Desconocer al katechon: sobre Interpretación Europea de Donoso Cortés de Carl Schmitt. por Gerardo Muñoz

Junto a Thomas Hobbes, la otra figura central en la concepción de lo político de Carl Schmitt es Juan Donoso Cortés. Ciertamente, se trata de un escritor de afinidad ideológica innegable, aunque su importancia en Schmitt no es exclusivamente de este tipo, tal y como aparece con claridad en Interpretación Europea de Donoso Cortés (Ediciones Rialp, 1952) que Schmitt publicara inmediatamente después de la guerra junto a sus apuntes carcelarios Ex captivate salus. Y como sucede en la monografía sobre Thomas Hobbes de 1938, el librito sobre Donoso apela a una intención: saludar a un gran maestro de la decisión política, exaltar la defensa de la autoridad jurídica en la época de intensificación revolucionaria y de la crisis del liberalismo liberal, y finalmente despedirse de su brillo para el presente (el de Schmitt) europeo. Solemos ubicar a Donoso Cortés en el escaparate del tradicionalismo político y de la defensa ultramontana de la legitimidad, pero estos elementos son los menos interesantes.

Como recomienda Schmitt hacia el final del libro, debemos colocar a este autor como una “figura importante de la historia del pensamiento europeo, y dejar de enfocar explícitamente los vicios y las insuficientes de sus demostraciones, considerando, en su lugar, el raro fenómeno de una institución política que se mueve entre horizontes seculares” [1]. Ahí la primera sorpresa. Como se ve con claridad, Donoso Cortés era tan secular como los liberales decimonónicos; inclusive, a veces más liberal que los propios liberales humanistas después de 1848 [2]. La “modernidad política” de Donoso tenía dos registros diferenciales: un registro relativo al descubrimiento de la autonomía de lo político, y por otro lado, una dimensión geopolítica y diplomática que de manera oblicua comienza a percibir la debilidad europea ante la confrontación imperial de Rusia y Estados Unidos. En este sentido es que Donoso era una especie de doble agente mitad “profeta escatológico y metódico diplomático profesional” [3].

La dimensión europea de Donoso, entonces, era completamente realista más que profética, ya que en la aurora de 1848 pudo ver con claridad y dar diagnostico de una crisis del ius publicum europeum hacia una “inevitable democratización y centralización de la humanidad” [4]. Si 1848 es el punctum de Donoso es porque allí se puede trazar un paralelismo nítido que en las próximas décadas abriría paso a una guerra civil en manos de una fuerza revolucionaria guiada por la centralización, la industrialización y mecanización como únicas formas de gestionar los asuntos del poder [5]. Si Donoso Cortés alberga la crisis espiritual europea a mediados del diecinueve es porque ve con el patetismo de un observador desinteresado que la geopolítica se convertiría en destino para el cual solo se podía responderse desde un concepto concreto de lo político. De ahí que Schmitt diga que la mirada de Donoso eclipsa todas las ideologías. Esto no quiera decir que Donoso haya sido un católico recalcitrante, o un tradicionalista, o alguien que sospechada del federalismo alemán; quiere decir, antes que todo eso, que su teoría de la dictadura aparecía como la posibilidad de ejecutar el fundamento de una teología política de la autoridad desde la cual preservar un orden. Como dice Schmitt, Donoso Cortés en este sentido no estuvo muy lejos de Proudhon, quien también era un místico de la autoridad de la anti-autoridad a pesar de ser un anarquista. Pero Donoso no estuvo en condiciones de ver la centralidad de Marx, aunque sí la deficiencia del parlamentarismo que, en su dimensión “dialógica”, no tenía la fuerza de poder garantizar un espacio “neutral” ante la amenaza de los enemigos de la forma política, sean comunistas, fascistas, o restauradores legitimistas.

En última instancia, Donoso estaba dotado de una noción de lo político que descreía de las “reversibilidades” de la época de las revoluciones y de las contrarevoluciones (si por esto entendemos volver al estado confesional). Por eso Schmitt notaba que la “significación actual de los triunfos contrarrevolucionarios del Estado radica en la lógica consecuencia con que se deciden. De tal modo subrayan el factor dedición, que este termina por anular de legitimidad de la que partieron” [6]. O dicho en otras palabras, el uso autoritativo que Schmitt hace de los pensadores contrarrevolucionarios (De Maistre, Bonald, Donoso) no es un índice de la restauración, sino de la autoridad de la decisión para establecer una idea de orden legítimo, pero no legitimista. Y como dice Schmitt, si Donoso califica como “antimoderno” es porque: “nada más moderno en la actualidad que la lucha contra lo político. Capitalistas norteamericanos técnicos de la industria, socialistas marxistas, y revolucionarios están de acuerdo en exigir que desaparezca el dominio de la política sobre la objetividad de la vida económica” [7].

Algo similar decía Schmitt en su Catolicismo romano y forma política: el desacuerdo último entre los empresarios norteamericanos y los bolcheviques rusos es sobre cómo electrificar la tierra. Donoso introduce el concepto de lo político a través de la dictadura, pero lo importante es que la forma dictatorial es tan solo una forma que toma la decisión, o el decisionismo como unidad mínima de lo político. Como dice Schmitt, el siglo XIX europeo estuvo marcado por la contradicción entre los poderes legislativos y la lucha de un poder ejecutivo débil “dispuesto a admitir que gobernasen otros” [8]. Se puede decir que este fue el problema que el “ejecutivo enérgico” propuesto por Alexander Hamilton resuelve en el Federalist 70, aunque Schmitt solo advierte que este problema en los poderes interestatales europeos llevó a soluciones eventualmente de la mano de Napoleón III, Bismarck, Mussolini, o Lenin. La erosión de la autonomía de lo político y la supresión de una energía ejecutiva llevaría a la enemistad total, por un lado, y, por otro, a la reducción valorativa entre “propietarios y no-propietarios” [9]. La génesis de la supremacía del valor sobrepasaría la supremacía de la autoridad, y la forma dictatorial de Donoso sería una forma de interceptar el fundamento teológico-político desde el “espíritu latino”.

Sin embargo, Schmitt no pensaba que Donoso Cortés habría conseguido un éxito rotundo. Primero, porque como ya hemos dicho, la dictadura procedía del espíritu latino y en modo alguno agotaba el fundamento teológico-político. Como sabemos ahora, una forma dictatorial en tiempos de encierro constitucional como lo fue la República de Weimar luego de la ascensión del nacionalsocialismo, ciertamente no tenía mucho sentido. De ahí que Schmitt no fuese un donosiano post-1933, sino un defensor de Hobbes, de los guardianes de la constitución, y del uso del artículo 48 ante la amenaza existencial de los enemigos. Pero de fondo también está el hecho de que, para Schmitt, Donoso Cortés desconoció precisamente la forma jurídica institucional. En otras palabras, Donoso no conocía la figura del Katechon, que era la verdadera fuente del orden que separaba la potestad espiritual de la autoridad mundana, que para Schmitt supuso el watershed ordenado tras la creación de unidades políticas post-imperium. Como dice Schmitt en la entrada 27.12.47 de Glossarium: “Pobre Donoso; el término teológico de acuerdo a su teoría político solo hubiese podido ser katechon; ¡en lugar de ello , cae en ese laberinto de la enseñanza del derecho natural absoluto y relativo” [10].

Aquí se confirma la distancia de Schmitt ante el derecho natural que hemos indicado anteriormente, pero también aparece un paralelismo con Tocqueville sobre quien también nos dice en Ex captivate salus que “no conoció ningún katechon” [11]. En realidad, la doble ausencia de κατέχον tanto en Tocqueville como Donoso son asimétricas; esto es, mientras que en Tocqueville hay un exceso de pragmatismo que le obligó a hacer muchas concesiones, en Donoso el derecho natural tomista y la primacía tradicionalista-imperial le cegó de la fuerza concreta del derecho. Pero tanto el pragmático como el teórico-político desconocen la institucionalidad desde donde tiene eficacia la decisión. Por eso no tiene sentido la producción comunitaria incesante, como tampoco la dimensión decisionista como primera instancia ante la crisis. Desde luego, Schmitt se veía asimismo como la equidistancia entre ambas posturas. Y no tanto (o no solo) en virtud de compartir ciertos elementos conservadores o escépticos de la neutralización del liberalismo, sino porque él habría perfeccionado la dimensión insondable de lo político.

