La fe liberal: sobre Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), de Hugo Herrera. por Gerardo Muñoz

En Razón Bruta Revolucionaria: la propuesta política de Fernando Atria (Katankura Editorial, 2020), Hugo Herrera alerta del absolutismo de la razón que subyace a un cierto tipo de pensamiento político de la época. Si bien el blanco de ataque son las elaboraciones de Fernando Atria, podemos derivar de este caso un rendimiento que atraviesa a todo el cosmos liberal. Cuando la política se ejerce desde la “brutalidad de la razón” emergen nuevos ídolos, a pesar de que sus nombres ahora sean la “deliberación pública”, la “participación”, o “la común humanidad”. Estamos ante una razón entregada a la astucia del universal. Desde luego, no deja de ser irónico que la ideología política que irrumpió para descomprimir la carga del absoluto de los poderes públicos europeos, con el tiempo, se transformó en una racionalidad reactiva, organizada desde una jerarquía de valores morales. Herrera tiene razón cuando intuye que ahí donde existe una precariedad hermenéutica tiene lugar un “ejercicio de un pensamiento dogmático”. Un rasgo dogmático que se desentiende de la dimensión insondable de la experiencia humana (18). Una política ensayada en nombre de la Humanidad cumple así dos movimientos fronterizos: impulsa un horizonte providencialista y oblitera la conflictividad en lo concreto. El componente “dogmático” que Herrera le adjudica a los presupuestos de Atria pueden extenderse a la ratio del liberalismo contemporáneo. Sin embargo, no es mi propósito disolver la especificidad crítica de Herrera al pensamiento de Atria. En lo que sigue tan solo quiero atenerme a tres registros que nos ayudan a desarrollar una crítica de la tecnificación del liberalismo político. Por supuesto, recorrer estos nudos dilucidará los diferentes ingredientes de la crisis de la forma liberal.    

En primer lugar, Herrera detecta en el pensamiento de Atria una profunda moralización de la política. El humus de esta moralización no tiene tanto que ver con una coherencia interna de principios (como suele suceder en teorías del derecho), sino más bien con un mecanismo regulativo de las motivaciones de los actores sociales (23). Esta regulación permite establecer una diferencia tajante entre estado y mercado, para así privilegiar la motivación universal del activismo social. Al carecer de una facticidad concreta, Herrera recuerda que Atria recurre a una “pedagogía lenta” con el propósito de transformar la interioridad subjetiva como meta de todo proyecto hegemónico. En efecto, la primacía de un mecanismo discriminatorio de la moral se vuelve de naturaleza biopolítica, pues el énfasis pasa a estar en la reducción de la heterogeneidad de los actos. La fuerza de moral establece su meta universal mediante una práctica de deliberación pública que aspira al “reconocimiento recíproco universal” (26). De este modo, la finalidad de la política recae en la manera en que el particular pasa a ser subsumido por la abstracción universal. El peso de esta universalidad moral, como subraya Herrera, no puede implicar otra cosa que la jerarquización y exclusión de intereses heterogéneos singulares. En la medida en que el proceso de legitimación de la universalidad se da en la forma de una “comunidad”, todo interés contrario a su cierre es excluido por necesidad, puesto que el “sentido sustantivo de que la decisión se justifica a razones que son comunes a todos” (31). Lo que Atria denomina un “reconocimiento recíproco” se produce desde condiciones de un consenso tético sin afuera. De ahí que el verdadero dilema lo encontramos en una nueva superación integral entre la “comunidad sustantiva y el formalismo extremo de la universalización” (33). Esta totalidad sin fisuras genera dos procesos polares:  la despolitización de parte de quienes desatienten las bases consensuales que orientan a la comunidad; y una demanda de politización de todo aquel al interior de la deliberación. Ciertamente, esta es la lógica de movilización total elevada a la trascendencia de un común genérico. No deja de ser un hecho curioso la convergencia con el neoliberalismo en su misión anti-institucional subjetiva: si para el mercado se trata de fabricar un emprendedor; para la política universal, se trata de fomentar una militancia activa. Desde la antropología política, Herrera nos recuerda que el reconocimiento universal es imposible, porque la propia naturaleza del ser en la realidad es de naturaleza excéntrica. Y es aquí donde recae la función de las instituciones: prever y contener de antemano el peso de las pruebas de lo real. Todo cierre comunitario es ajeno a la “irreductible inconsistencia de lo real” (40). Ese déficit propio de la moralización política no puede hacer otra cosa que domesticar la realidad, y, por consiguiente, evitar la conflictividad de lo heterogéneo. 

Herrera nos dice que la orientación del pensamiento político debe ser otra. La política debe insistir en la irreductibilidad entre comunidad y su afuera, entre las normas genéricas y la dimensión concreta de una situación, entre los procedimientos y el disenso, entre el mundo de la política y la esfera excéntrica de la existencia. Escribe Herrera: “Se requiere un pensamiento político que se percate de que no es por medio de un dispositivo consistente consigo mismo, encerrado en si mismo, que se logra comprender adecuadamente al otro a las situaciones, precisamente: a lo que es heterogéneo con todo dispositivo. Un pensamiento que atienda a que, dada la heterogeneidad entre la actividad generalizante de la deliberación publica y lo singular y concreto de las situaciones y los individuos, la consecuencia de un “reconcomiendo recíproco universal” …es una meta imposible” (42). No existe la plenitud, al menos que sea como política extática, tal y como lo fue durante el estado totalitario durante el siglo veinte. Esta política extática en un sentido thin supone la dominación vía el auto-sometimiento a un principio de gobierno substantivo. Desde luego, en en esta forma no espacio para el escepticismo, pues el escéptico como “mera presencia irrita al revolucionario” (48). Herrera no se equivoca en calificar esta racionalidad como el dispositivo de la técnica revolucionaria. Sabemos que en la tradición leninista, cualquier “desvío” de la conducta ideológica era considerara “diversionismo” de la causa eficiente. De igual modo, en el cosmos de Atria, el escéptico pasa a ser un emotivista cuyos intereses privados lo autoexcluyen de la liturgia del reconocimiento. 

El humanismo de estado deviene un espejo invertido del absolutismo de mercado. Y Herrera hace bien en notar que, dada la “debilidad de la burocracia profesional” (imaginamos que refiere aquí al estado administrativo, que, en otros contextos, garantiza una mayor densidad de la división de poderes) del contexto chileno los recursos materiales terminarían canalizados en manos de cuadros políticos-partidistas (52). No hace falta indicar cómo la forma estatal “activista”, históricamente asociada con el Welfare state, ha dado paso dócilmente a una racionalidad de costos y beneficios de la liberalización del mercado. De ahí que el rasgo más arcaico del pensamiento de Atria es suponer que la “comunidad política”, realizada en el espíritu universal del estado, sea el fin de la política. Pero ni el estado ni las instituciones pueden ser comprendidas como puntos de llegada. Y no hay porqué creer que la finalidad de la política surge de la compenetración entre comunidad y humanidad. 

La tesis atriana de la “radicalización de lo político” indica una movilización que deriva en la producción efectiva de la subjetividad, así como en la disolución misma de la política. En un importante momento del ensayo Herrera cita a Atria: “La radicalización de lo político es su superación: es llegar al reconocimiento recíproco universal, lo que implica que comunidad política y común humanidad deviene términos coextensivos” (66). El reconocimiento mediante la deliberación queda atrapado en una zona de indeterminación en la cual la política termina siendo una administración genérica de voluntades. Lo sorprendente de este marco mental es que coincide íntegramente con el esquematismo del proceso de abstracción del mercado . Así, lo político se muestra como el polo inverso de la economía. Mientras que el mercado des-jerarquiza los valores sociales; la política de la común humanidad subsume las diferencias en su coextensividad. Si la economía regula indirectamente la distribución de valores y efectos secundarios al juego de intereses; en la radicalización política asistimos al sometimiento bajo el presupuesto común. Y, si en el mercado prima la absolutización de lo intercambiable, en la política gobierna el reconocimiento como una única forma ejercer la voluntad. Pero tanto la economía como la política le dan la espalda al principio insondable de la realidad. Ambos polos promueven un monoteísmo de la forma.

En el fondo, Herrera acierta al diagnosticar que la moralización es índice de una profunda crisis hermenéutica. En primer lugar, la pobreza hermenéutica refiere a un déficit de comprensión sobre lo múltiple en todo su carácter “emergente e incontrolable” (75). En segundo lugar, la crisis hermenéutica asume una postura fideista como plenitud de la comunidad política (75). Esta postura hegemónica en la política de izquierdas tiende a favorecer la persuasión como aceptación de la dominación (80). Así, la maximización de lo político termina divorciada de la expansión conflictiva de la democracia. En uno de los momentos más llamativos del libro, Herrera transcribe un episodio en el que el propio jurista admite que la noción de “común humanidad” tiene su sostén como “confianza” y “fe” (67). Ya algunos han notado que la fe o pistis es la arcana temporal del crédito, cuya estructura dota al sometimiento de un rembolso a tiempo futuro [1]. Que esta estructura crediticia aparezca también en un liberal de izquierdas nos la medida de cómo el impasse de una hermenéutica de auto-reforma solo puede atinar a la fe de su propio autoabastecimiento (unidad o consenso). La fe liberal es una fe sin teología, pues carece de fundamentos místicos (mystique) a la vez que promueve la idolatría de “lo político” en la superación comunitaria. Como argumenta Rodrigo Karmy, el monoteísmo de Atria irradia un katechon secularizado que sutura la irreductibilidad entre el polo de las instituciones, y el polo de la dimensión apofática del pueblo [2]. De ahí su textura sacramental. En otras palabras, la fe del liberalismo consta de una especificidad litúrgica, puesto que para realizar la obra providencial de esa “coextensividad de la humanidad”, la política debe traducir el tiempo insondable de la experiencia en energía de sujeción comunitaria [3]. De ahí que la teología política no sea una divisa exclusiva del neoliberalismo, sino que es el vórtice arcaico de un liberalismo tasado como activismo de su fe. En una época de crisis de legitimidad, lo político emerge como un bloque de contención contra la creciente fragmentación y la latencia de la guerra civil. Una fe débil que termina reproduciendo y administrando los efectos de su propia patología.  

