Fórmula. por Mauricio Amar

Parece evidente que a esta altura del avance de descomposición de las sociedades humanas es necesario comenzar a hablar con nuevas fórmulas. Fórmula parece un concepto interesante para partir, aunque necesario de debatirlo, puesto que tiene al menos dos acepciones de uso general. La primera es la de ser un medio práctico para resolver problemas complejos. Una fórmula matemática es precisamente una representación entre otras de una relación entre términos. La segunda, indica una mezcla, una composición de elementos, un ensamblaje. La composición de las moléculas se representa en fórmulas para dar cuenta de una estructura de la materia, una composición que de no existir o de existir de otra manera haría que las cosas fuesen diferentes.

Si la primera acepción está fuertemente vinculada a las matemáticas, la segunda debe entenderse como un asunto químico. Mientras la primera guarda relación con una suerte de resumen, contracción, la segunda se parece más a una fotografía del estado de la composición en un momento dado. Si la fórmula matemática siempre aspira a ser una representación de la eternidad, la química sólo está para controlar la estabilidad del sistema de relaciones y combinaciones. Encontrar una nueva fórmula, entonces, tiene algo de su sentido matemático, en tanto buscar una representación de la vida y las relaciones que permita salir de un problema, aunque debe luchar por salir de la esencialización de cualquier representación fija del mundo. De la segunda, debe rescatar el sentido de ensamblaje, abandonando la pipeta, el contenedor que da estabilidad forzosa a aquello que siempre está en disposición de adquirir otra. Esto significa salir del laboratorio, de una lógica que ha hecho ese mundo en el que se nos hace vivir y se nos deja morir. Como pueden apreciar, estoy enunciando desde el inicio lo que quisiera de una fórmula hoy, pero incluso este deseo se enfrenta a problemas más profundos.

Etimológicamente, la palabra fórmula fue utilizada en latín para designar una regla o marco. La fórmula es un instrumento para dar forma (forma + el sufijo ulus que indica su carácter instrumental como en férula o el latín regula). La fórmula sería, desde esta perspectiva el instrumento o dispositivo dador de forma. Un medio a través del cuál una forma singular aparece y es posible de ser enunciada. En otras palabras, puede ser entendida en cuanto ser de las cosas (su aparición y enunciación) y praxis concreta: las fórmulas transforman el mundo constantemente, ejerciendo sobre la materia y las ideas fuerzas e intensidades de las que nacen una y otra vez relaciones entre las singularidades.

Si la fórmula es ensamblaje, el problema no es tanto cómo inventar una forma de la nada, sino cómo dar forma a las cosas con el lenguaje. En tanto regla, la fórmula no inventa una cosa determinada, sino que abre el sentido para la formación de todas las cosas sobre las que ella tiene alcance. Evidentemente, no contiene todo y no hace absoluto su comando sobre las formas que enuncia. Más bien, adopta contingencias, siendo ella misma la manera en que éstas se relacionan y agrupan. Vive de la multiplicidad. El problema es que la razón instrumental hegemónica se preocupa más por lo que la fórmula encierra y menos de las fuerzas y velocidades que determinan un todavía no y un ya no fundamentales. Como Henri Bergson vio con claridad, el movimiento como tal es algo que a la ciencia moderna le molesta, porque su afán es siempre la parcelación, la comprensión de todo movimiento como secuencia de imágenes estancas (Bergson, 2007). Las humanidades no lo hacen nada mal, en todo caso. Las épocas históricas, las ideas de sociedad, nación, Estado, son sólo ejemplos de marcos, fórmulas que se entienden a partir del sueño de la prolongación infinita de su forma actual. El pensamiento moderno odia el movimiento (la velocidad de las autopistas o la casi instantaneidad de internet buscan siempre disminuir el trayecto. El amor a la velocidad no es amor al movimiento), por lo que le es imposible dar con una salida -una fórmula- que se piense a partir de la multiplicidad y la inadecuación constitutiva del mundo.

Los marcos sobre los que se ha constituido la civilización capitalista, que a estas alturas ha devenido planetaria, provienen de formas hegemónicas al interior del cristianismo romano. Marcos o fórmulas que han sido secularizados, pero que siguen siendo operaciones del poder, que, si bien no deciden las condiciones de aparición de las cosas, sí delimitan, como dice Judith Butler, la esfera de la aparición como tal (Butler, 2017). La fórmula no tiene tanto que ver con la agrupación de los elementos, sino más bien con su representación, es decir, es una enunciación sobre un estado de cosas que siempre pudo ser dicha de otra forma. No es la chorá platónica, ni el ser de Alfarabi o el intelecto de Averroes, tampoco el plano de inmanencia deleuziano, pero siempre remite a un medio puro para enunciarlo. Es una operación sobre el flujo de la naturaleza, operación de la lengua sin importar si ésta se constituye de signos matemáticos o lenguaje común. Por eso no puede existir una sola fórmula, pero sí fórmulas hegemónicas, que hacen como en la física de partículas una detección del electrón mediante la observación. Esto no significa que sea subjetiva, pues la propia subjetividad es una fórmula. Existen reglas que rigen la subjetividad moderna, como por ejemplo la regla de coincidencia de la razón con un cuerpo biológico o la regla de personificación-despersonificación que da a cada singularidad de la especie una potencia cerrada por el binarismo de devenir plenamente humano, población o vida descartable.   

Evidentemente, las fórmulas hegemónicas son asediadas por otras que pueden poner en cuestión parcial o totalmente las reglas que las rigen. Las formas de vida no adaptadas al capitalismo, al derecho romano, al Estado o la nación, suponen un peligro para las fórmulas hegemónicas. Otras, potencialmente amenazantes pueden ser absorbidas por las reglas de enunciación de estas últimas, como ha ocurrido con la homosexualidad o una parte, al menos, del feminismo, sobre todo en los centros productivos del capitalismo. Esta acción puede ser entendida como una captura, al modo de una red de pesca que se lleva consigo los peces que busca más cientos de otras cosas accidentalmente atrapadas, pero que estaban a su alcance y por tanto caen en su poder y se ponen a funcionar para él.  

La fórmula corresponde a la nueva codificación en la que comienza a funcionar un elemento que ha sido desterritorializado, suspendido de su praxis habitual, y reterritorializado, dispuesto hacia un nuevo sentido. Lo que el capitalismo, o cualquier otra época que se pretenda absoluta, ha escondido en su episteme son dos cosas fundamentales. La primera, consiste en no poner de manifiesto que su fórmula tiene una historia, que corresponde a un montaje de elementos heterogéneos que han adquirido una nueva forma producto de una territorialización. La segunda, es ocultar que el ensamblaje que le constituye está siempre haciéndolo ser otra cosa.

El neoliberalismo, por ejemplo, como momento de aceleración de la destrucción del planeta es una forma de capitalismo porque sigue funcionando de acuerdo con las reglas de codificación de la propiedad privada y la venta de la fuerza de trabajo que permiten la acumulación, sin embargo, siguió una línea de fuga del capitalismo que convirtió en hegemónica a la economía bursátil, sosteniéndose en la circulación de capital sin ningún tipo de respaldo más que la compra y venta acelerada de acciones. La fórmula neoliberal es inseparable de los media y las plataformas de comunicación que hacen posible tanto la propaganda activa como la transacción rápida de capital. Cada uno de los elementos que se agrupan en torno a tal proceso de acumulación a escala planetaria (los media, internet, la bancarización, e incluso la desigualdad social que forma parte de su reproducción) permiten en diferentes grados tanto el rendimiento de la fórmula, como su inestabilidad y posible disgregación. 

