Principio de deferencia y emergencia. por Gerardo Muñoz

El auge del derecho administrativo tiene en el centro un núcleo jurídico central, sin lugar a duda el más importante: el principio de deferencia. Este principio lo hemos explicado en otra parte, por eso aquí tan solo quiero anotar un elemento que se puso en discusión en la tercera sesión del Foro Euroamericano en el que tratamos el derecho administrativo, la institucionalidad, y algunos de los hilos de la interpretación de la filosofía del derecho. En un momento de la conversación, el profesor José Luís Villacañas relacionó la cuestión de la práctica deferencial a su uso en una situación de “terror”, o “tortura”; escenario hipotético que a veces figura como límite en los debates jurídicos. La relación entre deferencia y terror, sin embargo, apunta directamente a la relación entre este principio y emergencia, ya que en la emergencia supuestamente debemos suspender las normas. Y aunque no se aludió a este hecho, es importante recordar que el mismo Adrian Vermeule junto con Eric Posner firmaron hace algunos años el libro titulado Terror on the balance: security, liberty, and the courts (Oxford University Press, 2006) en el que explicitamente conectaban el principio de deferencia y la “ponderación” en torno a la tortura y las formas de “interrogación” para tiempos de “emergencia” (hablamos de los años posteriores a la Invasion de Irak, el memoradum firmado por John Yoo de la OLC, y la llamada War on terror). Me permito citar un fragmento programático de la introducción del libro de Vermeule & Posner donde esto aparece de manera nítida:

“The difference thesis does not hold that courts and legislators have no role at all. The view is that courts and legislators should be more deferential than they are during normal times; how much more deferential is always a hard question and depends on the scale and type of emergency. […]. In our view, the historical baseline of great deference during emergencies is also the right level of deference. Therefore, deference to the government should increase during emergencies.” [1]

Aunque ciertamente habría mucho que desglosar, a mi me interesa poner el énfasis en lo último: el principio de deferencia “incrementa” durante las emergencias. Desde luego, la pregunta central es: ¿Y cuándo estamos en una “emergencia”? ¿Y quién la decide? Aludir a la “emergencia” nos lleva directamente al pensamiento de Carl Schmitt. Aunque Schmitt entendía la “emergencia” dentro de un sistema institucional “concreto” y positivo, la novedad del sentido de emergencia yuxtapuesta al principio de deferencia, es que ya no hay una mera “decisión” política acotada a un tiempo, sino una administración a partir de una justificación de principios genéricos (ius). En este sentido, la emergencia ya no es una excepción regulada, sino una forma integral al principialismo discreacional que se habilita gracias a la deferencia.

De manera que ya no se trata de “decidir” qué es el estado de excepción, sino orientar la excepcionalidad mediante la deferencia. De ahí que esta unidad jurídica es común al “sistema constitucional” de Vermeule, en el que la estructura justificatoria y discrecional principialista asume la orientación misma del gobierno. Por esta razón es que en Common Good Constitutionalism (2022) se nos dice de manera explícita que el principio de subsidiariedad es siempre “excepción” que orienta, como no puede se de otra manera, la supremacía del principialismo moral (ius). También aquí vemos una extrapolación del marco administrativo ius-interpretativista de Vermeule, puesto que incluso para John Finnis el principio de subsidiariedad es una forma de “gatantizar” las condiciones de “ bienestar”, pero sin aspiración a un común substantivo contra la diferencia. Incluso, llevar a cabo esta aspiración solo podría ser desastroso para el bien-común, tal y como escribía Finnis: “Any attempt, for the sake of the common good, to absorb the individual altogether into common enterprises would thus be disastrous for the common good, however much the common enterprises might prosper” [2].

Más tarde, glosando a Luigi Taparelli, Finnis nos recuerda que el principio de subsidiariedad responde a una manera de equalizar la forma “hipotáctica” (sistema ipotattico di associazione) entre diferentes partes. Esto es muy distinto en Vermeule, para quien la supremecia del ius jurídico entiende la excepcionalidad subsidiaria en un sentido “unitario” y unidireccional del bien común. Mientras que en Finnis la autoridad estatal puede orientar la subsidiaridad en casos excepcionales; para Vermeule, la naturaleza misma del principio de subsidiariedad coincide sin resto con la excepción. Para volver al inicio, la única manera de entender la supuesta “legitimidad” de esta operación pasa por la fuerza que la deferencia ha cobrado en tiempos del ascenso principialista en el derecho.

.

.

Notas 

1. Adrian Vermeule & Eric Posner. Terror on the balance: security, liberty and the courts (Oxford University Press, 2006)5-6.

2. John Finnis. “Subsidiarity’s Roots and History: Some Observations”, The American Journal of Jurisprudence, Vol. 61, 2016, 133-141.

¿Por qué el iusnaturalismo no se alinea al bien común constitucionalista? por Gerardo Muñoz

En una reciente reseña crítica sobre Common Good Constitutionalism (Polity, 2022) de Adrian Vermeule, el historiador James Chappel admite en un momento que “uno de los puntos más importantes del libro de Vermeule es el hecho de que todo sistema de derecho siempre expresa algún tipo de postura moral” [1]. Es un comentario de brocha gorda, pero qué nos permite indagar un poco más en el problema en torno a la relación más acotada entre moral y derecho. Pues, en realidad, lo que afirma Chappel (y que asume como “sentido común”) cobra fuerza solo en la medida en que entendamos que por décadas la crisis del positivismo como fuente de autoridad del derecho ha abdicado a lo que el profesor Juan Antonio García Amado ha llamado iusmoralismo, una forma de amplificación “interpretavista” que se “ajusta” y “justifica” principios generales desde una integridad moral. El auge del interpretativismo ha hecho que la moral y el derecho converjan, lo cual legitima lo que Chappel reconoce como el punto “persuasivo” de la apuesta teórica de Vermeule. En realidad, diríamos que es todo lo contrario: es decir, lo que no parece persuasivo de la teoría del bien común constitucional es que es eminentemente una teoría interpretativista y no necesariamente una teoría iusnaturalista. Veamos un poco mejor este diferendo.

La divergencia entre el “constitucionalismo del bien” y el iusnuralismo explicaría – al menos de momento hasta donde tengo noticias – porqué filósofos del derecho natural como John Finnis o Robert P. George – no se han alineado con esta forma de revolución constitucional. ¿Por qué? En primer lugar, porque el bien común desarrollado por Vermeule favorece la instancia interpretativista por encima de la iusnaturalista, que el trabajo clásico de Finnis intentó aproximar la tradición iusnaturalista con la noción autoritativa del positivismo moderno. En segundo lugar, porque la cuestión de la “moral” en el derecho no es simplemente un enunciado abstracto más, sino que depende de cómo lo “ajustemos” en el diseño de una filosofía jurídica. Esto lo podemos comprobar con claridad en la reseña ensayo que el propio Finnis hiciera de Law’s Empire de Ronald Dworkin cuando aparecía el libro por primera vez [2]. Repasemos brevemente lo que Finnis dice en ella.

