El bien común según Hölderlin. por Gerardo Muñoz

En una carta tardía de 1837 dirigida a su amigo Karl Künzel, Friedrich Hölderlin ofrece una pequeña definición del “bien común” que merece ser atendida por la sencilla razón que el poeta se desmarca de la gramática de la secularización de la modernidad (en este caso específico, vinculado al roblema de la separación entre moral y derecho) desde la cual se dirime el fondo último de lo que entendemos por libertad. Dice lo siguiente el fragmento de la carta a Funzel:

Cuando las personas se preguntan en qué consiste el bien, la respuesta es que deben rendir su honor a la virtud y practicar en la vida aquello a lo que se comprometen. La vida no es como la virtud, porque la virtud concierne a las personas y la vida está más alejada de ellas. El bien también está constituido en general por la interioridad de las personas. Al amable caballero se recomienda. Buonarotti.” [1]. 

La condensación del fragmento nos exige que separemos distintos elementos para alcanzar la mayor claridad posible. En primer lugar, Hölderlin pregunta por el bien y alude a la vida, lo cual sería consistente con cierta concepción aristotélica de la virtud y la prudencia de la persona, aunque rápidamente contradice esta predicación (en otra instancia hemos comentado la operación de la legitimidad del predicado), puesto que “la vida no es como la virtud”. No existe tal cosa como vida virtuosa porque no la virtud no coincide con las obras del actuar. Pero en un segundo paso contemplamos algo más contundente en el movimiento de Hölderlin: a primera vista uno pensaría que el bien se fundamenta en una impersonalidad substantiva (o incluso, en su acepción moderna, en una tipología de bienes) tal y como lo define el derecho natural en su ideal moral, aunque no es este el caso.

Hölderlin no parece transitar por este terreno ya que la virtud está alejada o separada de la vida, y el bien esta constituido por la ‘interioridad de la persona’. Hölderlin no dice el bien es la persona, o la persona porta el bien, sino que alude una dimensión que se separa con respecto a la vida. De esta manera, Hölderlin esquiva fundamentar el bien en una antropología humana, al mismo tiempo que se aleja de una separación trascendental del principio teológico-político; a saber, que el mundo es “bueno” (o tiene la posibilidad), y los hombres son malos, tal y como Carl Schmitt fijaba las condiciones de la teología cristiana en el temprano “La visibilidad de la Iglesia” (1917).

¿Dónde se encuentra, entonces, el “bien común” según Hölderlin? Pues, podríamos decir que en divergencia de la vida y sus formas, en el sentido de que la “vida” no es ni la oposición al mundo ni tampoco en la adecuación contenida en la persona. En este sentido la “vida más alejada” es homologable al enigmático verso del cual fuera su último poema “La visión”: “Cuando a lo lejos va la vida habitante de los hombres…” [2]. El bien común, por lo tanto, es el abismo entre la vida y sus medios cuya expresividad más pura es la palabra o la poesía, aunque no como unidad de la representación, sino como modos posibles e irreductibles. El bien común, entonces, es lo que siempre resta a la vida de toda comunidad, y lo que persevera en las formas de ser de cada cosa. Ni la política ni la moral puede legislar el abismo en el que acontece una forma. Esta separación de toda ‘obra de la comunidad’ se hace explícita en la pregunta de su ensayo sobre la obra de teatro de Schmid: “Los discursos, cuanto más extravagantes tengan que ser en lo común o en lo no común, ¿no tienen también que interrumpirse con tanto mayor rapidez o fuerza?” [3].

El bien común de la vida, carente de una mediación estricta con la naturaleza, lleva al colapso todo intento de actualizar la libertad como síntesis entre derecho y razón. Esto quiere decir que a la pregunta del joven Hölderlin ¿Dónde puedo encontrar una comunidad?”, el último testimonio en torno al “bien común” respondería: no hay síntesis mediante la comunión, solo abismo como “suprema antiforma o poesía de la naturaleza”. Lo que tiene lugar es la abdicación de cada vida en lo común. Pero esta abdicación es la única posibilidad de retener la disyunción ética entre el “bien” del alma y el común que “evidencia un cuerpo viviente” [4].

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Notas 

1. Friedrich Hölderlin. Correspondencia completa (Hiperión, 1990), 581. 

2. Friedrich Hölderlin. “La visión”, en Poemas de la locura (Hiperión, 1998), 139.

3. Friedrich Hölderlin. “Sobre la pieza de Siegfried Schmid La Heroína“, en Ensayos (Hiperión, 1976), 119.

4. Friedrich Hölderlin. “La satisfacción”, en Poemas de la locura (Hiperión, 1998), 139.

Glosses on Federico Della Sala on tragedy, comedy, and revolution. by Gerardo Muñoz

These are further notes on the mini-series of interventions within the framework of the course that I am teaching at 17 instituto on contemporary Italian political thought. In this third installment we engaged with Francesco Guercio and Federico Della Sala around the notions of comedy and tragedy in Italian theory, and the development of political reflection in Italy from the sixties onwards. Della Sala facilitated an excellent paper entitled “Tragedy and Comedy in Italian Theory: Notes on the intersection between literature and politics” (for the moment unpublished), which was extremely suggestive, elegant, and comprehensive in terms of its critical take on the horizon of Italian theory. These notes are by no means representative of the richness of Della’s text: rather, it just wants to highlight a few checkpoints to further the discussion of the seminar. Francesco Guercio participated in the conversation as a commentator who provided important insights on several of the essay’s critical movements.

1. In his paper, Della Sala offers one of the strongest critiques of Italian theory that I have read in recent times (perhaps the strongest), and it does so by engaging its own premises on alterity and historical restitution, which he defines as working within the paradigm of political modernity. As it emerges in the projects of Massimo Cacciari, Roberto Esposito, Antonio Negri, but also in the commentaries of the so-called Italian difference paradigm by academics such as Dario Gentili, the common terrain is to sustain a paradigm of alternative modernization rooted in difference and conflict. In a way – and I understand I risk of simplifying Della Sala’s layered argument a bit – Italian theory amounts to offering a paradigm that remains within the metaphysics of power and governmental optimization, even when it speaks the language of contingency, errancy, or the outside. Here Della Sala’s critique of Italian theory differs quite substantially from the normativist accounts raised against Italian theory, such as that of P. P. Portinaro, whose discomfort is really against political excess and its allegedly revolutionary principles. For Della Sala, on the contrary, Italian theory is a betrayal of thinking the transformative politics at the threshold of the ruins of modern principles of authority and legitimacy. Indeed, Massimo Caccari’s return to renaissance humanism in his Mente Inquieta: saggio sull’Umanesimo (2019), or Esposito’s Pensiero istituente (2021) that ends up defending human rights and anthropology of rights, ironically self-serve Portinaro’s critique of the “radical excess” as if inadvertently admitting the irreversibility of political modernity. Of course, this doesn’t get out anywhere. In fact, it is regressive, instead of moving thinking forward.

2. Della Sala credits Italian theory – specially from the 1960s onwards, perhaps from the work of Mario Tronti and autonomia more generally – with bringing the question of politics to the center debate, showing the limitations of political economy in Marxist thought and the insufficiency of the negative. But, at the same time, it has done so by remaining within a paradigm of crisis in which the ideal of struggle defines the meditation between politics and life. And this can only exacerbate the administration of a catastrophic of politics. It is through the “krisis” of negative thought (Cacciari, Vattimo, and Esposito) that something like a literature of Italian theory becomes tragic, amounting to a sort of reverse nihilism. Della Sala does not it claim it explicitly – and I wonder if he would agree with my own personal translation – but this tragicity results to a compensatory wager to the sacrificial horizon of the philosophy of history opened by Hegelian dialectics or the imperial romanitas conception of politics. So the sense of the tragic in modernity can live comfortably within the paradigm of the sacrifice of modernity, and it does not get us very far.