Si nos entendemos en la búsqueda por formas de vida en resistencia al actual estado de cosas, debemos decir que encontrar una nueva fórmula, que permita resistir a la del neoliberalismo, implica detectar las líneas de fuga, las prácticas concretas que tienden a desestabilizar el orden actual. En ese sentido es posible hablar de una política destituyente, como ha enunciado Rodrigo Karmy o una política profana, idea cara a Giorgio Agamben, que saque del templo las verdades con que una determinada forma de vida, la del neoliberalismo, ha ordenado el mundo, es decir, que actúe sobre las relaciones posibles al interior de este campo de fuerzas inestable. La inestabilidad creciente del neoliberalismo viene dada por su propia pretención totalizadora e incluso creadora de mundo, porque su funcionamiento constante consiste en la descodificación del mismo mundo que forja (Cf. Deleuze, 2005).  

Abrir fórmulas antineoliberales implica, por tanto, encontrar aquellos restos de multiplicidad que el propio capital ha sido incapaz de incorporar a su lógica. Un tercer paisaje, como esas multiplicidades de vida que emergen en los rincones de las calles, amenazadas con ser pensadas como malezas y arrancadas, pero persistentes en florecer, sin haber sido pensadas por los urbanistas (Cf. Clément, 2014). Esto significa crear, no desde la nada, sino a partir de las ruinas de nuestra cultura, de esta catástrofe cuya máquina ha avanzado en la descodificación constante de todo lo que está a su alcance para someterlo a la equivalencia del valor de cambio. 

Esto nos abre, evidentemente, una pregunta por la posibilidad de la codificación. En un libro muy interesante de Massimo Cacciari llamado Il potere que frena (2014), el gran pensador italiano se lanza contra una posición ocupada por Agamben y Jacob Taubes respecto al valor del concepto de katechón en la cultura occidental. Esa fuerza que frena la llegada mesiánica, que adquiere su contenido interpretativo histórico en la teología política de Carl Schmitt, y que ha de ser representada por poderes fácticos como el imperio romano, la iglesia católica, los Estados nacionales y el propio capitalismo, implicaría en realidad, para Cacciari, una fuerza perdida cuyo poder es el de crear un horizonte común. El imperio, el Estado, o la iglesia tendrían un poder de abrir una época a partir de la cual se articula un sentido de pasado y futuro común. En el interior de su trama sería posible figurar una forma de vida más allá del individuo. El katechon de Cacciari afirma un mundo prometeico, porque ilumina un camino compartido como especie -una sophia capaz de representar el bien común-, mientras el capitalismo, al contrario, tendría una forma epimeteica, una apertura permanente de la caja de Pandora, en la que ninguna certeza salvo la del placer individual es posible (Cf. Cacciari, 2014). 

Podríamos preguntarnos un tanto sobre esta concepción de katechon, porque afirmando la idea que Cacciari se hace del capitalismo como una imposibilidad de formulación de lo común, también podríamos decir que la reterritorialización que opera el neoliberalismo en la forma de la equivalencia de capital, que implica la descodificación constante de todo lo que arrastra consigo, es una forma de aplazamiento, de diferimiento, que no abre horizonte común, sino una moral totalizante que obliga a la representación de lo individual como referente absoluto de la experiencia. Un katechón extraño, pero que cumple con la función de aplazar la emergencia de la fuerza mesiánica.  Esto, evidentemente da para una larga discusión, pero me interesa dejar planteado el hecho de que el neoliberalismo no es ajeno a una moral ni a un destino del mundo -en cierta forma, como indica Adam Kotsko, es una teología política (Cf. Kotsko, 2018)- sólo que ese destino, tal como lo tenemos a la vista de forma cada vez más apremiante, es la destrucción de la experiencia común y, por supuesto, de la naturaleza de la que somos parte.

¿Será la respuesta a la búsqueda de una nueva fórmula restituir un katechón, bajo la forma que sea? Parece evidente que la manera en que el imaginario katechóntico ha sido conceptualizado no permite, ni siquiera en Cacciari, pensar en una construcción de lo común benigna. El Imperio, el Estado y la iglesia han sido no sólo máquinas de clasificación, jerarquización e invisibilización de la vida en común en pos de la protección de procesos de acumulación de grupos de poder, sino también la condición de posibilidad de emergencia del capitalismo y su nefasta forma neoliberal.          

Entonces, no haría mal explorar nuevas fórmulas que, al tiempo de involucrar fuerzas mesiánicas, permitan pensar lo común. Es posible que eso esté contenido en la idea siempre críptica, de un verdadero estado de excepción, tal como lo enuncia Walter Benjamin en su octava tesis sobre el concepto de historia. Verdadero porque coloca al estado de excepción soberano que define el poder soberano schmittiano como una forma posible en un campo más vasto que es la vida común. Si el poder soberano aúna las fuerzas comunes, las rapta en este gran Leviatán que sería el Estado moderno, imitando la creación ex nihilo divina, el verdadero estado de excepción implicaría una mirada al medio absoluto en el que este es posible de ser pensado, creado y vuelto contra su propia fuente común. Lo verdadero indicaría un lugar anterior a la fórmula, efectivamente el medio puro en el que toda fórmula tiene lugar, de modo que habría que volver la mirada no tanto a un pasado, sino a una condición inmanente de todo tiempo y espacio en el que ninguna fórmula está dada, ninguna jerarquía cristalizada, donde todo se puede volver a vincular de otra manera, como en la biblioteca china de Borges. 

Resulta importante, a la luz de la lectura de Neoliberalism’s Demons (2018), de Adam Kotsko, echar una mirada a la separación que opera lo que este llama el axioma Arendt, entre la economía y la política como espacios humanos totalmente diferenciados e irreductibles. Este principio ha sido reforzado de manera especial por la crítica al neoliberalismo de Wendy Brown. El neoliberalismo sería la usurpación definitiva del oikos sobre la polis, de lo privado sobre lo público, de la administración despótica de las necesidades por sobre la libertad real de participar en la igualdad de lo común. Bajo este paradigma arendtiano, que como bien ve Kotsko, se escapa de la conjunción entre economía y política que logró establecer Marx, la plena realización de lo humano estaría fuera de aquello que le interesa a la economía, encargada de una administración de la vida. Podemos decir que una crítica biopolítica precisamente debe incorporar el desmontaje de una ficción de esta naturaleza, si su búsqueda, como ocurre en Agamben, fuese buscar una forma-de-vida, en la que el poder no pueda operar la escisión entre una mera vida o vida desnuda y una vida cualificada. 

