Ancilla amicitiae: amistad y testimonio de Iván Illich. por Gerardo Muñoz

El pensamiento del exsacerdote y arqueólogo de los sedimentos teológicos de Occidente hubiera permanecido inconcluso si no fuese gracias a su amigo e interlocutor David Cayley, quien hizo posible The Rivers North of the future: the testament of Ivan Illich (2005) póstumamente. Si bien desde comienzos de los sesenta Illich —luego de la experiencia catastrófica de generar una ius reformandi dentro del paradigma misionero en Washington Heights y Puerto Rico— había avanzado en una serie de críticas a los dispositivos de la vida contemporánea, no fue hasta el final de su vida cuando tuvo la valentía de esbozar lo que él mismo llamó su testimonio sobre el destino de Occidente. Este testimonio buscaba el desaprendizaje de las raíces proféticas cristianas para “dar comienzo a una teología de nuevo tipo”. 

Como en múltiples ocasiones Illich no se cansó de repetir, la signatura de su pensamiento (la “idea única” a la que es fiel todo pensador, según Cayley) residía en la comprensión de la caída de la Modernidad hacia la corruptio optimi quae est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”). La peor de las corrupciones había tenido lugar con el advenimiento de la profecía universal cristiana, cuya economía de la salvación terminó administrando los hábitos y los modos sensibles de la vida de los hombres. La idea de “reino” como espacio de apertura a la “sorpresa”, ahora pasaba a estar en manos de la institucionalización de la Iglesia; de la misma manera que la conspiratio convertía el pecado en administración de la comunidad de los vivos en un tiempo sin redención. Así, las páginas de la Historia vencían el misterio de las relaciones entre hombres que ya no podían elegir sus maneras libres de inclinación y afección. 

En un trabajo, complementario a su última conversación, Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University Press, 2021), David Cayley da forma a una especie de testimonio que recorre las estelas del pensamiento de su viejo amigo. Como sabemos, escribir sobre la clandestinidad de la amistad es siempre una misión imposible. Por esa razón el libro evita la biografía convencional del “sujeto que supone saber”, optando por la indeterminación entre vida y pensamiento, constelando fragmentos que siguen generando la “extrañeza” ante el pensamiento vivo de un testigo de su época. Por esta razón, la escritura de Cayley es también un ejercicio autográfico sobre la potencia de un pensamiento cuya vitalidad, ante y contra la muerte, se coloca en el umbral del testimonio. Todo esto implica, como ha señalado Giorgio Agamben recientemente, generar una verdad en el mundo que solo puede comunicar lo que es absolutamente incomunicable.[1] El libro de Cayley erra en esta dirección, sin abonar modelos o ideas aplicables para un mundo caído al mysterium iniquitatis. El misterio del mal desborda la tarea de las instituciones que alguna vez dotaron a los hombres de las certezas del mundo de la vida y de sus técnicas de sobrevivencia. El testimonio da cuenta de la humillación del hombre ante este declive antropológico que hoy multiplica las compensaciones. Y, sin embargo, no es menos cierto que los hombres en la medida en que “hablan”, no pueden dejar de ser testigos de una verdad, como un vagabundo en la noche que tropieza con ella.

En uno de los momentos más hermosos del libro —hermosos en la medida en que la belleza es también la complicidad secreta de toda amistad— Illich le confiere el secreto abierto de su pensamiento a Cayley de esta manera: “Yo dejo en tus manos lo que yo quiero hacer con mis intenciones… decirte esto en gratitud y fidelidad detrás de este candelabro que está prendido mientras te hablo de mi testamento verdadero que no es reducible a una traición, sino que ha sido elegido en mi propia vida”.[2] Como en pocos otros momentos de la conversación Illich-Cayley, encontramos aquí una instancia del brillo de la proximidad entre el carácter singular y el desasosiego histórico de Occidente. Desde luego, podemos pensar en la etapa paratáctica de Hölderlin, en la que el poeta alemán pudo dar testimonio destruyendo la gramática del poema y la razón, para así dejar ver el abismo entre el mundo moderno de las maquinaciones y la pulsión aórgica de la vieja Grecia. Tras la luz de la vela, Illich abría una instancia que, más allá de la profecía, pudiera orientar otro camino: por eso la figura del amigo ya no era un profeta, sino simplemente como una existencia que, mediante la experiencia, recordaba que las “percepciones vitales ahora eran ajenas a todos en el mundo”.[3] De ahí que Illich diga que “solo una vez que borramos la predictibilidad del rostro del otro podemos ralamente ser sorprendido por él”. 

