Ancilla amicitiae: amistad y testimonio de Iván Illich. por Gerardo Muñoz

El pensamiento del exsacerdote y arqueólogo de los sedimentos teológicos de Occidente hubiera permanecido inconcluso si no fuese gracias a su amigo e interlocutor David Cayley, quien hizo posible The Rivers North of the future: the testament of Ivan Illich (2005) póstumamente. Si bien desde comienzos de los sesenta Illich —luego de la experiencia catastrófica de generar una ius reformandi dentro del paradigma misionero en Washington Heights y Puerto Rico— había avanzado en una serie de críticas a los dispositivos de la vida contemporánea, no fue hasta el final de su vida cuando tuvo la valentía de esbozar lo que él mismo llamó su testimonio sobre el destino de Occidente. Este testimonio buscaba el desaprendizaje de las raíces proféticas cristianas para “dar comienzo a una teología de nuevo tipo”. 

Como en múltiples ocasiones Illich no se cansó de repetir, la signatura de su pensamiento (la “idea única” a la que es fiel todo pensador, según Cayley) residía en la comprensión de la caída de la Modernidad hacia la corruptio optimi quae est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”). La peor de las corrupciones había tenido lugar con el advenimiento de la profecía universal cristiana, cuya economía de la salvación terminó administrando los hábitos y los modos sensibles de la vida de los hombres. La idea de “reino” como espacio de apertura a la “sorpresa”, ahora pasaba a estar en manos de la institucionalización de la Iglesia; de la misma manera que la conspiratio convertía el pecado en administración de la comunidad de los vivos en un tiempo sin redención. Así, las páginas de la Historia vencían el misterio de las relaciones entre hombres que ya no podían elegir sus maneras libres de inclinación y afección. 

En un trabajo, complementario a su última conversación, Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University Press, 2021), David Cayley da forma a una especie de testimonio que recorre las estelas del pensamiento de su viejo amigo. Como sabemos, escribir sobre la clandestinidad de la amistad es siempre una misión imposible. Por esa razón el libro evita la biografía convencional del “sujeto que supone saber”, optando por la indeterminación entre vida y pensamiento, constelando fragmentos que siguen generando la “extrañeza” ante el pensamiento vivo de un testigo de su época. Por esta razón, la escritura de Cayley es también un ejercicio autográfico sobre la potencia de un pensamiento cuya vitalidad, ante y contra la muerte, se coloca en el umbral del testimonio. Todo esto implica, como ha señalado Giorgio Agamben recientemente, generar una verdad en el mundo que solo puede comunicar lo que es absolutamente incomunicable.[1] El libro de Cayley erra en esta dirección, sin abonar modelos o ideas aplicables para un mundo caído al mysterium iniquitatis. El misterio del mal desborda la tarea de las instituciones que alguna vez dotaron a los hombres de las certezas del mundo de la vida y de sus técnicas de sobrevivencia. El testimonio da cuenta de la humillación del hombre ante este declive antropológico que hoy multiplica las compensaciones. Y, sin embargo, no es menos cierto que los hombres en la medida en que “hablan”, no pueden dejar de ser testigos de una verdad, como un vagabundo en la noche que tropieza con ella.

En uno de los momentos más hermosos del libro —hermosos en la medida en que la belleza es también la complicidad secreta de toda amistad— Illich le confiere el secreto abierto de su pensamiento a Cayley de esta manera: “Yo dejo en tus manos lo que yo quiero hacer con mis intenciones… decirte esto en gratitud y fidelidad detrás de este candelabro que está prendido mientras te hablo de mi testamento verdadero que no es reducible a una traición, sino que ha sido elegido en mi propia vida”.[2] Como en pocos otros momentos de la conversación Illich-Cayley, encontramos aquí una instancia del brillo de la proximidad entre el carácter singular y el desasosiego histórico de Occidente. Desde luego, podemos pensar en la etapa paratáctica de Hölderlin, en la que el poeta alemán pudo dar testimonio destruyendo la gramática del poema y la razón, para así dejar ver el abismo entre el mundo moderno de las maquinaciones y la pulsión aórgica de la vieja Grecia. Tras la luz de la vela, Illich abría una instancia que, más allá de la profecía, pudiera orientar otro camino: por eso la figura del amigo ya no era un profeta, sino simplemente como una existencia que, mediante la experiencia, recordaba que las “percepciones vitales ahora eran ajenas a todos en el mundo”.[3] De ahí que Illich diga que “solo una vez que borramos la predictibilidad del rostro del otro podemos ralamente ser sorprendido por él”. 

¿Puede el pensamiento de Illich preparar una ius reformandi política o una revolución institucional en un mundo atravesado íntegramente por el mysterium iniquitatis? Ahora hemos llegado a este punto. Cuando le he preguntado esto a Cayley como antesala a nuestra conversación, me ha contestado con una respuesta que pone el acento en la vacilación: “Axiomáticamente nunca es tarde, pero esto no quiere decir que no sea, en verdad, ya muy tarde”.[4] No caben dudas de que Illich es un pensador que toma distancia de la política, y que es ajeno a sustancializar un principio de comunidad redentora. No debemos olvidar que el común para Illich es el silencio irreductible del ejercicio de dar un testimonio. De ahí que su testamento —el de una vida ex ecclesiamex universitatis, y ex mundi— solo puede hacerse desde la práctica de amistad y como reparación para las condiciones de una “práctica de amor”. Este amor ya no es una inscripción universal dispensada por la profecía, sino que afirma la celebración ante las cosas que encontramos. En este punto es que es insuficiente pensar teológicamente a Ivan Illich como un pensador mesiánico ante el agotamiento de la comunidad de salvación cristiana y sus instancias de deificación. El testimonio del último Illich registra, sin programa ni determinación teórica alguna, que el reino es la separación de nuestros modos (el espacio invisible de lo vernáculo) del régimen de la escasez. La amistad libera el espacio invisible que le devuelve la subsistencia al existente. 

Y hacerse cargo de la subsistencia supone, en última instancia, la afirmación del carácter ante la muerte por encima de los controles de optimización (risk management) de la Vida entendida como abstracción o como guerra contra la muerte singular.[5] Todo esto resuena en el presente pandémico en el que la nueva oikonomia del “polo médico” busca incidir, una y otra vez, sobre la vida haciendo de los seres vivos una mera reserva para la administración del “delivery of death” y de las estadísticas del “death toll”. Si en nuestro presente estamos atravesados por la pérdida absoluta de “la hora de tu propia muerte”, como me ha recordado Alberto Moreiras, entonces lo fundamental es retraerse de una “Vida” para comenzar a vivir verdaderamente. 

El vórtice del pensamiento de Illich recae sobre la tarea más difícil de la existencia que, en el afuera de la vida, orienta a todo destino. Buscar una tonalidad con la verdad supone retraerse de la mala fe de los valores del dominio cibernético. Fue así como Illich abrazó la amistad y la compasión al interior de un mundo roto. Por eso, en un ensayo tardío podía decir que “la amistad, la philia, era la verdadera constancia de su enseñanza… y que para la amistad no hay un nombre, puesto que varía en cada respiro”.[6] El retiro a la amistad devenía una teología transfigurada, la única ancilla amicitiae del pensamiento y el único testamento de una experiencia en un mundo en tinieblas. Y es la proximidad del testimonio aquello que atraviesa un mundo incapaz de transmitir la música de las cosas tras el fin del eón de los profetas.  

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* La presentación de Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University, 2021) de David Cayley tendrá lugar el viernes 16 de abril junto al autor, en el marco de “Conversaciones a la intemperie” organizada por 17, Instituto de Estudios Críticos.Para asistir al encuentro, abierto al público, es necesario el registro en: https://17edu.org/conversaciones-a-la-intemperie-ivan-illich-an-intellectual-journey-de-david-cayley/

Bibiliografía


[1] Giorgio Agamben, “Testimonianza e verità”, en Quando la casa brucia. Giometti & Antonello, Macerata, 2020, pp. 53-88.

[2] David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey. Penn State University Press, Pensilvania, 2021, p. 9.

[3] Ivan Illich. “The Loss of World and Flesh”, Barbara Duden y Muska Nagel (trads.), Freitag, 51, Bremen, diciembre, 2002.

[4] Correspondencia personal con David Cayley, abril de 2021.

[5] Gerardo Muñoz, “Teologías post-coronavirus”, José Luis Villacañas (ed.), Pandemia. Ideas en la encrucijada. Biblioteca Nueva, Madrid, 2021, pp. 254-265.

[6] Ivan Illich. “The cultivation of conspiracy”, Lectura en Villa Ichon, Bremen Archive. Bremen, Alemania, marzo, 1998. 

Valorización absoluta y anti-institucionalismo. por Gerardo Muñoz

Sobre el neoliberalismo se han dicho muchas cosas y se seguirán diciendo muchas más, puesto que todavía no podemos establecer un “epochê” ante su fenómeno. El neoliberalismo no es una determinación económica o no solo, sino un tipo específico de racionalidad cuyo principio central es el ordenamiento vital. Me gustaría sugerir que la sustancia de ese principio es la valorización absoluta. Esto exige que nos aproximemos al problema desde la racionalidad jurídica. Esto es, si el neoliberalismo es una dificultad para el “pensamiento” – y no un problema regional o meramente “crítico” – es precisamente porque en él se anida la relación entre las formas que orientaron la legitimidad y un nuevo tipo de racionalidad que objetiviza al mundo. Cuando hablamos de valorización absoluta queremos dar cuenta de un tipo de racionalidad que entra en escena tras el agotamiento de la autoridad moderna. Y por eso el “valor” es esencialmente una categoría metafísica (de medición, jerarquización, y de mando) que desborda las esferas tradicionales y la división de poderes e impone una nueva fase de la dominación. La absolutización valorativa tiene dos rasgos fundamentales: a) “jerarquizar” ónticamente mediaciones entre objetos y sujetos, y b) efectuar una forma de gobierno en la medida en que la racionalidad valoritiva opera como un mecanismo “atenuante”. Dicho de otra manera: la valorización es un proyecto de la subjetividad y del orden relativo a su autoabastecimiento (la producción de valor). De manera que hay aquí ya tres puntas de un nudo que ahora podemos desplegar: la racionalidad jurídica de la valorización, una nueva lógica de gobierno, y la necesidad de un diseño anti-institucional.  

La caída de la racionalidad jurídica a la valorización ya no se limita a un problema “de juicio” de un jurista, sino que es el propio suelo de su capacidad “discrecional”. El gran constitucionalista norteamericano Cass Sunstein (Harvard Law) se ha referido a la racionalidad “cost & benefit” como “la verdadera revolución silente del liberalismo tardío”. El marco de decisión “costos y beneficios” implica, como mismo admite Sunstein, un traslado del sujeto de la soberanía: “En la historia del pensamiento democrático, muchas pensaron que el lugar central de todo el juicio es el We The People. Sin embargo, hoy nos interesa enfatizar la necesidad de un análisis más cuidado que parte de que oficiales y expertos entrenados ahora pueden ser quienes están capacitados para la toma de decisiones desde la evidencia” [1]. El nuevo guardián del orden concreto ahora se vuelve un tecnócrata quien ya no tiene autoridad de decisión; ahora le basta con intervenir desde principios discrecionales de mediación y evaluación. Por eso el físico italiano Ettore Majorana advirtió que, con el desarrollo de formas entrópicas de la experimentación científica, las nuevas formas de “gobierno” tendrán que se desarrolladas como formas de administración de los sucesos del mundo mediante valores [2]. 

En el derecho este principio de costos y beneficios ha coincidido con el auge del interpretativismo, que informa la filosofía del derecho jurídico. Ahora los jueces ya no deben aplicar el derecho vigente, sino “interpretarlo en su mejor luz”; esto es, interpretarlo desde la neutralidad del valor (la moral de turno). Desde luego, el dilema es que, como notó Carl Schmitt: “en tratar algo como “valor” le confiere la apariencia de la realidad efectiva, objetividad y cientificidad propias de la esfera economía y de la lógica de valor adecuada a esta última. Pero no debemos ilusionarnos: fuera de la esfera económica, el planteo tiene carácter negativo y la lógica del valor extraeconómico superior y supremo se pone en marcha a partir del no-valor” [3]. De esto pudiéramos derivar dos incisos. En primer lugar, que el problema de la valorización que subyace a la compensación neoliberal en el derecho no es económico, sino un fenómeno de moralidad indirecta (asumida desde la negación de un valor inferior). En segundo lugar, la valorización jurídica es necesariamente anti-institucional, en la medida en que ahora el orden concreto no es defendido mediante la aplicación del derecho vigente, sino que funciona para “validar” la distribución arbitraria de los valores de cada momento en el tiempo. Creo que sin entender este cambio de “racionalidad jurídica” no podríamos comprender el impasse del constitucionalismo contemporáneo, la hegemonía del derecho administrativo, o el éxito de la expansión de libertades individuales (Citzens United, Artículo 230, etc.) aunque no de protecciones y garantías institucionales (enmiendas constitucionales, por ejemplo). La valorización es una “consecuencia” de los viejos principios liberales: una stasis entre la “integridad del derecho” y la “búsqueda de la decisión correcta”.

Ahora bien, una nueva legalidad basada en la valorización absoluta pone patas arribas toda la genealogía de las formas de la modernidad política. Sólo hay que mirar la crisis de la financiación del voto en los Estados Unidos a partir del caso Citizens United vs. FEC (2010), la porosidad de los partidos políticos que ahora se muestran incapaces de llevar a cabo la mediación entre representación y poder constituyente; o el propio dispositivo de “movimiento” (el motor del We The People) ahora en manos de una “minoría intensa” que busca hacer coincidir movimiento-estado para soterrar a otros sin ni siquiera pasar por la discriminación del “enemigo”. Ciertamente no es una “unintended consequence” que la valorización neoliberal promueva la intensificación de la movilización total; pues la movilización es tanto el índice anti-institucional, así como la máxima evidencia de la crisis de autoridad política, en la que cada sujeto y cada causa se elevan a la “oquedad que camina por el borde de la ilegalidad, con traspiés, pero sin caída en ella” [4]. En realidad, esta es la ratio gubernamental del neoliberalismo: liberar flujos de intensificación para lugar optimizar sus efectos. Aunque en muchas ocasiones la optimización no se presente como una fase secundaria ad hoc, sino como una formalización constitutiva de la propia inminencia de lo social.

