Una negación de la legitimidad desde Hölderlin. por Gerardo Muñoz

Decíamos anteriormente que el problema de la vuelta al origen de la legitimidad es una regresión fútil, pues queda destinada a reproducir las mismas condiciones que la llevaron a su ruina. En la medida en que la modernidad es la génesis de su proceso de legitimación, también podemos dentificar allí su momento abismal o clivaje fundamental en el despliegue de su historicidad. En realidad, este es el problema que identifica Hölderlin al interior de los debates del idealismo alemán, aunque no nos interesa aquí esa discusión dentro de los límites de esa tradición filosófica en esta exploración. En todo caso, lo que nos concierna es lo que pudiéramos llamar el gesto de negación de la primacía de la legitimidad por parte de Hölderlin. Leyendo Hölderlin y la lógica hegeliana (1995), Felipe Martínez Marzoa concluye su libro con una disgregación que nos ayuda a elucidar este problema de manera nítida. Escribe Martínez Marzoa, a propósito de la vuelta de Hölderlin a Grecia:

“….Grecia es aquello que solo tiene lugar perdiéndose y cuyo en-cada-caso-hacerse-ya-perdido es Hesperia o la modernidad o “nosotros”; de algunas de las expresiones que esto tiene dentro de la propia obra de Hölderlin nos hemos ocupado ya en otros lugares; aquí, en el contexto de la relación de Hölderlin con la lógica hegeliana, tiene sentido que también a propósito de la cuestión “legitimidad del enunciado” hayamos recordado cómo la modernidad es el ponerse como principio aquel en-cada-caso-ya-haberse-perdido inherente a Grecia.” [1]. 

La difícil tematización “griega” de Hölderlin – que concierna la traducción fragmentaria e imposible de Píndaro, luego de atravesar la ruina del poeta trágico ante lo aórgico del drama de Empédocles – es otra manera de negar la legitimidad en cuento a principio elaborado como del enunciado del sujeto. En efecto, en el segundo capítulo “Reflexión y sujeto” Martínez Marzoa define el sentido moderno en función de la “legitimidad del enunciado”, que se establece a partir de su auto-consistencia con las condiciones de predicación, y en tanto tal como hypokeímenon; esto es, como sujeto con “capacidad de significar independiente de todo análisis de estructuras lógicas” que alcanza condición de “algo de algo” (ti katá tinos) [2]. Esta es la legitimidad que Hölderlin pone en cuestión (y también su diferencia infra-mínima con todo hegelianismo), y que hace posible un viraje que Martínez Marzoa llama “mediatez estricta”. Esta mediatez en su determinación pindárica es una sustracción de toda sujeción y mediación para así designar algo que no cesa de llevarse a cabo. 

El nomoi griego insustituible es suelo sin suelo que, en virtud de ser insustituible, abre la ruina de toda representación y no se abona en la capacidad de mímesis. De aquí se deriva el sentido de que Grecia es la posibilidad de sustracción, pero también de nominación de lo que pertenece irreductible al nosotros. Esa medites no es negación, sino indiferencia ante una región abismal e inconceptual. Esta dimensión intersticial – del “entre” o en la “apertura de la luz” – lleva al suelo de la legitimidad a su límite, porque ya no está condicionada hiperbólicamente por un sujeto, sino por una poética entreverada por la distancia. Aquí podemos ver también la máxima proximidad de Hölderlin con la revolución francesa, pero también su mayor salto fuera de ella, puesto que “los derechos universales del Hombre” sería un enunciado de legitimidad ilegitima, caída, incapaz de recoger la “mediatez estricta” del abismo griego como nomōs sin restitución. En otras palabras, se trataría de una legitimidad acotada y reducido al sujeto político como abstracción.

Desde luego, podemos decir que la única legitimidad posible para Hölderlin solo era posible tematizando la relación con la mediatez de las cosas en su irreductibilidad. Y solo esto alcanzaba a constituir un “saber superior que se concretará entre la persistencia del espíritu entre la cosa y su ser” [3]. Esta persistencia que asiste al abismo es, desde luego, “persistencia en la escisión” en la cosa, pero también marca de una relación disyuntiva entre Grecia y la génesis de lo moderno. Esta persistencia en la escisión – por usar el término de Blay – es de la luz negra del no-saber que hace apertura del acontecimiento en el umbral de toda adecuación del enunciado y de la determinación genérica del concepto. Píndaro en todo caso supone ese movimiento entreverado que le devuelve a la realidad la dimensión acontecimental, no-sujetada, en el desborde con cada una de las casas para preparar otra realidad. Grecia era entonces opacidad inmedible; en efecto, la condición anómica del principio de legitimidad, porque ya siempre la invalida.

