Sobre “Praise of Law” (1947) de Werner Jaeger. por Gerardo Muñoz.

En el viejo artículo “Praise of Law: the origins of legal philosophy and the Greeks” (1947), originalmente escrito en ocasión de honor a la obra del jurista norteamericano Roscoe Pound, Werner Jaeger desarrolla la sorprendente tesis que la génesis del derecho se encontra en la Grecia antigua antes que en el imperium romano, y llega a decir que el pensamiento filosófico griego nunca dejó de reflexionar sobre la constitución de una legalidad. Ya en en los poemas homéricos, recuerda Jaeger, encontramos una tematización no tanto del nomos como de la themistes, un conjunto de ordinanzas orientadas a un principio de autoridad mundana aunque proyectada en forma de mito a los dioses. La themis separaba el mundo de la civilización ante el mundo barbaro sin ley (que era el mundo del Cíclope en la Odisea). Ya en Homero y Solón, la distinción entre drecho y justicio se complemetarian para explicar una relación con la naturaleza que cosmológicamente implicaba orden y armonía. La dike en Anixamandro, por ejemplo, se etendía como el orden eterno que componen todas las leyes del mundo. De manera que antes que la concepción de la división del poder de una garantía “positiva” del derecho tal y como lo entendieron los modernos, ya la armonía que a la que aspiraba la diké como balance (isomoiria) de los humores.

Esto implicaba una relación con la salud, pues la “buena salud” capaz de garantizar un principio de igualdad (ison) era solo posible mediante un ordenamiento que limitara “la tendencia hacia el exceso”, como nos recuerda Jaeger (358). De manera que el ideal de la salud para los antiguos no se hallaba en una administración de un cuerpo “enfermo” y al que hay que curar como luego lo asumirá la biopolítica, sino como armonía entre la irreductibilidad de almas. La polis tenia que orientarse hacia la Justicia, ya no como abstracción de un gobierno (como lo entiende el tomismo y el derecho natural), sino diferenciación absoluta entre derecho y Justicia en el ordenamiento del mundo. Lo justo era un medio de la salud, y estar saludable solo podía ser una realización de la j instancia de la justicia.

La consitutcion de la polis como entidad política demótica de alguna manera marca una transformación inédita del principio armónico hacia una concepción de igualdad de representación mediante la comunidad social. La isonomia consolida la máxima pindárica del nomos basilus (el nomos es rey) que para Jaeger es el logro más alto de la civilización griega. La polis “enseña y educa al hombre”, llegaría a decir Simonides quien instala una paideia de la virtud cívica entre iguales. Esto es, la isonomia necesita no solo de una recodificación representativa en la polis, sino que tambien requiere de una paideia como “educación en el espirtu de las leyes” (361). Como demuestra Jaeger, esta concepción civil del derecho hace que la ley se entienda como una “mera funcion del poder” (364). Y así lo entendieron los sofisitas que, como recordamos con Trisimaco en La República de Platón, llega a definir la Justicia (el concepto pivote que busca indagar Socrates) como cualquier cosa que sea definida por quien tenga el poder en un momento dado.

En efecto, no estamos muy lejos aquí del concepto hobbesiano de potestas soberana, donde la armonía queda relegada por una comprensión legal fundada “desde la seguridad y el crédito en la producción de la naturaleza de la realidad” (365-366). Ahora la textura de la polis depende de una ingeniería hidráulica de la legalidad cuya finalidas es el manteninimietno del orden de lo civil. En efecto, la circularidad entre orden y civilidad emerge como un proyecto de “creciente subjetivismo” (growling subjetivism, Jaeger dixit), a tal punto que en Platón el estado se entiende como una gigantesca abstracción pedagógica (366). De alguna manera la paideia del estado orientado hacia lo Justo requiere de un dispositivo educativo hegemónico que termina reemplazando la centralidad del derecho, o al menos volviéndolo secundario.