Ahora creo que vemos con mayor nitidez la dimensión del programa del neoliberalismo como dispensación de la objetivación del mundo que lleva a la representación política a su fin: la jurisprudencia en el orden concreto, las formas de representación (el partido, el ciudadano, la nación, el ciudadano, etc.), y el poder constituyente (el movimiento). Si alguna vez Norberto Bobbio dijo que el positivismo era tanto una forma de organización del derecho como ideología política (liberalismo), hoy podemos decir lo mismo del neoliberalismo: es una teoría de racionalidad económica, una filosofía del derecho, pero también una liquidación de la autoridad (ahora sustentada desde la cibernética como administración de los flujos). La cuestión es si esta racionalidad es irreversible (o si, en efecto, se puede mitigar como problema al interior de la “racionalidad”); o si, por el contrario, la fragmentación en curso ante el desierto del valor puede orientar otras salidas para registrar la separación entre experiencia y mundo. 

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Notas 

1. Cass R. Sunstein. The Cost-Benefit Revolution (MIT, 2018).

2. Ettero Majorana. “The value of statistical laws in physics and social sciences”, Scientific Papers (SIF, 2007), 250-59. 

3. Carl Schmitt. La tiranía de los valores (Hydra, 2012). 

4. Jorge Dotti. “Incursus teológico-político”, en En las vetas del texto (La Cuarenta, 2011), 275-300.

*Notas para la intervención “Neoliberalismo Hoy”, conversación con Lucía Cobos y Rodrigo Karmy en el marco de “Diálogos Pertinentes”, Instar. Enero 11 de 2021. 

An epoch unmoved. by Gerardo Muñoz

We live in an epoch of odd reversals: that is, we live in an epoch of war, but there have not been as many pacifists as other times in history; we live in an epoch of “excellence”, but there has not been so much reproduction of the same; we live in an epoch of unbound expressionism and commotion, but only with the caveat that all the lines of sensation are contained within the prism of “my security”. Finally, we live in an epoch of “movements” (from the Tea Party to the Yellow Vests), however, everyone is more or less unmoved. The extensiveness of the movement of all things guards an originary “unmoved mover”.

In a 1953 essay “Il tempo della malafede”, Nicola Chiaromonte diagnosed our epoch not as one of disbelief, but rather as one of bad faith. According Chiaromonte: “Nihilism permeated not only intellectual groups but all of European society. This means that men began to feel that no believe was strong enough to withstand the pressure of faits accomplis. It is a very small step from this mood of doubt and distress to the grim conclusion that believes do not matter at all, and that in politics as in art, in art as in personal behavior, the only thing that counts is the will to act. With or without conviction he who acts is right. This is step point at which bad faith beings to set in and a preestablished ideology takes the place a freely formed conviction. The ersatz replaces the genuine.”

The destruction of the genuine or the conditions of the pursuit of our “truths” is what maximizes the regime of compensatory actions. And this is where we are today in the world. Back in the heyday of the Cold War, Chiaromonte had a solution to find an “exit route”. He writes at the end of his essay where he outlines the ingredients that we might consider: “A return to reality after mind and soul have been beclouded can only take place through disillusion and despair. Yet this suffering will remain sterile and the recovery of reason impossible unless a true conversion takes place. Conversion to what? First of all, to the immediacy of nature and experience, to contact with things one by one, and their primal disorder…”

The question for us (and for the species) is whether such a conversion can take place given the “unmoved” tone of the epoch. It seems obvious that this conversion can no longer happen at the level of language, ideas, rhetoric, justification, narratives, and even less political fides. The conversion is, each and every time, an opening of experience in which the things (not all Things, and most definitely not “every-thing”) attunes itself in a different way. Of course, most of the reactive and aggressive outbursts today are ways to block this process of “immediacy” in favor of the “security” of the unmoved position.

This is why the meeting of Wendy Rhoades and Rebecca Cantu in a recreational construction site is so moving (Billions, Season 4, episode 12). But it is moving not because it elicits some sort of aesthetic impulse on the viewers, but because of what Rebecca says to Wendy: “It is not a metaphor…it is going to feel absurd for a minute. I need you to fight that off and own the fact that you’re moving the earth”.

This is the sort of ecstatic movement that is needed today against the unmoved avowals of bad faith. Only this movement can open the “genuine”.

 

 

*Image: Wendy Rhoades and Rebecca Cantu at the construction site in upstate New York.  Billions, Season 4, episode 12, 2019.

Notas sobre “Pensiero e Politica”, una ponencia de Mario Tronti en La Sapienza, Roma 2019. Por Gerardo Muñoz

En las notas que siguen quiero dejar registro de algunos de los movimientos de una ponencia que pronunció hace algunas semanas el filósofo italiano Mario Tronti en La Sapienza. La intervención de Tronti titulada “Pensiero e Politica”, trata de un central de nuestro tiempo: la crisis de la economía entre pensamiento y acción. Desde sus inicios, la revolución copernicana del operaismo de Tronti fue capaz de mostrar algunas de las contradicciones internas de la filosofía de la historia marxiana en el momento de la descomposición de la clase obrera. Las tesis de Tronti son, de algún modo, una continuación revaluación de aquel desplazamiento paradigmático.

En efecto, Tronti arranca con la indicación de que habría una diferencia abismal entre pensamiento y filosofía. La filosofía política es siempre historia de las ideas, mientras que el pensamiento trata de relacionarse con la política porque su movimiento es siempre colindante con la contingencia de la Historia. Por lo tanto, pensamiento y política  remite a la economía del pensar y de la acción. La política, dice Tronti, siempre tiene que ver con un proyecto, y por eso siempre remite a un cálculo. En efecto, el modelo revolucionario insurreccional de los setenta tenía esta carga de lo que pudiéramos llamar “idealismo activo” (mi término, no de Tronti): se inventa una idea, luego se la aplica, y entonces se llega a la emancipación. Si pensamos en la guerrilla, por ejemplo, vemos que simplemente se trató de un esquematismo idealista. Tronti resiste fuertemente esta ingenuidad con la que la izquierda pensó la política a lo largo del siglo veinte. Esa politicidad, en realidad, fue solo una metafísica idealista.

En cambio, para Tronti debemos acercarnos a la política como movimiento abierto entre pensamiento y acción. Para Tronti, política es una determinación primaria que está por encima del pensamiento y de la acción. Ya hemos visto que la acción sin pensamiento es idealidad, y pensamiento en solitario es un pensamiento apolítico. Tronti prefiere nombrar política la región donde pensamiento y acción se conjugan. Aquí recurre a una imagen muy interesante de Babel: “la curva de la línea recta de Lenin”. Esta es una imagen de la política. Esto significa que el trabajo de la política es estar en condiciones de atender a la contingencia en el devenir de la Historia. No nos queda muy claro que la ‘Historia’ sea un depósito de la acción, o si, por el contrario, la crisis de la acción es un efecto del agotamiento de la transmisión histórica que se devela tras el fin de la Historia.

A Tronti le interesa mantener una separación abierta entre pensamiento y acción. Otra imagen la provee Musil: necesitamos una “acción paralela”. Ese paralelismo en política es lo que sostiene un movimiento sin síntesis que hace posible la eficacia del pensamiento en la acción. Tronti cita al Kojeve del ensayo de la tiranía, quien mostraba que ideas filosóficas nunca pueden ser categorías de mediación para la realidad. Cuando una vocación política se ejecuta desde ahí, se cae rápidamente en la tiranía. Digamos que ese ejercicio es un desvío absoluto en la inmanencia.

Una confesión interesante de Tronti es que admite que, a lo largo de toda su vida, se ha interesado por entender cómo ha sido posible que la “idea” del marxismo no haya podido limar al cosmos burgués. Tronti da una respuesta preliminar: mientras que el marxismo se limitó a tener herramientas ajenas a la realidad, el pensamiento conservador siempre ha estado abierto al “realismo”. Por eso dice Tronti que la tradición revolucionaria siempre tuvo un déficit de “instancia realista”. Esto es una crítica no sólo a los modelos revolucionarios, sino también a los las formas contemporáneas. La idealidad izquierdista es perfectamente asumible por el capitalismo contemporáneo, pero sin transformar un ápice de la realidad. La idealidad es concepto hueco, es arqueología, o mandato político. Pero sabemos que solo la mala política es una política reducible al mandato. Por otro lado, las “revueltas expresivas” pueden encandilarnos en un momento , pero tampoco nos colocan en la interioridad del enemigo. Tronti: las revueltas no ya no llevan a nada.

Aquí Tronti da un giro hacia Schmitt: conocer al enemigo es conocernos a nosotros mismos como forma (gestalt). Esta es la lección que Schmitt aprende del poeta de la aurora boreal. Como nos recuerda Tronti, esta operación también la encontramos en Marx: generar la gramática de la economía política con el fin de conocer mejor arquitectónica del sistema. Sin embargo, hoy estamos en el crepúsculo del l’ultimo uomo que es un derivado del homo economicus del Humanismo residual de la Técnica, cuya gramática general es el valor. Por lo tanto, todo radicalismo político (de una vanguardia, pero no solo) es insuficiente. Y es insuficiente porque no crea destino, ni enmienda la relación entre pensamiento y acción. Estamos, en efecto, en una instancia anárquica.

¿Qué queda? Tronti piensa que hay otra opción: la posibilidad de generar formas irreversibles en el interior informe del capitalismo. Ese movimiento paralelo es el movimiento irreductible entre pensamiento y acción que jamás puede ser “unitario” (y cuando coincide es en el “estado de excepción”, dice Tronti, en una crítica explicita a Agamben). El pensamiento en soledad no es político, mientras que una política de la “idea” carece de realidad. Tronti reconoce que el viejo registro de la “filosofía de la praxis”, ha explotado por los aires, por lo que hay no hay proyecto concreto de emancipación. Hay que apostar por un pensamiento abierto a la realidad, ya que en la realidad la política se abre a su energía volátil y conflictiva. Tronti recuerda que la distinción amigo-enemigo de Carl Schmitt no tiene que ver con la aniquilación de un enemigo (ese es el proyecto del Liberalismo Humanitario). Al contrario, Schmitt busca darle dignidad al enemigo al interior del conflicto.

Para Tronti, esta condicion nos ayudaría a ir más lejos. En realidad, nos pondría de frente a la permanencia del mal que siempre padece la política. Hoy, sin embargo, el mal solo se reconoce como administración de sus efectos. Si la política es separación es porque la separación es siempre diabólica. Para mi sorpresa, Tronti dice que la historia del marxismo hubiese sido radicalmente distinta si Marx, en lugar de haber escrito las “Tesis sobre Faeurbach”, hubiese escrito “Las tesis sobre Kierkegaard”. Puesto que Kierkegaard pudo penetrar la condición “demoniaca de la política”. Cada político tiene que lidiar con el demonio, el cual, aunque Tronti no lo diga, es también su daimon. De esto sí que podemos aprender mucho de Max Weber. Estamos ante la dimensión trágica de la política que el marxismo jamás tomó en serio. O al revés: lo tomó tan serio que lo tradujo en “ciencia”.

No haber comprendido lo demoniaco en la política permitió hiperbolizar la acción sobre pensamiento sin mediación con la realidad. Pero hoy ya no podemos hablar de una ‘economía de la salvación’ que obedezca a las pautas de la representación, o a la diferenciación entre idea y trabajo, o entre sujeto y objeto. Tronti termina con una clave teológica-política que tampoco es capaz de nombrar un afuera de la condición infernal: encontrar un equilibrio entre Katechon y escathon, entre el poder de conservación y la inmanencia de la vida. Necesitamos en el interior de la contingencia un corte trascendental. Hace algún tiempo atrás, Roberto Esposito y Massimo Cacciari sostuvieron un intercambio, donde también se ponía de manifiesto este cierre teológico-político. Tronti queda inscrito en esta órbita.

Citando una carta de Taubes a Schmitt, Tronti dice que la política en cada época tiene que enfrentar a Poncio Pilato. La fuerza del pensamiento estaría en marcar una negatividad con respecto a esa autoridad. Sin embargo, ¿es posible hoy fijar hoy un Katechon? ¿Quiere esto decir que toda transformación radica en aquel que pudiera encarnar el negatio de Jesucristo? ¿O más bien se trata de insistir en la separación (los dos Reinos) como la cesura irreductible entre pensamiento y acción, entre derecho y Justicia, entre comunidad y su afuera?

The Unfathomable Principle: on Helmuth Plessner’s Political Anthropology (2019). By Gerardo Muñoz

Joachim Fischer tells us in the epilogue of Helmuth Plessner’s 1931 Power and Human Nature, now translated as Political Anthropology (Northwestern, 2019), that this short book is very much the intellectual product of its time. It is a direct consequence of Plessner’s elaboration of a philosophical anthropology in the wake of the “philosophies of life” that dominated German philosophical discourse during the first decades of the twentieth century. More importantly, it is also a reflection very much tied to the crisis of the political and parliamentary democracy experienced at the outset of the years of the Weimar Republic. Plessner’s own intellectual position, which suffered tremendously due to his unsuccessful major work, The Levels of the Organic and the Human (1928), occupies a sort of third space in the theoretical debates on the political at the time, carving a zone that was neither that of a romantic impolitical position (the George Group, Thomas Mann, and others), nor that of liberal legalism perhaps best expressed by Hans Kelsen.

Curiously, Plessner’s understanding of the political cohabitates quite conformably in Carl Schmitt’s lesson, albeit in a very particular orbit. On his end, Schmitt himself did not miss the opportunity to celebrate Plessner’s defense of the political as grounded on his friend-enemy distinction elaborated just a few years prior. Indeed, for Schmitt, Plessner’s Political Anthropology drafted an epochal validation to his otherwise juristic formulation, going as far as to write that: “Helmuth Plessner, who was the first modern philosophizer in his book dared to advance a political anthropology of a grand style, correctly says that there exists no philosophy and no anthropology which is not politically relevant, just as there is no philosophically irrelevant politics” (Plessner 104).