¿Ofrece Hugo Herrera una salida al impasse del pensamiento de Atria? Hacia el final del libro se explicita su horizonte al que denomina “existencia republicana” (82). Una existencia republicana que apuesta por la división de poderes, así como en la multiplicación de esferas al interior de la sociedad civil. El dilema es que estas condiciones hoy aparecen atravesadas por la ilegitimidaddel interregno actual. Es obvio que en Chile este momento ha quedado cifrado bajo la asonada de octubre de 2019. De ahí que la tarea de una reinvención hermenéutica también tendría que calibrar la manera en que categorías heredadas de la modernidad política como sociedad, ciudadano, comercio o poder constituyente han dejado de estar circunscritas a esferas de acción nítidamente diferenciadas. Una nueva hermenéutica tendría que estar en condiciones de probarse ante el límite de la antropología filosófica que, como señaló el propio Helmuth Plessner, partía de la premisa de que la nación era el horizonte civilizatorio para la actividad excéntrica del humano [4]. No sugiero que se deba hacer algo así como una “política posnacional” ni nada por el estilo, sino más bien intento llamar la atención a la configuración del principio de realidad que maneja la antropología política y que un siglo después exige descripciones mucho más complejas.

Por esta misma razón, una hermenéutica que se limite a la renovación de la antropología filosófica quedaría todavía inscrita en el espacio negativo de la tecnificación de lo político como principio coextensivo al mundo de la vida. Me gustaría, en cambio, insistir en la disyunción entre república y existencia, así como en la diferencia absoluta entre el mundo de la vida y forma política como punto de partida para librar al evento del cierre tético de lo común y de la excepcionalidad soberana. Si la antropología filosófica asume la política como compensación al estado de inseguridad; una separación de la política recuerda que todo destino singular debe medirse a partir de las formas de vidas y estilos que nos damos. Enfatizar la primacía del evento implica rebajar la formalización de una “política pertinente” que todavía orienta la elaboración hermenéutica de Herrera hacia un telos del orden [5]. Al despejar esta exterioridad desplazamos la forma política a un segundo plano. Solo manteniendo una apertura con el afuera impedimos los absolutismos morales y la sumisión a una ratio política que hoy se encuentra, ciertamente, caída a la abstracción y a los legalistas.

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Notas 

1. Giorigo Agamben. “Capitalism as religion”, en Creation and Anarchy (Stanford U Press, 2019), 66-79. 

2. Rodrigo Karmy. “El dios de Atria: un apofatismo en la medida de lo posible”, en Fragmento de Chile (Doblea Editores, 2019), 94-619 (edición Kindle). 

3. Adrian Vermeule. “Liberalism and the Invisible Hand”, American Affairs, V.III, Spring 2019, 172-198. 

4. Helmuth Plessner escribe en Political Anthropology (Northwestern U Press, 2018): “For the human, all political problems lie enclosed within the field of vision of its nation because the human only exists within in this field of vision, in the random refractedness of this possibility. The interlocking of being-present and life, in which none has precedence, does not allow the human any pure realization, neither in thing nor in doing, neither in believe nor in seeing, but only the realization that it is relative to a determinate ethnicity to which it heritably and by tradition always already belongs”. 86.

5. Hugo Herrera. “Republicanismo popular y telúrico”, La Tercera, 19 de Octubre 2020: https://www.latercera.com/opinion/noticia/republicanismo-popular-y-telurico/NMAK2J65KVE2JG5LI5YXP3GEGE/

Contra la mala substancialidad: cuatro apuntes para una conversación con Diego Valeriano. por Gerardo Muñoz

No queremos decir mucho sobre Diego Valeriano, puesto que siempre se pudiera decir más. El estilo Valeriano tiene el peso de lo necesario: donde no falta nada, todo es posible, todo es apertura, todo resta. Y, a su vez, todo está aún por experimentarse. Valeriano es estilo sin estilo. De ahí que en ocasiones – incluso en algunas conversaciones por mail o WhatsApp – ha descrito su escritura como el deseo de querer ser canto. La escritura abandona su primacía ficcional que inviste a la autoría. Imposible reproducir la mimesis del canto de un pájaro, ya que el mundo de la expresión es incapturable (Von Keyserling). Para dar lugar a la conversación, me gustaría dibujar esta pequeña geometría que convoca a lo que pudiéramos llamar un nuevo realismo destituyente.

La hipótesis archi-antropológica. En el momento más álgido de exaltación kirchnerista, Valeriano puso a circular una tesis que podemos calificar de “archi-antropológica”. Contra el moralismo de un liberalismo biempensante y los llamados al cierre de filas de una cultura hegemónica, Valeriano colocó el acento en el vector de la intensidad: “el consumo libera”. Era una tesis radicalmente intuitiva. Sonaba bien. En efecto, era una tesis capaz de ser apropiada por todos, de ahí su fuerza. Pero cuando un liberal la pronuncia su objetivo está claro: el consumo nos libera de la conflictividad política, nos garantiza libertad económica, y nos incluye en la civilización de la producción. En Valeriano, sin embargo, el tenor sacudía un gesto archi-antropológico: cuando nos rozamos con las llamaradas del consumo, disolvemos el reino de la antropomorfización del capital desde adentro. La tesis desplegada era maravillosa. O sea, puesto que la equivalencia es siempre una fantasía de encierra toda economía libidinal, las armas del consumo también son aquellas que liberan la vida de su concreción substancial. Era allí donde emerge toda forma de vida, todo ethos. El consumo en manos del runflerío disuelve nuestro lugar en la objetivación. Devenimos ahora un cualsea. Los condimentos están siempre en cualquier lugar. Ahora se trataba de entrar en la cocina de las prácticas: la magia de una fiesta, un saqueo, un viaje en bondi por la ciudad, una celebración, una junta nocturna, o con-vivir en la escuela. No hay jerarquías. Siempre se ha tratado de lo mismo: retomemos lo invisible que desborda nuestra vida y situemos el problema en la cesura irreductible entre el acontecimiento y las formas que les son posibles.

Localización del poder. Nada aterra más al cosmos intelectual progresista que discutir la localización del poder. Alzar la pregunta por la extensión de sus aparatos es una herejía para los traficantes ideológicos de “teorías” fatuas. De ahí la importancia de la metrópoli, la cual debe ser entendida no como una forma contemporánea de la polis caída a la técnica, sino como la espacialización misma de la totalidad de los ensamblajes cibernéticos. La metrópoli es lo que encuadra al mundo en virtud de una objetivación de su afuera. Esta es una condición intuitiva en la escritura de Valeriano: no hay poder, hay forma de sedimentación metropolitana. La operación metropolitana es todo aquello que busca detener el recorrido cinético de mi experiencia con el mundo desde la identificación y el intercambio. Pero Valeriano va más allá: no hay un “afuera de la metrópoli”, puesto que ya sabemos que el campo es la dispensación negativa y última celda del castillo. Un gesto contrametropolitano, por el contrario, aparece allí cuando ejercemos un viaje que desnarra la intencionalidad y justificación de sus formas. Aquí instalamos un nuevo principio de discriminación: metrópoli es el partido de la reducción y la identificación; el gesto contrametropolitano es, por el contrario, lo que dispensa el campo de experimentación, de encuentros, y de goce. Un goce que no puede servir a la domesticación de los pequeños placeres del intercambio, sino el que sabe que se juega siempre con la propia finitud. El gesto contrametropolitano es lo que crea destino porque ha abandonado la ficcionalización de las orientaciones. 

Existencia hacia el final del mundo. Toda la fuerza de estilo de Valeriano se ubica hacia el fin del mundo. En realidad, es una amistosa invitación a habitar en él sin caer en la “mala substancialidad” que remite a las identificaciones compensatorias del reino del “Yo” (Tiqqun, Teoría del Bloom). Contra las malas substancialidades que sostienen la fragilidad del vacío experiencial de la metrópoli, Valeriano ofrece la aventura de una vida extática. Los zombis es la figura mitopoética de esa “mala substancialidad” que hace del apocalipsis una cárcel de la subjetivación humana. Pero siempre ha existido una salida: lo inhumano. Y es que no hay una “inhumanidad”, sino una composición disyuntiva de los fragmentos que escapan a la fijeza de la realidad: “no es un sistema, no hay reglas. Es un momento aun muy enigmático, repleto de agujeros, quiebres, saltos, tonos. Es intemperie absoluta y refugio vital” (Valeriano, Eduqué a mi hija, 40). El apocalipsis que tonifica la época abre un nuevo antagonismo infrapolítico, cuya posicionalidad se da entre aquellos que busca la fuera de la producción, y aquellos que susbstancializan el mundo bajo la multiplicación de las órdenes. Pero en un mundo carente de legitimidad, una orden es siempre dispositivo de hegemonía y subordinación. Del otro lado de la dominación, aparece el fin del reino de los disfraces: ya no lo que “soy” o lo que “debo ser”, sino “cómo soy” ante aquello que he encontrado y que me acompaña en la práctica de deserción del mundo.

Una vida que no es política. Finalmente, después de dos siglos, aparece una mirada que insiste en la separación entre vida y política, tomando partido por la primera. Una politicidad sin legitimidad incrementa la hegemonía como reino de las ordenes y reparto de las demandas. En este sentido, la vida no es una excepción a la política como orden público, sino una fuga de la topología de la depredación civil. Allí donde hay hegemonía hay sometiendo del tiempo de la vida e interrupción de lo invisible. Por eso indicaba Jacques Camatte recientemente que el poder odia a la juventud, puesto que los jóvenes se inscriben en una zona existencial previa a la domesticación. La forma de vida de la juventud – acaso la figura central de la escritura canto de Valeriano – muestra que ningún poder es absoluto sobre la vida, porque la existencia escapa el dominio de toda hegemonía. Y, desde luego, la juventud no es una etapa en el desarrollo de la vida del hombre, sino el ángel que lo acompaña a lo largo de su recorrido terrenal. El Ángel vela por el destino: guarda la distancia entre mis formas y el afuera. 

Por eso la forma de vida runfla es fundamentalmente un problema especular: contra la representación, se inclina hacia la expresión; contra la domesticación subjetiva, enaltece la vida extática; contra la sutura entre vida y política, insiste en la diferencia absoluta e irreductible de los encuentros. No hay formas absolutas, sino declinaciones con lo que encontramos. El actual apocalipsis nos arroja a un campo experiencial del cual cada vez tenemos más y más noticias. Disuelve la realidad. Esa factura del “tiempo desquiciado” nos convoca a ser quienes ya somos. Un ejemplo inclasificable de ese gesto de deserción está en los pibes que rechazan los aguinaldos de la mala substancialidad. Y ellos siempre están de vuelta.

