On Jesuit militancy: Notes on Gramsci’s Prison Notebooks (IV). by Gerardo Muñoz

As I continue the systematic reading of Antonio Gramsci’s Prison Notebooks, one can finally provide substance to the thesis that gramscianism amounts to a sort of new priesthood of the political. The question here is about the specific substance and form of the theological. Most definitely, Gramsci is pursuing a strong theological position that is not reducible to monasticism, nor his he interested in subscribing a counter-modern Christian ethos against the modern “gentleman”. In this sense, Gramsci is a modernist tout court. Now, it seems to me that underneath the secularization of his political subjectivation is Jesuitism. This makes sense for at least two reasons. First, Jesuitism is a modern attempt of deification in this world through discipline. But, secondly, and perhaps more importantly, Jesuitism is a practice that serves to expand the energy of political militancy. As Alberto Moreiras suggested a while ago in an essay on the onto-theology of militancy, the reduction of the subjection into action has an important point of inflection in the Jesuitical practice. 

So, what would happen if we read Gramsci when he claims that he prefers a politician that “knows everything” and that is the most “knowledgeable” not as a Machiavellian strategy, but rather as a Jesuitical exercise? Leaving aside the paradoxical instrumentalization of Machiavelli’s political lesson (paradoxical because if political virtue is about keeping the arcana of power at a distance, then why reveal it?), one could very well say that Jesuitism is not just about the management of contingent events, but rather about the administration of habits and practices of the subject in order to reduce any interference of the event. Jesuitism, then, is an instrument to block and reduce all exterior turbulence vis-à-vis the very capture of the heteronomic intrusion. This capture accomplishes two things at once: from the outside it initiates a process of controlling the irruption of heterogeneity; from the inside, it is a technique of subjective militant discipline. It seems to me that Gramsci was not unaware of this theological apparatus when, in the third notebook, he writes the following: 

“New orders which have grown up since then have very little religious significance but a great “disciplinary” significance for the mass of the faithful. They are, or have become, ramifications and tentacles of the Society of Jesus, instruments of “resistance” to preserve political positions that have been gained, not forces of renovation and development. Catholicism has become “Jesuitism”. Modernism has not created “religious orders”, but a political party – Christian Democracy”.  (332)

Now we are in a better position to state that Gramsci’s political theology is compartmentalized in the specificity of Jesuitism. Indeed, he himself reads the transformation of the Church into Jesuitical practice of resistance as parallel to the bourgeois Christian democratic party formation. Does not Gramscianism amount to the same, that is, a combination of party formation and disciplinary militant form? Indeed, Jesuitical practice contains the production of form. Here we see the dimension of Gramsci’s anti-populism, since the main strategy is not to “construct a people”, but rather to build an army of militant community of believers. Any study of Gramscian political theology has to begin by displacing the veneer of political Machiavellism to the concrete practices propelled by theological Jesuitism.

Thus, the gestalt of the “new priest” is profoundly Jesuitical. As Walter Benjamin noted in the fragment “Zu Ignatius von Loyola” (1920), the practice of “consciousness transformation” becomes the way to submit to the spiritual authority. This mechanic domestication of habits becomes the sacrament that regulates the interior life of the militant. A question emerges from all of this: is there a counter-figure to sacramental militancy? 

Sobre un artículo de Peter D. Thomas contra “posthegemonía”. por Gerardo Muñoz

El reciente artículo de Peter D. Thomas titulado “After (post)hegemony” (2020) termina con una conclusión muy triste, pero sintomática de lo que es la izquierda contemporánea con toda la carga de su impasse teórico. Escribe Thomas: “Posthegemony’s proposal to go beyond hegemony thus finally results in a return to precisely those political problems to which the emerge of hegemony in the Marxist tradition – as a concept and political practice – as designed as a response. The ultimate significance of this debate can therefore be comprehended in at least two sense, one textual and the other one political” (17). Es una conclusión lamentable en la medida en que incluso suponiendo que la “posthegemonía” indica una regresión a las condiciones previas a la teoría de la hegemonía elaborada por Antonio Gramsci, también se puede decir que el gesto filológico de Thomas no es otro que seguir empantanado en lo mismo. O sea, lo que Thomas propone al final no es otra cosa que una mera competencia de filologías.

Obviamente que no tengo porqué defender la teoría de la posthegemonía aquí – cosa que ya he elaborado en varios lugares y que desarrollo en el próximo ensayo La fisura posthegemónica (Doblea editores, 2020) – tan solo quiero indicar (algo ya tematizado por Alberto Moreiras) que la posthegemonía es otro estilo teórico de pensar la política en lugar de ofrecer una enmienda al concepto operativo de la hegemonía. No es para nada increíble que buena parte de la izquierda contemporánea (con raras excepciones), heredera de las esquirlas ideológicas de la modernidad, jamás haya podido hacer otra cosa que escarbar en los basureros de sus “archivos” con la triste misión de erigir un principio que les vuelva a oxigenar un horizonte de acción.

Nada nuevo. En realidad, incluso dentro de los debates de los 70 alguien como Giorgio Cesarano en un texto decisivo de 1975 escribía lo siguiente contra la insuficiencia de las aspiraciones gramscianas: “Frente a la totalización materializada que se opera en el dominio del capital, el momento teorético se ve obligado a representar la ausencia del sujeto revolucionario y de su violencia en la forma de un distanciamiento de la «totalidad», concebido como prefiguración «abstracta» (en positivo y en negativo) del comunismo que se realiza sin transición.” («Ciò che non si può tacere», Puzz, n. 20, 1975). En la medida en que no se busque pensar contra la abstracción epocal todo termina en juegos arcaicos desde la mediación del archivo, de los conceptos, de la tropología, de la “historia intelectual”, o de la Idea; toda una serie de variantes para evitar el pensamiento. De ahí que cuando escuchamos con reiterado énfasis que Gramsci es la “verdadera alternativa latinoamericana” al “marxismo realmente ortodoxo” porque se distancia del materialismo dialéctico o del socialismo nacionalista cubano esto es algo un poco más que risible. En el caso de Thomas, en una última acrobacia desesperada, la distancia la toma de Laclau & Mouffe con el fin de llegar a develarnos nada más y nada menos que la piedra filosofal del “estado integral” (revolución pasiva mediante) que nos garantizaría la salvación.

Pero sabemos que cualquier acto de circo en un parque de verano tiene más gracia y diversión. En realidad, todo esto atrasa (para el pensamiento), y como me decía un amigo recientemente, es un gesto que no debe ser entendido de otra manera que como el momento desnudo del leninismo: una forma de tomismo. El partido del Tomismo es el partido del orden, de la pedagogía (lo decía con lucidez Rodríguez Matos), del respeto sacerdotal al textualismo. Nunca como hoy el marxismo ha estado tan cerca de la deconstrucción académica y de lo que en la jurisprudencia norteamericana se llama el “originalismo”. Tal vez esto explica su éxito “programático” y litúrgico. De ahí que cuando en tiempos recientes hemos escuchado ciertas críticas a posthegemonía como formula “pre-leninista” en realidad están operando de la misma forma que el gramscianismo tomista. En otras palabras, el predecible gesto de siempre: neutralizar una intensidad de pensamiento y estilo para seguir bailando en la cuerda floja. Una cuerda floja que en un siglo no ha cesado de romperse. Pero claro, el hecho de que se rompa justifica el “providencialismo” de toda hegemonía.