3. As Francesco Guercio also suggested it, the abyssal ground of modernity becomes tragic when it places life in the site of death, which entails that existence can only be understood as something to be administered and protected. It goes without saying that this is the overall project of positive biopolitics and immunity in the horizon of democratic legitimacy, whose final utopia, according to Della Sala, is to live at least one day like a King. This rings true given the operative function of King and “archē” (principle) that are needed to legislate the creation between politics and life, history and the anthropological sense of reality. Under this paradigm there is no space – or it is always parasitic, always subjected to the enmity of the species– to the question of existence, which becomes a generic aggregate of civil community. But can one subtract oneself from the seduction of a demonic politics and its negative relation to the tragic politics in the face of nihilism? The strong thesis in Dalla Sala’s paper is that Italian theory has not been successful to the task and that we must begin from scratch putting aside, once and for all, the mythical paradigm of crisis.

4. It is here where comedy enters. And it enters obliquely, although in resonance with Giorgio Agamben’s most recent argument in his book on Hölderlin, where the comic is understood as a retreat from the conversion of the tragic into the sacrificial suture of modernity. And for Della Sala, but also for Agamben, comedy has little done with the anthropology of laughter or the psychic drive of the Freudian slip. Rather comedy becomes the possibility of imagining a life that refuses the promise of living like a future king. On the contrary, the motto of the comic can be the early Hispanic (it was mentioned by Francesco Guercio in the conversation) “vivir desviviéndose” of the pícaro existence that allows for the mystery of life without political subsumption. Della Sala concludes his paper with a provocative assertion: “after all there has never existed nor will exist a tragic or unhappy revolution”. But would a “happy life” be consternated about revolution, or should it forfeit revolution to the trash bin of the modern political concepts? Isn’t comedy the abdication of revolution, either as the return to the same (think of Saint-Just naturalism) or the overcoming of the temporal order of the day after tomorrow? Perhaps comedy as the texture of life is a thorough abandonment not only of the tragic, but also of the efficacy of revolution as a residual messianism. And it is against the closure of revolution (because revolution depends on a principle of authority the exact moment that it triumphs) where the ongoing stasiological present should be thought.

Clandestine life in the open. by Gerardo Muñoz

In the very last article that Maurice Blanchot wrote for the collective publication Comité in the wake of May 68, he draws a scenario that is still very much with us in the present. The “realism” is almost outstanding when Blanchot writes the following: “…from now on I will hold onto an exigency: to become fully conscious that we at the end of history, so that most of our inherited notions, beginning with the from the revolutionary tradition, must be reexamined and, as such, refuted. Let us put everything into question, including your own certainties and verbal hopes. The revolution is behind us: it is already an object of consumption, and occasionally, of enjoyment.” [1]. There was no question that the crisis of the very foundation of modern political thought has collapsed, including, as it couldn’t be otherwise, the generative principle of revolution. Blanchot did not even attempt to convince himself that the revolution could be brought back in an astronomical sense to revitalize a naturalism previous to Rousseau’s social contract.

So, for Blanchot the revolution was over, and yet, whatever it was that followed had no name. What was left, then? In order to avoid paralysis, Blanchot toyed during those months at the Comité (September-December 1968) with two possible maneuvers. The first position resided in what he called the “movement of possible speech” in order to establish an ardent and rigorous relation between the sequence of the French May and the Czech May, Soviet domination and Gaullian State. Blanchot called for (in the spirit of Bataille) a “transgressive speech”: “the impetus of outrageous, ways speaking beyond, spilling over, and thus threatening everything that contains and has limits” [2]. But we know that transgression is still within the logistics of the administration of order and temporal containment of the regulated exception. This was, in fact, the very rupture of the revolutionary break that was in crisis.

But Blanchot was up to something along with his friend Dionys Mascolo in thinking through language and communication as a path towards the outside. Hence the second option, which is really a third option (after the sleepwalking of ideological revolutionary ‘racketing’ of voluntarism); mainly, what he calls, although does not get to tease it out, the “clandestine resistance in the open”. Blanchot only tells us what he is thinking about through a recent example: some members of the Czech resistance when law was suspended had to confront the raw enemy military power, but they also experienced a freedom “through words and through writing than ever before”, tells us Blanchot. But this still does not explain much, given that if there is a naked military power threatening us, how could something like a clandestine form of life take place in the open? And at what risk?

I think one way to read this incorrectly or insufficiently would be to think of Blanchot’s suggestions as a sort of martyrdom or self-immolation. But it is no less true that Blanchot wanted to avoid a sort of Batallian “inner experience” or monastic xeniteia. Thus, he “refused” the fiction of self-clandestine life as sponsored by the Situationists; while, at the same time, also rejecting subjective revolutionary militancy. A third way emerges: the clandestine life into presence by way of friendship. A new “estilo de vida”, which I think could be read in the way that cryptojews and averroists lived in early Modern Spain: “a modo de sociedades secretas o semi-clandestinas, deben haber concebido la filosofía como un estilo de vida para sus iniciados…” [3]. Unlike the bogus image of the secret society as an alienated community of knuckleheads, I think what emerges in the clandestine open region is a form of shared friendship that does not retreat from the world, but rather that is capable of living in it. This was most definitely the transformative practice that during these years, Dionys Mascolo, dared to call the communism of thought that for him belonged to Hölderlin rather than to Marx. If open conspiracy is an act of the sharing and participating in language without meaning or command dependence, then this is already a poetic practice. After all, for Hölderlin the poets reveal an originary loss from nature. It is no surprise that Hölderlin favors a world opening even after the destruction of the leader-figure of the poet (Empedocles).

So, there is only clandestine life in the open when the sharing of language among friends take place (an event). This use of language is always harboring on the threshold of the last word to come. In short, the clandestine form of life has nothing oblique with respect to the world – it is not necessarily the space of an infinite night of contemplation, and it is also indifferent about fugitivity – it demands a return to appearance by way of experience. This might explain what Gilles Deleuze tells Dionys Mascolo at the end of their correspondence about friendship and thought: “it is a question of what we call and experience as philosophy” [4]. This form of experiential thought against the dissatisfaction of political domestication points a way out. For Blanchot this was a “fragmentary, lengthy, and instantaneous” path; a conspiratio unlocked by philia.

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Notes

1. Maurice Blanchot. “On the Movement”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

2. Maurice Blanchot. “Clandestine resistance in the open”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

3. Francisco Márquez Villanueva. “El caso del averroísmo popular español”, in Cinco Siglos de La Celestina: aportaciones interpretativas (1997), 121-134.

4. Gilles Deleuze. “Correspondence with Dionys Mascolo”, in Two Regimes of Madness (Semiotexte, 2007), 332-338.

The schism of the species: theses on Dionys Mascolo’s La révolution par l’amitié (2022). by Gerardo Muñoz

1. Remembrance without restitution. The publication of Dionys Mascolo’s essays in La révolution par l’amitié (La fabrique, 2022) opens a path to a singular thinking that refused to conform to a master thinking, and even less what has come to us as political theory, or radical critique. Theory and critique have shown their resilient adaptiveness to university discourse. Thinking, on the contrary, moves annexes a relation with the missing word. This caesura negates the closure of both politics and community, it shows its insufficiency. In a letter to Maurice Blanchot regarding his ceased friend Robert Antelme, Mascolo comes to terms with this specific question: the remembrance of what loss in the actual word is – the voice of his friend Robert Antelme – what cannot be posited as a restitution of representation, but rather as effective effort to transcend mutism and silence that would have sunk writing into a pathos not short of a “miserabilist” stance [1]. The exigency of language is absolute. In an analogous way, we can say that the writing in La revolution par l’amité (La fabrique, 2022) is not a matter of restituting the history of Marxism, the intellectual debates of French theory, or even the burial site of a thinker that rejected repeatedly the metaphysical function of the public intellectual (a sort of captain at the steering wheel of public opinion, a cybernetician); but rather the remembrance that thinking is the irreductible site of common to the species. Remembrance has no “archive” and it does not produce anything; on the contrary, it invites a path to thinking in order to bring the absolutism of reality to an end.