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*Apuntes para el encuentro “Experiencia y metrópoli” que tendrá lugar el 4 de septiembre junto a Diego Valeriano, organizado en la serie “Conversaciones de Ficción” de la revista Ficcion de la razón.

The technification of thinking: Notes on Gramsci’s Prison Writings (V). by Gerardo Muñoz

In the “Fourth Prison Notebook”, Gramsci offers a treatment of the science of “historical materialism”. A science that is not to be understood as a region of thought, but rather as a totalization and condition of possibility of the very opening of a new epoch. At some point in the notebook, Gramsci writes the following (which is also exemplary exposition of the reduction of his program): “As a matter of fact, historical materialism has no need for extraneous support: it is itself so robust that the old world turns to it to supply its own arsenal with some more effective weapons. This means that while historical materialism is not subjected to hegemonies, it has itself stared to exercise a hegemony over the old intellectual world. (156). We do not want to put too much pressure on the term “intellectual” here, but it is a notable expression. There is a dual logic of “hegemony” at play: hegemony is both the archê that can sustain an epoch phantasmatically never fully closing it; while, at the same time, it is also the opening of the epoch of the “reign of freedom”, which is the discovery of historical materialism as a science of totality. When Gramsci writes that historical materialism has potential hegemony over the totality of the intellectual world, he is strongly positing a civilizational principle as a new conception of the spiritualization of the world. From this basic condition of transitional political thinking, it is difficult to see how Gramscianism can ever be freed from Hegelianism, given that Hegelianism is what informs substantially the theory of hegemonic reduction. Hegemony: what reduces the world.

         At the same time, and in order to secure this transition to this new epochal principle, another operation comes to the forefront: to obtain hegemony over the totality of the old intellectual world requires a technified form of thinking as such vis-à-vis its intellectual class as an active player in the process. A few pages later after he treats the exception to epochal hegemonies, Gramsci writes that: “…the importance of the technique of thinking in the construction a pedagogical program; here, again, one cannot make the comparison between the technique of thinking and the old rhetorics…the technique of thinking cannot be compared to these things, which is why one can say that it is as important to teach this technique as it is to reading and writing.” (160). This thematizes the political hegemony that harbors above the alleged organic development of the new epoch; as if, the menace of the deviation from hegemony is a “bad adventure” in thought, a derailing of intensity that needs to be straighten out by the force of pedagogic reinforcement. Gramsci recognizes that thought does not have a technique, but it is in virtue of said absence that its instrumentalization must be set tightly. There is no doubt that this is catastrophic. This is the internal catastrophe of any thought when reduced to hegemony. By positing thought as pedagogical techne, Gramsci cancels any possible relation to the world. The world has already been annihilated, since it has been taken to the limit of its realization, making it only accessible from the condition of the specie’s alienation with reality. To a certain extent, pedagogy and the “common school” program stands for the performance of the laws that make up the new science of history. Hegemony becomes the accessory that guarantees the entry into a theoretical totality that pushes out any relation with the world. 

There is a “genetic problem” that can be contested even at the level of its own “scientific” assumptions. Already Hans Blumenberg in The Genesis of the Copernican World (1975) argued that the configuration of a totality of knowledge is impossible given its heterogenous conditions and “inherent pressures of its workings”. There problem of epochal hegemony, then, it is not that it elevates a supreme and all-inclusive principle; but rather that, as a concept, it cannot name a process of rationalization required to advance a civilizatory principle. Indeed, Gramsci calls “the conquest of the historical world, a new civilization” (164). This is why Gramscian appeals again and again to Catholic ecclesiastical administrative capacities for the formation of the new communist integral state. However, whereas for Weber “bureaucratic rationalization” was an organic process within history; for Gramsci, on the contrary, it is conceptual and pedagogical. In other words, it is a mimesis that transforms itself as a command of the Party, the militant, and disciplinary orientation. The Gramscian cosmos of production is a secular form of angeology for the intellectual class that must guide the working class (203). Of course, as we know, angels are not mere mediators between God and the sublunar world, they are also the keepers that glorify the dogma. And dogma here is the secular science of historical materialism. 

One last point about the date of this notebook (1932). This is most certainly a Gramsci that is no longer the one writing in the 1910s full of enthusiasm and good convictions; a Gramsci that could sense the trembling of gates of the revolution conquering the world. On the contrary, the Gramsci writing in the wake of the 1930s is one that is already noticing that “workerism” is dominion and form, or form that is already the byproduct of total mobilization. It is no coincidence that Ernst Jünger’s The Worker is published this year. At this point the worker is no longer a fixed transcendental category of the philosophy of history, but rather an energetic gestalt driven by mobilization and will to power. This means that formation – giving form – is always infinite, while the world remains objectivized into this total encompassing movement. Gramsci would mobilize intellectuals – but also thinking and imagination – to accomplish the labors of hegemonic politics.

The problem, already in 1932, should have been contested at the level of the form of life and distance between domination and world that I call post-hegemony. The false exit was taken: the multiplication of the modes of production, including the production of an “intellectual class” in an attempt to tilt the bourgeois order towards true hegemony. By 1930s it becomes clear that Gramsci cannot stand up to a problem oriented at the level of the critique of metaphysics. By adopting the science of historical materialism, Gramsci seems only capable of giving us a regional political practice masked by the metaphyisical pretensions of universality and totality. It wasn’t enough then, and it is most definitely not enough today. 

¿Qué pasaría si dejáramos de obedecer órdenes? Sobre El estandarte de Lernet-Holenia. por Gerardo Muñoz

La gran novela El estandarte (1934) de Alexander Lernet-Holenia trabaja con una tesis extremadamente sencilla, pero de enormes consecuencias políticas: ¿qué pasaría si se dejáramos de obedecer órdenes? Ciertamente, El estandarte tiene lugar en un interregnum, hacia el final del imperio Austrohúngaro y la disolución de la clase militar aristocrática. A lo largo de su desarrollo El estandarte recoge, sin muchas pretensiones, el anacronismo entre forma y acontecimiento, entre los hábitos de una sociedad terminada y la textura de un mundo cuya temporalidad muta hacia otra cosa. El sentido de lo visible y lo invisible pierde su estructura compensatoria. De ahí surge todo un malestar del cual la política y la economía serían solamente síntomas secundarios. Leemos muy temprano en la novela una nítida definición de esta crisis epocal: “Lo visible permanecía igual, pero lo invisible era distinto; en el interior de las gentes el mundo cambiaba, se disolvía, se hundía; cada uno lo sentía, aun no siendo más que un campesino polaco que nunca había visto nada del mundo, o si lo había visto no lo había observado. Era un fin del mundo.” (114). Así, la crisis de una época se verifica en la cesura asincrónica con el afuera. Estar de espaldas a él supone el ascenso de capacidad mimética de las formas ante la sublimación de la desconfianza. La absolutización de la descreencia implica dos cosas: descreer en la región de lo invisible, así como de las legitimidades en las cuales hemos sido arrojados para mitigar nuestros conflictos. 

Lernet-Holenia plasma esta crisis en un episodio que es también el trasfondo de la novela: batallones completos de tropas del imperio Austrohúngaro ya no obedecen órdenes de los generales y capitanes de los regimientos. Herbert Menis, personaje central de la novela, es incapaz de comprender este desbalance metafísico hasta mediados del relato. ¿Cómo puede ser que batallones enteros desobedezcan la orden de un capitán? Lernet-Holenia muestra que la crisis imperial tiene lugar cuando una orden ya no dice nada; en el momento en el que carece de autoridad; y cuando la existencia llega a reconocerse en la desnudez que supone vivir en el fin de una hegemonía. Emile Benveniste nos recuerda que la “hegemonía” (hēgéomai) guarda el viejo sentido de un mando supremo, ya sea un individuo o de una nación, que luego pasará a ser más o menos sinónima de la noción romana de imperium [1]. De ahí que podamos decir que cuando las órdenes ya no transmiten auctoritas, aparecen como demandas vacías, entregadas al dominio de una fuerza oscura. Pura expresión de voluntad de poder. Este es el núcleo fuerte de El estandarte: una vez que el imperium ha perdido su legitimidad, crecen las demandas de hegemonía. Traduciéndolo al presente diríamos que el incremento de la policía es proporcional a la carencia de legitimidad de organizar lo social. El intento hegemónico radica siempre en lo mismo: ficcionalizar la “unidad” desde la multiplicación de los archēn. En otras palabras, las órdenes apelan a la hegemonía ante la desficcionalización que produce el incumplimiento de una orden. Lernet-Holenia escribe en una insuperable estampa de este suceso de desficcionalización del ejercito imperial que ya no se atiene a las órdenes:

“Era como si los cascos y uniformes, las distinciones de los suboficiales y las águilas imperiales de las escarapelas se desprendieran de la gente, como si se desvanecieran caballos y sillas y no quedaran mas que nos cientos de desnudos campesinos polacos, rumanos o ucranianos que no veían el sentido de llevar, bajo el centro de una nación alemana, la responsabilidad del destino del mundo” (179). 

La hegemonía busca establecer una fantasía objetiva ante la caída de la autoridad imperial. Pero sabemos que desde Grecia el problema siempre ha sido el mismo: el archē no es un basileus supremo, sino la efectividad de una mediación y delegación que encierra a la individuación [2]. La hegemonía gobierna sobre lo irreductible. Destituir una orden implica literalmente detener el mundo, puesto que ya no hay fe en la simbolización ordenada. En reiteradas veces Lernet-Holenia nos dice cómo las miradas de los soldados persiguen la nada. Ya no hay un trazo de horizonte, hay solo abismo. Toda la simbología pierde su eficacia de transmisión de jerarquía. Por eso el gran símbolo de la novela – el estandarte que llevan los oficiales al frente de un batallón – pasa a ser un emblema que irradiaba gloria a un pedazo de tela insignificante, o como escribe Lernet-Holenia, un mero “atado de ropa mojada” (199). La desficcionalización es absoluta: ni el actuar ni sus símbolos (su representación) quedan a salvo. En efecto, el estandarte es una bisagra entre el mundo que se escapa y aquel que ha acontecido en la historia.

