La guerra civil y el carácter: una nota. por Gerardo Muñoz

La temática de la stasis o guerra civil se puede entender tanto como herramienta para una nueva analítica del poder, así como una figura que prepara y pone en disposición una la transfiguración de la política. Si bien lo que anuncia la transfiguración de la política es hoy innominado – y que habría que asociar fuertemente con el aviso de Heidegger sobre la democracia para una época absolutamente dominada por la técnica – lo cierto es que la stasis le da un golpe de gracia a la ruina categorial de la política moderna; y, en particular, a los fundamentos del republicanismo cuya condición mínima de posibilidad es la autoridad. En efecto, si estamos en guerra civil es porque ya no hay objetivos ni principios de orientación definidos. Y así diríamos: donde no hay fines entonces toman partido los medios, aunque seamos incapaces de nombrar la simbolización política más allá de los viejos principios de la acción y la realización. Esta ciencia de la stasiología – como la ha situado Rodrigo Karmy en un horizonte de rendimiento teórico productivo – es salida al bios theoretikos a la espera de una nueva secuencia de politicidad, irreductible a la fisonomía democrática y en disyunción con la forma de lo civil (Martínez Marzoa). 

En el campo de la comprensión del poder, la guerra civil aparece como un nuevo realismo sobre la organización de fuerzas. Esto lo ha tematizado con nitidez Julien Coupat en un reciente ensayo que vale la pena citar: “La única cosa que los distingue [a la policía] de las otras bandas es que están organizados en un aparato de complicidad más vasto, y que de esta manera se arrogaron la impunidad. Dicho de otra manera: no hay más que fuerzas en este mundo, que se consideran criminales de manera proporcional a su desorganización” [1]. En otras palabras, la guerra civil es otro nombre para la anarquía de los fenómenos por fuera de la intensificación amigo-enemigo del conflicto central. Y no es porque la definición del enemigo-amigo haya desaparecido; sino que, como sugiere Coupat, el nuevo diagrama de la composición de lucha se condensa en la manera en que podemos organizar la pasión de una parte contra la ficción de la separación entre sujetos. Dicho en otras palabras, la guerra civil es una nueva física de la separación de lo político en virtud de ser una separación de todas las energías subjetivas que paralizan el campo afectivo de las formas que nos damos.

Paradójicamente cuando Amadeo Bordiga decía que solo se llegaría a la revolución una vez que seamos lo suficientemente “desorganizados” en realidad quería decir lo mismo: la desorganización de la especie agrupará a los entes en una nueva comunidad de estilos y afecciones más fuerte que los dispositivos de la reducción interna del sujeto. Y, en última instancia, esto también implica que el mundo no solo puede ser transformado desde una técnica-política (esto siempre fue la salida del leninismo) sino desde una praxis experiencial. Esta praxis de la experiencia reconoce la irreductibilidad entre formas y acontecimiento: dotarnos de fuerza en las formas en separación es otra manera de autoorganizar la contingencia de nuestros modos. Esta autonomía no denota una capacidad subjetiva del actuar, sino una composición libre de las maneras de ser.

De ahí que sea importante recordar que el momento en el que Giorgio Agamben alude a la stasis de Tiqqun en L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014) lo hace en relación con el gusto propio de las inclinaciones. Y el “secreto del gusto”, nos dice Agamben, es definitorio de los gestos y los medios que realizan y llevan a su término el brillo de todo carácter [2]. De esta manera, la stasis o guerra civil, no supone la confrontación total entre los miembros de una comunidad política; sino que, al contrario, es apertura a la declinación de los gustos para poder nutrir un carácter. Desde luego, esto supone una inmensa dificultad para la concepción clásica del republicano. De ahí que cuando Rodrigo Karmy dice que “la guerra civil pone en crisis la herencia del republicanismo” le debemos tomar la sugerencia al pie de la letra, pues en la stasis la unidad de la existencia ya no es el ciudadano del derecho, ni tampoco la acción ni las oscilaciones metafísicas entre cosas (-res) y sujetos. Ahora es el ethos la noción operativa para la experimentación en separación de la política, o lo que algunos de nosotros hemos venido llamando desde hace algunos años infrapolítica.

Por eso, dejando a un lado a la producción y a la acción del eón político (desde el meson de la polis misma), aparece el cultivo de la existencia que Karmy invita a pensar como: “borde del mundo, jardín es la figura que remite al cultivo del estilo” [3]. Este cultivo del estilo es el brillo de la guerra civil como separación abismal entre fragmentos que Josep Rafanell i Orra tematiza como cultivo de la parcialidad. En esta ecuación la politicidad es un proceso secundario, a la espera de ser dotado de una forma que ya no pueden ser mimética ni de la isonomia ni de la configuración republicana para un presente post-autoritario. Este paso atrás a la textura sensible es tal vez lo que siempre denegó el fundamento de la política moderna para legitimarse; y es solo ahora que reaparece con bajo la discontinuidad vital de la guerra civil. Si la pregunta del enemigo es siempre la pregunta por nuestra forma (gestalt); la guerra civil es la pregunta por el carácter, esto es, de cómo vamos a ser lo que somos.

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Nota 

1. Julien Coupat. “Engrenages, ficción policial”. Ficción de la razón, julio de 2021. https://ficciondelarazon.org/2021/07/22/julien-coupat-engrenages-ficcion-policial/

2. Giorgio Agamben. L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014). 294.

3. Rodrigo Karmy. “Stasiologia: prolegomenos para una anti-ciencia de las formas de vida”. Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, Revista Disenso, N.III, ed. Rodrigo Karmy, julio de 2021. 102-120.

*Esta nota se escribió para acompañar la presentación del número “Stasis: Política, Guerra, Contemporaneidad, editado por Rodrigo Karmy de la Revista Disensohttps://youtu.be/mV-XNkxrUQ0. Encuentro organizado por el editor de la revista Iván Torres Apablaza. 

Mujercitos y ellos. por Gerardo Muñoz

Ellos son los cazadores de la “comunidad”, del “movimiento”, de la “figuración”, y del “activismo”. Ellos persiguen los discursos ensimismados en la moral porque desconocen otro mundo. Eternizados en el encandilamiento del espectáculo, para ellos la vida se reduce a la mediatización (están dispuestos a suprimir todos los medios que le facilitarían el acceso al mundo). Ellos viven en la lucha del valor político para el cual laburan infinitamente y sin tregua. Ellos: una vida sin textura que desconoce lo que puede acontecer en la tarde de un domingo.

En nombre de las alianzas y la comunidad terminan encarnando la logística policial que ordena la época: corregir todas aquellas desviaciones que atenten contra la rectitud de lo adulto, proteger todos los valores del principio de representación, esquivar la intensificación del disenso. Ellos representan la eficacia del poder para una época sin hegemonía. En su excentricidad, Mujercitos emerge como una nueva pasión por la autonomía de la parte y rompe contra el monopolio de la ficción de ellos. Esta parte maldita y salvaje evita el reconocimiento, rechaza la transferencia de las demandas, y destituye la vida impostada. Mujercitos es el gesto de una simbolización que no tiene programa ni objetivos.

Desde ya, el gesto es índice del éxodo de la pulsión mimética por la repetición. Un gesto se arma de la potencia que le proveen sus medios: una imagen o un fragmento parcelado del mundo contra la administración del dispositivo “periodístico”. Y contra la mala fe de las opiniones, Mujercitos afirma una verdad: nuestro mundo no es el suyo. Esta diferencia es el abismo limítrofe entre el mundo de los dormidos y el de los despiertos. Para los dormidos, todo concluye en una política del orden, de la coordinación, de la vanguardia, y de un movimiento voluntarista que busca esconder a toda costa su sonambulismo activista. Para los despiertos, poner un gesto es comenzar un viaje sin destino, porque solo desde ahí es que podemos interrumpir todo lo predecible que se nos ha ofrecido como migajas para el animal de cautiverio.

Los despiertos saben que toda comunidad presupuestada en la política no es otra cosa que compensación para permanecer en la celda del sujeto. El gesto de Mujercitos – su vitalismo juvenil, su potencia cinética, su capacidad de mezclar y barajear gestos contra la retórica de lo asignado – le devuelve al presente las certezas afirmativas contra una reacción generalizada y rampante de todo movimiento político. Y esta es la irreductibilidad de las partes: mientras que el movimiento en política no puede existir sin los adhesivos que lo sostienen como una momia; poner en movimiento una vida es la postura singular que abre a la experiencia. Dicho de otra manera, Mujercitos encarna el infra-común que rechaza la dimensión litúrgica de lo interpersonal y de lo universal (el Humanismo que regresa para los soñolientos del Futuro) que se decantan por la matriz de la identificación. 

