Sobre el Nomos Mousikos. por Gerardo Muñoz

En lo que sigue quiero organizar algunos apuntes de lectura sobre la noción griega de nomos mousikos, y para hacerlo quiero glosar algunos movimientos del último capítulo de The Birth of the Nomos (2019) del estudioso Thanos Zartaloudis, quien ha elaborado la contribución filológica y conceptual más importante del concepto hasta el momento. La noción de nomos mousikos pudiera orientar de manera decisiva la prehistoria de una institucionalidad no necesariamente jurídica, previa a la captura del derecho, y en tanto tal capaz de iluminar la relación entre derecho y forma de vida (ethos). En efecto, Thanos Zartaloudis comienza por recordarnos que en el Fedro Sócrates refería a la filosofía como la “más alta mousikē”, y que, en este sentido, la mousikē era una forma de vida, un ethos cuya exploración experiencial se daba mediante la mousikē [1]. Pero la mousikē tiene una prehistoria o una protohistoria antes del momento platónico, que en realidad es su último momento.

En sus inicios la mousikē constaba de una dimensión experiencial mayor que la technē, pues prepara las condiciones para la realización más educada del carácter (ethos) (341). Y, por lo tanto, se entendía que antes que la polis estaba mousikē, y que no habría vida en la polis sin la necesaria condición de la mousikē. Zartaloudis no llega a relacionar la mousikē con el ideal de la ciudad bella (kalapolis), pero sí nos dice que esa “experiencia” de la mousikē garantizaba un orden; una noción de orden acústico, más ligada a la voz y a la memoria que a una sustancia medible de la vida en la polis.

La mousikē, por lo tanto, apelaba directamente a las Musas, y, por extensión, a una función de la transmisión social de la memoria. Según Zartaloudis se trataba de: “una iniciación con la divinidad, que era saber común, y también poder de la música para instituir un saber común o una comunidad mediante la mimesis” (348). La mousikē constituía una forma institucional mínima, invisible, que tampoco era reducible a la especificidad de la música, sino a la asociación con las Musas. Y con las Musas se hacía posible guardar el silencio de la palabra, que entonces se entendía como un ejercicio fundamental de la paideia del ethos.

Aquí la mousikē asume su condición protofilosófica y especulativa más importante: la mousikē es el nombre que se le da al evento originario de la experiencia lingüística de lo no-lingüístico. Zartaloudis nos dice que la memoria que transfiere la mousikē es siempre de antemano trágica; y es trágica porque en ella se registra, o se intenta registrar, la pérdida de la voz como apertura del logos en la phonē. De manera que la “Musa es, el nombre de un acontecimiento que intenta ser recordado como advenimiento de la palabra, como cosmopoesis musical” (355). La Musa es, entonces, no solo ritimicidad de la mousikē, sino la memoria de la pérdida de toda divinidad que, en última instancia, dispensa la inmortalidad mediante el recogimiento de lo mortal, como sugiere Zartaloudis glosando a Jean-Pierre Vernant.

Las Musas ejemplifican una relación entre la voz y el orden social mediante la dimensión del ritual que Zartaloudis refiere de manera directa al problema de la armonía. Y es mediante este problema que la mousikē se convierte en un tema abiertamente político, o de interés político puesto que: “Armonía no era una cuestión de darle forma al caos, en el sentido de lo medible y lo cuantificable, sino de escuchar el chaosmos y ser capaz de anunciarlo” (362). Por eso ahora se puede entender porqué mousikē eventualmente pasó a ser una forma educativa política del ethos, así como un episteme técnico de las matemáticas y de la filosofía. De manera que mousikē era la forma mediante la cual se podía activar una regeneración del kosmos desde la experiencia de la phonē en el decir. La organización de la mousikē para los griegos poseía un poder cosmopoetico. Y Zartaloudis indica que el fenómeno del kosmos no era otro que el de aletheia en la canción. Se trataría, entonces, de un ritual de la mimesis del orden de lo melódico.

Es probable entonces que el nomos mousikos haya sido el sobrevenido técnico de transponer este problema de la voz como acontecimiento a formas genéricas de la melodía y de la tonalidad (382). Y posteriormente en Platón la mousikē obtiene un carácter jurídico y social, por el cual el acontecimiento queda plasmado en el orden de la legislación estatuaria. O sea, nos encontramos ante una forma temprana de la invención del “costum” como norma escrita. He aquí uno de los misterios que Zartaloudis registra, pero que tampoco logra desentrañar del todo de manera explicita: ¿cómo entender el tránsito del orden musical previo a su dimensión estamental del derecho, y luego su confección en la sutura del nomos mousikos? Zartaloudis cita al estudioso Mittica quien argumenta que dicha transformación es de orden de la analogía, y necesariamente de un desarrollo temporal, cuya ambigüedad permaneció por mucho tiempo en la antigua Grecia.

