La fiesta errante. por Diego Valeriano

[Nos consterna el crepúsculo hacia el cual pareciera entrar la fiesta. Por eso le preguntamos a Diego Valeriano sobre el destino de la fiesta en el actual momento del confinamiento. A lo largo de estos años, en una serie de controvertidas hipótesis y prosas menores, Valeriano ha insistido que la vuelta a casa es siempre un principio de conservación, y un dispositivo de la domesticación de la especie. Valeriano generosamente ha atendido a nuestra preocupación y nos ha enviado este lúcido texto para compartir con nuestros lectores.]

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Las ganas de andar, las ganas de salir, extraviarse, vagar, perder el tiempo. Las ganas de vagabundear sin tanta app vigilante, sin decir que estas haciendo en la calle, sin ser un código QR que sabe cosas de vos. Eso que era andar sin que nadie señale con el dedo, juntarse en la esquina, sacar los parlantes a la vereda, volver a cualquier hora. Hacer la previa, llamar al transa, perderse en bicicleta porque la anfeta de la pepa no nos deja quedarnos en casa. La fiesta, todo lo que implica, un estado de ánimo, nuestro estado ánimo. Todo lo que se arma. Vagar, ir al kiosko a comprar unos pares de cervezas, llamar al transa, meterse en los pasillos en busca de locura. 

Comerse un garrón tremendo, escuchar giladas, combatir el miedo que inyectan políticos, panelistas, científicas y policías. No poder hacer unos pesos de tan vigilante que está todo. Sentirse re zarpado por ese miedo tan del centro, tan de formas de vida aburridas, responsables, pensantes. Tan de opinión en redes, de gente cómoda, de gorda salud dominante. Saber que sin trenes, ni bondis el mundo se achica, las posibilidades se encogen, todo se reduce a cerca, poco, nada. Caminar por el borde de la ruta hasta poner en riesgo la propia vida, caminar porque está en riesgo la propia fiesta, el amor, el deseo, la locura, la vida.

Volver a llamar al transa porque esta careta genera una locura peor que cualquier otra locura. Morir un viernes, resucitar el domingo al mediodía. Arrancar el martes a la tardecita de nuevo. Pelear por la fiesta, por arrancar, por estar en una. Saber que fiesta es vagar, encontrarse, pelear, caminar, esquivar los controles, descartar, tomar aire, especialmente tomar aire. No hacer caso, apurar el paso cuando vienen los vigilantes, hacer fiesta, hacer mundo, reírte de lo tristemente humano que se volvió todo. 

*Imagen: fotografía de Fuerte Apache, en las afueras de Bs As, por Natacha Pisarenko, April de 2020.

Fratribus nostris absentibus: sobre la discreción. por Gerardo Muñoz

En una epístola póstuma que consulté hace algunos años en los fondos de Penn State University, fechada en 1989 y dirigida a una comunidad de monjas benedictinas de la abadía de Regina Laudis, el ex-sacerdote Iván Illich avisa de la pérdida del sentido de la caritas ya no solo ante los vivos sino también ante los muertos. Illich le recordaba a la Madre Jerónima que su carta no pretendía establecer un “secreto”, sino un sentido de discreción (discretio); una virtud que la Iglesia había irremediablemente abandonado en su caída al mal.

La discretio – decía Illich siguiendo las recomendaciones de San Benedicto – era la madre de las virtudes, ya que nos hace distinguir la singularidad de cada situación sin que esto suponga una obediencia ciega ante lo predecible. Obviamente, desde la discretio se introducía el problema de la muerte, siempre singular y pasiva, e imposible de homologar a ninguna otra. En realidad, Illich llevaba este procedimiento a un plano experiencial, ya que hablaba de una amiga y de su “final” al que describe como un estado de “inusitada serenidad”.

Illich le decía a las monjas benedictinas: “Lo que quiero compartir con ustedes no es una opinión, sino una angustia que conmemora a los muertos que se escapa del alcance de la forma ordinaria de la caridad”. ¿Pero qué puede significar atender a ese momento oscuro que es sombra de la vida fuera de la vida? Para Illich este era el único momento de una fidelium animae que tanto la medicina como el sistema productivo del Welfare state ya no podían recoger. Desde la experiencia inasible de la muerte de su amiga (quien permanecía innombrable, como toda amistad verdadera), Illich extraía lo que llamó la sistemática “guerra contra la muerte” en Occidente, carente de sentido de “lugar” o de “tierra”. Por eso Illich la describía como una caída hacia la atopia, desentendida del atrium mortis.

Illich se encomendaba al fragmento benedictino: Fratribus nostris absentibus. Pero esa máxima monástica aparecía en un sentido transfigurado; a saber, lo “divino” (como también supo ver Erik Peterson sobre los modos de vestir) es el umbral donde la vida y la muerte se dan en un recorrido ex-corpore. Escribía Illich: “La fe termina cuando la visión de lo eterno está por llegar”. No hay transcendencia ni redención ni salvación compensatoria, solo un sentido especular por lo velado.

¿Por qué recordar todo esto hoy? Porque la crisis pandémica ha puesto de relieve que ninguna de las metrópolis en Occidente y sus guardianes de la “vida” han estado en condiciones de recoger el sentido de Fratribus nostris absentibus. Una década antes, en una serie de conferencias en el Seminario Teológico de Princeton, Illich notó la oscura transformación médica en los Estados Unidos en cuanto al pasaje del “asistir a la muerte” a la administración del “delivery of death“. La “guerra contra la muerte” continua en nuestros días ya sea desde la retórica de la protección de la vida o bien en defensa de la economía. Por eso, hoy más que nunca, la tarea del pensar exige la destitución de lo que llamamos metrópoli.

 

 

*Imagen: retrato de Iván Illich de niño en Austria, 1936. Del film “Three Boys House” (1936).