Por último, el estilo Mujercitos reside en la manera en que le devuelve a la “disidencia” su sentido original en el plano de la vida sin facturar por la fantasía fundamental de lo político. El problema con una “disidencia política” ha sido siempre el mismo: su enchufe anal a la máquina gubernamental. Entiéndase: el “disidente político” nunca es tan disidente como para disentir de la miseria de su vida reactiva; pero tampoco nunca es tan político como para atreverse a poner en “uso” otra cosa por fuera de la metafísica sacrificial del militante. La disidencia de Mujercitos ahora supone la afirmación del deseo: disentir contra todo aquel que se pronuncie como cerrajero de la Historia y sus inversiones culturalistas. Pues eso, una nueva cultura de la violencia: abandonar las competencias de aquellos qué buscan desencadenar los guiones de destinos ajenos. Desaprenderlo todo para dar paso a la comedia de los pueblos frente a la tragedia de la política.

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*Este apunte se escribió para la discusión con el colectivo Mujercitos en el marco de la exhibición Echándola! 3-12 de Julio, en Chinatown Soup Gallery, NYC, 2011.

Imagen: Claudia Patricia Pérez del colectivo Mujercitos. Junio de 2021.

Event and retreat: on the autonomy of the Cuban contemporary art scene. by Gerardo Muñoz

Event and the problem of sequence. According to Carlo Diano some historical epochs are prone to being inclined towards events rather than forms; that is, they allow the proliferation of states in the world rather than allocating forms to make sense of what has taken place [1]. Since 1959 – but also before this historical demarcation if one considers the failure of the bourgeois Republic and the apparatus of transculturation – the Cuban Revolution was poor in both form and events. Indeed, the institutionalization of the revolution has attempted at all costs to police the excess of both of these poles of world-making. On the one hand, the historical development of 59 secured an event that translated itself as historical and national necessity to legitimatize the production of a new “revolutionary subject” (el Hombre Nuevo); and, on the other, it assigned the supreme form of political unity in the charismatic authority of the Fidel Castro as the principle of a new political legitimacy [2]. It is against this historical frame that the event of 27N that gathered young artists, intellectuals, and writers at the doors of the Ministry of Culture should be measured up: the November gathering was an exodus from the total narrative of the revolution by insisting on the contingency of an event that affirmed a relative autonomy from the state as well as a separation between state and civil society. More than a set of clear demands at the level of objectives, political calculation, and cultural reabsorption to the logistics of the state; the 27N event in its outermost radiant potentiality was a breakthrough as a vital discontent of the youth that attuned itself to an experiential politics that have characterized the cycle of recent revolts of the past five years or so from Paris to Santiago de Chile and Quito, to the hinterlands of United States that no longer seek a modification of the social, but more fundamentally a thorough exodus from it.

I am not saying that they all recent revolts are homologous processes (or events of the same intensity or destructive vocation), but they do share the ecstatic vitality that posits experience over the technified and well-organized planning proper to the vanguard artist invested in mass conduction. Of course, giving primacy to the force of the event raises the question about both temporal and spatial sequence: in what way could those fragments, affects, and gestures transformed by the event mitigate their swerve without succumbing to the re-totalization of political recognition? There is no doubt that this has happened to the 27 Movement by virtue of the actualization of the phantasy of a movement. But a movement is the force that unifies political will, concentrates degrees of intentionality, and crafts a specific subjective discipline against any deviation from its rectilinear force [2]. We can call the phase of the “movement” a mediatized sequence that limits the possibilities of autonomous forms to effectively renounce the limits of totalization. Rather, given the experiential dimension of the contemporary events, it seems to me that the emphasis today should be placed at the level of genesis of forms, which implies connecting rhythmically the fragments within a sequence as a response to the metaphorical articulation of parts into a ‘movement’. In this sense, the sequence in the aftermath of an event must rethought against the grain of the category of ‘movement’, which in political modernity dialeticized the parts into in a temporal suspension unto the homogenous field of historical reabsorption. The force of the event, on the contrary, is what can render destitute the seduction of historical narrativization; or, for that matter, the assumption that political action still has transformative capacities within the set of developmental strategies of subjection, sacrifice, and voluntarism, all elements at the service of the metaphysical grid that constitutes the infrastructure of the philosophy of History. 

The hypothesis of the artistic legal turn. It should not come as a surprise that the limits of the movement demands that we raise questions about the functionalization of the militant in contemporary artistic practice. We should be willing and able to abandon the figure of the militant as always already positioned as a reactionary subject, which transfers military force to unified energies of the cause established by the movement [3]. It should be remembered here that the theoretical grounds of “activist” relational aesthetic was rooted in the transposition of the post-foundational theory of hegemony in Laclau & Mouffe’s theorization as a regulatory principle in the field of artistic practices [4]. But the price to be paid here is enormous, given that the artistic gesture and the possibilities of imagination are now folded unto the ground of “political action” recasting the old semblance of vanguard to achieve cultural domination. But since no cultural hegemony is ever fulfilled, it follows that political hegemony becomes a vector for the valorization of available strategies. It is no surprise, then, that artistic practice, once it turns to activism, becomes a pedagogical tool for and by militant subjects to stabilize the ascesis of self-consciousness. In sacrificing the autonomy of forms, militant subjectivity mirrors an intra-communitarian domination premised on policy and calculation to the idea. In other words, situating the set of strategies at the level of hegemony means necessarily that we have to accept the conditions already in place. What really changes is merely the site of subjection. It seems to me that this same issue is behind a nascent “legal turn” by which the artistic practice centers around drafting, contesting, and exercising pressure against the state by means of its own legal pathways. The problem with this strategy is that, as any jurist knows well, law is constituted of the pole of legality the pole of legitimacy. The turn towards legality becomes accepts the pragmatic conditions of norms and rules but leaves untouched the crisis of legitimacy that it seeks to transform.

In other words, whereas artistic imagination should be able to destitute the objective conditions of any given reality to new set of operations of transformation; the strife over legality ends up, at times counter-intentionally (and in a preserve way, generating unintended consequences), those very goals that it wants to endorse. In the Cuban case this is even more so, given that “fidelismo” far from being a set of original ideological principles or an unambiguous political philosophy guided by principles, has morphed into an all-encompassing institutional fabric that sustains the total state vis-à-vis a juristocratic operation of the legal order. Borrowing the terms from the discussions about the limits of constitutional transformation in Chile in the wake of the post-dictatorship transition to democracy, one could argue that the performance of the legal operation becomes the juristocratic tool to transform the relations between political life and imagination within the framework of given social relations [5]. Hence, if the artist pretends to incarnate a new version of the old paradigm of the “artist as jurist” soliciting the sovereignty of the creator over the vocation of the politician, one should expect the boundaries of the legal dominium of the state to expand, as it has happened with the reiterated executive administrative decrees deployed to normalize the rule of the state of exception. To break this cycle of legal administration, the artistic practice must affirm a disjointed zone between life and artistic autonomy over the excessive boundaries of the law. In fact, legality and policing should be understood as the two poles of the optimization of control once legitimacy no longer works to bind a political community. 

Retreat and obstruction. The minimal condition of any sequence in the aftermath of the event resides in how we protect the surround against the logistics of state policy, cultural administration, and political militancy [6]. These three vectors are the agents of hegemonic intervention against the unregulated proliferation of forms in the wake of the event. Recently, I have called this autonomous self-defense of forms a diagonal that moves against and outside the political demand [7]. The failure of not retreating from the foreclosure of subjective politics (of reducing a form of life to a subject of the political) entails that action will always be on the side of reaction. As Elena V. Molina has brought to attention on several occasions, the reactive action is so not because of ideological color or political affinity, but rather because it remains inscribed within the coordinates that the state has assigned it in order to generate responsive relays or bring to exhaustion the emergence of a new sequence. Rather, in the gesture of retreat (which can be read in the works of Camila Lobón’s infantile books, the opaque graphism of Esequiel Suarez, the sensible violence of Raychel Carrión’s drawings, or the youthful vitalism of the Mujercitos Collective), the possibilities lay on the side de-subjection against both the movement and the state in favor of an infinite practice of autonomy driven by the turbulence of the imagination. What is at stake is a radical abandonment of the historiographical machine that delimits and polices the mediations between culture and state in order to open up a new reservoir of existential gestures in order to break from the previous historical epoch.

The growing autonomy of the contemporary visual arts scene announces this oblique passage from willful political dissent across ideological lines proper of the Cold War to a play of gestures that unleash a new vitality capable of defictionalizing the historical process of the state and its moral demands. Contrary to the notion of action, the gesture does not seek mimetic repetition and reproduction, but rather the preparation of an experience here and now. In a society that is subsidiary on moral conducts and expectations; the gesture, in the words of contemporary Cuban artist Claudia Patricia Pérez, becomes a way to obstruct the efficacy of power relations [8]. There is no doubt that the force of the gesture is a nascent strategy for transforming contemporary Cuba, but the scene of the visual arts is the vital field where the storming of the imagination can unclutter a hastened path outside the ruins of the civilization of the state and the stagnant epochality of the revolutionary process.  

