reconoce la irreductibilidad entre formas y acontecimiento: dotarnos de fuerza en las formas en separación es otra manera de autoorganizar la contingencia de nuestros modos. Esta autonomía no denota una capacidad subjetiva del actuar, sino una composición libre de las maneras de ser.

De ahí que sea importante recordar que el momento en el que Giorgio Agamben alude a la stasis de Tiqqun en L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014) lo hace en relación con el gusto propio de las inclinaciones. Y el “secreto del gusto”, nos dice Agamben, es definitorio de los gestos y los medios que realizan y llevan a su término el brillo de todo carácter [2]. De esta manera, la stasis o guerra civil, no supone la confrontación total entre los miembros de una comunidad política; sino que, al contrario, es apertura a la declinación de los gustos para poder nutrir un carácter. Desde luego, esto supone una inmensa dificultad para la concepción clásica del republicano. De ahí que cuando Rodrigo Karmy dice que “la guerra civil pone en crisis la herencia del republicanismo” le debemos tomar la sugerencia al pie de la letra, pues en la stasis la unidad de la existencia ya no es el ciudadano del derecho, ni tampoco la acción ni las oscilaciones metafísicas entre cosas (-res) y sujetos. Ahora es el ethos la noción operativa para la experimentación en separación de la política, o lo que algunos de nosotros hemos venido llamando desde hace algunos años infrapolítica.

Por eso, dejando a un lado a la producción y a la acción del eón político (desde el meson de la polis misma), aparece el cultivo de la existencia que Karmy invita a pensar como: “borde del mundo, jardín es la figura que remite al cultivo del estilo” [3]. Este cultivo del estilo es el brillo de la guerra civil como separación abismal entre fragmentos que Josep Rafanell i Orra tematiza como cultivo de la parcialidad. En esta ecuación la politicidad es un proceso secundario, a la espera de ser dotado de una forma que ya no pueden ser mimética ni de la isonomia ni de la configuración republicana para un presente post-autoritario. Este paso atrás a la textura sensible es tal vez lo que siempre denegó el fundamento de la política moderna para legitimarse; y es solo ahora que reaparece con bajo la discontinuidad vital de la guerra civil. Si la pregunta del enemigo es siempre la pregunta por nuestra forma (gestalt); la guerra civil es la pregunta por el carácter, esto es, de cómo vamos a ser lo que somos.

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Nota 

1. Julien Coupat. “Engrenages, ficción policial”. Ficción de la razón, julio de 2021. https://ficciondelarazon.org/2021/07/22/julien-coupat-engrenages-ficcion-policial/

2. Giorgio Agamben. L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014). 294.

3. Rodrigo Karmy. “Stasiologia: prolegomenos para una anti-ciencia de las formas de vida”. Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, Revista Disenso, N.III, ed. Rodrigo Karmy, julio de 2021. 102-120.

*Esta nota se escribió para acompañar la presentación del número “Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, editado por Rodrigo Karmy de la Revista Disensohttps://youtu.be/mV-XNkxrUQ0. Encuentro organizado por el editor de la revista Iván Torres Apablaza. 

Mujercitos: pasión por la autonomía. por Gerardo Muñoz

Ellos son los cazadores de la “comunidad”, del “movimiento”, de la “figuración”, y del “activismo”. Ellos persiguen los discursos ensimismados en la moral porque desconocen otro mundo. Eternizados en el encandilamiento del espectáculo, para ellos la vida se reduce a la mediatización (están dispuestos a suprimir todos los medios que le facilitarían el acceso al mundo). Ellos viven en la lucha del valor político para el cual laburan infinitamente y sin tregua. Ellos: una vida sin textura que desconoce lo que puede acontecer en la tarde de un domingo.

En nombre de las alianzas y la comunidad terminan encarnando la logística policial que ordena la época: corregir todas aquellas desviaciones que atenten contra la rectitud de lo adulto, proteger todos los valores del principio de representación, esquivar la intensificación del disenso. Ellos representan la eficacia del poder para una época sin hegemonía. En su excentricidad, Mujercitos emerge como una nueva pasión por la autonomía de la parte y rompe contra el monopolio de la ficción de ellos. Esta parte maldita y salvaje evita el reconocimiento, rechaza la transferencia de las demandas, y destituye la vida impostada. Mujercitos es el gesto de una simbolización que no tiene programa ni objetivos.