Entender que es el poder el que busca una separación entre dos maneras de entender la vida, para poder ejercer sobre ellas su fuerza, nos indica precisamente que éste opera administrando ambos conceptos, atravesándolos continuamente para operar. En otras palabras, el poder no es económico ni político, sino la captura de ambos, la diversificación y proliferación de sus diferencias a fin de regir sobre toda forma de vida. Bíos zoé no serían más que sus ficciones preferidas desde mucho antes que existiera el neoliberalismo y, acaso, constituyendo un dispositivo importante de la tradición occidental. En este sentido, la idea de una infrapolítica, que Alberto Moreiras ha pensado con detenimiento, entendida como deconstrucción constante de esas ficciones que unen de manera necesaria a la vida y la soberanía política, evidenciándolas en su mera facticidad, resulta no sólo interesante por sus posibilidades reflexivas, sino también por la potencialidad de una mirada que sea capaz de incidir también políticamente, sin que la política sea desde su origen el horizonte (Cf. Moreiras, 2019). Buscar una fórmula en la que la vida no sea desarticulada, fraccionada o diseccionada por el poder, implica ir más allá del poder y situarlo epocalmente, comprendiendo los mecanismos que han fijado sus formas y las líneas de fuga por donde esa forma, por más que su ejercicio soberano sea mostrarse como la naturaleza misma, está siempre desarmándose. 

A propósito del reciente libro de Sergio Villalobos-Ruminott, Asedios al fascismo (2020), la aparición de un movimiento fascista neoliberal nos debe indicar precisamente el punto de confluencia entre una perspectiva política totalitaria y una administración completa de la vida a partir de la acumulación de capital, justamente cuando el propio neoliberalismo se presenta a sí mismo como una suerte de hazaña que, desligándose de cualquier filosofía de la historia clásica, derrumba a su paso toda forma de totalitarismo (Cf. Villalobos-Ruminott, 2020). Esta paradoja se muestra falsa ante la mirada capaz de descubrir en el neoliberalismo una cultura, un sistema-mundo, que funciona a través de la aniquilación de toda potencia, utilizando como herramientas propias tanto al Estado como al capital, en plena concordancia con lo que el pensador chileno llamará un fascismo neoliberal. “Si la racionalidad neoliberal -dice Villalobos-Ruminott- instrumentaliza al Estado, inscribiéndolo en su performance acumulativa, habría que ir más allá del simple reformismo convencional, para confrontarse con las dimensiones de esta racionalidad invasiva” (Ibídem). Confrontar las dimensiones de esta racionalidad que ha articulado la cultura de la devastación del mundo contemporáneo, implica no hacer la vista gorda a la situación de corrosión de la forma Estado. Una crítica al reformismo ha de implicar la búsqueda de una nueva fórmula, es decir, un ejercicio de desterritorialización del Estado y la reterritorialización en algo nuevo, en un ejercicio de lo común, en el que la ficción de la separación entre zoé bíos sea expuesta como tal.

La exposición es tanto la muestra de una herida abierta, como una apertura del ser. No se puede deshistorizar la existencia ignorando las fórmulas que la han moldeado. Las ficciones sobre los cuerpos, sobre el movimiento y la circulación han creado un mundo real, o al menos vivido como tal. La exposición de la separación ficcional entre bíos zoé es también la muestra de una catástrofe para los cuerpos, una operación de fuerza sobre lo común, que no termina de sangrar. Es exposición de la muerte acelerada de la naturaleza y la responsabilidad humana sobre ella. Exponer el mundo en su sin horizonte creado por el neoliberalismo, podrá permitir pensar también cómo éste mismo existe a duras penas en la fragilidad de una pesadilla. Por ello, debemos decir que es la exposición el primer acercamiento a la potencia, a la medialidad absoluta en la que siempre vivimos y en la que, en última instancia, debemos escarbar para encontrar nuevas fórmulas.

Bibliografía

Bergson, H. (2007). La evolución creadora. Buenos Aires: Cactus.

Butler, J. (2009). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Cacciari, M. (2014). Il potere che frena. Saggio di Teologia Politica. Milano: Adelphi.

Clemént, G. (2014). Manifeste du Tiers paysage. Paris: Sens & Tonka.

Deleuze, G. (2005). Derrames. entre el capitalismo y la esquizofrenia. Buenos Aires: Cactus.

Kotsko, A. (2018). Neoliberalism’s Demons. On the Political Theology of Late Capital. Stanford: Stanford University Press.

Moreiras, A. (2019). Infrapolítica. Santiago: Palinodia.

Villalobos-Ruminott, S. (2020). Asedios al fascismo. Del gobierno neoliberal a la revuelta popular. Santiago: DobleAEditores.

*Imagen: Antoni Tapies, “Cruz y raya” (1974), Museo Abstracto de Cuenca.

The End of the Constitution of the Earth. A review of Samuel Zeitlin’s edition of Tyranny of Values & Other Texts (Telos 2018), by Carl Schmitt. By Gerardo Muñoz.

Samuel Zeitlin’s edition of Tyranny of Values and Other Texts (Telos Press, 2018) fills an important gap in the English publication of Carl Schmitt’s work, in particular, as it relates to his lesser known essays written during the interwar period. This edition is still meant as an introduction to Schmitt’s political thought and it does not pretend to exhaust all the topics that preoccupied the Catholic jurist, such as the geopolitical transformations of the European legal order, the rise of economicism at a planetary scale, or the ruminations over the early modern theories of sovereignty and its defenders. Indeed, these essays sheds light on the complexity of a thinker as he was coming to terms with the weakening of the ius publicum europeum as the framework of European legality and legitimacy, and of which Schmitt understood himself to be the last concrete representative, as he repeatedly claims in Ex captivate salus.

As David Pan correctly observes in the Preface, the Schmitt that we encounter here is one that is confronting the transformations of political enmity in light of a gloomy and dangerous takeover of a global civil war. In fact, one could most definitely argue that the Schmitt thinking within the Cold War epochality is one that is painstakingly searching for a “Katechon”, that restraining force inherited from Christian theology in order to give form to the ruination of modern legal and political order. The global civil war, cloaked under a sense of acknowledged Humanism, now aimed at the destruction of the enemy social’s order and form of life. This thematizes the existential dilemma of a jurist who was conscious of the dark shadow floating over the efficacy of Western jurisprudence. In other words, the post-war Schmitt is one marked by a profound hamletian condition in the face of the technical neutralization of every effective political theology. This condition puts Schmitt on the defensive, rather than on the offensive, as his later replies to Erik Peterson, Hans Blumenberg, or Jacob Taubes render visible.

The essays in the collection can be divided in three different categories: those on particular political thinkers, some that reflect on political enmity and the concept of war, and two major pieces that deal directly with the crisis of nihilism in the wake of the Cold War (those two essays are “The Tyranny of Values” and “The Order of the World after the Second World War”). Zeitlin includes an early essay on Machiavelli (1927), a brief piece on Hobbes’ three hundred years anniversary (1951), a reflection on his own book Hamlet and Hecuba (1957), and a succinct note on J.J. Rousseau (1962). These are all not necessarily celebratory of each of these figures. Indeed, while in the piece on Hobbes Schmitt celebrates the author of Leviathan as a true political analyst of the English Civil War against Lockean contractualism; the piece on Machiavelli is a clear exposition of his loathe for the Florentine statesman. In fact, to the contemporary student of intellectual history these words might sound unjust: “[Machiavelli] was neither a great statesman nor a great theorist” (Schmitt 46). If politics is understood as the art of reserving an arcanum, as mystery of power against all forces of moral relativism and technical procedures, then, machiavellism’s endgame amounts to a mystified anti-machiavellinism that favors individual pathos over political decisionism. Machiavelli might have said “too much” about politics; and for Schmitt, this excess, points to the flawed human anthropology at the heart of his incapacity for thinking political unity (Schmitt 50).

