Un panfleto impolítico: sobre La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar Editor, 2021), de P.P. Portinaro. por Gerardo Muñoz

El libro La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar editor, 2021) de Pier Paolo Portinero, que acaba de aparecer en excelente traducción de José Miguel Burgos Mazas y Carlos Otero Álvarez, se autopresenta como un panfleto político. En su forma ejemplar, el panfleto se remonta a la tradición de los pamphlets (cuya incidencia en la revolución norteamericana sería decisiva, como lo ha estudiado Bernard Bailyn), aunque el libro de Portinaro tiene la particularidad de no abrirse camino al interior del estancamiento de la realidad, sino en un ejercicio particular: desplegar una enmienda a la constelación de pensamiento contemporáneo proveniente de Italia rubricado en antologías y discurso académico como “Italian theory”. Para ser un libro con abiertas intenciones de “pamphlet, La apropiación de Maquiavelo asume una posición en el registro de la historia de las ideas. Esta diferencia, aunque menor, no debe pasarse por alto, pero ya volveremos sobre ella hacia el final de esta nota. En realidad, el libro de Portinaro tiene algunos visos de impugnación contra todo aquello que huela a “teoría” – de momentos recuerda el libro de François Cusset contra la French theory y su impronta en las universidades norteamericanas – a la que Portinaro entiende como una fiesta atroz de disfraces que combina un plusvalor político propio de las viejas utopías revolucionarias con un apego realista en su crítica de la tradición liberal ordenada.

Según Portinaro se trataría de un monstruo de dos cabezas cuya eficacia política no sería anecdótica: “La irrupción de un anómalo populismo don dos cabezas – esta sí, una peculiaridad italiana – no puede considerarse como un epifenómeno sin relación con la pretensión de combinar una sobre abundancia de utopía y una sobreabundancia de realismo, una plusvalía de representación y una plusvalía de conflicto” [1]. ¿Qué esconde este movimiento pendular, según Portinaro? Un pensamiento localizado y localizable (“italiano”, una suerte de reserva nacional para tiempos globales) que no es otra cosa que “promoción de versiones extremas, de las teorías de otros” [2]. Entendemos que Portinaro hace referencia aquí – en efecto, lo despliega a lo largo de su panfleto – al horizonte de la biopolítica en la línea de las investigaciones de Michel Foucault, y la crítica a la metafísica y al nihilismo en el horizonte heideggeriano de la filosofía alemana.

Portinaro no les concede mucho más a los exponentes de la Italian theory. Y, sin embargo, el panfleto de Portinaro se concibe como un libro justo y necesario. ¿Es suficiente? En ningún momento Portinaro se hace cargo de que la introducción de esa “plusvalía política” por parte de la Italian theory, en realidad, viene acompañada de un esfuerzo sistemático, heterogéneo, e imaginativo de poner en suspenso los presupuestos de la organización ontológica de lo político. Como ha visto Alberto Moreiras en su comentario al libro, el pensamiento de Massimo Cacciari, Carlo Galli, Giorgio Agamben, o Roberto Esposito en lo absoluto pueden ser traducidos a una estructura genérica de politización revolucionaria, pues en cada caso estas obras llevan a cabo una exploración efectiva de las condiciones de politicidad [3]. Desde luego, podríamos prever que el rechazo por parte de Portinaro de confrontar los momentos de mayor lucidez especulativa de la IT se justifican a partir de una matriz realista en ambos casos (tanto para la mentada ‘plusvalía política’ de la IT, como para el propio Portinaro cuya dependencia en el principio político de realidad es absoluto). Pero es aquí donde entran a relucir las contradicciones, pues la IT en modo alguno se agota en un realismo político al servicio de los proyectos de la anarquía de los fenómenos políticos mundiales. En efecto, lo que un “realista” como Portinaro debió haber hecho (pero no hizo) es ver qué pasa con la estructuración de la realidad política para que fenómenos iliberales florezcan por doquier, y para que ahora el orden internacional se vea acechado por el nuevo ascenso imperial de la China.