Schmitt captures the essence of the convergence between the philosophical anthropology project and the nature of the political as a consequence of modern “loss of center” in search of a principle of autorictas (a “new political center” that the Conservative Revolution will soon try to renew) [1]. In this sense, Plessner, like Schmitt but also like Weber, is a thinker of legitimacy as a supplementary principle, although he declined to craft a theory of legitimation. Unlike Weber, Plessner does not defend charisma as the central concept of political vocation. The nature of the political coincides with the nature of the Human insofar as it is a constitutive element of conflict, and univocally, a “human necessity” (Plessner 5). Hence, Plessner’s theory of political was the ultimate test for philosophical anthropology, given that the general historical horizon of the project was meant to provide a practico-existential position within concrete conditions of its own historicity, responding to both the Weimar Republic and the belated nature of the ‘German national spirit’ [2].

We are to do well to read Plessner’s political anthropological elaboration in conjunction with his other book The Belated Nation (1959), in which he draws a lengthy intellectual genealogy of the decline of the German bourgeoisie as a process of spiritual embellishment with impolitical fantasies. In a certain sense, both Political Anthropology and The Belated Nation (still to be translated into English) are a response to the Weimar intellectual atmosphere of the “devaluation of politics”. There is no doubt that Plessner is thinking of Thomas Mann’s unpolitischen here, but also of the poetic fantasies that Furio Jesi later referred to as the mythical fascination with the “secret Germany” [3]. The impolitical repression from political polemos to consensualism always leads to worse politics (Plessner 3). Politics must be taken seriously, and this means, for Plessner, a position that not only goes against the aesthetes, but one that is also critical of the dominant ideological partisanship preparing the battleground for gigantisms, of which classic liberalism, Marxism, and fascism were manifolds of philosophy of history. Plessner wants to locate politics as a consequence of the Enlightenment (Plessner 9). For Plessner, this entails thinking the conditions of philosophy anew in order to escape the dualistic bifurcation of an anthropological analysis grounded in either empiricism or a transcendental a prori. The conventional biologist program of anthropological analysis never moved beyond the scheme of “mental motivation”, which is why it never escaped the limits of a “pure power politicized, predominantly pessimistic, anti-enlightenment and in that respect, conservative” (Plessner 10).

We could call this an archaic anthropology for political shortcuts. Obviously, Plessner places the project of political anthropology beyond the absolutization of the human in its different capacities. This was the problem of Heidegger’s analysis of existence, according to Plessner, since it stopped at “the conditions of the possibility of addressing existence as existence at the same time have the sense of being conditions of the possibility of leading existence as existence” (Plessner 24). This “essentialization of existence” (Plessner dixit) is only possible at the expense of concrete formilizable categories such as life, world, and culture (Plessner 24). It is only with Wilhelm Dilthey’s work that philosophical anthropology was capable of advancing in any serious way. It is only after Dilthey’s position against a ‘nonhistorical apriorism’ that something like the a characterization of the Human as an unfathomable principle was drawn. The battle against a priori absolutism entails the renunciation of philosophy’s “hegemonic position of its own epistemological conditions…to access the world as the embodiment of all zones and forms of beings” (Plessner 28). We are looking at a post-phenomenological opening of historicity that is neither bounded by existence qua existence (Heidegger’s position), nor by the Hegelian’s labor of the negative. For Plessner, the most interesting definition of the political lies here, but this presupposes the principle of unfathomability of the human. Undoubtedly, this is the vortex of Plessner’s political anthropology.

The principle of the unfathomable is neither precritical nor empirical, as it takes the human relation to the world as what “can never be understood completely. They are open questions” (Plessner 43). This schemata applies to the totality of the human sciences in their relation to life in the world as the only immanent force of history. Thus, for Plessner, this entails that “every generation acts back on history and thereby turns history into that incomplete, open, and eternally self-renewing history that can be adequately approach  the interpreting penetration of this generation open questioning” (Plessner 45). This materialism subscribes neither Marx’s synthetic historical materialism, nor the empirical history of progress. The unfathomable relates to a historicity that, in its reference and relation to the world, presents an “eternal refigurability or openness” (Plessner 46). This is an interpretation close to the definition of modernity as the self-assertive epoch of irreversibility, later championed by Hans Blumenberg. The irreversible, following the unfathomable principle, assumes the ex-centric positionality of the human. The unfathomable principle is what concretely binds the human to the phenomena of the world by means of a radical originary separation that carries an ever-evolving power for historical sense beyond absolute universality.

Of course, Plessner is thinking here of Max Weber’s important insights in Economy and Society regarding the process of legitimation and the separation of powers. The human of political anthropology becomes nothing but the means to “executive the value-democratic equalization of all cultures”, which is a common denominator of civil society pluralism (Plessner 47). But as life itself becomes indeterminate and unfathomable, power is rediscovered as a self-regulating mechanism of inter-cultural relations among human communities. In other words, insofar as the unfathomable principle drives the openness of the human in relation to the world and others, the human always entails a positing of the question of power as a form of a struggle in relation to what is foreign (Plessner 51). Here Plessner follows Carl Schmitt’s concept of the political transposing it to the human: “As power, the human is necessarily entangled in a struggle for power; i.e, in the opposition of familiarity and foreignness, of friend and enemy” (Plessner 53).

We might recall that Schmitt addressed the definition of the enemy from Daubler’s reference to “our own question” (Der Feind ist unsere eigene Frage als Gestalt), that is, with what is one’s most familiar, a sort of originary primal scene of his subjective caesura. For Plessner, as for Schmitt, the friend-enemy relation is an originary confrontation that makes the political an exercise of “every life-domain serviceable and just as well be made to serve every life-domain’s interests” (Plessner 55). The friend-enemy relation accomplishes two functions simultaneously: it takes power seriously in light of the unfathomable principle, and it dispenses conflict without ever reaching a stage of total annihilation. That is why Plessner emphasizes that the political has primacy in the ex-centric essence of the human (Plessner 60).

In fact, for Plessner there is no philosophical anthropology without a political anthropology. And here we reach a crux moment, which is Plessner’s most coherent definition of the political principle: “Politics is then not just a field and a profession…Politics then is not primarily a field but the state of human life in which it gives itself its constitution and asserts itself against and in the world, not just externally and juridically but from out of its ground and essence. Politics is the horizon in which the human acquires the relation that makes sense of itself and the world, the entire a prori of its saying and doing” (Plessner 61).

Philosophical anthropology is to be understood as a process of historical immanence and radical openness of the human’s ex-centric position in coordination with a metaphysical political principle that guides the caesura between thought and action. In fact, we could say that politics here becomes a hegemonic phantasm (very much in the same as in post-foundatonalist thought) that establishes the conditions for the efficacy of immanence, but only insofar it evacuates itself as its own determination. This is why we call it “phantasmatic”. In fact, Plessner tells us that the political principle has only a primacy because it relates to “the open question or to life itself”.

In other words, the movement that Plessner undertakes to shake the absolutism of philosophy’s abstraction over to anthropology has a prior determination that runs parallel: the fundamental absolutization of the political via the immanence of the principle of unfathomability. Under the cloak of the indetermination of the “philosophy of life”, Plessner ultimately promotes a prote philosophia (first philosophy) of the political even if “in no way subsist absolutely, immovable across history or underneath it” (Plessner 72). There is a paradox here that ultimately runs through Plessner’s anthropological project as whole, and which can be preliminary synthesized in this way: the radical unfathomable principle of the human is, at the same time, established as open and immanent, while it acts as a phantasmatic principle to establish the political. Hence, the political becomes a mechanism of amending originary separation and to provide form to the otherwise multiple becoming of the human. This is why politics, understood as political anthropology, ceases to be an autonomous sphere of action to coincide with the ‘essence of humanness’ in its struggle for the organization of the world. Politics becomes synonymous with the administration of a new legibility of the world and in this way reintroduces hegemony of the political unto existence. Plessner is clear about this:

“Politics is the art of the right moment, of the favorable opportunity. It is the moment that counts…That is why anthropology is possible only if it is politically relevant, that is why philosophy is possible only if it is politically relevant, especially when their insights have been radically liberated from all consideration of purposes and values , considerations that could divert an objective coherent to the last” (Plessner 75).

Fischer is right to remind us that at the heart of Plessner’s Political Anthropology lies an ultimate attempt at combining “spirit” and “power”, a synthesis of Weber and Schmitt for the human sciences inaugurated by Dilthey’s project. But what if the movement towards synthesis and unification of a political theory is the real problem, instead of the solution? Are we to read Plessner’s political anthropology as yet another failed attempt at an political determination in the face of the nihilism of modernity? And what if, as Plessner’s last chapter on politics as a site of the nation for the “human’s possibility that is in each case is own”, is actually something other than political, as Heidegger just a few years later proposed in his readings of Hölderlin’s Hymns? The dialectics between “spirit” and “power”, Weber and Schmitt, the precritical and the humanist empiricism, exclude a third option: a distance from the political beyond the disinterred apolitical thinking and acting, and its secondary partisanship waged around the Political. In this sense, Plessner is fully a product of the Weimar impasse of the political, not yet finding a coherent exodus from Schmitt, and not fully able to confront the ruin of legitimacy. As Wolf Lepenies has reminded us recently, even Weber himself in his last year was uncertain about strong “political determinations”, as Germany started descending into a ‘polar night’ [4].

The oscillation of antithesis – ontology and immanence, predictability and indeterminacy, historicity and the human sciences, politics and existence, nationality and the world  – situate Plessner’s essence of the political as a true secular “complex of opposites” that ended up calling for a ‘civilizing ethics’ (Plessner 85). This essence of the political reduces democracy to the psychic latency of drives of the social order, as the unergrundlich (unfathomable) becomes a principle of management in the form of an ethics. This is not to say that the “historical task” of philosophical anthropology remains foreclosed. However, political anthropology does not break away from the conditions of the crisis of the political that was responding to. For Plessner, these conditions pointed to a danger of total depolitisation. Almost a century later, one can say that its opposite has also been integrated in the current technical de-deification of the world.

 

 

 

Notes

  1. Armin Mohler in The Conservative Revolution in Germany 1918-1932 (2018) notes that: “[The Conservative Revolution in 1919]…considered calling themselves the “new Center”. The latter was meant to symbolically represent the need to create a comprehensive political…that would overcome the oppositions of the past”, p.95.
  2. Helmuth Plessner. La nación tardía: sobre la seducción política del espíritu burgués (1935-1959). Madrid: Biblioteca Nueva, 2017.
  3. See, Furio Jesi. Secret Germany: Myth in Twentieth-Century German Culture. Chicago: Seagull Books, 2019.
  4. See, Wolf Lepenies. “Ethos und Pathos”. Welt, February 16, 2019. https://www.welt.de/print/die_welt/debatte/article188905813/Essay-Ethos-und-Pathos.html

The Paradox of the Void at the End of Hegemony: on Maristella Svampa’s Debates Latinoamericanos: Indianismo, desarrollo, dependencia, y populismo. Notes from Presentation & Workshop at the University of Pennsylvania. By Gerardo Muñoz.

debateslat2017Maristella Svampa’s most recent book Debates Latinoamericanos: Indianismo, desarollo, dependencia, y populismo (Edhasa 2016) is truly a significant book. It is the result of more than a decade of archival research and theoretical elaboration, with deep implications in the sociological and political scholarship of the region. In a recent workshop held at the University of Pennsylvania this week, Prof. Tulia Falletti referred to Svampa after the publication of Debates Latinoamericanos and Maldesarrollo (2014) as a “new Guillermo O’Donnell” given the long-lasting impact that her systematic work will produce for so many fields of investigation both in the United States and in Latin America. Framed through four competing analytical problems – indigeneity, development, dependency theory, and the Latin American populist tradition – Debates Latinoamericanos engages and assesses the limits of the political reflection of the region in the last half a century. Furthermore, the book is beneficial for both specialists and students, since it covers a large bulk of historiographical debates in a polemical fashion. And I say polemical here not just in terms of its heterodoxy, but also in terms of a polemos relief that moves thought forward, inviting further reflection and contestation.

In the space of a brief commentary on the book, I cannot attempt the impossible, and offer an substantial summary of such a massive book. Rather, I want to take this opportunity to advance some of the questions that we juggled a few days ago when I presented this book in a workshop. I also want to have in mind Maristella Svampa’s brilliant keynote on populism and the end of the Latin American Progressive Cycle, which she delivered the day after and that was linked to relevant problems elaborated in the book [1].

Svampa writes Debates Latinoamericanos facing the ruinous space of the political in the Latin American tradition. But what and where is the origin of this catastrophe? To what extent can we offer a counter-imperial explanation for imperial domination against a marginalized locality in the world system of modern capitalism? Svampa does not say that the counter-imperial position is insufficient as a model to explain internal expropriation and continuous democratic deficit, but she runs a scan through the different four paradigms that shed light to what is, certainly, the meaty question of Latin American political reason: why has there not been democratic legitimacy in the region for the last two hundred years? I want to pause briefly in a moment that seems to provide a good starting point for conversation, and that I think should be cited at length:

“En ambos países [Argentina y Chile] el espacio ocupado por los indígenas era visto como “desierto”, “espacio vacío”, o para utilizar libremente la imagen de David Viñas, como la “contradicción de lo vacío que debe ser llenado” (1981:73). En Argentina, la metáfora del desierto creaba así una determinada idea de la nación, que tanto había obsesionado a la Generación del 37: más que una nación para el desierto, se trata a de construir un desierto que justificara la expansión de la nación. En Argentina, la expansión del capitalismo agrario y la consolidación del Estado nacional (mediante la estrategia de control territorial y afirmación de la frontera con Chile), se realizaría a través de la violencia genocida contra las poblaciones originarias en diferentes campañas militares, en la Patagonia y en el norte del país, entre 1870 y 1885. Dicha violencia tuvo un efecto demoledor sobre los diferentes pueblos indígenas.” (Svampa 43)

At first sight, it could well be that this passage is just a strict gloss of Tulio Halperin Donghi’s Un nación para el desierto argentino (1989) juxtaposed with David Viñas ’ Indios, Ejercito, y Frontera (1983). But I want to suggest that Svampa is doing something else here too. Whereas for Halperin Donghi the Dessert Campaign commanded by General Roca was the consolidation and crowning of the national state, for Svampa it marks the void at the center and origin of the political in Argentina. The extermination of the indigenous population as a form of ongoing originary accumulation, to say it with John Kranaiuskas, is what is common to the historical development in neoliberal times. But I do not think that Svampa is in agreement with David Viñas’ thesis either. According to Viñas’ narrative, the military defeat of the indigenous community is equivalent, a mere repetition, to the desaparecidos of the military dictatorship during 1976-1983. This repetition points to an originary and symmetrical violence that must be overcome by revolution. As I have studied in my work on Viñas, this critique of historicism of the Argentine state remains within the horizon of revolutionary violence as transcendental excess for liberation [2].