Hay al menos tres elementos que son atendibles en el contexto del diferendo entre iusnaturalismo e interpretación: el problema de la interpretación “creativa”, el riesgo de una yuxtaposición entre derecho y ley (ius y lex), y la minimización autoritativa por parte del imperio del derecho. En primer lugar, Finnis cuestiona el hecho de que el principio de interpretación creativa se postule como poesis y factio, en lugar de como guía y praxis, tal y como funciona en el pensamiento de Aristóteles y del mismo Santo Tomas de Aquino. En segundo término, Finnis advierte que Dworkin hace coincidir las normas de la ley con una concepción de principios del derecho, algo que “tanto el positivismo como el derecho natural mantuvieron separadas para poder identificar la ley en manos de jueces y abogados en una comunidad concreta” [3]. Y, en tercer lugar, el cierre de la “conmensurabilidad” entre ius y lex, entre derecho y ley, termina por debilitar gravemente la concepción de la autoridad del derecho para el interpretrativismo. El principialismo genérico del interpretativismo, entonces, termina por desempeñar una función “neutral” con respecto a la autoridad vigente de un sistema concreto de derecho. Finnis define el pensamiento de Dworkin como el de un “liberalismo de justificación política”, y que por lo tanto termina por entregarle “municiones” (weapons) a un relativismo jurídico [4]. Podemos decir que quizás Dworkin podía permitirse un relativismo interpretativista, ¿pero acaso lo puede hacer Vermeule sin traicionar las “lealtades” teológicas de su pensamiento? Esta sigue siendo la contradicción central de la apuesta de un constitucionalismo del bien común, que es más heredero (dada su aceptación realista) de cierta irreversibilidad interpretativa de valores que de una teoría institucional iusnaturalista.

De manera que a diferencia de lo que expresa Chappel en su reseña, Vermeule no tiene mucho que ver con Carl Schmitt – Chappel dice, otra vez con brocha gorda, “que se trata de un jurista de derechos que redefine sus ideas para justificar un régimen autoritario” – puesto que, como sabemos, el autor de Teología Política era más bien crítico de toda conflation entre moral y derecho como principio de justificación, además de que veía en Thomas Hobbes al creador del positivismo moderno que dio fin a la guerra civil. El bien común no podía llevarse al plano de una “justificación” de “integridad” para neutralizar la guerra civil, ya que la fragilidad de su reglamento autoritativo era el único camino que podía promover aquello que se quiere eliminar. Y al final, el problema del constitucionalismo del bien común no es que introduzca la moral en la discusión del derecho (esto es algo contemplado por todas las teorías jurídicas), sino que instrumentalice cierta idealidad iusnaturalista de fondo para fines claramente interpretativos. Esta anfibología entre una apelación de fondo al ius y una “motorización del lex” (Vermeule dixit) no crea forma política ni da espacio para una necesaria inconmensurabilidad.

.

.

Notas 

1. James Chappel. “Inside the Postliberal Mind: A Review of Adrian Vermeule’s Common Good Constitutionalism”, The Bias Magazine, abril de 2022: https://christiansocialism.com/adrian-vermeule-common-good-constitutionalism-postliberalism-authoritarianism-christianity-left-politics/

2. John Finnis. “On Reason and Authority in Law’s Empire, Law and Legal Philosophy, 6, 1987, 357-380.

3. Ibíd., 368.

4. Ibíd., 366. 

Carl Schmitt y el derecho natural. por Gerardo Muñoz

Uno de los tantos elementos que salen a relucir en Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (El Paseo Editorial, 2021) es la relación crítica de Carl Schmitt en torno al derecho natural y la tradición del iusnaturalismo. Como sabemos, el silencio de Schmitt sobre el derecho natural abarca toda su obra (también los estudios más importantes sobre el jurista), salvo algunos momentos de su tesis de habilitación El valor del estado y el significado del individuo (1914) en la que ofrece un análisis sobre la relación del derecho con el estado. Pero incluso en esa tesina, como argumentan los profesores Samuel Zeitlin & Lars Vinx con buenas razones, el joven Schmitt no se adscribe al iusnaturalismo sino que desarrolla una teoría del derecho (Recht) que termina siendo algo así como una teoría de “derecho natural sin naturalismo” (sic) [1]. En aquel texto, Schmitt admitía que el derecho antecede al estado, pero a su vez el estado es la garantía de una forma autoritativa que puede separar nítidamente moral y derecho. Sobra decir, entonces, que aquí Schmitt está mucho más cerca del positivismo jurídico de lo que convencionalmente se le impugna; un positivismo que no abandonó a lo largo de obra y que puede entenderse como una tercera vía ante el iuspositivismo normativo y el moralismo iusnaturalista. Todo esto es consistente con el “hobbesianismo” de Schmitt, verdadero artífice del positivismo moderno, y padre de la formalización del derecho natural en un principio generador de la fuerza de autoridad.

Glossarium hace posible ver los reparos de Schmitt en torno al derecho natural, al que por los años 48-49 lee bajo la rúbrica de la humanización del derecho internacional y por lo tanto como una “salida falsa” ante la crisis de la jurisprudencia europea. En una primera entrada sobre el tema fechada 6.8.48 leemos: “¿Cómo podría ser si no que el “derecho natural” no encuentro siempre de nuevo apasionados prosélitos? El derecho neutral, es decir docenas de postulados completamente opuestos, un monto de vagas clausulas generales cuyos supuestos conceptos permanecen indefinidos y ofrecen una imagen de ciento distintos rostros con cien distintas narices. ¿No debería ello encontrar el aplauso general?” (235).

Schmitt detecta en el derecho natural la primacía de los principios (ius) cuya ampliación indefinida conducen a la celebración litúrgica (pública) de los fallos de un juez. Esto hoy se ha intensificado con la impronta del iusmoralismo, como le suele llamar Juan Antonio García Amado. Por lo tanto, en la manera en que no se distingue de la moral, puede tomar mil mascaras en el acto jurídico, ya que todo es funcional a su producción justificatoria. De ahí que luego, en la entrada 5.11.48, Schmitt escriba que: “Actualmente, el “derecho natural” es solamente el producto fosforescente por descomposición de un embrollo que dura dos mil años” (257). Aunque se presta a varias interpretaciones, es probable que Schmitt viera en el revival del iusnaturalismo de su momento una compensación por la crisis de la forma jurídica en Occidente, y por lo tanto un intento desesperado por mantenerse a flote a toda costa ante el nuevo ascenso de la guerra civil internacional.

Sin embargo, también leemos en Glossarium otras críticas contra el derecho natural por parte de Schmitt mucho más severas, puesto que combinan el plano formalista con el plano teológico. En efecto, en una de las entradas más interesantes de todo el Glossarium leemos lo siguiente sobre el “proceso” a Jesucristo: “Cristo tuvo la muerte de un marginado sin derechos, la muerte del esclavo. [La crucifixión de Cristo fue un acto hors la loi…Pilato no era juez con respecto a Cristo; él no lo condeno a muerte, solamente lo entrego a la medida administrativa de la crucificaron, Peterson, 21.12.48]. No veo a ningún tenor de una sentencia a muerte en el texto del Evangelio. Pilato no era un juez” (260). En otras palabras, la función jurídica del pretor romano para Schmitt (una figura que hoy se busca “restituir” para los fines de un iusnaturalismo del bien común) correspondía a un magistrado sin legitimidad en el derecho que antecedía a la funcionalización del “enemigo total” de la crisis del positivismo moderno. Para Schmitt la romanitas del pretor se sentía de “tal grandeza” que en realidad podía prescindir de un proceso dentro del derecho público, un hecho que Erik Peterson también le confirmaba (284) [2].