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Notes

1. Carlo Diano. Form and Event: Principles for an Interpretation of the Greek World (Fordham University Press, 2020).

2. Nelson Valdés. “El contenido revolucionario y político de la autoridad carismática de Fidel Castro”, Revista Temas, N.55, 4-17, septiembre de 2008.

3. Giorgio Cesarano wrote in Chronicle of a masked ball (1975): “Neo-Leninists perceive the disintegration of the capitalist system as if they could anticipate, in their methods, their role as true inheritors of power…the distance between militants and militarists is only expressed as a transfer of force.”

4. This was Claire Bishop’s argument in her essay “Antagonism and Relational Aesthetics”, October, 110, Fall 2004, 51-79.

5. On the notion on the “crítica de la operación efectiva del derecho”, see my conversation with Chilean philosopher Sergio Villalobos-Ruminott, “Soberanía, acumulación, infrapolítica”, Lobo Suelto, 2015: http://anarquiacoronada.blogspot.com/2015/04/soberania-acumulacion-infrapolitica.html  

6. Stefano Harney & Fred Moten. The Undercommons: Fugitive Planning & Black Study (Autonomedia, 2013).

7. Gerardo Muñoz. “La diagonal que nos separa de la política”, Columna Cultural, mayo de 2021: https://in-cubadora.org/2021/06/02/gerardo-munoz-·la-diagonal-que-nos-separa-de-la-politica-un-comentario-a-la-conversacion-con-leandro-feal

8. Personal communication with the artist, June 2021.

  • This text was written as an intervention in the panel “The Art of Protest” organized by the Biennial of the Americas, Denver, June 24, 2021. Image: Collage by Claudia Patrica Pérez.

Ancilla amicitiae: amistad y testimonio de Iván Illich. por Gerardo Muñoz

El pensamiento del exsacerdote y arqueólogo de los sedimentos teológicos de Occidente hubiera permanecido inconcluso si no fuese gracias a su amigo e interlocutor David Cayley, quien hizo posible The Rivers North of the future: the testament of Ivan Illich (2005) póstumamente. Si bien desde comienzos de los sesenta Illich —luego de la experiencia catastrófica de generar una ius reformandi dentro del paradigma misionero en Washington Heights y Puerto Rico— había avanzado en una serie de críticas a los dispositivos de la vida contemporánea, no fue hasta el final de su vida cuando tuvo la valentía de esbozar lo que él mismo llamó su testimonio sobre el destino de Occidente. Este testimonio buscaba el desaprendizaje de las raíces proféticas cristianas para “dar comienzo a una teología de nuevo tipo”. 

Como en múltiples ocasiones Illich no se cansó de repetir, la signatura de su pensamiento (la “idea única” a la que es fiel todo pensador, según Cayley) residía en la comprensión de la caída de la Modernidad hacia la corruptio optimi quae est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”). La peor de las corrupciones había tenido lugar con el advenimiento de la profecía universal cristiana, cuya economía de la salvación terminó administrando los hábitos y los modos sensibles de la vida de los hombres. La idea de “reino” como espacio de apertura a la “sorpresa”, ahora pasaba a estar en manos de la institucionalización de la Iglesia; de la misma manera que la conspiratio convertía el pecado en administración de la comunidad de los vivos en un tiempo sin redención. Así, las páginas de la Historia vencían el misterio de las relaciones entre hombres que ya no podían elegir sus maneras libres de inclinación y afección. 

En un trabajo, complementario a su última conversación, Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University Press, 2021), David Cayley da forma a una especie de testimonio que recorre las estelas del pensamiento de su viejo amigo. Como sabemos, escribir sobre la clandestinidad de la amistad es siempre una misión imposible. Por esa razón el libro evita la biografía convencional del “sujeto que supone saber”, optando por la indeterminación entre vida y pensamiento, constelando fragmentos que siguen generando la “extrañeza” ante el pensamiento vivo de un testigo de su época. Por esta razón, la escritura de Cayley es también un ejercicio autográfico sobre la potencia de un pensamiento cuya vitalidad, ante y contra la muerte, se coloca en el umbral del testimonio. Todo esto implica, como ha señalado Giorgio Agamben recientemente, generar una verdad en el mundo que solo puede comunicar lo que es absolutamente incomunicable.[1] El libro de Cayley erra en esta dirección, sin abonar modelos o ideas aplicables para un mundo caído al mysterium iniquitatis. El misterio del mal desborda la tarea de las instituciones que alguna vez dotaron a los hombres de las certezas del mundo de la vida y de sus técnicas de sobrevivencia. El testimonio da cuenta de la humillación del hombre ante este declive antropológico que hoy multiplica las compensaciones. Y, sin embargo, no es menos cierto que los hombres en la medida en que “hablan”, no pueden dejar de ser testigos de una verdad, como un vagabundo en la noche que tropieza con ella.

En uno de los momentos más hermosos del libro —hermosos en la medida en que la belleza es también la complicidad secreta de toda amistad— Illich le confiere el secreto abierto de su pensamiento a Cayley de esta manera: “Yo dejo en tus manos lo que yo quiero hacer con mis intenciones… decirte esto en gratitud y fidelidad detrás de este candelabro que está prendido mientras te hablo de mi testamento verdadero que no es reducible a una traición, sino que ha sido elegido en mi propia vida”.[2] Como en pocos otros momentos de la conversación Illich-Cayley, encontramos aquí una instancia del brillo de la proximidad entre el carácter singular y el desasosiego histórico de Occidente. Desde luego, podemos pensar en la etapa paratáctica de Hölderlin, en la que el poeta alemán pudo dar testimonio destruyendo la gramática del poema y la razón, para así dejar ver el abismo entre el mundo moderno de las maquinaciones y la pulsión aórgica de la vieja Grecia. Tras la luz de la vela, Illich abría una instancia que, más allá de la profecía, pudiera orientar otro camino: por eso la figura del amigo ya no era un profeta, sino simplemente como una existencia que, mediante la experiencia, recordaba que las “percepciones vitales ahora eran ajenas a todos en el mundo”.[3] De ahí que Illich diga que “solo una vez que borramos la predictibilidad del rostro del otro podemos ralamente ser sorprendido por él”. 

¿Puede el pensamiento de Illich preparar una ius reformandi política o una revolución institucional en un mundo atravesado íntegramente por el mysterium iniquitatis? Ahora hemos llegado a este punto. Cuando le he preguntado esto a Cayley como antesala a nuestra conversación, me ha contestado con una respuesta que pone el acento en la vacilación: “Axiomáticamente nunca es tarde, pero esto no quiere decir que no sea, en verdad, ya muy tarde”.[4] No caben dudas de que Illich es un pensador que toma distancia de la política, y que es ajeno a sustancializar un principio de comunidad redentora. No debemos olvidar que el común para Illich es el silencio irreductible del ejercicio de dar un testimonio. De ahí que su testamento —el de una vida ex ecclesiamex universitatis, y ex mundi— solo puede hacerse desde la práctica de amistad y como reparación para las condiciones de una “práctica de amor”. Este amor ya no es una inscripción universal dispensada por la profecía, sino que afirma la celebración ante las cosas que encontramos. En este punto es que es insuficiente pensar teológicamente a Ivan Illich como un pensador mesiánico ante el agotamiento de la comunidad de salvación cristiana y sus instancias de deificación. El testimonio del último Illich registra, sin programa ni determinación teórica alguna, que el reino es la separación de nuestros modos (el espacio invisible de lo vernáculo) del régimen de la escasez. La amistad libera el espacio invisible que le devuelve la subsistencia al existente. 

Y hacerse cargo de la subsistencia supone, en última instancia, la afirmación del carácter ante la muerte por encima de los controles de optimización (risk management) de la Vida entendida como abstracción o como guerra contra la muerte singular.[5] Todo esto resuena en el presente pandémico en el que la nueva oikonomia del “polo médico” busca incidir, una y otra vez, sobre la vida haciendo de los seres vivos una mera reserva para la administración del “delivery of death” y de las estadísticas del “death toll”. Si en nuestro presente estamos atravesados por la pérdida absoluta de “la hora de tu propia muerte”, como me ha recordado Alberto Moreiras, entonces lo fundamental es retraerse de una “Vida” para comenzar a vivir verdaderamente. 

El vórtice del pensamiento de Illich recae sobre la tarea más difícil de la existencia que, en el afuera de la vida, orienta a todo destino. Buscar una tonalidad con la verdad supone retraerse de la mala fe de los valores del dominio cibernético. Fue así como Illich abrazó la amistad y la compasión al interior de un mundo roto. Por eso, en un ensayo tardío podía decir que “la amistad, la philia, era la verdadera constancia de su enseñanza… y que para la amistad no hay un nombre, puesto que varía en cada respiro”.[6] El retiro a la amistad devenía una teología transfigurada, la única ancilla amicitiae del pensamiento y el único testamento de una experiencia en un mundo en tinieblas. Y es la proximidad del testimonio aquello que atraviesa un mundo incapaz de transmitir la música de las cosas tras el fin del eón de los profetas.  