Svampa seems to tell us that this paradox or contradiction at the void makes us aware of a different problem, but also of an alternate reasoning beyond national consolidation and subjective militant liberation. A few pages after this moment, Svampa writes: “Cierto es que la “invisibilización no los borró por completo, sino que los transformó en una presencia no-visible latente y culturalmente constitutiva de formas hegemónicas de la nacionalidad”. Tan hegemónico ha sido el dispositivo fundamental en la representación de la Argentina como nación que muchos argentinos que se lamentaron de la brutalidad de la Campaña del Desierto, incorporaron el dispositivo invisiblizador, contribuyendo a reproducir la idea de que lo indígena ya no es parte de la nación” (Svampa 45). This is telling for a number of reasons. But I mainly want to suggest that the paradox of the void is integral to the labor of hegemony, both as an apparatus of exclusion, but also in its function as a spectral and residual transport.

Whereas both Halperin and Viñas, one from the side of Liberalism and the other from Sartrean Marxism, subscribe a hegemonic closure of history, Svampa’s paradox of the void concerns the very articulation of hegemony as what is installed as the central problem of accounting for the democratic deficit of the region as well as for the exceptional and fissure legitimacy of sovereignty. It is in this way that documents as important as Alberdi’s axiomatic principle of “gobernar es poblar”, Rodolfo Walsh’s “Carta Abierta a la Junta Militar”, or even Ernesto Laclau’s theory of the empty signifier of populist theory, are just different variations the same problem; that is, heterogeneous ways of coming to terms with the paradox of the void, but only to legislate the time of its ruin. What is Laclau’s theory of hegemony if not the assumption that there is a void, but only to the extent that we must find an equivalent filling to constrain the cavity that is constitutive of its origin? Take, for instance, what Laclau says in a moment of his posthumous The Rhetorical Foundations of Society (2014):

“”…the precise relationship between ’empty’ and ‘floating’ signifiers – two terms that have had a considerable currency in contemporary semiotic and post-structuralist literature. In the case of a floating signifier…while an empty signifier on the contrary, would ultimately be a signifier would a signified. All this leads to an inevitable conclusion: understanding the workings of the ideological within the field of collective representations is synonymous with understanding this logic of simplification of the social field that we have called ‘equivalence’.” [3]

In her talk on the end of the Latin American Progressive Cycle, Svampa mentioned three analytical models of populism. First, there is the weak version associated with Loris Zanatta’s analysis which obstinately, and in my opinion erroneously, conflates populism and theological irrationalism. This allows for outrageous comparisons, such as that of Eva Perón with Marie Le Pen, or even Juan Domingo Perón with Trump or Eastern European fascism. Secondly, there is Laclau’s model as first elaborated in his early Politics and Ideology in Marxist Theory (1977) and later in his On Populist Reason (2002), which tried to advance a coterminous elaboration of hegemony theory with the political vis-à-vis discourse theory and lacanian topologies. Third, is the sociology of populism, which Svampa inscribes herself, in particular elaborated in her book La plaza vacía: las transformaciones del peronismo (1997). This model is also shared by political scientists such as Margarita Lopez Maya, Carlos de la Torre, and in a different way with Benjamin Arditi. This third option is what Svampa offered as a model of “ambivalent populism”, which is in constant struggle with the problem of democracy. But just like the label suggests, ambivalent populism remains just that: ambivalent, which amounts to an impasse and limit. Can we move beyond it?

I read Debates Latinoamericanos as a timely opportunity to pose this problem, and think further. In response to my question about the possibility of a democratic populism without hegemonic closure and charismatic leadership, Svampa mentioned that in Latin America there has been only populisms of hegemony and nothing else. It is also clear that in Latinamericanist reflection, the narrative has been thoroughly populist, but only disguised as “cultural studies”, which was argued already late nineties by Jon Beasley-Murray. It is time to move beyond hegemony theory, in particular if it has proven catastrophic in short and long terms across the political spectrum. Populism with hegemony cannot fly very high, and there is no need to carry heavy burdens of a time long gone [3]. It is time to abandon it. If times have changed, and the composition of the national popular or integral state is no longer the main restraint of politics in the external global networks or even in the internal expansion of the administrative law, it only makes sense that we move towards a demotic populism for posthegemonic times.

This displacement will make a crucial difference between, on one hand, a posthegemonic populist experiment, and on the other a reactionary populism. Whereas right-wing charismatic leaders such as Le Pen or Petry promise a popular nationalism, they do so on the (false) premise that something other than factual globalization is still possible and better. The same could be argued in terms of the rule of law. According to Bruce Ackerman, there are moments of popular expansion of unmet social demands, and there are reactionary constitutional moments that restrain or betray these goals (take the Shelby County vs. Holder case of 2013 decided by the Roberts Court against the constitutionality of two key provisions of the Voting Rights Act of 1965) [5]. Neither delinking from the global economy nor a remote imperial past is desirable as the political fate for millions of citizens and social communities of the West. Such a demand, if called upon, could only be part of a decolonial neo-imperial fantasy. On the reserve of reaction, we could think about Errejón’s important political program “Recuparar la Ilusión”: here we have a great populist proposal that is based neither on charismatic presidentialism, nor in delinking from the Eurozone. Errejón openly sketches a program based on democratic transversality and European integration. In fact, the defeat of Errejón in the Second Congress held in Vistalegre earlier this year was a political catastrophe for those hoping for democratic revival in the European zone.

But we can also look at the so-called emergence of the Right in Latin America. Svampa correctly pointed out that Mauricio Macri’s government has not defunded the main welfare programs of the state during kirchnerismo. This is consistent with Pablo Stefanoni’s hypothesis a couple of years before the meltdown of the progressive cycle, that suggested that after a decade out of power, the Right might have learned to move around the structures of the state in tandem with global multinationals, avoiding the conditions of possibility that early in the millennium, led to the overthrow of several presidents in Argentina, and to the political rise of Hugo Chavez in Venezuela [6]. In a strange way, the Right knows better than anyone that the situation is no longer that of the 30’s or 40’s (or even the 90’s!), and that in order to foster new and stealth forms of domination, there is a need for constant adjustment. It is time for the Left to also learn from its mistakes if it wants to avoid the pendulum movement that bestows the dismantling of the social gains of the regulatory state in a time of decentralized administrations. Thus, it is not exaggerated or immodest to say that only by affirming a posthegemonic politics does a new progressive project have the capability for a democratic reinvention in Latin America, and across Europe where the future is even gloomier.

 

 

 

Notes

  1. Maristella Svampa. “Latin American Populisms at the End of the Progressive Cycle”. Talk given at the University of Pennsylvania, April 5, 2017. https://www.sas.upenn.edu/lals/event/lalses-seminar-2
  2. See my “Gloria y revolución en David Viñas: sobre “Sábado de Gloria en la Capital (Socialista) de América Latina”. La Habana Elegante, Mayo de 2012. http://www.habanaelegante.com/Archivo_Revolucion/Revolucion_Munoz.html . Also, John Kraniauskas, “Gobernar es repoblar: sobre la acumulación originaria neoliberal” (2003).
  3. Ernesto Laclau. “The Death and Resurrection of the Theory of Ideology”, in The Rhetorical Foundations of Society. London: Verso, 2014.
  4. The idea of hegemony as heavy weight that leads to disaster has been recently posed by Moreiras when reading Podemos in Spain, See, Alberto Moreiras. “The Populist Debate in Spain after 20-D”. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/01/02/the-populist-debate-in-spain-after-20-d-draft-paper-for-mla-2017-by-alberto-moreiras/
  5. Bruce Ackerman. “Reactionary Constitutional Moments: Further Thoughts on The Civil Rights Revolution”. Jerusalem Review of Legal Studies (2016) 13: 47-58.
  6. Pablo Stefanoni. “La lulización de la izquierda latinoamericana”. http://www.eldiplo.org/notas-web/la-lulizacion-de-la-izquierda-latinoamericana

*This a commentary related to a two-day discussion with Maristella Svampa that took place at the University of Pennsylvania, April 4-5, 2017. The two events were organized by the Latino and Latin American Program & Political Science Dept. This is a work in progress for a forthcoming publication [DNC].

Interregnum and worldliness: on Sergio Villalobos-Ruminott’s Heterografías de la violencia. by Gerardo Muñoz

Heterografias de la violencia 2016

Sergio Villalobos-Ruminott’s Heterografías de la violencia: historia nihilismo destrucción (La Cebra, 2016) is, at first sight, an assorted compilation of fifteen programmatic essays. Mostly written during the last decade or so, these texts attend to a wide range of theoretical specificities, such as the baroque and performative violence, imperial reason and contemporary literature, sovereign-exception law and flexible capitalist accumulation. It is to Villalobos’ merit that none of these issues are restituted to academic knowledge production or leveled out as a selection of “hot topics” within the neoliberal marketplace. As in his prior Soberanías en suspenso: imaginación y violencia en América Latina (La Cebra, 2013), what is at stake, far from erecting the edifice of a ‘critical theory’ aspiring to fix the limits of reflection – as postulated in “sovereignty” “nihilism” or “destruction” – is the composition of a constellation that circumnavigates the vortex of the general horizon of the philosophy of history and the university machine.

In some way, Heterografías is auxiliary to Soberanías en suspenso, but not in the parasitical sense of amending or filling previous generalities. This new collection pushes thought beyond the specificity of the insular ‘Chilean scene’, providing for the indeterminacy of the logic of sovereignty as the arcanum of both interruption and continuity of the philosophy of the history of capital in Latin America. This is not to say that in Soberanías en suspenso the ‘local Chilean scene’ operated self-referentially as the archive for the reassertion of a cultural investigation. In the prior book, the Chilean scene is understood as a paradigm, in the sense of a singular relation to the singular, which Heterografías converts into a topical ensemble that interrogates the displacements, variations, and narratives of principial Latinamericanist reason from both nomic and anomic spatial formations.

Heterografías resists positing a new metaphorization of history, as well as yet another ‘political theory’ for what Latinamericanists identify as the object of “Latin America”. Although Villalobos does not thematize it as such, his book is full-fleshed post-Latinamericanist, and the reason is not just because it moves and weaves through the Schmitt-Kojeve debate on geopolitics and colonialism to the politics of the baroque and Catholic imperial katechon; from Latin American literature (Borges, Lamborghini, Perlongher) to debates on memory and indexing (Richard, Didi-Huberman, Segato). It is post-latinamericanist because it challenges the university praxis that administers, organizes, and provides for a linguistic transculturation to a post-katechontic ground that is today insufficient except as onto-theology and reproduction of cliché.

On the other hand, one also appreciates Villalobos’ minimal gesture of displacement of Latinamericanism not as a mere abandonment of the Latinamericanist object – which amounts to another exception, another distance with the object of desire, or its mere dis-placement – but as an otherwise relation that is not regulated by what Moreiras has called the ‘pleasure principle’ at the heart of hegemonic investment of the Latinamericanist intellectual [1]. A post-Latinamericanism, thus is necessarily posthegemonic to the extent that:

“…no se trata de elaborar una ‘mejor crítica’ de lo real ni de desenmascarar el carácter ideológico de un programa en competencia, sino de debilitar la misma lógica “fundamental” que estructura el discurso moderno universitario…. desistir del nihilismo en nombre de un pensamiento que no puede ser reducido a un principio hegemónico de producción de verdad y de saber. La post-hegemonía de la que estamos hablando, no es solo una teoría regional destinada a evidenciar los presupuestos de la teoría política contemporánea, sino también la posibilidad de establecer una relación no hegemónica entre pensamiento y realidad. Ubicarnos en esa posibilidad es abandonar el discurso de la crítica de la denuncia y particular de una práctica de pensamiento advertida de las fisuras y trizaduras que arruinan a la hegemonía como principio articulador del sentido y del mundo” (Villalobos 36).

What is offered to radical “destruction” is the principle of sovereignty that, as Villalobos painstakingly labors to display, is always already an-archic and indetermined. If according to Reiner Schürmann, the principle (archē) is what structures and accounts for the ground of presencing in any given epochality; Villalobos bears witness to the an-archic instance of every form of apparatus (literature, geopolitics, the national-popular, ethnicity, war, neoliberalism, etc.) that seeks to ground itself through principial formation, as both origin and commandment. In this way, the ‘history of metaphysics’ is not taken here as a teleo-phenomenological compression reducible to the very hyperbolic presencing of mere principles, but as a folding process that transforms the critique of metaphysics to that of its apparatuses. This has radically consequences, since it is no longer a debate about the university regime of knowledge production, or about the co-belonging between the destruction of metaphysics and the metaphysics of destruction, but rather: “…como concebir el carácter moderna y prosaico de las prácticas históricas, ya no investidas con un secreto transcendental, sino que constituidas como aperiódica radical de de-sujeción” (Villalobos 136).

The gesture does not wish to open a second order of exteriority to thought (whether geopolitically or subject-oriented), but a practice of the “non-subject” within the interregnum that lends itself to the radical historicity beyond the historicism of its apparatuses. The interregnum highlights the radical dislocation between philosophy and history, disinhibiting the categorial determinations that attest to its in-determinacy (Villalobos 145). By putting emphasis on the indeterminate character of violence, Villalobos is also indicating the flexibility and modality of effective law in every specific historical instance [2]. Thus, to amend the anomic status of the interregnum is always already to fall a step forward into nihilism and its epochal structuration of the given conditions. This is the instinct of all hegemonic principial incorporation as a pastoral or geopolitical formation. Heterografías consistently points to the folds that open to a potential constellation of singulars as an otherwise of experience de-contained from the duopoly philosophy-history and the cunning of capital (Kraniauskas).