Desde ya, el gesto es índice del éxodo de la pulsión mimética por la repetición. Un gesto se arma de la potencia que le proveen sus medios: una imagen o un fragmento parcelado del mundo contra la administración del dispositivo “periodístico”. Y contra la mala fe de las opiniones, Mujercitos afirma una verdad: nuestro mundo no es el suyo. Esta diferencia es el abismo limítrofe entre el mundo de los dormidos y el de los despiertos. Para los dormidos, todo concluye en una política del orden, de la coordinación, de la vanguardia, y de un movimiento voluntarista que busca esconder a toda costa su sonambulismo activista. Para los despiertos, poner un gesto es comenzar un viaje sin destino, porque solo desde ahí es que podemos interrumpir todo lo predecible que se nos ha ofrecido como migajas para el animal de cautiverio.

Los despiertos saben que toda comunidad presupuestada en la política no es otra cosa que compensación para permanecer en la celda del sujeto. El gesto de Mujercitos – su vitalismo juvenil, su potencia cinética, su capacidad de mezclar y barajear gestos contra la retórica de lo asignado – le devuelve al presente las certezas afirmativas contra una reacción generalizada y rampante de todo movimiento político. Y esta es la irreductibilidad de las partes: mientras que el movimiento en política no puede existir sin los adhesivos que lo sostienen como una momia; poner en movimiento una vida es la postura singular que abre a la experiencia. Dicho de otra manera, Mujercitos encarna el infra-común que rechaza la dimensión litúrgica de lo interpersonal y de lo universal (el Humanismo que regresa para los soñolientos del Futuro) que se decantan por la matriz de la identificación. 

Por último, el estilo Mujercitos reside en la manera en que le devuelve a la “disidencia” su sentido original en el plano de la vida sin facturar por la fantasía fundamental de lo político. El problema con una “disidencia política” ha sido siempre el mismo: su enchufe anal a la máquina gubernamental. Entiéndase: el “disidente político” nunca es tan disidente como para disentir de la miseria de su vida reactiva; pero tampoco nunca es tan político como para atreverse a poner en “uso” otra cosa por fuera de la metafísica sacrificial del militante. La disidencia de Mujercitos ahora supone la afirmación del deseo: disentir contra todo aquel que se pronuncie como cerrajero de la Historia y sus inversiones culturalistas. Pues eso, una nueva cultura de la violencia: abandonar las competencias de aquellos qué buscan desencadenar los guiones de destinos ajenos. Desaprenderlo todo para dar paso a la comedia de los pueblos frente a la tragedia de la política.

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*Este apunte se escribió para la discusión con el colectivo Mujercitos en el marco de la exhibición Echándola! 3-12 de Julio, en Chinatown Soup Gallery, NYC, 2011.

Imagen: Claudia Patricia Pérez del colectivo Mujercitos. Junio de 2021.

Event and retreat: on the autonomy of the Cuban contemporary art scene. by Gerardo Muñoz

Event and the problem of sequence. According to Carlo Diano some historical epochs are prone to being inclined towards events rather than forms; that is, they allow the proliferation of states in the world rather than allocating forms to make sense of what has taken place [1]. Since 1959 – but also before this historical demarcation if one considers the failure of the bourgeois Republic and the apparatus of transculturation – the Cuban Revolution was poor in both form and events. Indeed, the institutionalization of the revolution has attempted at all costs to police the excess of both of these poles of world-making. On the one hand, the historical development of 59 secured an event that translated itself as historical and national necessity to legitimatize the production of a new “revolutionary subject” (el Hombre Nuevo); and, on the other, it assigned the supreme form of political unity in the charismatic authority of the Fidel Castro as the principle of a new political legitimacy [2]. It is against this historical frame that the event of 27N that gathered young artists, intellectuals, and writers at the doors of the Ministry of Culture should be measured up: the November gathering was an exodus from the total narrative of the revolution by insisting on the contingency of an event that affirmed a relative autonomy from the state as well as a separation between state and civil society. More than a set of clear demands at the level of objectives, political calculation, and cultural reabsorption to the logistics of the state; the 27N event in its outermost radiant potentiality was a breakthrough as a vital discontent of the youth that attuned itself to an experiential politics that have characterized the cycle of recent revolts of the past five years or so from Paris to Santiago de Chile and Quito, to the hinterlands of United States that no longer seek a modification of the social, but more fundamentally a thorough exodus from it.