If juxtaposed with the essay on Hobbes, it becomes clear that Schmitt’s anxiety against Machiavelli is also the result of the impossibility of extracting a Christian philosophy of history, which only the Leviathan was able to guarantee in the wake of a post-confessional world. Whereas Hobbes provided a political theology based on auctoritas, non veritas, facit legem, Machiavellism stood for an impolitical structure devoid of a concrete political kernel. In such light, the essay on Rousseau is astonishingly curious. For one thing, Schmitt paints a portrait of Rousseau that does not adequately fits the contours of a political theologian of Jacobinism. On the reverse side of this, Schmitt also avoids making the case for The Social Contract as a precursor of totalitarianism. Rather, following Julien Freund, Schmitt polishes a Rousseau that stands for limited freedom and equality; a sort of intra-katechon within Liberalism, and in this sense a mirror image of every potential Hegelianism for the unfolding of world history (Schmitt 173). Finally, the piece “What Have I done?”, a response to a critic of his Hamlet and Hecuba, is aimed not so much at the making of a “political Shakespeare”, but rather at shaking up both the “monopoly of dialectical materialist history of art” as well as the “well-rehearsed division of labor” of the university” (Schmitt 139-41). This is critique has not lost any of its relevance in our present.

Whereas the pieces on political thinkers is an exercise in reactroactive gazing on the tradition, the essays on political enmity and war are direct confrontations on the erosion of the European ius publicum europeum in the wake of the Cold War, dominated by the rise of international political entities (NATO, UN), and anticolonial movements of a new global order. It is in this context that Schmitt’s interest in the figure of the partisan begins to take shape as a way to come to terms with the new forms of mobility, irregularity, and changes in its territorial placement of the enemy. In “Dialogue on the Partisan”, Schmitt revises some of his major claims in Theory of the Partisan, while reminding that “the great error of the pacifists…was to claim that one need simply abolish warfare, then there would be peace” (Schmitt 182).The destitution of the ius publicum europeum, that oriented war making vis-a-vis the recognition of political enmity has, in fact, opened up for a de-contained partisanship in which the destiny of populations now was at the center. This new stage of political conflict intensifies the nihilism where potentially anyone is an enemy to be destroyed (Schmitt 194).

As Schmitt claims in the short piece “On the TV-Democracy”, the question becomes who will hold political power and to what extent, as techno-economical machination becomes the force that directly expresses the Goethean myth of nemo eontra deum nisi dens ipse. With the only difference that the mythic in the essence of technology has no political force, but mere force of mobilization of abstract identities and what Heidegger called “standing reserve”. In this new epoch, the human ceases to have a place on earth, not merely because his political persona cannot be defined, but rather because he can no longer identify himself as human (Schmitt 205). Schmitt’s sibylline maxim from poet Theodor Daubler, “The enemy is our question as Gestalt”, thus loses its capacity for orientation. Already in the 1940s, Schmitt is contemplating a crisis that he does not entirely resolve.

This is one way in which the important essay “The Forming of the French Spirit via the Legists”, from 1941, must be understood. This text on the one hand it is a remarkable sketch of French jurisprudence, grounded on “mesura”, “order”, “rationalism”, and sovereignty. It is no doubt an essay directed against royalist French intellectuals (Henri Massis and Charles Maurras are implicitly alluded to); but also at the concept of state sovereignty. Indeed, the most productive way to read this essay is next to The Leviathan in the State Theory of Thomas Hobbes (1938) written a couple of years prior. The impossibility of crafting a theory of the political in the wake of the exhaustion of the sovereign state form will eminently leave the doors wide open for a global civil war, as he argues in the post-war essay “Amnesty or the Force of Forgetting”. Schmitt’s defense of the a formation of the Reich in the 1940s will be translated in his general theory of a ‘new nomos of the earth’ immediately after the war.

The two most important pieces included in The Tyranny of Values and Other Texts (2018) are “The Tyranny of Values” (1960), and “The Order of the World after the Second World War”. The “actuality” of Schmitt’s political thought has a felicitous grounds on these essays, although by no account should we claim that they adjust themselves to the intensification of nihilism in our current moment. There is much to be said about the weight that Schmitt puts on the “economic question”, a certain pull that comes from the emphasis of the much debated question then concerning “development-underdevelopment”, which does not really capture the metastasis of value in the global form of the general principle of equivalence today. Schmitt also deserves credit in having captured in “The Tyranny of Values”, the ascent of the supremacy of “value” in relation to the philosophies of life (Schmitt 12). Schmitt quotes Heidegger’s analysis, for whom “value and the valuable become the positivistic ersatz for the metaphysical” (Schmitt 29), which we can have only intensified in the twenty-first century. Perhaps with the only difference that “value” is no longer articulated explicitly. But who can deny that identitarian discourse is a mere transposition of the tyranny of values? Who can negate that the cost-benefit analysis, “silent revolution of our times” as one of the most important constitutionalists has called it, now stands as the hegemonic form of contemporary technical rationality? [2].

At one point in the “Tyranny” essay, while commenting on Scheler’s philosophy, Schmitt says something that it has clearly not lost any of its legibility in our times: “Max Scheler, the great master of objective value theory has: the negation of a negation value is a positive value. That is mathematically clear, as a negative times a negative yields a positive. One can see from this that the binding of the thinking of value to its old value-free opposition is not so lightly to be dissolved. This sentence of Max Scheler’s allows evil to be requited with evil and in this way, to transform our earth into a hell, the hell however to be transform into a paradise of values” (Schmitt 38). It is a remarkable conclusion, and one in which the “mystery of evil” (the Pauline mysterium iniquitatis) becomes the primary function of the art of government in our times. It is here where we most clearly see the essence of the techno-political as the last reserve of legal liberalism. Schmitt would have been surprised (or perhaps not) to see that the disappearance of the rhetoric of values also coincides with a new regulation of disorder, whether it takes the name of “security”, “cost and benefits”, or “identity and diversification”. Indeed, now politics even has its own place in the consummation of the race for the “highest values”, since anything can be masked a “political” at the request of the latest demand.

In his 1962 conference “The Order of the World after the Second World War”, delivered in Madrid by invitation of his friend Manuel Fraga, Schmitt still is convinced that he can see through the interregnum. Let me quote him one last time: “I used the word nomos as a characteristic denomination for the concrete division and distribution of the earth. If you now ask me, in this sense of the term nomos, what is, today, the nomos of the earth, I can answer clearly : it is the division of the earth into industrially developed regions or less developed regions, joined with the immediate question of who accepts development f aidrom whom…This distribution is today the true constitution of the earth” (Schmitt 163). It is a sweeping claim, one that seeks to illuminate a specific opaque moment in history.