Aquí la lección de Schmitt contra el derecho romano es clara y devastadora: se puede estar a favor de un naturalismo sin forma, pero recordando que esta fue la forma “criminilizante” contra el propio Cristo. De manera que un naturalismo puro corre el riesgo de contradecir sus propias “lealtades” teológicas, si las tiene. O bien, como señala Schmitt unas entradas posteriores (25.4.49), el derecho natural puro, en la medida en que expulsa las formas normativas concretas, potencialmente se declina hacia un absolutismo de la enemistad. Por eso el derecho natural solo podía ser “derecho natural relativo”; esto es, desde la falta inscrita en el pecado original (292). La falta genera forma de diferenciación primaria entre moral y derecho en todo orden político. Por eso para Schmitt no hay que echar mano de “principios generales” ni de sustancia del ius, puesto que el derecho es estrictamente forma, como escribe en un momento crucial en la misma entrada anterior:

“La forma es la esencia del derecho. ¿No es la forma la esencia de todo? ¿Qué, por tanto, significa en el derecho? El es el derecho en sí mismo, su visibilidad, su apariencia, su presencia publica. Lo más forma les la substancia del derecho, mejor aún: su vigencia. EL derecho no tiene ninguna ora sustancia especifica. Solo hay derecho vigente. Eso es lo que se quiere decir con derecho “positivo”. Lo indigente de las ordenes secretas de Hitler era la carencia de forma, visibilidad y presencia pública…” (294). 

Esta afirmación confirma la esencia positivista de Schmitt y su distancia absoluta con respecto del iusnaturalismo. En realidad, Schmitt veía hacia 1949 el derecho natural como una forma de “humanismo”, de esencia moralista y relativista ante la crisis de la jurisprudencia europea. Esta crisis veía con “preocupación los últimos restos de la naturaleza aun no destruida y sustituida por la técnica” (306). Pero tanto el humanismo abstracto como la restitución de un iusnaturalismo en la filosofía del derecho aparecía cuando “ese hombre tan implorado hacía tiempo que desapareció”. Volver a introducir un naturalismo en el derecho era la receta perfecta para la arbitrariedad del poder al estilo de las que se formulaban durante la “etapa oscura” del nazismo, tal y como puede verse en el artículo de Schmitt “Delegaciones legislativas” de 1936 en el cual la ejecución estatuaria (lex) buscar orientar y gobernar desde principios asumidos para el “bien de la perfección de la comunidad” [3]. Si Glossarium debe ser leído como una “autocrítica” de su aventurismo político en el nacionalsocialismo, entonces la crítica al derecho natural hace legible su postura de enduring positivism para la cual hablar de “bien común” o de “humanidad” solo podía venir de una voluntad empeñada en engañar.

.

.

Notas 

1. Lars Vinx & Samuel G. Zeitlin. Carl Schmitt’s Early Legal-Theoretical Writings: Statute and Judgment and The Value of the State and the Significance of the Individual (Cambridge University Press, 2021), 19.

2. En una carta de junio de 1939, Erik Peterson le escribe a Schmitt a propósito del “proceso” romano a Jesús: “Herr Schmitt…yo creo que usted está totalmente en lo correcto cuando dice que Pilato no condenó a Jesús como juez, aunque yo no estoy versado en asuntos jurídicos. Desconozco si Jesús fue sujeto a la acusación de perduellio [máxima traición] y si algún tipo de juicio era necesario para ello. También creo que uno puede hablar de una interrelación entre ocupación del poder, colaboracionista y grupos judíos. Pero no tengo las competencias en estas cuestiones”. 

3. Carl Schmitt, “Legislative Delegationen”, Gesammelte Schriften 1933-1936 (Duncker & Humblot, 2021), 386-403. Allí Schmitt citando a Aquino define una “ratio gubernativa” en la aproximación de un estatuto (lex) cuya finalidad es el “dictamen de la razón como principio que gobierna a cualquier comunidad perfecta.” Le agradezco al profesor Samuel Zeitlin que me haya facilitado este pasaje de Carl Schmitt. 

Un vestido sin cuerpo: derecho y teología. por Gerardo Muñoz

Cuando hace algún tiempo escribí un texto sobre la metáfora del vestido en el constitucionalismo de Adrian Vermeule, tal vez no extraje las últimas consecuencias de su especificidad. Pero con la publicación de Common-Good Constitucionalism (Polity, 2022) ya puede verse con claridad que la procedencia de esa pieza suelta está hecha en los talleres del derecho romano, pues el ascenso del derecho administrativo coincide con el ius, haciendo de su carácter una “moralidad interna” que supera y desplaza la autoridad del positivismo moderno: “Nuestro ámbito del derecho administrativo, entonces, es ius, y no meramente la forma positiva del lex” [1]. Así lo dice Vermeule.

Se hace legible que el fin del law’s empire dworkiniano da entrada a una nueva imperialidad del ius cuya decisión efectiva tiene una clara orientación en el bien-común. Si la capacidad administrativa es un el nuevo “vestido” del derecho constitucional, entonces esto quiere decir que la función del lex es su costura, siempre alterable, aunque decisiva en la modelación del cuerpo de la politeia (un cuerpo que se asume total en la medida en que el cuerpo específico desaparece en las aspiraciones del common-good). En un primer momento observé que la metáfora del vestido proviene del diseño hamiltoniano de la consticionalismo norteamericano, pero Vermeule vuelve a ella para sentar una plasticidad a su concepción de la subsidiaridad positiva. Ahora el “loose-fitting garment” aparece en esta luz en su ensayo:

“…excessive constitutional constraint can be as dangerous as insufficient constitutional constraint. The Constitution, emphatically including the vertical distribution between among subsidiarity jurisdictions and the highest levels authority should be a loose-fitting garment that leaves room for flexibility and adjustment over time as circumstances change. The alternative is not some fantasy of perfect legality, but rather an overly brittle framework that cracks because it cannot bend”. [2] 

Ahora vemos con claridad que la “pieza suelta ya no solo encumbre el cuerpo de la politeia, sino que la organiza y la “cose” de un cierto modo. Pudiéramos denominar ese “modo” como la ontología específica del bien común desde la axiomática del officum gubernamental. Si para Erik Peterson el estrato de la “teología del vestido” constituía una prótesis técnica para con el mundo; el nuevo vestido de la subsidiaridad positiva hace coincidir las aspiraciones del gobierno con el espíritu de la técnica en un nexo sin resto. Otra manera de decirlo es que la re-aparición ordenada del Leviatán tras la crisis del principio de autoridad moderno ya no es una ilusión de agregación de omnes et singulatim en el corpus soberano: más bien ahora es un vestido invisible y all-encompassing (ius) que carece de un cuerpo concreto, porque ahora su extensión es la corporalidad integral de la sociedad que debe ser surcida hacia el bien-común.

El vestido enviste, en última instancia, a la autopoesisis de la función excepcional del vínculo administrativo [3]. Y es en este sentido que el derecho administrativo en toda su pragmática no es un cuerpo místico, sino un vestido sin cuerpo que hace posible la coincidencia de la ratio administrativa y delegación con una gobernabilidad sobre la vida. Es por esta razón también que el tomismo del bien-común administrativo no es, en modo alguno, el tomismo impulsado por el derecho natural moderno de John Finnis en su influyente Natural Law and Natural Rights (1986).