I am not saying that they all recent revolts are homologous processes (or events of the same intensity or destructive vocation), but they do share the ecstatic vitality that posits experience over the technified and well-organized planning proper to the vanguard artist invested in mass conduction. Of course, giving primacy to the force of the event raises the question about both temporal and spatial sequence: in what way could those fragments, affects, and gestures transformed by the event mitigate their swerve without succumbing to the re-totalization of political recognition? There is no doubt that this has happened to the 27 Movement by virtue of the actualization of the phantasy of a movement. But a movement is the force that unifies political will, concentrates degrees of intentionality, and crafts a specific subjective discipline against any deviation from its rectilinear force [2]. We can call the phase of the “movement” a mediatized sequence that limits the possibilities of autonomous forms to effectively renounce the limits of totalization. Rather, given the experiential dimension of the contemporary events, it seems to me that the emphasis today should be placed at the level of genesis of forms, which implies connecting rhythmically the fragments within a sequence as a response to the metaphorical articulation of parts into a ‘movement’. In this sense, the sequence in the aftermath of an event must rethought against the grain of the category of ‘movement’, which in political modernity dialeticized the parts into in a temporal suspension unto the homogenous field of historical reabsorption. The force of the event, on the contrary, is what can render destitute the seduction of historical narrativization; or, for that matter, the assumption that political action still has transformative capacities within the set of developmental strategies of subjection, sacrifice, and voluntarism, all elements at the service of the metaphysical grid that constitutes the infrastructure of the philosophy of History. 

The hypothesis of the artistic legal turn. It should not come as a surprise that the limits of the movement demands that we raise questions about the functionalization of the militant in contemporary artistic practice. We should be willing and able to abandon the figure of the militant as always already positioned as a reactionary subject, which transfers military force to unified energies of the cause established by the movement [3]. It should be remembered here that the theoretical grounds of “activist” relational aesthetic was rooted in the transposition of the post-foundational theory of hegemony in Laclau & Mouffe’s theorization as a regulatory principle in the field of artistic practices [4]. But the price to be paid here is enormous, given that the artistic gesture and the possibilities of imagination are now folded unto the ground of “political action” recasting the old semblance of vanguard to achieve cultural domination. But since no cultural hegemony is ever fulfilled, it follows that political hegemony becomes a vector for the valorization of available strategies. It is no surprise, then, that artistic practice, once it turns to activism, becomes a pedagogical tool for and by militant subjects to stabilize the ascesis of self-consciousness. In sacrificing the autonomy of forms, militant subjectivity mirrors an intra-communitarian domination premised on policy and calculation to the idea. In other words, situating the set of strategies at the level of hegemony means necessarily that we have to accept the conditions already in place. What really changes is merely the site of subjection. It seems to me that this same issue is behind a nascent “legal turn” by which the artistic practice centers around drafting, contesting, and exercising pressure against the state by means of its own legal pathways. The problem with this strategy is that, as any jurist knows well, law is constituted of the pole of legality the pole of legitimacy. The turn towards legality becomes accepts the pragmatic conditions of norms and rules but leaves untouched the crisis of legitimacy that it seeks to transform.

In other words, whereas artistic imagination should be able to destitute the objective conditions of any given reality to new set of operations of transformation; the strife over legality ends up, at times counter-intentionally (and in a preserve way, generating unintended consequences), those very goals that it wants to endorse. In the Cuban case this is even more so, given that “fidelismo” far from being a set of original ideological principles or an unambiguous political philosophy guided by principles, has morphed into an all-encompassing institutional fabric that sustains the total state vis-à-vis a juristocratic operation of the legal order. Borrowing the terms from the discussions about the limits of constitutional transformation in Chile in the wake of the post-dictatorship transition to democracy, one could argue that the performance of the legal operation becomes the juristocratic tool to transform the relations between political life and imagination within the framework of given social relations [5]. Hence, if the artist pretends to incarnate a new version of the old paradigm of the “artist as jurist” soliciting the sovereignty of the creator over the vocation of the politician, one should expect the boundaries of the legal dominium of the state to expand, as it has happened with the reiterated executive administrative decrees deployed to normalize the rule of the state of exception. To break this cycle of legal administration, the artistic practice must affirm a disjointed zone between life and artistic autonomy over the excessive boundaries of the law. In fact, legality and policing should be understood as the two poles of the optimization of control once legitimacy no longer works to bind a political community. 

