Fórmula. por Mauricio Amar

Parece evidente que a esta altura del avance de descomposición de las sociedades humanas es necesario comenzar a hablar con nuevas fórmulas. Fórmula parece un concepto interesante para partir, aunque necesario de debatirlo, puesto que tiene al menos dos acepciones de uso general. La primera es la de ser un medio práctico para resolver problemas complejos. Una fórmula matemática es precisamente una representación entre otras de una relación entre términos. La segunda, indica una mezcla, una composición de elementos, un ensamblaje. La composición de las moléculas se representa en fórmulas para dar cuenta de una estructura de la materia, una composición que de no existir o de existir de otra manera haría que las cosas fuesen diferentes.

Si la primera acepción está fuertemente vinculada a las matemáticas, la segunda debe entenderse como un asunto químico. Mientras la primera guarda relación con una suerte de resumen, contracción, la segunda se parece más a una fotografía del estado de la composición en un momento dado. Si la fórmula matemática siempre aspira a ser una representación de la eternidad, la química sólo está para controlar la estabilidad del sistema de relaciones y combinaciones. Encontrar una nueva fórmula, entonces, tiene algo de su sentido matemático, en tanto buscar una representación de la vida y las relaciones que permita salir de un problema, aunque debe luchar por salir de la esencialización de cualquier representación fija del mundo. De la segunda, debe rescatar el sentido de ensamblaje, abandonando la pipeta, el contenedor que da estabilidad forzosa a aquello que siempre está en disposición de adquirir otra. Esto significa salir del laboratorio, de una lógica que ha hecho ese mundo en el que se nos hace vivir y se nos deja morir. Como pueden apreciar, estoy enunciando desde el inicio lo que quisiera de una fórmula hoy, pero incluso este deseo se enfrenta a problemas más profundos.

Etimológicamente, la palabra fórmula fue utilizada en latín para designar una regla o marco. La fórmula es un instrumento para dar forma (forma + el sufijo ulus que indica su carácter instrumental como en férula o el latín regula). La fórmula sería, desde esta perspectiva el instrumento o dispositivo dador de forma. Un medio a través del cuál una forma singular aparece y es posible de ser enunciada. En otras palabras, puede ser entendida en cuanto ser de las cosas (su aparición y enunciación) y praxis concreta: las fórmulas transforman el mundo constantemente, ejerciendo sobre la materia y las ideas fuerzas e intensidades de las que nacen una y otra vez relaciones entre las singularidades.

Si la fórmula es ensamblaje, el problema no es tanto cómo inventar una forma de la nada, sino cómo dar forma a las cosas con el lenguaje. En tanto regla, la fórmula no inventa una cosa determinada, sino que abre el sentido para la formación de todas las cosas sobre las que ella tiene alcance. Evidentemente, no contiene todo y no hace absoluto su comando sobre las formas que enuncia. Más bien, adopta contingencias, siendo ella misma la manera en que éstas se relacionan y agrupan. Vive de la multiplicidad. El problema es que la razón instrumental hegemónica se preocupa más por lo que la fórmula encierra y menos de las fuerzas y velocidades que determinan un todavía no y un ya no fundamentales. Como Henri Bergson vio con claridad, el movimiento como tal es algo que a la ciencia moderna le molesta, porque su afán es siempre la parcelación, la comprensión de todo movimiento como secuencia de imágenes estancas (Bergson, 2007). Las humanidades no lo hacen nada mal, en todo caso. Las épocas históricas, las ideas de sociedad, nación, Estado, son sólo ejemplos de marcos, fórmulas que se entienden a partir del sueño de la prolongación infinita de su forma actual. El pensamiento moderno odia el movimiento (la velocidad de las autopistas o la casi instantaneidad de internet buscan siempre disminuir el trayecto. El amor a la velocidad no es amor al movimiento), por lo que le es imposible dar con una salida -una fórmula- que se piense a partir de la multiplicidad y la inadecuación constitutiva del mundo.

Los marcos sobre los que se ha constituido la civilización capitalista, que a estas alturas ha devenido planetaria, provienen de formas hegemónicas al interior del cristianismo romano. Marcos o fórmulas que han sido secularizados, pero que siguen siendo operaciones del poder, que, si bien no deciden las condiciones de aparición de las cosas, sí delimitan, como dice Judith Butler, la esfera de la aparición como tal (Butler, 2017). La fórmula no tiene tanto que ver con la agrupación de los elementos, sino más bien con su representación, es decir, es una enunciación sobre un estado de cosas que siempre pudo ser dicha de otra forma. No es la chorá platónica, ni el ser de Alfarabi o el intelecto de Averroes, tampoco el plano de inmanencia deleuziano, pero siempre remite a un medio puro para enunciarlo. Es una operación sobre el flujo de la naturaleza, operación de la lengua sin importar si ésta se constituye de signos matemáticos o lenguaje común. Por eso no puede existir una sola fórmula, pero sí fórmulas hegemónicas, que hacen como en la física de partículas una detección del electrón mediante la observación. Esto no significa que sea subjetiva, pues la propia subjetividad es una fórmula. Existen reglas que rigen la subjetividad moderna, como por ejemplo la regla de coincidencia de la razón con un cuerpo biológico o la regla de personificación-despersonificación que da a cada singularidad de la especie una potencia cerrada por el binarismo de devenir plenamente humano, población o vida descartable.   