Al final “Donoso Cortes fracasa teológicamente debido a que le es desconocido el concepto κατέχον” [12]. Aunque el propio Schmitt en la postguerra solo podía aludir al concepto, tampoco nombrarlo en el interregnum: “¿Quién es hoy el κατέχον? No se puede pensar en Churchill o John Foster Dulles…Hay que poder nombrar el κατέχον de los últimos 1948. El puesto nunca estuvo vacante, en caso contrario no estaríamos aquí” [13]. Al final, la misma pregunta había sido esbozada por el tomista-tradicionalista español Álvaro D’ors al preguntarle a Schmitt en Compostela: “El problema, para nosotros, no está tanto ahí cuanto en la duda de si esa “posibilidad” constituye realmente la mejor reserva del cristianismo para una visión de la historia capaz de operar como fuerza que impida la catástrofe temida; y por catástrofe puede entenderse también aquella unificación técnica [14]. D’ors como tomista estaba obligado a responder en negativo. Pero esa vacancia, hacia la abdicación del derecho, ahora apuntaba a la signatura apocalíptica.

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Notas 

1. Carl Schmitt. Interpretación Europea de Donoso Cortés (Ediciones Rialp, 1952). 109.

2. Ibíd., 103.

3. Ibíd., 105.

4. Ibíd., 32.

5. Ibíd., 35.

6. Ibíd., 74.

7. Ibíd., 73-74.

8. Ibíd., 107-108.

9. Ibíd., 93.

10. Ibíd., 88. 

11. Carl Schmitt. Ex captivate salus (Polity, 2017). 62.

12. Carl Schmitt. Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (El Paseo Editorial, 2021), 80. 

13. Ibíd., 80.

14. Álvaro D’ors. “Carl Schmitt en Compostela”, en De la guerra y de la paz (Rialp, 1954), 190.

Reino e imperio. por Gerardo Muñoz

El catolicismo sui generis de Ivan Illich indagó en lo que ciertamente era el “ground zero” de la polémica de la secularización: el pecado. Pues, solo con el pecado es que emerge un fuero interno del cual se vuelve necesaria y activa la gracia divina. La oposición a esto es la herejía naturalista de Pelagio que, en la medida en que daba respuesta al problema, diluía la obediencia a Dios. El pecado es, entonces, el dispositivo mediante el cual emerge la conciencia al interior de la universalidad del Espíritu. Al final, como veía Hegel en Filosofía de la Historia, el Espíritu era la esencia del cristianismo en la medida en que podía estabilizar una reconciliación absoluta entre conciencia e historia. Pero para poder desarrollar este principio en el tiempo histórico, decía Hegel, había que formalizar una asociación de los “amigos cristianos en una Sociedad – la Iglesia” [1]. La visibilidad de la Iglesia tenía como principio aquel motto que recordaba Carl Schmitt: ningun hombre está solo en el mundo; y el hombre lleva el mal por su pecado y el mundo es bueno.

Para Hegel la iglesia era la “vida presente del Espíritu de Cristo” y la única vía que patentizaba “la esencia del Espíritu de la libertad humana” [2]. La teología católica de Illich, desentendida de la misión pastoral luego del abandono de su sacerdocio, disputó esta dimensión absoluta de la Iglesia, tal y como lo había anunciado Hegel en la aurora de la secularización. Al final, en las páginas de Filosofía de la historia Hegel abreviaba el “fuero interno del sujeto” (“inner shrine of man”) para garantizar la compenetración del movimiento de la historia cristiana con las posibilidades de libertad individual. Hegel lleva el fuero interno de la ekklesia hacia el plano efectivo de la abstracción histórica moderna en nombre de la perdurabilidad de un orden moral absoluto.

El iusnaturalismo de Hegel queda desplegado cuando aparece la tesis de la secularización a todas luces: “La libertad en el Estado es preservada y estabilizada por la Religión, ya que la rectitud moral en el Estado solo se entiende como complimiento de lo que ya constituía un principio fundamental de la Religión” [3]. La religión cristiana había hecho posible el proceso de realización absoluto velado, que quedaría legitimado por la forma estatal en la medida en que ésta participara de los presupuestos naturales del cristianismo. Por lo tanto, el cristianismo tenía una clara dimensión “imperial” sobre la moral; una moral contra la que Illich luchó toda su vida desde un concepto opuesto: el reino.

Aunque el propio Hegel se refiere al “reino” de los fieles en las páginas de Filosofía de la Historia, el reino de Illich no se encontraba en una temporalidad histórica, sino más bien en la inconmensurabilidad de una distancia entre los seres. El reino eran los medios disponibles por fuera de los sacramentos. Ya en los escritos teológicos tempranos Illich escribía que: “El Reino ya existe entre nosotros en un sentido social…a fe se manifiesta en el ritual de la celebración de los misterios del reino, así como en los símbolos de su presencia. Y digo celebración, no afirmación o contemplación. La fe sólo se adquiere en una concelebración, en la convivialidad de un acto gratuito, como ilustra la cena del pan y vino, donde hay comida, pero una comida ritual. [4].

Mientras que la noción de “reino” había sido temporalizada como “reino milenario” y obra redentora (Heilswerk) en teólogos como Thomas Michels – cuyas conferencias Illich habría asistido en los 30s – para Illich el reino en su “celebración del misterio” se oponía a toda finalidad de una obra (de una opus dei), ya que su presencia, aquí y ahora, afirmaba la propia dimensión desobrada de la fe. Por eso, Illich podía decir en “Reflexión sobre los límites de la estética” (1966) que la fe no era definida a partir de una moral objetiva ni de un normativismo institucional, sino como un proceso inmanente de vinculados: “Lo que distingue a los creyentes de los no-creyentes es el hecho de que aquellos «celebran» toda su vida, de la misma manera en que celebran esta comida o aquella reunión”. Esto explica porqué Illich definía la “fe” fuera de toda predicación dogmática en manos de clérigos: “Faith inevitably implies a certain foolishness in worldly terms” [5]. Una “tontería mundana” que no deja de llamarse a la sorpresa. En otras palabras, si para la filosofía de la historia cristiana basada la Trinidad la fe solo puede ser una apuesta hacia el futuro de la salvación; en el catolicismo sui generis de Illich, la fe es la partición en tiempo presente del misterio común ante la revelación.

Solo un catolicismo imperial podía hacer de la fe una institutio absoluto para el orden. En otras palabras, el “misterio de la fe” y su “celebración” se reducía en un juego entre Katechon y escathon como un drama invariante de la Historia. En este punto, la corrupción indicaba, ciertamente, la liquidación del misterio hacia el plano jurídico del orden. Por eso, es que Carl Schmitt en Glossarium celebra la formación trinitaria de Hegel cuya aspiración es mantener a raya a la stasis. Escribía Schmitt: “Hegel ha sido desde hace 400 años el único teólogo cristiano; no Kierkegaard, porque en Kierkegaard no existe una teología de la Trinidad. Hegel, en cambio, es el teólogo de la Trinidad. Tiemblan los mentirosos à la Peterson que nos ha echado en cara que la doctrina de la Trinidad no permite una teología politica, y los convertidos de las últimas décadas que buscan nuevas difamaciones con nuevas listas negras” [6].

Y la Trinidad era la estructura de la res publica christiana, un Katechon que frena el fin de los tiempos a la vez que dota de orden las relaciones humanas. Illich, a diferencia de Peterson, no intentó negar una dimensión política del catolicismo asumida desde una reductio theologiae, sino que insistió en el misterio del reino separado de toda teología política subjetiva. Si Illich escribía en el umbral del fin del eón cristiano, entonces tiene sentido que su arcano no estuviese en el Katechon institucional de la Iglesia (esto era lo que permanecía en crisis), sino el reino mistérico de los vivientes. Para Hegel, el cristianismo se volvía imperium con la consagración del estado en el objetivismo moral [7]; para Illich, en cambio, el tiempo de interregnum revelaba el misterio de un regnum que siempre ha estado ahí, retraído de la imperialidad teológica-política.

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Notas 

1. G.W. Hegel. The Philosophy of History (Dover, 1956), 328.

2. G.W. Hegel. The Philosophy of History (Dover, 1956), 333.

3. G.W. Hegel. The Philosophy of History (Dover, 1956), 335.

4. Ivan Illich. “Concerning Aesthetic and Religious Experience”, en The Powerless Church and Other Selected Writings, 1955–1985 (Penn State University Press, 2019), 69-82.