Pero Jaeger insiste que la palabra final de Platón sobre el derecho no se encuentra en el organización pedagógica de La República, y que al final de su obra el filósofo regresa a la cudestion de las leyes. En Las leyes enfrecerá una noción de derecho positivo mediante un protector guardían del derecho que legisla a partir de un principio de racionalidad del derecho (una integridad interna, tal y como luego lo entendería Lon Fuller en The Morality of Law). Pero será en el diálogo Minos, cuya autoría de Platón es cuestionada, en donde se define el ejercicio del derecho como “technē”. Según Jaeger la technē habilita el descubrimiento de una cosa real contra el dogma poleos de la decisión del estado (370). En otras palabras, es mediante la techné que el derecho se orienta hacia el ser verdadero de las cosas a pesar de la positivización de las leyes de una comunidad política. Esa verdad no es reconocida en la legitimidad de un “pueblo” sino en el logos del guardián.

En este punto reaparece aquí la diferenciación entre derecho y Justicia o “verdad”, que en Platón se tematiza como la diferencia absoluta entre filosofia y derecho en el momento de la consolidación administrative, aunque el estado es el portador de la Ley como medio para la verdad de las cosas. Este es el resto cosmológico en el pensamiento platónico para una época en su momento ya dominada por la visión sofística de la validación del derecho como paradigma subjetivo en la construcción de la realidad; un sentido de realidad que luego la jurisprudencia romana perfeccionará bajo la rubrica de la “-res” [2]. El artificio consistirá, por un lado, en la construcción de un sentido ordenado de la realidad; y, por otro, de una estratificación de valores asumido por la producción de una normatividad. La mirada de Jaeger en la génesis griega constituye, de esta manera, algo así como una urgeschichte de la consolidación del ius romana y del desarrollo clásico del imperium del derecho.

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Notas 

1. Werner Jaeger. “Praise of Law: the origins of legal philosophy and the Greeks” (1947), en Interpretations of Modern Legal Philosophies (New York, 1947).

2. Yan Thomas. L’istituzione della natura (Quodlibet, 2020).

Sobre el Nomos Mousikos. por Gerardo Muñoz

En lo que sigue quiero organizar algunos apuntes de lectura sobre la noción griega de nomos mousikos, y para hacerlo quiero glosar algunos movimientos del último capítulo de The Birth of the Nomos (2019) del estudioso Thanos Zartaloudis, quien ha elaborado la contribución filológica y conceptual más importante del concepto hasta el momento. La noción de nomos mousikos pudiera orientar de manera decisiva la prehistoria de una institucionalidad no necesariamente jurídica, previa a la captura del derecho, y en tanto tal capaz de iluminar la relación entre derecho y forma de vida (ethos). En efecto, Thanos Zartaloudis comienza por recordarnos que en el Fedro Sócrates refería a la filosofía como la “más alta mousikē”, y que, en este sentido, la mousikē era una forma de vida, un ethos cuya exploración experiencial se daba mediante la mousikē [1]. Pero la mousikē tiene una prehistoria o una protohistoria antes del momento platónico, que en realidad es su último momento.

En sus inicios la mousikē constaba de una dimensión experiencial mayor que la technē, pues prepara las condiciones para la realización más educada del carácter (ethos) (341). Y, por lo tanto, se entendía que antes que la polis estaba mousikē, y que no habría vida en la polis sin la necesaria condición de la mousikē. Zartaloudis no llega a relacionar la mousikē con el ideal de la ciudad bella (kalapolis), pero sí nos dice que esa “experiencia” de la mousikē garantizaba un orden; una noción de orden acústico, más ligada a la voz y a la memoria que a una sustancia medible de la vida en la polis.

La mousikē, por lo tanto, apelaba directamente a las Musas, y, por extensión, a una función de la transmisión social de la memoria. Según Zartaloudis se trataba de: “una iniciación con la divinidad, que era saber común, y también poder de la música para instituir un saber común o una comunidad mediante la mimesis” (348). La mousikē constituía una forma institucional mínima, invisible, que tampoco era reducible a la especificidad de la música, sino a la asociación con las Musas. Y con las Musas se hacía posible guardar el silencio de la palabra, que entonces se entendía como un ejercicio fundamental de la paideia del ethos.