Retreat and obstruction. The minimal condition of any sequence in the aftermath of the event resides in how we protect the surround against the logistics of state policy, cultural administration, and political militancy [6]. These three vectors are the agents of hegemonic intervention against the unregulated proliferation of forms in the wake of the event. Recently, I have called this autonomous self-defense of forms a diagonal that moves against and outside the political demand [7]. The failure of not retreating from the foreclosure of subjective politics (of reducing a form of life to a subject of the political) entails that action will always be on the side of reaction. As Elena V. Molina has brought to attention on several occasions, the reactive action is so not because of ideological color or political affinity, but rather because it remains inscribed within the coordinates that the state has assigned it in order to generate responsive relays or bring to exhaustion the emergence of a new sequence. Rather, in the gesture of retreat (which can be read in the works of Camila Lobón’s infantile books, the opaque graphism of Esequiel Suarez, the sensible violence of Raychel Carrión’s drawings, or the youthful vitalism of the Mujercitos Collective), the possibilities lay on the side de-subjection against both the movement and the state in favor of an infinite practice of autonomy driven by the turbulence of the imagination. What is at stake is a radical abandonment of the historiographical machine that delimits and polices the mediations between culture and state in order to open up a new reservoir of existential gestures in order to break from the previous historical epoch.

The growing autonomy of the contemporary visual arts scene announces this oblique passage from willful political dissent across ideological lines proper of the Cold War to a play of gestures that unleash a new vitality capable of defictionalizing the historical process of the state and its moral demands. Contrary to the notion of action, the gesture does not seek mimetic repetition and reproduction, but rather the preparation of an experience here and now. In a society that is subsidiary on moral conducts and expectations; the gesture, in the words of contemporary Cuban artist Claudia Patricia Pérez, becomes a way to obstruct the efficacy of power relations [8]. There is no doubt that the force of the gesture is a nascent strategy for transforming contemporary Cuba, but the scene of the visual arts is the vital field where the storming of the imagination can unclutter a hastened path outside the ruins of the civilization of the state and the stagnant epochality of the revolutionary process.  

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Notes

1. Carlo Diano. Form and Event: Principles for an Interpretation of the Greek World (Fordham University Press, 2020).

2. Nelson Valdés. “El contenido revolucionario y político de la autoridad carismática de Fidel Castro”, Revista Temas, N.55, 4-17, septiembre de 2008.

3. Giorgio Cesarano wrote in Chronicle of a masked ball (1975): “Neo-Leninists perceive the disintegration of the capitalist system as if they could anticipate, in their methods, their role as true inheritors of power…the distance between militants and militarists is only expressed as a transfer of force.”

4. This was Claire Bishop’s argument in her essay “Antagonism and Relational Aesthetics”, October, 110, Fall 2004, 51-79.

5. On the notion on the “crítica de la operación efectiva del derecho”, see my conversation with Chilean philosopher Sergio Villalobos-Ruminott, “Soberanía, acumulación, infrapolítica”, Lobo Suelto, 2015: http://anarquiacoronada.blogspot.com/2015/04/soberania-acumulacion-infrapolitica.html  

6. Stefano Harney & Fred Moten. The Undercommons: Fugitive Planning & Black Study (Autonomedia, 2013).

7. Gerardo Muñoz. “La diagonal que nos separa de la política”, Columna Cultural, mayo de 2021: https://in-cubadora.org/2021/06/02/gerardo-munoz-·la-diagonal-que-nos-separa-de-la-politica-un-comentario-a-la-conversacion-con-leandro-feal

8. Personal communication with the artist, June 2021.

  • This text was written as an intervention in the panel “The Art of Protest” organized by the Biennial of the Americas, Denver, June 24, 2021. Image: Collage by Claudia Patrica Pérez.