En manos de Menis, el estandarte pierde la eficacia gloriosa del orden para convertirse en un símbolo de un juramento existencial y secreto ante la inhumanidad de los muertos. Es decir, lo que en su momento representaba valores imperiales (gloria, Dios, rey, imperio) es reducido a un paño que solamente puede acompañar una fe singular que excede a la visibilidad del humano. El estandarte, con su águila y bordado carmesí relumbrante, se vuelve condición de verdad y resto de un mudo que ha acontecido en la historia. El estandarte ya no “exige” hegemonía ni es compensación ante el abismo; es insignia de lo que resta del otro lado de la vida. Desde luego, para Menis el estandarte es símbolo de los muertos, un comodín que condensa el mito de una posible transfiguración de la vida. 

Esto se confirma al final de la novela, pues Menis no se opone a arrojar a las llamas el flamante estandarte. ¿Cómo no hacerlo? No hacerlo es fetichizar el espacio de la ruina, y por extensión, domesticar a los muertos reduciéndolos a la estampa del mito. Aquí se define la primacía de la vida contra el reverso de lo mítico. La lucidez de Lernet-Holena llega con intensidad hasta la última página de El estandarte: la quema de las banderas es la antesala del recomienzo de la vida. “No me dejes solo” le dice Menis a su amada Resa, un personaje que llegamos a entender solo en las últimas líneas del libro (331). Una vez que la desobediencia de las órdenes ha iniciado un proceso de desficcionalización de la autoridad y el fin del mundo ha sido interrumpido entre sus formas y eventos, lo que resta es una existencia que se arropa con dos formas de lo invisible: la belleza y el amor. Más allá de la memoria y sus espectros, Lernet-Holenia pareciera insistir en la apariencia como posibilidad de recomienzo de la vida fuera de la vida (con sus valores, insignias, y mitologías) después del fin del mundo. 

Ahora el destino de una vida es irreducible a la política o al maniqueísmo de la hegemonía como “mal menor”. Toda la persecución por las catacumbas de Konak es una odisea por un submundo que contiene las ruinas de la hegemonía o del imperium. Y todo eso debe dejarse atrás. Lernet-Holenia pareciera incluso ir más lejos: todo eso debe quemarse. Si la hegemonía es siempre, en cada caso, una objetivación de nuestra relación con el mundo; su ruina apertura a un afuera donde acontece la vida. El estandarte también nos confirma otra cosa: no es cierto que la ontologización de la carne tenga la última palabra en la espera del fin, ya que el encuentro es posibilidad de transfiguración de lo invivido; un consuelo ante las descargas metafísicas de la historia. De la misma manera que no hay destino en un mundo reducido a la ficcionalización de la hegemonía; no hay posibilidad de una vida verdadera sin la experiencia de un encuentro. La amistad es la ceniza tras el fin de la hegemonía que se resiste a la alienación como secreto individualizado. Aunque para llegar a ello se necesita de una fuga órfica, lo cual implica dotar de formas adecuadas a lo que ya siempre hemos encontrado. 

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Notas

Emile Benveniste. Dictionary of Indo-European Concepts and Society (Hau Books, 2016). xi.

Jean-Pierre Vernant. The Origins of Greek Thought (Cornell University Press, 1984). 43.

Fórmula. por Mauricio Amar

Parece evidente que a esta altura del avance de descomposición de las sociedades humanas es necesario comenzar a hablar con nuevas fórmulas. Fórmula parece un concepto interesante para partir, aunque necesario de debatirlo, puesto que tiene al menos dos acepciones de uso general. La primera es la de ser un medio práctico para resolver problemas complejos. Una fórmula matemática es precisamente una representación entre otras de una relación entre términos. La segunda, indica una mezcla, una composición de elementos, un ensamblaje. La composición de las moléculas se representa en fórmulas para dar cuenta de una estructura de la materia, una composición que de no existir o de existir de otra manera haría que las cosas fuesen diferentes.

Si la primera acepción está fuertemente vinculada a las matemáticas, la segunda debe entenderse como un asunto químico. Mientras la primera guarda relación con una suerte de resumen, contracción, la segunda se parece más a una fotografía del estado de la composición en un momento dado. Si la fórmula matemática siempre aspira a ser una representación de la eternidad, la química sólo está para controlar la estabilidad del sistema de relaciones y combinaciones. Encontrar una nueva fórmula, entonces, tiene algo de su sentido matemático, en tanto buscar una representación de la vida y las relaciones que permita salir de un problema, aunque debe luchar por salir de la esencialización de cualquier representación fija del mundo. De la segunda, debe rescatar el sentido de ensamblaje, abandonando la pipeta, el contenedor que da estabilidad forzosa a aquello que siempre está en disposición de adquirir otra. Esto significa salir del laboratorio, de una lógica que ha hecho ese mundo en el que se nos hace vivir y se nos deja morir. Como pueden apreciar, estoy enunciando desde el inicio lo que quisiera de una fórmula hoy, pero incluso este deseo se enfrenta a problemas más profundos.

Etimológicamente, la palabra fórmula fue utilizada en latín para designar una regla o marco. La fórmula es un instrumento para dar forma (forma + el sufijo ulus que indica su carácter instrumental como en férula o el latín regula). La fórmula sería, desde esta perspectiva el instrumento o dispositivo dador de forma. Un medio a través del cuál una forma singular aparece y es posible de ser enunciada. En otras palabras, puede ser entendida en cuanto ser de las cosas (su aparición y enunciación) y praxis concreta: las fórmulas transforman el mundo constantemente, ejerciendo sobre la materia y las ideas fuerzas e intensidades de las que nacen una y otra vez relaciones entre las singularidades.

Si la fórmula es ensamblaje, el problema no es tanto cómo inventar una forma de la nada, sino cómo dar forma a las cosas con el lenguaje. En tanto regla, la fórmula no inventa una cosa determinada, sino que abre el sentido para la formación de todas las cosas sobre las que ella tiene alcance. Evidentemente, no contiene todo y no hace absoluto su comando sobre las formas que enuncia. Más bien, adopta contingencias, siendo ella misma la manera en que éstas se relacionan y agrupan. Vive de la multiplicidad. El problema es que la razón instrumental hegemónica se preocupa más por lo que la fórmula encierra y menos de las fuerzas y velocidades que determinan un todavía no y un ya no fundamentales. Como Henri Bergson vio con claridad, el movimiento como tal es algo que a la ciencia moderna le molesta, porque su afán es siempre la parcelación, la comprensión de todo movimiento como secuencia de imágenes estancas (Bergson, 2007). Las humanidades no lo hacen nada mal, en todo caso. Las épocas históricas, las ideas de sociedad, nación, Estado, son sólo ejemplos de marcos, fórmulas que se entienden a partir del sueño de la prolongación infinita de su forma actual. El pensamiento moderno odia el movimiento (la velocidad de las autopistas o la casi instantaneidad de internet buscan siempre disminuir el trayecto. El amor a la velocidad no es amor al movimiento), por lo que le es imposible dar con una salida -una fórmula- que se piense a partir de la multiplicidad y la inadecuación constitutiva del mundo.

Los marcos sobre los que se ha constituido la civilización capitalista, que a estas alturas ha devenido planetaria, provienen de formas hegemónicas al interior del cristianismo romano. Marcos o fórmulas que han sido secularizados, pero que siguen siendo operaciones del poder, que, si bien no deciden las condiciones de aparición de las cosas, sí delimitan, como dice Judith Butler, la esfera de la aparición como tal (Butler, 2017). La fórmula no tiene tanto que ver con la agrupación de los elementos, sino más bien con su representación, es decir, es una enunciación sobre un estado de cosas que siempre pudo ser dicha de otra forma. No es la chorá platónica, ni el ser de Alfarabi o el intelecto de Averroes, tampoco el plano de inmanencia deleuziano, pero siempre remite a un medio puro para enunciarlo. Es una operación sobre el flujo de la naturaleza, operación de la lengua sin importar si ésta se constituye de signos matemáticos o lenguaje común. Por eso no puede existir una sola fórmula, pero sí fórmulas hegemónicas, que hacen como en la física de partículas una detección del electrón mediante la observación. Esto no significa que sea subjetiva, pues la propia subjetividad es una fórmula. Existen reglas que rigen la subjetividad moderna, como por ejemplo la regla de coincidencia de la razón con un cuerpo biológico o la regla de personificación-despersonificación que da a cada singularidad de la especie una potencia cerrada por el binarismo de devenir plenamente humano, población o vida descartable.   

Evidentemente, las fórmulas hegemónicas son asediadas por otras que pueden poner en cuestión parcial o totalmente las reglas que las rigen. Las formas de vida no adaptadas al capitalismo, al derecho romano, al Estado o la nación, suponen un peligro para las fórmulas hegemónicas. Otras, potencialmente amenazantes pueden ser absorbidas por las reglas de enunciación de estas últimas, como ha ocurrido con la homosexualidad o una parte, al menos, del feminismo, sobre todo en los centros productivos del capitalismo. Esta acción puede ser entendida como una captura, al modo de una red de pesca que se lleva consigo los peces que busca más cientos de otras cosas accidentalmente atrapadas, pero que estaban a su alcance y por tanto caen en su poder y se ponen a funcionar para él.  

La fórmula corresponde a la nueva codificación en la que comienza a funcionar un elemento que ha sido desterritorializado, suspendido de su praxis habitual, y reterritorializado, dispuesto hacia un nuevo sentido. Lo que el capitalismo, o cualquier otra época que se pretenda absoluta, ha escondido en su episteme son dos cosas fundamentales. La primera, consiste en no poner de manifiesto que su fórmula tiene una historia, que corresponde a un montaje de elementos heterogéneos que han adquirido una nueva forma producto de una territorialización. La segunda, es ocultar que el ensamblaje que le constituye está siempre haciéndolo ser otra cosa.

El neoliberalismo, por ejemplo, como momento de aceleración de la destrucción del planeta es una forma de capitalismo porque sigue funcionando de acuerdo con las reglas de codificación de la propiedad privada y la venta de la fuerza de trabajo que permiten la acumulación, sin embargo, siguió una línea de fuga del capitalismo que convirtió en hegemónica a la economía bursátil, sosteniéndose en la circulación de capital sin ningún tipo de respaldo más que la compra y venta acelerada de acciones. La fórmula neoliberal es inseparable de los media y las plataformas de comunicación que hacen posible tanto la propaganda activa como la transacción rápida de capital. Cada uno de los elementos que se agrupan en torno a tal proceso de acumulación a escala planetaria (los media, internet, la bancarización, e incluso la desigualdad social que forma parte de su reproducción) permiten en diferentes grados tanto el rendimiento de la fórmula, como su inestabilidad y posible disgregación. 