But I am not convinced that we can say the same thing today. Here I am in agreement with Galli and Williams, who have noted that the disappearance of a Zentralgebiet no longer solicits the force of the Katechon [3]. And it is the Katechon that guarantees an effective philosophy of history for the Christian eon. The Katechon provides for a juridical sense of order against a mere transposition of the theological. Indeed, it is never a matter of theological reduction, which is why Schmitt had to evoke Gentilis’ outcry: Silenti theologi, in munere alieno!  I guess the question really amounts to the following: can a constitution of the earth, even if holding potestas spiritualis, regulate the triumph of anomia and the unlimited? Do the bureaucrat and the technician have the last world over the legitimacy of the world? Here the gaze of the jurist turns blank and emits no answer. One only wonders where Schmitt would have looked for new strengths in seeking the revival of a constitution of the earth; or if this entails, once and for all, the closure of the political as we know it.

 

 

Notes

  1. Carl Schmitt. The Tyranny of Values and Other Texts, Translated by Samuel Garrett Zeitlit. New York: Telos Publishing Press, 2018.
  2. Cass Sunstein. The Cost Benefit Revolution. Massachusetts: MIT Press 2018.
  3. See Carlo Galli, “Schmitt and the Global Era”, in Janus’s Gaze: Essays on Carl Schmitt. Durham: Duke University Press, 2015, p.129. Also, Gareth Williams, “Decontainment: The Collapse of the Katechon and the End of Hegemony”, in The Anomie of the Earth (Duke University Press 2015), p.159-173.

The administrative state as second Leviathan. A response to Giacomo Marramao. By Gerardo Muñoz.

The two day conference “All’ombra del Leviatano: tra biopolitica e postegemonia” in Rome Tre University, was extremely productive and rich for continuing thinking the effectivity of posthegemony as a category for contemporary political reflection. Giacomo Marramao made this very clear in his generous introduction, as well as Mario Tronti, who took up the term several times in light of the crisis of depolitization and neutralization in democratic societies on both sides of the Atlantic. Sadly, at times conferences do not allow more time to reshuffle ingrained beliefs and hardened convictions. Thus, I just want to return to a question that was thrown by Giacomo Marramao regarding my paper on posthegemony, constitutionalism, and the administrative state [1]. 

I do not have a recording of Giacomo’s commentary, but from my notes, I recall he asked me a question that had two separate parts: a. whether the administrative state was synonymous with the securitarian state, b. why did I refer to the administrative state as a “second order Leviathan”, which I do explicitly in my text without much elaboration. This a central question, which I would like to elaborate in writing a little bit more, as to get me started thinking about a further relation between posthegemony and legality.

So, I will start with the first question: is the administrative state the same as the security state? My gut reaction in the exchange with Marramao was to say no. However, perhaps today the security state is a compartmentalization within the administrative state. In the United States, there is a clear and substantial difference between the rise of the administrative state and the security state in two separate tracks. In the historical development of American legality, we tend to associate the administrative state with the robust state building social policies of the New Deal, that is, with the classic welfare state. In fact, Moreiras argued a few years back that Keynesianism is one of the last figures of modern katechon [2]. Of course, Keynesian economics is somewhat different from the administrative legal development, but I do think that they complement each other. On the other hand, the so called securitarian state, is usually understood in the wake of the the emergency executive power, the torture memos, Guantanamo, and the expansion of other federal agencies to biometrically further deter terrorism after 9/11. At first sight, it seems to me that in Europe the securitarian state has now normalized and conquered the legal paradigm. In the United States, paradoxically, there seems to be a minimal difference between the security and administrative state.

A good example, in fact, is the case of Kris Kobach, a constitutionalist who favors legal securitization against illegal immigration, but not so much in the name of the administrative state. On the contrary, Kobach wants, very much in line with Steve Bannon, to ‘deconstruct the administrative state’. So, my intuition is that whereas in Europe legal developments have led naturally to the securitarian state, in the US the natural development has been towards deference and the delegation principle of administrative law [3]. We have yet to witness a securitarian state as fully hegemonic within the American legal development.

Now, the second question: why do I (should we?) call the administrative state a second order Leviathan? It is true that I should have made clearer that I was implicitly trying to turn around Schmitt’s argument in The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Everyone remembers that in this book, Schmitt revises the state form in the wake of modern political theology, as already a ‘big machine, a machina machinarum’ within the age of technology [4]. To put it in Gareth Williams’ terms, the katechon was already post-katechontic, unable to fully give form to disorder, and incapable of providing long-lasting authority. In this sense, I agree with Marramao’s paradigmatic thesis that power today lacks authority, and authority lacks power. This seems to me a variation that fully applies to the administrative state. Of course, Schmitt thought administration dispensed anomy. But I think it is quite the opposite. The administrative state has become a great neutralizer of the political as defined by the friend-enemy distinction in the second half of the twentieth century. This is the second katechon.

This administrative katechon withholds the anomy of the full-fleshed market force, as well as the potential force of total politization. This is why both Schmitt from the political sphere, and Hamburger, from the market’s sphere, despise the administrative state. They both seek its destruction, which is an assault against the rule of law. But again, these positions grossly misunderstand the internal development of law’s abnegation, to put it Vermeule’s terms (2016). This katechon has internal legitimacy, but it lacks ex-terior democratic legitimacy of participation and dissent. But the argument of absence of dissent from administration has also been contested (Rodriguez 2014, Williamson 2017). Can one probe the administrative katechon today?

Interestingly, Mario Tronti wrote an essay on the Leviathan to challenge this question. As a Marxist, he called for a will to resist it. Let me briefly quote Tronti: “Men confront the archaic symbols of evil, and against them, they struggle. When men think that, through some of sort divine grace, they do not longer need to struggle, is when they become even more defeated. If time dispenses the tragic, we end up with just a positive acceptance of the world” [5]. This is what Tronti calls the “red heart of conflict”. I have doubts that a principle of subjective will to power can do the work to deactivate the katechon as it stands for the administrative state. In fact, I wonder whether any ‘willing’ against the katechon is even desirable. At the same time, doing so will not differ much from the libertarian position that in the name of an abstract freedom, forgets the infrahuman base of any social existence.

But I also wonder whether Tronti himself still believes in resistance today, since in the conference he called for a reformist political praxis and revolutionary intellectual ideas. I tend to agree more with this scheme, since the administrative state also stands for a process of rationalization. No subjective practice can emerge as an exception to this new katechon without automatically appearing as a bate for this monstrous apparatus. Perhaps another way of thinking about Marramao’s dual question is whether the security state can dethrone the administrative state. Could it happen? If that happens, I will be willing to accept that it will be the end of the second historical katechon as we know it.

 

Notes

  1. My essay written for the Roma Tre Conference on posthegemony can be read here: https://infrapolitica.wordpress.com/2017/05/23/posthegemony-and-the-crisis-of-constitutionalism-in-the-united-states-paper-presented-at-allombra-del-leviatano-tra-biopolitica-e-posegemonia-universita-roma-tre-may-2017-by-gerardo/
  2. Alberto Moreiras. “Keynes y el Katechon”. Anales del Seminario de Historia de la Filosofia, Vol.30, N.1, 2013. 157-168.
  3. This is the central argument in Adrian Vermeule’s important book Law’s abnegation: from law’s empire to the administrative state (Harvard U Press, 2016).
  4. Carl Schmitt. The Leviathan in The State Theory of Thomas Hobbes. Chicago: University of Chicago Press, 2008. 44 pp.
  5. Mario Tronti. “Leviathan In Interiore Homine”. La Política Contra la Historia. Madrid: Traficantes de Sueño, 2016.