As such, Heterografías advances the destruction of three transversal lines that feed the apparatuses of the philosophy of the history of capital in the interregnum: sovereignty, war, and accumulation. It is not the case that these lines have their own autonomy, historical foundation, or even ‘substance’. Rather, these folds that act as an assemble that partition and make up what I am willing to call the Latinamericanist exception in its metamorphosized transformations that aggregate knowledge, practices, and discourses. To dwell otherwise on the interregnum entails precisely to ‘free the lines’, as Deleuze & Guattari’s proposed in A Thousand Plateaus, crisscrossing the modalities of war (in times of peace or what Villalobos calls pax Americana); sovereignty (as still rendered in the katechontic determination of the State and fictive ethnicity); and accumulation (as an always ‘ongoing appropriation and expropriation’ from modernization processes to neoliberalist dispossession).

The scene of the interregnum as traversed by the flexible pattern of accumulation (Williams 2002) is a baroque scene. Not so much ‘baroque’ in the literary or even pragmatic sense that seeks to provide agency to subaltern informal workers in the Latin-American peripheries, but as a modal process that counteract the dynamic of sovereignty while re-inseminating a heterogeneous (heterographic) processes of violence at the heart of the common political experience [3]. The baroque also dramatizes the fissure of finitude that could put a halt to the sovereign exception. To this end, the critical gesture during times of interregnum is to abandon first principle of action, whether as purely conservationist katechon, or as immanentization of the eschatology. Villalobos calls for a third option, which is infrapolitical relation with the worldliness and the mundane freed from exclusion-inclusion logic. In an important moment in his essay on Kojeve and the geopolitical philosophy of history, Villalobos writes:

“Faltaría pensar la no-relación entre el ni-amigo-ni-enemigo, lo neutro blanchotiano, que se des-inscribe del horizonte sacrificial de la tradición política occidental, esto es, de una cierta tradición política asociada con el principio de razón, con la comunidad y la amistad, como decía Derrida, o del sujeto, como dice Alberto Moreiras, apuntando a una dimisión no afiliativa ni fraternal, no principial ni fundacional, sino infrapolítica” (Villalobos 92).

Infrapolitical relation is given as a promise that retains freedom of life during the time of the interregnum against all apparatuses of capture and conversion (it is no by accident that the marrano figure appears a few times through the book in decisive ways). How can one participate in conflict without necessarily open to war? How could one instantiate exchange without reproducing the principle of equivalence? How could there be a relation between literature and politics beyond representation and the productionist aesthetic institution and the literary canon? The potential to render thought otherwise, profanes every articulation of the apparatus allowing for a political exigency in the interregnum: an infra-political relation with the political, which brings back democracy to its post-hegemonic site. It is in this sense that Heterografías it is not a book disconnected from the “political practices” or what the althusserians call the material “conjuncture”. On the contrary, the task is achieved through a reflexive gesture that attends to every singular determination of the ‘ongoing accumulation’ that exceed the libidinal and memorialist investments in Marxian locational archives [4].

The purpose is to avoid a calculable relation with the conjuncture as always already shorthanded for hegemony, will to power, ‘movement of movements’, subjection, etc.; as to de-capture the radical historicity no longer ingrained in History’s metaphoricity. This is why Borges, the a-metaphorical thinker, disseminates Heterografías at various key moments juxtaposing politics and imagination and undoing the master-theory for political movements that always speak in the name of ’emancipation’. (The fall of Brodie in Borges’ short-story is the absolute comic negation of the Pauline’s militant conversion at Antioch).

As already specified in Soberanías, the threshold of imagination becomes the task for intra-epochal (interregnum) experience. Imagination, of course, does not point to an anthropological faculty of humanity, the prevalence of a sensible component over reason as in Kant, or a new intellect that as post-universitarian is able to secure a new site for prestige. Imagination is a preparatory relay for a turbulent de-formation of the apparatuses in to a common universality of singulars. Villalobos does not deliver a general theory of imagination, since imagination is already what we do as a form of dwelling, in the course of every form of life. I would like to un-translate Heterografías in these terms not because imagination remains the unsaid in every practice of destitution as what always escapes identity, equivalency, or the friend-enemy relation. But then, is imagination the outside of nihilism?

Imagination accounts for the heterographic processes that are flattened out by the master concepts that capture and dispense principial thought. In this sense, imagination is not reducible to the institution of literature or culture, but inscribes a singular relation with language; the possibility of speaking in the name of that which lacks its proper name [5]. The fact that today everyone speaks in the name of something it is the most visible asymptotic of the fall into technical nihilism. On the contrary, imagination is always the potentiality to speak for a minor people that interfere with the grammar of grand politics. In the last chapter “Crítica de la accumulation”, the site of imagination is the necessary metaxy for an otherwise politics of contemporary Latin America:

“En última instancia, se trata de pensar los límites históricos de la imaginación política latinoamericana, misma que necesita trascender la nostálgica identificación con una política reivindicativa y radicalizar su vocación popular en una suerte de populismo salvaje, que no se orienta heliotrópicamente a la conquista del poder del Estado, para una vez allí, disciplinar a las masas. Un populismo sin Pueblo, pero con muchos pueblos, heterogéneos y contradictorios, con una énfasis insobornable en los antagonismos y no en las alianzas, en las figuraciones catacréticas y disyuntivas…En suma, un populismo post-hegemonico…” (Villalobos 228).

The political mediation insofar as it is post-hegemonic ceases to dominate in the principial totality where life and the social, as based on fictive identity, coincide or collapse unto each other. This post-hegemonic populism cannot be said to be one at odds with institutions, or merely just cultural or charismatic supplement. Villalobos seems to be opening here the question of a distinctive form of law that would require imagination, not heterographic violence; attentiveness to singularity, and not another politics of the subject. How could one think a law that exceeds the citizen and the exception? Is it not isonomy – as the principle of the integral movement towards citizenship – what hinders and captures political life over its heterographic excess? Could one imagine a law that is consistent with democracy as the self-rule of a minor people, of a people without history, a savage people, inhabiting the true state of exception?

The answers to these questions are not to be found in Heterografías de la violencia. Villalobos-Ruminott has made a striking effort to sketch a set of common objectives, tasks, nuances, exigencies, and considerations for the possibility of critical thought (in the deleuzian sense) against the grain of interregnum’s anomie. The task is immense, even when its transparent language is deceiving: to open a fissure of worldliness (mundanidad) in preparation for a savage democracy to come; enabling the conditions for a way of thinking that is not oblivious to the production of violence within the ongoing accumulation that unfolds and whitewashes the present.

Notes

  1. Alberto Moreiras. “Poshegemonía, o más allá del principio del placer“. Poshegemonía: el final de un paradigma de la filosofía política en América Latina. Madrid: Biblioteca Nueva, 2015.
  2. It is in the quasi-concept ‘effective operation of law’, where Villalobos comes nearest  to Yan Thomas’ studies on the juridical flexibility of law. See his Les opérations du droit (EHESS, 2011).
  3. I am thinking here of Veronica Gago’s recent book La razón neoliberal: economías barrocas y pragmatica popular (Tinta Limón, 2015) which seeks to render a micropolitical form of neoliberalism from below deploying the concept of ‘baroque’ to ‘express’ its emancipatory and empowering dynamic in the informal sector. For Villalobos, on the contrary, informal economy is not an exception to the visible form of accumulation, but its flexible difference in the age of an-archic capital. The baroque is not a given instance for “emancipation” or “subjective agency”, but where sovereignty becomes dramatized in its most extreme degree: “Es decir, necesitamos pensar el barroco como una problematización de la filosofia de la historia del capital, con una interrupción que trastoca la especialización del atemporalidad propia de la metafísica moderna y más específicamente, de su correlato, política, la versión liberal-contractualista del orden y del progreso social” (78).
  4. “Diría que hay, al menos, dos formas de confrontar este problema; por un lado, la posibilidad de repensar el marxismo, Marx y sus diversas apropiaciones, según su historia, sus filologías y tradiciones, para determinar la “verdadera” imagen de Marx, hacerle justicia a su corpus, exonerarlo de los excesos de la tradición y traerlo al presente según una nueva actualidad. Por otro lado, sin renunciar a un horizonte materialista y aleatorio, la posibilidad de elaborar una crítica de la acumulación….” (215).
  5. Giorgio Agamben. “In nome di che?” Il fuoco e il racconto. Rome: nottetempo, 2014.

Podemos, ¿en nombre de qué? Transversalidad y Democracia. por Gerardo Muñoz

En el artículo “Una patada en la mesa”, publicado el pasado 17 de Mayo, el pensador David Soto Carrasco pone sobre la mesa dos estrategias fundamentales para acercarnos sobre lo que viene acechando a la política española (aunque para los que estamos interesados en pensar la política más allá de un caso nacional, España es solamente un paradigma de la tarea central para el pensamiento político). Primero, Soto señala, contra los críticos convencionales tanto de la derecha como de la izquierda, que el nuevo acuerdo entre Podemos-Izquierda Unida no es una radicalización ultraizquierdista de la nueva fuerza política de Pablo Iglesias. Y segundo, sugiere que el nuevo acuerdo tampoco es un “acto de resistencia” en el sentido de una mera filiación para mantenerse a flote en la escena de la política nacional.

Soto Carrasco nos dice que se trata de un acto político de madurez que convoca a la ciudadanía española a través de una táctica de transversalidad. La alianza con Izquierda Unida, de esta manera, no estaría implicada en arribismo hegemónico, sino en nuevas posibilidades para “dibujar líneas de campo” y enunciar otras posiciones por fuera del belicismo gramsciano (guerra de posiciones). Soto Carrasco le llama a esto “sentido común”, pero le pudiéramos llamar democracia radical, o bien lo que en otra parte he llamado, siguiendo a José Luis Villacañas, deriva republicana. Conviene citar ese momento importante del artículo de Soto Carrasco:

“En política, la iniciativa depende fundamentalmente de la capacidad de enunciar tu posición, la posición del adversario pero también de definir el terreno de juego. Si se quiere ganar el partido, no solo basta con jugar bien, sino que hay que dibujar las líneas del campo. Dicho con otras palabras si se quiere ganar el cambio hay que recuperar la capacidad de nombrar las cosas y redefinir las prioridades. Generalmente esto lo hacemos a través de lo que llamamos sentido común. Para ello, la izquierda (como significante) ya no es determinante” [1].

El hecho que los partidos políticos y sus particiones ideológicas tradicionales estén de capa caída hacia el abismo que habitamos, es algo que no se le escapa ni al más desorientado viviente. Contra el abismo, el sentido común supone colocar al centro del quehacer de la política las exigencias de una nueva mayoría. Pero esa gran mayoría, en la medida en que es una exigencia, no puede constituirse como identidad, ni como pueblo, ni como representación constituida. La gran política no puede radicarse exclusivamente como restitución de la ficción popular bajo el principio de hegemonía.

En los últimos días he vuelto sobre uno de los ensayos de Il fuoco e il racconto (Nottetempo 2014) de Giorgio Agamben, donde el pensador italiano argumenta que justamente de lo que carecemos hoy es de “hablar en nombre de algo” en cuanto habla sin identidad y sin lugar [2]. La política (o el populismo) habla hoy en nombre de la hegemonía; como el neoliberalismo lo hace en nombre de la técnica y de las ganancias del mercado, o la universidad en nombre de la productividad y los saberes de “campos”. Hablar desde el mercado, la universidad, o el gobierno no son sino un mismo dispositivo de dominación, pero eso aun no es hablar en nombre de algo. Agamben piensa, en cambio, en un habla abierta a la impotencia del otro, de un resto que no se subjetiviza, de un pueblo que no se expone, y de una lengua que no llegaremos a entender. El mayor error de la teoría de la hegemonía es abastecer el enunciado del ‘nombre’ con fueros que buscan armonizar (en el mejor de los casos) y administrar el tiempo de la vida en política.

Por eso tiene razón José Luis Villacañas cuando dice que el populismo es política para idiotas (Agamben dice lo mismo, sin variar mucho la fórmula, que hoy solo los imbéciles pueden hablar con propiedad). Podríamos entender – y esta sería una de las preguntas que se derivan del artículo de Soto Carrasco – el dar nombre, ¿desde ya como función política que abandona la hegemonía, y que contiene en su interior el rastro poshegemónico? ¿No es ese “sentido común” siempre ya “sentido común” de la democracia en tanto toma distancia de la hegemonía como producción de ademia? Si la democracia es hoy ilegítima es porque sigue dirigiendo las fuerzas de acción propositiva hacia la clausura del significante “Pueblo” en nombre de un “poder constituido”.

En este sentido estoy de acuerdo con Moreiras cuando dice que la poshegemonía “nombra” la posibilidad de cualquier posible invención política en nuestro tiempo [3]. Es una brecha del pensamiento. Lo que siempre “nombramos” nunca habita en la palabra, en el concepto, o en prefijo, sino en la posibilidad entre nosotros y la potencia de imaginación para construir algo nuevo. Y eso es lo que pareciera constituir el olvido de los que permanecen enchufados a la política de la hegemonía, o la hegemonía como siempre reducible de una manera u otra a la política.

Soto Carrasco propone una transversalidad entendida como “principio político y nueva cultura política”. Y esto, nos dice, es lo decisivo para un nuevo rumbo y renovación de la política. La transversalidad es momento y estrategia de invención de las propias condiciones de la política real, y por eso necesariamente se escapa al orden de la hegemonía o del doblez en “Pueblo”. ¿Qué tipo de transversalidad? ¿Y cómo hacerlo sin volver a dibujar un mapa de alianzas políticas y sus digramacionoes de poder, siempre en detrimento del orden institucional y de la división de poderes? Fue esto lo que en buena medida limitó y finalmente llevó a la ruina y agotamiento la capacidad de ascenso del progresismo en América Latina durante este último ciclo histórico de luchas más reciente [4]. La transversalidad no puede ser alianza meramente con fines electoralistas o populistas de un lado u otro péndulo del poder.

A la transversalidad habría que superponerla con su suplemento: una segmentariedad inconmensurable, poshegemónica, y anti-carismática. Como lo ha notado recientemente José Luis Villacañas, quizás varíen las formas en que aparezca el lenguaje: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada de un senior de aquello que para alguien jóvenes es populismo…” [5]. Pero si las palabras y los términos fluctúan (siempre son otros para los otros), lo único que queda es la pregunta: ¿en nombre de qué?