2. The irreducibility of the species. For Mascolo – as for Nicola Chiaromonte – the stimmung of the modern age is not a lack of faith, but a bad faith subscribed by the subject of knowledge, a guardian of the nexus of legitimacy. In his practice of writing, Mascolo explored something like a countermovement to the rationality of the intellectual posture, in which communication ceases to be a common means in order to become a production of ends and instrumentality. Hence, what Mascolo called the “part irreductible” – and its “doubt in any system of organized ideas in sight” – is the only intuition of the unity of the species in communication. And if the intellectual is an organic unity of hegemony that replaces the function of the priest in the Church bureaucracy and its paideia (recall Antonio Gramsci’s “organic intellectual”), for Mascolo irreducibility in the sharing of thought in communication is “not political” as he states in Autour d’un effort de mémoire – Sur une lettre de Robert Antelme (1987). This step back from the production of modern politics thoroughly imagines another figure of communism. It is at this point where the whole Cold War polemics between humanism and anti-humanism is destituted internally: the species finds a way out of political domestication.

3. Communism of thought. We can understand why for Mascolo “the word communism really belongs more to Hölderlin than to Marx, as it designates all the possibilities of thought; that which escapes in thinking, and only that can constitute its work (oeuvre)” [2]. In other words, communism for Mascolo is not a matter of doctrine or an Idea, nor about philosophy of history and its inversion; it is not about a political subject or a unity of organization of political force; communism is a use of thought in language in proximity with what escapes in every communication. The inoperative communism, hence, is only possible in friendship, as a continuous experimentation of taste that cannot coincide with a community form. As Mascolo writes in his essay on Antelme: “We did not live in community. This is a deceptive word…we existed in a sentiment of mutual gift of freedom” (53). Any reinvention of a politics to come after the collapse of authority must commence with this rejection of a compensatory communitarian closure. Today only a conspiratio between friends can animate a new field of intensification for renewal.

4. Refusal and friendship. Even in his earliest stages of writing such as “Refus incoditionnel” (1959), the condition for friendship for Mascolo is to refuse the current state of things; to retreat from the demand of reality in order to survive in the imagination of the shared word. In this sense, the thematic of friendship does not make subjects of duty towards a social bond, but rather a secret in the word designated by separation. Friendship floats high above symbolic representation, as it moves to an inclination that is singulare tantum. If modern politics thought itself as a repression and administration of the hostis; for Mascolo the practice of friendship is the sacred space that is never inherited, but, precisely the dwelling of those who “seek” after in the wake of the homelessness of man and nature. This is analogous to Hölderlin’s allowance of thought which moves in passion while accounting for the abyss of our relationship with the world (aorgic) of originary detachment.

5. Revolution as style. In a brief text on the Cuban revolution of 1959, originally written for the collective exhibition Salón de Mayo in Havana, Mascolo says a new revolution in the island could potentially offer a the opportunity of a new style [3]. Of course, as soon as Fidel Castro supported the Soviet invasion of Czechoslovakia in 1968, it was clear that such promised crumbled, and that the Revolution will fall well within the paradigm of the metaphysics of historical project and the subject (“a new man”). But what is style? Once again, this speaks directly to Mascolo’s passion for the irreductible outside of the subject, and for this reason never alienated from the schism of the species. The notion of style relates fundamentally to our exposition to the outside, to the event of expropriation, which defines our fidelity to the invariant dimension of our character. A new style, therefore, is not something to be produced, an effect of the subject, but rather the unit of an ethical practice in our encounter with the outside. If the apparatus of the revolution was instituted as a the production of a civilization; the fidelity to a style names the modes of life that cannot be oriented towards a specific work. A new aberrant freedom emerges.

6. Saint-Just’s ethos. Mascolo never ceased to reflect on the ethical determination of politics, against politics, and for a transfigurative notion of a politics for the here and now. And he dwelled on this problem in his writings on the ethical figure of Saint-Just during the French Revolution (“Saint Just” and “Si la lecture de Saint-Just est possible”). Unlike the monumental historiographies – both left and right, revolutionary and conservative, historicist or revisionist – that situated the revolutionary under the sign of Terror and Revolution, of will power and the emergency of Jacobinism; for Mascolo Saint-Just stands a figure that keeps an important secret. And this is it: “the inhumanity of Saint Just is that unlike many men, he does not possess many lives but only one” (130). This is a concrete definition of a ethos that is irreducible to the “monstrous arts of government” in an epoch where the political had become the secularization of fate. In the same way that Hölderlin turned his gaze towards the impossible and concealed distance of the moderns in relation to truth of the Greeks, for Mascolo’s Saint-Just the legitimacy of the modern universalization (in the State, the Subject, the Social) does not have the last word. The ethos of life keeps the remembrance of an abyss of the monstrosity of historical universality and the social equality.

7. Borrowed existence. Dionys Mascolo lived at the dusk of the modern arch of the revolution, whether understood as eschatology or a conservation of the natural order of the species, as Saint-Just proposed against the Rousseaunian social contract and the Hobbesian mechanical Leviathan in exchange for authority. We have already crossed this threshold, and we are in the desert of the political, retreating on its shadow fallen into administration of fictive hegemonies. Hence, the question of an ethos of existence becomes even more pressing from Mascolo’s thematic of friendship in order to refuse what he calls in “Sur ma propre bêtise et celle de quelues autres”, a “borrowed existence in a comedy that feels as if we are being watch by God alone” (219). Indeed, as some have diagnosed with precision, the religion of our time is absolute immanence, the full disposition of the tooling of our means [4]. A cybernetic dreamworld, whose pathetic figure is the “influencer” (a few strata beneath the luminosity of the intellectual). This can only fix us into the stupidity of intelligence of the species: specialized intelligence, in other words, prisoners in the sea of nihilism. The intelligence of the species, on the contrary, is the cunning (methis) of the fox: a way out in spite of the swelling tides. But against the nihilism of a borrowed life of immanence (beatitude of the impersonal, and iconicity of things), Mascolo’s thought insists stubbornly in friendship as the initiation in an uncharted path to reenter the world once again.

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Notes 

1. Dionys Mascolo. Autour d’un effort de mémoire: Sur une lettre de Robert Antelme (Maurice Nadeau, 1987). 

2. Ibid., 50.

3. Dionys Mascolo. “Cuba premier territoire libre du socialisme”, in A la recherche d’un communisme de pensée (fourbis, 1993).

4. Lundi Matin. “Éléments de descivilisation. Partie 4”, Lundi Matin, 2019: https://lundi.am/Elements-de-decivilisation-Partie-4

Fijándose de un salto: notas sobre La muerte de Empédocles, de Hölderlin. por Gerardo Muñoz

¿Cómo entender la elaboración trágica del drama de Empedocles de Hölderlin? Se trata de otro intento de abordar la relación disyuntiva entre la sensibilidad moderna y la génesis griega tras la fuga de los dioses. En un importante ensayo sobre La muerte de Empedocles, Max Kommerell se refiere a esta tragedia como la construcción de un “género en desocultamiento” [1]. Ahora bien, lo que se deja ver no es un rasgo elemental ni el error trágico del personaje, sino algo más originario; algo que Kommerell designa bajo un concepto de intimidad, que en su retirada “mora con el otro” desde su singularidad irreductible. Este movimiento, como lo es también el del propio Empedocles, viejo poeta-filósofo-profeta del mundo, se asume como recapitulación, y por lo tanto solo ejercicio en el umbral de la vida. Para Hölderlin, por lo tanto, estaríamos ante la “restitución” de lo infinito en lo finito de la vida, una sutura en declinación desde la cual podemos contemplar, a todas luces, la catástrofe del momento desde la cual emerge el mito de la autoafirmación del hombre. Este es el primer momento de “separación” de la physis, entre lo orgánico y lo aórgico, que tan solo puede ser la formación de lo que ya ha “acontecido”. Empedocles encuentra la inestabilidad del hombre en la génesis de la separación de la presencia.