El acto de magia “irreal”, en cualquier caso, es del propio Portinaro al notar las antinomias de revolución y realismo en el marxismo residual de Antonio Negri sin poder responder apropiadamente a los déficits de la propia tradición liberal que ahora han sido liquidados en la propia génesis de su desarrollo histórico (pensemos en el interpretativismo en el derecho como abdicación del positivismo, o en el paradigma de la optimización de la ingobernabilidad como sutura a la crisis de la legitimidad) [4]. Estos procesos de pudrición histórica-conceptual tienen poco que ver con las audacias especulativas de una constelación de pensamiento atenta a la crisis de las mediaciones entre estado, sociedad civil y subjetividad. Pero es cierto que a Portinaro no le interesa polemizar con el registro especulativo del pensamiento teórico italiano, cuyo momento más alto no estaría en la política sino en la dimensión poética e imaginal a través de la herencia de Vico y de Averroes y del regreso de la teología (el debate sobre la secularización que ha tenido una productiva continuación en Italia tras sus inicios germánicos).

A Portinaro le preocupa la anfibología desde la cual el “pensamiento revolucionario” (¿es lo mismo que la IT?) queda atrapado entre la economía y la política; esto es, entre Marx como suplemento de Maquiavelo, y Maquiavelo como suplemento que se convierte en “estratégicamente ineludible” en el post-marxismo [5]. Dicho en otras palabras, el fracaso del pensamiento del paradigma de la economía política de Marx rápidamente se compensa mediante el paradigma de un realismo político de un Maquiavelo radical para así echar a andar el motor de la conflictividad. El Maquiavelo de la IT dejaría de ser el gran pensador florentino del realismo para devenir un nuevo “visionario revolucionario” capaz que llevar adelante un horizonte histórico de liberación. Pero la sobrevalorada importancia de Maquiavelo en el libro de Portinaro es, a todas luces, estratégica y manierista. Pues Maquiavelo viene a confirmar inmutabilidad del “realismo” en la esfera de la política. Sin embargo, ¿no sería, como vio en su momento Carl Schmitt, que Maquiavelo es el pensador menos realista de la política, pues ningún consejero lo suficientemente “maquiavélico” escribiría los libros que escribió el autor de los Discursos?

Sin embargo, el problema en torno a Maquiavelo es sintomático. Pues lo importante aquí es que aquello que pasa por “realismo” en la época (sociedad civil, estado, instituciones, positivismo, mediaciones) ha dejado de tener un sentido concreto ante la abdicación integral de la organización de la arquitectónica política moderna y la crisis de autoridad. En cualquier caso esto es a lo que viene a alertarnos la Italian Theory. Esto supone que, incluso si hemos de aceptar la centralidad de un “maquiavelismo” exotérico en la IT, tanto Portinaro como los representantes de la constelación que se critica quedarían encerrados en un mismo horizonte de irrealidad; o lo que es lo mismo, presos en un encuadre retórico que les permite compensar la disyunción entre hermenéutica conceptual y realidad política, pero a cambio de abandonar toda imaginación capacitada para una transformación realista. La posibilidad de morar en este abismo entre realidad y concepto, entre el agotamiento de la política y la dimensión insondable de la existencia responde a lo que hemos venido llamando una región infrapolítica. Y atender a esta región es el único modo de hacernos cargo de la realitas en un mundo entregado a la devastación sin acontecimiento.

En los momentos más estelares de la IT (lo impolítico y la munus de Esposito; la destitución y la forma de vida de Agamben; el pensamiento en torno al nihilismo de Cacciari, Vitiello, y Severino) se confirma concretamente la pulsión de lo real; si por real entendemos una posibilidad de proximidad en torno a una crisis conceptual de los fenómenos que no puede trascenderse ni mucho menos suturarse con la gramática de los conceptos políticos modernos. Al final, como alguna vez apuntó Román Jakobson, todos somos instrumentos del realismo, y solo varían los modos de efectuar un principio de realidad. En otras palabras, lo importante no es ser realista como siempre lo hemos sido, sino desde una mirada que se encuentre en condiciones de poder atender a la dimensión concreta de los fenómenos en curso. La diferencia entre los primeros y los segundos hoy se instala entre nosotros como dos visiones ante la época: aquellos que en nombre de la realidad mantienen el mundo en el estado perenne de estancamiento; los segundos que, sin certezas ni principios fijos, arriesgan una posibilidad de pensamiento sin abonar las adecuaciones que ya no pueden despejar una ius reformandi interna.