Más allá de la palabra o el concepto, la política que viene tendría que estar en condición de hablar-se en nombre del fin de la hegemonía y la identidad. Solo así sus nombres del presente podrían ser democracia poshegemónica, populismo, comunismo del hombre solo, transversalidad, institucionalismo republicano, o división de poderes…

Notas

  1. David Soto Carrasco. “Una patada al tablero”. http://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/patada-tablero_6_516958335.html
  2. Giorgio Agamben. Il fuoco e il racconto. Nottetempo, 2014.
  3. Alberto Moreiras. “Comentario a ‘una patada al tablero’, de David Soto Carrasco. https://infrapolitica.wordpress.com/2016/05/18/comentario-a-una-patada-al-tablero-de-david-soto-carrasco-por-alberto-moreiras/
  4. Ver, “Dossier: The End of the Progressive Cycle in Latin America” (ed. Gerardo Muñoz, Alternautas Journal, n.13, 2016). Ver en particular la contribución de Salvador Schavelzon sobre las alianzas en Brazil, “The end of the progressive narrative in Latin America”. http://www.alternautas.net/blog?tag=Dossier
  5. José Luis Villacañas. “En La Morada”: “Es posible que lo que yo llamo republicanismo no sea sino la mirada propia de un senior de aquello que para alguien más joven es populismo. La res publica también provoca afectos, como el pueblo, aunque puede que los míos sean ya más tibios por viejos. Su gusto por las masas es contrario a mi gusto por la soledad. Yo hablo en términos de legitimidad y ellos de hegemonía; yo de construcción social de la singularidad de sujeto, y ellos de construcción comunitaria; yo de reforma constitucional, y ellos de conquistas irreversibles; yo de carisma antiautoritario, y ellos de intelectual orgánico. En suma, yo hablo de Weber y ellos de Gramsci, dos gigantes europeos. Es posible que una misma praxis política permita más de una descripción. Es posible que todavía tengamos que seguir debatiendo cuestiones como la de la fortaleza del poder ejecutivo, algo central hacia el final del debate. En realidad yo no soy partidario de debilitarlo, sino que sólo veo un ejecutivo fuerte en el seno de una división de poderes fuerte.” http://www.levante-emv.com/opinion/2016/05/17/morada/1418686.html

Infrapolítica: de otro modo que político | Beta Local. San Juan 2015 (Gerardo Muñoz & Maddalena Cerrato)

[Los apuntes a continuación recogen algunos de tópicos y figuras del encuentro “ De otro modo que político: Infrapolítica y Deconstrucción” que tuvo lugar en el espacio Beta Local (San Juan, Puerto Rico) durante el mes de Mayo de este año. Aunque estas breves acotaciones no pretenden en modo alguno ser exhaustivas del productivo y largo intercambio que tuvo lugar aquella noche entre amigos de la escena puertorriqueña y norteamericana, esperamos que están notas sean leídas como una incompleta inscripción testamentaria del proyecto en curso que aun gravita bajo el nombre de infrapolítica. Fue una jornada muy intensa, y quizás unos de los primeros espacios en donde expusimos ante un público externo a nuestro grupo, un cúmulo heterogéneo de ideas y tramas de lo que se ha venido pensando en el último año y medio. Le agradecemos en especial a Ronald Mendoza de Jesús por haber organizado el organizado el encuentro en Beta Local, así como a los hospitalarios amigos de dicho espacio en el corazón del Viejo San Juan].

Gerardo Muñoz

Infrapolítica es un nombre impropio de un proyecto común en curso. Su ritmo va marcando instancias y oscilaciones, pliegues al interior de una zona apenas indecible y registrada. Se trataría, en cualquier caso, de una multiplicidad de formas de habitar el pensamiento. Hay pasiones y nombres propios (al igual que tradiciones y experiencias universitarias disímiles), pero más que todo lo que hay son estilos. Como cuando en Monsieur Teste leemos: “Solo buscamos formas de pasar, sin que ninguna idea lo exprese. Ninguno de los sentidos puede mostrarlo. Solo se dice y eso es todo”. Teste es, justamente, un pensador infrapolítico en la medida en que destituye toda funcionalidad del “yo” deshaciendo el encuentro entre conciencia y lenguaje. Teste es un pensador del afuera, y por lo tanto un pensamiento ausente, constituido sin sujeto.

Y es en este sentido que infrapolítica es irreducible a la luminosidad traducible del concepto o de los grandes relatos comunicacionales de la historia de la filosofía y la teoría universitaria. Puesto que infrapolítica se retrae y abandona una práctica que entiende solo sobre el umbral del agotamiento (una palabra que gravita en el corpus Moreiras). Y si bien su desistencia le imposibilita subscribir otra lógica maestra de la Historia, rehúye también de la ética como sustitución de la fragilidad orgánica que ha distinguido a la política desde Shakespeare hasta el Peronismo (es ilustrativo aquí, sin dudas, las reflexiones sobre el abismo carismático del filósofo argentino Eduardo Rinesi como reverso de la articulación hegemónica de Ernesto Laclau).

Entre la ética y la política, entre la imagen y el signo, entre una vida cuyo espesor no es traducible a experiencia de la intimidad burguesa, infrapolítica aparece como un delicado nombre preliminar de un pensamiento otro que político (y siempre ajeno a la policía o lo “inquisitorial”). Una reflexión con la política que solo puede ser coyuntural y aprincipial. Puesto que no se trata de desalinear una práctica o un programa (mucho menos una vanguardia en línea con el “qué hacer”). Infrapolítica se mueve en el interior de las categorías para suspender su crisis y su crítica, a saber, todo decisionismo intelectual que ha caracterizado toda teología política así como todo apoliticismo en sus diversas diagramaciones modernistas. Pero infrapolítica excede a la impolítica en la medida en que nunca es reducible a ninguna matriz comunitaria (tampoco a la matriz de la comunidad de la muerte, en el sentido que le otorga Roberto Esposito en Categorías de lo impolítico, aunque el encuentro crítico entre infrapolítica e impolítica de la Italian theory es aun tarea pendiente).

El debate que tuvo lugar recientemente en Beta-Local (Viejo San Juan) dio muestra no solo de un proyecto en curso, sino del pliegue lateral que lo conforma y lo tensa en torno a lenguas y problematizaciones diversas. De la crítica a la Marea Rosada (Russo) al abandono de la historicidad trágica (Rodriguez-Matos), de la suspensión de la crisis categorial universitaria (Villalobos-Ruminott) a la deconstrucción de la metafísica (Mendoza de Jesús) – por aludir algunos de los ejes de las intervenciones – lo que se dibuja no es un “manifiesto”, sino un mapa. Y se trata de un mapa en fuga tanto de la Universidad contemporánea como del suelo identitario y culturalista del latinoamericanismo.

Al margen de las tensiones y disputas, hubo consenso en que vivimos en la consumación del nihilismo epocal, y es así que la infrapolítica abandona ese seguir actuando como si nada ocurriese en cuanto a la política. La política ha quedado arruinada en su interior, y no hay forma de abastecerla que no sea nihilistamente, esto es, a partir del fatuo ejercicio del “marco” como nuevo mythos. Esa sería la labor común del “remero chino” – como nos dice Willy Thayer en Tecnologías de la crítica, libro discutido sobre estos días también – aquel que remando de espaldas cada vez se aleja más del precipicio que quiere cruzar. O bien, al decir de Cacciari en su ensayo “Nietzsche y lo impolítico”: más politización es la mantra que abastece esos espacios allí donde el Estado parecería estar ausente.

            Ante la ruina de la política: el éxodo por una parte, y el habitar mundo por otra. Ninguna de estas dos formas, sin embargo, supone la negación de la acción, sino su retirada. Una retirada que tematiza un afuera universitario o los límites de la condición universitaria en cuanto a producción de saber. El éxodo es aquello con lo cual experimentamos con nuestros cuerpos, pero también con nuestros intelectos (pensamiento de lo impersonal), así como con nuestra disposición en el espacio común e impropio del pensar. El éxodo supone una ocupación sin resistencia, y de este modo sin la pulsión de goce que ha operado en toda militancia desde las guerras civiles de religiones de la época de Lutero y el Protestantismo. Infrapolítica no es el regreso a un protestantismo tenue, ni un katechon católico que sueña con el regreso de lo mismo (en este caso el Welfare State).

Infrapolítica es una modalidad de reflexión que renuncia al poder en la era de la stasis global (“la anomia del decontainment”, según Gareth Williams), y de la compensación mundial de la soberanía del capital en sus múltiples metamorfosis sobre las finanzas, el trabajo precario, las inscripciones sobre los cuerpos, y la violencia excedente del fin del Estado integral. Por habitar mundo, infrapolítica no busca traducir una nueva ciencia o un concepto maestro (“una red”, un “sistema”, una gestell del pensar) relativo a la crisis contemporánea en su fase de expansión imperial hacia todas fases de la vida.

Infrapolítica habita mundo, porque no puede afirmar un poder alternativo (ni tampoco un changue the world without taking power) como cambio en nombre de una nueva transcendencia inscrita en la filosofía de la historia y su tiempo del desarrollo. Si el mundo hoy se ha estructurado a condición de un modelo securitario a nivel planetario – de miles y miles de soberanías clandestinas, tal y como lo afirmaba Giorgio Agamben – habitar el mundo requiere pensamiento que se debe más allá de la tarea de la subjetivizacion que ha cateterizado a lo política desde el origen de la Modernidad. Se busca afirmar la suspensión de un cuidado por la vida, donde ésta ya aparece domesticable su fin, a un telos del productivismo y de una obra cuya reserva es solo posible desactivando los parámetros de la an-arquía del capital en la era de las finanzas transnacionales y “sus efectos soberanos” (Joseph Vogl).

La financializacion del mundo, al igual que el fin del trabajo intelectual, borró los límites internos-externos de la acumulación del valor. Pero la especificidad de las finanzas radica en que su cómputo ya no solo tiene condición en modos productivos de la mercancía, sino en la universalización de la disposición sobre los cuerpos, y por consecuencia en la asimétrica relación entre deseo y su función extractiva de valor qua valor. En esa expansión valorativa del mundo, ya no podemos hablar de política o economía-política, sino de un exceso en donde se inscribe una zona infrapolítica atrapada en los efectos soberanos de las finanzas en su extrema hegemonía planetaria. Infrapolítica solo puede marcar ese umbral entre lo que las finanzas hacen sobre los cuerpos, y los cuerpos en tanto lugar de una potencia irreducible al espectro del principio general de la equivalencia y sus diversos procesos de la ‘acumulación continua’, para decirlo en términos de John Kraniauskas. Infrapolítica no calcula sus movimientos ni anuncia un nuevo horizonte nihilista de (re)politización. Sabe que allí donde no hay lengua para expresar una crisis, ya está dicho nominalmente el lugar donde podemos habitar. Y quizás solo desde ahí sea posible imaginar una vida.

Maddalena Cerrato

Quiero simplemente retomar muy por encima algunos puntos que he intentado plantear en el artículo para el monográfico de Transmodernity, para intentar explicar un poco mi forma de pensar la duplicidad de la infrapolítica en cuanto practica de pensamiento y en cuanto dimensión de la experiencia. Primero, se trata de entender la infrapolítica como manera de relacionarse con la clausura de la metafísica y de la ontoteología en cuanto forma y matriz de la filosofía occidental, y también de relacionarse con las reflexiones de los que han anunciado y pensado esa clausura, (y en este sentido me refiero especialmente a Heidegger y Derrida, pero también a los que con ellos han pensado como Schürmann y Malabou). Esa clausura tiene que entenderse como pasaje de la metafísica a su otro, como pasaje desde lugar la ontoteología a otro sitio del pensamiento que no tiene nombre, ni puede tenerlo. Se trata de un pasaje que es una transformación y un desplazamiento del pensamiento mismo. Este pasaje es el lugar al cual nuestro momento filosófico pertenece y asimismo el enigma con el cual hay que enfrentarse.

En este sentido, la infrapolítica (como desde luego la deconstrucción) es una manera particular de habitar este pasaje, de demorar en el pasaje. Habitar el pasaje significa tener que cuestionar el lugar de que se viene, es decir la metafísica, pero también la posibilidad misma de ir hacia un nuevo “lugar” de pensamiento, es decir la posibilidad misma de un nuevo inicio. Se trata de enfrentarse con la condición de desarraigo en que se encuentra la “filosofía”, y con la proliferación de fantasmas que la acosan, los espectros de los principios a los cuales ha renunciado. Podríamos entonces decir que la infrapolítica es una manera de enfrentarse con esa proliferación de fantasmas que sigue desde la perdida de los principios universales que ha organizado el horizonte histórico y el marco normativo de la acción. Ahora, la cuestión que surge, y que intenté plantear, es aquella en torno a la especificidad de la manera infrapolítica de cómo habitar este pasaje, de relacionarse a lo que podemos llamar “el enigma del pasaje” y de apuntar a una transformación del pensamiento.

De hecho diría que el verdadero desafío que la infrapolítica tiene que afrontar, es intentar operar en el pasaje mismo, una incisión…es decir hacerse cargo de un desplazamiento ulterior, de un desplazamiento también respecto a los pensadores con los cuales está dialogando. La infrapolítica es una práctica teórica deconstructiva que mira introducir un cambio en el pensamiento del fin de la ontoteología. Ese cambio consiste en el buscar acceso a un pensamiento afirmativo y emancipatorio a través de una nueva historicidad como eventualidad /acontecimientalidad que no sea ni un programa onto-teo-teleo-escatologico, ni tampoco una promesa mesiánica, sino la perspectiva de un “ya-siempre-allí.”

El verdadero desplazamiento de la infrapolítica consistiría en el desplazamiento de lo post-histórico anunciado por Alexandre Kojève entre las posibilidades de la existencia que ya-siempre han estado allí. La infrapolítica entiende la nueva historicidad de la existencia después de la clausura de la metafísica no como una promesa de un nuevo inicio sino como una dimensión de la experiencia misma que ha ya-siempre estado allí, pero olvidada y encubierta por el pensamiento y el lenguaje metafísico, o sea dimensión infrapolítica de la experiencia. Así podríamos decir que la práctica de pensamiento infrapolítica es como un vértigo en el pensamiento del pasaje que ocurre como irrupción de una nueva dimensión de la experiencia y de la acción, la dimensión infrapolítica, como dimensión que ya siempre excede los límites de la subjetividad ético-política y desde la cual entonces ofrece la posibilidad de desafiar la subjetivación en cuanto condición de la dialéctica histórica de explotación/dominación.