¿Puede el pensamiento de Illich preparar una ius reformandi política o una revolución institucional en un mundo atravesado íntegramente por el mysterium iniquitatis? Ahora hemos llegado a este punto. Cuando le he preguntado esto a Cayley como antesala a nuestra conversación, me ha contestado con una respuesta que pone el acento en la vacilación: “Axiomáticamente nunca es tarde, pero esto no quiere decir que no sea, en verdad, ya muy tarde”.[4] No caben dudas de que Illich es un pensador que toma distancia de la política, y que es ajeno a sustancializar un principio de comunidad redentora. No debemos olvidar que el común para Illich es el silencio irreductible del ejercicio de dar un testimonio. De ahí que su testamento —el de una vida ex ecclesiamex universitatis, y ex mundi— solo puede hacerse desde la práctica de amistad y como reparación para las condiciones de una “práctica de amor”. Este amor ya no es una inscripción universal dispensada por la profecía, sino que afirma la celebración ante las cosas que encontramos. En este punto es que es insuficiente pensar teológicamente a Ivan Illich como un pensador mesiánico ante el agotamiento de la comunidad de salvación cristiana y sus instancias de deificación. El testimonio del último Illich registra, sin programa ni determinación teórica alguna, que el reino es la separación de nuestros modos (el espacio invisible de lo vernáculo) del régimen de la escasez. La amistad libera el espacio invisible que le devuelve la subsistencia al existente. 

Y hacerse cargo de la subsistencia supone, en última instancia, la afirmación del carácter ante la muerte por encima de los controles de optimización (risk management) de la Vida entendida como abstracción o como guerra contra la muerte singular.[5] Todo esto resuena en el presente pandémico en el que la nueva oikonomia del “polo médico” busca incidir, una y otra vez, sobre la vida haciendo de los seres vivos una mera reserva para la administración del “delivery of death” y de las estadísticas del “death toll”. Si en nuestro presente estamos atravesados por la pérdida absoluta de “la hora de tu propia muerte”, como me ha recordado Alberto Moreiras, entonces lo fundamental es retraerse de una “Vida” para comenzar a vivir verdaderamente. 

El vórtice del pensamiento de Illich recae sobre la tarea más difícil de la existencia que, en el afuera de la vida, orienta a todo destino. Buscar una tonalidad con la verdad supone retraerse de la mala fe de los valores del dominio cibernético. Fue así como Illich abrazó la amistad y la compasión al interior de un mundo roto. Por eso, en un ensayo tardío podía decir que “la amistad, la philia, era la verdadera constancia de su enseñanza… y que para la amistad no hay un nombre, puesto que varía en cada respiro”.[6] El retiro a la amistad devenía una teología transfigurada, la única ancilla amicitiae del pensamiento y el único testamento de una experiencia en un mundo en tinieblas. Y es la proximidad del testimonio aquello que atraviesa un mundo incapaz de transmitir la música de las cosas tras el fin del eón de los profetas.  

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* La presentación de Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University, 2021) de David Cayley tendrá lugar el viernes 16 de abril junto al autor, en el marco de “Conversaciones a la intemperie” organizada por 17, Instituto de Estudios Críticos.Para asistir al encuentro, abierto al público, es necesario el registro en: https://17edu.org/conversaciones-a-la-intemperie-ivan-illich-an-intellectual-journey-de-david-cayley/

Bibiliografía


[1] Giorgio Agamben, “Testimonianza e verità”, en Quando la casa brucia. Giometti & Antonello, Macerata, 2020, pp. 53-88.

[2] David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey. Penn State University Press, Pensilvania, 2021, p. 9.

[3] Ivan Illich. “The Loss of World and Flesh”, Barbara Duden y Muska Nagel (trads.), Freitag, 51, Bremen, diciembre, 2002.

[4] Correspondencia personal con David Cayley, abril de 2021.

[5] Gerardo Muñoz, “Teologías post-coronavirus”, José Luis Villacañas (ed.), Pandemia. Ideas en la encrucijada. Biblioteca Nueva, Madrid, 2021, pp. 254-265.

[6] Ivan Illich. “The cultivation of conspiracy”, Lectura en Villa Ichon, Bremen Archive. Bremen, Alemania, marzo, 1998. 

Orientalismo y Filosofía: descentramiento de la enseñanza universitaria. por Rodrigo Karmy Bolton

Es posible que se haya dicho demasiado sobre “Orientalismo” de Edward Said. Publicado en 1978, resulta un texto decisivo, pero no porque haya posibilitado la emergencia de la perspectiva decolonial, sino porque trae consigo el mismo gesto que, alguna vez, abrieron Freud y Marx: el descentramiento como práctica crítica frente al “cliché”. Más aún, “orientalismo” no se lo ha medido sobre sus consecuencias para pensar la Universidad, ese dispositivo de saber-poder que aceitó justamente el devenir colonial de Europa y la subsunción colonizado del mundo. ¿Qué puede ser la Universidad después de Said? Puede ser una pregunta mucho más importante que insistir en qué podría ser la Universidad en su deriva neoliberal. Incluso; la respuesta a la primera pregunta necesariamente conlleva una respuesta radical a la segunda: la trama colonial devino trama global.