De manera que no hay posible edificación de mito (típicamente prometeico), como el esbozado por Goethe y luego tomado por la figura del artista de Nietzsche, puesto que Hölderlin lleva al creador ‘súperhombre’ a la ruina. Y más aun: la ruina de este poeta profeta también supone la desintegración del pueblo como unidad orgánica ante un mundo que ahora pasa a ser abismal. En palabras de Kommerell: “abierto a una religiosidad amorfa de una época abierta después de su colapso [2]. Es por esta razón que no hay en Empedocles una figura carismática interesada en abrir la energía para una época entre una comunidad existencial. Como vemos entre los personajes del drama, Empedocles solo se autoreconoce en la amistad bajo el claro de los dioses fugados que alguna vez habían depositado en él la irradiación de una trascendencia ilimitada.  

A diferencia de lo que se ha notado de La muerte de Empedocles como la afirmación de lo trágico bajo la figura sacrificial de poeta genial (hiperbólica de toda una época romántica subjetivista según nos dice Carl Schmitt en una entrada de Glossarium); la fuerza infinita del personaje desplaza y pone en suspenso el personalismo del poeta y el mando por liderar el encuadre objetivo del mundo. Pero esto solo puede hacerse – o así lo hace Hölderlin – a partir de un concepto de religiosidad interior como sustrato de proximidad que pone en crisis lo subjetivo y lo objetivo. Y para esta frontera común-en-separación no hay administración ni guías posibles. Por eso se cerraba el eón de los profetas en comunidad. Aquí Hölderlin se adelantaba a las críticas illichianas a la figura del sacerdocio como figura de la representación eclesiástica de las almas. La crítica al sacerdote en La muerte de Empedocles es explicita: “Fuera! No puedo ver ante mi al hombre que ejerce lo sagrado como industria. Su rostro es falso y frio y muerto, como lo son sus dioses…Concededme la gracia de recorrer tranquilo el sendero por donde ando, el sagrado sendero callado de la muerte” [3].

Kommerell sugiere que más que una factura del mitologema, estaríamos asistiendo a nuevo tipo de religión o de religiosidad transfigurada que se vincula de manera directa a la intimidad, que resuena con la phygen neoplatónica. La verdad oscura o enigmática de Empedocles es la reserva de una proximidad infranqueable – pero también inmedible, en su cesura constitutiva – entre la organización humana de lo sagrado y el tiempo destituido tras la consumación de los dioses entre los seres vivos. El gesto de Hölderlin, sin embargo, a diferencia de la impronta cristológica, capaz de deificar una comunidad a partir del principio de gracia y del pecado, se ve justificada bajo el trabajo infinito de la reconciliación entre lo orgánico y lo inorgánico. Esta franja es lo que pudiéramos llamar una zona invisible, en la que la recapitulación orienta un destino singular e irrepetible. En última instancia, este es el único fundamento de Empedocles. La teología transfigurada de Hölderlin evita el paso de la catástrofe de la separación sin abastecerla con un principio del medio, extratemporal para la comunidad en espera.

En otras palabras, Hölderlin quiere morar entre el derrocamiento del basileus y el advenimiento de la isonomia como administración de las cosas (polis). De ahí que, en la segunda escena, Empedocles refiera al fin de la época de los reyes, de los archêin: “Avergonzaos de desear aun un rey; sois demasiado mayores; en tiempos de vuestros padres, las cosas habrían sido diferentes. Nos os ayudara, sin nos ayudáis vosotros mismos” (91). Podríamos leerlo en paralelo con el Hölderlin histórico: ni reyes, pero tampoco con los poetas. En Hölderlin esta apertura no signa un momento “constituyente” o instancia que prepararía la realización del ideal estatal de la historia hegeliana, tal y como en su momento pensó Dilthey [4]. La puesta en escena, al contrario, intenta afirmar la destitución misma de la unidad facilitada por la efectividad de las mediaciones en conflicto (poeta-palabra, rey-pueblo, sujeto-objetividad).

En “Fundamento para el Empedocles”, leemos: “en donde lo orgánico que se ha hecho aórgico parece encontrarse de nuevo a sí mismo y retomar a sí mismo, en cuanto que se atiene a la individualidad de lo aórgico, y el objeto, lo aórgico, parece encontrarse a si mismo, en cuanto que, en el mismo momento en que adopta individualidad, encuentra también a la vez lo orgánico en el más alto extremo de lo aórgico, de modo que en este momento, en este nacimiento de la más alta hostilidad, parece ser efectivamente real de la más alta reconciliación.” [5]. La descomposición objeto-sujeto queda sublimada a las condiciones de un nuevo expresionismo, puesto que en el “día de la separación, nuestro espíritu es profeta, y dicen verdad los que no van a volver” (97). Solo el espíritu de la intimidad puede tomar el lugar del profeta en toda su expresión. Es así como se instituye un destino singular que se resiste a las transferencias secundarias (el pueblo amado).

Pero, ¿por qué aparece eso que Giorigo Colli llamó el triunfo de la expresión en Empedocles? El mismo Hölderlin encara esta pregunta en un momento decisivo de “Fundamento para el Empedocles”: “Pero ¿en qué puede consistir esta expresión?, ¿qué cosa es aquella expresión que, en una relación de esta índole, satisface a aquella parte que al principio era la incrédula?, y en esta expresión estriba todo, pues, si lo únicamente tiene que perecer, es porque apareció de modo demasiado visible y sensible, y sólo es capaz de esto por cuanto se expresa en algún punto y caso muy determinado” (115). La expresión en Empedocles constituye el momento del nacimiento de los sentidos, por los cuales accedemos no solo al mundo, sino a los propios colores y al claro de la existencia [6]. Ahora la visión no es metáfora suplementaria del logos, sino una tecnología en la que podemos navegar lo visible así como el pasaje indeterminado del mundo de las formas. La tarea del poeta-creador como Empedocles no reside en la factura de la palabra profética que ha sido llevada a su recapitulación (su cumplimiento), sino hacia lo más inacabable de los sentidos vitales: el amor y la repugnancia. Es esto lo que nos recuerda Hölderlin. Y son el amor y la repugnancia porque es desde estos dos grados de afectación que se pueden manejar las variaciones de la fuerza tras la retirada de la unidad y el fin de las revelaciones.

Se trata de dar un salto y efectuar un movimiento. En el inciso sobre Empedocles en su La naturaleza ama esconderse, Colli se detiene en este salto tal y como aparece en el fragmento 110 del filósofo presocrático: “en efecto si de un salto fijándote en tu densa interioridad inspirado contemplarás los principios con puro anhelo”. Este fragmento capta, nos advierte Colli, el íntimo sobresalto que intensamente separa y forma. Una interioridad que es exploración de una potencia, pero solo en la medida en que permite la percepción de toda la irreductibilidad de los mundos [7]. Esta fijación en el salto es apertura al acontecimiento coreográfico de un ser-fuera-de-si desde la cual la realidad no llega a petrificarse, porque permanece bajo el dominio de una potencia intransferible, una expresión sin objeto y sin dios. 

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Notas 

1. Max Kommerell. “Hölderlin’s Empedocles Poems”, en Philosophers and Their Poets (SUNY Press, 2019), ed. C. Bambach & T. George, 239-261.

2. Ibíd., 257. 

3. Friedrich Hölderlin. La muerte de Empedocles (Acantilado, 2001), 36.

4. Wilhelm Dilthey. “Friedrich Hölderlin (1910)”, en Poetry and Experience (Princeton U Press, 1985), 350-368.

5. Friedrich Hölderlin. “Fundamento para el Empedocles”, en Ensayos (Editorial Ayuso, 1976), ed. F. Martinez Marzoa, 133.

6. James I. Porter. The Origins of Aesthetic Thought in Ancient Greece (Cambridge University Press, 2010), 154-155.

7. Giorgio Colli. La naturaleza ama esconderse (Ediciones Siruela, 2008), 191-215.

Nuestra descomposición. Sobre Cartas filosóficas de Hölderlin (La Oficina, 2020). por Gerardo Muñoz.