Evidentemente, las fórmulas hegemónicas son asediadas por otras que pueden poner en cuestión parcial o totalmente las reglas que las rigen. Las formas de vida no adaptadas al capitalismo, al derecho romano, al Estado o la nación, suponen un peligro para las fórmulas hegemónicas. Otras, potencialmente amenazantes pueden ser absorbidas por las reglas de enunciación de estas últimas, como ha ocurrido con la homosexualidad o una parte, al menos, del feminismo, sobre todo en los centros productivos del capitalismo. Esta acción puede ser entendida como una captura, al modo de una red de pesca que se lleva consigo los peces que busca más cientos de otras cosas accidentalmente atrapadas, pero que estaban a su alcance y por tanto caen en su poder y se ponen a funcionar para él.  

La fórmula corresponde a la nueva codificación en la que comienza a funcionar un elemento que ha sido desterritorializado, suspendido de su praxis habitual, y reterritorializado, dispuesto hacia un nuevo sentido. Lo que el capitalismo, o cualquier otra época que se pretenda absoluta, ha escondido en su episteme son dos cosas fundamentales. La primera, consiste en no poner de manifiesto que su fórmula tiene una historia, que corresponde a un montaje de elementos heterogéneos que han adquirido una nueva forma producto de una territorialización. La segunda, es ocultar que el ensamblaje que le constituye está siempre haciéndolo ser otra cosa.

El neoliberalismo, por ejemplo, como momento de aceleración de la destrucción del planeta es una forma de capitalismo porque sigue funcionando de acuerdo con las reglas de codificación de la propiedad privada y la venta de la fuerza de trabajo que permiten la acumulación, sin embargo, siguió una línea de fuga del capitalismo que convirtió en hegemónica a la economía bursátil, sosteniéndose en la circulación de capital sin ningún tipo de respaldo más que la compra y venta acelerada de acciones. La fórmula neoliberal es inseparable de los media y las plataformas de comunicación que hacen posible tanto la propaganda activa como la transacción rápida de capital. Cada uno de los elementos que se agrupan en torno a tal proceso de acumulación a escala planetaria (los media, internet, la bancarización, e incluso la desigualdad social que forma parte de su reproducción) permiten en diferentes grados tanto el rendimiento de la fórmula, como su inestabilidad y posible disgregación. 

Si nos entendemos en la búsqueda por formas de vida en resistencia al actual estado de cosas, debemos decir que encontrar una nueva fórmula, que permita resistir a la del neoliberalismo, implica detectar las líneas de fuga, las prácticas concretas que tienden a desestabilizar el orden actual. En ese sentido es posible hablar de una política destituyente, como ha enunciado Rodrigo Karmy o una política profana, idea cara a Giorgio Agamben, que saque del templo las verdades con que una determinada forma de vida, la del neoliberalismo, ha ordenado el mundo, es decir, que actúe sobre las relaciones posibles al interior de este campo de fuerzas inestable. La inestabilidad creciente del neoliberalismo viene dada por su propia pretención totalizadora e incluso creadora de mundo, porque su funcionamiento constante consiste en la descodificación del mismo mundo que forja (Cf. Deleuze, 2005).  

Abrir fórmulas antineoliberales implica, por tanto, encontrar aquellos restos de multiplicidad que el propio capital ha sido incapaz de incorporar a su lógica. Un tercer paisaje, como esas multiplicidades de vida que emergen en los rincones de las calles, amenazadas con ser pensadas como malezas y arrancadas, pero persistentes en florecer, sin haber sido pensadas por los urbanistas (Cf. Clément, 2014). Esto significa crear, no desde la nada, sino a partir de las ruinas de nuestra cultura, de esta catástrofe cuya máquina ha avanzado en la descodificación constante de todo lo que está a su alcance para someterlo a la equivalencia del valor de cambio. 

Esto nos abre, evidentemente, una pregunta por la posibilidad de la codificación. En un libro muy interesante de Massimo Cacciari llamado Il potere que frena (2014), el gran pensador italiano se lanza contra una posición ocupada por Agamben y Jacob Taubes respecto al valor del concepto de katechón en la cultura occidental. Esa fuerza que frena la llegada mesiánica, que adquiere su contenido interpretativo histórico en la teología política de Carl Schmitt, y que ha de ser representada por poderes fácticos como el imperio romano, la iglesia católica, los Estados nacionales y el propio capitalismo, implicaría en realidad, para Cacciari, una fuerza perdida cuyo poder es el de crear un horizonte común. El imperio, el Estado, o la iglesia tendrían un poder de abrir una época a partir de la cual se articula un sentido de pasado y futuro común. En el interior de su trama sería posible figurar una forma de vida más allá del individuo. El katechon de Cacciari afirma un mundo prometeico, porque ilumina un camino compartido como especie -una sophia capaz de representar el bien común-, mientras el capitalismo, al contrario, tendría una forma epimeteica, una apertura permanente de la caja de Pandora, en la que ninguna certeza salvo la del placer individual es posible (Cf. Cacciari, 2014). 

