Domingo de Chile. Intervención en “La revuelta de octubre y el ascenso del neopinochetismo”. por Gerardo Muñoz

Asomarse a la coyuntura chilena es seguir comprobando que Chile no cesa de ser algo así como un laboratorio de las gramáticas políticas y sus crisis. Basta con pensar en la secuencia: ascenso de la “vía chilena al socialismo”, golpe de estado y modelo económico ilimitado (Pinochetismo 1), transición y operación legal de la constitución subsidiaria (Guzmán-Pinochetismo 2), revuelta contrametropolitana del 18 de octubre, e instancia instituyente doblemente marcada por la transformación de la derecha (ahora en clave nacional-popular y antropológica) y la escena escritural de la constituyente. El laboratorio chileno abre una pregunta que queda como tarea para la época: ¿Qué significa hoy instituir? ¿Cómo pensar una lógica instituyente, dentro o más allá de los diseños del constitucionalismo contemporáneo? O más bien, ¿es ya lo instituyente, en su deriva constitucional, una puerta abierta para la metástasis del propio neoliberalismo en sus sucesivas pérdidas de “pelleja de reptil” en el seno de lo social” (tomo esto verbatim de Willy Thayer) [1]. En cualquier caso, el laboratorio chileno agita la pregunta por la diferenciación entre institución y constitucionalismo, en un nudo aporético tal y como en su momento fue el experimento entre dictadura y libre mercado vis-a-vis la racionalidad de Chicago.

De manera que este último experimento del laboratorio chileno se mide por encontrar una respuesta a la pregunta acechante: ¿Cómo dejar atrás las múltiples metamorfosis del pinochetismo que desde los abiertamente herederos del dictador (Guzmán mediante) hasta quienes lo traducen a crédito para derivar un mal menor (de Mayol a Boric) representan el hilo de una continuidad? Así, en un sentido estricto, no habría “neo-pinochetismo” sino una transversal o cuasi-transcendental que se expresa como paradigma flexible de la forma Hacienda, como ha argumentado Iván Torres Apablaza [2]. Desde luego, si el pinochetismo es una cuasi-transcendental, la signatura post-octubrista se mide contra este único enemigo en todas sus apariciones capilares. ¿Es posible darle frente? ¿Y cómo? ¿Puede el constitucionalismo gestionar una reinvención democrática, si el vórtice mismo de la unidad de pueblo ha sido liquidada por la propia sutura entre valor y racionalidad económica en lo social? En este nudo solo podemos apostar por la invención, quizás, de un constitucionalismo menor, disyuntivo, capaz de mezclar los tiempos (destituyentes e instituyentes) en una deriva necesariamente posthegemónica; esto es, sin clausurar la instancia entre democracia y gobernabilidad para dejar abierto la irrupción conflictiva.

El gran equivoco de nuestro tiempo es pensar que la fuerza destituyente – el vórtice de la desrealización de la ratio criolla de la soberanía chilena con el momento octubrista – es un estado previo a la instancia de una forma constituyente [3]. Todo lo contrario: lo destituyente es otro nombre por el vacío irreductible en el seno de toda socialización. Intentar darle “prioridad” a esa permanencia de lo des-social por encima de las tribulaciones de la jerarquización de las formas es ya un ápice de avance (una insistencia en la potencia del medio, mas no de los fines). Aquí es donde justamente podemos trascender el impasse teórico conceptual del nuevo constitucionalismo político, común tanto en la derecha plessneriana como en el kelsianismo de izquierda (Herrera y Atria).

Ruptura, destitución, instituir: son las tres claves para el presente ante el dominio de las fuerzas en juego. Y hablar de fuerzas del mundo convoca a la pregunta sobre la “organización”. ¿Es posible repensar la organización más allá de sus formas leninistas, de proyección y finalidad; de intencionalidad y de construcción de un partido político antes de afirmar condiciones revolucionarias de existencia? Bordiga: dejemos de pensar tanto en la organización y así llegaremos a la revolución. Desde luego, Bordiga pensaba a contrapelo de la crisis de la “dictadura del proletariado”; hoy se nos muestra como la capacidad de afirmar una excentricidad por fuera de las condiciones objetivas de todo realismo político. Si el discurso político chileno ha intentado “neutralizar” el acontecimiento octubrista desde el dispositivo “ultraizquierdista” (de Brunner y Svensson a Warnken y Boric), en realidad este síntoma nos devuelve es la posibilidad de volver a pensar la instancia revolucionaria en retirada: el verdadero escandalo de atreverse a pensar una revolución existencial.