Si nos entendemos en la búsqueda por formas de vida en resistencia al actual estado de cosas, debemos decir que encontrar una nueva fórmula, que permita resistir a la del neoliberalismo, implica detectar las líneas de fuga, las prácticas concretas que tienden a desestabilizar el orden actual. En ese sentido es posible hablar de una política destituyente, como ha enunciado Rodrigo Karmy o una política profana, idea cara a Giorgio Agamben, que saque del templo las verdades con que una determinada forma de vida, la del neoliberalismo, ha ordenado el mundo, es decir, que actúe sobre las relaciones posibles al interior de este campo de fuerzas inestable. La inestabilidad creciente del neoliberalismo viene dada por su propia pretención totalizadora e incluso creadora de mundo, porque su funcionamiento constante consiste en la descodificación del mismo mundo que forja (Cf. Deleuze, 2005).  

Abrir fórmulas antineoliberales implica, por tanto, encontrar aquellos restos de multiplicidad que el propio capital ha sido incapaz de incorporar a su lógica. Un tercer paisaje, como esas multiplicidades de vida que emergen en los rincones de las calles, amenazadas con ser pensadas como malezas y arrancadas, pero persistentes en florecer, sin haber sido pensadas por los urbanistas (Cf. Clément, 2014). Esto significa crear, no desde la nada, sino a partir de las ruinas de nuestra cultura, de esta catástrofe cuya máquina ha avanzado en la descodificación constante de todo lo que está a su alcance para someterlo a la equivalencia del valor de cambio. 

Esto nos abre, evidentemente, una pregunta por la posibilidad de la codificación. En un libro muy interesante de Massimo Cacciari llamado Il potere que frena (2014), el gran pensador italiano se lanza contra una posición ocupada por Agamben y Jacob Taubes respecto al valor del concepto de katechón en la cultura occidental. Esa fuerza que frena la llegada mesiánica, que adquiere su contenido interpretativo histórico en la teología política de Carl Schmitt, y que ha de ser representada por poderes fácticos como el imperio romano, la iglesia católica, los Estados nacionales y el propio capitalismo, implicaría en realidad, para Cacciari, una fuerza perdida cuyo poder es el de crear un horizonte común. El imperio, el Estado, o la iglesia tendrían un poder de abrir una época a partir de la cual se articula un sentido de pasado y futuro común. En el interior de su trama sería posible figurar una forma de vida más allá del individuo. El katechon de Cacciari afirma un mundo prometeico, porque ilumina un camino compartido como especie -una sophia capaz de representar el bien común-, mientras el capitalismo, al contrario, tendría una forma epimeteica, una apertura permanente de la caja de Pandora, en la que ninguna certeza salvo la del placer individual es posible (Cf. Cacciari, 2014). 

Podríamos preguntarnos un tanto sobre esta concepción de katechon, porque afirmando la idea que Cacciari se hace del capitalismo como una imposibilidad de formulación de lo común, también podríamos decir que la reterritorialización que opera el neoliberalismo en la forma de la equivalencia de capital, que implica la descodificación constante de todo lo que arrastra consigo, es una forma de aplazamiento, de diferimiento, que no abre horizonte común, sino una moral totalizante que obliga a la representación de lo individual como referente absoluto de la experiencia. Un katechón extraño, pero que cumple con la función de aplazar la emergencia de la fuerza mesiánica.  Esto, evidentemente da para una larga discusión, pero me interesa dejar planteado el hecho de que el neoliberalismo no es ajeno a una moral ni a un destino del mundo -en cierta forma, como indica Adam Kotsko, es una teología política (Cf. Kotsko, 2018)- sólo que ese destino, tal como lo tenemos a la vista de forma cada vez más apremiante, es la destrucción de la experiencia común y, por supuesto, de la naturaleza de la que somos parte.

¿Será la respuesta a la búsqueda de una nueva fórmula restituir un katechón, bajo la forma que sea? Parece evidente que la manera en que el imaginario katechóntico ha sido conceptualizado no permite, ni siquiera en Cacciari, pensar en una construcción de lo común benigna. El Imperio, el Estado y la iglesia han sido no sólo máquinas de clasificación, jerarquización e invisibilización de la vida en común en pos de la protección de procesos de acumulación de grupos de poder, sino también la condición de posibilidad de emergencia del capitalismo y su nefasta forma neoliberal.          

Entonces, no haría mal explorar nuevas fórmulas que, al tiempo de involucrar fuerzas mesiánicas, permitan pensar lo común. Es posible que eso esté contenido en la idea siempre críptica, de un verdadero estado de excepción, tal como lo enuncia Walter Benjamin en su octava tesis sobre el concepto de historia. Verdadero porque coloca al estado de excepción soberano que define el poder soberano schmittiano como una forma posible en un campo más vasto que es la vida común. Si el poder soberano aúna las fuerzas comunes, las rapta en este gran Leviatán que sería el Estado moderno, imitando la creación ex nihilo divina, el verdadero estado de excepción implicaría una mirada al medio absoluto en el que este es posible de ser pensado, creado y vuelto contra su propia fuente común. Lo verdadero indicaría un lugar anterior a la fórmula, efectivamente el medio puro en el que toda fórmula tiene lugar, de modo que habría que volver la mirada no tanto a un pasado, sino a una condición inmanente de todo tiempo y espacio en el que ninguna fórmula está dada, ninguna jerarquía cristalizada, donde todo se puede volver a vincular de otra manera, como en la biblioteca china de Borges. 

Resulta importante, a la luz de la lectura de Neoliberalism’s Demons (2018), de Adam Kotsko, echar una mirada a la separación que opera lo que este llama el axioma Arendt, entre la economía y la política como espacios humanos totalmente diferenciados e irreductibles. Este principio ha sido reforzado de manera especial por la crítica al neoliberalismo de Wendy Brown. El neoliberalismo sería la usurpación definitiva del oikos sobre la polis, de lo privado sobre lo público, de la administración despótica de las necesidades por sobre la libertad real de participar en la igualdad de lo común. Bajo este paradigma arendtiano, que como bien ve Kotsko, se escapa de la conjunción entre economía y política que logró establecer Marx, la plena realización de lo humano estaría fuera de aquello que le interesa a la economía, encargada de una administración de la vida. Podemos decir que una crítica biopolítica precisamente debe incorporar el desmontaje de una ficción de esta naturaleza, si su búsqueda, como ocurre en Agamben, fuese buscar una forma-de-vida, en la que el poder no pueda operar la escisión entre una mera vida o vida desnuda y una vida cualificada. 

Entender que es el poder el que busca una separación entre dos maneras de entender la vida, para poder ejercer sobre ellas su fuerza, nos indica precisamente que éste opera administrando ambos conceptos, atravesándolos continuamente para operar. En otras palabras, el poder no es económico ni político, sino la captura de ambos, la diversificación y proliferación de sus diferencias a fin de regir sobre toda forma de vida. Bíos zoé no serían más que sus ficciones preferidas desde mucho antes que existiera el neoliberalismo y, acaso, constituyendo un dispositivo importante de la tradición occidental. En este sentido, la idea de una infrapolítica, que Alberto Moreiras ha pensado con detenimiento, entendida como deconstrucción constante de esas ficciones que unen de manera necesaria a la vida y la soberanía política, evidenciándolas en su mera facticidad, resulta no sólo interesante por sus posibilidades reflexivas, sino también por la potencialidad de una mirada que sea capaz de incidir también políticamente, sin que la política sea desde su origen el horizonte (Cf. Moreiras, 2019). Buscar una fórmula en la que la vida no sea desarticulada, fraccionada o diseccionada por el poder, implica ir más allá del poder y situarlo epocalmente, comprendiendo los mecanismos que han fijado sus formas y las líneas de fuga por donde esa forma, por más que su ejercicio soberano sea mostrarse como la naturaleza misma, está siempre desarmándose. 

A propósito del reciente libro de Sergio Villalobos-Ruminott, Asedios al fascismo (2020), la aparición de un movimiento fascista neoliberal nos debe indicar precisamente el punto de confluencia entre una perspectiva política totalitaria y una administración completa de la vida a partir de la acumulación de capital, justamente cuando el propio neoliberalismo se presenta a sí mismo como una suerte de hazaña que, desligándose de cualquier filosofía de la historia clásica, derrumba a su paso toda forma de totalitarismo (Cf. Villalobos-Ruminott, 2020). Esta paradoja se muestra falsa ante la mirada capaz de descubrir en el neoliberalismo una cultura, un sistema-mundo, que funciona a través de la aniquilación de toda potencia, utilizando como herramientas propias tanto al Estado como al capital, en plena concordancia con lo que el pensador chileno llamará un fascismo neoliberal. “Si la racionalidad neoliberal -dice Villalobos-Ruminott- instrumentaliza al Estado, inscribiéndolo en su performance acumulativa, habría que ir más allá del simple reformismo convencional, para confrontarse con las dimensiones de esta racionalidad invasiva” (Ibídem). Confrontar las dimensiones de esta racionalidad que ha articulado la cultura de la devastación del mundo contemporáneo, implica no hacer la vista gorda a la situación de corrosión de la forma Estado. Una crítica al reformismo ha de implicar la búsqueda de una nueva fórmula, es decir, un ejercicio de desterritorialización del Estado y la reterritorialización en algo nuevo, en un ejercicio de lo común, en el que la ficción de la separación entre zoé bíos sea expuesta como tal.

La exposición es tanto la muestra de una herida abierta, como una apertura del ser. No se puede deshistorizar la existencia ignorando las fórmulas que la han moldeado. Las ficciones sobre los cuerpos, sobre el movimiento y la circulación han creado un mundo real, o al menos vivido como tal. La exposición de la separación ficcional entre bíos zoé es también la muestra de una catástrofe para los cuerpos, una operación de fuerza sobre lo común, que no termina de sangrar. Es exposición de la muerte acelerada de la naturaleza y la responsabilidad humana sobre ella. Exponer el mundo en su sin horizonte creado por el neoliberalismo, podrá permitir pensar también cómo éste mismo existe a duras penas en la fragilidad de una pesadilla. Por ello, debemos decir que es la exposición el primer acercamiento a la potencia, a la medialidad absoluta en la que siempre vivimos y en la que, en última instancia, debemos escarbar para encontrar nuevas fórmulas.