Podríamos preguntarnos un tanto sobre esta concepción de katechon, porque afirmando la idea que Cacciari se hace del capitalismo como una imposibilidad de formulación de lo común, también podríamos decir que la reterritorialización que opera el neoliberalismo en la forma de la equivalencia de capital, que implica la descodificación constante de todo lo que arrastra consigo, es una forma de aplazamiento, de diferimiento, que no abre horizonte común, sino una moral totalizante que obliga a la representación de lo individual como referente absoluto de la experiencia. Un katechón extraño, pero que cumple con la función de aplazar la emergencia de la fuerza mesiánica.  Esto, evidentemente da para una larga discusión, pero me interesa dejar planteado el hecho de que el neoliberalismo no es ajeno a una moral ni a un destino del mundo -en cierta forma, como indica Adam Kotsko, es una teología política (Cf. Kotsko, 2018)- sólo que ese destino, tal como lo tenemos a la vista de forma cada vez más apremiante, es la destrucción de la experiencia común y, por supuesto, de la naturaleza de la que somos parte.

¿Será la respuesta a la búsqueda de una nueva fórmula restituir un katechón, bajo la forma que sea? Parece evidente que la manera en que el imaginario katechóntico ha sido conceptualizado no permite, ni siquiera en Cacciari, pensar en una construcción de lo común benigna. El Imperio, el Estado y la iglesia han sido no sólo máquinas de clasificación, jerarquización e invisibilización de la vida en común en pos de la protección de procesos de acumulación de grupos de poder, sino también la condición de posibilidad de emergencia del capitalismo y su nefasta forma neoliberal.          

Entonces, no haría mal explorar nuevas fórmulas que, al tiempo de involucrar fuerzas mesiánicas, permitan pensar lo común. Es posible que eso esté contenido en la idea siempre críptica, de un verdadero estado de excepción, tal como lo enuncia Walter Benjamin en su octava tesis sobre el concepto de historia. Verdadero porque coloca al estado de excepción soberano que define el poder soberano schmittiano como una forma posible en un campo más vasto que es la vida común. Si el poder soberano aúna las fuerzas comunes, las rapta en este gran Leviatán que sería el Estado moderno, imitando la creación ex nihilo divina, el verdadero estado de excepción implicaría una mirada al medio absoluto en el que este es posible de ser pensado, creado y vuelto contra su propia fuente común. Lo verdadero indicaría un lugar anterior a la fórmula, efectivamente el medio puro en el que toda fórmula tiene lugar, de modo que habría que volver la mirada no tanto a un pasado, sino a una condición inmanente de todo tiempo y espacio en el que ninguna fórmula está dada, ninguna jerarquía cristalizada, donde todo se puede volver a vincular de otra manera, como en la biblioteca china de Borges. 

Resulta importante, a la luz de la lectura de Neoliberalism’s Demons (2018), de Adam Kotsko, echar una mirada a la separación que opera lo que este llama el axioma Arendt, entre la economía y la política como espacios humanos totalmente diferenciados e irreductibles. Este principio ha sido reforzado de manera especial por la crítica al neoliberalismo de Wendy Brown. El neoliberalismo sería la usurpación definitiva del oikos sobre la polis, de lo privado sobre lo público, de la administración despótica de las necesidades por sobre la libertad real de participar en la igualdad de lo común. Bajo este paradigma arendtiano, que como bien ve Kotsko, se escapa de la conjunción entre economía y política que logró establecer Marx, la plena realización de lo humano estaría fuera de aquello que le interesa a la economía, encargada de una administración de la vida. Podemos decir que una crítica biopolítica precisamente debe incorporar el desmontaje de una ficción de esta naturaleza, si su búsqueda, como ocurre en Agamben, fuese buscar una forma-de-vida, en la que el poder no pueda operar la escisión entre una mera vida o vida desnuda y una vida cualificada. 

Entender que es el poder el que busca una separación entre dos maneras de entender la vida, para poder ejercer sobre ellas su fuerza, nos indica precisamente que éste opera administrando ambos conceptos, atravesándolos continuamente para operar. En otras palabras, el poder no es económico ni político, sino la captura de ambos, la diversificación y proliferación de sus diferencias a fin de regir sobre toda forma de vida. Bíos zoé no serían más que sus ficciones preferidas desde mucho antes que existiera el neoliberalismo y, acaso, constituyendo un dispositivo importante de la tradición occidental. En este sentido, la idea de una infrapolítica, que Alberto Moreiras ha pensado con detenimiento, entendida como deconstrucción constante de esas ficciones que unen de manera necesaria a la vida y la soberanía política, evidenciándolas en su mera facticidad, resulta no sólo interesante por sus posibilidades reflexivas, sino también por la potencialidad de una mirada que sea capaz de incidir también políticamente, sin que la política sea desde su origen el horizonte (Cf. Moreiras, 2019). Buscar una fórmula en la que la vida no sea desarticulada, fraccionada o diseccionada por el poder, implica ir más allá del poder y situarlo epocalmente, comprendiendo los mecanismos que han fijado sus formas y las líneas de fuga por donde esa forma, por más que su ejercicio soberano sea mostrarse como la naturaleza misma, está siempre desarmándose. 