¿Cómo atravesar las llamaradas de las fuerzas sin quedar consumidos por ellas? Contaba el pensador reaccionario norteamericano Allan Bloom que cuando conoció a Alexandre Kojeve en París de los 50s le preguntó a quemarropa: Maestro, ¿Qué nos pudiera decir para entender las fuerzas de este mundo? A lo que el gran filósofo hegeliano le respondió: pues léase usted, antes que nada, The Man Who Was Thursday de G.K. Chesterton [4]. Y como sabemos, aquella novela trata de un cambio de roles entre anarquistas y policías en una carrera por quemar una ciudad hasta que al final los dos bandos entienden que trabajan para el lado opuesto. Solo hay fuerzas en este mundo sí, pero hacer uso de ellas (o contra ellas) supone estar en condiciones de desrealizar las condiciones en las que el poder nos ha situado. No es menor que el vacío que tanto anarquistas como policías encuentran al final de su contienda es el misterio del “Domingo”, un abismo para el cual no hay partición ni gramática general. Este domingo chileno se juega algo importante – ¡quién lo duda! – pero también es importante no perder de vista ese otro Domingo una vez que la fase electoral haya concluido.

Coda. No existe así una “nueva derecha” por fuera de las chismografías periodísticas de turno. La derecha es, en todo caso, un dispositivo que dispone de una multiplicidad de estrategias postnacionales (sin centro), y por lo tanto ya siempre geopolíticas. De esta manera, pudiéramos decir que hoy política y geopolítica coinciden es un mismo campo de fuerza. Así, deberíamos evitar alojarnos en un “nuevo internacionalismo” y afirmar una “opción renacentista” (en clave de Buckhardt y Nietzsche): éxodo del fragmento en búsqueda de amigos por fuera de la lucha imperial. Abandonar, entonces, todos los maquiavelismos programáticos para no ser consumido en la casona de Arimán, condición planetaria actual.

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Notas 

1. Willy Thayer. “Una constitución menor”, en Papel Máquina 16, 2021, 91.

2. Iván Torres Apablaza. “Octubre y el estallido de la política”, Revista Disenso, noviembre de 2021: https://revistadisenso.com/estallido-de-la-politica/?fbclid=

3. Ver discusión “Momento constituyente, crisis social, pandemia” entre Rodrigo Karmy y Fernando Atria: https://bit.ly/32cGHxo

4. Una anécdota contada por Marco Filoni en conversación conmigo de próxima aparición, “Alexandre Kojève as a philosopher of politics: An interview with Marco Filoni”, Le Grand Continent, diciembre de 2021.

*  Encuentro organizado por Gonzalo Diaz-Letelier (UCR Riverside) y la Revista Disenso el 17 de diciembre de 2021, en el que participamos junto a Willy Thayer, Alejandra Castillo, Roxana Pey, Sergio Villalobos-Ruminott, y Rodrigo Karmy. Ya puede puede verse aquí: https://www.youtube.com/watch?v=aqgtKpfjJTk

Democracia y destitución. por Rodrigo Karmy

Una cierta tradición de la filosofía política entiende la democracia como un “régimen” (o una “forma”, si se quiere) de igualdad. Aristóteles la concebía peligrosa porque era el movimiento de los pobres; Kant la asimilaba al despotismo (al igual que la monarquía) en la medida que carecía de división de poderes. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, “democracia” fue el nombre del capitalismo liberal y desde entonces, quedó prendida por su episteme: ofrecía igualdad formal y soberanía popular. Así, “democracia” fue identificada a un régimen de representación: un individuo, un voto. Pero hay otra tradición, clandestina a la anterior, que encuentra su suerte en la deriva averroísta que cristaliza en Spinoza y se remece en Marx: “democracia” no sería el nombre de un régimen, sino del devenir común de todas las cosas.