Sin embargo, ¿es posible una coincidencia entre la teología del vestido y el dispositivo del gobierno? En este sentido podría ser iluminador algo que anota Carl Schmitt en Glossarium sobre “Teología del vestido” de Peterson: “La patria es la casa. Lo que dice Peterson del vestido sirve también para el paisaje, tejido de los recuerdos, el revestimiento psíquico, investiduras institucionales, vías de sentimientos y reservas que allí se acumulan.” [4]. El vestido, por lo tanto, no puede constituir una forma política como ordenamiento jurídico, sino que debe entenderse como aquello que permite una separación irreductible entre el dominio del derecho y la vida. Por eso es por lo que Peterson escribía, de manera decisiva que la vestimenta es un intento por “redescubrir la pieza perdida” [del Paraíso] que es la única que puede expresar y develar nuestra dignidad” [4]. Pero esta dignitas ya no es ni un bien-común impersonalizado en un vestido sin cuerpo, pero tampoco la de un personalismo encarnado (postura común al pensamiento liberal tras el Concilio Vaticano II): se trata de una dignidad que jamás puede agotarse en el excepcionalismo comunitario que parece haber abdicado hacia una tecnificación sin afuera.

.

.

Notas 

1. Adrian Vermeule. Common-Good Constitutionalism (Polity, 2022), 138.

2. Ibíd., 160.

3. Carl Schmitt. Glossarium: Anotaciones desde 1947 hasta 1958 (Editorial El Paseo, 2021). La traducción al castellano ha tomado “kleides” por “hábito”, lo cual se presta a más de un equivoco, por eso lo hemos modificado a vestido que es más fiel a la intención original de Peterson. Esta nota la debe mucho a intercambios recientes con José Miguel Burgos Mazas.

4. Erik Peterson. “Theologie des Kleides”, Benediktinische Monatsschrift, N.16 (1934), 347-356.

René Char’s refusal. by Gerardo Muñoz

René Char’s notebook of fragments written during the years of the occupation of France, and finally published as Feuillets d’Hypnos in 1946 left a profound mark in a generation of poets and thinkers that also wanted to experiment with other possibilities of resistance (a resistance not necessarily full fledged political although underneath, in a lapidary prose and style, it was it was more transformative for politics). Hypnos is a fascinating document of the time, and not only because of the poetic force in “pursuit of truth”; but also, more specifically, because the “position of refusal” makes an entry into the notebook at very precise moments. Overall the affirmation of the ‘refusal’ appears twice in the book, and both times it attempts to bring to a halt the political closure of temporality, or the force that politics was exerting on life and imagination during the occupation. Char’s refusal will contest this principle of reality by the interference of the defiant poetic event of the voice.

The first mention to refusal appears in fragment 81: “Acquiescence lights up the face. Refusal gives it beauty” [1]. For Char coming to presence in a world dominated by evil was not enough, it amounted to being a “sleepwalker, as man advances towards the murderous minefields, led on by the song of the inventors…”. He writes in fragment 137. Refusal, on the other hand, was the possibility of existence in the void, on the other side of the radiation of technicity into a new “clarity of vision” close to the “wound of the sun”. To refuse, retract, and step back was already the praxis of a new vision in the face of terror. The refusal reinstates itself in fragment 171: “The ashes of winder are in the fire that sings of refusal”. Here, it becomes clear that refusing is not an action or will as an effect of a subject, but rather an attunement that, in its pursue of justice, discloses the legitimacy of the current darkness. In refusing a new sense of freedom is gathered in place; a freedom without contract or pact, beyond and outside war, and against the revolutionary-counterrevolutionary dialectic of the time that Char also laments in fragment 37.

So a new sense of time opens that Char captures in fragment 162: “the time when the poet feels rising in him the noontide powers of ascension”. But is this power of ascension redemptive, and oriented towards the salvation of the few as guardians of the word? Not necessarily. In Hypnos we are not offered sufficient reasons to think that is the case; on the contrary, ascension here is the very procedure of communication (fragment 185) that is proper to anyone attuned to the supreme song of refusal that takes pleasure in a destitute time of an “annihilating the present and all of its jurisdictions” (fragment 145).

This is Char’s definition of happiness: “happiness is nothing, but anxiety deferred”. This shows that the so-called ascension of the noontide is nothing other than the movement of happiness of against the current state of the present jurisdictions. In other words, to be happy means, if anything, to implement a teaching of the irreducible, given that it is the police and the army whose job is to reduce everything and situate all things in the world, as Dionys Mascolo would write a few years later to George Bataille [2]. Char thought something similar in regard to politics, without recoiling to any sort of romantic anti-politics. But, as he writes in fragment 216: “The shepherd cannot possible be a guide any longer. So political man, the new farmer general, has decided”. In the face of a world governed by a decision that ceases to decide, Char’s refusal clears a “time of raging mountains and fantastic friendship”. True destiny could only be accessed outside the domain of these new shepherds.

.

.

Notes 

1. René Char. Hypnos (Seagull Books, 2021).

2. Dionys Mascolo’s letter to George Bataille is featured in George Bataille: Choix de Lettres (1917-1962), 481. I thank Philippe Theophanidis for providing me this important source.

Clandestine life in the open. by Gerardo Muñoz

In the very last article that Maurice Blanchot wrote for the collective publication Comité in the wake of May 68, he draws a scenario that is still very much with us in the present. The “realism” is almost outstanding when Blanchot writes the following: “…from now on I will hold onto an exigency: to become fully conscious that we at the end of history, so that most of our inherited notions, beginning with the from the revolutionary tradition, must be reexamined and, as such, refuted. Let us put everything into question, including your own certainties and verbal hopes. The revolution is behind us: it is already an object of consumption, and occasionally, of enjoyment.” [1]. There was no question that the crisis of the very foundation of modern political thought has collapsed, including, as it couldn’t be otherwise, the generative principle of revolution. Blanchot did not even attempt to convince himself that the revolution could be brought back in an astronomical sense to revitalize a naturalism previous to Rousseau’s social contract.

So, for Blanchot the revolution was over, and yet, whatever it was that followed had no name. What was left, then? In order to avoid paralysis, Blanchot toyed during those months at the Comité (September-December 1968) with two possible maneuvers. The first position resided in what he called the “movement of possible speech” in order to establish an ardent and rigorous relation between the sequence of the French May and the Czech May, Soviet domination and Gaullian State. Blanchot called for (in the spirit of Bataille) a “transgressive speech”: “the impetus of outrageous, ways speaking beyond, spilling over, and thus threatening everything that contains and has limits” [2]. But we know that transgression is still within the logistics of the administration of order and temporal containment of the regulated exception. This was, in fact, the very rupture of the revolutionary break that was in crisis.

But Blanchot was up to something along with his friend Dionys Mascolo in thinking through language and communication as a path towards the outside. Hence the second option, which is really a third option (after the sleepwalking of ideological revolutionary ‘racketing’ of voluntarism); mainly, what he calls, although does not get to tease it out, the “clandestine resistance in the open”. Blanchot only tells us what he is thinking about through a recent example: some members of the Czech resistance when law was suspended had to confront the raw enemy military power, but they also experienced a freedom “through words and through writing than ever before”, tells us Blanchot. But this still does not explain much, given that if there is a naked military power threatening us, how could something like a clandestine form of life take place in the open? And at what risk?