A Friendly Katechon: on Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina. By Gerardo Muñoz.

shellhorse 2017Adam Joseph Shellhorse’s Anti-Literature: The Politics and Limits of Representation in Modern Brazil and Argentina (U Pitt Press, 2017) is a bold and timely intervention in a dire moment for “literary studies” in the field of Latin American Studies. What is the epistemological status of the ‘literary’ today, if not an ambiguous force driven by machinistic inertia? The institutional erosion of the discipline’s legitimacy cannot easily be ignored, as every scholar is confronted today with interrogative demands for ‘definition’. Ambitious in scope, theoretically sophisticated, and generous in its readings of a heterogeneous corpus, Shellhorse attempts to understand “what is meant by “literature in contemporary posthegemonic times” (Shellhorse 3). Whether such interrogation opens up a desirable future, is the very heart of this important book.

Anti-Literature departs from the wake of the exhaustion of a well known triad: the Boom as a last attempt to generate a strong allegorical machine; Ángel Rama’s culturalist thinking to come to grip with the uneven development through transculturation; and the political vanguard experiment of the Cuban Revolution in 1959. The aftermath of these watershed moments has led to what is now a permanent state of crisis. The end of ‘hegemony’ in Shellhorse’s reflection demands the end of the centralized state form of the literary, but also the turning away from models of ideological Marxist critique, over that of affect, the multiple, and the experimental in writing. Compensatory to this insolvent condition, Shellhorse proposes ‘anti-literature’ as a new framework for literary studies. Although, more urgently, it offers the minimal condition for the task of reading in a present devoid of objective legitimacy, or what Shellhorse calls, perhaps more prudently, a ‘perilous present’ (Shellhorse 16).

The archive Shellhorse attends to is minimalist, functioning hyperbolically for a larger and more programmatic invitation to read in the anti-literature key. The works sketched throughout the book are the following: Lispector’s language of life and the specular feminism of immanence; David Viñas’ ‘half made literature’ as a de-spiritualized materialist gesture in his novel Dar la cara (1962); concrete poetry as a post-culturalist and post-conceptual artifact; Haroldo de Campos and Osman Lins’ poetics of the baroque; and last but not least, a mediation on historical redemption and the messianic in Salgado’s photography and De Campos’ poem “O anjo esquerdo da historia”. Irreducible in style and geopolitical demarcations, all these anti-literary projects negotiate language within the limits of its own materiality while assuming a writing of finitude. This is crucial, as it is what distinguishes Shellhorse’ anti-literature from John Beverley’s known ‘against literature’.

Whereas Beverley demanded an exception to literary hegemony in the name of a subalternist ‘subject’ formalized in the testimonio, Shellhorse’s following Moreiras’ predicament on exhaustion, does not seek to close off the promise and secret of literature, but only to interrupt its identitarian and representational pretensions (Shellhorse 42). Therefore, against the Boom as an ideological critique towards state building on one hand, and testimonio as exception to high literary sovereignty on the other, Shellhorse proposes anti-literature as posthegemonic experimentation through affect and the sensorium. Whereas testimonio demanded hegemonic filiation until the triumphant victory, anti-literature endorses the post-hegemonic in the face of defeat. Anti-literature is only anti-literary to the extent that it demands a relation to the secret of ‘what might come’. This is why Shellhorse’ Anti-Literature is untimely tied to literature as a singular procedure of writing, instead of organizing a counter-canon, in what could be taken as an effort to immunize itself through an alternate ‘aesthetic form’. This is why, it is important that Shellhorse tells us very late in the book:

“…it could be said that anti-literary writers hook up writing to literature’s outside, to nonwriting and egalitarian modes of imaging the community. What is at issue is precisely this: the concept of anti-literature need not restrict itself to an avant-garde, modernist paradigm of the arts. Rather an approach to the anti-literary entails reconceptualizing the problem of writing as a sensory procedure and perpetual force. The question of what is anti-literature can perhaps best be posed only in the wake of literature’s exhaustion, when the arrival of defeatist accounts demands the time for speaking concretely” (Shellhorse 164).

This comes as a warning to careless readers who, perhaps too hazily, will try to inseminate periodical categories of sociology or history of literature to ensure the timelessness of the boundaries of literature’s autonomy. Indeed, Shellhorse immediately writes: “Indeed, bibliography on the nature of literature in the field is marginal” (Shellhorse 164). We can only guess that the very asymmetry between an understudied Argentine writer (Viñas), ranked among giants of modern Brazilian literature (Andrade, De Campos brothers, Lispector), functions as the affective corpus of Shellhorse’s own singular judgment. This is his secret posthegemonic cabinet, just like everyone has his or her own.

By taking distance from an overdetermination based on a ‘historical period’ or a particular ‘literary movement’, Shellhorse performs his own affective caesura against the hegemonic temptation that demands age-old historico-metaphysical entelechies; such as periodization, social context, base/superstructure dichotomy, form, or aesthetic framework. If the book’s starting point is the fall of the legitimacy of Latinamericanism or Hispanism at large, this means that there is no calculative arrangement that can sustain the alleged bona fide of ‘literature’. The polyphonic assemblage regime of tones and signs is also irreducible to a life, to any life, that belongs to the student and professor of literature in the exercise of the imagination. And as I see it, this is what the anti-literature tries to register so suitably to us.

Yet, at first sight there appears as a latent paradox in the book, and it is a problem that I would like to convey, since it remains of one the strong effects of its reading upon me. Of course, I can only hope to solve it in my own name and style, and I hope that others find their own ways to wrestle with the problem. Basically, the problem could be advanced in this way: if we are in a present condition of interregnum, of the total transitional epoch in the field within a larger transformation that Moreiras has called full machination through the principle of general equivalence, where anything is replaceable and interchangeable, why does the book offers yet another frame to re-invent literary studies? [1]. What is the need of literature at a time in which it can no longer speak for itself (the ‘being’ of Literature)? Isn’t the literary today a mere defunct fossilized object, a repetition for commemorations, and museum-like artifact that only seeks the stimuli of social-media to imagine itself Eternal? Literature automatically wants to be part of the ‘museum’, but the trade-off is that the museification of the new demands its own concrete death. It is difficult to name anything interesting in contemporary literature (nothing that can compare with the Boom), and the fact that we keep reading Lezama Lima or Haroldo de Campos or Borges, bears witness to the aftereffect of being able to establish some livable relation with nihilism at the end of literature. Shellhorse does well to inscribe this important symptom in a crucial moment at the end of the book, which opens to an important discussion:

“If “literature” persists in crisis in our field, the task today is to reconstitute its critical force. Literature becomes anti-literature when it subverts itself. My contention is that it is only by bearing witness to this relation of non-essence, non-identify, and non-closure – literature is not literature – that we can begin to read anew” (Shellhorse 166).

I would like to advance the thesis that Anti-literature as a project comes to us in the form of what I would call a friendly katechon. While it is clear that Shellhorse is not proposing a new “turn” beyond literature, anti-literature is not just repetition of the same as the new. To do so would be “old”, since it would be integral to the register of High Modernity up to the readymade, that is, to the museum. Rather, anti-literature is something akin to a shadow that overlaps in what we call “literature”; a sort of dirty stain in the tradition and in the immemorial institutionality of texts. At same time, anti-literature has a reformist undertone, in the theological sense of celebration and transformation through transference.