Ancilla amicitiae: amistad y testimonio de Iván Illich. por Gerardo Muñoz

El pensamiento del exsacerdote y arqueólogo de los sedimentos teológicos de Occidente hubiera permanecido inconcluso si no fuese gracias a su amigo e interlocutor David Cayley, quien hizo posible The Rivers North of the future: the testament of Ivan Illich (2005) póstumamente. Si bien desde comienzos de los sesenta Illich —luego de la experiencia catastrófica de generar una ius reformandi dentro del paradigma misionero en Washington Heights y Puerto Rico— había avanzado en una serie de críticas a los dispositivos de la vida contemporánea, no fue hasta el final de su vida cuando tuvo la valentía de esbozar lo que él mismo llamó su testimonio sobre el destino de Occidente. Este testimonio buscaba el desaprendizaje de las raíces proféticas cristianas para “dar comienzo a una teología de nuevo tipo”. 

Como en múltiples ocasiones Illich no se cansó de repetir, la signatura de su pensamiento (la “idea única” a la que es fiel todo pensador, según Cayley) residía en la comprensión de la caída de la Modernidad hacia la corruptio optimi quae est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”). La peor de las corrupciones había tenido lugar con el advenimiento de la profecía universal cristiana, cuya economía de la salvación terminó administrando los hábitos y los modos sensibles de la vida de los hombres. La idea de “reino” como espacio de apertura a la “sorpresa”, ahora pasaba a estar en manos de la institucionalización de la Iglesia; de la misma manera que la conspiratio convertía el pecado en administración de la comunidad de los vivos en un tiempo sin redención. Así, las páginas de la Historia vencían el misterio de las relaciones entre hombres que ya no podían elegir sus maneras libres de inclinación y afección. 

En un trabajo, complementario a su última conversación, Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University Press, 2021), David Cayley da forma a una especie de testimonio que recorre las estelas del pensamiento de su viejo amigo. Como sabemos, escribir sobre la clandestinidad de la amistad es siempre una misión imposible. Por esa razón el libro evita la biografía convencional del “sujeto que supone saber”, optando por la indeterminación entre vida y pensamiento, constelando fragmentos que siguen generando la “extrañeza” ante el pensamiento vivo de un testigo de su época. Por esta razón, la escritura de Cayley es también un ejercicio autográfico sobre la potencia de un pensamiento cuya vitalidad, ante y contra la muerte, se coloca en el umbral del testimonio. Todo esto implica, como ha señalado Giorgio Agamben recientemente, generar una verdad en el mundo que solo puede comunicar lo que es absolutamente incomunicable.[1] El libro de Cayley erra en esta dirección, sin abonar modelos o ideas aplicables para un mundo caído al mysterium iniquitatis. El misterio del mal desborda la tarea de las instituciones que alguna vez dotaron a los hombres de las certezas del mundo de la vida y de sus técnicas de sobrevivencia. El testimonio da cuenta de la humillación del hombre ante este declive antropológico que hoy multiplica las compensaciones. Y, sin embargo, no es menos cierto que los hombres en la medida en que “hablan”, no pueden dejar de ser testigos de una verdad, como un vagabundo en la noche que tropieza con ella.

En uno de los momentos más hermosos del libro —hermosos en la medida en que la belleza es también la complicidad secreta de toda amistad— Illich le confiere el secreto abierto de su pensamiento a Cayley de esta manera: “Yo dejo en tus manos lo que yo quiero hacer con mis intenciones… decirte esto en gratitud y fidelidad detrás de este candelabro que está prendido mientras te hablo de mi testamento verdadero que no es reducible a una traición, sino que ha sido elegido en mi propia vida”.[2] Como en pocos otros momentos de la conversación Illich-Cayley, encontramos aquí una instancia del brillo de la proximidad entre el carácter singular y el desasosiego histórico de Occidente. Desde luego, podemos pensar en la etapa paratáctica de Hölderlin, en la que el poeta alemán pudo dar testimonio destruyendo la gramática del poema y la razón, para así dejar ver el abismo entre el mundo moderno de las maquinaciones y la pulsión aórgica de la vieja Grecia. Tras la luz de la vela, Illich abría una instancia que, más allá de la profecía, pudiera orientar otro camino: por eso la figura del amigo ya no era un profeta, sino simplemente como una existencia que, mediante la experiencia, recordaba que las “percepciones vitales ahora eran ajenas a todos en el mundo”.[3] De ahí que Illich diga que “solo una vez que borramos la predictibilidad del rostro del otro podemos ralamente ser sorprendido por él”. 