Sin embargo, me parece imprescindible subrayar que “Orientalismo” no marca simplemente una crítica al colonialismo como si este último fuera concebido como una realidad puramente politológica o sociológica –que es, mas menos, como ocurre en la perspectiva decolonial- sino que el “orientalismo” como discurso no es más que lo que Heidegger denominó “onto-teología” como aquella metafísica de la representación sostenida, por tanto, en la noción de sujeto. El propio Said comienza su libro con un epígrafe de Marx (el 18 de Brumario de Napoleón Bonaparte) en el que se lee: “no pueden gobernarse a sí mismos, deben ser gobernados”. La cuestión del gobierno da la clave en el asunto: en la introducción al texto Said subraya que el “orientalismo” funcionaría como “estilo de pensamiento” y, a su vez, como “institución colectiva” dirigiéndose permanentemente a dirigir a los pueblos colonizados, a gobernarlos, a conducirlos y decidir sobre ellos.

El “orientalismo” es otro nombre para la metafísica de la representación. En este sentido, la contribución saideana –a pesar de su silencio sobre el devenir de la historia de la filosofía moderna- debe ser medida filosóficamente. Pero ¿qué implica pensar “Orientalismo” desde la filosofía? Ante todo, un descentramiento radical de la metafísica. No habrá más “Occidente y Oriente” como evidencia y, por tanto, no podremos asumir sin más, la idea de una “filosofía occidental” o, peor aún, una Europa “judeo-cristiana” como se ha puesto de moda en el último tiempo. Said rompe esos identitarismos, desmenuza los clichés y nos obliga a pensar sobre la filosofía, esa máquina con la que supuestamente una cultura denominada a sí misma “Occidente”, piensa. ¿Pensar al sujeto que piensa? ¿Problematizar al dispositivo encargado de problematizar? El gesto saideano irrumpe como una profanación de la filosofía. Y, por eso, resulta ser genuinamente filosófico. No porque proponga un “sistema” -¿quién hoy propondría uno?- sino porque destituye uno al mostrar su rostro mortal.

Las cartografías se disuelven, las fronteras nacionales, religiosas y culturales son llevadas a su punto cero. Y, entonces: ¿la filosofía ha asumido el gesto saideano? Posiblemente, cuando la academia redujo a Said a un “postcolonial” muchos saberes vieron restituida su tranquilidad. Pues la filosofía, esa que hoy se enseña bajo curriculums aceitados por la “historia de la filosofía”, parecen completamente a-críticos respecto de las cartografías que usan y que ellas mismas, no solo trazaron, sino que, como gendarmes, parecen estar dispuestas a conservar contra la “barbarie” (esa otredad que no comparte el mundo de la razón y que fue considerada inferior).Con Said y Heidegger se podría decir que la “filosofía no piensa” precisamente porque no asume ese descentramiento, el salir fuera de sí, el situarse topológicamente en un “fuera de lugar” en el que irrumpe el pensamiento.

En cuanto binomio metafísico-político el clivaje “Oriente-Occidente” constituye una producción histórica y política, pero aparece como si careciera de toda historicidad presentándose como algo natural. Así, el gobierno de los otros se visualiza como si fuera algo evidente, en virtud de la inferioridad atribuida divina, natural o histórica o culturalmente de aquellos a quienes se gobierna. Porque en el fondo, Said no ha dicho jamás que el “orientalismo” como discurso tenga una “falsa” representación del “otro” (como podría señalarse desde el clásico término “ideología”); sino más bien, que el “orientalismo” es un discurso que produce al “otro” como representación.

Gracias a esa operación, habla por él, decide por él, imagina por él. Precisamente porque el “otro” deviene representación no resulta inquietante, es que el operador orientalista debería constituir el mecanismo más inquietante frente a los ojos del intelectual. Porque hacer del “otro” una representación significa convertirlo en cliché. Condenarlo a ser visto como si fuera una pieza de un museo, separarle, entonces, de su médium sensible y sacralizarlo en un pedestal clasificatorio cuya episteme resulta naturalizada. Hannah Arendt decía que la tarea de la filosofía consistía en cuestionar los “clichés”. ¿Ha estado la filosofía –incluso la propia Arendt- a la altura de su tarea cuando aún no puede obviar el lastre que significa el adjetivo “occidental” que tan irreflexivamente gobierna los curriculums universitarios y a sus académicos e intelectuales –de renombre muchas veces?

Como bien sabemos, cuando el adjetivo no da vida, mata: atribuir a “Occidente” o, en su reverso, a “Oriente” –en toda la operación estetizante que ello implica- tal o cual triunfo intelectual, tal o cual invención, tal o cual astucia de la razón, oblitera que, si bien, toda producción intelectual se cristaliza singularmente en un tiempo y lugar, ella solo acontece donde el carácter cosmopolita del pensamiento no ha dejado de impactar. Justamente, es la mezcla, no la pureza, la profanación y no la sacralidad la intensidad más fructífera del pensar. Said está ahí, precisamente, para recordárnoslo.

 

 

*Imagen: detalle árabe en la arquitectura de Albayzin, 2013. Fotografía de mi colección personal.