But it is a katechon to the extent that Anti-literature retains and delays the temporal disappearance of the evermore so irrelevance of literature. As we know, the Pauline Greek word katechon (κατέχον) means restrainer (who or what), a mysterious force that helps avoiding the fall unto the anomia that imposes illegitimacy in any particular historical epoch. Although at times the katechon is understood in tandem with its own archaic regression, I do not think this is Shellhorse’s intention or effect in inviting us to partake in Anti-literature to “begin anew”. The reason is fairly simple: to the extent that we have literature, there is always already excess to every hegemonic phantasm, and that is enough to retain literature as a residual condition for thought, even when we move beyond textualism or politization.

Like Carl Schmitt, who appears in Ex captivate salus, as the last conscious representative of Modern European Law of Nations, Shellhorse appears to us as the last existential witness of the literary in the form of the anti-literary. But like an Anti-Schmittian, he does not succumb in the myth of political theology and Empire. His katechon can only be one of friendship: in the love of the text, and for the friendship of an-other to come. Anyone, at any time. But isn’t this a mirror of the measureless principle of democracy? The friendly katechon does not seek what Nietzsche called the antiquarian relation to History, but rather a reflexive and disinterested democratic thinking. The katechon, in the platonic reading that I favor here, thoroughly deters disintegration of the authentic life of the mind, which is consistent with Lispector’s language of life [2]. That is, literature is no longer revealed as accumulation and principle (archē of the archive), but as homecoming of Justice. Shellhorse explicitly sets foot on this trail this in his reading of De Campos at the very end of the book (which I would like also to de-center from the given messianism):

“Such a field no doubt defines the logic of domination. Justice as a continuous line of singularities: blurs, bends back, and breaks up the reified character of social relations as well as banal accounts of “progress” that fail to count the part that has no part in society. Citable in all their moments, as freed expressions that articulate the desire to be exception, to think the relationless relation, the affective dimension of Campos’ text inscribe the crisis of poetry in the wake of subaltern tragedy” (Shellhorse 196).

But can the Poem be a secondary substitute before the ruin, a safeguard against tripping into the abyss? It is useful to paraphrase Derrida here to remember that, neither the poem nor deus absconditus, neither decorative baroque nor the messianic community, neither the experimental sensorium nor philosophy of history, can exert as hyperbolic condition of any possible living democratic construction [3]. This is only literature’s task. Anti-literature as friendly katechon, keeps this unavowable promise as its dearest secret that nourishes from the democratic expectancy in an incalculable waiting. A politics among friends? It could well be, but only with the caveat that like friends, literature also comes like a stranger late in the day. Will it come again? All of this to say that anti-literature resists succumbing in the nihilistic abyss of equivalence as the last avatar of the contemporary university’s death-drive. The friendly invitation of anti-literature confronts us, once more, as a lux acarna. We only hope that it is not too late, and that another path could open in the very place of what has always been.

 

 

 

 

 Notes

1. Alberto Moreiras. “Universidad. Principio de Equivalencia”. Enero 17, 2017. https://infrapolitica.wordpress.com/2017/01/17/universidad-y-principio-de-equivalencia-hacia-el-fin-de-la-alta-alegoria-borrador-de-conferencia-para-17-instituto-de-estudios-criticos-mexico-df-22-de-enero-2017-por-alberto-moreiras/

2. For example, at one point the baroque/ neo-baroque appears as a trope for anti-literature. In my account, this will amount to the ‘catholic’ affirmation the katechon, raising its status in a complexio oppositorum between archaic and an-archy of the eschatology, which is always political theology. Consider this passage cited from Haroldo de Campos: “…Brazilian culture was born under the sign of the baroque…it cannot be understood from ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood from an ontological, substantialist, metaphysical point of view. It should not be understood in the sense of an idealist quest for “identity” or “national” character. Baroque, paradoxically, means non-infancy. The concept of “origin” here will only fit if it does not imply the idea of “genesis”, of a generative process with a beginning, middle, and maturity…Baroque is, therefore, a non-origin. A non-infancy. Our literature, springing up from the baroque vortex, was never aphastic; it has never developed from a speechless, aphasic-infantile limbo in the fullness of discourse”. 115 pp. The baroque as literary form, even deprived of genesis, seems to lead stray into the “frame” whether in transcendental or immanentist planes of the modern metaphysics of the political.

3. Panagiotis Christias has recently offered a very interesting reading of the figure of the katechon in a platonic key, in which he suggests that the restrainer stands against potential rise of tyranny, thus making the Philosopher, the Greek antecedent of the katechon fearing the disintegration of the polis. To what extent philosophy can deter anomia today is a completely different question. I am interested in the figure of the Philosopher as metonymic for life as it converges with passion without sacrifice. See, Platon et Paul au bord de l’abîme. Pour une politique katéchontique (2014).

‘Un pinche infierno’: sobre La fila india. (Gerardo Muñoz)

La más reciente novela del escritor mexicano Antonio Ortuño, La filia india (Océano, 2013) nos coloca al interior infernal de nuestro presente. Al decir “infernal” no recurrimos a un uso fácil de una metáfora, ni remitimos a la innumerable tropología que la literatura le ha dado a esa estación imaginaria desde La divina comedia hasta Libro del cielo y del infierno (Sur, 1960). El infierno que relata Ortuño a lo largo de su novela tiene un nombre: Santa Rita.

Este el nombre de un pueblo al sureste del territorio mexicano, pero podría ser cualquier territorio de los que hoy, en América Latina (de Guerrero al Conurbano), atraviesa y dibuja sobre el mapa un nuevo conflicto social. Santa Rita es tierra de nadie y desocupados, de maleantes y bandas criminales, de migrantes centroamericanos y burócratas de la Conami (Comisión Nacional de Migración). Pero ninguno se identifican con quienes aparentan ser, y por lo tanto ya nada es reducible a la analítica de la subjetividad. Atravesados por distintas fuerzas que imponen sus propias “razones” o “leyes”; esta vecindad descompuesta como el desierto del aburrimiento que tematiza 2666, es una región que lejos de ser “transparente” se caracteriza por nuevas gramáticas de la violencia.

Santa Rita (o La fila india, como máquina de narrar el horror) es una cartografía de los procesos an-arquicos que atraviesa la frontera sureña de México, desde la cual la porosidad entre cuerpos, capital, y muerte van dando la clave del fin de lo político en una guerra que se va desatando transversalmente. Surge la pregunta: ¿cómo narrar esa anarquía sin recurrir a la artificialidad de un nuevo intimismo o a la vieja “totalidad” caída hacia una nueva filosofía (global) de la historia?

La fila india no resuelve esa pregunta, pero si apunta a una sintomatología. En la cartografía que se traza sobre el territorio de Santa Rita – y sus espacios periféricos que emergen como espectros: las ciudades fronterizas de Estados Unidos, la frontera sur, Centroamérica –  abunda en un conflicto multivalencial plegado a varios actores y circuitos que van tramando lo que Diego Sztulwark, vía Rita Segato, ha querido llamar recientemente una nueva política de la opacidad [1].