¿Puede el pensamiento de Illich preparar una ius reformandi política o una revolución institucional en un mundo atravesado íntegramente por el mysterium iniquitatis? Ahora hemos llegado a este punto. Cuando le he preguntado esto a Cayley como antesala a nuestra conversación, me ha contestado con una respuesta que pone el acento en la vacilación: “Axiomáticamente nunca es tarde, pero esto no quiere decir que no sea, en verdad, ya muy tarde”.[4] No caben dudas de que Illich es un pensador que toma distancia de la política, y que es ajeno a sustancializar un principio de comunidad redentora. No debemos olvidar que el común para Illich es el silencio irreductible del ejercicio de dar un testimonio. De ahí que su testamento —el de una vida ex ecclesiamex universitatis, y ex mundi— solo puede hacerse desde la práctica de amistad y como reparación para las condiciones de una “práctica de amor”. Este amor ya no es una inscripción universal dispensada por la profecía, sino que afirma la celebración ante las cosas que encontramos. En este punto es que es insuficiente pensar teológicamente a Ivan Illich como un pensador mesiánico ante el agotamiento de la comunidad de salvación cristiana y sus instancias de deificación. El testimonio del último Illich registra, sin programa ni determinación teórica alguna, que el reino es la separación de nuestros modos (el espacio invisible de lo vernáculo) del régimen de la escasez. La amistad libera el espacio invisible que le devuelve la subsistencia al existente. 

Y hacerse cargo de la subsistencia supone, en última instancia, la afirmación del carácter ante la muerte por encima de los controles de optimización (risk management) de la Vida entendida como abstracción o como guerra contra la muerte singular.[5] Todo esto resuena en el presente pandémico en el que la nueva oikonomia del “polo médico” busca incidir, una y otra vez, sobre la vida haciendo de los seres vivos una mera reserva para la administración del “delivery of death” y de las estadísticas del “death toll”. Si en nuestro presente estamos atravesados por la pérdida absoluta de “la hora de tu propia muerte”, como me ha recordado Alberto Moreiras, entonces lo fundamental es retraerse de una “Vida” para comenzar a vivir verdaderamente. 

El vórtice del pensamiento de Illich recae sobre la tarea más difícil de la existencia que, en el afuera de la vida, orienta a todo destino. Buscar una tonalidad con la verdad supone retraerse de la mala fe de los valores del dominio cibernético. Fue así como Illich abrazó la amistad y la compasión al interior de un mundo roto. Por eso, en un ensayo tardío podía decir que “la amistad, la philia, era la verdadera constancia de su enseñanza… y que para la amistad no hay un nombre, puesto que varía en cada respiro”.[6] El retiro a la amistad devenía una teología transfigurada, la única ancilla amicitiae del pensamiento y el único testamento de una experiencia en un mundo en tinieblas. Y es la proximidad del testimonio aquello que atraviesa un mundo incapaz de transmitir la música de las cosas tras el fin del eón de los profetas.  

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* La presentación de Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University, 2021) de David Cayley tendrá lugar el viernes 16 de abril junto al autor, en el marco de “Conversaciones a la intemperie” organizada por 17, Instituto de Estudios Críticos.Para asistir al encuentro, abierto al público, es necesario el registro en: https://17edu.org/conversaciones-a-la-intemperie-ivan-illich-an-intellectual-journey-de-david-cayley/

Bibiliografía


[1] Giorgio Agamben, “Testimonianza e verità”, en Quando la casa brucia. Giometti & Antonello, Macerata, 2020, pp. 53-88.

[2] David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey. Penn State University Press, Pensilvania, 2021, p. 9.

[3] Ivan Illich. “The Loss of World and Flesh”, Barbara Duden y Muska Nagel (trads.), Freitag, 51, Bremen, diciembre, 2002.

[4] Correspondencia personal con David Cayley, abril de 2021.

[5] Gerardo Muñoz, “Teologías post-coronavirus”, José Luis Villacañas (ed.), Pandemia. Ideas en la encrucijada. Biblioteca Nueva, Madrid, 2021, pp. 254-265.

[6] Ivan Illich. “The cultivation of conspiracy”, Lectura en Villa Ichon, Bremen Archive. Bremen, Alemania, marzo, 1998. 