Pero será en Las Leyes de Platón donde la analogía encuentre su mayor grado de sofisticación y perfección, puesto que las reglas mousike serán transpuestas al ordenamiento (taxin) de la polis. Y ahora el poeta aparece ‘ordenado’ para la finalidad de un ‘bien común’ de la polis, ya que el poeta compondrá en la medida en que parmanezca dentro de la ley (nomina), apele a lo bello (kala), y contribuya al bien (agatha) de la ciudad. La dimensión del kosmos-mousikos, nos dice Zartaloudis, ahora aparecía albergarse en el artificio de la palabra. Y solo de lejos era posible escuchar “el pensamiento acústico” de Heráclito. Pero entre sonoridad (nómos) y ley (nomós) algo irremediablemente se perdía: el ritmo incongruente a la forma – el orden melódico, ahora devenía un molde para el orden social. Así se edificaba el nomos mousikos como actividad cívica. Y era el filósofo quien portaría la divisa de la “más alta mousike”, cuyo mysterium era residual a la apariencia de la idea. Por lo tanto, la mousikē era una especie de instancia profética de toda filosofía, como en su momento pensó Gianni Carchia.

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Notas 

1. Thanos Zartaloudis. The Birth of the Nomos (Edinburgh University Press, 2019).

A gloss on the “element” of love. by Gerardo Muñoz

It might be the case that the self-evident nature of love as an affection proves itself lacking mediation in thought, insofar as it is a resource of mediation between thought and the world. In this sense, it is true that what one “loves” resists to be grasped as an object of representation or exposition; it is a question of limits, and those limits posit the question of the world. Now, love gives form, but it is not in itself a form or a mandate or an object. This means that love is outside of reality; indeed, it is the absolute indifference between object and world. 

The question perhaps is one regarding proximity and distance. The problem of “nearness”, which is why in the text one reads the orphic inscription: “When we are in nearness to which we love we then go through the other side of the mirror.” Of course, what is interesting it not the “other side”, but rather to have become transformed by something without ever being entirely dissolved. Amor fati? Perhaps. In the transient path of the night one is opened to the condition of the “moon hunter”, in which one path reveals itself as the question of destiny (“one life”). The trick is that no path is ever ‘obligatory’, but rather validated by an access to an experience. Now, it is obvious that love cannot exhaust an experience, but there is no experience that is not affected by love, since it is this affection what inscribes the limit of a world without the fantasy of possession and abuse. 

Another moment: “In abusing something we no longer love; and even in the pleasure that were invested in we do not love”. Here the exotic (extemporaneous) nature of love becomes visible: no love is exhausted in materiality and form. Love is ex-scription: it demands exodus as homecoming. However, no fundamental fantasy of love can validate what is granted to us by the irreducibility of an experience. Perhaps this is after all what Gianni Carchia, reading Schelling called the “transfiguration with the divine”. Or, as I would like to call it, the intromission with the invisible [1]. In the invisible we carve out the limits of our deconstitution with our world in which our existence is possible through separation. 

There might a rebuttal, although it might not be one after all. It is a recent suggestion by a friend who claimed in a psychoanalytic speculation that: “Perhaps after all ‘love’ is a Christian invention, a compensatory and necessary one for the fact that we do not communicate”. There might be a few ways to respond to this claim; the first one being that the task of the transfiguration of love responds, precisely, to the subordinated status of love as mere compensation to the subject of sin and thus of the pleasure principle. The existence that can traverse the pleasure principle of the subject could be said to have gained reentry into a happy life capable of outsourcing the succession of infinite deaths while in life. 

Contrary to life or death, love might be another name for the orphic passage between the two states of potentiality; that is, of pure affection and the opening of the impotential in every life. To experience the death of what is possible as transient to the time of existence opens the path towards a “life to come…in underground streams” (Auden). If love is to be taken as compensatory to the impossibility of communication, then there is a love of thinking, but not necessarily a thinking of love. It is strange that philosophy – just as “liberty” for political thought – fails when measuring itself up to a thinking of love, a vertigo before the immemorial attunement to the state of mousikos. Such is the taking place among the things that we have surprised in the world, but only accessible to those who “seek” outside reality. 

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Notes 

1. Gianni Carchia. “Indifferenza, eros, amore: la critica dell’essere spirituale nella “filosofia della libertà” di Schelling”, in L’amore del pensiero (Quodlibet, 2000), 101-121.