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* La presentación de Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University, 2021) de David Cayley tendrá lugar el viernes 16 de abril junto al autor, en el marco de “Conversaciones a la intemperie” organizada por 17, Instituto de Estudios Críticos.Para asistir al encuentro, abierto al público, es necesario el registro en: https://17edu.org/conversaciones-a-la-intemperie-ivan-illich-an-intellectual-journey-de-david-cayley/

Bibiliografía


[1] Giorgio Agamben, “Testimonianza e verità”, en Quando la casa brucia. Giometti & Antonello, Macerata, 2020, pp. 53-88.

[2] David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey. Penn State University Press, Pensilvania, 2021, p. 9.

[3] Ivan Illich. “The Loss of World and Flesh”, Barbara Duden y Muska Nagel (trads.), Freitag, 51, Bremen, diciembre, 2002.

[4] Correspondencia personal con David Cayley, abril de 2021.

[5] Gerardo Muñoz, “Teologías post-coronavirus”, José Luis Villacañas (ed.), Pandemia. Ideas en la encrucijada. Biblioteca Nueva, Madrid, 2021, pp. 254-265.

[6] Ivan Illich. “The cultivation of conspiracy”, Lectura en Villa Ichon, Bremen Archive. Bremen, Alemania, marzo, 1998. 

¿Comuna o práctica de comunización? Nota al debate en Le Grand Continent sobre 150 años de la Comuna de París. por Gerardo Muñoz

A la altura de los 150 años de la Comuna de París se impone la necesidad de un balance. ¿Puede todavía la irrupción de la comuna decir algo a un presente marcado por la movilización de demandas y por la proyección de futuros previsibles? El balance de la Comuna presupone una serie de despejes para mostrar la intempestividad de su fibra. En primer lugar, entonces, podemos decir que en realidad nunca existió ninguna “Comuna” monumental e instituida en el devenir de la historia (precedente desordenado de la revolución, por ejemplo). Al contrario, la comuna pone en la superficie la “existencia del inexistente” [1]. En otras palabras: la comuna no fue un proceso histórico ni una instancia de sujeción política, sino un proceso de disyunción entre existencia y acontecimiento. La existencia es la multiplicidad que evita la concreción del sujeto; el acontecimiento, por su parte, la dislocación contra el cierre de la forma. 

Por eso es por lo que jamás existió una “Comuna” tal y como quieren hacernos creer los historiadores monumentales, puesto que la comunización es necesariamente un proceso de afectación entre lo que somos y los encuentros que nos transforman en la manera en que moramos en un lugar. No se equivoca un autor anónimo al decir que la comuna, bajo el pensamiento práctico de Blanqui, constituyó la impronta de la amistad por fuera de los fueros de la organización, del Partido, de la planificación, o de la “unidad”. Todavía aquel esquematismo seductor resuena entre nosotros. De ahí que en la inscripción de los acontecimientos queden en dos subrogados: el partido de la Unidad y el partido de una amistad que sabe que lo que ha acontecido no es una “sucesión de hechos, fechas, ni un armario de ropa vieja; es el reservorio de las fuerzas de los gestos: la proliferación de posibilidades de existencia” [2]

Todavía guarda enigma aquel apotegma de José Martí, un testigo de su época: “No debe decirse la Comuna”. Lo indecible en cada comuna se retrae de la idealia de la cual extraemos lecciones para ratificar traducciones espacio-temporales. A través de esta traducción hacemos de la tierra un territorio. Otra vez: no podemos decir Comuna porque ésta es la manera en que se disuelve la comunidad para llevar a cabo algo así como “una práctica de comunización, es decir, el misterio de nuestras transfiguraciones. Y estas no tienen límites. Pero experimentar un mundo es siempre una prueba que requiere nuevas determinaciones” [3]. Desde luego, las determinaciones de cada intensificación se inscriben en las condiciones no-objetivas que atacan el ordo de la realidad. Le podemos llamar comunización a la manera en que un encuentro genera un montaje entre los materiales que disponemos y la novedad irreversible que nos ha transformado para siempre. Aquello que ha cambiado no es una fase o secuencia histórica, sino las condiciones para otros posibles modos de vida. En la contaminación y filiación cortamos sobre unificación del mundo.  

El inexistente, lo no-objetivo, y lo indecible: el proceso de comunización insiste en la división invisible de cada vida en virtud de la conquista de su destino [4]. Entendida así, es probable que la comuna ya no sea un concepto político, sino una figura para dar cuenta de una transformación de la vida una vez que ésta se ha expuesto al evento. Y, como sabemos, el evento es el enemigo del imperio. Más allá de la historia y del mesianismo, la medida de lo propio en la comunización abandona la caída de la infelicidad para vivir en lo infinito fuera de la vida.

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Notas 

1. Alain Badiou. “The Paris Commune: A political declaration on politics”, en Polemics (Verso, 2006).

2. Quelques agents du Parti imaginaire. “À un ami”, en Auguste Blanqui: Maintenant, il faut des armes (La Fabrique, 2006).

3. Una conversación mía con el pensador Josep Rafanell i Orra, de próxima aparición en la revista Disenso, mayo de 2021.

4. Gerardo Muñoz. “La época y lo invisible”, Ficción de la razón, 2020:  https://ficciondelarazon.org/2020/08/10/gerardo-munoz-la-epoca-y-lo-invisible-una-conversacion-con-asedios-al-fascismo-dobleaeditores-2020-de-sergio-villalobos-ruminott/

  • Esta nota es preparatoria para la conversación que tendrá lugar el próximo miércoles 3/17 en la revista Le Grand Continent, junto a Carlos Illades y Clara Ramas San Miguel.

Three ideas for a discussion on «Éléments de décivilisation» by Gerardo Muñoz.

[These are some preliminary notes for an ongoing discussion on Lundi Matin’sÉléments de décivilisation’’, a text that condenses a series of problems dealing with, although by no means, limited to infrapolitical reflection, the event, world, and the question of civilization in the wake of the ruin of hegemonic principles. This particular essay, more than content, raises the question of the status of the style of thought; and, in broad terms, I tend to link the notion of style to the constitution of an ethos. But let me offer three theses to open the discussion in very broad terms. What follows is the reconstruction of three brief points in a recent group meeting about this text.] 

i. The priority of the event. For me at least it is very important to consider that Éléments de décivilisation’’ moves away from at least two important precedents of a common intellectual orbit: messianism and the political theory of modern sovereignty. Of course, this is important for many reasons, but most it speaks to what I would call a strong opposition between thought and philosophy (favoring the first over the second). These two registers open important distinctions, such as, for instance, a displacement between historical temporality (messianism) to a notion of the taking place (the event or encounter) as exteriority. Whereas we were told that the “event is the enemy within Empire” (Gloss in Thesis 60 of Introduction à la guerre civile) , now we have a more through sketch about the way in which the form-of-life is not a category reducible to vitalism or the problem of the subject, but rather about the play between form and event. Here I think that Carlo Diano’s Forma ed evento (1952) is crucial as a backdrop that is not just philosophically (Aristotelian formalization against Stoic predication), but rather a sound position of thinking in relation to what has been passed down as “civilization”. 

ii. Civilization as a principle. Now, the question of civilization raises to a problem of thought insofar as is neither an ontological problem nor an operative idea in the history of intellectual concepts. Civilization becomes the apparatus by which the total regimen of production in any given epoch is structured to establish an order. And here order is both authority and police. To put it in juridical terms: the first secures legitimacy while the second posits the flexible energy of legality and execution. This is the same problem in the relation to the world. In other words, civilization means enclosing, domesticating, and producing. By the same token, civilization is the operative domain by which nomōs, history and the subject come together in virtue of their separation. Is not this the very issue in the Greek polis in the wake of the discovery of measurement, isonomy, and the distribution of the goods in which hegemony replaces the basileus (Vernant)? It is one of the merits of the text not having understood this problem at the level of an “archeology of Western political thought” (Agamben), but rather as an evolving transhistorical process that binds the axis of domination and power to the axis of anthropology and domestication. Civilization, then, would name the total apparatus of hegemony under which politics falls as a problem of metaphysical structure (I have tried this problem in recent positions here). Whether there is an assumed anthropological anarchy at the level of substance, capable of “inversion” (Camatte), is something that must be explored in further detail. 

iii. Happiness cuts absolute immanence. My last point. I would like to insist on something that Rodrigo Karmy mentioned recently: “Happiness is the unthought of the Weestern tradition”. I agree with Karmy not on the basis that there has not been any reflection of “happiness” in the tradition, but rather that this reflection has either been a) subordinated to politics or economics (Jeffersonian “happiness” conditioned by commerce); or, as a moral virtue of self-regulation and privation. But it seems to me that “Elements” wants to offer something else in a very novel way. It is here where the question of violence must be inscribed. A curious displacement since violence has been thought in relation to beauty, but not happiness. The violence at the level of forms puts us in proximity with the event at the end of life itself. In this sense, the Pacôme Thiellement footnote is important:

“l y a deux lumières: il y a la lumière d’avant la nuit et il y a la lumière d’après. Il y a celle qui était là au début, l’aube radieuse du jour d’avant, et puis il y a celle qui a lutté contre les ténèbres, la lumière qui naît de cette lutte : l’aube scintillante du jour d’après. Il n’y a pas seulement deux lumières, il y a aussi deux joies : il y a la joie d’avant la peine et il y a celle d’après. La joie originelle, la joie innocente, primitive, cette joie est sublime, mais c’est juste un cadeau de la vie, du ciel, du soleil… La joie qui vient après la peine, c’est le cadeau que tu te fais à toi-même : c’est la façon dont tu transformes ta peine en joie, l’innocence que tu réussis à faire renaître des jours d’amertume et des nuits de bile noire. C’est le moment où tu commences à vivre, mais vivre vraiment, parce que tu commences à renaître de toutes tes morts successives. C’est le moment où tu t’approches de la divinité ou du monde”. This position  – which I think it is prevalent throughout the text – allows the opening of a series of articulations:

a) it is no longer happiness an effect on the subject, which has only grown in the Spectacle or consumption; that is happiness as an exception to life.

b) it is not that happiness is a theological state of ‘blessed life’, which would presuppose the transmutation of sin and thus overcoming of the non-subject. This position depends on conditions of mythic-history and theology.

c) It is rather that happiness is the way in which the singular gathers his possibilities in use without enclosing the other possibles. To live a life among the fragmentation of the use of our disposed potentialities is a way to violently cut the seduction of absolute immanence in which style is diluted. Play could name the variations of use. But there is a second order risk in what constitutes “play”: a transfiguration of politic as civil war. The problem becomes how to think of ‘play’ (i. messianic abandonment, ii. political intensification – insurrection, or the separation between rhythm and voice, a poesis). I am interested in pushing for the third figure of play; a third figure in which the event and happiness impose a new division of souls, moving away from the separation from life. 

Valorización absoluta y anti-institucionalismo. por Gerardo Muñoz

Sobre el neoliberalismo se han dicho muchas cosas y se seguirán diciendo muchas más, puesto que todavía no podemos establecer un “epochê” ante su fenómeno. El neoliberalismo no es una determinación económica o no solo, sino un tipo específico de racionalidad cuyo principio central es el ordenamiento vital. Me gustaría sugerir que la sustancia de ese principio es la valorización absoluta. Esto exige que nos aproximemos al problema desde la racionalidad jurídica. Esto es, si el neoliberalismo es una dificultad para el “pensamiento” – y no un problema regional o meramente “crítico” – es precisamente porque en él se anida la relación entre las formas que orientaron la legitimidad y un nuevo tipo de racionalidad que objetiviza al mundo. Cuando hablamos de valorización absoluta queremos dar cuenta de un tipo de racionalidad que entra en escena tras el agotamiento de la autoridad moderna. Y por eso el “valor” es esencialmente una categoría metafísica (de medición, jerarquización, y de mando) que desborda las esferas tradicionales y la división de poderes e impone una nueva fase de la dominación. La absolutización valorativa tiene dos rasgos fundamentales: a) “jerarquizar” ónticamente mediaciones entre objetos y sujetos, y b) efectuar una forma de gobierno en la medida en que la racionalidad valoritiva opera como un mecanismo “atenuante”. Dicho de otra manera: la valorización es un proyecto de la subjetividad y del orden relativo a su autoabastecimiento (la producción de valor). De manera que hay aquí ya tres puntas de un nudo que ahora podemos desplegar: la racionalidad jurídica de la valorización, una nueva lógica de gobierno, y la necesidad de un diseño anti-institucional.  

La caída de la racionalidad jurídica a la valorización ya no se limita a un problema “de juicio” de un jurista, sino que es el propio suelo de su capacidad “discrecional”. El gran constitucionalista norteamericano Cass Sunstein (Harvard Law) se ha referido a la racionalidad “cost & benefit” como “la verdadera revolución silente del liberalismo tardío”. El marco de decisión “costos y beneficios” implica, como mismo admite Sunstein, un traslado del sujeto de la soberanía: “En la historia del pensamiento democrático, muchas pensaron que el lugar central de todo el juicio es el We The People. Sin embargo, hoy nos interesa enfatizar la necesidad de un análisis más cuidado que parte de que oficiales y expertos entrenados ahora pueden ser quienes están capacitados para la toma de decisiones desde la evidencia” [1]. El nuevo guardián del orden concreto ahora se vuelve un tecnócrata quien ya no tiene autoridad de decisión; ahora le basta con intervenir desde principios discrecionales de mediación y evaluación. Por eso el físico italiano Ettore Majorana advirtió que, con el desarrollo de formas entrópicas de la experimentación científica, las nuevas formas de “gobierno” tendrán que se desarrolladas como formas de administración de los sucesos del mundo mediante valores [2]. 

En el derecho este principio de costos y beneficios ha coincidido con el auge del interpretativismo, que informa la filosofía del derecho jurídico. Ahora los jueces ya no deben aplicar el derecho vigente, sino “interpretarlo en su mejor luz”; esto es, interpretarlo desde la neutralidad del valor (la moral de turno). Desde luego, el dilema es que, como notó Carl Schmitt: “en tratar algo como “valor” le confiere la apariencia de la realidad efectiva, objetividad y cientificidad propias de la esfera economía y de la lógica de valor adecuada a esta última. Pero no debemos ilusionarnos: fuera de la esfera económica, el planteo tiene carácter negativo y la lógica del valor extraeconómico superior y supremo se pone en marcha a partir del no-valor” [3]. De esto pudiéramos derivar dos incisos. En primer lugar, que el problema de la valorización que subyace a la compensación neoliberal en el derecho no es económico, sino un fenómeno de moralidad indirecta (asumida desde la negación de un valor inferior). En segundo lugar, la valorización jurídica es necesariamente anti-institucional, en la medida en que ahora el orden concreto no es defendido mediante la aplicación del derecho vigente, sino que funciona para “validar” la distribución arbitraria de los valores de cada momento en el tiempo. Creo que sin entender este cambio de “racionalidad jurídica” no podríamos comprender el impasse del constitucionalismo contemporáneo, la hegemonía del derecho administrativo, o el éxito de la expansión de libertades individuales (Citzens United, Artículo 230, etc.) aunque no de protecciones y garantías institucionales (enmiendas constitucionales, por ejemplo). La valorización es una “consecuencia” de los viejos principios liberales: una stasis entre la “integridad del derecho” y la “búsqueda de la decisión correcta”.

Ahora bien, una nueva legalidad basada en la valorización absoluta pone patas arribas toda la genealogía de las formas de la modernidad política. Sólo hay que mirar la crisis de la financiación del voto en los Estados Unidos a partir del caso Citizens United vs. FEC (2010), la porosidad de los partidos políticos que ahora se muestran incapaces de llevar a cabo la mediación entre representación y poder constituyente; o el propio dispositivo de “movimiento” (el motor del We The People) ahora en manos de una “minoría intensa” que busca hacer coincidir movimiento-estado para soterrar a otros sin ni siquiera pasar por la discriminación del “enemigo”. Ciertamente no es una “unintended consequence” que la valorización neoliberal promueva la intensificación de la movilización total; pues la movilización es tanto el índice anti-institucional, así como la máxima evidencia de la crisis de autoridad política, en la que cada sujeto y cada causa se elevan a la “oquedad que camina por el borde de la ilegalidad, con traspiés, pero sin caída en ella” [4]. En realidad, esta es la ratio gubernamental del neoliberalismo: liberar flujos de intensificación para lugar optimizar sus efectos. Aunque en muchas ocasiones la optimización no se presente como una fase secundaria ad hoc, sino como una formalización constitutiva de la propia inminencia de lo social.

Ahora creo que vemos con mayor nitidez la dimensión del programa del neoliberalismo como dispensación de la objetivación del mundo que lleva a la representación política a su fin: la jurisprudencia en el orden concreto, las formas de representación (el partido, el ciudadano, la nación, el ciudadano, etc.), y el poder constituyente (el movimiento). Si alguna vez Norberto Bobbio dijo que el positivismo era tanto una forma de organización del derecho como ideología política (liberalismo), hoy podemos decir lo mismo del neoliberalismo: es una teoría de racionalidad económica, una filosofía del derecho, pero también una liquidación de la autoridad (ahora sustentada desde la cibernética como administración de los flujos). La cuestión es si esta racionalidad es irreversible (o si, en efecto, se puede mitigar como problema al interior de la “racionalidad”); o si, por el contrario, la fragmentación en curso ante el desierto del valor puede orientar otras salidas para registrar la separación entre experiencia y mundo. 