A propósito del reciente libro de Sergio Villalobos-Ruminott, Asedios al fascismo (2020), la aparición de un movimiento fascista neoliberal nos debe indicar precisamente el punto de confluencia entre una perspectiva política totalitaria y una administración completa de la vida a partir de la acumulación de capital, justamente cuando el propio neoliberalismo se presenta a sí mismo como una suerte de hazaña que, desligándose de cualquier filosofía de la historia clásica, derrumba a su paso toda forma de totalitarismo (Cf. Villalobos-Ruminott, 2020). Esta paradoja se muestra falsa ante la mirada capaz de descubrir en el neoliberalismo una cultura, un sistema-mundo, que funciona a través de la aniquilación de toda potencia, utilizando como herramientas propias tanto al Estado como al capital, en plena concordancia con lo que el pensador chileno llamará un fascismo neoliberal. “Si la racionalidad neoliberal -dice Villalobos-Ruminott- instrumentaliza al Estado, inscribiéndolo en su performance acumulativa, habría que ir más allá del simple reformismo convencional, para confrontarse con las dimensiones de esta racionalidad invasiva” (Ibídem). Confrontar las dimensiones de esta racionalidad que ha articulado la cultura de la devastación del mundo contemporáneo, implica no hacer la vista gorda a la situación de corrosión de la forma Estado. Una crítica al reformismo ha de implicar la búsqueda de una nueva fórmula, es decir, un ejercicio de desterritorialización del Estado y la reterritorialización en algo nuevo, en un ejercicio de lo común, en el que la ficción de la separación entre zoé bíos sea expuesta como tal.

La exposición es tanto la muestra de una herida abierta, como una apertura del ser. No se puede deshistorizar la existencia ignorando las fórmulas que la han moldeado. Las ficciones sobre los cuerpos, sobre el movimiento y la circulación han creado un mundo real, o al menos vivido como tal. La exposición de la separación ficcional entre bíos zoé es también la muestra de una catástrofe para los cuerpos, una operación de fuerza sobre lo común, que no termina de sangrar. Es exposición de la muerte acelerada de la naturaleza y la responsabilidad humana sobre ella. Exponer el mundo en su sin horizonte creado por el neoliberalismo, podrá permitir pensar también cómo éste mismo existe a duras penas en la fragilidad de una pesadilla. Por ello, debemos decir que es la exposición el primer acercamiento a la potencia, a la medialidad absoluta en la que siempre vivimos y en la que, en última instancia, debemos escarbar para encontrar nuevas fórmulas.

Bibliografía

Bergson, H. (2007). La evolución creadora. Buenos Aires: Cactus.

Butler, J. (2009). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Cacciari, M. (2014). Il potere che frena. Saggio di Teologia Politica. Milano: Adelphi.

Clemént, G. (2014). Manifeste du Tiers paysage. Paris: Sens & Tonka.

Deleuze, G. (2005). Derrames. entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Cactus.

Kotsko, A. (2018). Neoliberalism’s Demons. On the Political Theology of Late Capital. Stanford: Stanford University Press.

Moreiras, A. (2019). Infrapolítica. Santiago: Palinodia.

Villalobos-Ruminott, S. (2020). Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular. Santiago: DobleAEditores.

*Imagen: Antoni Tapies, “Cruz y raya” (1974), Museo Abstracto de Cuenca.

La izquierda aglutinante y el corte. por Gerardo Muñoz

 

Hay una máxima de Jean Gratien sobre Saint-Just cuya contundencia sigue latiendo en nuestro presente. Escribía Gratien: “La “inhumanidad” de Saint-Just radica en que no tuvo como los demás hombres varias vidas distintas, sino una sola”. Toda la miseria del izquierdismo político puede despejarse desde aquí. ¿En qué sentido? A primera vista esta máxima es una enmienda a toda la teoría de las esferas de acción del hombre moderno cuya saturación antropológica ha acabado dispensando al ‘sujeto deconstruido’ de la metrópoli. Pero no deseo recorrer este registro. En un segundo nivel, lo que Gratien buscaba elucidar era algo así como un ethos de la existencia capaz de cortar las compensaciones de toda política ideológica. Pensemos por un momento en qué significa esto hoy. Pensemos por un momento en la izquierda. ¿Tiene la izquierda hoy un programa solvente para la época que no sea sumatorio?

Mirando a diversas realidades es casi imposible divisar cuál es. Y sin embargo lo que sí tiene es lo que una vez el periodista militante Horacio Verbitksy (un ideólogo profesional) llamó una “aglutinación subjetivante”. Es una expresión notable porque condensa la cultura sumatoria de la izquierda. De ahí que el giro “tradicionalista” de la izquierda contemporánea tenga la forma de una bolsa de juguetes: leninismo, socialdemocracia, liberalismo, zapatismo, comunitarismo horizontal, sesentayochismo, filología marxiana del sur, movimiento de movimientos, latinoamericanismo, decolonialidad, etc. La lista es contingente a las demandas del presente. Como en la dogmática eclesiástica, lo importante no es definir un programa o asumir una postura en nombre de algo, sino fijar la jerarquía en el retablo. Para volver a Gratien: de lo que se trata es de retener esas muchas vidas compensatorias en lugar de una vida.