La edición y selección de Cartas filosóficas de Hölderlin (La Oficina, 2020), eds. Arturo Leyte y Helena Cortés, es una insuperable condensación de los momentos estelares de la extensa producción epistolar del poeta alemán ya anteriormente recogida en Correspondencia completa (Hiperión, 1990) desde hace mucho tiempo agotada. En primer lugar, entonces, se agradece que se ponga a disposición del lector una selección de las cartas de Hölderlin desde las cuales podemos adentrarnos a la intimidad de un pensamiento en el que poesía y amistad se dan cita bajo la textura misma de la vida. En efecto, las cartas de Hölderlin respiran intimidad y calor de cercanía; todas ellas dirigidas a la familia (madre, hermano), colegas intelectuales (Schelling, Hegel, Schiller), o amigos (Ebel, Sinclair, Böhlendorff). La gradación de los destinatarios marca el ritmo de la coincidencia entre el hábito de pensamiento de Hölderlin y su pulsión de una interlocución marcada por la confidencia de la lengua. No es menor que sea desde la correspondencia – y no desde el ensayo, el tratado, o la extensa conversación del gran autor de genio que deja un registro enciclopédico sobre cuanto tema haya bajo el sol, como es el caso del Goethe de Eckermann – sea la forma en donde el brillo del pensamiento de Hölderlin asuma su forma más nítida. Aunque tampoco se trata de una correspondencia propiamente filosófica; esto es, entregada a los claroscuros de la abstracción y de la sistematización del sistema idealista. Hölderlin sorprende – y nos sigue sorprendiendo – justamente porque rompe contra este esquematismo, contra su tiempo.

Esta pasión de comunicación (que es también pasión por lo común de la palabra que jamás tendrá destinatario) conoce la vinculación heterogénea solo desde el fragmento. Esta pulsión genera sorpresa no tanto por la escritura o los caldos de confesión, sino por la irrupción de la idea. Tal vez esto es lo que Giorgio Agamben ha querido ver al mostrar cómo Hölderlin asumió de manera existencial una vida habitante en la que pensamiento y vida, hábitos y palabra encuentran una sutura soluble en un poeta que veía de manera secreta, sin pathos ni compensaciones extenuantes, el despegue de la consumación del nihilismo de lo moderno [1]. La forma epistolar es, en este sentido, como la forma autográfica: desfigura al autor. Y en ella aparecen clinámenes que sustraen a la vida de la metafísica de la apariencia. Este movimiento claramente exílico, sin embargo, gravita sobre las estelas del amor y la amistad, dos nombres de la intensificación del afuera. La epístola confirma que la supuesta locura de Hölderlin no es otra cosa que esta forma de deserción existencial entramada desde la potencia de un habla que pronto se vería acechada por lo que, tras Michelstaeader, pudiéramos llamar la ciencia de la retórica.

En este sentido, lleva razón Arturo Leyte al decirnos que Hölderlin fue un filósofo que no deseaba serlo, puesto que lo importante era atender a la poesía como “la búsqueda de lo vivo”; o lo que es lo mismo: la parte común y vulgar de la vida real y práctica [2]. La tragedia de Hölderlin es, por este camino entreverado de sustituciones y guiños, el doble movimiento de la incepción poética en la filosofía, y de la suspensión de la obra poética como realización de toda idealia. Por eso Hölderlin es la forma destituyente tanto de la sistematización absoluta de Hegel como del monumentalismo poético de Goethe. La “mala repetición” del genio de las varias mascaras (Scardanelli, Scaliger Rosa, Salvator, etc.) consistía de la sustracción de toda ficción de las credencias de “autor” para así morar en el paréntesis que devela la khora en todo decir poético. En otras palabras, la existencia ahora aparecía como el lugar de la poesis retirada de la abstracción normativa moderna. Por otro lado, la poética parecía alejarse de la experiencia y de la configuración de los géneros clásicos para convertirse en una forma de la abstracción a la sombra de un mundo puesto en obra. Esta sería la metafísica de la producción. Por eso en las notas sobre Edipo Hölderlin diría que la tragedia de la poesía moderna era su máxima alienación de la experiencia, “con todo sentido de precisión en la práctica” [3]. La mirada oblicua de Hölderlin ante el gigantismo moderno se movía así en una vacilación de dos puntos excéntricos: el extravío de los géneros poéticos como experiencia de ser, y la devastación de la tragedia como “alma viva” que en la antigüedad entregaba los elementos para la configuración de todo destino. En cambio, la modernidad de Hölderlin es no haber visto con nostalgia la pérdida (o el olvido fundamental y final) de lo que supuso el origen griego, sino la posibilidad de morar allí donde las mediaciones entre el ser y lo aórgico aparecían disyuntas. Esto explica el paso naturalista o panteísta de Hölderlin al interior del idealismo alemán: sólo una percepción de lo invisible, mediante el arte, podría transfigurar la condición nihílica moderna. Como apunta Arturo Leyte en su estudio, se trata de pensar una “imagen sagrada que puede guardar la relación con la naturaleza poética” (8). Es una imagen sagrada que triunfa por sobre la ficcionalización de la prosa del mundo tras la fuga de los dioses.

De ahí, entonces, la dependencia en una teología transfigurada, de un theos sin dioses ni sacramentos; sin plegarias o mandatos; y también sin burocracia eclesiástica y sin encarnación mesiánica. Esta teología transfigurada apunta, mucho antes que lo tematizara Iván Illich, al fin del eón de los profetas como antesala para “un mundo externo sensible para tiempos mejores” (93) Pero la filosofía no puede llevar a cabo esta tarea, lo sabemos. Tampoco lo puede hacer una nueva mitopoética imbricada en las representaciones residuales de la antigüedad y de la época pindárica de los géneros. Como le escribe Hölderlin a Niethammer en una carta de 1796: “La filosofía es una tirara y, más que someterme voluntariamente a ella, lo que hago es sufrir su yugo” (108). Ese yugo es síntoma de la pulsión del intelecto en tiempos que no están dados para poetas fundadores de nuevas épocas. Y quienes se atreven a fundarlo de esta manera – como Goethe con su nemo contra deum nisi deus ipse – recaen en una compensación favorable a la realidad contra el mito. En las antípodas del principio de realidad emergente de lo moderno, Hölderlin busca un consuelo en la disolución, una transferencia destituyente que prescinde de ontologías substitutas para la acomodación genérica del “Hombre”. De ahí la radical extrañeza de Hölderlin ante la génesis política de lo moderno: un pensamiento destructivo que, mediante la poética de la vida, renueva la pregunta por la revolución efectiva del actual estado de las cosas. O dicho muy brevemente: es probable que Hölderlin haya sido el pensador de la descomposición de un mundo en el ocaso de la experiencia. La falsa tragedia propia de la tecnificación abolía todo destino.

En uno de los momentos más bellos de toda la correspondencia, Hölderlin le dice a su amigo Ebel (1797): “…tengo un consuelo, y es que toda efervescencia y disolución tienen que conducir necesariamente o a la aniquilación o a nueva organización. Pero puesto que no veo aniquilación, pienso que lo tanto de humus de nuestra descomposición tendrá que resurgir la juventud del mundo…” (117). La modernidad política definiría de manera incorrecta la organización de esas fuerzas: a saber, intensificar la errancia de la especie en su entregada sumisa y total a la mistificación del discurso del capital. En cambio, el devenir de las condiciones actuales del mundo le ha dado la razón a Hölderlin: una nueva organización para una “futura revolución de las ideas y los modos” solo puede llevarse a cabo desde una poética del pensamiento en la vida. Esta organización – que por momentos coincide con lo que Hölderlin llama una “iglesia estética” o iglesia invisible – es condición de posibilidad para proliferación de las fuerzas que hacen posible la transformación de lo nuevo en el mundo. Contra la aparición frívola del constructo de lo Social (traslación de la polis), la insistencia en el alma avisaba de un movimiento, sin lugar a duda “el más difícil”, para despejar la dimensión de una vida inesperable de sus formas. Esta era, acaso, “la excelencia griega”, como le aclara a Böhlendorf en la conocida epístola de 1801 sobre el uso de lo nacional. La excentricidad, entonces, no sería antropológica ni política, sino poética y sensible.

