Nietzsche sobre el Renacimiento. por Gerardo Muñoz

En estos días publico un breve ensayo titulado “Una defensa de Europa” en el que vinculo la noción de uomini singulari renacentista que tanto admiraba Nietzsche. En realidad, Nietzsche la habría tomado de Jacob Burckhardt, el gran historiador suizo, quien sobre la década de los 1870s él consideraba como una de las figuras más cercanas a su sensibilidad, junto al poeta Gottfried Keller y al teólogo Franz Overbeck. Para Buckhardt el ethos del uomo singolare renacentista estaba ligado a una individualidad fuerte y áspera, un tanto despótica, pero delegativa en su cercanía al poder, pues se vinculaba a “secretos, ministros, poetas o acompañantes” en los pasillos del poder [1]. Eran figuras virtuosas, cuyo emblema central era sin lugar a duda el realismo político maquiavélico.

Pero lo interesante es el “uso” que Nietzsche le dio a los uomi singulari más allá del espesor político virtuoso. De nada sirve hoy restituir la figura del uomo singolare renacentista como voluntad de poder o astucia del realismo político. Ciertamente, el mismo Nietzsche hacia finales de los 1880s todavía le asignaba un lugar al Renacimiento como una época destructiva, contra-valórica de las premisas del cristianismo, y de autoafirmación vital. De ahí su insatisfacción con la “cultura alemana”. Por ejemplo, esto le escribía Nietzsche a Georg Brandes en una carta de 1888:

“Los alemanes por ejemplo fueron robados del último gran periodo de la Historia, el Renacimiento – en un momento en el que los valores cristianos fueron derrotados, esto es, cuando los instintos fueron superados por contrainstintos – instintos vitales. Atacar la Iglesia supuso la restauración del cristianismo (Cesare Borgia como Papa – esto pudiera haber sido el propósito final del Renacimiento como símbolo real)” [2]. 

Es un pasaje que condensa la mirada de Nietzsche sobre el Renacimiento. Por un lado, la lucha propiamente política de los condottiere contra la centralización de Roma solo consiguió consolidar aún más el poder de la Iglesia; por otro, Borgia como figura de la voluntad de poder aparece como vicario de un trono secularizado. Ahora bien, si por “instinto vital” entendemos una finalidad de Borgia como secularización del poder papal, entonces el símbolo central del Renacimiento es sin lugar a duda catastrófico e insalvable. Es una continuación de un poder total y de una técnica (lo mismo pensaba Schmitt sobre Maquiavelo). Esta pulsión de uomini singulari representa un “mal vitalismo”, en la medida en que no logra escapar los valores de la dominación cristiana. Esto el mismo Nietzsche pareciera aceptarlo, aunque no sin algo de ambigüedad en la carta a Brandes.

Sin embargo, si hemos de creer a Paolo D’Iorio en su libro Nietzsche’s Journey to Sorrento (2016), la mirada del filósofo se altera radicalmente en Sorrento hacia una experiencia relativa a la vida, por fuera de la historia y del heroísmo de la “obra de arte total” wagneriana. En Sorrento Nietzsche descubre el paisaje mientras lee a Burckhardt, pero también logra adeucar la noción de los uomini singulari a una forma de vida del pensamiento cuyo “refinado heroísmo” es expresiva, puesto que supera y retrocede de las posibilidades culturales de una época. Contra y fuera de la cultura, supone retraerse de la geopolítica intraimperial. El refinado heroísmo de los uomini singulari ya no le interesaría “negar” los valores del poder cristiano, sino habilitar la contaminación fluvial de un paganismo sensible. Este paganismo mistérico es también otra de las signaturas del Renacimiento, a pesar de que aparezca velada de la estrategia renacentista de Nietzsche durante los años posteriores a la morada de Sorrento.

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Notas 

1. Lesley Chamberlain. Nietzsche in Turin (Picador, 1996), 42.

2. Friedrich Nietzsche. Selected Letters of Friedrich Nietzsche (Hackett, 1996), 327.

La fiesta errante. por Diego Valeriano

[Nos consterna el crepúsculo hacia el cual pareciera entrar la fiesta. Por eso le preguntamos a Diego Valeriano sobre el destino de la fiesta en el actual momento del confinamiento. A lo largo de estos años, en una serie de controvertidas hipótesis y prosas menores, Valeriano ha insistido que la vuelta a casa es siempre un principio de conservación, y un dispositivo de la domesticación de la especie. Valeriano generosamente ha atendido a nuestra preocupación y nos ha enviado este lúcido texto para compartir con nuestros lectores.]

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Las ganas de andar, las ganas de salir, extraviarse, vagar, perder el tiempo. Las ganas de vagabundear sin tanta app vigilante, sin decir que estas haciendo en la calle, sin ser un código QR que sabe cosas de vos. Eso que era andar sin que nadie señale con el dedo, juntarse en la esquina, sacar los parlantes a la vereda, volver a cualquier hora. Hacer la previa, llamar al transa, perderse en bicicleta porque la anfeta de la pepa no nos deja quedarnos en casa. La fiesta, todo lo que implica, un estado de ánimo, nuestro estado ánimo. Todo lo que se arma. Vagar, ir al kiosko a comprar unos pares de cervezas, llamar al transa, meterse en los pasillos en busca de locura. 

Comerse un garrón tremendo, escuchar giladas, combatir el miedo que inyectan políticos, panelistas, científicas y policías. No poder hacer unos pesos de tan vigilante que está todo. Sentirse re zarpado por ese miedo tan del centro, tan de formas de vida aburridas, responsables, pensantes. Tan de opinión en redes, de gente cómoda, de gorda salud dominante. Saber que sin trenes, ni bondis el mundo se achica, las posibilidades se encogen, todo se reduce a cerca, poco, nada. Caminar por el borde de la ruta hasta poner en riesgo la propia vida, caminar porque está en riesgo la propia fiesta, el amor, el deseo, la locura, la vida.

Volver a llamar al transa porque esta careta genera una locura peor que cualquier otra locura. Morir un viernes, resucitar el domingo al mediodía. Arrancar el martes a la tardecita de nuevo. Pelear por la fiesta, por arrancar, por estar en una. Saber que fiesta es vagar, encontrarse, pelear, caminar, esquivar los controles, descartar, tomar aire, especialmente tomar aire. No hacer caso, apurar el paso cuando vienen los vigilantes, hacer fiesta, hacer mundo, reírte de lo tristemente humano que se volvió todo. 

*Imagen: fotografía de Fuerte Apache, en las afueras de Bs As, por Natacha Pisarenko, April de 2020.