5. David Cayley. Ivan Illich: An intelectual Journal (Penn State University Press, 2021), 359.

6. Carl Schmitt. Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (El Paseo Editorial, 2021), 486-487.

7. G.W. Hegel. The Philosophy of History (Dover, 1956), 336.

Pecado y Conspiratio. Un comentario sobre Los ríos al norte del futuro de Ivan Illich. por Gerardo Muñoz

Como lo cuenta el propio David Cayley, el testimonio de Ivan Illich en Los ríos al norte del futuro (2005) fue concebido por el exsacerdote de Cuernavaca como una “mera hipótesis de trabajo”, una especie de candelabro que no tenía otra pretensión que arrojar luz a la oscuridad de un presente que transitaba al interior del mysterium iniquitatis [1]. Como no podría haber sido de otra forma, Los ríos al norte del futuro es también un recorrido autobiográfico por la vida de un peregrino espiritual cuya confrontación existencial estuvo atravesada por la pasión del laberinto teológico de Occidente. Si Los ríos al norte del futuro puede ser considerado un “testimonio existencial” esto se debe, en parte, a que en ese último libro Illich vuelve a las raíces y a los arcanos del cristianismo, algo que ciertamente no había hecho de manera “polémica” desde su renuncia a la misión pastoral de la Iglesia en América Latina.

Me gustaría sugerir que el escándalo esotérico del silencio de Illich sobre la Iglesia Romana – la dimensión fundamental de su corruptio optimi pessima – se debe a la crítica de uno de sus núcleos centrales, desde el cual se despliega la génesis misma del eón cristiano y de su secularización: la noción del pecado. Por ello, solo confrontando cara a cara la transformación de la noción del pecado era posible explicar las aristas de la expansión apocalíptica del misterio del mal: desde la antropología a la agregación de “necesidades”; desde la crisis de legitimidad a la burocratización de la iglesia; desde la diferenciación de los géneros a la institucionalización de los aspectos sagrados de la vida (aspectos que el propio Illich había tratado en casos concretos a lo largo de su obra divulgativa). El dispositivo del pecado lo había transformado todo, a cambio de impedir cualquier tipo de autoreforma sin que estuviese hipotecada al tiempo abstracto del futuro de una religión instituida.

En diálogo con lo que luego sería Una Historia De La Justicia: De la Pluralidad de fueros al dualismo moderno entre conciencia y derecho (Katz, 2008) de su amigo Paolo Prodi, Illich identifica la nueva criminalización del pecado como el instrumento jurídico que da entrada a la forma y a las reglas de una nueva organización de relaciones humanas desde la textura más íntima de la compenetración entre singulares. La legalización de las almas entregaba la promesa, la hospitalidad, el don, o el compromiso hombre-mujer a la estructura del juramento operativa del officum eclesiástico. El pasaje del pecado como revelación mediante el perdón, ahora se desplegaba bajo el mecanismo ontológico de “poder pecar”, lo cual remitía a la voluntad del sujeto; y, por lo tanto, a su necesaria regulación mediante la confesión. La corrupción del dogma teológico había tenido lugar mediante una sutura jurídica, puesto que, si “Cristo había venido a hacernos libre de la ley, había sido el cristianismo el que permitió se instalase en el corazón mismo del amor” [2]. De esta manera el dispositivo del “pecado” funcionó como un meta-principio regulatorio de la propia yuxtaposición entre moral y derecho que nutriría de manera fundamental al iusnaturalismo, pero también al principialismo moral de nuestra época. Por eso dice Illich con mucha razón – otra vez, siguiendo de cerca el argumento de Paolo Prodi – que el fuero interno (forum internum) ahora gobierna sobre lo que es el bien y el mal, y no sobre lo que es legal o ilegal [3]. Algo importante aquí debe subrayarse: Illich no asume una postura contra el derecho; sino más bien, quiero sugerir, insiste en la inseparabilidad entre moral y derecho desde donde era posible establecer mediante una economía de la conciencia que los sacerdotes podían comandar. Esta fue la lógica de la corruptio optimi. Illich concluye el capítulo sobre la criminalización del pecado insistiendo que de esta manera se instala el miedo, una pasión que terminaría siendo funcional al gobernante de turno para gobernar sin tregua. Pues bien, creo que el problema es más profundo que un problema de esta pasión. La sutura entre moral y derecho habilitada por la conjuratio del pecado como oikonomia de las almas, conducía a una producción sin freno de la legalidad (de la criminalización de infracción de la norma) para la cual ya no existe legitimidad ni perdón alguno; o bien, si existe, queda secuestrada y subordinada a la instancia de la legalidad y de ciertos valores absolutos.

Así, la Iglesia como institución había quedado desnuda, puesto que había sido fundada bajo un procedimiento de técnico y moral, que había llevado a la desaparición de la excepción del pecado que Illich identifica como conspiratio [4]. La conspiración, nos dice Illich, no debe ser entendida como una la táctica de un grupo de rebeldes anarquistas intentando tomar o subvertir el poder; sino más bien como algo más originario, un beso boca-a-boca (osculum) que constata una dimensión somática en el mundo, pero fuera de él. La conspiratio se substrae de mandatos y de una legalidad que asume una falsa autoridad sobre el fuero interno o la conciencia. Y así, la conspiración es una unidad sui generis porque afirma un principio de separabilidad entre moral y derecho, exterioridad e interioridad que rechaza toda “medida” medible (distributiva o cualitativa) entre entes de una comunidad política. En otras palabras, pudiéramos decir que la conspiratio es lo que nunca tiene como propósito la reproducción de la garantía de un orden basado en un principio moral desde el “bien común” de la comunidad. La “corrupción de lo mejor”, entonces, había tenido lugar en la profanación de la conspiratio en nombre de una estructura burocrática legal sin resto y sin fin, salvo el de ella misma.

Desde luego, esto ya Illich lo había comprendido con nitidez y prudencia en su temprano ensayo “The Vanishing Clergyman” – y que antecede a su salida de la vida pastoral de la iglesia – en el que advierte que la Iglesia en su función ecuménica estaba más preocupada por un “performance profesionalizante” propia de la expansión administrativa que por cuestiones teológicas de la “sensus ecclesia”. Sin embargo , Illich recordaba que solo la fidelidad a su “sentido eclesiástico” podía permitir un retiro de demandas compromisos sociales que ofuscaban la presencia del “reino entre los seres humanos” [5]. Todavía en estos años, Illich contemplaba la posibilidad de una conspiratio ecclesiam, una reforma con la exterioridad del mundo, como lo demuestran las experiencias latinoamericanas en la comunidad puertorriqueña de Washington Heights (NYC), Puerto Rico, así como Bolivia, y más tarde México. Pero como vemos en la correspondencia con su amigo Paolo Prodi, ya por aquellos años, Illich preveía la expansión del dominio sacerdotal en todas las esferas de la praxis humana, incluyendo la política-administrativa. Por eso Prodi le sugería en una carta: “Nosotros debemos pensar espacios de libertad en las estructuras sociales existentes, desde luego. Y, sin embargo, debe quedar claro que nuestro destino no puede estar en la política ni tampoco en los compromisos partisanos” [6]. La tesis moderna del destino como política, a la luz de la efectividad operativa del pecado, solo podía aparecer como una cojuratio secularizada compensatoria en la que liderazgos o jueces aparecían, como en la máxima de Ulpiano, como los “verdaderos sacerdotes” de una administración intrusa en el reino humeante del humano.

Voy a ir terminando este comentario con una última observación. No deja de sorprender que entre los años en que Illich percibe la ruina institucional de la Iglesia y cuando finalmente publica Los ríos al norte del futuro, la renovación teórica-política más influyente de la segunda mitad de siglo veinte – el “redistribucionismo social” derivado de A Theory of Justice (1971) de John Rawls – tenía como presupuesto teológico el dispositivo del pecado para rechazar “el egoísmo individualista” (al que tempranamente, en su tesis de grado en Princeton, asoció con la amenaza del Pelagianismo) de suturar de una vez por todas, la rebeldía del pecado a la imagen y semejanza de Dios en comunidad [7]. Desde luego, ya por aquellos años no se hablaba de comunidad de salvación, de pecado, o Dios; pero sí de velo de ignorancia, justicia como equidad, o equilibrio distributivo. En la más influyente y regeneradora teoría liberal-progresista en un momento de crisis de la legitimidad, lo político emergía desde los presupuestos teológicos del pecado con la finalidad de poner un freno (Katechon) al egoísmo y a la destrucción de una comunidad, a cambio de garantizar la gracia de valores y necesidades de la racionalidad de un estado administrativo. Ciertamente, esto fue lo Illich pudo alertarnos con candidez en Los ríos al norte del futuro para evitar salidas moralistas, tecnificadas, y desatendidas de la separabilidad a la que nos invita el reino de la teología.