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Notas 

1. Cass R. Sunstein. The Cost-Benefit Revolution (MIT, 2018).

2. Ettero Majorana. “The value of statistical laws in physics and social sciences”, Scientific Papers (SIF, 2007), 250-59. 

3. Carl Schmitt. La tiranía de los valores (Hydra, 2012). 

4. Jorge Dotti. “Incursus teológico-político”, en En las vetas del texto (La Cuarenta, 2011), 275-300.

*Notas para la intervención “Neoliberalismo Hoy”, conversación con Lucía Cobos y Rodrigo Karmy en el marco de “Diálogos Pertinentes”, Instar. Enero 11 de 2021. 

A few remarks about Giorgio Agamben’s theory of civil war. by Gerardo Muñoz

In the conference “The Undercommons & Destituent Power”, I was particularly interested in a suggestion made by Idris Robinson regarding the status of the theory of civil war in Giorgio Agamben’s work. I think Robinson’s position on this problem pushes thought forward, and it allows me say a little more about a possible transfiguration of politics, a sort of unsaid in many of the recent discussions. There are at least two levels that I would like to address: the first one is philological, and the second one is more speculative. The moment that I want to dwell upon specifically is when Robinson claimed that Giorgio Agamben at some point abandoned the question of “civil war”. Robinson is right. There is no mention about civil war, insurrectional politics, or even forms of direct political strategy in the endgame of L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014). Indeed, in this book it is as if the “concrete political” horizon is transformed by recasting a modal ontology, a theory of use, and an archeology of “form of life”. My hypothesis, however, is that the logistics of civil war never fully disappear, since it is explored through other regional quadrants of the tradition. In other words, one should understand civil war as fold within the signatura of potentiality. This is an important point of departure since, early in Homo Sacer, we thought that the vortex of the project was going to be the critique of sovereignty; but, on the contrary, it ended up being an archeology of the notion of potentiality. Thus, in a way, civil war is to war what potentiality (dunamis) is to actuality (energeia). 

But the question of civil war never truly disappears. In a new gloss included in the Italian “integral edition” (Quodlibet, 2018) entitled “Nota sulla guerra, il gioco, e il nemico”, Agamben thematizes the concept of war in a way that sheds light to the problem of civil war. Agamben starts by pointing to the circularity of war and enmity in Schmitt’s theory of the political. For Schmitt – says Agamben – enmity “presupposes” [Voraussetzung] war, insofar as war is the condition for every enmity distinction [1]. Agamben continues to say that war and enmity converge in the same doctrine of the political: politics is always about war. However, the important metaphysical ingredient here is that war brings about a “serious” dimension to the political. So, state and politics, by means of seriousness (war), deters the influence of the “society of entertainment”, play, and the end of order. The legitimacy of war in Schmitt is weighted by a neo-Hobbesian maximization of “total war”. However, Agamben invites to take a step back. This is important, because at this point enters Johan Huizinga’s critique of Schmitt’s concept of the political, which reminds us war is constitutive of the ludic sphere that suspends all seriousness of politics rooted in enmity. So, it is war’s capacity to translate “political seriousness” what generates a politics of sacrifice proper to bare life. 

Unlike war, civil war would be a “zone of indetermination” (an event of human separation) that is more at home in play than in political action. Civil war is, each and every time, irreducible to war as the central conflict of human existence, since it stands for the free-playing interactions between forms of life as they come into inclination and divergence without ever being domesticated to a regulatory war. I take this also to be consistent with Agamben’s theory of comedy as an unthought site of Western metaphysics, which works against the tragic (constitutive to destiny), but also against war (constitutive of the political). This stasiological theory insofar as it expresses the movement of potentiality, it’s also an exodus from desire. This is why for Agamben the figure (gestalt) of the “coming politics” or a transfigured politics, is not the militant but a sort of puppet, as he writes in his book the character of Pulcinella. The comic texture of form of life leaves the epoch of tragic titanism behind. It is now expression or style what colors the outside to a politics of desire, which is always substantiated on a lack. Pulcinella does not desire anything, but only “seeks a way out”. The civil war, then, is the moment in which the comic destitutes the fiction of the subject into a form of life. This is why, as Julien Coupat has recently argued, that the role of the police is to watch and intervene at the moment when the game of civil war breaks out. The taskforce of the police become the exercise of the flattening of civil war into the grammar of war that regulates the very functioning of social order [2].

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Notes

1. Giorgio Agamben. “Nota sulla guerra, il gioco e il nemico”, in Homo Sacer: Edizione Integrale (Quodlibet, 2018). 296-310.

2. Julien Coupat. “Engrenages, fiction policière”, in Police (La Fabrique, 2020). 

La fe liberal: sobre Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), de Hugo Herrera. por Gerardo Muñoz

En Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), Hugo Herrera alerta del absolutismo de la razón que subyace a un cierto tipo de pensamiento político de la época. Si bien el blanco de ataque son las elaboraciones de Fernando Atria, podemos derivar de este caso un rendimiento que atraviesa a todo el cosmos liberal. Cuando la política se ejerce desde la “brutalidad de la razón” emergen nuevos ídolos, a pesar de que sus nombres ahora sean la “deliberación pública”, la “participación”, o “la común humanidad”. Estamos ante una razón entregada a la astucia del universal. Desde luego, no deja de ser irónico que la ideología política que irrumpió para descomprimir la carga del absoluto de los poderes públicos europeos, con el tiempo, se transformó en una racionalidad reactiva, organizada desde una jerarquía de valores morales. Herrera tiene razón cuando intuye que ahí donde existe una precariedad hermenéutica tiene lugar un “ejercicio de un pensamiento dogmático”. Un rasgo dogmático que se desentiende de la dimensión insondable de la experiencia humana (18). Una política ensayada en nombre de la Humanidad cumple así dos movimientos fronterizos: impulsa un horizonte providencialista y oblitera la conflictividad en lo concreto. El componente “dogmático” que Herrera le adjudica a los presupuestos de Atria pueden extenderse a la ratio del liberalismo contemporáneo. Sin embargo, no es mi propósito disolver la especificidad crítica de Herrera al pensamiento de Atria. En lo que sigue tan solo quiero atenerme a tres registros que nos ayudan a desarrollar una crítica de la tecnificación del liberalismo político. Por supuesto, recorrer estos nudos dilucidará los diferentes ingredientes de la crisis de la forma liberal.    

En primer lugar, Herrera detecta en el pensamiento de Atria una profunda moralización de la política. El humus de esta moralización no tiene tanto que ver con una coherencia interna de principios (como suele suceder en teorías del derecho), sino más bien con un mecanismo regulativo de las motivaciones de los actores sociales (23). Esta regulación permite establecer una diferencia tajante entre estado y mercado, para así privilegiar la motivación universal del activismo social. Al carecer de una facticidad concreta, Herrera recuerda que Atria recurre a una “pedagogía lenta” con el propósito de transformar la interioridad subjetiva como meta de todo proyecto hegemónico. En efecto, la primacía de un mecanismo discriminatorio de la moral se vuelve de naturaleza biopolítica, pues el énfasis pasa a estar en la reducción de la heterogeneidad de los actos. La fuerza de moral establece su meta universal mediante una práctica de deliberación pública que aspira al “reconocimiento recíproco universal” (26). De este modo, la finalidad de la política recae en la manera en que el particular pasa a ser subsumido por la abstracción universal. El peso de esta universalidad moral, como subraya Herrera, no puede implicar otra cosa que la jerarquización y exclusión de intereses heterogéneos singulares. En la medida en que el proceso de legitimación de la universalidad se da en la forma de una “comunidad”, todo interés contrario a su cierre es excluido por necesidad, puesto que el “sentido sustantivo de que la decisión se justifica a razones que son comunes a todos” (31). Lo que Atria denomina un “reconocimiento recíproco” se produce desde condiciones de un consenso tético sin afuera. De ahí que el verdadero dilema lo encontramos en una nueva superación integral entre la “comunidad sustantiva y el formalismo extremo de la universalización” (33). Esta totalidad sin fisuras genera dos procesos polares:  la despolitización de parte de quienes desatienten las bases consensuales que orientan a la comunidad; y una demanda de politización de todo aquel al interior de la deliberación. Ciertamente, esta es la lógica de movilización total elevada a la trascendencia de un común genérico. No deja de ser un hecho curioso la convergencia con el neoliberalismo en su misión anti-institucional subjetiva: si para el mercado se trata de fabricar un emprendedor; para la política universal, se trata de fomentar una militancia activa. Desde la antropología política, Herrera nos recuerda que el reconocimiento universal es imposible, porque la propia naturaleza del ser en la realidad es de naturaleza excéntrica. Y es aquí donde recae la función de las instituciones: prever y contener de antemano el peso de las pruebas de lo real. Todo cierre comunitario es ajeno a la “irreductible inconsistencia de lo real” (40). Ese déficit propio de la moralización política no puede hacer otra cosa que domesticar la realidad, y, por consiguiente, evitar la conflictividad de lo heterogéneo. 