Desde luego, no se trata de sugerir aquí que el desplazamiento hacia un nuevo exceso (y subceso) de la política pasa meramente por la una política de la oscuridad entendida como un mero “no-saber”, sino que la batalla sobre los territorios hoy son complejas matrices de guerra donde no hay demanda que pueda suplir con claridad y certeza la oscuridad a la cual es constantemente arrojada. De ahí que La filia india, que arranca con la investigación de una matanza en un albergue del pueblo, no se detenga ahí o se limite a esa experiencia como excepción. La matanza, nos van dando señales las múltiples voces de la novela, es moneda corriente de vidas que solo cuentan bajo un nuevo estatuto zoológico. Así, no hay “mapa cognitivo” ni “cartografía de lo absoluto” que valga en el interior de este nuevo desierto que diagrama la guerra global en su máxima expresión: solo hay cadáveres y la putrefacción de una afterlife de la tierra. En un momento en cual Ortuño abunda sobre la naturaleza de Santa Rita se nos da un alegato de esta condición anómica.

“…la Conami de Santa Rita florecía como los basureros con las lluvias. Me hundí en el agua, de noche, imagine la zanja, la peste a mierda y tierra, la boca llenándose de gusanos y piedras, la planta, remandado a que se movieran los que en el lindero de la muerte se agitan, como insectos, pese a tener la cabeza rota. […] En otros países se habrían quedado sentados hasta que llegara la ONU. Pero, bueno, supongo que en otros países no hubieran rematado a los niños a machetazos o a sus madres a tiros ni hubieran puesto a los hombres a pelear entre ellos para ejercer el premio de vivir unas horas más” [2].

La filia india, sin embargo, no solo nos arrastra hacia su interior el exceso del cuerpo sin redención (ese producto para el fuego y la ceniza; un infra-nivel del resto, tal y como lo ha venido pensando Pablo Domínguez Galbraith). El otro registro del infierno se nos da en la fachada misma de la burocracia de la Conami, abundante en todo tipo de gestos del aburrimiento: bostezos, miradas al vacío, silencios, susurros, voluntad de hacer y no hacer. La ‘fila india’ es el último gesto que reinstala la lógica de la amo-esclavo en el momento de la consumación burocrática del Mundo. Y así la repetición: una reiteración de los comunicados (‘una circular eterna’, cuatro en total en la novela) van dando el ritmo de una liturgia burocrática en la  transformación de la política hacia la administración de los infiernos.

Como ha visto Giorgio Agamben en Il regno e la gloria, el infierno en realidad no es más que una forma penitenciaria una vez que los Ángeles han abandonado el quehacer de la política, y que al quedar desocupados de su jerarquías, la distribución de la justicia divina deviene en manos de los demonios que ejecutan una pena eterna [3]. Ante la condena demoníaca de toda forma de vida sobre los territorios, la burocracia como anomia en la tierra solo puede operar a través de una relación promiscua con la esfera del derecho que pone en suspenso y crisis el estatuto mismo de la ética. Y por consecuencia también de lo forense y de la vida social. Así nos dice la funcionaria:

“Los periodistas solidarios también comían, necesitaban premios y becas y algunos temas iban a desarrollos y otros no….La ética de hacer lo que se pueda hasta donde se pueda, identidad punto por punto a la del resto de nosotros. Cruzaban por la frontera los pollos porque podían, los robaban, golpeaban, y violaban por lo mismo pero, a cambio, nadie intervenía porque no, porno como iba a ser. Eso no”. [4]

Las instituciones burocráticas que administran la nueva condición infernal del mundo tan solo encarnan una ética de “hacer tan solo nos permita nuestro poder” (que siempre, claro, termina siendo poco). Y solo queda la voluntad de voluntades como última extracción de lo humano, puesto que su potencia ha sido destruida y finalizada. Un humanismo ínfimo como puesta en escena de la praxis. Hacer y dejar ser, lo cual supone a lo largo de la novela, dejar morir.

Como en Los migrantes que no importan (Sur+, 2010), esa notable crónica del periodista Oscar Martínez sobre las vidas en la “bestia” (marca del ángel caído, además), la zona que ocupa Santa Rita es un campo de guerra donde la astucia del poder encuentra su mayor grado de concreción en los cuerpos vejados y marcados por violaciones, torturas, y extorsiones. La presencia de lo demoniaco ya no aparece en forma figural de una bestia, sino sobre el curso bélico que instala una serie de huéspedes extraños (así le llamó Carl Schmitt a Hitler) como apóstatas de un nuevo reino sin forma (katechon) [5]. Es esa la condición post-formal que Luna brutalmente le relata a la burócrata de la Conami como si fuese una pintura de Grunewald:

“le narró historias sobre migrantes crucificadas en postes de luz, cuerpos sin cabeza, cabezas sin lengua y dedos sin falanges, mujeres a las que les habían sacado para afuera todo lo que tuvieron dentro y hombre as lo que les habían metido todo lo que tuvieron fuera” [5 152].

La llamada violencia expresiva que estudia la sociología hoy en la región (pensemos aquí en los importantes trabajos de Rita Segato, Rossana Reguillo, o Pilar Calveiro) apunta a un nuevo tipo de escritura corporal más allá de lo propio, y por lo tanto inconsecuente con la división entre víctimas y asesinos de la política moderna, ya que esto supondría la naturalización de una forma (gestalt) puesta en crisis en el interior mismo de la guerra encarnada como exceso sobre los cuerpos mutilados y vaciados en la oscuridad del paisaje global [6].

Esta violencia desborda los parámetros de la crueldad establecidos en la co-pertenencia entre injuria y castigo – tal y como lo ha problematizado Jacques Derrida en su seminario The Dealth Penalty (University of Chicago, 2014) para entender las tramas entre violencia y soberanía. Santa Rita en La filia india, como Santa Teresa en 2666, es una nueva localización hiperbólica de un ‘pinche infierno’ que atraviesa, desde ya, el vasto habitar del mundo. Un mundo desnudo de su capacidad de horizonte y forma.

 

 

Notas

  1. Diego Sztulwark. “La opacidad del presente político”. (Clinamen, Radio La Mar en Coche, Marzo de 2015). http://ciudadclinamen.blogspot.com/2015/03/la-opacidad-del-presente-politico.html
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 121.
  1. Giorgio Agamben. Il Regno e la Gloria. Il Regno e la Gloria: Per una genealogia teologica dell’economia e del governo. Neri Pozza, 2007.
  1. Antonio Ortuño. La fila india. 128
  1. Carl Schmitt en Glossarium sugiere que Hitler fue un ‘huésped extraño’ que, desde el corazón de la era de era de Holderlin, terminó ocupado el interior de la forma (gestalt) de la cultura alemana, dotándola de una “forma extraña” o fin de la forma.
  1. Alberto Moreiras ha sugerido que este nuevo tipo exceso de violencia y crueldad marca una región externa a la forma clásica de lo político. Ver su “An example of infrapolitics”, una glosa sobre Cruel Modernity (Duke, 2013) de Jean Franco. https://infrapolitica.wordpress.com/2014/09/18/an-example-of-infrapolitics-by-alberto-moreiras/