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Notas

1. David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey (The Pennsylvania State University Press, 2021).

2. Ivan Illich. The Rivers North of the Future: The Testament of Ivan Illich as told to David Cayley (Anansi, 2005).

3. Ibid., 182.

4. Ibid., 390.

5. Ivan Illich. “The Vanishing Clergyman”, en The Church, Change & Development (Seabury Press, 1977), 81.

6. Paolo Prodi. “Cuernavaca, Estate 1966″, Revista di Storia de Cristianesimo, Vol, 10, 2013, 471-494.

7. John Rawls. A Brief Inquiry into the Meaning of Sin and Faith (Harvard University Press, 2009), 206.

La geopolítica como destino. por Gerardo Muñoz

1. Al leer el discurso de invasión de Vladimir Putin pronunciado en la mañana de hoy se comprueba el aire neoclásico de una postura ciegamente aferrada a la soberanía post-Westfalia. Este es el límite de su arcano imperial, puesto que Putin tampoco parece estar en condiciones de negar aquel señalamiento que le hiciera Kòjeve a Schmitt en su intercambio epistolar: desde Napoleón ya no es posible “tomar” territorios en Occidente. En efecto, por eso es que la “invasión” no se asume como “toma”, sino como restauración y encomienda retributiva tras el colapso de la URSS. A tal efecto, el arcano del Oriente es un derroche de conservación, más no de transformación del orden planetario a pesar de los velos de aceleración. Un arcano retardado que no disputa la irreversibilidad del fin de la historia tras la imposibilidad de la toma de territorios. Su pretensión es la eternidad ilimitada.

2. En Glossarium, Carl Schmitt escribe que fue Rusia quien ha extraído hasta sus últimas consecuencias el subjetivismo (romántico) decimonónico hacia una feroz espiritualidad sacrificial sin forma. Mediante la misma dictadura del proletariado, la institución romana pasa a ser un proyecto de universalización del poderoso. Es muy probable que en el fondo Schmitt tuviera a Oriente como emblema de una civilización sin impronta trinitaria; esto es, carente de una teología política, y por extensión abierta a la fuerza absoluta. El mando de los popes ortodoxos no obedece a la dualidad de ciudades, sino que coincide íntegramente con una historia providencial del poder. No hay Katechon si toda forma es parte de una misión espiritual.

3. Espiritualización absoluta y crisis terminal del espíritu. Ese nudo gordiano ata la punta del fin de la compensación del mito y la salida de una tecnificación total entre Oriente y Occidente. La estrategia de la “sanción económica” que emerge como arma (Nicholas Mulder) tras el colapso de los principios de agresión interestatales, pone sobre la mesa la infraestructura como tejido que sostiene al mundo de la vida. Infraestructura: el nuevo campo de la guerra en curso en la unidad planetaria, como decíamos recientemente. Infracturura: la nueva localización del infrapoder. La determinación geopolítica refuerza la racionalidad de la infraestructura como atenuante en las tensiones contemporáneas.

4. La organización del mundo de la vida se organiza en el tablero geopolítico. Esto supone que la política misma ha devenido el campo total de la geopolítica. La conocida apotegma de Thomas Mann en Reflexiones de un hombre impolítico – “el destino del hombre se presenta en términos políticos” –ahora puede ser traducida como “todo destino es geopolítico”. También lo ha confirma hoy Jean-Claude Juncker: “todo es geopolítica”. Esta nueva constitución de la tierra marca el paso de la determinación clásica de la autoridad a la gobernabilidad de la optimización. Pero con una reserva: el destino geopolítico lo abarca todo menos el destino; esto es, la posibilidad de salida.

5. Si asumimos este realismo de la conversión de la política en geopolítica, de autoridad en optimización, entonces la postura infrapolítica como retirada de estas condiciones de dominio asciende como una estrategia contraimperial de pensamiento, en la medida en que su finalidad no es hegemónica. Una transfiguración de todos los valores: la divergencia del dominio de la política de la irreductibilidad de un destino.

The End of the Constitution of the Earth. A review of Samuel Zeitlin’s edition of Tyranny of Values & Other Texts (Telos 2018), by Carl Schmitt. By Gerardo Muñoz.

Samuel Zeitlin’s edition of Tyranny of Values and Other Texts (Telos Press, 2018) fills an important gap in the English publication of Carl Schmitt’s work, in particular, as it relates to his lesser known essays written during the interwar period. This edition is still meant as an introduction to Schmitt’s political thought and it does not pretend to exhaust all the topics that preoccupied the Catholic jurist, such as the geopolitical transformations of the European legal order, the rise of economicism at a planetary scale, or the ruminations over the early modern theories of sovereignty and its defenders. Indeed, these essays sheds light on the complexity of a thinker as he was coming to terms with the weakening of the ius publicum europeum as the framework of European legality and legitimacy, and of which Schmitt understood himself to be the last concrete representative, as he repeatedly claims in Ex captivate salus.

As David Pan correctly observes in the Preface, the Schmitt that we encounter here is one that is confronting the transformations of political enmity in light of a gloomy and dangerous takeover of a global civil war. In fact, one could most definitely argue that the Schmitt thinking within the Cold War epochality is one that is painstakingly searching for a “Katechon”, that restraining force inherited from Christian theology in order to give form to the ruination of modern legal and political order. The global civil war, cloaked under a sense of acknowledged Humanism, now aimed at the destruction of the enemy social’s order and form of life. This thematizes the existential dilemma of a jurist who was conscious of the dark shadow floating over the efficacy of Western jurisprudence. In other words, the post-war Schmitt is one marked by a profound hamletian condition in the face of the technical neutralization of every effective political theology. This condition puts Schmitt on the defensive, rather than on the offensive, as his later replies to Erik Peterson, Hans Blumenberg, or Jacob Taubes render visible.

The essays in the collection can be divided in three different categories: those on particular political thinkers, some that reflect on political enmity and the concept of war, and two major pieces that deal directly with the crisis of nihilism in the wake of the Cold War (those two essays are “The Tyranny of Values” and “The Order of the World after the Second World War”). Zeitlin includes an early essay on Machiavelli (1927), a brief piece on Hobbes’ three hundred years anniversary (1951), a reflection on his own book Hamlet and Hecuba (1957), and a succinct note on J.J. Rousseau (1962). These are all not necessarily celebratory of each of these figures. Indeed, while in the piece on Hobbes Schmitt celebrates the author of Leviathan as a true political analyst of the English Civil War against Lockean contractualism; the piece on Machiavelli is a clear exposition of his loathe for the Florentine statesman. In fact, to the contemporary student of intellectual history these words might sound unjust: “[Machiavelli] was neither a great statesman nor a great theorist” (Schmitt 46). If politics is understood as the art of reserving an arcanum, as mystery of power against all forces of moral relativism and technical procedures, then, machiavellism’s endgame amounts to a mystified anti-machiavellinism that favors individual pathos over political decisionism. Machiavelli might have said “too much” about politics; and for Schmitt, this excess, points to the flawed human anthropology at the heart of his incapacity for thinking political unity (Schmitt 50).

If juxtaposed with the essay on Hobbes, it becomes clear that Schmitt’s anxiety against Machiavelli is also the result of the impossibility of extracting a Christian philosophy of history, which only the Leviathan was able to guarantee in the wake of a post-confessional world. Whereas Hobbes provided a political theology based on auctoritas, non veritas, facit legem, Machiavellism stood for an impolitical structure devoid of a concrete political kernel. In such light, the essay on Rousseau is astonishingly curious. For one thing, Schmitt paints a portrait of Rousseau that does not adequately fits the contours of a political theologian of Jacobinism. On the reverse side of this, Schmitt also avoids making the case for The Social Contract as a precursor of totalitarianism. Rather, following Julien Freund, Schmitt polishes a Rousseau that stands for limited freedom and equality; a sort of intra-katechon within Liberalism, and in this sense a mirror image of every potential Hegelianism for the unfolding of world history (Schmitt 173). Finally, the piece “What Have I done?”, a response to a critic of his Hamlet and Hecuba, is aimed not so much at the making of a “political Shakespeare”, but rather at shaking up both the “monopoly of dialectical materialist history of art” as well as the “well-rehearsed division of labor” of the university” (Schmitt 139-41). This is critique has not lost any of its relevance in our present.