Esta actitud ante el mundo no es banal ni fortuita, al contrario, es la fuente misma de la mala fe que oxigena la idolatría. Y es una postura trágica en el sentido más fuerte de la palabra, puesto que una política que abandona “una vida” es una política que ya no tiene destino. No es casual, entonces, que la izquierda de la aglutinación termine encandilada con el principio de la “hegemonía” puesto que el hegemon es precisamente lo que ordena y gobierna sobre la dispersión de los fragmentos, lo que los vuelve lisos, y lo que termina garantizado el trámite equivalencial. En realidad, no hay diferencia alguna entre el partido de la aglutinación y la teoría de la hegemonía. La hegemonía es su último avatar.

Lo tragicómico de todo es que la hegemonía habla de “revolución” constantemente. Sin lugar a duda, en todo exceso retórico hay una compensación a un impasse práctico. Por eso la definición entre izquierda y revolución acuñada por Dionys Mascolo en un momento de casería de brujas sigue siendo tremendamente actual: “Todo lo que se designa como de izquierda es ya equívoco. Pero lo que se designa como «la izquierda» lo es mucho más. El reino de la izquierda se extiende desde todo aquello que no se atreve a ser franca y absolutamente de derecha, o reaccionario (o fascista), hasta todo aquello que no se atreve a ser francamente revolucionario” [1]. De nada sirve invocar infinitamente una tradición revolucionaria si se quiere ejecutar una revolución. De nada sirve llamarle al otro contrarevolucionario. Por eso hay izquierda por todas partes, pero ni de lejos una teoría revolucionaria. Pero sabemos que un corte contra la hegemonía es la apertura a otra cosa. Esta es la invitación a otro viaje.

 

 

  1. Dionys Mascolo. Sur le sens et l’usage du mot “gauche”. Paris: Nouvelles Èditions Lignes, 2011.

 

La fábula de la experiencia: sobre Eduqué a mi hija para una invasión zombie (2019), de Diego Valeriano. por Gerardo Muñoz

Desde hace mucho tiempo que nos sentimos cercanos a la escritura de Diego Valeriano. Cuando decimos escritura buscamos el énfasis: Valeriano no escribe libros o ensayos, poéticas o conceptos, ficciones o relatos en búsqueda de simpatías. Esta escritura es siempre la intensidad de un recorrido ante lo irreductible del mundo. Este mundo es el desdoblamiento de las vidas en el conurbano, pero a la distancia es también el lazzo de otras posibilidades. En realidad, es una invitación para que sus amigos persigan sus verdades. Valeriano no le escribe a un público lector, sino al reino de lo que llamamos “amistad”. En su Eduqué a mi hija para una invasión zombie (rededitorial, 2019) se persigue este vector: la desficcionalización deviene una fábula contra el apocalipsis [1]. Dice Valeriano: “En este apocalipsis no hay proyectos, sino momentos; no hay expectativas sino cuidados y segundeos; no hay jerarquía, salvo la que genera los cuerpos bien plantados” (3). Fabular es entrar en relación con la ingobernabilidad de lo que amamos: una fiesta, un paisaje, unos libros, una conversación, una hija. ¿Cómo fabular con una hija en tiempos de guerra? Una guerra sui generis, pues no somos nosotros los partícipes, sino más bien quienes hemos sido arrojados. “Ser piba hoy es estar en guerra, es cruzar territorio enemigo…” (4). Dice Valeriano. Y así, la escritura va tomando espesor, la fábula va abriéndose sobre la cartografía de lo real.

Aclaremos esto. La fábula es un problema de visibilidad. Esto es, desde la “fábula” podemos ver mejor las cosas. No todas “las cosas” que se mezclan en la abstracción de “todo con todo” del monismo, y que hoy coincide con la estructuración de la cibernética del mundo. La fábula, como sabía un romántico hereje como Lessing, es lo que le da sentido a los posibles [2]. Mientras la realidad no admite sombras, la fábula desrealiza su superficie en condicionales e incondiciales. Un incondicional: amar a una hija. Un condicional: saber que el amor no es el exclusivo que orienta mis percepciones del mundo. ¿Cuál es la inserción de esta guerra del mundo, pudiera preguntarse el lector? En realidad, no se trata de los oropeles de los viejos campos de batalla y sus muertos como en La Guerra y la Paz, sino de la especialización misma de la metrópoli y sus topoi: shopping mall, escuela, fiesta, calle, bondi, parque, tránsito. La metrópoli fomenta la guerra en nombre de una “guerra ortiba” (7); esto es, excluye el acontecimiento de una experiencia de vida. Pero para Valeriano la estrategia que no es la irse al campo, o hacer una comuna en los matorrales, o hacer compañía en el desierto; toda una serie de estrategias que sospechosamente comparten un olor de lo mismo: una nueva fundación de la polis. Al contrario, se trata de liberar el encuentro del afuera estando dentro. Incluso en lo más inaparente: “Esto es un campo de batalla construido a partir de la necesidad de revelarse. Pero un campo de batalla sutil, casi imperceptible. Deserción, huida, quedarse en la plaza gederla. Chamuyar es una disponibilidad inquieta que mata hasta perder la forma humana” (9). Se trata de una “decodificación” de toda la previsibilidad que produce la metrópoli como mirada oblicua en la noche. Esto puede forjar, nos dice Valeriano: “una acción política destituyente, resistente y arbitraria con solo viajar” (12).