I think one way to read this incorrectly or insufficiently would be to think of Blanchot’s suggestions as a sort of martyrdom or self-immolation. But it is no less true that Blanchot wanted to avoid a sort of Batallian “inner experience” or monastic xeniteia. Thus, he “refused” the fiction of self-clandestine life as sponsored by the Situationists; while, at the same time, also rejecting subjective revolutionary militancy. A third way emerges: the clandestine life into presence by way of friendship. A new “estilo de vida”, which I think could be read in the way that cryptojews and averroists lived in early Modern Spain: “a modo de sociedades secretas o semi-clandestinas, deben haber concebido la filosofía como un estilo de vida para sus iniciados…” [3]. Unlike the bogus image of the secret society as an alienated community of knuckleheads, I think what emerges in the clandestine open region is a form of shared friendship that does not retreat from the world, but rather that is capable of living in it. This was most definitely the transformative practice that during these years, Dionys Mascolo, dared to call the communism of thought that for him belonged to Hölderlin rather than to Marx. If open conspiracy is an act of the sharing and participating in language without meaning or command dependence, then this is already a poetic practice. After all, for Hölderlin the poets reveal an originary loss from nature. It is no surprise that Hölderlin favors a world opening even after the destruction of the leader-figure of the poet (Empedocles).

So, there is only clandestine life in the open when the sharing of language among friends take place (an event). This use of language is always harboring on the threshold of the last word to come. In short, the clandestine form of life has nothing oblique with respect to the world – it is not necessarily the space of an infinite night of contemplation, and it is also indifferent about fugitivity – it demands a return to appearance by way of experience. This might explain what Gilles Deleuze tells Dionys Mascolo at the end of their correspondence about friendship and thought: “it is a question of what we call and experience as philosophy” [4]. This form of experiential thought against the dissatisfaction of political domestication points a way out. For Blanchot this was a “fragmentary, lengthy, and instantaneous” path; a conspiratio unlocked by philia.

.

.

Notes

1. Maurice Blanchot. “On the Movement”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

2. Maurice Blanchot. “Clandestine resistance in the open”, in Political Writings 1953-1993 (Fordham University Press, 2010), 106.

3. Francisco Márquez Villanueva. “El caso del averroísmo popular español”, in Cinco Siglos de La Celestina: aportaciones interpretativas (1997), 121-134.

4. Gilles Deleuze. “Correspondence with Dionys Mascolo”, in Two Regimes of Madness (Semiotexte, 2007), 332-338.

The schism of the species: theses on Dionys Mascolo’s La révolution par l’amitié (2022). by Gerardo Muñoz

1. Remembrance without restitution. The publication of Dionys Mascolo’s essays in La révolution par l’amitié (La fabrique, 2022) opens a path to a singular thinking that refused to conform to a master thinking, and even less what has come to us as political theory, or radical critique. Theory and critique have shown their resilient adaptiveness to university discourse. Thinking, on the contrary, moves annexes a relation with the missing word. This caesura negates the closure of both politics and community, it shows its insufficiency. In a letter to Maurice Blanchot regarding his ceased friend Robert Antelme, Mascolo comes to terms with this specific question: the remembrance of what loss in the actual word is – the voice of his friend Robert Antelme – what cannot be posited as a restitution of representation, but rather as effective effort to transcend mutism and silence that would have sunk writing into a pathos not short of a “miserabilist” stance [1]. The exigency of language is absolute. In an analogous way, we can say that the writing in La revolution par l’amité (La fabrique, 2022) is not a matter of restituting the history of Marxism, the intellectual debates of French theory, or even the burial site of a thinker that rejected repeatedly the metaphysical function of the public intellectual (a sort of captain at the steering wheel of public opinion, a cybernetician); but rather the remembrance that thinking is the irreductible site of common to the species. Remembrance has no “archive” and it does not produce anything; on the contrary, it invites a path to thinking in order to bring the absolutism of reality to an end.

2. The irreducibility of the species. For Mascolo – as for Nicola Chiaromonte – the stimmung of the modern age is not a lack of faith, but a bad faith subscribed by the subject of knowledge, a guardian of the nexus of legitimacy. In his practice of writing, Mascolo explored something like a countermovement to the rationality of the intellectual posture, in which communication ceases to be a common means in order to become a production of ends and instrumentality. Hence, what Mascolo called the “part irreductible” – and its “doubt in any system of organized ideas in sight” – is the only intuition of the unity of the species in communication. And if the intellectual is an organic unity of hegemony that replaces the function of the priest in the Church bureaucracy and its paideia (recall Antonio Gramsci’s “organic intellectual”), for Mascolo irreducibility in the sharing of thought in communication is “not political” as he states in Autour d’un effort de mémoire – Sur une lettre de Robert Antelme (1987). This step back from the production of modern politics thoroughly imagines another figure of communism. It is at this point where the whole Cold War polemics between humanism and anti-humanism is destituted internally: the species finds a way out of political domestication.

3. Communism of thought. We can understand why for Mascolo “the word communism really belongs more to Hölderlin than to Marx, as it designates all the possibilities of thought; that which escapes in thinking, and only that can constitute its work (oeuvre)” [2]. In other words, communism for Mascolo is not a matter of doctrine or an Idea, nor about philosophy of history and its inversion; it is not about a political subject or a unity of organization of political force; communism is a use of thought in language in proximity with what escapes in every communication. The inoperative communism, hence, is only possible in friendship, as a continuous experimentation of taste that cannot coincide with a community form. As Mascolo writes in his essay on Antelme: “We did not live in community. This is a deceptive word…we existed in a sentiment of mutual gift of freedom” (53). Any reinvention of a politics to come after the collapse of authority must commence with this rejection of a compensatory communitarian closure. Today only a conspiratio between friends can animate a new field of intensification for renewal.

4. Refusal and friendship. Even in his earliest stages of writing such as “Refus incoditionnel” (1959), the condition for friendship for Mascolo is to refuse the current state of things; to retreat from the demand of reality in order to survive in the imagination of the shared word. In this sense, the thematic of friendship does not make subjects of duty towards a social bond, but rather a secret in the word designated by separation. Friendship floats high above symbolic representation, as it moves to an inclination that is singulare tantum. If modern politics thought itself as a repression and administration of the hostis; for Mascolo the practice of friendship is the sacred space that is never inherited, but, precisely the dwelling of those who “seek” after in the wake of the homelessness of man and nature. This is analogous to Hölderlin’s allowance of thought which moves in passion while accounting for the abyss of our relationship with the world (aorgic) of originary detachment.

5. Revolution as style. In a brief text on the Cuban revolution of 1959, originally written for the collective exhibition Salón de Mayo in Havana, Mascolo says a new revolution in the island could potentially offer a the opportunity of a new style [3]. Of course, as soon as Fidel Castro supported the Soviet invasion of Czechoslovakia in 1968, it was clear that such promised crumbled, and that the Revolution will fall well within the paradigm of the metaphysics of historical project and the subject (“a new man”). But what is style? Once again, this speaks directly to Mascolo’s passion for the irreductible outside of the subject, and for this reason never alienated from the schism of the species. The notion of style relates fundamentally to our exposition to the outside, to the event of expropriation, which defines our fidelity to the invariant dimension of our character. A new style, therefore, is not something to be produced, an effect of the subject, but rather the unit of an ethical practice in our encounter with the outside. If the apparatus of the revolution was instituted as a the production of a civilization; the fidelity to a style names the modes of life that cannot be oriented towards a specific work. A new aberrant freedom emerges.