Herrera nos dice que la orientación del pensamiento político debe ser otra. La política debe insistir en la irreductibilidad entre comunidad y su afuera, entre las normas genéricas y la dimensión concreta de una situación, entre los procedimientos y el disenso, entre el mundo de la política y la esfera excéntrica de la existencia. Escribe Herrera: “Se requiere un pensamiento político que se percate de que no es por medio de un dispositivo consistente consigo mismo, encerrado en si mismo, que se logra comprender adecuadamente al otro a las situaciones, precisamente: a lo que es heterogéneo con todo dispositivo. Un pensamiento que atienda a que, dada la heterogeneidad entre la actividad generalizante de la deliberación publica y lo singular y concreto de las situaciones y los individuos, la consecuencia de un “reconcomiendo recíproco universal” …es una meta imposible” (42). No existe la plenitud, al menos que sea como política extática, tal y como lo fue durante el estado totalitario durante el siglo veinte. Esta política extática en un sentido thin supone la dominación vía el auto-sometimiento a un principio de gobierno substantivo. Desde luego, en en esta forma no espacio para el escepticismo, pues el escéptico como “mera presencia irrita al revolucionario” (48). Herrera no se equivoca en calificar esta racionalidad como el dispositivo de la técnica revolucionaria. Sabemos que en la tradición leninista, cualquier “desvío” de la conducta ideológica era considerara “diversionismo” de la causa eficiente. De igual modo, en el cosmos de Atria, el escéptico pasa a ser un emotivista cuyos intereses privados lo autoexcluyen de la liturgia del reconocimiento. 

El humanismo de estado deviene un espejo invertido del absolutismo de mercado. Y Herrera hace bien en notar que, dada la “debilidad de la burocracia profesional” (imaginamos que refiere aquí al estado administrativo, que, en otros contextos, garantiza una mayor densidad de la división de poderes) del contexto chileno los recursos materiales terminarían canalizados en manos de cuadros políticos-partidistas (52). No hace falta indicar cómo la forma estatal “activista”, históricamente asociada con el Welfare state, ha dado paso dócilmente a una racionalidad de costos y beneficios de la liberalización del mercado. De ahí que el rasgo más arcaico del pensamiento de Atria es suponer que la “comunidad política”, realizada en el espíritu universal del estado, sea el fin de la política. Pero ni el estado ni las instituciones pueden ser comprendidas como puntos de llegada. Y no hay porqué creer que la finalidad de la política surge de la compenetración entre comunidad y humanidad. 

La tesis atriana de la “radicalización de lo político” indica una movilización que deriva en la producción efectiva de la subjetividad, así como en la disolución misma de la política. En un importante momento del ensayo Herrera cita a Atria: “La radicalización de lo político es su superación: es llegar al reconocimiento recíproco universal, lo que implica que comunidad política y común humanidad deviene términos coextensivos” (66). El reconocimiento mediante la deliberación queda atrapado en una zona de indeterminación en la cual la política termina siendo una administración genérica de voluntades. Lo sorprendente de este marco mental es que coincide íntegramente con el esquematismo del proceso de abstracción del mercado . Así, lo político se muestra como el polo inverso de la economía. Mientras que el mercado des-jerarquiza los valores sociales; la política de la común humanidad subsume las diferencias en su coextensividad. Si la economía regula indirectamente la distribución de valores y efectos secundarios al juego de intereses; en la radicalización política asistimos al sometimiento bajo el presupuesto común. Y, si en el mercado prima la absolutización de lo intercambiable, en la política gobierna el reconocimiento como una única forma ejercer la voluntad. Pero tanto la economía como la política le dan la espalda al principio insondable de la realidad. Ambos polos promueven un monoteísmo de la forma.

En el fondo, Herrera acierta al diagnosticar que la moralización es índice de una profunda crisis hermenéutica. En primer lugar, la pobreza hermenéutica refiere a un déficit de comprensión sobre lo múltiple en todo su carácter “emergente e incontrolable” (75). En segundo lugar, la crisis hermenéutica asume una postura fideista como plenitud de la comunidad política (75). Esta postura hegemónica en la política de izquierdas tiende a favorecer la persuasión como aceptación de la dominación (80). Así, la maximización de lo político termina divorciada de la expansión conflictiva de la democracia. En uno de los momentos más llamativos del libro, Herrera transcribe un episodio en el que el propio jurista admite que la noción de “común humanidad” tiene su sostén como “confianza” y “fe” (67). Ya algunos han notado que la fe o pistis es la arcana temporal del crédito, cuya estructura dota al sometimiento de un rembolso a tiempo futuro [1]. Que esta estructura crediticia aparezca también en un liberal de izquierdas nos la medida de cómo el impasse de una hermenéutica de auto-reforma solo puede atinar a la fe de su propio autoabastecimiento (unidad o consenso). La fe liberal es una fe sin teología, pues carece de fundamentos místicos (mystique) a la vez que promueve la idolatría de “lo político” en la superación comunitaria. Como argumenta Rodrigo Karmy, el monoteísmo de Atria irradia un katechon secularizado que sutura la irreductibilidad entre el polo de las instituciones, y el polo de la dimensión apofática del pueblo [2]. De ahí su textura sacramental. En otras palabras, la fe del liberalismo consta de una especificidad litúrgica, puesto que para realizar la obra providencial de esa “coextensividad de la humanidad”, la política debe traducir el tiempo insondable de la experiencia en energía de sujeción comunitaria [3]. De ahí que la teología política no sea una divisa exclusiva del neoliberalismo, sino que es el vórtice arcaico de un liberalismo tasado como activismo de su fe. En una época de crisis de legitimidad, lo político emerge como un bloque de contención contra la creciente fragmentación y la latencia de la guerra civil. Una fe débil que termina reproduciendo y administrando los efectos de su propia patología.  

¿Ofrece Hugo Herrera una salida al impasse del pensamiento de Atria? Hacia el final del libro se explicita su horizonte al que denomina “existencia republicana” (82). Una existencia republicana que apuesta por la división de poderes, así como en la multiplicación de esferas al interior de la sociedad civil. El dilema es que estas condiciones hoy aparecen atravesadas por la ilegitimidaddel interregno actual. Es obvio que en Chile este momento ha quedado cifrado bajo la asonada de octubre de 2019. De ahí que la tarea de una reinvención hermenéutica también tendría que calibrar la manera en que categorías heredadas de la modernidad política como sociedad, ciudadano, comercio o poder constituyente han dejado de estar circunscritas a esferas de acción nítidamente diferenciadas. Una nueva hermenéutica tendría que estar en condiciones de probarse ante el límite de la antropología filosófica que, como señaló el propio Helmuth Plessner, partía de la premisa de que la nación era el horizonte civilizatorio para la actividad excéntrica del humano [4]. No sugiero que se deba hacer algo así como una “política posnacional” ni nada por el estilo, sino más bien intento llamar la atención a la configuración del principio de realidad que maneja la antropología política y que un siglo después exige descripciones mucho más complejas.

Por esta misma razón, una hermenéutica que se limite a la renovación de la antropología filosófica quedaría todavía inscrita en el espacio negativo de la tecnificación de lo político como principio coextensivo al mundo de la vida. Me gustaría, en cambio, insistir en la disyunción entre república y existencia, así como en la diferencia absoluta entre el mundo de la vida y forma política como punto de partida para librar al evento del cierre tético de lo común y de la excepcionalidad soberana. Si la antropología filosófica asume la política como compensación al estado de inseguridad; una separación de la política recuerda que todo destino singular debe medirse a partir de las formas de vidas y estilos que nos damos. Enfatizar la primacía del evento implica rebajar la formalización de una “política pertinente” que todavía orienta la elaboración hermenéutica de Herrera hacia un telos del orden [5]. Al despejar esta exterioridad desplazamos la forma política a un segundo plano. Solo manteniendo una apertura con el afuera impedimos los absolutismos morales y la sumisión a una ratio política que hoy se encuentra, ciertamente, caída a la abstracción y a los legalistas.

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Notas 

1. Giorigo Agamben. “Capitalism as religion”, en Creation and Anarchy (Stanford U Press, 2019), 66-79. 

2. Rodrigo Karmy. “El dios de Atria: un apofatismo en la medida de lo posible”, en Fragmento de Chile (Doblea Editores, 2019), 94-619 (edición Kindle). 

3. Adrian Vermeule. “Liberalism and the Invisible Hand”, American Affairs, V.III, Spring 2019, 172-198. 

4. Helmuth Plessner escribe en Political Anthropology (Northwestern U Press, 2018): “For the human, all political problems lie enclosed within the field of vision of its nation because the human only exists within in this field of vision, in the random refractedness of this possibility. The interlocking of being-present and life, in which none has precedence, does not allow the human any pure realization, neither in thing nor in doing, neither in believe nor in seeing, but only the realization that it is relative to a determinate ethnicity to which it heritably and by tradition always already belongs”. 86.