Bibliografía

Bergson, H. (2007). La evolución creadora. Buenos Aires: Cactus.

Butler, J. (2009). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Cacciari, M. (2014). Il potere che frena. Saggio di Teologia Politica. Milano: Adelphi.

Clemént, G. (2014). Manifeste du Tiers paysage. Paris: Sens & Tonka.

Deleuze, G. (2005). Derrames. entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Cactus.

Kotsko, A. (2018). Neoliberalism’s Demons. On the Political Theology of Late Capital. Stanford: Stanford University Press.

Moreiras, A. (2019). Infrapolítica. Santiago: Palinodia.

Villalobos-Ruminott, S. (2020). Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular. Santiago: DobleAEditores.

*Imagen: Antoni Tapies, “Cruz y raya” (1974), Museo Abstracto de Cuenca.

On Jesuit militancy: Notes on Gramsci’s Prison Notebooks (IV). by Gerardo Muñoz

As I continue the systematic reading of Antonio Gramsci’s Prison Notebooks, one can finally provide substance to the thesis that gramscianism amounts to a sort of new priesthood of the political. The question here is about the specific substance and form of the theological. Most definitely, Gramsci is pursuing a strong theological position that is not reducible to monasticism, nor his he interested in subscribing a counter-modern Christian ethos against the modern “gentleman”. In this sense, Gramsci is a modernist tout court. Now, it seems to me that underneath the secularization of his political subjectivation is Jesuitism. This makes sense for at least two reasons. First, Jesuitism is a modern attempt of deification in this world through discipline. But, secondly, and perhaps more importantly, Jesuitism is a practice that serves to expand the energy of political militancy. As Alberto Moreiras suggested a while ago in an essay on the onto-theology of militancy, the reduction of the subjection into action has an important point of inflection in the Jesuitical practice. 

So, what would happen if we read Gramsci when he claims that he prefers a politician that “knows everything” and that is the most “knowledgeable” not as a Machiavellian strategy, but rather as a Jesuitical exercise? Leaving aside the paradoxical instrumentalization of Machiavelli’s political lesson (paradoxical because if political virtue is about keeping the arcana of power at a distance, then why reveal it?), one could very well say that Jesuitism is not just about the management of contingent events, but rather about the administration of habits and practices of the subject in order to reduce any interference of the event. Jesuitism, then, is an instrument to block and reduce all exterior turbulence vis-à-vis the very capture of the heteronomic intrusion. This capture accomplishes two things at once: from the outside it initiates a process of controlling the irruption of heterogeneity; from the inside, it is a technique of subjective militant discipline. It seems to me that Gramsci was not unaware of this theological apparatus when, in the third notebook, he writes the following: 

“New orders which have grown up since then have very little religious significance but a great “disciplinary” significance for the mass of the faithful. They are, or have become, ramifications and tentacles of the Society of Jesus, instruments of “resistance” to preserve political positions that have been gained, not forces of renovation and development. Catholicism has become “Jesuitism”. Modernism has not created “religious orders”, but a political party – Christian Democracy”.  (332)

Now we are in a better position to state that Gramsci’s political theology is compartmentalized in the specificity of Jesuitism. Indeed, he himself reads the transformation of the Church into Jesuitical practice of resistance as parallel to the bourgeois Christian democratic party formation. Does not Gramscianism amount to the same, that is, a combination of party formation and disciplinary militant form? Indeed, Jesuitical practice contains the production of form. Here we see the dimension of Gramsci’s anti-populism, since the main strategy is not to “construct a people”, but rather to build an army of militant community of believers. Any study of Gramscian political theology has to begin by displacing the veneer of political Machiavellism to the concrete practices propelled by theological Jesuitism.

Thus, the gestalt of the “new priest” is profoundly Jesuitical. As Walter Benjamin noted in the fragment “Zu Ignatius von Loyola” (1920), the practice of “consciousness transformation” becomes the way to submit to the spiritual authority. This mechanic domestication of habits becomes the sacrament that regulates the interior life of the militant. A question emerges from all of this: is there a counter-figure to sacramental militancy? 

Posthegemonía, o por una retracción de los principios de la civilización. por Gerardo Muñoz

Cuando decimos que la política ha entrado en una fase de agotamiento terminal estamos diciendo dos cosas distintas. En primer lugar, que la fase de agotamiento intensifica la acumulación histórica de la estratificación de los conceptos. El trabajo del pensar se convierte en mecánica de lo defectuoso. Lo defectuoso = lo que siempre se puede enmendar infinitamente como se enmiendan las piezas de un automóvil. La crisis de imaginación genera la percepción de que toda la tradición está disponible, a distancia de la mano, a la espera de una aplicación especializada. De la misma manera que la tiranía de los valores extrae sus frutos de cada superficie del planeta; el historicismo extrae conceptos a cambio de dejar más o menos todo igual. En segundo lugar, el agotamiento aparece también en el momento en el que se empiezan a enarbolar nuevos principios civilizatorios; como si después de los escombros de la destrucción pudiera aparecer un deus ex machina que garantice la salvación con un llamado en nombre del mundo de la vida. Dos vectores organizan este impasse: una tradición que no sabe distinguir entre forma y eficacia; y una voluntad de poder que se apresura a “fundar” aquello que atenta contra todos.

En la primera instancia tenemos una operación eminentemente apolítica y técnica; en la segunda, nos enfrentamos a una operación absoluta en virtud de una nueva fundación del orden. Lo político vuelve a ser lo impensado. Por eso, un pensamiento político que busque generar efectos en lo real ya no puede asumirse como una estructura crítica sino como salida de los principios civilizatorios. Hoy vemos emerger con nitidez dos de estos principios. No hay dudas que en el próximo futuro se erijan otros. La fragmentación llama a los arcanos. Y aunque ya no podamos hablar de derecha e izquierda, lo cierto es que cada uno de ellos son intentos por rediseñar los viejos cuadrantes de la modernidad política. Reparemos ahora en ellos. 

1. Hegemonía. Ya en el gesto articulatorio de Laclau & Mouffe se presumía de la recomposición de la fragmentación de la izquierda, y por eso fue consistente que su gesto remitiera a las traducciones políticas que el propio Antonio Gramsci había experimentado en la Italia del post-Risorgimento. Pocas cosas traen tanto terror a la izquierda como la fragmentación o la anarquía del mundo. La hegemonía no tolera una desviación ni un relieve. Pero una vez que la maquinación de la articulación equivalencial cesa de dar frutos, gira hacia un mecanismo de compensación del déficit de legitimidad. Ahora se trata de ubicar un principio civilizatorio. Las recetas para erigir el principio difieren, pero tienen el mismo objetivo: desplegar una civilización productiva de nuevo orden. Seré preciso: productora de orden. Tomemos tres de las recetas disponibles: legitimidad (Mouffe), estado integral (Thomas), pedagogía de la revolución pasiva (Mazzolini). En otras palabras, las entradas para asegurar el principio civilizatorio apelan a la misma triada modernista de estado, movimiento, pueblo. Esto hoy lleva de nombre populismo o republicanismo. Pero justo es esta la triada la que ha entrado en crisis, y la que ya no puede suturarse con el adhesivo de la hegemonía. Si nuestro presente se encuentra atravesado por una crisis de la legitimidad, esto significa que el diseño de un nuevo principio de hegemonía solo puede ser compensatorio, y por extensión, siempre co-sustantivo de la ilegitimidad que gobierna sobre su curso. En efecto, Hamlet no puede devenir un “rex gubernat” desde el magnicidio de su tío, y esto es, en efecto, la situación que explica su parálisis [1]. Por eso es hoy solo podemos hablar de “hegemonías fragmentadas”. 

2. Bien-común. Desde la jurisprudencia el malestar ante la crisis de liberalismo ha llevado a la defensa de un nuevo “constitucionalismo del bien-común”, cuyo compromiso central ya no es el textualismo (originalismo) de los precedentes jurídicos y el estado de derecho de las libertades individuales, sino un compromiso con un principio moral transcendente que entiende el conflicto como instancia teológica imperial [2]. De la misma manera que la hegemonía, el constitucionalismo del bien-común aglutina los pedazos de la desintegración moral de la metrópolis liberal. Por eso, su estrategia dworkiana es similar a la de Marx con Hegel: poner de cabeza el registro de la inmanencia de la distribución pluralista de la moral para así dotar de sustancia moral a un nuevo principio vertical[3]. Estructura romana. No se busca una mera “conquista del estado” como en la hegemonización de la política, sino la inoculación desde el aparato administrativo y sus funciones de delegación. Como me dijo el propio Adrian Vermeule en un reciente evento sobre “iliberalismo”: el constitucionalismo del bien-común es un “nuevo principio civilizatorio” al interior de diseño existente del derecho norteamericano. Pero este nuevo principio civilizatorio del derecho necesita de un suplemento extrajurídico: un fundamento moral que combata la teología apofática del Liberalismo. El problema es que el goetheano Nihil contra deum, nisi deus ipse resiste a la instrumentalización, ya que su naturaleza es mítica. Aquí vemos que ambas estrategias civilizatorias buscan formalizar el  afuera de sí: en el caso el caso de la hegemonía se persigue la compensación de un principio de legitimidad; en el caso del derecho, la legitimidad solo es posible como compromiso moral ingénito. Podemos decir, entonces, que los nuevos principios civilizatorios que buscan la renovación del presente se nutren de una tecnificación de la moral cuya finalidad es la producción de orden. La política ha quedado evacuada, mientras que la civilización aparece como el vórtice que administra el mundo desde la moral o la pedagogía hegemónica. 

Podemos definir la posthegemonía como el rechazo de estas dos apuestas de organización civilizatoria que buscan erradicar el vacío tras el fin de la legitimidad. Ese vacío es justo lo que debe ser desprogramado continuamente, porque el vacío es la distancia irreductible con el mundo, esto es, el quiasmo entre forma y acontecimiento. En realidad, la hegemonía y el bien-común formalizan absolutamente el mundo, pues buscan volverlo objeto, ya sea en función de demandas “equivalentes” (plano inmanente) o en función de una moral superior (plano trascendente). Pero estar en el mundo, como se ha dicho recientemente: “…es siempre una presa huidiza, una presa que a nadie le está dado no perseguir. El mundo es potencia y horizonte. Es una realidad fantasmática: no se lo puede identificar, objetivar, nos se reducirá a ninguna cosa” [4]. Y este es siempre el fracaso de toda civilización. La posthegemonía se resiste a proponer un fundamento civilizatorio en la medida en que la civilización es el dispositivo por el cual se intenta objetivar el mundo a la producción, haciendo del destino un asunto entregado a la operaciones de la política como gestión.