6. Saint-Just’s ethos. Mascolo never ceased to reflect on the ethical determination of politics, against politics, and for a transfigurative notion of a politics for the here and now. And he dwelled on this problem in his writings on the ethical figure of Saint-Just during the French Revolution (“Saint Just” and “Si la lecture de Saint-Just est possible”). Unlike the monumental historiographies – both left and right, revolutionary and conservative, historicist or revisionist – that situated the revolutionary under the sign of Terror and Revolution, of will power and the emergency of Jacobinism; for Mascolo Saint-Just stands a figure that keeps an important secret. And this is it: “the inhumanity of Saint Just is that unlike many men, he does not possess many lives but only one” (130). This is a concrete definition of a ethos that is irreducible to the “monstrous arts of government” in an epoch where the political had become the secularization of fate. In the same way that Hölderlin turned his gaze towards the impossible and concealed distance of the moderns in relation to truth of the Greeks, for Mascolo’s Saint-Just the legitimacy of the modern universalization (in the State, the Subject, the Social) does not have the last word. The ethos of life keeps the remembrance of an abyss of the monstrosity of historical universality and the social equality.

7. Borrowed existence. Dionys Mascolo lived at the dusk of the modern arch of the revolution, whether understood as eschatology or a conservation of the natural order of the species, as Saint-Just proposed against the Rousseaunian social contract and the Hobbesian mechanical Leviathan in exchange for authority. We have already crossed this threshold, and we are in the desert of the political, retreating on its shadow fallen into administration of fictive hegemonies. Hence, the question of an ethos of existence becomes even more pressing from Mascolo’s thematic of friendship in order to refuse what he calls in “Sur ma propre bêtise et celle de quelues autres”, a “borrowed existence in a comedy that feels as if we are being watch by God alone” (219). Indeed, as some have diagnosed with precision, the religion of our time is absolute immanence, the full disposition of the tooling of our means [4]. A cybernetic dreamworld, whose pathetic figure is the “influencer” (a few strata beneath the luminosity of the intellectual). This can only fix us into the stupidity of intelligence of the species: specialized intelligence, in other words, prisoners in the sea of nihilism. The intelligence of the species, on the contrary, is the cunning (methis) of the fox: a way out in spite of the swelling tides. But against the nihilism of a borrowed life of immanence (beatitude of the impersonal, and iconicity of things), Mascolo’s thought insists stubbornly in friendship as the initiation in an uncharted path to reenter the world once again.

.

.

Notes 

1. Dionys Mascolo. Autour d’un effort de mémoire: Sur une lettre de Robert Antelme (Maurice Nadeau, 1987). 

2. Ibid., 50.

3. Dionys Mascolo. “Cuba premier territoire libre du socialisme”, in A la recherche d’un communisme de pensée (fourbis, 1993).

4. Lundi Matin. “Éléments de descivilisation. Partie 4”, Lundi Matin, 2019: https://lundi.am/Elements-de-decivilisation-Partie-4

La geopolítica como destino. por Gerardo Muñoz

1. Al leer el discurso de invasión de Vladimir Putin pronunciado en la mañana de hoy se comprueba el aire neoclásico de una postura ciegamente aferrada a la soberanía post-Westfalia. Este es el límite de su arcano imperial, puesto que Putin tampoco parece estar en condiciones de negar aquel señalamiento que le hiciera Kòjeve a Schmitt en su intercambio epistolar: desde Napoleón ya no es posible “tomar” territorios en Occidente. En efecto, por eso es que la “invasión” no se asume como “toma”, sino como restauración y encomienda retributiva tras el colapso de la URSS. A tal efecto, el arcano del Oriente es un derroche de conservación, más no de transformación del orden planetario a pesar de los velos de aceleración. Un arcano retardado que no disputa la irreversibilidad del fin de la historia tras la imposibilidad de la toma de territorios. Su pretensión es la eternidad ilimitada.

2. En Glossarium, Carl Schmitt escribe que fue Rusia quien ha extraído hasta sus últimas consecuencias el subjetivismo (romántico) decimonónico hacia una feroz espiritualidad sacrificial sin forma. Mediante la misma dictadura del proletariado, la institución romana pasa a ser un proyecto de universalización del poderoso. Es muy probable que en el fondo Schmitt tuviera a Oriente como emblema de una civilización sin impronta trinitaria; esto es, carente de una teología política, y por extensión abierta a la fuerza absoluta. El mando de los popes ortodoxos no obedece a la dualidad de ciudades, sino que coincide íntegramente con una historia providencial del poder. No hay Katechon si toda forma es parte de una misión espiritual.

3. Espiritualización absoluta y crisis terminal del espíritu. Ese nudo gordiano ata la punta del fin de la compensación del mito y la salida de una tecnificación total entre Oriente y Occidente. La estrategia de la “sanción económica” que emerge como arma (Nicholas Mulder) tras el colapso de los principios de agresión interestatales, pone sobre la mesa la infraestructura como tejido que sostiene al mundo de la vida. Infraestructura: el nuevo campo de la guerra en curso en la unidad planetaria, como decíamos recientemente. Infracturura: la nueva localización del infrapoder. La determinación geopolítica refuerza la racionalidad de la infraestructura como atenuante en las tensiones contemporáneas.

4. La organización del mundo de la vida se organiza en el tablero geopolítico. Esto supone que la política misma ha devenido el campo total de la geopolítica. La conocida apotegma de Thomas Mann en Reflexiones de un hombre impolítico – “el destino del hombre se presenta en términos políticos” –ahora puede ser traducida como “todo destino es geopolítico”. También lo ha confirma hoy Jean-Claude Juncker: “todo es geopolítica”. Esta nueva constitución de la tierra marca el paso de la determinación clásica de la autoridad a la gobernabilidad de la optimización. Pero con una reserva: el destino geopolítico lo abarca todo menos el destino; esto es, la posibilidad de salida.

5. Si asumimos este realismo de la conversión de la política en geopolítica, de autoridad en optimización, entonces la postura infrapolítica como retirada de estas condiciones de dominio asciende como una estrategia contraimperial de pensamiento, en la medida en que su finalidad no es hegemónica. Una transfiguración de todos los valores: la divergencia del dominio de la política de la irreductibilidad de un destino.

Four glosses on Carl Schmitt’s “The Planetary Tension Between Orient and Occident”. by Gerardo Muñoz

§. Theses short glosses were originally written as a textual analysis accompanying the publication of the essay for the Le Grand ContinentArchives et Discours” section a while back, but it was never published. I am making them available here with minor changes if at all. The commentaries follow a specific fragments of Carl Schmitt’s “The Planetary Tension Between Orient and Occident and the Opposition Between Land and Sea” (Revista de Estudios Políticos 81 (1955)) and elaborate their importance in light of Schmitt’s overall work.

“Some researchers have gone so far as to recognize here an ancient conflict between word and image, one that comes down to a general conflict between hearing and sight, the acoustic and the visual, to the point of ascribing word and sound to the Orient; and image and sight to the Occident.”