En este sentido, “democracia” designa un punto de fuga a todo régimen, un “afuera” a la interioridad de la forma política prevalente. Por eso, antes que un “régimen” o un “principio de gobierno” (como piensa el liberalismo), “democracia” será una “potencia”. Para el Marx posterior a la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel, no se trata más de “democracia” sino de “comunismo”. El giro de Marx, en este sentido, es importante: la revolución proletaria no puede seguir llamándose “democracia”, sino “comunismo” porque designa un lugar sin lugar, una fuerza intempestiva que transforma enteramente al régimen burgués que define a la democracia. Y, como sabemos, para Marx “comunismo” no es un ideal, sino el “movimiento mismo de la realidad” que, si bien nace de la devastación que el capital deja a su paso, habita dentro y fuera, en un lugar que no tiene lugar formal y que carece de una posición cartográficamente definida, desobrando una y otra vez, la violencia del capital. 

Justamente, como despojo de la historia, el comunismo se ubica en una posición excedentaria respecto a la del soberano que, a propósito de su capacidad de excepción, está dentro y fuera del orden jurídico. Pero, el “afuera” soberano es un “dentro”, en la medida que funda o conserva un nuevo orden, en cambio el “afuera” comunista sería un lugar radical, imposible de ser introducido en el tranquilo espacio de la ciudad. A diferencia de la soberanía por la que todas las cosas devienen propiedad, comunismo designa el devenir común de todas las cosas, pues justamente hace saltar en pedazos el orden de la propiedad prevalente situándose como el punto de fuga de la misma topología soberana. En este sentido, “comunismo” en los términos de Marx, debe ser entendido bajo el registro de una potencia destituyente que, a diferencia de la soberanía que sutura a la vida bajo la sombra de la institucionalidad, ella suspende toda sutura y comienza un nuevo tiempo histórico en el que toda forma es excedida por la ritmicidad de lo viviente.  

En cuanto “régimen” (forma política) la democracia crea un interior, cohesiona una comunidad política sobre sí misma y la subsume al principio soberano que ordena su institucionalidad. Si bien, es cierto que, según Wendy Brown, el principio igualitario de la democracia jamás ha sido realizado y, por tanto, constituye el horizonte de su promesa, es clave, sin embargo, reflexionar sobre dos cosas: que la democracia es un régimen en falta, una forma imperfecta, pero que apunta a perfeccionarla que, a partir de la idea de progreso, intenta por todos los medios constituirse en “obra”. Las formas de vida devienen irreductibles, son esa “falta” por la que no solo la democracia, sino todo régimen no puede cerrarse sobre sí mismo completamente. No hay dialéctica, en el sentido de interiorizar, por medio de una superación, el “afuera” en un “dentro”, sino guerra civil en que la multiplicidad de formas de vida desactiva la operación del orden, el trabajo de sus máquinas.   

                                                        II

Cuando Pinochet fue derrotado en las urnas gracias al plebiscito de 1988 triunfó, sin embargo, en la institucionalidad gracias a su Constitución. En este sentido, Jaime Guzmán –ideólogo tanto de la dictadura como de la transición – espiritualizó al cuerpo físico de Pinochet en el cuerpo institucional de su Constitución: Guzmán fue el operador que transmutó al cuerpo del otrora dictador en el cuerpo civil. Sin embargo, el “guzmanismo” como espíritu pinochetista, pervivió en los vencedores de 1988: al triunfar en las urnas decidieron neutralizar, sino aplastar, a los múltiples movimientos populares que se habían alzado contra la dictadura en los años 80 dejando a la transición desprovista de cualquier potencia destituyente y, como diría Marchant, completamente paralizada. Una democracia que no puede hacer la experiencia del fuera de sí termina como el peor de los poderes. Así, el aplastamiento de esa posible experiencia fue al precio de mantener la episteme transicional como el conjunto de mecanismos que articulaban negociaciones cupulares durante y después de la dictadura y, con ello, la progresiva institucionalización del Pacto Oligárquico de 1980. 