¿Comuna o práctica de comunización? Nota al debate en Le Grand Continent sobre 150 años de la Comuna de París. por Gerardo Muñoz

A la altura de los 150 años de la Comuna de París se impone la necesidad de un balance. ¿Puede todavía la irrupción de la comuna decir algo a un presente marcado por la movilización de demandas y por la proyección de futuros previsibles? El balance de la Comuna presupone una serie de despejes para mostrar la intempestividad de su fibra. En primer lugar, entonces, podemos decir que en realidad nunca existió ninguna “Comuna” monumental e instituida en el devenir de la historia (precedente desordenado de la revolución, por ejemplo). Al contrario, la comuna pone en la superficie la “existencia del inexistente” [1]. En otras palabras: la comuna no fue un proceso histórico ni una instancia de sujeción política, sino un proceso de disyunción entre existencia y acontecimiento. La existencia es la multiplicidad que evita la concreción del sujeto; el acontecimiento, por su parte, la dislocación contra el cierre de la forma. 

Por eso es por lo que jamás existió una “Comuna” tal y como quieren hacernos creer los historiadores monumentales, puesto que la comunización es necesariamente un proceso de afectación entre lo que somos y los encuentros que nos transforman en la manera en que moramos en un lugar. No se equivoca un autor anónimo al decir que la comuna, bajo el pensamiento práctico de Blanqui, constituyó la impronta de la amistad por fuera de los fueros de la organización, del Partido, de la planificación, o de la “unidad”. Todavía aquel esquematismo seductor resuena entre nosotros. De ahí que en la inscripción de los acontecimientos queden en dos subrogados: el partido de la Unidad y el partido de una amistad que sabe que lo que ha acontecido no es una “sucesión de hechos, fechas, ni un armario de ropa vieja; es el reservorio de las fuerzas de los gestos: la proliferación de posibilidades de existencia” [2]

Todavía guarda enigma aquel apotegma de José Martí, un testigo de su época: “No debe decirse la Comuna”. Lo indecible en cada comuna se retrae de la idealia de la cual extraemos lecciones para ratificar traducciones espacio-temporales. A través de esta traducción hacemos de la tierra un territorio. Otra vez: no podemos decir Comuna porque ésta es la manera en que se disuelve la comunidad para llevar a cabo algo así como “una práctica de comunización, es decir, el misterio de nuestras transfiguraciones. Y estas no tienen límites. Pero experimentar un mundo es siempre una prueba que requiere nuevas determinaciones” [3]. Desde luego, las determinaciones de cada intensificación se inscriben en las condiciones no-objetivas que atacan el ordo de la realidad. Le podemos llamar comunización a la manera en que un encuentro genera un montaje entre los materiales que disponemos y la novedad irreversible que nos ha transformado para siempre. Aquello que ha cambiado no es una fase o secuencia histórica, sino las condiciones para otros posibles modos de vida. En la contaminación y filiación cortamos sobre unificación del mundo.  

El inexistente, lo no-objetivo, y lo indecible: el proceso de comunización insiste en la división invisible de cada vida en virtud de la conquista de su destino [4]. Entendida así, es probable que la comuna ya no sea un concepto político, sino una figura para dar cuenta de una transformación de la vida una vez que ésta se ha expuesto al evento. Y, como sabemos, el evento es el enemigo del imperio. Más allá de la historia y del mesianismo, la medida de lo propio en la comunización abandona la caída de la infelicidad para vivir en lo infinito fuera de la vida.

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Notas 

1. Alain Badiou. “The Paris Commune: A political declaration on politics”, en Polemics (Verso, 2006).

2. Quelques agents du Parti imaginaire. “À un ami”, en Auguste Blanqui: Maintenant, il faut des armes (La Fabrique, 2006).

3. Una conversación mía con el pensador Josep Rafanell i Orra, de próxima aparición en la revista Disenso, mayo de 2021.

4. Gerardo Muñoz. “La época y lo invisible”, Ficción de la razón, 2020:  https://ficciondelarazon.org/2020/08/10/gerardo-munoz-la-epoca-y-lo-invisible-una-conversacion-con-asedios-al-fascismo-dobleaeditores-2020-de-sergio-villalobos-ruminott/

  • Esta nota es preparatoria para la conversación que tendrá lugar el próximo miércoles 3/17 en la revista Le Grand Continent, junto a Carlos Illades y Clara Ramas San Miguel.