(1) This seemly playful derive captures a cardinal point in Schmitt’s postwar thinking, which seeks in an array of ways to come to terms with the downfall of the Leviathan and the freestanding authority of state form. Schmitt’s postwar writing horizon will focus on the question of nomos, as the supreme legal tradition of the Western invention of ius publicum europeum. Against the rise of ideologies, which for Schmitt denote the eventual or direct annihilation of the enemy in the context of a rising civil war or war against Humanity, here iconography appears as a way to take back the arcana of the visibility of an order in the way of the Roman Catholic Church as the concrete principle of institutionality in the West. The play between image, visibility, and language thematized here goes back to his arguments of the important tract Roman Catholicism and Political Form, which lays out his theory of the complexio oppositorum of the ecclesiastical representation. The power of iconography means reverence and commandment as opposition to the fluidity of economic technicity, liberal dialogue, or moral humanism, which for Schmitt signals the very disintegration of the ius publicum europeum as principle of discrimination between state authorities. The direction mention of the acoustic element also resonates with his essay on Rome as “raum” (situated concrete space), which exemplifies Schmitt’s postwar commitments in thinking new principles of internal law and principles of aggression. Finally, the Orient (or Russia, specifically) for Schmitt was understood as the intensification of nineteenth century revolutionary politics that demanded even more so the response of a Katechon from the West, which he took himself to be the heir after the intuitions of Donoso Cortés and Tocqueville.

“In conformity with his spiritual position, he conceives the opposition between land and sea in terms of a polarity and not as a dialectical tension brought about by an irreversible historical process. The difference between a polar tension and a dialectical one is, at least for us today, decisive.”

(2) There is reference to Goethe is extremely important if not contextualized. It is also in the post-war years when Carl Schmitt enters in dialogue with one of the greatest thinkers of Germany, Hans Blumenberg, with whom he would establish a long-lasting epistolary exchange about the place of secularization of Western modernity. Whereas for Blumenberg, Goethe stood as the figure of the new myth of modern rationality as myth ‘Nemo contra Deum nisi Deus ipse’ proper to the Enlightenment; for Schmitt Goethe represented the figure (gestalt) of a Romantic Age driven by the force of the genius. As it becomes clear in his important diary Glossarium and Political Romanticism, Goethe symbolized the classical genius that will lead to the age of neutralization Against the Goethean promethean myth, Schmitt will eventually endorse the myth of a “Christian Epimetheus” vis-à-vis the little-known Catholic poet Konrad Weiß. It is Weiß who was able to execute a myth that can bring into synthesis the dialectical tension that structured Europe as a territory (land and sea nomoi) within the structure of a Christian philosophy of history of salvation. The poetic arcana embodied by Konrad Weiß, as he writes in Glossarium (14.10.55): “offers the Mount of World History as the true historical reality”.

“It created a counterweight to the terrestrial world, holding in its hands the equilibrium of the world and with it world peace in the balance. Such was the result of a concrete response to the call posed by the open sea(s). Upon this island of England, which had answered the call and had accomplished the passage to a maritime existence, there emerged in that instant the first machines.”

(3) Here we are confronted with a direct articulation of Schmitt’s tropology of modernity as a caesura between land and sea, to which he dedicated book of the same title. Here Schmitt’s political thought on imperii pertains to the Hobbesian foundation of authority and positivism, while the British Empire and the adventure of the Industrial Revolution stand for adventures of the technification of modernity. The sea as a flat surface, cannot yield “distributions and appropriations”, hence it is the space of anarchy and contestation of the nomos of earth. Indeed, the sea as the “maritime existence”, is always an ex-nomos, it is the land of the pirates, because it is outside of what for Schmitt constitutes every topoi: appropriation, distribution, and production (nemin, teilen, weiden). The adventure of the seas is always an experience of the atopos, and thus, necessarily, anomic, beyond the potentiality of being ordered by law. The critique of politics as technology, coming from the spirit of the ius publicum europeum (not from the overreaching transmission of onto-theology as for Heidegger), is precisely what initiates the conversion of the world into a “planet” as a site for production and economic neutralization. This is why, although it might seem at first sight that the sea is a challenge of an opening, it is really the exhaustion of the idea of territory that cannot be measured. As Schmitt will argue in a conference delivered in Spain, 1962, “The Order of the World after the Second World War”: “the [new] division of the earth into industrially developed regions or less developed regions, joined with the immediate question on of who accepts development aid from whom. This distribution is today the true constitution of the earth” (Schmitt 2018, 163). In other worlds, the destiny of politics becomes geopolitical containment. But the second-best option, Schmitt thought, was also offered by the Christian tradition through the figure of the Katechon. 

“Everyone says that modern technology has made our Earth ridiculously small. For this reason, we ought to seek out those new spaces that emerge from the new call on our earth and not outside it, in the cosmos. The one who succeeds in corralling unfettered technology in order to dominate and insert it into a concrete order, is the one who offers a true response to the present call, not the one who attempts to land on the Moon or Mars with the resources given to him by that unfettered technology. Taming unfettered technology would be, for example, the work of a new Hercules. It is from this direction that I await the new call, the “Challenge” of our present.

(4) In the 1950s, Carl Schmitt is no longer the adventurist jurist of the 1920s and 1930s. Defeated both politically and professionally (he has been also banned from the university), he would describe himself as a “Christian Epimetheus” and a survivalist from the mutiny of Benito Cereno’s ship. It is important to note that the figure of Epimetheus maintains a relation with the concrete order of the rule of law, which for Schmitt enters an existential crisis when the path new International Law is consolidated in the context of the Cold War. Schmitt wants to maintain a relation to a concrete order (a variation of positivism with broad prerogatives for strong decisionism) in the wake of international law. For Schmitt, the new planetary humanitarianism is a flight from the concrete world, as well as from the possibility of conflict, and ultimately from the Earth as site of human existence. In Glossarium, Schmitt confronts this crisis through another hilarious extraterrestrial fable about Mars: 

“Utopia in Mars. How beautiful is the Earth? The inhabitants of Mars are belligerent, according to a report by man. They are also addicted to fights and they are obsessed with always being correct. There are also well-known professors who endorse pacifism. This is the reason why they do not fight wars that are just…. The pacifists believe that the Earth has been in a state of perpetual peace, and that Germany is a normal case of the overall situation of the Earth” (Saralegui 2016, 60).

The utopia of Mars was, needless to say, a mere mirror image of the technical development taking place in the juridical and productive forces of the new international system oblivious to the concrete order of positive law. In his “Dialogue on New Space”, Schmitt imagines the figure of a technician ‘MacFuture” who would “rather journey the Moon and to Mars than remain on this puny planet” (Schmitt 2015, 80). The radical detachment of the human from the Earth initiates the highest phase of technical reproduction and uncontained civil war. In the end, the crisis of order and the impossibility of having an enemy (through which one can define oneself) was the essence of what Schmitt calls here the ‘unfettered technology’, which was another word for nihilism. The race for the landing of the moon between the two super-powers, the United States and the Soviet Union, resembled a challenge for the destiny of the human as a divine specie (a creature of original sin, according to Schmitt’s assumed Augustinian principle). For Schmitt, the closing of the world meant the end of man as a sacred being capable of controlling and taming the energy of the political, since now technology can be interpreted as a destructive force of the friend-enemy distinction. As he says in a late text “On the TV-Democracy”: “The problem decisive for me, namely, that of the possibility of an enemy, ceases, is a wholly other question…. the new possibilities technology is yet more astounding than people today can image” (Schmitt 2018, 205). But the crisis of the strong notion of the political is also the crisis of the general horizon of Schmitt’s thought, as Carl Galli has argued in relation to the crisis of sovereign state form (Muñoz, 2019).