Al suturar su posibilidad, la episteme transicional transformó a la democracia en el devenir propiedad de todas las cosas: el iceberg que Chile llevó a la “expo Sevilla 1992” expone el congelamiento de las fuerzas de la misma episteme transicional en que la racionalidad neoliberal se transforma en el verdadero dispositivo político destinado a conjurar la posibilidad del “afuera”: si la forma política clásicamente soberana ejercía su dominio centrípetamente, la forma política neoliberal comenzaba a hacerlo centrífugamente. La primera se conservaba en el nuevo régimen de inteligibilidad de la segunda, donde las lógicas “hacia el interior” y “hacia el exterior” se combinan para neutralizar a esa potencia: como ha mostrado Renato Cristi, la máquina guzmaniana que estructura al carácter subsidiario del Estado de Chile combina autoridad y libertad, soberanía y gobierno en una misma forma política. Con ello, se asegura el continuum fuera-dentro (soberanía) y dentro-fuera (gobierno) neutralizando una y otra vez, cualquier interrupción a su propio funcionamiento. 

No obstante, en sus diversas irrupciones (2006, 2011, 2018, 2019) la potencia destituyente cortó el continuum y abrió un ritmo que condujo a la máquina guzmaniana a su ruina. Como si fuera un canto de sirena en los oídos de Ulises, la potencia destituyente sacó a la forma política de sí misma, arrebató su cartografía y la lanzó completamente fuera de sí. La gramática de 1988 sucumbió, aunque sus dispositivos aún permanezcan, y el período glacial de la transición fue arrasado por la barricada como simbología de la nueva época histórica; el recato monacal de la transitología mutó en la fiesta de una revuelta, el frío y desolador iceberg en una calurosa multitud.  

                                                        III

La democracia sin potencia destituyente se convierte solo en un nombre más del poder. Sobre todo, si, tal como pensó Hayek, la democracia como “régimen” deviene extirpada de la soberanía popular para presentarse solo de forma procedimental: una democracia en que todos votan, pero nadie delibera. 

Cuando desde 2006 los pingüinos –estudiantes secundarios que condensan el fragor de la lucha de clases- vuelven a asolar popularmente la democracia, entonces la potencia destituyente se reactiva. Una interrupción asalta al presente y los espacios conocidos, las rutinas celebradas y los pastoreos glorificados se ponen cada vez más en cuestión. La ilusión concertacionista fue haber creído que bastaba cambiar una camarilla por otra (la “Junta Militar” por “Imaginacción”) cuestión que abortó la democratización del país que pasaba, esencialmente, por abrir al régimen fuera de sí. 

En cambio, la potencia destituyente revoca toda ilusión y expone que no hay un sujeto supuesto saber detrás del orden, sino que ese orden no es otra cosa que la ilusión misma del orden. La potencia destituyente lanza fuera de sí a dicho orden y le expone en su desnudez. Solo así, la destitución posibilita el abrazo entre potencia y cuerpo, vida e imagen, el ethos de una vida activa que abre a un nuevo comienzo. En sus diferentes momentos de irrupción, la potencia destituyente activó el deseo de democratización de la sociedad chilena. La destitución de la democracia trajo consigo la democracia de la destitución: la experiencia destituyente será el momento en que una forma se sustrae al carácter soberano que articula la democracia como “régimen” y abraza la medialidad de una vida activa. 

Porque si la soberanía exige a la obediencia del trabajo capitalista, el fuera de sí de la destitución nos arroja a hacer nada, el comunismo en su fuerza desobrante. En este sentido, una democracia sin destitución termina indistinguible de ese fascismo del que hablaba Pier Paolo Pasolini: este ha sido el periplo mortal del Chile neoliberal como “forma elemental” del capitalismo global. 

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*Imagen: fotografía de una pared durante el octubre chileno de 2019, del archivo de Gonzalo Díaz Letelier.