Este desplazamiento prepararía el verdadero reino de una descomposición en retirada de lo moderno: contra el principio de igualdad (cuyo precio es siempre la liquidación de lo irreductible), Hölderlin apuesta con la mirada en el origen griego a “no tener nada igual a ellos” (191). Contra la igualdad, una irreductibilidad de las almas. Por supuesto, “el libre uso de lo propio es lo más difícil”, porque nos fuerza al ejercicio de una morada extática para reinventarnos a partir de los accidentes de su devenir. Nunca dicho de manera explícita, leyendo las Cartas filosóficas de Hölderlin, podemos sospechar que esta búsqueda no es una forma solitaria y aislada de una condición de locura, sino más bien la afirmación de la amistad para quienes han transitado al reino de esos amigos que no se conforman con las técnicas que legitiman la “realidad”. Nunca mejor dicho: “Porque eso sí que es lo trágico entre nosotros, que nos vayamos calladamente del reino de los vivos metidos dentro de una caja cualquiera y no que, destrozados por las llamas, paguemos por el fuego que no supimos dominar” (191). Y “usar” las cosas de este mundo desde una postura forastera es la tarea de toda vida que se resiste a la domesticación diseñada en las carpinterías especializada en las cajas del sujeto. No es menos cierto que se volvía imposible regresar al fulgor de las llamaradas de un mundo, el griego, tan lejano como perdido. A cambio, ahora la vida se asumía como errancia, pero también como portadora del acontecimiento de cada cosa dicha por la voz del viviente.

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Notas 

1. Giorgio Agamben. La follia di Hölderlin. Cronaca di una vita abitante (Einaudi editore, 2021).

2. Arturo Leyte. “El filósofo que no quería serlo”, en Cartas filosóficas de Hölderlin (La Oficina, 2020), 15-60.

3. Friedrich Hölderlin. “Notas sobre Edipo”, Friedrich Hölderlin, Ensayos (Editorial Ayuso, 1976), ed. F. Martinez Marzoa, 133.

Una negación de la legitimidad desde Hölderlin. por Gerardo Muñoz

Decíamos anteriormente que el problema de la vuelta al origen de la legitimidad es una regresión fútil, pues queda destinada a reproducir las mismas condiciones que la llevaron a su ruina. En la medida en que la modernidad es la génesis de su proceso de legitimación, también podemos dentificar allí su momento abismal o clivaje fundamental en el despliegue de su historicidad. En realidad, este es el problema que identifica Hölderlin al interior de los debates del idealismo alemán, aunque no nos interesa aquí esa discusión dentro de los límites de esa tradición filosófica en esta exploración. En todo caso, lo que nos concierna es lo que pudiéramos llamar el gesto de negación de la primacía de la legitimidad por parte de Hölderlin. Leyendo Hölderlin y la lógica hegeliana (1995), Felipe Martínez Marzoa concluye su libro con una disgregación que nos ayuda a elucidar este problema de manera nítida. Escribe Martínez Marzoa, a propósito de la vuelta de Hölderlin a Grecia:

“….Grecia es aquello que solo tiene lugar perdiéndose y cuyo en-cada-caso-hacerse-ya-perdido es Hesperia o la modernidad o “nosotros”; de algunas de las expresiones que esto tiene dentro de la propia obra de Hölderlin nos hemos ocupado ya en otros lugares; aquí, en el contexto de la relación de Hölderlin con la lógica hegeliana, tiene sentido que también a propósito de la cuestión “legitimidad del enunciado” hayamos recordado cómo la modernidad es el ponerse como principio aquel en-cada-caso-ya-haberse-perdido inherente a Grecia.” [1]. 

La difícil tematización “griega” de Hölderlin – que concierna la traducción fragmentaria e imposible de Píndaro, luego de atravesar la ruina del poeta trágico ante lo aórgico del drama de Empédocles – es otra manera de negar la legitimidad en cuento a principio elaborado como del enunciado del sujeto. En efecto, en el segundo capítulo “Reflexión y sujeto” Martínez Marzoa define el sentido moderno en función de la “legitimidad del enunciado”, que se establece a partir de su auto-consistencia con las condiciones de predicación, y en tanto tal como hypokeímenon; esto es, como sujeto con “capacidad de significar independiente de todo análisis de estructuras lógicas” que alcanza condición de “algo de algo” (ti katá tinos) [2]. Esta es la legitimidad que Hölderlin pone en cuestión (y también su diferencia infra-mínima con todo hegelianismo), y que hace posible un viraje que Martínez Marzoa llama “mediatez estricta”. Esta mediatez en su determinación pindárica es una sustracción de toda sujeción y mediación para así designar algo que no cesa de llevarse a cabo. 

El nomoi griego insustituible es suelo sin suelo que, en virtud de ser insustituible, abre la ruina de toda representación y no se abona en la capacidad de mímesis. De aquí se deriva el sentido de que Grecia es la posibilidad de sustracción, pero también de nominación de lo que pertenece irreductible al nosotros. Esa medites no es negación, sino indiferencia ante una región abismal e inconceptual. Esta dimensión intersticial – del “entre” o en la “apertura de la luz” – lleva al suelo de la legitimidad a su límite, porque ya no está condicionada hiperbólicamente por un sujeto, sino por una poética entreverada por la distancia. Aquí podemos ver también la máxima proximidad de Hölderlin con la revolución francesa, pero también su mayor salto fuera de ella, puesto que “los derechos universales del Hombre” sería un enunciado de legitimidad ilegitima, caída, incapaz de recoger la “mediatez estricta” del abismo griego como nomōs sin restitución. En otras palabras, se trataría de una legitimidad acotada y reducido al sujeto político como abstracción.

Desde luego, podemos decir que la única legitimidad posible para Hölderlin solo era posible tematizando la relación con la mediatez de las cosas en su irreductibilidad. Y solo esto alcanzaba a constituir un “saber superior que se concretará entre la persistencia del espíritu entre la cosa y su ser” [3]. Esta persistencia que asiste al abismo es, desde luego, “persistencia en la escisión” en la cosa, pero también marca de una relación disyuntiva entre Grecia y la génesis de lo moderno. Esta persistencia en la escisión – por usar el término de Blay – es de la luz negra del no-saber que hace apertura del acontecimiento en el umbral de toda adecuación del enunciado y de la determinación genérica del concepto. Píndaro en todo caso supone ese movimiento entreverado que le devuelve a la realidad la dimensión acontecimental, no-sujetada, en el desborde con cada una de las casas para preparar otra realidad. Grecia era entonces opacidad inmedible; en efecto, la condición anómica del principio de legitimidad, porque ya siempre la invalida.

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Notas 

1. Felipe Martínez. Marzoa. Hölderlin y la lógica hegeliana (La balsa de la medusa, 1995). 

2. Ibíd., 24.

2. Eulalia Blay. Píndaro desde Hölderlin (La Oficina, 2018). 183-184.

An epoch unmoved (V). by Gerardo Muñoz

The intrusion of appearance in the world posits the question of the unlived in every life. This taking place that appears in the world descends temporal finitude; and, more fundamentally, it posits the caducity of its unlived possibilities. In a recent book on the history of citrus in Italy, the author says in passing that blood oranges, being from the lowlands near the Etna, mixes a variation of flavors that ultimately make this particular orange expire sooner than others of its kind. Heterogeneity is a marker of caducity. The shimmering crust of this orange reveals that something like the mystery of what has not happened yet (and perhaps never will) comes to us in the sensorium, in the open of the ambient, and in the time of decay: “It gave us pause for thought. How long does it take for a lemon to completely rot?” [1]. This sense of the unlived in life was thematized by Hölderlin in his late drama The Death of Empedocles, a figure intimate to the Etna volcanic topoi“In holy union each beloved clings to love, a love One thought was dead…To they are this! The ones we so long did without, the living; The goodly gods, declining with the star of life! Farewell!” [2]. We have yet to develop a theory of the encounter that opens the epoch. But the solicitation for an experience entails the seeking of an outside to reality, in which the unlived facilitates nearness to an escape route. As we know, Hölderlin thought of the fissure of unity as excess between outside and reality, in which the relation between object and subject, thinking and action, imagination and things come to a tragic diremption.  