Desde luego, hablar de producción no implica una economía política de las cosas; sino, más bien, la manera en que las cosas y la existencia se anudan en virtud de la administración de un “mal menor”. A la expansión de creencias, la época le opone la legislación de la mala fe (la devastación de los dioses de los otros). Por lo que la posthegemonía, fuera de la sedimentación civilizatoria apuesta por la optimización del conflicto que yace entre la forma y los acontecimientos de lo real. De ahí que moralizar (bien-común) o centralizar (hegemonía) la distancia irreductible es siempre una forma de mal mayor y una forma defectuosa de la política. Posthegemonía quiere nombrar la latencia de la guerra civil al interior de la forma social, desde donde se pueden confabular legítimamente el mundo de las formas. De la misma manera que el mundo no puede ser encarcelado en una forma; la turbulencia de la política no puede se reducida a la mediación hegemónica.  

Decía Carlo Diano al final de un ensayo decisivo que hay civilizaciones en donde la forma prevalece al evento y otras en donde el evento prevalece a la forma” [5]. De alguna manera la crisis epocal de la política a la que aludíamos al comienzo puede ser descifrada como una colisión entre evento y forma, y por lo tanto del principio orgánico de civilización. Pero la génesis de la irreductibilidad entre forma y evento es la zona que no puede ser traducida a la moral o a la subjetividad equivalente. En este sentido, posthegemonía es un paso atrás a las ansiedades del principio civilizatorio, haciéndose eco de la intuición de Jacob Buckhardt, quien sabía que ninguna civilización tiene como necesidad la organización moral o económica [6]. Aquí se abre el problema de la reconstitución de los hábitos. Si decimos que favorecemos la turbulencia del conflicto en lo real es porque concordamos que el “desafío de nuestro tiempo es el de dar a esta visión “fuera de la producción” una formulación política”. Mirar afuera de la ventana.

Posthegemonía es la política de lo real en la medida en que atiende al desbordamiento de las formas de las cosas. En este sentido, posthegemonía busca generar efectos políticos concretos, porque sabe que la disolución de la política (incluso como archipolítica) es un método profiláctico que terminar por auxiliar a la maximización de los principios civilizatorios [7]. O al menos dejarlos intactos. De momento la posthegemonía – pero también el constitucionalismo del bien-común – comparten una postura marginal ante los guardianes del inmovilismo, pero somos consciente de que eso puede cambiar en cualquier momento. No se trata de un cambio hermenéutico de comprensión, sino de la capacidad de establecer una nueva geometría analítica en torno a la experiencia con el mundo. Hay que volver al “square one” que siempre produce tantas confusiones: localizar dónde está la esencia del poder. Aquí solo podemos anotar un mínimo de cinco substituciones posthegemónicas que afectan a la política:

a) Substituir las categorías normativas de la legitimidad y del contrato social por una física del conflicto (violencia primaria contra depredación). En este nuevo diseño, la guerra civil tiene obtiene primacía por encima de la formalización de la producción del orden social.  

b) Sustituir la categoría del ciudadano, hoy caída a la antropología del valor y a la jerarquización arbitraria de identificación, por la singularidad irreductible de lo inequivalente. Sólo desde aquí puede emerger otra forma desde la cual podemos entender el sentido de la “libertad”. 

c) Substituir la forma moderna de separación de poderes por la optimización de la contingencia de los acontecimientos. En el plano de lo infinito, las formas aparecen como secundarias, aunque necesarias. En el plano de lo finito, el acontecimiento tiene el recorte del encuentro. Dar con límites reemplaza la división del poder público. 

d) Substituir la categoría de movimiento por la de ritmo o estilo. Mientras que el movimiento siempre fue el combustible de la conducción proyectual (la tecno-política de los fines); el ritmo es la intromisión de lo invisible en lo visible, de lo informe en la forma, de la deserción en el adentro, del encuentro en la temporalidad.

e) Substituir la “crítica” – de la economía política, de la razón, del derecho, de lo sociedad civil – por una nueva geometría de la destitución de los dispositivos del poder y de los principios civilizatorios. Posthegemonía es un elemento de politización; otro ingrediente en el curso de la descivilización.  

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Notas 

1. Escribe Reiner Schürmann en Broken Hegemonies (2003): “How could Parmenides, as the thinker of the first normative system, not seek to establish which is the legitimate regime, the democratic or the oligarchic one? One good reason it seems to me is that, with regard to the norm that is the one, these contraries are held together. Similarly, it is for good reason that Hamlet, the hero par excellence whose tragic knowledge paralyzes action, hesitates to become the dispenser of justice toward the illegitimate king.” 642. 

2. Adrian Vermeule. “All Human Conflict Is Ultimately Theological,” Church Life Journal, July 2019: https://churchlifejournal.nd.edu/articles/all-human-conflict-is-ultimately-theological/

3. Adrian Vermeule. “Beyond Originalism”, The Atlantic, March 2020: https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2020/03/common-good-constitutionalism/609037/

4. Lundi Matin.  « Éléments de décivilisation », Lundi Matin, March 2019: https://lundi.am/ELEMENTS-DE-DECIVILISATION

5. Carlo Diano. Forma y evento: principios para una interpretación del mundo griego (Machado Libros, 2000).

6. Robert Klein. “Buckhardt’s Civilization of the Renaissance Today”, en Form and Meaning: Essays on the Renaissance and Modern Art (1979), 25-42.

7. Alberto Moreiras. “An Invitation to Social Death: Afropessimism and Posthegemony, Archipolitics and Infrapolitics.”, Tillfällighetsskrivande, August 2020. 

*Imagen: Yves Klein. “Monogold Sans Titre” (1952).

Afropessimism and infrapolitical friendship. by Gerardo Muñoz

Ángel Octavio Álvarez and I had the wonderful opportunity to have a brief exchange with Frank Wilderson III on Afropessimism (2020) for the weekly radial program Dublineses in Mexico. I am grateful to Wilderson for his time and generosity, since I am aware of his many speaking obligations around the book these past months. Because of time restrictions, both Angel and I did not get to ask Wilderson many questions. In my case, I felt that my last question did not come through in a clear away. In this note, I want to make an attempt to better articulate it here, not just for the sake clarification, but because I think it pushes the discussion forward; at least one of the possible paths of the discussion that Afropessimism elicits. At the end of my review, I asked whether it was possible for Black existence to imagine itself as a figure of friendship with the inhuman. I want to think of friendship as a “positive outside” of solidarity, which is a target in the book, in particular as it emerges in very concrete institutional contexts, such as the university and communitarian self-examination.  

I agree with Wilderson that solidarity is always tendentially an apparatus that regulates “intra-communal narrative acts of transformation” (102). But to be committed to the narrative acts means that one is already subjected to its force, which essentially feeds off social death of black existence. In other words, solidary is the apparatus through which certain hylomorphic cohesion of the “Human” is organized and rendered legible. Essentially, this means that the transformative change always takes place at the level of the human (“a new man”, the ideal of Guevarism in the revolutionary imagination of the New Left) in virtue of disposing the inhuman. Humanity is essentially the somnambulism of the inhuman, as it cannot be otherwise. 

         There is production of Humanity through the different exercises of identification and demand – which ultimately entails the equivalence of singular sufferings – but there is also the side of the inhuman and social death in the world. Of course, the ultrapolitical question has been dominated by the metaphysical niceties of leninist reason: ‘what is to be done?’. But as Wilderson himself admits in the chapter on Stella (55-147), the ‘destructive act’ against the world that sustains social death is psychically unenabling and impossible (103). I take it that one of the things that Wilderson is pointing out here is that there is no “exodus” from the constraints of nihilism through sacrificial investment, nor by simple inversion of violence for the ends of liberation. There is also no exit through a narrative of redemption, or for that matter, any practice of narrativization of social death, which already amounts to the domestication in the other’s phantasmatic economy. 

But it is precisely here where the question of friendship emerges; since friendship is irreducible to alliance or subjective solidarity. Friendship is the sharing in thought that is always constitutive of the outside of the sayable. This is how Mascolo defines friendship: a sharing of thought that is suspicious of thinking as a mere “foam of things” [1]. Thought is the event of this encounter for which we are never prepared for. Assuming the unconditional function of thought frees a tonality of innocence that emerges without the compensatory excesses of original sin and guilt. Assuming one can traverse the theological apparatuses of the Christian tradition in his way – for which there is much archeological work to be done – could not one say that friendship is, in every case, the errancy of the afropessimist tonality? In other words, friendship is committed to the sacredness of the inhuman that in its proximity, it delimits an experience that is irreducible to normative ethics or political causes. 

Infrapolitical friendship has no demands and retracts from a “politics of care” (the intramural pole of global solidarity); rather, its inclination is contingent upon the unscripted cartography that provides life with a sense of destiny. This a joy in an inhospitable world. What friendship (philos) finds is also alien to the genus of the Human. Every friendship dwell in the unnarratable fabric of experience. It seems to me that this is one of the gestures of Afropessimism, which resists narrative from experience without exemplum. It is most definitely what emerges in the story about Stella.

Unlike love that demands amalgamating and redemptive competences, friendship is the hard look unto a broken world in which the existence of paradise (outside the apparatus of Human nature) is its aftertaste. This is not merely remembrance, but the passage from metatheory to the event of thought. But this is, after all, only a mere question for Wilderson.

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Notes 

1. Dionys Mascolo. “L’amitié du non”, Lignes, 1990.

Democracia y destitución. por Rodrigo Karmy

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Una cierta tradición de la filosofía política entiende la democracia como un “régimen” (o una “forma”, si se quiere) de igualdad. Aristóteles la concebía peligrosa porque era el movimiento de los pobres; Kant la asimilaba al despotismo (al igual que la monarquía) en la medida que carecía de división de poderes. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, “democracia” fue el nombre del capitalismo liberal y desde entonces, quedó prendida por su episteme: ofrecía igualdad formal y soberanía popular. Así, “democracia” fue identificada a un régimen de representación: un individuo, un voto. Pero hay otra tradición, clandestina a la anterior, que encuentra su suerte en la deriva averroísta que cristaliza en Spinoza y se remece en Marx: “democracia” no sería el nombre de un régimen, sino del devenir común de todas las cosas.