Whereas the pieces on political thinkers is an exercise in reactroactive gazing on the tradition, the essays on political enmity and war are direct confrontations on the erosion of the European ius publicum europeum in the wake of the Cold War, dominated by the rise of international political entities (NATO, UN), and anticolonial movements of a new global order. It is in this context that Schmitt’s interest in the figure of the partisan begins to take shape as a way to come to terms with the new forms of mobility, irregularity, and changes in its territorial placement of the enemy. In “Dialogue on the Partisan”, Schmitt revises some of his major claims in Theory of the Partisan, while reminding that “the great error of the pacifists…was to claim that one need simply abolish warfare, then there would be peace” (Schmitt 182).The destitution of the ius publicum europeum, that oriented war making vis-a-vis the recognition of political enmity has, in fact, opened up for a de-contained partisanship in which the destiny of populations now was at the center. This new stage of political conflict intensifies the nihilism where potentially anyone is an enemy to be destroyed (Schmitt 194).

As Schmitt claims in the short piece “On the TV-Democracy”, the question becomes who will hold political power and to what extent, as techno-economical machination becomes the force that directly expresses the Goethean myth of nemo eontra deum nisi dens ipse. With the only difference that the mythic in the essence of technology has no political force, but mere force of mobilization of abstract identities and what Heidegger called “standing reserve”. In this new epoch, the human ceases to have a place on earth, not merely because his political persona cannot be defined, but rather because he can no longer identify himself as human (Schmitt 205). Schmitt’s sibylline maxim from poet Theodor Daubler, “The enemy is our question as Gestalt”, thus loses its capacity for orientation. Already in the 1940s, Schmitt is contemplating a crisis that he does not entirely resolve.

This is one way in which the important essay “The Forming of the French Spirit via the Legists”, from 1941, must be understood. This text on the one hand it is a remarkable sketch of French jurisprudence, grounded on “mesura”, “order”, “rationalism”, and sovereignty. It is no doubt an essay directed against royalist French intellectuals (Henri Massis and Charles Maurras are implicitly alluded to); but also at the concept of state sovereignty. Indeed, the most productive way to read this essay is next to The Leviathan in the State Theory of Thomas Hobbes (1938) written a couple of years prior. The impossibility of crafting a theory of the political in the wake of the exhaustion of the sovereign state form will eminently leave the doors wide open for a global civil war, as he argues in the post-war essay “Amnesty or the Force of Forgetting”. Schmitt’s defense of the a formation of the Reich in the 1940s will be translated in his general theory of a ‘new nomos of the earth’ immediately after the war.

The two most important pieces included in The Tyranny of Values and Other Texts (2018) are “The Tyranny of Values” (1960), and “The Order of the World after the Second World War”. The “actuality” of Schmitt’s political thought has a felicitous grounds on these essays, although by no account should we claim that they adjust themselves to the intensification of nihilism in our current moment. There is much to be said about the weight that Schmitt puts on the “economic question”, a certain pull that comes from the emphasis of the much debated question then concerning “development-underdevelopment”, which does not really capture the metastasis of value in the global form of the general principle of equivalence today. Schmitt also deserves credit in having captured in “The Tyranny of Values”, the ascent of the supremacy of “value” in relation to the philosophies of life (Schmitt 12). Schmitt quotes Heidegger’s analysis, for whom “value and the valuable become the positivistic ersatz for the metaphysical” (Schmitt 29), which we can have only intensified in the twenty-first century. Perhaps with the only difference that “value” is no longer articulated explicitly. But who can deny that identitarian discourse is a mere transposition of the tyranny of values? Who can negate that the cost-benefit analysis, “silent revolution of our times” as one of the most important constitutionalists has called it, now stands as the hegemonic form of contemporary technical rationality? [2].

At one point in the “Tyranny” essay, while commenting on Scheler’s philosophy, Schmitt says something that it has clearly not lost any of its legibility in our times: “Max Scheler, the great master of objective value theory has: the negation of a negation value is a positive value. That is mathematically clear, as a negative times a negative yields a positive. One can see from this that the binding of the thinking of value to its old value-free opposition is not so lightly to be dissolved. This sentence of Max Scheler’s allows evil to be requited with evil and in this way, to transform our earth into a hell, the hell however to be transform into a paradise of values” (Schmitt 38). It is a remarkable conclusion, and one in which the “mystery of evil” (the Pauline mysterium iniquitatis) becomes the primary function of the art of government in our times. It is here where we most clearly see the essence of the techno-political as the last reserve of legal liberalism. Schmitt would have been surprised (or perhaps not) to see that the disappearance of the rhetoric of values also coincides with a new regulation of disorder, whether it takes the name of “security”, “cost and benefits”, or “identity and diversification”. Indeed, now politics even has its own place in the consummation of the race for the “highest values”, since anything can be masked a “political” at the request of the latest demand.

In his 1962 conference “The Order of the World after the Second World War”, delivered in Madrid by invitation of his friend Manuel Fraga, Schmitt still is convinced that he can see through the interregnum. Let me quote him one last time: “I used the word nomos as a characteristic denomination for the concrete division and distribution of the earth. If you now ask me, in this sense of the term nomos, what is, today, the nomos of the earth, I can answer clearly : it is the division of the earth into industrially developed regions or less developed regions, joined with the immediate question of who accepts development f aidrom whom…This distribution is today the true constitution of the earth” (Schmitt 163). It is a sweeping claim, one that seeks to illuminate a specific opaque moment in history.

But I am not convinced that we can say the same thing today. Here I am in agreement with Galli and Williams, who have noted that the disappearance of a Zentralgebiet no longer solicits the force of the Katechon [3]. And it is the Katechon that guarantees an effective philosophy of history for the Christian eon. The Katechon provides for a juridical sense of order against a mere transposition of the theological. Indeed, it is never a matter of theological reduction, which is why Schmitt had to evoke Gentilis’ outcry: Silenti theologi, in munere alieno!  I guess the question really amounts to the following: can a constitution of the earth, even if holding potestas spiritualis, regulate the triumph of anomia and the unlimited? Do the bureaucrat and the technician have the last world over the legitimacy of the world? Here the gaze of the jurist turns blank and emits no answer. One only wonders where Schmitt would have looked for new strengths in seeking the revival of a constitution of the earth; or if this entails, once and for all, the closure of the political as we know it.

 

 

Notes

  1. Carl Schmitt. The Tyranny of Values and Other Texts, Translated by Samuel Garrett Zeitlit. New York: Telos Publishing Press, 2018.
  2. Cass Sunstein. The Cost Benefit Revolution. Massachusetts: MIT Press 2018.
  3. See Carlo Galli, “Schmitt and the Global Era”, in Janus’s Gaze: Essays on Carl Schmitt. Durham: Duke University Press, 2015, p.129. Also, Gareth Williams, “Decontainment: The Collapse of the Katechon and the End of Hegemony”, in The Anomie of the Earth (Duke University Press 2015), p.159-173.

The administrative state as second Leviathan. A response to Giacomo Marramao. By Gerardo Muñoz.

The two day conference “All’ombra del Leviatano: tra biopolitica e postegemonia” in Rome Tre University, was extremely productive and rich for continuing thinking the effectivity of posthegemony as a category for contemporary political reflection. Giacomo Marramao made this very clear in his generous introduction, as well as Mario Tronti, who took up the term several times in light of the crisis of depolitization and neutralization in democratic societies on both sides of the Atlantic. Sadly, at times conferences do not allow more time to reshuffle ingrained beliefs and hardened convictions. Thus, I just want to return to a question that was thrown by Giacomo Marramao regarding my paper on posthegemony, constitutionalism, and the administrative state [1]. 

I do not have a recording of Giacomo’s commentary, but from my notes, I recall he asked me a question that had two separate parts: a. whether the administrative state was synonymous with the securitarian state, b. why did I refer to the administrative state as a “second order Leviathan”, which I do explicitly in my text without much elaboration. This a central question, which I would like to elaborate in writing a little bit more, as to get me started thinking about a further relation between posthegemony and legality.

So, I will start with the first question: is the administrative state the same as the security state? My gut reaction in the exchange with Marramao was to say no. However, perhaps today the security state is a compartmentalization within the administrative state. In the United States, there is a clear and substantial difference between the rise of the administrative state and the security state in two separate tracks. In the historical development of American legality, we tend to associate the administrative state with the robust state building social policies of the New Deal, that is, with the classic welfare state. In fact, Moreiras argued a few years back that Keynesianism is one of the last figures of modern katechon [2]. Of course, Keynesian economics is somewhat different from the administrative legal development, but I do think that they complement each other. On the other hand, the so called securitarian state, is usually understood in the wake of the the emergency executive power, the torture memos, Guantanamo, and the expansion of other federal agencies to biometrically further deter terrorism after 9/11. At first sight, it seems to me that in Europe the securitarian state has now normalized and conquered the legal paradigm. In the United States, paradoxically, there seems to be a minimal difference between the security and administrative state.