Obviamente, política aquí ya no significa organización de las cosas, orientación, movimiento, liderazgos, y todas las cáscaras metafísicas que supuso la vieja política leninista de los fines. La estrategia de la deserción es también la huida de uno mismo hacia los posibles del mundo. En otras palabras, destituir las formas depredatorias con las que lidiamos con el mundo y sus cosas: “vagar siempre fue nuestro mejor encuentro” (22). Pero el vago no es quien ha devenido en un estado de planta, sino el posible de estar-ahí en el mundo con lo que amamos. En el caso de Valeriano se trata de las intuiciones y los silencios con su hija mientras que atraviesan todas las incertidumbres del presente para las que no hay formulas ni marcos compensatorios. La fabulación nos mantiene en el umbral donde lo esencial es más que el entramado ficcional de vida y política. Es el lugar del pensamiento: “El gesto de decir no, de atacar esto que les pasa, el rechazo posta de esta realidad cree un pensamiento. El no es posibilidad de pensamiento de pensar la propia vida” (26).

El no establece un “corte”. El corte reúne las cosas que me son propias en mi expropiación ante el mundo. Ya nada puede ser igual, pues el corte me dota de una separación que es anterior a la alienación de la especie. El arrojamiento es siempre violencia de una experiencia. ¿No es el acontecimiento de una verdad justo lo que aparece cuando atravesamos ese corte experiencial? ¿Pero quien está hoy dispuesto a tomar este camino? Haríamos mal en hablar de una paideia de Valeriano.

Es mejor hablar de una tonalidad de verdad, y que es acaso esta: “lo real cobra una dimensión única, contundente, fabulante…el apocalipsis como momento en que se pueden imprimir otras realidades al mundo. Como campo genuino de experimentación, fabulación y goce” (40). Pero esa posibilidad de pensamiento es también posibilidad que se abre como lo “impensable” (41). El enigma inasible es como hacerlo sin degradar la génesis de nuestra presencia.

De ahí que libro (la escritura, sus recorridos, su fuerza física) de Valeriano se abra a lo que quizás sea la pregunta central de nuestro tiempo: ¿tiene el eros una chance en tanto que posibilidad de corte? ¿O es ya el eros mismo un corte suspendido que, en el momento de cisura se “metamorfosea” en una dádiva para la autoprotección antropológica? En otras palabras, lo impensable es que puede haber un corte fuera de la vida, que es trazo de la vía órfica, y cuya tropología transfigurada puede más que la compresión del vitalista del “amor” (siempre sospechosa de la ausencia de los nombres). Creo que esta es a la pregunta a la que nos arroja Valeriano. Y solo podemos responder a ella estando solos y mirando un mar azul que es huella de lo invivido en cada existencia (45). En este punto la fábula vuelve a comenzar.

 

 

 

 

 

Notas

  1. Ya en los años setenta el pensador italiano Giorgio Cesarano, también autor de un libro sobre el tenor apocalíptico de la época, decía que la tarea del pensamiento radicaba en la destrucción de las ficciones: “Lo completamente ficcional paga más caro su fuerza, cuando más allá de su pantalla se transparente el brillo de lo real posible. No hay duda de que en la actualidad la dominación de lo ficcional se ha hecho totalitaria. Pero este es justamente su límite dialéctico y “natural”. O bien en la última hoguera desaparece hasta el deseo…la corporeidad en devenir de la Gemeinwesen latente, o bien todo simulacro es disipado: la lucha extrema de la especie se desencadena contra los gestores de la alienación…”, Manuale di sopravvivenza (1974), 81. La traducción del italiano es mía.
  2. G.E. Lessing escribe en “Tratados sobre la fábula” (1825): “La diferencia fundamental entre la fábula y la parábola (o el ejemplo) en general es que la realidad para el segundo se descarga como posibilidad. En la fábula, la realidad solo tiene sentido como una entre muchas posibilidades. Y en cuanto al a realidad, la fábula no admite modificaciones, sino solo funciones condicionales o incondicionales.”

Das Leben ist ohne warum: una nota sobre Reiner Schürmann (Gerardo Muñoz).

Al comienzo de su libro Le principe d’anarchie: Heidegger et la question de l’agir (1982), Schürmann sugiere que lo fundamental en la filosofía (en la historia de la filosofía, así como en la arquitectónica de cada uno de sus pensadores epocales) no se encuentra en las condiciones enunciadas, sino más bien en eso que nunca aparece dicho, pero que a su vez hace posible la validación axiomática [1]. Este es, si se quiere, el punto de partida de Schürmann para desarrollar – quizás no exhaustivamente –la asociación entre “ser”, “acción”, y “arche” en el pensamiento de la destrucción de la metafísica de Heidegger leído en reverso; es decir, desde su última etapa topológica hacia la analítica existencial.

Lo que está en juego en el trabajo de Schürmann no es – conviene decirlo desde ya – instalar a Heidegger en un programa regido por una nueva economía categorial del presente, ni mucho menos vincularlo al fundamento de la crítica ingenua que busca superar el nihilismo en cuanto a su consumación (léase aquí la tecnología en tanto “ge-stell”). Al contrario, el interés de Schürmann es mostrar cómo la condición práctica, irreducible tanto al pensamiento como acción y a la acción como pensamiento, pudiera dar un giro fuera de todo antropocentrismo a partir del pensamiento atento al ser como tiempo en una posibilidad an-árquica que se abre a partir de lo que me gustaría traducir, via Schürmann, como la “economía de economías” , esto es, la “posibilidad” (Moglichkeit) de una economía an-árquica en el fin de la metafísica occidental [2].