In this light, the actualization of the unlived is the vortex against the immobility of the epoch in which life is rendered actual in its becoming. But this requires specification; or at least a certain amendment of the pure aorgic immanence. We know that centuries before Hölderlin, Angelus Silesius provided a point of entry: “The Sun gives movement unto all, and makes the stars dance in the sky: if I still stand immovable, no part in the great whole have I” [3]. The mystical kenosis is ground cero to attunement of life. However, Silesius also seems to be suggesting that even under the dress of nature, movement is the condition for any instantiation with the abode. If glimpsed from the interior of the site of the natural world, pure immanence appears as the interrupted image without partition; but if described from the exteriority of the unlived, then world and life now meet in a kinetic extraneous divergence. 

But what is the limit of an intensity? There are two ways of coming to terms with this problem: every process of intensification reaches its caducity whenever its violence is overcome by the seduction of possession in submitting to the absolutism of reality. On the other hand, every intensity is perturbed when it finds an obstruction in the formal orientation of the concept. Therefore, when the co-existence between the exogenic and ecstatic limits meet, the free playing of forms becomes flow (plynein).  In other words, we cease to become immobile to deviate from the obstruction of the suspended wreck of every encounter.

Untimely, this invites that we reconsider the status of happiness. As a contemporary philosopher that I admire has insinuated it: perhaps happiness is the unthought notion in our tradition. In a certain way, the unthought and the unlived depart from the caesura of their own evasion. There is perhaps no need to reconstruct how “happiness” has been subordinated to designs proper to politics or commerce; or, as in the more classical tradition, the moral virtue for self-regulation and privation. Everything changes if we locate happiness in the site of the unlived, insofar as now the violence that is constituted of the separation between form and event in the texture of life. The immediacy of happiness is not being able to conquer something like a state of “blessed life” but being able to release the unlived in every succession of deaths that traverse a life [4]. 

But the unlived exits not only to de-constitute the vital determination, but also, and more fundamentally, to escape the seduction of the negative that assumes that loss and tragicity are irreparable limits. Rather, because there is something like an unlived there is happiness in the way that we constantly move within the available set of unlimited possibilities. The unlived initiates a physics that cuts absolute immanence in virtue of the genesis of style, since it is only in style where the overcoming of the unlived shelters the soul in the face of caducity. Indeed, it is in this invisible texture where the color of our mobility approaches asymptotic twirl between divinity and the world.

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Notes

1. Ciaran Carson. Still Life. Winston: Wake Forest University Press, 2020. 16.

2. Friedrich Hölderlin. The Death of Empedocles. Trad. Farrell Krell. Albany: SUNY, 2008. 93.

3. Angelus Silesius. El peregrino querúbico. Madrid: Ediciones Siruela, 2005. 

4. Pacôme Thiellement. “Le Bonheur est un twist”, 25 june 2017: www.pacomethiellement.com/corpus_texte.php?id=326 : “l y a deux lumières: il y a la lumière d’avant la nuit et il y a la lumière d’après. Il y a celle qui était là au début, l’aube radieuse du jour d’avant, et puis il y a celle qui a lutté contre les ténèbres, la lumière qui naît de cette lutte : l’aube scintillante du jour d’après. Il n’y a pas seulement deux lumières, il y a aussi deux joies : il y a la joie d’avant la peine et il y a celle d’après. La joie originelle, la joie innocente, primitive, cette joie est sublime, mais c’est juste un cadeau de la vie, du ciel, du soleil… La joie qui vient après la peine, c’est le cadeau que tu te fais à toi-même : c’est la façon dont tu transformes ta peine en joie, l’innocence que tu réussis à faire renaître des jours d’amertume et des nuits de bile noire. C’est le moment où tu commences à vivre, mais vivre vraiment, parce que tu commences à renaître de toutes tes morts successives. C’est le moment où tu t’approches de la divinité ou du monde”.

Sobre el último Hölderlin: un comentario a J.L. Villacañas. por Gerardo Muñoz

En una reciente conversación, José Luis Villacañas recordó que en un momento importante del Glossarium, Carl Schmitt ofrece algo así como la síntesis del intelecto alemán durante el siglo veinte. Schmitt escribe: “Juventud sin Goethe (Max Kommerell), esto en 1910 significó una juventud con Hölderlin, i.e. la transición del genio optimista-irónico-neutral (genialismus) al genio pesimista-trágico. Se mantuvo el marco de la genialidad, pero se agudizó profundamente. Norbert von Hellingrath es más importante que Stefan George y Rilke.” (18.5. 1948) [1]. Así Schmitt condensaba la “época del genio” como salida trágica del espíritu alemán. Y en cierta medida tenía razón. Y esto es lo que indica las reescrituras de la tragedia de Empédocles en su máxima exploración: a saber, la intromisión absoluta del “poeta como conductor” (“Der Dichter als Führer”, al decir de Max Kommerell) en la polis. Salidas absolutas, maximización de la tragedia, autodestrucción, y fundación aórgica. Sin embargo, sabemos que Hölderlin no se agota aquí. Y también sabemos que esa destrucción era necesaria para llegar al último Hölderlin; quien, mediante la exploración de la forma del himno y la poesía de Píndaro, encuentra una forma de aproximación a la realidad mediante el problema de la distancia. Una distancia que no puede ser plenamente constituida como política. Es así que Hölderlin ofrece otra salida al destino alemán irreductible a la de Schmitt, cuyo “concepto de lo político” habría quedado instalado como una de las formas (Gestalt) de la época del genio. 

Hoy pareciera que Hölderlin atraviesa todos los temas que nos preocupan. Por ejemplo, el error de Agamben es haber hecho del “uso de lo nacional” una ontología (política) modal. Pero podemos dar un paso atrás y decir que “uso” es la mediación para dejar que la distancia entre vida y mundo en su caída a la tecnificación absoluta. Una caída que el propio poeta nombró bajo la figura del “titanismo”. Por esta razón es que Hölderlin no puede reducirse al jacobinismo ni tampoco a la fuerza dialéctica (moral) del universal hegeliano. Sus avisos buscan alertarnos de esa caída, hoy consumada como totalidad cibernética. En el himno “Los titanes”, Hölderlin escribía mirando a Francia: “Pronto empero, como un perro, vagara en el ardor mi voz en las calles el jardín donde viven los seres humanos en Francia. Fráncfort empero…que es estampa de la naturaleza del ser humano pues es el ombligo de la tierra…[… me oriento y espejo la almena a mi soberano” [2]. No hay dudas de que este Hölderlin es quien marca distancias, bordes, límites; y, al orientarse, sabe que la distancia es el problema ante la caída al nihilismo.

La cuestión de la “distancia” ofrece otro sentido de lo común que, en tanto evento singular del lenguaje, pone de cabeza todo el produccionismo histórico hegeliano-marxista, donde la salida a la crisis es solucionada mediante la distribución de los bienes materiales. Por lo tanto, lejos de encarnar una absolutización de la physis, Hölderlin descubre el problema de la distancia. Y esto es consistente con las últimas partes de Narcismo y objetividad (1997). Claro, el problema es que la objetividad ahora estaría organizada desde un invisible; lo invisible que es teología transfigurada que “relaja” el logos. Esto también supone que el destino no puede ser propiamente político, sino en distancia con lo político. Y aquí también hay una distancia absoluta con el Schmitt del concepto de lo político quien escribía: “la política ha sido, es y seguirá siendo el destino…” [3]. Un destino que solo puede ser una fantasía del genio.