Aquí la mousikē asume su condición protofilosófica y especulativa más importante: la mousikē es el nombre que se le da al evento originario de la experiencia lingüística de lo no-lingüístico. Zartaloudis nos dice que la memoria que transfiere la mousikē es siempre de antemano trágica; y es trágica porque en ella se registra, o se intenta registrar, la pérdida de la voz como apertura del logos en la phonē. De manera que la “Musa es, el nombre de un acontecimiento que intenta ser recordado como advenimiento de la palabra, como cosmopoesis musical” (355). La Musa es, entonces, no solo ritimicidad de la mousikē, sino la memoria de la pérdida de toda divinidad que, en última instancia, dispensa la inmortalidad mediante el recogimiento de lo mortal, como sugiere Zartaloudis glosando a Jean-Pierre Vernant.

Las Musas ejemplifican una relación entre la voz y el orden social mediante la dimensión del ritual que Zartaloudis refiere de manera directa al problema de la armonía. Y es mediante este problema que la mousikē se convierte en un tema abiertamente político, o de interés político puesto que: “Armonía no era una cuestión de darle forma al caos, en el sentido de lo medible y lo cuantificable, sino de escuchar el chaosmos y ser capaz de anunciarlo” (362). Por eso ahora se puede entender porqué mousikē eventualmente pasó a ser una forma educativa política del ethos, así como un episteme técnico de las matemáticas y de la filosofía. De manera que mousikē era la forma mediante la cual se podía activar una regeneración del kosmos desde la experiencia de la phonē en el decir. La organización de la mousikē para los griegos poseía un poder cosmopoetico. Y Zartaloudis indica que el fenómeno del kosmos no era otro que el de aletheia en la canción. Se trataría, entonces, de un ritual de la mimesis del orden de lo melódico.

Es probable entonces que el nomos mousikos haya sido el sobrevenido técnico de transponer este problema de la voz como acontecimiento a formas genéricas de la melodía y de la tonalidad (382). Y posteriormente en Platón la mousikē obtiene un carácter jurídico y social, por el cual el acontecimiento queda plasmado en el orden de la legislación estatuaria. O sea, nos encontramos ante una forma temprana de la invención del “costum” como norma escrita. He aquí uno de los misterios que Zartaloudis registra, pero que tampoco logra desentrañar del todo de manera explicita: ¿cómo entender el tránsito del orden musical previo a su dimensión estamental del derecho, y luego su confección en la sutura del nomos mousikos? Zartaloudis cita al estudioso Mittica quien argumenta que dicha transformación es de orden de la analogía, y necesariamente de un desarrollo temporal, cuya ambigüedad permaneció por mucho tiempo en la antigua Grecia.

Pero será en Las Leyes de Platón donde la analogía encuentre su mayor grado de sofisticación y perfección, puesto que las reglas mousike serán transpuestas al ordenamiento (taxin) de la polis. Y ahora el poeta aparece ‘ordenado’ para la finalidad de un ‘bien común’ de la polis, ya que el poeta compondrá en la medida en que parmanezca dentro de la ley (nomina), apele a lo bello (kala), y contribuya al bien (agatha) de la ciudad. La dimensión del kosmos-mousikos, nos dice Zartaloudis, ahora aparecía albergarse en el artificio de la palabra. Y solo de lejos era posible escuchar “el pensamiento acústico” de Heráclito. Pero entre sonoridad (nómos) y ley (nomós) algo irremediablemente se perdía: el ritmo incongruente a la forma – el orden melódico, ahora devenía un molde para el orden social. Así se edificaba el nomos mousikos como actividad cívica. Y era el filósofo quien portaría la divisa de la “más alta mousike”, cuyo mysterium era residual a la apariencia de la idea. Por lo tanto, la mousikē era una especie de instancia profética de toda filosofía, como en su momento pensó Gianni Carchia.

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Notas 

1. Thanos Zartaloudis. The Birth of the Nomos (Edinburgh University Press, 2019).

La sinousia de Platón. Por Gerardo Muñoz.

Plato laws Penguin

En el intercambio que acabo de terminar con Giorgio Agamben (de próxima aparición en el número monográfico sobre su obra editado en la revista Papel Máquina), el filósofo italiano vuelve a insistir, luego de una pregunta mía sobre L’uso dei corpi (2014), sobre la necesidad de pensar una “institucionalización de la potencia destituyente”. Esta operación es completamente contradictoria, dice Agamben, ya que el poder destituyente es, en cada caso, lo que permanece irreducible al derecho y lo que se desprende de cualquier cuadratura jurídica. Agamben cita el término platónico synousia, que no es fácil de traducir, pues consta de varios sentidos técnicos en los diálogos socráticos. Sinousia puede significar “estar-juntos”, pero también “estar-con” o “juntarse” (recogimiento de más de una persona), y a veces “vivir juntos” o “aprender juntos”.