En otras palabras, a partir de una doble operación, la acción en Heidegger está desprovista de arche, ya que la propia condición del pensamiento deconstruye el principio [3]. Esta reducción fenomenológica carece de toda concepción teleocrática, aunque su única potencia (irreducible a mando o comienzo) es la libertad como fin de la forma principial de la dominación. La claridad de Schürmann no prohíbe la aparición de una serie de posicionamientos, claramente centrales e importantes para lo que se ha venido pensando como la “deconstrucción infrapolítica” atenta a la co-pertenencia entre vida, ética, y política. Por esta razón, en lugar de recaer en la imposible tarea de glosar El principio de la anarquía, quiero detenerme en un momento desde el cual, quizás, pudiéramos abrir uno de estos posibles caminos aporéticos en el interior de nuestra reflexión.

Hay uno de estos momentos no dichos en Schürmann que marca el texto de comienzo a fin, y que aparece justo en las primera páginas y se vuelve a retomar hacia el final. Me refiero a un breve apunte de pasada en el cual Schürmann pregunta por el estatuto de la ética en Heidegger, cuya esencia hubiese sido decisiva si partimos que la anarquía de la época a-principial (la entrada a “esa noche del mundo”, en palabras de Hölderlin) habría dado el giro a la consumación épocal de la ge-stell tecnológica. Conviene escuchar a Schürmann sobre este momento aporético:

“…the genealogy of principles will show how this lineage itself was born; how, with a certain radical turn, the Socratic turn, the constellations of presencing began to be dominated by principles;’ how, at last, with another no less radical turning which announces itself in the technological reversal, these constellations can cease to be dominated by principles. But this thought of a possible withering away of the principles is only progressively articulated in Heidegger. It has been clear from the start that the question, “When are you going to write an ethics?” posed to him after the publication of his major work, arouse from a misunderstanding. But it is only in Heidegger’s last writings that the issue of action finds its adequate context: the genealogy of a finite line of epocal principles” [4].

La aporía aquí es llevada a un punto máximo de explicitación: si por una parte en Ser y Tiempo se anuncia una destrucción (Abbau) fenomenológica de la historia de la ontología occidental, el pliegue que se deja caer en tanto forma de acción a-principial deriva consecuentemente hacia la pregunta por una ética en la medida en que se subscriba la tarea de Schürmann de llevar adelante una fenomenología de los principios epocales (puesto que el ser se entreteje con el carácter común presencial de la dichtung). Por otra parte si aceptamos (dice Schürmann) la solicitación de una ética en el pensamiento de Heidegger, la demanda pudiera ser entendida como generativa de elementos transformados en normas o reformulados en categorías prescriptivas o descriptivas. Lo cierto es que el Heidegger de Schürmann no avanza más allá de esta aporía central en cuanto a la radicalización de la pregunta por el Ser (ti to on) en la crisis an-árquica epocal [5]. La pregunta por la ética en el fin de la destrucción de la metafísica por lo tanto queda en suspenso.

Curiosamente quizás esta sea la misma aporía que ha llevado a Giorgio Agamben en su más reciente L’uso dei corpi (Neri Pozza, 2014), volumen que redondea el proyecto teórico-político bajo el nombre de Homo Sacer, a confrontar abiertamente la interpretación de la ontología dual (más adelante explicaremos porqué) reconstruida por Schürmann. Escribe Agamben en la penúltima glosa de “Per una teoria della potenza destituente”:

א “Il termine arche significa in greco tanto «origine» che «comando». A questo doppio significato del termine, corrisponde il fatto che, tanto nella nostra tradizione filosofica che in quella religiosa, I’origine, cioche da inizio epone in essere, no e soltanto un esordio, che scompare e cessa di agire in cio a cui ha dato vita, ma e anche cio che ne comanda e governa la crescita, lo sviluppo, la circolazione e la trasmissione – in una parola, la storia. In un libro importante, II principio d’anarchia (1982), Reiner Schürmann ha cercato di decostruire, a partire da un’interpretazione del pensiero di Heidegger, questo dispositivo. Egli distingue costi nell’ultimo Heidegger I’essere come puro venire alia presenza e I’essere come principio delle econome storico-epocali. A differenza di Proudhon e di Bakunin, che non hanno fatto che «spostare l’origine», sostituendo al principio di autorita un principio razionale, Heidegger avrebbe pensato un principio anarchico, in cui l’origine come venire alla presenza si emancipa dalla macchina delle economie epocali e non govema piu il divenire storico. II limite dell’interpretazione di Schiirmann appare con evidenza nello stesso sintagma, volutamente paradossale, che fomisce il titolo al libro: il «principio d’anarchia». Non basta separare origine e comando, principium e princeps: come abbiamo mostrato in II Regno e la Gloria, un Re che regna ma non governa non e che uno dei due poli del dipositivo governamentale e giocare un polo contra l‘altro non e sufficiente ad arrestarne il funzionamento. L’anarchia non puo mai essere in pisizione di principio: essa puo solo liberarsi come un contatto, la dove tanto l‘arche come origine che l‘’arche come comando sono esposti nella loro non-relazione e neutralizzati” [6].