No deja de sorprender la metafórica con la que cierra el libro de Portinaro, pues en ella se destapa la latencia que reprime la pulsión realista. Escribe al final del libro citando a Rousseau: “el filósofo ginebrino menciona en clave antipolítica la práctica de aquellos “charlatanes japoneses” que cortan en pedazos a un niño bajo la mirada de los espectadores; después, lanzando al aire sus miembros uno tras otros, hacen caer al niño vivo y recompuesto. [6]. Las diversas misiones de la IT le recuerdan a Portinaro estas charlatanerías bárbaras e impúdicas (y podemos imaginar que es también toda la teoría de corte más o menos destructiva o radical). Y, sin embargo, ese mismo cuerpo descompuesto, en pedazos, desarticulado, y abandonado a su propia suerte es la imagen perfecta de la fragmentación del mundo luego del agotamiento de lo político. Ese cuerpo en mil pedazos es el mundo sublime y anárquico que el Liberalismo solo puede atribuirles a terceros para limpiar (de la manera más irreal posible) su participación de la catástrofe. 

Pero mucho peor que imaginar el acto de magia negra de recomponer al niño luego de desmembrarlo en mil pedazos, es seguir pensando de que el niño (lo Social) sigue intacto y civilizado, inmune y a la vez en peligro de los nuevos bárbaros irresponsables. Pero sabemos que esto ya no es así, y pretender que lo es, tan solo puede asumirse desde el grado más alto de irrealismo posible: un idealismo categorial sin eficacia en la realidad. De ahí que, paradójicamente, entonces, el panfleto de Portinaro sea al final de cuentas un texto impolítico, en la medida en que a diferencia de los political pamphlets – que como nos dice Bailyn buscaban persuadir, demostrar, y avanzar concretamente una lucha política reformista – el libro de Portinaro busca aterrorizar contra el único bálsamo de aquellos que buscan: la posibilidad de pensamiento e imaginación [7]. La IT no es otra cosa que una invitación a errar en esta dirección ante una realidad que ya no nos devuelve elementos para una transformación del estancamiento. O lo que es lo mismo: la renovación de volver a preguntar por la revolución.

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Notas 

1. P. P. Portinaro. La apropiación de Maquiavelo: una crítica de la Italian Theory (Guillermo Escolar editor, 2021). 38.

2. Ibíd., 39.

3. Alberto Moreiras. “Comentario a «Apropiación de Maquiavelo. Una crítica de la Italian Theory», de Pier Paolo Portinaro”, Editorial 17: https://diecisiete.org/nuncios/comentario-a-apropiacion/

4. Grégoire Chamayou. The Ungobernable Society: A Geneology of Authoritarian Liberalism (Polity, 2021). 

5. Ibíd., 115.

6. Ibíd., 201-202.

7. Bernard Bailyn. The Ideological Origins of the American Revolution (Belknap Press, 2017). 18-19. 

Réplicas. Por José Luis Villacañas. 

Querido Gerardo: muchas gracias por tu comentario, que nos permite mantener la conversación que mantuvimos en Princeton. Wilson es un modelo para el pensamiento de Weber sobre el líder antiautoritario, desde luego. No conozco el libro que citas, pero me parece muy relevante y voy a hacerme con él. Pues lo peculiar de Weber es ciertamente una defensa del parlamentarismo. Este solo hecho hace de Schmitt un hijo ilegítimo de Weber. El parlamentarismo es electivamente afin con lo aprincipial, desde luego. La discusion infinita es el reconocimiento de la falta de fundamentos.

En realidad, el parlamento no es una escuela de teoría, sino una aspiración a la concreción y singularización de las decisiones y por eso es la mayor institución al servicio del control del estado administrativo. Por supuesto que el parlamento es coral, y desde luego no tiene nada que ver con el líder concentrado presidencial. Sin embargo, es el lugar en el que se puede apreciar la manera en que se acredita que alguien es capaz defender intereses materiales de los dominados.

Ahora bien, por si solo no es suficiente para controlar el estado administrativo, porque sería como perseguir el ratón al gato. De lo que se trata es de que el que da las órdenes en el estado administrativo tenga que responder también a los intereses de los dominados. Desde este punto de vista, argumenté que sólo las dos dimensiones (Parlamento y Gobierno) están en condiciones de controlar la burocracia.

El primero porque analiza las decisiones de los burócratas, las hace públicas, exige preguntas y describe procesos, por mucho que tengan base legal; el segundo porque permite que el activismo legislativo o incluso el ordenamiento esté en condiciones de responder a los intereses de los dominados. Sin esta figura, sólo se controlaría a la contra; por un presidente adecuado se presiona a favor de que se atiendan positivamente los intereses de los dominados. El parlamento en todo caso puede ser decisivo para que se no violen o se lesionen.