Al final de L’uso dei corpi (2014), Agamben lo emplea en la designación que aparece en Leyes de Platón (y no en la “Carta VII”, que es el otro lugar con el que se le suele asociar): metà synousia pollen. Pudiera traducirse como “perdurar estando-juntos”. Parecería una definición más o menos convencional de la institución política entendida como la descarga de pruebas para “aliviar” los hábitos de los hombres ante la realidad.

Pero Agamben pasa a recordarnos que la sinousia de Platón no es una institución política, ni puede pensarse en función de la esfera del derecho, ni tampoco como instrumento jurídico. Esto tiene sentido en la obra del filósofo italiano, para quien la concepción de institución política en Occidente es ya una figura caída a la dinámica del gobierno (oikonomia) en cuanto administración del mal, tal y como ha sido expuesto en su ensayo sobre Benedicto XVI (hace algún tiempo reseñamos ese libro aquí). Por lo tanto, la sinousia platónica es de otro orden.

Este orden Agamben lo relacionada con la harmonía musical. Una metáfora que implícitamente alude a la concepción de la kallipolis, o de la belleza de la ciudad griega que integra la singularidad como exceso de la politización. La sinousia produce belleza en la polis, pero esa belleza no es ni puede ser una belleza política. Claro, una práctica sinousyal produciría mayor rango de Justicia, que es, al fin y al cabo, la posibilidad de rebajar la dominación del hombre por el hombre. Pero la kallipolis no es un agregado de ‘diferencias culturales’, ni se vincula a la metaforización de identidades en equivalencia. Se prepara una kallipolis desde la sinousia.

En cualquier caso, la sinousia nos remite a un singular en relación que, sorprendentemente, tiene un parecido a lo que Jorge Alemán ha llamado una soledad-común. La soledad del singular evita dormirse ante el anhelo de una totalidad sin fisuras. Es llamativo, por ejemplo, que en varios de los diálogos platónicos (Teages, Teeteto, Epístola VII, o Apología), Sócrates emplee la sinousia para referirse a dos cosas opuestas: al trabajo de una partera que acoge al recién nacido, y al maestro (Sócrates) en relación con sus discípulos.

Una primera intuición nos haría pensar que la sinousia es una vía para “formar personas” o dar “entrada al sujeto”. Sin embargo, sabemos muy bien que Sócrates es un filósofo que no sabe nada. Por eso es válida la distinción entre Sócrates y el platonismo, así como entre Jesucristo y el Cristianismo. En el diálogo Teages, por ejemplo, el discípulo Arístides le confiesa que él no ha aprendido absolutamente nada. La sinousia es una renuncia a la relación de subordinación al discurso maestro, y solo así está en condiciones de inscribir un quiebre en el saber que ha dejado de cumplir las tareas de “epistemizar” contenidos y producir formas.

La única manera en que la sinousia innova es cuando deja madurar al daimonion. Estamos ante el trabajo de un filósofo-analista que descree de las ingenuidades de la conciencia y rechaza administrar el goce del otro en nombre de una comunidad nómina. Por eso la sinousia platónica apunta a algo más allá de la subordinación a la ley del maestro o de una ‘voluntad colectiva’. Me atrevería a decir que la institucionalización que estaría pensando Agamben, aunque él no la hace explícita, es la de un anarco-institucionalismo, contra la supremacía de los teólogos (punto ambiguo en Leyes), que cuida de un proceso transformativo del singular más allá de lo propiamente político o antipolítico. La sinousia es índice de la separación en toda relación de co-existencia.

Es llamativo que Foucault en el curso de 1982-83, oponga la sinousia a la mathemata. Mientras la segunda da “forma” y vuelve “formulaicos” los contenidos del saber, la sinousia es destello de luz y “secreto lubricante del alma” en la absorción generativa de la filosofía. O en palabras de Sánchez Ferlosio, el “fondo de un punto ciego por el que entra la noche. Ese nadir es la aporía de una Razón completa”.