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Notas 

1. Felipe Martínez. Marzoa. Hölderlin y la lógica hegeliana (La balsa de la medusa, 1995). 

2. Ibíd., 24.

2. Eulalia Blay. Píndaro desde Hölderlin (La Oficina, 2018). 183-184.

La izquierda aglutinante y el corte. por Gerardo Muñoz

 

Hay una máxima de Jean Gratien sobre Saint-Just cuya contundencia sigue latiendo en nuestro presente. Escribía Gratien: “La “inhumanidad” de Saint-Just radica en que no tuvo como los demás hombres varias vidas distintas, sino una sola”. Toda la miseria del izquierdismo político puede despejarse desde aquí. ¿En qué sentido? A primera vista esta máxima es una enmienda a toda la teoría de las esferas de acción del hombre moderno cuya saturación antropológica ha acabado dispensando al ‘sujeto deconstruido’ de la metrópoli. Pero no deseo recorrer este registro. En un segundo nivel, lo que Gratien buscaba elucidar era algo así como un ethos de la existencia capaz de cortar las compensaciones de toda política ideológica. Pensemos por un momento en qué significa esto hoy. Pensemos por un momento en la izquierda. ¿Tiene la izquierda hoy un programa solvente para la época que no sea sumatorio?

Mirando a diversas realidades es casi imposible divisar cuál es. Y sin embargo lo que sí tiene es lo que una vez el periodista militante Horacio Verbitksy (un ideólogo profesional) llamó una “aglutinación subjetivante”. Es una expresión notable porque condensa la cultura sumatoria de la izquierda. De ahí que el giro “tradicionalista” de la izquierda contemporánea tenga la forma de una bolsa de juguetes: leninismo, socialdemocracia, liberalismo, zapatismo, comunitarismo horizontal, sesentayochismo, filología marxiana del sur, movimiento de movimientos, latinoamericanismo, decolonialidad, etc. La lista es contingente a las demandas del presente. Como en la dogmática eclesiástica, lo importante no es definir un programa o asumir una postura en nombre de algo, sino fijar la jerarquía en el retablo. Para volver a Gratien: de lo que se trata es de retener esas muchas vidas compensatorias en lugar de una vida.

Esta actitud ante el mundo no es banal ni fortuita, al contrario, es la fuente misma de la mala fe que oxigena la idolatría. Y es una postura trágica en el sentido más fuerte de la palabra, puesto que una política que abandona “una vida” es una política que ya no tiene destino. No es casual, entonces, que la izquierda de la aglutinación termine encandilada con el principio de la “hegemonía” puesto que el hegemon es precisamente lo que ordena y gobierna sobre la dispersión de los fragmentos, lo que los vuelve lisos, y lo que termina garantizado el trámite equivalencial. En realidad, no hay diferencia alguna entre el partido de la aglutinación y la teoría de la hegemonía. La hegemonía es su último avatar.

Lo tragicómico de todo es que la hegemonía habla de “revolución” constantemente. Sin lugar a duda, en todo exceso retórico hay una compensación a un impasse práctico. Por eso la definición entre izquierda y revolución acuñada por Dionys Mascolo en un momento de casería de brujas sigue siendo tremendamente actual: “Todo lo que se designa como de izquierda es ya equívoco. Pero lo que se designa como «la izquierda» lo es mucho más. El reino de la izquierda se extiende desde todo aquello que no se atreve a ser franca y absolutamente de derecha, o reaccionario (o fascista), hasta todo aquello que no se atreve a ser francamente revolucionario” [1]. De nada sirve invocar infinitamente una tradición revolucionaria si se quiere ejecutar una revolución. De nada sirve llamarle al otro contrarevolucionario. Por eso hay izquierda por todas partes, pero ni de lejos una teoría revolucionaria. Pero sabemos que un corte contra la hegemonía es la apertura a otra cosa. Esta es la invitación a otro viaje.

 

 

  1. Dionys Mascolo. Sur le sens et l’usage du mot “gauche”. Paris: Nouvelles Èditions Lignes, 2011.