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Notas 

1. Carl Schmitt. Glossarium: Aufzeichnungen aus den Jahren 1947 bis 1958 (Duncker & Humblot, 2015). 114. 

2. Friedrich Hölderlin. “Los titanes [la decisión]”, en Cantos Hespéricos (La Laguna de Campona, 2016), trad. Verónica Jaffé. 185.

3. Carl Schmitt. El concepto de lo político (Alianza editorial, 2014). 105. 

Hölderlin in Agamben. by Gerardo Muñoz

There is no question that Hölderlin occupies a central place in Giorgio Agamben’s work, although he always appears within a specific strategic deployment. Of course, it might be the case that Hölderlin is always present in instances where he is not directly cited or thematized, but in the following note I want to record four instances where Hölderlin appears in different phases of Agamben’s thinking. These notes are preliminary for a larger work in progress that looks at the status of the comic as a potential force for a transfigured politics, which is informed, although not limited by Hölderlin’s work. Hölderlin occupies, after all, the entry point to L’uso dei corpi (2014) in relation to the well-known maxim “the use of the proper”; the territory where the (modal) ontology will be measured. However, esoterically Agamben’s incorporation of the German poet suggest a ‘way out’ from the tragic politicity of modernity. It might useful here to recall Schmitt’s annotation in Glossarium about what Hölderlin symbolized in the larger picture of modern German thought: “Youth without Goethe (Max Kommerell), that was for us since 1910 in concrete youth with Hölderlin, i.e. the transition from optimistic-ironic-neutralizing genius (genialismus) to pessimistic-active-tragic genialism (genialismus). But it remained within the genialistic framework, yes, deepened it into infinite depths. Norbert von Hellingrath is more important than Stefan George and Rilke.” (18.5. 1948) [1]. To overturn Hölderlin as the figure of the tragic caesura and witness to the crisis of “distance” in modernity is most definitely at stake here in order to avoid (subjective) conditions for something like an Enlightenment renewal. More broadly, it could be productive to think of Hölderlin as the poetic site that grants Agamben a possibility of thinking the event beyond the dependency of messianism and history, now displaced by the relation between language and world. 

a) As early as in Stanzas (1977) Agamben writes about Hölderlin: “The name of Hölderlin – of a poet, that is, for whom poetry was above all problematic and whom often hoped that it could be raised to the level of the mēchane (mechanical instrumental) of the ancients so that its procedures could be calculate and taught – and the dialogue that with its utterance engages a thinker who no longer designs his own mediation with the name of “philosophy”, are invoked here to witness the urgency, for our culture, of rediscovering the unity of our own fragmented word” (xvii) [2]. Hölderlin occupies here the site of antiphilosophy, in which the event of language does not longer coincide with a structure of the subject, but of the potentiality of “saying”; a sayability in which fragmentation removes any commanding closure of language. The event of appearing and bring to conclusion (in the book on Paul, Agamben will associate it with the rhetorical figure of the enjambment in the poem) gains primacy over formalization. 

b) In another early book, L’uomo senza contenuto (1994) Agamben takes up the question of fragmentation of language in Hölderlin but this time provides a specific category: rhythm. On the chapter about the original structure of the work of art he writes: “Everything is rhythm, the entire destiny of man is one heavenly rhythm, must as every work of art is one rhythm, and everything swings from the poetizing lips of the god”. This statement was passed down to us by Hölderlin’s own hand. […]. What Hölderlin’s sentence says appears at first blush too obscure and general to tempt us to take into consideration in a philosophy query on the work of art. However, if we want to submit to its proper meaning, that is, if we want, in order to corrupt to it, to make it first of all into a problem for us, then the question that immediately arises is: what is rhythm, which Hölderlin attributes to the work of art as it original characteristic?” (94) [3]. So, the category of rhythm “holds men” epochally as a form of incommensurable distance with the world, which Agamben relates to an-archic original structure of dwelling. For Agamben this step-back to the “original site” vis-à-vis rhythm releases “art” as poesis from a productivist “destiny”. So, it would be obvious to say that rhythm, insofar it abolishes the production, it also thematizes the ethical life as the form of life (which is why Agamben also attaches Hölderlin as a counter-figure of the notion of “vocation”) [4]. There is no form of life without rhythm in nearness to the common ground. 

c) In Autoritratto nello studio (2017), Agamben glosses (a) and (b), that is, he recognizes the importance of Von Hellingrath reconstruction of the late Hölderlin of the Pindaric translations and the fragmentary syntax, but now situates him at the center of modernity. Agamben writes: “Walser noted, as Hölderlin before him, that the world had become simply unhabitable. And there was not even the possibility of amending it…I am convinced that Hölderlin in his last thirty years of this life was not unhappy, as some professors of literature tend to describe him. On the contrary, Hölderlin was able to dream at his house without worrying about duties. The Tubingen tower and the clinic of Herisau: these are two places that we should never cease to reflect upon. What took place behind these walls – the rejection of reason by these two poets [Walser and Hölderlin] – is the most powerful rejection against our civilization” (140-141) [5]. So here Hölderlin, like Walser, is an epochal gestalt capable of generating the separation between thinking and doing, world and experience, which became totalized in the legitimacy of the modern. What could be interpreted as ‘domestic interiority’ for the poet becomes a symptom of a radical form of dwelling at the end of reason subsumed by nihilism.

d) Finally, in a recent essay published this year entitled “Hölderlins antitragische Wendung”, Agamben goes a step further to qualify Hölderlin’s breakthrough, taking radical distance from his relation to the tragic and identifying him as a poet that must be read in a comic register. This is all the more surprising given that, as Agamben himself notes, there is almost no mention of comedy in Hölderlin’s prose, except in the review of Siegfried Schmid’s play The Heroine. And although it is true one could argue that Hölderlin undertook a destruction of the tragic poet in The death of Empedocles, as far as I am aware there has been no interpretation of Hölderlin as opening to the “comedy of life”, except for a brief mention, almost in passing, about his laughter by the Italian poet Andrea Zanzotto [6]. Agamben concludes his essay suggesting that: “With this concept of “ordinary life” I should like to conclude my reflections, at least for the time being. Isn’t it precisely this ordinary life, what in the thirty-six years in the tower, Hölderlin’s life and poetry – or his “poetry” – have persistently sought to carry it out in an exemplary and funny way? And isn’t “ordinary” life the same as the “living” life (to live according to habitus and habits), which is distant and perfect in the last tower poems: When people go into the distance, living life …?” In any case, if Hegel defines the idyll as “the half descriptive, half lyrical poems […] and mainly nature, the seasons, etc., the subject matter”; then the tower poems – this extreme, incomparable poetic legacy of the West – are an idyll of the genre” (40) [7]. And here Hölderlin appears not just as another figure in “the age of the poets” (and the genialismus‘ commanding force), but rather as the moment in which the problem of life opens to its inoperosità. The unity of humanity now navigates the fragmented reality not through the subject, but rather through the singular form of life. Comedy, then, in the idyll genre in which life is freed from both desire and liberty.

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Notes 

1. Carl Schmitt. Glossarium: Aufzeichnungen aus den Jahren 1947 bis 1958 (Duncker & Humblot, 2015). 114.

2. Giorgio Agamben. Stanzas: Word and Phantasm in Western Culture (University of Minnesota Press, 1993).  

3. Giorgio Agamben. The Man without Content (Stanford U Press, 1999). 

4. Giorgio Agamben. “Vocazione e voce”, in La potenza del pensiero (Neri Pozza, 2005). 77-89.

5. Giorgio Agamben. Autoritratto nello studio (nottetempo, 2017). 

6. Andrea Zanzotto. “Con Hölderlin, una leggenda”, in Friedrich Hölderlin: Tutte le liriche (Mondadori, 2001). i-xxiv.

7. Giorgio Agamben. “Hölderlins antitragische Wendung”, Studi Germanici, 17, 2020. 27-40.