A good example, in fact, is the case of Kris Kobach, a constitutionalist who favors legal securitization against illegal immigration, but not so much in the name of the administrative state. On the contrary, Kobach wants, very much in line with Steve Bannon, to ‘deconstruct the administrative state’. So, my intuition is that whereas in Europe legal developments have led naturally to the securitarian state, in the US the natural development has been towards deference and the delegation principle of administrative law [3]. We have yet to witness a securitarian state as fully hegemonic within the American legal development.

Now, the second question: why do I (should we?) call the administrative state a second order Leviathan? It is true that I should have made clearer that I was implicitly trying to turn around Schmitt’s argument in The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Everyone remembers that in this book, Schmitt revises the state form in the wake of modern political theology, as already a ‘big machine, a machina machinarum’ within the age of technology [4]. To put it in Gareth Williams’ terms, the katechon was already post-katechontic, unable to fully give form to disorder, and incapable of providing long-lasting authority. In this sense, I agree with Marramao’s paradigmatic thesis that power today lacks authority, and authority lacks power. This seems to me a variation that fully applies to the administrative state. Of course, Schmitt thought administration dispensed anomy. But I think it is quite the opposite. The administrative state has become a great neutralizer of the political as defined by the friend-enemy distinction in the second half of the twentieth century. This is the second katechon.

This administrative katechon withholds the anomy of the full-fleshed market force, as well as the potential force of total politization. This is why both Schmitt from the political sphere, and Hamburger, from the market’s sphere, despise the administrative state. They both seek its destruction, which is an assault against the rule of law. But again, these positions grossly misunderstand the internal development of law’s abnegation, to put it Vermeule’s terms (2016). This katechon has internal legitimacy, but it lacks ex-terior democratic legitimacy of participation and dissent. But the argument of absence of dissent from administration has also been contested (Rodriguez 2014, Williamson 2017). Can one probe the administrative katechon today?

Interestingly, Mario Tronti wrote an essay on the Leviathan to challenge this question. As a Marxist, he called for a will to resist it. Let me briefly quote Tronti: “Men confront the archaic symbols of evil, and against them, they struggle. When men think that, through some of sort divine grace, they do not longer need to struggle, is when they become even more defeated. If time dispenses the tragic, we end up with just a positive acceptance of the world” [5]. This is what Tronti calls the “red heart of conflict”. I have doubts that a principle of subjective will to power can do the work to deactivate the katechon as it stands for the administrative state. In fact, I wonder whether any ‘willing’ against the katechon is even desirable. At the same time, doing so will not differ much from the libertarian position that in the name of an abstract freedom, forgets the infrahuman base of any social existence.

But I also wonder whether Tronti himself still believes in resistance today, since in the conference he called for a reformist political praxis and revolutionary intellectual ideas. I tend to agree more with this scheme, since the administrative state also stands for a process of rationalization. No subjective practice can emerge as an exception to this new katechon without automatically appearing as a bate for this monstrous apparatus. Perhaps another way of thinking about Marramao’s dual question is whether the security state can dethrone the administrative state. Could it happen? If that happens, I will be willing to accept that it will be the end of the second historical katechon as we know it.

 

Notes

  1. My essay written for the Roma Tre Conference on posthegemony can be read here: https://infrapolitica.wordpress.com/2017/05/23/posthegemony-and-the-crisis-of-constitutionalism-in-the-united-states-paper-presented-at-allombra-del-leviatano-tra-biopolitica-e-posegemonia-universita-roma-tre-may-2017-by-gerardo/
  2. Alberto Moreiras. “Keynes y el Katechon”. Anales del Seminario de Historia de la Filosofia, Vol.30, N.1, 2013. 157-168.
  3. This is the central argument in Adrian Vermeule’s important book Law’s abnegation: from law’s empire to the administrative state (Harvard U Press, 2016).
  4. Carl Schmitt. The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Chicago: University of Chicago Press, 2008. 44 pp.
  5. Mario Tronti. “Leviathan In Interiore Homine”. La Política Contra la Historia. Madrid: Traficantes de Sueño, 2016.

A Friendly Katechon: on Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina. By Gerardo Muñoz.

shellhorse 2017Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina (U Pitt Press, 2017) is a bold and timely intervention in a dire moment for “literary studies” in the field of Latin American Studies. What is the epistemological status of the ‘literary’ today, if not an ambiguous force driven by machinistic inertia? The institutional erosion of the discipline’s legitimacy cannot easily be ignored, as every scholar is confronted today with interrogative demands for ‘definition’. Ambitious in scope, theoretically sophisticated, and generous in its readings of a heterogeneous corpus, Shellhorse attempts to understand “what is meant by “literature in contemporary posthegemonic times” (Shellhorse 3). Whether such interrogation opens up a desirable future, is the very heart of this important book.

Anti-Literature departs from the wake of the exhaustion of a well known triad: the Boom as a last attempt to generate a strong allegorical machine; Ángel Rama’s culturalist thinking to come to grip with the uneven development through transculturation; and the political vanguard experiment of the Cuban Revolution in 1959. The aftermath of these watershed moments has led to what is now a permanent state of crisis. The end of ‘hegemony’ in Shellhorse’s reflection demands the end of the centralized state form of the literary, but also the turning away from models of ideological Marxist critique, over that of affect, the multiple, and the experimental in writing. Compensatory to this insolvent condition, Shellhorse proposes ‘anti-literature’ as a new framework for literary studies. Although, more urgently, it offers the minimal condition for the task of reading in a present devoid of objective legitimacy, or what Shellhorse calls, perhaps more prudently, a ‘perilous present’ (Shellhorse 16).

The archive Shellhorse attends to is minimalist, functioning hyperbolically for a larger and more programmatic invitation to read in the anti-literature key. The works sketched throughout the book are the following: Lispector’s language of life and the specular feminism of immanence; David Viñas’ ‘half made literature’ as a de-spiritualized materialist gesture in his novel Dar la cara (1962); concrete poetry as a post-culturalist and post-conceptual artifact; Haroldo de Campos and Osman Lins’ poetics of the baroque; and last but not least, a mediation on historical redemption and the messianic in Salgado’s photography and De Campos’ poem “O anjo esquerdo da historia”. Irreducible in style and geopolitical demarcations, all these anti-literary projects negotiate language within the limits of its own materiality while assuming a writing of finitude. This is crucial, as it is what distinguishes Shellhorse’ anti-literature from John Beverley’s known ‘against literature’.

Whereas Beverley demanded an exception to literary hegemony in the name of a subalternist ‘subject’ formalized in the testimonio, Shellhorse’s following Moreiras’ predicament on exhaustion, does not seek to close off the promise and secret of literature, but only to interrupt its identitarian and representational pretensions (Shellhorse 42). Therefore, against the Boom as an ideological critique towards state building on one hand, and testimonio as exception to high literary sovereignty on the other, Shellhorse proposes anti-literature as posthegemonic experimentation through affect and the sensorium. Whereas testimonio demanded hegemonic filiation until the triumphant victory, anti-literature endorses the post-hegemonic in the face of defeat. Anti-literature is only anti-literary to the extent that it demands a relation to the secret of ‘what might come’. This is why Shellhorse’ Anti-Literature is untimely tied to literature as a singular procedure of writing, instead of organizing a counter-canon, in what could be taken as an effort to immunize itself through an alternate ‘aesthetic form’. This is why, it is important that Shellhorse tells us very late in the book:

“…it could be said that anti-literary writers hook up writing to literature’s outside, to nonwriting and egalitarian modes of imaging the community. What is at issue is precisely this: the concept of anti-literature need not restrict itself to an avant-garde, modernist paradigm of the arts. Rather an approach to the anti-literary entails reconceptualizing the problem of writing as a sensory procedure and perpetual force. The question of what is anti-literature can perhaps best be posed only in the wake of literature’s exhaustion, when the arrival of defeatist accounts demands the time for speaking concretely” (Shellhorse 164).