En última instancia la duplicidad de la infrapolítica se recompone como afirmación de la posibilidad de sustracción de las distintas dinámicas de explotación/dominación como posibilidad que han estado ya-siempre estado allí en cuanto dimensión de la experiencia ignorada por el marco dicotómico de la comprensión ética-política.

Potencia y deconstrucción. (Gerardo Muñoz)

Attell Agamben 2014Sobre Kevin Attell. Giorgio Agamben, beyond the threshold of deconstruction. New York: Fordham, 2014.

Kevin Attell, quien es también traductor al inglés de varios libros de Giorgio Agamben (The Open 2004, State of Exception 2005, The Signature of all things 2010), ha realizado un gran esfuerzo en su reciente Giorgio Agamben: Beyond the Threshold of Deconstruction (Fordham, 2014) por pensar la obra del italiano a la mano de la llamada “deconstrucción”. De hecho, en las primeras páginas del libro Attell lanza una premisa que articula y organiza el argumento: a saber, que desde su comienzo en la década del sesenta, Agamben no ha hecho otra cosa que medirse en relación con el trabajo de Derrida [1]. Esto pudiera ser más o menos obvio para los trabajan con la obra del italiano, aunque menos obvia es la forma en que Attell desplegará un vínculo – casi pudiéramos llamarlo un “dossier esotérico”, que atraviesa toda la obra filosófica antes y después de Homo Sacer – y muy sensible al desarrollo analítico de la deconstrucción, en donde está en juego no solo la disputa por el nombre de “Heidegger”, sino también una querella por terrenos comunes como la semiología, el judaísmo, o el marxismo.

Pero Attell no se detiene en un movimiento unilateral, sino que lo combina con la operación en reverso, mostrando cómo una vez que la obra de Agamben va generando una relevancia central en su intervención, Derrida va tomando en cuenta preguntas en torno a la biopolitica, la animalidad, o la soberanía como se hace manifiesto en los últimos seminarios sobre la bestia o la pena de muerte. De ahí que donde mayor “efectividad” concentra el plan analítico de Attell, es también el lugar donde encontramos su límite. En la medida en que el pensamiento de Agamben queda atravesado por una “polémica esotérica” con la deconstrucción, esta operación se ve obligada a reducir la analítica a una continua oposición de ambos lados; un pliegue dual de tópicos y conceptos fundamentales del pensamiento de Agamben que quizás no encuentran ensalzarse con “efectividad” en la querella de la deconstrucción (es así que Attell descuida por completo Il regno e la gloria, así como la pregunta por el método tan central en Agamben desde la publicación de Estancias).

Pero sobre estos límites y otros, volveremos hacia la última parte de nuestro comentario. Basta con decir, de entrada, que el libro de Attell, muy a diferencia de otras introducciones tales como Giorgio Agamben: A Critical Introduction (de la Durantaye, 2009), o Agamben and politics: a critical Introduction (Prozorov, 2014), es mucho más que una repaso introductorio a un aparato de pensamiento. Ni tampoco se asume como una “reconstrucción de un debate intelectual”, a la manera de la escuela de la historia de las ideas, sino que muestra los núcleos centrales de la que quizás siga siendo la disputa más importante en los últimos años, y cuya consecuencia para el campo de la política y el pensamiento no son menores.

Los dos primeros capítulos “Agamben and Derrida Read Saussure” y “The Human Voice” trazan el desacuerdo entre ambas parte por el estatuto del logos y la naturaleza general de la significación como presencia y principio general de la metafísica occidental. Hay varios elementos en juego, de los cuales no nos podríamos ocupar en el espacio de esta reflexión y que Attell reconstruye en una minuciosa lectura de Saussure de ambos pensadores. Lo central se ubica en torno a la significación general y su aporia en el interior del proyecto de la deconstrucción relativo a desmontar la jerarquía entre escritura y palabra que modula la matriz metafísica de la presencia. Citando varios momentos del temprano Estancias y del tardío Il tempo che resta, Attell explicita la coherencia de la crítica de Agamben en cuanto a la deconstrucción: al intentar “destruir” o “deconstruir” la metafísica epocal, Derrida mantiene una postura de defferal indefinido que si bien ha logrado explicitar el problema central, es incapaz de traspasar ese impasse.

A partir de una relectura de los cuadernos de Saussure- y aquí estaría en juego también la pregunta por la “filología” que Agamben eleva a un nivel de exigencia filosófica – el autor de Estado de excepción argumenta que la deconstrucción asume la saturación irreducible del signo (o del texto), ignorando la propia inestabilidad al interior de la armadura conceptual del lingüista. Por otro lado, para Agamben tampoco se trata de una cuestión meramente filológica en cuanto a los cuadernos últimos de Saussure (que meramente apuntaría a una ignorancia vulgar por parte de Derrida), sino más bien de una asimilación más profunda en cuanto al problema de la significación. Mientras que el modelo lingüístico de la deconstrucción asume una “codificación edipal del lenguaje”, Agamben se posiciona en la fractura del propio “experimento del lenguaje” en tanto problema topológico más allá de la división dicotómica entre significado y significante. Como explica Attell:

“For Agamben, the disjuncture between “S” and “s” is not itself the nonorgionary origin, or the “producer” of signification, but the index of that originary “topological” problem of signification , which remains to be thought – and thought precisely on terrain other than of the semiotic logic of the signifier and the trace….Thus, in response to Derrida deconstruction of the metaphysical logic of the sign, Agamben claims that “To isolate the notion of the sign, understood as positive unity of signans and signatum, form the original and problem Saussurian position on the linguistic fact as a ‘plexus of eternally negative different’ is to push the science of signs back into metaphysics” [3].

Aquí se enuncian varios problemas centrales, que luego derivan en la morfología topológica de la inclusión-exclusión propia de la categoría de excepción soberana, pero también la posibilidad de pensar la metafísica como un problema que excede la matriz semiológica para la cual la deconstrucción sería insuficiente. De ahí, entonces la recopilación de figuras como el “gesto” o la “infancia”, el “silencio” o el “poema”, como lugares que sitúan catacreticamente una archi-escritura en la dicotomía estructural de la presencia, y abriéndose hacia una laguna o caída del lenguaje en el hombre y del hombre en la lengua. Dicho de otra forma más acotada: mientras que la deconstrucción entiende el problema del Ser como presencia que se asume obliterando la condición de ausencia, para Agamben el problema principial de la metafísica es la falta constitutiva signada en la Voz en el devenir de lo humano.

Como sugiere Attell, aquí la discrepancia entre ambos filósofos no podría ser mayor, puesto que si para Derrida la metafísica es reducible a la presencia (“fonocentrismo”) para Agamben es la negatividad entendida como Voz; sitio donde la metafísica estructura no solo su antropología (el pasaje de la animalitas a la humanitas), sino la producción del lenguaje como aparato de subjetivización y división de “vida” en tanto negatividad. En un momento clave Attell resume la aporia que la deconstrucción no pudo asumir al situarse en la gramma como oposición al phone:

“To identify the horizon of metaphysics simply in that supremacy of the phone and then to believe in one’s power to overcome this horizon through the gramma, is to connive of metaphysics without its coexistent negativity. Metaphysics is already grammatology and this is fundamentology in the sense that the gramma (or the Voice) functions as the negative ontological foundation]…In this passage Agamben recasts the Derridean critique of phonocentraism by reading the phone of metaphysics….The Voice thus emerge not as a presence, but precisely as the original negative foundation of metaphysics. It is not the negative breach within the hegemonic metaphysics of presence, but rather the very ground of the hegemonic metaphysics of negativity” [4].

El trabajo posterior de Agamben desarrolla una respuesta al problema de la negatividad como fundamentación ontológica de la metafísica. En este sentido, el concepto de potencia (dunamis / adunamis) pasa a ser central en todo el desenvolvimiento del pensamiento de que descoloca la oposición phone / gramma del territorio de la semiología, y devuelve la saturación metafísica hacia un problema primario de la filosofía desde Aristóteles hasta Heidegger. De esta manera, Agamben construye lo que Attell se aventura a llamar una “potenciologia“, donde la cuestión obviamente no es dicotomizar una vez más dunamis vs. energeia, sino mostrar como en el libro Theta de la Metafísica de Aristóteles encontramos algo así como una valencia en donde la dunamis (potencia) no solo no conlleva a la energeia (la realización o actualización), sino que escapa la negatividad al inscribirse como modalidad de “impotencia” (potencia). Este segundo registro es realmente lo que signa el “gesto” fundamental de Agamben, puesto que de esta manera pareciera afirmarse una forma que no opera a partir de la negatividad (dunamis no es energeia, pero la adunamia es dunamis sin realización, esto es, como puro acto que acontece). En uno de los momentos de mayor claridad expositiva del capítulo 3, Attell nos dice:

“At stake in Agamben’s impotential reading is his broader critique of the primacy of actuality in the philosophical tradition, which we already saw an element of his more or less heideggerian affirmation of potentiality over actuality….for Agamben, in energeia, it is not only potentiality but also and above all impotentiality that as such passes wholly over into act, and if this the case, then actuality must be seen not as the condition of impotential and the fulfillment of potentiality, but rather as the precipitate of the self-suspension of impotentiality, which produces he act in the far more obscure mode of privation or steresis. It produces the at not in the fusion of a positive or negative ground, but in a paradoxical structure of privation that is not negation” [5].

La adunamis como impotencia no es una mera negación de la potencia, sino algo así como su devenir en donde forma y acto coinciden sin la negación de una estructura principial (en el sentido en que Reiner Schurmann discute arche y telos en función del cálculo y la exploración de la causalidad y la praxis desde Aristóteles) [6]. La [im]potencia es, como lo ejemplifica el ensayo sobre “el contemporáneo”, la im-potencia-de-no-ver en la oscuridad, donde no es que estemos no viendo (privados de la luz), sino que vemos al ver la oscuridad [7].

Esta apuesta que pareciera meramente filológica en lo que respecta a la obra de Aristóteles, le permite a Agamben hacer varios movimientos a la vez, de los cuales podríamos enumerar sin querer ser exhaustivos al menos cuatro:

  1. encontrar una salida de la “máquina semiológica” mostrando que la “represión cuasi-originaria” de la metafísica no es la supresión de la gramma, sino de la potencia que es también des-obra inoperante de la ontología. Este espacio es determinado por una lectura de Aristóteles a contrapelo de la deconstrucción, y volviendo al Heidegger de la dunamis y la pregunta por lo “animal”. Aquí pudiéramos decir que Agamben insemina la filosofía desde dentro (y no desde la lengua o la literatura, aunque como bien señala Attell esto desde ya genera la pregunta por el “apego filosófico” de Agamben. Este debate en torno a la “anti-filosofía” requeriría muchísima más atención).
  1. Al ampliar el campo general de referencia de la crítica de la metafísica (de un modo análogo como lo hizo con la “Voz”) ahora sitúa la gramma en subordinación a la potencia. Es aquí que cobra sentido la frase que Agamben recoge de Cassiodorus, quien nos dice: “Aristóteles mojó su pluma en el pensamiento”. El acontecer de la (im)potencia como intelecto es condición de inscribir de la gramma. De modo que el gesto de Agamben es ampliar el marco de problematización, y ver que el problema de la escritura en Derrida no es negado, sino recogido al interior del espacio de la potencia.
  1. Agamben de esta manea sitúa la imaginación al centro de un debate por “salvar la razón” (pregunta que también es central para el último Derrida). De ahí la importancia del averroísmo, así como cierto interés en la teoría de la imagen que recorre la virtualidad y el montaje en los libros de cine de Deleuze, centrales para el desarrollo de la teoría del mesianismo de Agamben en el libro de San Pablo.
  1. Pudiéramos decir que la potencia es lo clave en virtud de que abre una zona topológica para comprender el movimiento inclusivo-exclusivo de la soberanía, dejando atrás la dicotomía “poder constituido / poder constituyente” de Negri que, vista de esta forma, no sería más que la reificación onto-teologica que reproduce la metafísica de una nueva soberanía política.

Los próximos dos capítulos en torno a la lógica de la soberanía y la animalidad, Attell recorre el intercambio y desencuentro entre ambos pensadores. Por un lado, la pobre distinción que Derrida atiende entre zoe y bios en el pensamiento de Agamben, pero también el poco cuidado que Agamben le otorga la espectralidad como forma potencial de la naturaleza policial de una democracia arruinada por la estructura principial de autoridad. Asimismo, es sumamente productivo notar una serie de matices que introduce Attell para comenzar a pensar la crucial división del homo sacer en Agamben: primero que la zoe no está plegada a una “zona natural” de la vida “animal”, sino que conforma un duplo, junto a la bios, de una misma máquina biopolitica. Segundo, que no hay anfibología alguna entre biopolitica y política, sino toda una biopolitica estructural que recorre las épocas de la historia de la metafísica desde Aristóteles como arcanum de la consumación nihilista de la política. Y finalmente, la inserción de la “máquina antropológica” en cuanto a la división taxonómica de la vida animal y la vida humana que explicitan, quizás mejor que cualquier otro aparato de la metafísica, la estructura del aban-donamiento continuo de la vida ante un cierto principio aleatorio epocal.

Todo esto complica y problematiza la propia noción de “potencia”, ya que podemos ver de esta manera que el funcionamiento de la soberanía no es, en modo alguna, el poder de decisión a la manera del soberano schmittiano, sino más bien el lugar en donde se explota la negatividad (o la potencia) que ha sido asumida desde siempre en función de la actualización, o sea como realización de un orden establecido fáctico de la esfera del derecho. El pasaje se establece de la soberanía política estatal de Hobbes a la indecisión barroca de Shakespeare y el teatro barroco alemán que estudiase Walter Benjamin.