En este sentido, “democracia” designa un punto de fuga a todo régimen, un “afuera” a la interioridad de la forma política prevalente. Por eso, antes que un “régimen” o un “principio de gobierno” (como piensa el liberalismo), “democracia” será una “potencia”. Para el Marx posterior a la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, no se trata más de “democracia” sino de “comunismo”. El giro de Marx, en este sentido, es importante: la revolución proletaria no puede seguir llamándose “democracia”, sino “comunismo” porque designa un lugar sin lugar, una fuerza intempestiva que transforma enteramente al régimen burgués que define a la democracia. Y, como sabemos, para Marx “comunismo” no es un ideal, sino el “movimiento mismo de la realidad” que, si bien nace de la devastación que el capital deja a su paso, habita dentro y fuera, en un lugar que no tiene lugar formal y que carece de una posición cartográficamente definida, desobrando una y otra vez, la violencia del capital. 

Justamente, como despojo de la historia, el comunismo se ubica en una posición excedentaria respecto a la del soberano que, a propósito de su capacidad de excepción, está dentro y fuera del orden jurídico. Pero, el “afuera” soberano es un “dentro”, en la medida que funda o conserva un nuevo orden, en cambio el “afuera” comunista sería un lugar radical, imposible de ser introducido en el tranquilo espacio de la ciudad. A diferencia de la soberanía por la que todas las cosas devienen propiedad, comunismo designa el devenir común de todas las cosas, pues justamente hace saltar en pedazos el orden de la propiedad prevalente situándose como el punto de fuga de la misma topología soberana. En este sentido, “comunismo” en los términos de Marx, debe ser entendido bajo el registro de una potencia destituyente que, a diferencia de la soberanía que sutura a la vida bajo la sombra de la institucionalidad, ella suspende toda sutura y comienza un nuevo tiempo histórico en el que toda forma es excedida por la ritmicidad de lo viviente.  

En cuanto “régimen” (forma política) la democracia crea un interior, cohesiona una comunidad política sobre sí misma y la subsume al principio soberano que ordena su institucionalidad. Si bien, es cierto que, según Wendy Brown, el principio igualitario de la democracia jamás ha sido realizado y, por tanto, constituye el horizonte de su promesa, es clave, sin embargo, reflexionar sobre dos cosas: que la democracia es un régimen en falta, una forma imperfecta, pero que apunta a perfeccionarla que, a partir de la idea de progreso, intenta por todos los medios constituirse en “obra”. Las formas de vida devienen irreductibles, son esa “falta” por la que no solo la democracia, sino todo régimen no puede cerrarse sobre sí mismo completamente. No hay dialéctica, en el sentido de interiorizar, por medio de una superación, el “afuera” en un “dentro”, sino guerra civil en que la multiplicidad de formas de vida desactiva la operación del orden, el trabajo de sus máquinas.   

                                                        II

Cuando Pinochet fue derrotado en las urnas gracias al plebiscito de 1988 triunfó, sin embargo, en la institucionalidad gracias a su Constitución. En este sentido, Jaime Guzmán –ideólogo tanto de la dictadura como de la transición – espiritualizó al cuerpo físico de Pinochet en el cuerpo institucional de su Constitución: Guzmán fue el operador que transmutó al cuerpo del otrora dictador en el cuerpo civil. Sin embargo, el “guzmanismo” como espíritu pinochetista, pervivió en los vencedores de 1988: al triunfar en las urnas decidieron neutralizar, sino aplastar, a los múltiples movimientos populares que se habían alzado contra la dictadura en los años 80 dejando a la transición desprovista de cualquier potencia destituyente y, como diría Marchant, completamente paralizada. Una democracia que no puede hacer la experiencia del fuera de sí termina como el peor de los poderes. Así, el aplastamiento de esa posible experiencia fue al precio de mantener la episteme transicional como el conjunto de mecanismos que articulaban negociaciones cupulares durante y después de la dictadura y, con ello, la progresiva institucionalización del Pacto Oligárquico de 1980. 

Al suturar su posibilidad, la episteme transicional transformó a la democracia en el devenir propiedad de todas las cosas: el iceberg que Chile llevó a la “expo Sevilla 1992” expone el congelamiento de las fuerzas de la misma episteme transicional en que la racionalidad neoliberal se transforma en el verdadero dispositivo político destinado a conjurar la posibilidad del “afuera”: si la forma política clásicamente soberana ejercía su dominio centrípetamente, la forma política neoliberal comenzaba a hacerlo centrífugamente. La primera se conservaba en el nuevo régimen de inteligibilidad de la segunda, donde las lógicas “hacia el interior” y “hacia el exterior” se combinan para neutralizar a esa potencia: como ha mostrado Renato Cristi, la máquina guzmaniana que estructura al carácter subsidiario del Estado de Chile combina autoridad y libertad, soberanía y gobierno en una misma forma política. Con ello, se asegura el continuum fuera-dentro (soberanía) y dentro-fuera (gobierno) neutralizando una y otra vez, cualquier interrupción a su propio funcionamiento. 

No obstante, en sus diversas irrupciones (2006, 2011, 2018, 2019) la potencia destituyente cortó el continuum y abrió un ritmo que condujo a la máquina guzmaniana a su ruina. Como si fuera un canto de sirena en los oídos de Ulises, la potencia destituyente sacó a la forma política de sí misma, arrebató su cartografía y la lanzó completamente fuera de sí. La gramática de 1988 sucumbió, aunque sus dispositivos aún permanezcan, y el período glacial de la transición fue arrasado por la barricada como simbología de la nueva época histórica; el recato monacal de la transitología mutó en la fiesta de una revuelta, el frío y desolador iceberg en una calurosa multitud.  

                                                        III

La democracia sin potencia destituyente se convierte solo en un nombre más del poder. Sobre todo, si, tal como pensó Hayek, la democracia como “régimen” deviene extirpada de la soberanía popular para presentarse solo de forma procedimental: una democracia en que todos votan, pero nadie delibera. 

Cuando desde 2006 los pingüinos –estudiantes secundarios que condensan el fragor de la lucha de clases- vuelven a asolar popularmente la democracia, entonces la potencia destituyente se reactiva. Una interrupción asalta al presente y los espacios conocidos, las rutinas celebradas y los pastoreos glorificados se ponen cada vez más en cuestión. La ilusión concertacionista fue haber creído que bastaba cambiar una camarilla por otra (la “Junta Militar” por “Imaginacción”) cuestión que abortó la democratización del país que pasaba, esencialmente, por abrir al régimen fuera de sí. 

En cambio, la potencia destituyente revoca toda ilusión y expone que no hay un sujeto supuesto saber detrás del orden, sino que ese orden no es otra cosa que la ilusión misma del orden. La potencia destituyente lanza fuera de sí a dicho orden y le expone en su desnudez. Solo así, la destitución posibilita el abrazo entre potencia y cuerpo, vida e imagen, el ethos de una vida activa que abre a un nuevo comienzo. En sus diferentes momentos de irrupción, la potencia destituyente activó el deseo de democratización de la sociedad chilena. La destitución de la democracia trajo consigo la democracia de la destitución: la experiencia destituyente será el momento en que una forma se sustrae al carácter soberano que articula la democracia como “régimen” y abraza la medialidad de una vida activa. 

Porque si la soberanía exige a la obediencia del trabajo capitalista, el fuera de sí de la destitución nos arroja a hacer nada, el comunismo en su fuerza desobrante. En este sentido, una democracia sin destitución termina indistinguible de ese fascismo del que hablaba Pier Paolo Pasolini: este ha sido el periplo mortal del Chile neoliberal como “forma elemental” del capitalismo global. 

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*Imagen: fotografía de una pared durante el octubre chileno de 2019, del archivo de Gonzalo Díaz Letelier.

La fiesta errante. por Diego Valeriano

[Nos consterna el crepúsculo hacia el cual pareciera entrar la fiesta. Por eso le preguntamos a Diego Valeriano sobre el destino de la fiesta en el actual momento del confinamiento. A lo largo de estos años, en una serie de controvertidas hipótesis y prosas menores, Valeriano ha insistido que la vuelta a casa es siempre un principio de conservación, y un dispositivo de la domesticación de la especie. Valeriano generosamente ha atendido a nuestra preocupación y nos ha enviado este lúcido texto para compartir con nuestros lectores.]

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Las ganas de andar, las ganas de salir, extraviarse, vagar, perder el tiempo. Las ganas de vagabundear sin tanta app vigilante, sin decir que estas haciendo en la calle, sin ser un código QR que sabe cosas de vos. Eso que era andar sin que nadie señale con el dedo, juntarse en la esquina, sacar los parlantes a la vereda, volver a cualquier hora. Hacer la previa, llamar al transa, perderse en bicicleta porque la anfeta de la pepa no nos deja quedarnos en casa. La fiesta, todo lo que implica, un estado de ánimo, nuestro estado ánimo. Todo lo que se arma. Vagar, ir al kiosko a comprar unos pares de cervezas, llamar al transa, meterse en los pasillos en busca de locura. 

Comerse un garrón tremendo, escuchar giladas, combatir el miedo que inyectan políticos, panelistas, científicas y policías. No poder hacer unos pesos de tan vigilante que está todo. Sentirse re zarpado por ese miedo tan del centro, tan de formas de vida aburridas, responsables, pensantes. Tan de opinión en redes, de gente cómoda, de gorda salud dominante. Saber que sin trenes, ni bondis el mundo se achica, las posibilidades se encogen, todo se reduce a cerca, poco, nada. Caminar por el borde de la ruta hasta poner en riesgo la propia vida, caminar porque está en riesgo la propia fiesta, el amor, el deseo, la locura, la vida.

Volver a llamar al transa porque esta careta genera una locura peor que cualquier otra locura. Morir un viernes, resucitar el domingo al mediodía. Arrancar el martes a la tardecita de nuevo. Pelear por la fiesta, por arrancar, por estar en una. Saber que fiesta es vagar, encontrarse, pelear, caminar, esquivar los controles, descartar, tomar aire, especialmente tomar aire. No hacer caso, apurar el paso cuando vienen los vigilantes, hacer fiesta, hacer mundo, reírte de lo tristemente humano que se volvió todo. 

*Imagen: fotografía de Fuerte Apache, en las afueras de Bs As, por Natacha Pisarenko, April de 2020.