This comes as a warning to careless readers who, perhaps too hazily, will try to inseminate periodical categories of sociology or history of literature to ensure the timelessness of the boundaries of literature’s autonomy. Indeed, Shellhorse immediately writes: “Indeed, bibliography on the nature of literature in the field is marginal” (Shellhorse 164). We can only guess that the very asymmetry between an understudied Argentine writer (Viñas), ranked among giants of modern Brazilian literature (Andrade, De Campos brothers, Lispector), functions as the affective corpus of Shellhorse’s own singular judgment. This is his secret posthegemonic cabinet, just like everyone has his or her own.

By taking distance from an overdetermination based on a ‘historical period’ or a particular ‘literary movement’, Shellhorse performs his own affective caesura against the hegemonic temptation that demands age-old historico-metaphysical entelechies; such as periodization, social context, base/superstructure dichotomy, form, or aesthetic framework. If the book’s starting point is the fall of the legitimacy of Latinamericanism or Hispanism at large, this means that there is no calculative arrangement that can sustain the alleged bona fide of ‘literature’. The polyphonic assemblage regime of tones and signs is also irreducible to a life, to any life, that belongs to the student and professor of literature in the exercise of the imagination. And as I see it, this is what the anti-literature tries to register so suitably to us.

Yet, at first sight there appears as a latent paradox in the book, and it is a problem that I would like to convey, since it remains of one the strong effects of its reading upon me. Of course, I can only hope to solve it in my own name and style, and I hope that others find their own ways to wrestle with the problem. Basically, the problem could be advanced in this way: if we are in a present condition of interregnum, of the total transitional epoch in the field within a larger transformation that Moreiras has called full machination through the principle of general equivalence, where anything is replaceable and interchangeable, why does the book offers yet another frame to re-invent literary studies? [1]. What is the need of literature at a time in which it can no longer speak for itself (the ‘being’ of Literature)? Isn’t the literary today a mere defunct fossilized object, a repetition for commemorations, and museum-like artifact that only seeks the stimuli of social-media to imagine itself Eternal? Literature automatically wants to be part of the ‘museum’, but the trade-off is that the museification of the new demands its own concrete death. It is difficult to name anything interesting in contemporary literature (nothing that can compare with the Boom), and the fact that we keep reading Lezama Lima or Haroldo de Campos or Borges, bears witness to the aftereffect of being able to establish some livable relation with nihilism at the end of literature. Shellhorse does well to inscribe this important symptom in a crucial moment at the end of the book, which opens to an important discussion:

“If “literature” persists in crisis in our field, the task today is to reconstitute its critical force. Literature becomes anti-literature when it subverts itself. My contention is that it is only by bearing witness to this relation of non-essence, non-identify, and non-closure – literature is not literature – that we can begin to read anew” (Shellhorse 166).

I would like to advance the thesis that Anti-literature as a project comes to us in the form of what I would call a friendly katechon. While it is clear that Shellhorse is not proposing a new “turn” beyond literature, anti-literature is not just repetition of the same as the new. To do so would be “old”, since it would be integral to the register of High Modernity up to the readymade, that is, to the museum. Rather, anti-literature is something akin to a shadow that overlaps in what we call “literature”; a sort of dirty stain in the tradition and in the immemorial institutionality of texts. At same time, anti-literature has a reformist undertone, in the theological sense of celebration and transformation through transference.

But it is a katechon to the extent that Anti-literature retains and delays the temporal disappearance of the evermore so irrelevance of literature. As we know, the Pauline Greek word katechon (κατέχον) means restrainer (who or what), a mysterious force that helps avoiding the fall unto the anomia that imposes illegitimacy in any particular historical epoch. Although at times the katechon is understood in tandem with its own archaic regression, I do not think this is Shellhorse’s intention or effect in inviting us to partake in Anti-literature to “begin anew”. The reason is fairly simple: to the extent that we have literature, there is always already excess to every hegemonic phantasm, and that is enough to retain literature as a residual condition for thought, even when we move beyond textualism or politization.

Like Carl Schmitt, who appears in Ex captivate salus, as the last conscious representative of Modern European Law of Nations, Shellhorse appears to us as the last existential witness of the literary in the form of the anti-literary. But like an Anti-Schmittian, he does not succumb in the myth of political theology and Empire. His katechon can only be one of friendship: in the love of the text, and for the friendship of an-other to come. Anyone, at any time. But isn’t this a mirror of the measureless principle of democracy? The friendly katechon does not seek what Nietzsche called the antiquarian relation to History, but rather a reflexive and disinterested democratic thinking. The katechon, in the platonic reading that I favor here, thoroughly deters disintegration of the authentic life of the mind, which is consistent with Lispector’s language of life [2]. That is, literature is no longer revealed as accumulation and principle (archē of the archive), but as homecoming of Justice. Shellhorse explicitly sets foot on this trail this in his reading of De Campos at the very end of the book (which I would like also to de-center from the given messianism):

“Such a field no doubt defines the logic of domination. Justice as a continuous line of singularities: blurs, bends back, and breaks up the reified character of social relations as well as banal accounts of “progress” that fail to count the part that has no part in society. Citable in all their moments, as freed expressions that articulate the desire to be exception, to think the relationless relation, the affective dimension of Campos’ text inscribe the crisis of poetry in the wake of subaltern tragedy” (Shellhorse 196).

But can the Poem be a secondary substitute before the ruin, a safeguard against tripping into the abyss? It is useful to paraphrase Derrida here to remember that, neither the poem nor deus absconditus, neither decorative baroque nor the messianic community, neither the experimental sensorium nor philosophy of history, can exert as hyperbolic condition of any possible living democratic construction [3]. This is only literature’s task. Anti-literature as friendly katechon, keeps this unavowable promise as its dearest secret that nourishes from the democratic expectancy in an incalculable waiting. A politics among friends? It could well be, but only with the caveat that like friends, literature also comes like a stranger late in the day. Will it come again? All of this to say that anti-literature resists succumbing in the nihilistic abyss of equivalence as the last avatar of the contemporary university’s death-drive. The friendly invitation of anti-literature confronts us, once more, as a lux acarna. We only hope that it is not too late, and that another path could open in the very place of what has always been.

 

 

 

 

 Notes

1. Alberto Moreiras. “Universidad. Principio de Equivalencia”. Enero 17, 2017. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/01/17/universidad-y-principio-de-equivalencia-hacia-el-fin-de-la-alta-alegoria-borrador-de-conferencia-para-17-instituto-de-estudios-criticos-mexico-df-22-de-enero-2017-por-alberto-moreiras/

2. For example, at one point the baroque/ neo-baroque appears as a trope for anti-literature. In my account, this will amount to the ‘catholic’ affirmation the katechon, raising its status in a complexio oppositorum between archaic and an-archy of the eschatology, which is always political theology. Consider this passage cited from Haroldo de Campos: “…Brazilian culture was born under the sign of the baroque…it cannot be understood from ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood from an ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood in the sense of an idealist quest for “identity” or “national” character. Baroque, paradoxically, means non-infancy. The concept of “origin” here will only fit if it does not imply the idea of “genesis”, of a generative process with a beginning, middle, and maturity…Baroque is, therefore, a non-origin. A non-infancy. Our literature, springing up from the baroque vortex, was never aphastic; it has never developed from a speechless, aphasic-infantile limbo in the fullness of discourse”. 115 pp. The baroque as literary form, even deprived of genesis, seems to lead stray into the “frame” whether in transcendental or immanentist planes of the modern metaphysics of the political.

3. Panagiotis Christias has recently offered a very interesting reading of the figure of the katechon in a platonic key, in which he suggests that the restrainer stands against potential rise of tyranny, thus making the Philosopher, the Greek antecedent of the katechon fearing the disintegration of the polis. To what extent philosophy can deter anomia today is a completely different question. I am interested in the figure of the Philosopher as metonymic for life as it converges with passion without sacrifice. See, Platon et Paul au bord de l’abîme. Pour une politique katéchontique (2014).

‘Un pinche infierno’: sobre La fila india. (Gerardo Muñoz)

La más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ortuño, La filia india (Océano, 2013) nos coloca al interior infernal de nuestro presente. Al decir “infernal” no recurrimos a un uso fácil de una metáfora, ni remitimos a la innumerable tropología que la literatura le ha dado a esa estación imaginaria desde La divina comedia hasta Libro del cielo y del infierno (Sur, 1960). El infierno que relata Ortuño a lo largo de su novela tiene un nombre: Santa Rita.