Aunque varios son los ejemplos que podrían aclarar la diferencia entre Agamben y Derrida en cuanto a la naturaleza del derecho, el ejemplo de la alegoría de “Ante la ley” de Kafka es quizás central, ya que si para el autor de Gramatología, estar ante la ley demuestra la asimetría diferida que explicita el no-origen o el juego de la différance de la ley, para el autor de Estado de excepción, la parábola de Kafka es el ejemplo de la estructura misma del “abandono” (ban, siguiendo el término de Jean Luc Nancy que Attell señala) en su función topológica de exclusión-inclusiva. Esa es la forma en que la potencia de la soberanía ejecuta su decisión, aun cuando sea en modalidad pasiva, aunque regulada dentro del aparato de la jurisdicción. Es así que, como bien señala Attell, mientras que para la deconstrucción se trata de mostrar una serie de aporías de un mecanismo “ilegitimo” de la Ley en su continua contaminación; para Agamben quien sigue muy de cerca la lección de Schmitt, todo principio rector de legitimidad tiene como estructura una forma de exacerbada división interna. Pero es quizás en la lectura sobre Walter Benjamin y su “Crítica de la violencia”, donde Attell mejor inscribe el desacuerdo de Agamben y Derrida en cuanto a la naturaleza dual de la soberanía. Ya que el método de Derrida es mostrar la promiscuidad entre violencia “fundadora de derecho” y violencia “conservadora de derecho”, y la noción de “violencia pura” o “divina” como una violencia sin fin capaz de desarticular la operación fáctica de la esfera del derecho (a la que interpreta bajo el signo de “origen”). Para Agamben la violencia pura de Benjamin es una zona que asegura una salida entre las dicotomías de poder constituyente y constituido, entre legalidad y legitimidad, entre energeia y dunamis. La “violencia divina” es aquí otro nombre para la impotencia (adunamis).

La tensión en el diferendo “potencia / deconstrucción” encuentra su grado de mayor tensión en el último capítulo sobre el mesianismo, donde Attell muestra cómo para Agamben el proyecto de Derrida no solo ha quedado límite en sus autolimitaciones metafísicas ya aludidas, sino que también encarna un falso mesías que apenas ha sustituido la noción schmittiana de katechon por différance. La lógica es la siguiente: si el katechon para Schmitt es aquello que frena y difiere el tiempo del fin; la différance en su postergación a venir no es posibilidad “mesiánica” real (del tiempo del ahora, ya ocurriendo, para decirlo en términos de la modalidad del tiempo operacional), sino un “falso profeta” en la culminación de la metafísica. En uno de los pasajes más duros de Agamben contra Derrida, Attell escribe:

“Agamben’s virtual charge here is the harshest that can be leveled: that Derrida, or rather deconstruction (there is nothing personal in any of this), is the false Messiah. The “elsewhere” to which Thurschwell refers here is the 1992 essay “The Messiah and the Sovereign: The Problem of Law in Walter Benjamin,” where Agamben characterizes deconstruction as a “petrified or paralyzed messianism that, like all messianism, nullifies the law, but then maintains it as the Nothing of Revelation in a perpetual and interminable state of exception, ‘the “state of exception” in which we live…[…] Schmitt’s katechonitic time is a thwarted messianism: but is thwarted messianism shows itself to be the theological paradigm of the time in which we live, the structure of which is none other than the Derridean différance. Christian eschatology had introduced sense and a direction in time: katechon and différance, suspension delaying this sense, render it undecidable” [8].

Aunque injustamente agresiva, queda claro que la movida conceptual de Agamben es mostrar como tanto Schmitt como Derrida no superan la negatividad de la anomie, puesto que han quedado ajenos a la adunamia, y por lo tanto capturados en una movimiento de desplazamiento cohabitados por la zona de indeterminación de la indexación del acto traducible al movimiento mismo de dunamis y energeia [9]. Desde luego, los pasos que Agamben se toma para desarrollar esta proximidad entre Schmitt y Derrida son inmensos, y pasan justamente por toda una lectura minuciosa a varios niveles del “mesianismo apostólico” de Pablo contra las interpretaciones vulgares del mesianismo como futurología (para Agamben basadas en una sustitución de apóstol por profeta), o la homologación con la escatología que apuntan a una crítica implícita, aunque sin nombrarlos, a Jacob Taubes y a toda la tradición marxista atrapada en una homogeneidad del tiempo vulgar del desarrollo.

Si el mesianismo sin Mesías de Derrida solo acontece en una postulación diferida de momentos en el tiempo de interrupción; para Agamben no se trata de un tiempo futuro ni del fin del tiempo, sino de un tiempo de fin que marca el ya constituido devenir entre lo que podemos concebir ese tiempo basado en nuestra concepción de la representación de esa temporalidad final. La concepción del mesianismo como “temporalidad operacional” del ahora-aconteciendo se distancia de manera fundamental de posiciones como la John Caputo (Paul and the philosophers), Michael Theodore Jennings Jr. (Reading Derrida / Thinking Paul), o Harold Coward (Derrida and Negative Theology), quienes en su momento intentaron homologar la lógica de la democracia a venir con el “tiempo mesiánico” de Pablo de Tarso.

Las diferencias son ahora muy claras: si Derrida ofrece la “trace” como catacresis de un origen, Agamben insiste que esa posición asume una concepción semiológica de la metafísica, y que ahora se inscribe en el suspenso de la negatividad (que ahora se ha insertado en la modernidad bajo la aufhebung hegeliana), pero sin posibilidad de pleroma [9]. La trace es escatológica, al igual que en su reverso el katechon, en la medida en que apunta a una anomie de primer grado – llamémosle una excepción 1 – que no logra suspender la lógica inclusiva-exclusiva del mismo movimiento de la excepcionalidad. Aunque nunca dicho en estos términos, Agamben para Attell sería quien hace posible una excepción 2 (una excepción a la excepción de la anomia via la dunamis), en donde se hace posible no una postergación del tiempo cronológico, sino una katargesis (des-obra, inoperancia) haciendo posible un vínculo existencial de representación del tiempo “operacional” mesiánico como algo que ocurrirá o que ha ocurrido , sino como algo que va ocurriendo. La noción de tiempo “operacional”, como el énfasis en los deícticos como índice del lenguaje-que-tiene-lugar, es retomado por Agamben de la escuela de Benveniste, y en este caso especifico de Gustave Guillaume para pensar la temporalidad no como chronos, sino como duración que antecede a la significación y que marca el tiempo de la formacion de una imagen-en-el-tiempo [10]. Esta maniobra le permite a Agamben seguir tomando distancia del signo y moverse hacia una significación general escapando el paradigma de la semiología y de la lengua como división residual que ahora ocurre a partir de imágenes via Aby Warburg, W. Benjamin, o Gilles Deleuze [11].

La katargesis es también la desvinculación radical en nombre de un mesianismo sin ergon, en disposición del fin de la ‘actividad como trabajo’, esto es, dada a la plenitud de la adunamia. Escribe Attell en lo que podríamos llamar una tematización de la “suspensión de la excepción 1” en cuanto a derecho:

“For Agamben, who has his critique of the Derridean katechon very much in mind here, the point of Kafka (and Benjamin) imagery of a defunct, idling, operative law is not a matter of a “transitional phase that sever archives its end, nor of a process of infinite deconstruction that, in maintaining the law in a spectral life, can no longer get to the the bottom of it. The decisive point here that the law – no longer practiced, but studied – is not justice, only the gate that leads to it…another use of the law” [12].

La diferencia sustancial entre la excepción 1 y la 2 es que mientras la 1 mantiene una “negociación perpetua” con la Ley, la 2 imagina una posibilidad del fin de excepcionalidad soberana del derecho sin remitirá al nihilismo, es decir, a su suspensión fáctica absoluta. La noción de “uso” como “juego” que introduce a Attell en su “Coda” queda limitada a desentenderse del más reciente L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014), donde la cuestión del uso ya no queda cifrada en una práctica ni a un dispositivo tal cual, sino más bien a una forma aleatoria de existencia – el “ritmo” o la “rima” serían incluso mejores figuras para describirla – que tematizan la irreducible distancia entre la vida y el derecho, o entre la forma-de-vida y el fin de la soberanía. Todo esto pareciera ser sospechoso, y hasta cierto punto de vista una resolución clarividente. Pero Agamben es consciente que la superación de la soberanía o del arche es una tarea en curso, y no implica que llegue a su culminación en su pensamiento. Lo que parece ocurrir es un abandono de la matriz de significación de la crítica-onto-teologica (la deconstrucción) hacia una “modalidad” que, sin vitalismo ni humanismo alguno, busca pensar la porosidad de la vida como forma an-arquica en vía de una distinta concepción de la política.

Pero habría que notar que el pensamiento de Agamben no comienza ni termina en el mesianismo, como lo demuestra ahora el reciente L’uso dei corpi, donde Agamben pareciera repetir la misma modulación de su argumento filológico sobre San Pablo, pero esta vez a través de un conjunto de “ejemplos” que incluyen la pregunta por el estilo, la ontología modal, el paisaje, el mito de Er, el concepto de virtud, o el poder destituyente en Walter Benjamin. En cualquier caso, una futura investigación crítica sobre el corpus Agamben tendría que reparar no solo en la tematización del mesianismo como un “punto de culminación de un pensamiento”, sino más bien pensar lo que yo me aventuraría a llamar la indiferenciación modular del estatuto de la glosa o del ejemplum [13]. En la forma de la glosa, así como en el ejemplo, donde pudiéramos a comenzar a pensar el desplazamiento que estructura la misma “forma de vida” en cuanto propuesta conceptual de obra que compartimentaría via ‘ejemplos singulares’ (como en La comunidad que viene) sin inscribirlos en una teoría general de pensamiento o mucho menos “teoría”. Este registro es completamente ignorado por Attell.

En efecto, una de las tensiones que solapan el libro de Attell es la poca problematización sobre el orden de la “política” o lo “político” a partir de la katargesis o de la potencia. ¿Por qué sostener una “política que viene” sin más? ¿No es eso, acaso, una forma de falso mesianismo katechontico? Es cierto que Attell alude en varios momentos a la “estructuración metafísica” de la política moderna, pero su libro, y quizás el pensamiento mismo de Agamben, nos deja una tarea para lo que aquí llamamos infrapolítica, y que de manera similar podemos pensar como una fractura de la politización con la vida más allá de una temporalidad vulgar asumida de la filosofía de la historia del capital (Villalobos-Ruminott), o como proceso continuo de metaforización (Moreiras) [14]. Es ahí donde el libro de Attell, más allá del diferendo deconstrucción-potencia, puede ser productivo para seguir pensando tras la ruina categorial de la política moderna. Tal y como dice Agamben en Homo Sacer, y que Attell es incapaz de tematizar sus consecuencias estrictamente políticas: “Politics therefore appears as the truly fundamental structure of Western metaphysics insofar as it occupies the threshold on which the relation between the living being and the logos is realized” [15].

La política es inescapable a la labor de la negatividad de la actualización nihilista. Por lo que la pregunta central en torno al uso que coloca Agamben como tarea a sus contemporáneos es, en buena medida, también la pregunta por los usos que le demos a Agamben. Usos que, más allá de estar marcados por conceptos o el circunloquio viciosos de una exigencia retórica, pregunta por la creación de una multiplicación de estilos, una capacidad de habitar sin regla ni condición al interior del intersticio entre la imaginación y el lenguaje.

 

 

Notas

  1. Kevin Attell. Giorgio Agamben: beyond the threshold of deconstruction. New York: Fordham University Press, 2014. p.3
  1. Refiero aquí “Persecución y el arte de la escritura” de Leo Strauss. Habría que pensar en que medida muchos libros de reconstrucción intelectual o “pensamiento” plantean un esquema similar asumiendo de esta manera la “crisis del pensamiento”.
  1. Kevin Attell. p.37
  1. Ibid. p.82
  1. Attell. p.97
  1. Ver la discussion sobre el arche de Reiner Schurmann en Heidegger: on being and acting: from principles to anarchy (Indiana, 1990). p.97-105.
  1. Giorgio Agamben. “What is the contemporary?”. What is an apparatus and other essays. Stanford University Press, 2009.
  1. Kevin Attell. p.215.
  1. Quizás esto ahora hace legible lo que parecía un insulto infantil en Introduction to civil war de Tiqqun: “57. The only thought compatible with Empire—when it is not sanctioned as its official thought—is deconstruction“.
  1. Si tomamos la metafísica más allá del problema del Ser, ¿no se abre otra historia que ya no pasa por el anclaje epocal que sugiere la tradición de la destrucción de la metafísica? ¿No es el “averroísmo”, una tradición de pensamiento que, al ser sepultada, queda fuera de los límites de la máquina onto-teologica de la metafísica? Para una excelente reconstrucción del averroísmo y su actualidad, ver “La Potencia de Averroes: Para una Genealogía del Pensamiento de lo Común en la Modernidad”, Revista Pleyade, N.12, 2013, de Rodrigo Karmy.
  1. Como en el capítulo sobre la “ontología modal” en L’uso dei corpi, habría que detenerse en un futuro en el nexo entre la noción de “tiempo operacional” a partir de imágenes que constituye el “tiempo del fin” en San Pablo via Guillaume, y lo que Deleuze llamó “la imagen-tiempo“. En efecto, Deleuze reconocería la centralidad de Guillaume en Time-Image: “…habría en las imágenes otro contenido, de otra naturaleza. Esto sería lo que Hjelmslev llama lo non-lingüístico…o bien, lo primero signado, anterior al sentido (significante), que Gustave Guillaume lo doto de condición de la lingüística” (262).
  1. Kevin Attell. p.253.
  1. Para pensar la noción de “ejemplo” como modalidad del método en Agamben, ver La comunidad que viene. Habría que pensar hasta que punto la oposición ejemplo y paradigma, establecen una singularización del método que no se restituya a una teoría general de lo político. Esto estaría también muy cercano de la “hacceity” que Gilles Deleuze adopta de John Duns Scotus. Le agradezco a Sergio Villalobos-Ruminott un breve intercambio sobre este tema.
  1. Ver Soberanías en suspenso: imaginación y violencia en América Latina (La Cebra, 2013), de Sergio Villalobos-Ruminott. Sobre des-metaforizacion, véase los apuntes de Moreiras al seminario de Derrida de 1964 en http://www.infrapolitica.wordpress.com.
  1. Giorgio Agamben. Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life. Stanford University Press, 1998. p.7-8.