Querido Alberto: para comprender este debate debemos marcar el sentido bastante limitado de lo que Galli llama pensamiento moderno. Lo que Galli quiere es, como Duso, eliminar como marco de conversación el planteamiento de Hobbes. Esto significa que todo pensamiento contractualista moderno es principial y desde luego nadie quiere caer en sus redes. Desde luego, el pensamiento republicano no cae en esas redes porque ciertamente no asume esa creatio ex nihilo del contrato bajo ninguna de sus maneras. Y desde luego, tienes razón: el anarquismo no es sino una manifestación más radical de la teoría del contrato, como se descubre cuando observamos las deudas que Proudhon mantiene respecto de Rousseau.

Las paradojas de este pensamiento principial llevaron a Kant a hablar del contrato como un ideal del futuro y nunca como un fundamento político. Y desde luego, no confundo el anarco-populismo con el anarquismo en tanto tradición que forma parte de la historia de las ideas.

El problema, como dijimos en conversaciones anteriores, es definir bien el asunto a-principial. Y sinceramente, este es el punto que no entiendo bien. Pues lo decisivo para mí no es reconocer que desde luego nada en política ni en filosofía política invoca un fundamento. El hecho de que Laclau intente suturar su pensamiento político con el líder como referente vacío no es solo el más sincero de los reconocimientos de esa ausencia, sino también pensamiento no completamente reconciliado con ella, por cuanto intenta por todos los medios buscarle un subrogado. Sin embargo, no es claro para mí que las rupturas con los órdenes conceptuales fundamentales, y su disolución, signifique la ruptura con los órdenes materiales, y entre ellos los psíquicos. Y creo que hay una cierta filosofía de la historia cuando la primera destrucción se confunde con la segunda.

De hecho, acerca de esto iba mi conferencia, un tema al que nadie entró porque implica una relativización de la filosofía como aparato conceptual para apresar estas realidades materiales. La filosofía de la historia, siempre de naturaleza utópica, consiste en suponer que nos libramos de la historia justo al librarnos de algunos conceptos metafísicos. Esto me separa de los juegos conceptuales de Heidegger. Una filosofía aprincipial deja todavía muchas realidades materiales históricas operando.

Mi posición es que el populismo no puede ser hegemónico porque las realidades materiales no lo permitirán mientras el centro de gravedad de la vida histórica no se condense al límite de las tragedias. Mientras esto no ocurra, lo que quiere decir la teoría de la hegemonía de forma real es que los regímenes presidencialistas exigen que la población se divida en dos para la elección y que por tanto se tendrá tanto más poder cuanto más clara sea la división y menos se llegue a la mayoría sin compromisos de pactos. Pero en los regímenes parlamentarios la hegemonía no significa nada. Y el mayor de los errores de Iglesias ha sido acuñar un pensamiento de la hegemonía en un régimen parlamentario puro, que no tiene ningún escenario propio del presidencialismo.

El republicanismo por supuesto que comparte la conciencia de la necesidad de acabar con ese pensamiento principial. Pero reconoce que eso es una condición necesaria, pero en modo alguno suficiente para avanzar hacia un estado de mínima dominación del ser humano por el ser humano. Y llama la atención acerca de la carencia de mediaciones entre el anarco-populismo y la política. Por eso no se trata de populismo sin líder. Se trata de política capaz de reducir la dominación, lo que positivamente es otra cosa completamente. Y esto nos lleva a la cuestión de nuestro viejo debate.

El republicanismo no necesita de la hegemonía, pero sí necesita de la legitimidad. Y el problema es que la legitimidad no es una afirmación de arché. Y sin embargo, tampoco queda bien abordado mediante un pensamiento exclusivamente deconstructivo del arché. Aquí las categorías del republicanismo exige algún forma de diferencia entre decisiones, algo que no veo en el anarco-populismo que defiendes. Por eso creo que a partir del republicanismo se pueden traducir mejor las categorías de la emancipación.

 

(*Esta réplica contesta a los textos “Presidencialismo y liderazgo. Una pregunta para José Luis Villacañas”, de Gerardo Muñoz y “El desacuerdo de José Luis Villacañas”, de Alberto Moreiras.)

*Fotografía: Princeton University. April 7.2017.