Este el nombre de un pueblo al sureste del territorio mexicano, pero podría ser cualquier territorio de los que hoy, en América Latina (de Guerrero al Conurbano), atraviesa y dibuja sobre el mapa un nuevo conflicto social. Santa Rita es tierra de nadie y desocupados, de maleantes y bandas criminales, de migrantes centroamericanos y burócratas de la Conami (Comisión Nacional de Migración). Pero ninguno se identifican con quienes aparentan ser, y por lo tanto ya nada es reducible a la analítica de la subjetividad. Atravesados por distintas fuerzas que imponen sus propias “razones” o “leyes”; esta vecindad descompuesta como el desierto del aburrimiento que tematiza 2666, es una región que lejos de ser “transparente” se caracteriza por nuevas gramáticas de la violencia.

Santa Rita (o La fila india, como máquina de narrar el horror) es una cartografía de los procesos an-arquicos que atraviesa la frontera sureña de México, desde la cual la porosidad entre cuerpos, capital, y muerte van dando la clave del fin de lo político en una guerra que se va desatando transversalmente. Surge la pregunta: ¿cómo narrar esa anarquía sin recurrir a la artificialidad de un nuevo intimismo o a la vieja “totalidad” caída hacia una nueva filosofía (global) de la historia?

La fila india no resuelve esa pregunta, pero si apunta a una sintomatología. En la cartografía que se traza sobre el territorio de Santa Rita – y sus espacios periféricos que emergen como espectros: las ciudades fronterizas de Estados Unidos, la frontera sur, Centroamérica –  abunda en un conflicto multivalencial plegado a varios actores y circuitos que van tramando lo que Diego Sztulwark, vía Rita Segato, ha querido llamar recientemente una nueva política de la opacidad [1].

Desde luego, no se trata de sugerir aquí que el desplazamiento hacia un nuevo exceso (y subceso) de la política pasa meramente por la una política de la oscuridad entendida como un mero “no-saber”, sino que la batalla sobre los territorios hoy son complejas matrices de guerra donde no hay demanda que pueda suplir con claridad y certeza la oscuridad a la cual es constantemente arrojada. De ahí que La filia india, que arranca con la investigación de una matanza en un albergue del pueblo, no se detenga ahí o se limite a esa experiencia como excepción. La matanza, nos van dando señales las múltiples voces de la novela, es moneda corriente de vidas que solo cuentan bajo un nuevo estatuto zoológico. Así, no hay “mapa cognitivo” ni “cartografía de lo absoluto” que valga en el interior de este nuevo desierto que diagrama la guerra global en su máxima expresión: solo hay cadáveres y la putrefacción de una afterlife de la tierra. En un momento en cual Ortuño abunda sobre la naturaleza de Santa Rita se nos da un alegato de esta condición anómica.

“…la Conami de Santa Rita florecía como los basureros con las lluvias. Me hundí en el agua, de noche, imagine la zanja, la peste a mierda y tierra, la boca llenándose de gusanos y piedras, la planta, remandado a que se movieran los que en el lindero de la muerte se agitan, como insectos, pese a tener la cabeza rota. […] En otros países se habrían quedado sentados hasta que llegara la ONU. Pero, bueno, supongo que en otros países no hubieran rematado a los niños a machetazos o a sus madres a tiros ni hubieran puesto a los hombres a pelear entre ellos para ejercer el premio de vivir unas horas más” [2].

La filia india, sin embargo, no solo nos arrastra hacia su interior el exceso del cuerpo sin redención (ese producto para el fuego y la ceniza; un infra-nivel del resto, tal y como lo ha venido pensando Pablo Domínguez Galbraith). El otro registro del infierno se nos da en la fachada misma de la burocracia de la Conami, abundante en todo tipo de gestos del aburrimiento: bostezos, miradas al vacío, silencios, susurros, voluntad de hacer y no hacer. La ‘fila india’ es el último gesto que reinstala la lógica de la amo-esclavo en el momento de la consumación burocrática del Mundo. Y así la repetición: una reiteración de los comunicados (‘una circular eterna’, cuatro en total en la novela) van dando el ritmo de una liturgia burocrática en la  transformación de la política hacia la administración de los infiernos.

Como ha visto Giorgio Agamben en Il regno e la gloria, el infierno en realidad no es más que una forma penitenciaria una vez que los Ángeles han abandonado el quehacer de la política, y que al quedar desocupados de su jerarquías, la distribución de la justicia divina deviene en manos de los demonios que ejecutan una pena eterna [3]. Ante la condena demoníaca de toda forma de vida sobre los territorios, la burocracia como anomia en la tierra solo puede operar a través de una relación promiscua con la esfera del derecho que pone en suspenso y crisis el estatuto mismo de la ética. Y por consecuencia también de lo forense y de la vida social. Así nos dice la funcionaria:

“Los periodistas solidarios también comían, necesitaban premios y becas y algunos temas iban a desarrollos y otros no….La ética de hacer lo que se pueda hasta donde se pueda, identidad punto por punto a la del resto de nosotros. Cruzaban por la frontera los pollos porque podían, los robaban, golpeaban, y violaban por lo mismo pero, a cambio, nadie intervenía porque no, porno como iba a ser. Eso no”. [4]

Las instituciones burocráticas que administran la nueva condición infernal del mundo tan solo encarnan una ética de “hacer tan solo nos permita nuestro poder” (que siempre, claro, termina siendo poco). Y solo queda la voluntad de voluntades como última extracción de lo humano, puesto que su potencia ha sido destruida y finalizada. Un humanismo ínfimo como puesta en escena de la praxis. Hacer y dejar ser, lo cual supone a lo largo de la novela, dejar morir.

Como en Los migrantes que no importan (Sur+, 2010), esa notable crónica del periodista Oscar Martínez sobre las vidas en la “bestia” (marca del ángel caído, además), la zona que ocupa Santa Rita es un campo de guerra donde la astucia del poder encuentra su mayor grado de concreción en los cuerpos vejados y marcados por violaciones, torturas, y extorsiones. La presencia de lo demoniaco ya no aparece en forma figural de una bestia, sino sobre el curso bélico que instala una serie de huéspedes extraños (así le llamó Carl Schmitt a Hitler) como apóstatas de un nuevo reino sin forma (katechon) [5]. Es esa la condición post-formal que Luna brutalmente le relata a la burócrata de la Conami como si fuese una pintura de Grunewald:

“le narró historias sobre migrantes crucificadas en postes de luz, cuerpos sin cabeza, cabezas sin lengua y dedos sin falanges, mujeres a las que les habían sacado para afuera todo lo que tuvieron dentro y hombre as lo que les habían metido todo lo que tuvieron fuera” [5 152].

La llamada violencia expresiva que estudia la sociología hoy en la región (pensemos aquí en los importantes trabajos de Rita Segato, Rossana Reguillo, o Pilar Calveiro) apunta a un nuevo tipo de escritura corporal más allá de lo propio, y por lo tanto inconsecuente con la división entre víctimas y asesinos de la política moderna, ya que esto supondría la naturalización de una forma (gestalt) puesta en crisis en el interior mismo de la guerra encarnada como exceso sobre los cuerpos mutilados y vaciados en la oscuridad del paisaje global [6].

Esta violencia desborda los parámetros de la crueldad establecidos en la co-pertenencia entre injuria y castigo – tal y como lo ha problematizado Jacques Derrida en su seminario The Dealth Penalty (University of Chicago, 2014) para entender las tramas entre violencia y soberanía. Santa Rita en La filia india, como Santa Teresa en 2666, es una nueva localización hiperbólica de un ‘pinche infierno’ que atraviesa, desde ya, el vasto habitar del mundo. Un mundo desnudo de su capacidad de horizonte y forma.

 

 

Notas

  1. Diego Sztulwark. “La opacidad del presente político”. (Clinamen, Radio La Mar en Coche, Marzo de 2015). http://ciudadclinamen.blogspot.com/2015/03/la-opacidad-del-presente-politico.html
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 121.
  1. Giorgio Agamben. Il Regno e la Gloria. Il Regno e la Gloria: Per una genealogia teologica dell’economia e del governo. Neri Pozza, 2007.
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 128
  1. Carl Schmitt en Glossarium sugiere que Hitler fue un ‘huésped extraño’ que, desde el corazón de la era de era de Holderlin, terminó ocupado el interior de la forma (gestalt) de la cultura alemana, dotándola de una “forma extraña” o fin de la forma.
  1. Alberto Moreiras ha sugerido que este nuevo tipo exceso de violencia y crueldad marca una región externa a la forma clásica de lo político. Ver su “An example of infrapolitics”, una glosa sobre Cruel Modernity (Duke, 2013) de Jean Franco. https://infrapolitica.wordpress.com/2014/09/18/an-example-of-infrapolitics-by-alberto-moreiras/