Lo que subyace en está crítica de Agamben – debatible y probablemente injusta, aunque acertada – solo se puede entender a partir de una lectura detenida de su libro Opus Dei. En este libro se deconstruyen las “dos ontologías dominantes de Occidente”: el comando y el deber, el “ser” y el “deber-ser”, la “teoría” y la “práctica”, ancladas anfibológicamente en la esfera del derecho y la filosofía, introducidas en la ética moderna (Kant), así como en la invención del normativismo legal (Kelsen) [7]. No conviene en este momento hacer una lectura detenida de Opus Dei – aunque es fundamental hacerla para la comprensión de Le principe d’anarchie (1982) –en cuanto a la pregunta por la ética luego de la liquidación de las ontologías hegemónicas (principio y comando).

Por ahora, quizás solo debemos decir que para Agamben, la cesura que establece Schürmann entre “comando” y “principio” no es suficiente para establecer una relación an-árquica (en efecto, al citar al Benjamin de la anarquía del poder, Agamben malinterpreta totalmente la distinción crucial en Schürmann entre la “anarquía económica epocal” y la “anarquía del poder” en el pensamiento de Heidegger), sin poder establecer una ontología co-sustancial con el momento destructivo epocal. (Esto Agamben lo resuelve de diversas formas en su obra. Pero digamos que el vórtice de elaboración aparece, a mi modo de ver, en la ‘ontología modal’ así como en el concepto paulino de la katargesis en preparación para la desactivación de toda operatividad) [8].

Me gustaría sugerir, sin embargo, al menos un lugar donde ocurre algo así como una doble interrupción entre ambas lecturas; la de Schürmann sobre Heidegger y la de Agamben sobre Schürmann. La clave estaría ceñida en el concepto de Gelassenheit (serenidad) obviada por Agamben, y apenas tematizada por Schürmann. Es allí donde el momento epocal es afrontado por una facticidad unívoca de la atención ante la ge-stell vía una forma que en su uso de vida ya ha dejado de ser capturada, al decir del propio Schürmann, por los aparatos hegemónicos de la tecnificación [9]. (Debo decir, desde luego, que con esto no quiero sugerir que el principio epocal, explicitado con tanta elocuencia por Schurmann en este libro, quede superado en la obra de Agamben).

Es a partir de la Gelassenheit que la pregunta por la ontología no solo cobra un lugar importante de articulación, sino que además ya no encuentra razón de ser en un normativismo prescriptivo ni un principio en disposición del ser, sino que solo aparece ligado a la vida como facticidad, o bien en palabras de Heidegger vía Ángelus Silesius: “En el oscuro fondo de su ser, el hombre verdaderamente siendo coincide en su forma como es; sin porqué”. (La figura de Silesius es simétrica con la ‘vida sin porqué’ de Eckhart, o ‘el niño que juega’ de Heráclito).

Es importante que Heidegger no diga meramente que el hombre es sin porqué, sino que es sin porqué en la medida en que su ser ya se piensa siendo. ¿Puede ese momento de inflexión inscrito a partir de la Gelassenheit pensarse sobre los bordes de una “infrapolítica del vencimiento”, tal y como le ha llamado Alberto Moreiras en un reciente apunte programático? Por el momento solo podemos responder con las mismas palabras de Moreiras: “si esto es un programa, la letra aun no está escrita”.

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Notas

  1. Reiner Schürmann. Heidegger on Being and Acting: From Principles to Anarchy. Indiana University Press, 1987.
  1. Ibíd. “The theoretical turn away from anthropocentrism is only one condition for the possible thinking (being as time) of a possibility (anarchic economy)”. P. 302
  1. Ibíd. “Heidegger makes action deprived of arche the condition of thought which deconstructs the arche…always appears as the a priori for the ‘thought of being’. P. 7
  1. Ibíd. 11
  1. Ibíd. “It is necessary to exist without why in order to understand presencing as itself without arche, or telos, ‘without why’”. 293
  1. Giorgio Agamben. L’uso dei corpi. Neri Pozza Editore, 2014.
  1. Giorgio Agamben. Opus Dei. Archeologia dell’ufficio. Bollati Boringhieri, 2012.
  1. Reiner Schürmann. Heidegger on Being and Acting. Es crucial esta distinción establecida por Schürmann, para contener la crítica de Agamben (si bien hay que tener en mente que el Agamben de Il Regno e la Gloria, tambien glosando a Schürmann, atiende al “principio económico” para sustraerlo a la oikonomia del poder. Todo esto para decir, quizas, que para Agamben el poder y la oikonomia convergen en la forma goburnamental de la soberanía que expresa la maxima ‘el Rey gobierna pero no manda’): “Economic anarchy is not anarchy of power. What I called the hypothesis of closure makes it impossible to conceive of public affairs according to the model of reference to the one, that is, according to the principial model that founds the delegation of functions and the investment of power in ad hoc representative or titular. Economic anarchy is opposite to the anarchy of power as lawfulness is to lawlessness, as thinking is to the irrational, and as liberty is to oppression”. 290