5. Hugo Herrera. “Republicanismo popular y telúrico”, La Tercera, 19 de Octubre 2020: https://www.latercera.com/opinion/noticia/republicanismo-popular-y-telurico/NMAK2J65KVE2JG5LI5YXP3GEGE/

Friendship at the end of the world: On Frank Wilderson III’s Afropessimism (2020). by Gerardo Muñoz

The publication of Frank Wilderson III’s Afropessimism (Liveright, 2020) marks an important break in contemporary thought, which has been seating comfortably for too long in the pieties of identity, culturalism, and politization. One of the most immediate effects of Afropessimism is how it unmasks the way in which identity and cultural hegemonic discourses, far from constituting a different horizon of the existing cliché, actually mitigate a spectacle of devices for the domestication of other possibilities of thought. Of course, some were aware of said spectacle, but now with Wilderson’s experiential writing the allure of subaltern subject position is finally destroyed from within. Wilderson’s account escapes two routes of the witness position: that of the personal memoir that contributes to a narrative of redemption; and on its reverse, that of testimonio, which in the postcolonial debates of the 1990s solicited a politics of alliance with the subaltern voice for a new politics of truth. In this sense, Wilderson’s Afropessimism is a post-hegemonic work through and through insofar as it destroys the hegemony of the citizen-subject of Liberalism, but also that of subaltern as a mere stock in the production of hegemony. As Wilderson claims early in the book “Black people embody a meta-aporia for political thought and action”, as such, Afropessimism is a radically unstable force that brings to bear the unthought of the most predomination critical paradigms of university discourse (Marxism, Postcolonial theory, feminism) as aggregation of politics of the subject  (13-14). 

Afropessimism is first and foremost a dislocation of the toolbox of critical of theory as always already complicit with the general movement of the imperial policing of thinking. The strategy is always the same when it comes to administrating a regime of reflexive order: posit a paradigm of a subject position and then mobilize it against other subjects. There is nothing radical about this validation; quite the contrary, it coincides with the arbitrary hierarchization of values proper to Liberalism’s current designs. Wilderson wants to destroy analogy just like he wants to be done with narrative of redemption, or ethical alliance since all of these are forms of reductions of the true experience of living at the “end of the world”. This is the apothegm from Fanon that creates the apocalyptic circuit in the book. What does it mean to live at the end of the world? This the vortex of Afropessimism, the atopic site that inscribes the existential conundrum of the Black form of life. The apocalyptic “end of the world” must be read as a concrete inhabitation of life, that is, “being at the end of the world entails Black folks at their best”, writes Wilderson (40). This entails that there is no world without Blacks, but Black experience is an incessant drift at the limit of the world as captured by the entrapment of Humanity. I take it that Wilderson means that “Afropessimism is Black folks at their best” in relation to a form of life at the level of experience that is not only constitutive of sociability, but that it also an intensity that rejects any domesticating efforts into a more “democratic” or “hegemonic” civil society. Under the rule of equivalent demands, where subjects and objects are exchanged (or camouflaged in the name of “Rights”), the Black can only constitute a “social death” that breaks any equilibrium, or that sustains the hylomorphism of its others (102). This goes to the heart of the articulation of hegemony, which for decades has been the leftist horizon of a good and democratic politics, but which for Wilderson amounts to the very logistics of the democratic plantation. In an important moment of the book, Wilderson argues against the theory of hegemony: 

“In the solicitation of hegemony, so as to fortify and extend the interlocutory life of civil society, ultimately accommodate only the satiable  demands  and  legible  conflicts  of civil society’s junior  partners  (such as immigrants, White women, the working class), but foreclose upon the  insatiable  demands and illegible  antagonisms of Blacks. In short, whereas such coalitions and social movements cannot be called the outright handmaidens of anti- Blackness, their rhetorical structures, political desire, and their emancipatory horizon are bolstered by a life- affirming  anti- Blackness; the death of Black desire.” (240)

There is no hegemony that is not conditioned by a non-subject, an abyss that marks the aggregation of their equivalent subjective demands. This is why the non-demand of the Black, who has nothing for exchange, remains at the limit of hegemony, or rather what I call a posthegemonic fissure, in which democratic desire and hegemonic articulation enter into an incommensurable zone. Given that blackness is the site of “social death…the first step toward the destruction if to assume one’s position and then burn the ship or the plantation from the inside out. However, as Black people we are often psychically unable and unwilling to assume this position. This is as understandable as it is impossible” (103). This is consistent with Wilderson’s label of Afropessimism as an aporetic meta-theoretical paradigm. The question of the possibility of an experiential exodus to an outside, and not just an internal limit to the metaphysics of Humanity is most definitely one question that one could raise about its “epistemological void” as parasitical to the infinite production of subjectivity (164). It is clear that by rejecting hegemony, Wilderson also has to give up any liberationist horizon at the service of a political project committed to Black emancipation. For Wilderson the legitimacy is somewhere else: “Afropessimism is not an ensemble of theoretical interventions that leads the struggle for Black liberation. One should think  of it as a theory  that is legitimate because it has secured a mandate from Black people at their best; which is to say, a mandate to speak the analysis and rage that most Black people are free only to whisper” (173). It is a rage that one could counterpose as the opposite of the subaltern politics of truth; in order words, it is a rage experienced against the “gratuitous violence” that divides the antagonism between a singular life and the world of the state of things and its people. 

The vortex of Wilderson’s Afropessisism, however, is not just the rejection of hegemonic articulation or the benevolent solidarity as administrated domination, it is rather the emphasis of a new world caesura that he frames in this way: “…the essential antagonism is the antagonism between Blacks and the world: the centrality of Black people’s social death, the grammar of suffering of the slave…” (174). This essential conflict stages the antagonism at the level of the debates about the frontier of Humanism, for which the Black, insofar as it is a figure of the non-subject, already acts an archipolitics that frees the intensification of any politics of liberation now transfigured as a liberation from politics [1]. This archipolitics dwells in the intensification of a non-identity that is irreducible to any hegemonic fantasy that labors on solidarity, equivalency, unity, program, demand, projection. And why not, also against the democratic polity (insofar as democracy cannot be thought outside the jointing of two apparatuses of civil society renewal: citizenship and mobilization). This archipolitics of Afropessimism puts into crisis the general categories of modern political thought, I am also tempting to limit this claim to the very notion of democratic practice as previously defined. Here the “legitimacy” that Wilderson evokes is no longer at the level of a new democratic renewal – which is always within the spirit of the modern liberal design; indeed, recently some have made legitimacy and hegemony conceptual couples – but rather as a poking outside the democratic imagination, which ultimately feeds Black social death, even when sustained by the social contract of hegemonic alliances.

Is there something beyond the subjection to alliance? In other words, what if being at the “end of the world” is also the time to undue the mystification of solidarity in the name of friendship? I agree with Jon Beasley-Murray, also writing about Frank Wilderson III, that the idea should not be to win over friends, but rather to suggest that friendship is still possible flight [2]. I would go as far as to call friendship an event of thought. Indeed, friendship has no stories to tell and does not seek redemption; it also betrays normative ethics each and every time. This is not to say that there such a thing as an archipolitics of friendship, nor a political program for a friendship of community. We have enough of that in every community form. Perhaps if we accept the event of singular friendship, we can move beyond the logistics of antagonism and hostility that are constitutive of Humanity, but irreducible to the specie that confronts the destiny of the inhuman. As a great thinker of the twentieth century wrote: “there are infinite possibilities of inhumanity in each man. There is no external enemy; this is why the tragic exists. This simple maxim confirms the fundamental thought of Robert Antelme. The “no-man” in man, attentive to perfection is what allows the sedimentation of the concentration camps. […] Friendship for me is not a positive thing nor a value, but rather a state, a multiplication of death, of interrogation, a neutral site where I can sense the unknown, the site where difference only expands in the place of its contrary – in proximity to death” [3]. One question that must accompany Wilderson’s formative book is whether the “spirit of friendship” with inhuman can be something like solace without redemption at the end of the world. Friendship could be understood here as the marker for the disunification of forms of life outside the condition of hostility without falling into nihilism. At the point, perhaps psychological categories such as optimism or pessimism now lose their relevancy as forms of life realize that they are already dwelling at the of the end of the world. 

Notes

  1. The conceptualization of Afropessisism as an archipolitics I owe to Alberto Moreiras. See his note “Whiteness and Humanity”, July 2020: “https://afropessimismandinfrapolitics.wordpress.com/2020/07/07/whiteness-and-humanity/
  2. 2. Jon Beasley-Murray. “Afropessimism”, July 2020: https://posthegemony.wordpress.com/2020/07/06/afropessimism/
  3. Dionys Mascolo. En torno a un esfuerzo de memoria: sobre una carta de Robert Antelme. Madrid: Arena Libros, 2005. 57. The translation to English is mine.