The crisis of containment of intra-worldly law today, is exacerbated by the drive of unlimited outer-space development, as Jeff Bezos’ recent interest in Moon flights brings it to bear (Financial Times, May 2019). For Bezos it is no longer interested in “landing in the moon”; what is at stake is a finite assumption of apocalypticism but without any transcendental recurse to the infinite. Hence, the new global legal humanitarianism, very much like the flight to the Moon, meant for Schmitt a continuous erosion of the sense of world as a concrete order rooted in law and containment (Katechon). Insofar as this crisis continues, Schmitt’s insights are still a challenge for our times when thinking the collapse of politics, the crisis of the authority of the rule of law, and perhaps the possibility of thinking another nomos of existing on the Earth.

.

.

Notes 

Muñoz, Gerardo. “Entrevista a Carlo Galli: “Una democracia carente de centro político se encuentra a la merced de cada amenaza.”, Cuarto Poder, mayo de 2019, https://www.cuartopoder.es/cultura/2019/05/03/entrevista-carlo-galli-democracia/

Saralegui, Miguel. Carl Schmitt: pensador español. Madrid: Editorial Trotta, 2016.

Schmitt, Carl. The Tyranny of Values and other texts. Translated by Samuel Zeitlin. Candor: Telos Press Publishing, 2018.

________. Dialogues on Power and Space. New York: Polity, 2015. 

________. Glossarium.: Aufzeichnungen aus den Jahren 1947 bis 1958. Dunker & Humblot, 2015.

________. Ex captivitate salus: Experiences, 1945-1947. New York: Polity, 2017.

Stacey, Kiran. “Jeff Bezos launches plan for moon vehicle”. Financial Times, May 2019. https://www.ft.com/content/cd139600-72a3-11e9-bbfb-5c68069fbd15

Villacañas, José Luis. “Carl Schmitt, Epimeteo Cristiano”, in Respuestas en Nuremberg. Madrid: Escolar y Mayo Editores, 2016.

El antischmittianismo contemporáneo y la absolutización política. por Gerardo Muñoz

Una vez le escuché decir al profesor Bruce Ackerman (Yale Law) que muchos profesores habían logrado sus permanencias en facultades de derecho criticando copiosamente su historia de los cambios constitucionales. Algo similar se pudiera decir hoy sobre las recurrentes “críticas anti-schmittianas”, algunas de ellas ya registradas por Andrés Rosler, y que no es necesario volver a repetirlas [1]. En muchos casos la impugnación contra Schmitt – también pasa con Heidegger o Jünger – no solo resulta un diálogo de sordos, sino que impide pensar ciertos problemas a la altura del presente, que es al final lo que importa más allá de una defensa o condena del jurista alemán. En este sentido, el breve artículo del profesor de derecho David Dyzenhaus titulado “Schmittian logic” (2021) permite aclarar algunos puntos de una discusión cuya intensidad es proporcional a la caída de la política contemporánea a una moralización extrema, siempre elevada a un principio último [2]. Ciertamente, ni Carl Schmitt llegó tan lejos, ya que la propia categoría existencial del enemigo está compartamentalizada a la unidad política, como en su momento mostraron pensadores tan autorizados como Christian Meier o Leo Strauss [3].

No hay dudas de que Schmitt tuvo compromisos cercanos con la llamada “contrarrevolución conservadora” (rótulo de Mohler), pero si seguimos hablando de él es justamente porque su pensamiento no se agota en una factura ideológica, sino más bien porque ofrece un fundamento realista del poder: el ordenamiento jurídico moderno. Si es así, entonces, tiene razón Andrés Rosler en cuanto a que no podemos afirmar que haya una ruptura sustancial de Schmitt con respecto al positivismo moderno. En todo caso habría un rediseño del orden concreto basado en el dinamismo de la política y del principio de autoridad heredado de Thomas Hobbes. Dyzenhaus nos dice que Schmitt fue un “charlatán peligroso”, y que como jurista “tuvo pocas habilidades” según las noticias que dan algunos de sus contemporáneos (184). Pero creo que no es tan importante las cualidades prácticas de Schmitt como jurista, como lo que propone y prepara su pensamiento jurídico.

Si aceptamos esto, entonces Dyzenhaus no tiene la razón al decir que habría algo “ominoso” en la teoría de un presidencialismo fuerte como guardián último de la constitución. Digo esto no como una hipótesis normativista, ya que el propio laboratorio “republicano” de los Estados Unidos le ha dado la razón a Schmitt al haber desarrollado internamente en sus poderes públicos un presidencialismo fuerte capacitado en la legitimización del administrative state, y que más que una patología se expresa como un poder estabilizador consistente con el derecho positivo. Esta es la dimensión del “executive unbound” que Vermeule & Posner han estudiado con precisión en la tradición institucional norteamericana y que hemos analizado en otra parte a propósito de un posible advenimiento de un “momento Weimar” American style [4].

Pero lo importante nunca ha sido la hoja de vida de Schmitt, sino el tipo de diseño institucional desde el cual él organizó su pensamiento. Dicho de otra manera, Dyzenhaus tiene razón de que hay “lógicas schmittianas” que no pasan por Schmitt. Pero diríamos algo que Dyzenhaus no se atreve a decir; esto es, que las lógicas schmittianas son internas a la propia configuración liberal contemporánea y no externas a ellas. Por lo tanto, distan de ser patologías o perversidades del funcionamiento del estado liberal. Una de las trampas comunes de la lógica anti-schmittiana contemporánea es que hace de Schmitt una causa exógena para salvar un idealismo que luego se inviste de realismo pragmático. Pero es al revés: el pensamiento de Schmitt nos facilita la posibilidad de hacernos cargo del realismo desde una postura madura del poder (esto fue lo que en su momento el jurista James Landis llamó una visión carente de una “idolatría de la división clásica de poderes”) [5].

En su artículo, Dyzenhaus explicita otra operación sintomática del antischmittianismo contemporáneo: la convergencia entre política y filosofía del derecho. Esto es propio de nuestros tiempos, ya que como ha mostrado Andres Rosler en La ley es la ley (2020), la crisis de la autoridad política coincide con la liquidación de la frontera entre el positivismo y la filosofía del derecho. Entonces cuando Dyzenhaus acusa a John Finnis en la segunda parte de su artículo de contribuir a nutrir prácticas que se asimilan a las políticas del gobierno actual de Hungría, esto no nos dice nada sobre el iusnaturalismo de Finnis y su relación con Schmitt (si la hubiera); de la misma manera que hablar de los años del nazismo no nos dice nada sobre la jurisprudencia de Schmitt (185). En todo caso, lo que vemos en esta correspondencia entre política y derecho es la proyección de la caída moralizante de Dyzenhaus quien se muestra incapaz de distinguir entre lo primero y lo segundo (y luego entre filosofía del derecho y la práctica jurídica, la cual Schmitt mantenía separada si leemos La tiranía de los valores).

Desde la razón moral antischmittiana, la condena de schmittianismo pareciera coincidir con las proximidades ideológicas; mientras que la jurisprudencia es descartada como insuficiente, y en el peor de los casos, como una falsa charlatanería. El problema aquí es que ambas posturas son irreconciliables. Dicho en plata: Schmitt puede ser un jurista insignficainte (postura 1) y entonces sería inoportuno hablar de él; o bien, Schmitt demuestra la ideologización del derecho que produce efectos letales (postura 2), y es por eso por lo que hablamos de él. Ambas posturas desvirtúan el pensamiento jurídico de Schmitt, el cual desde una de una postura “minimalista” jurídica nos facilita una entrada para entender la naturaleza y la energía de la organización de los poderes públicos modernos. Esto es lo que Carlo Galli ha llamado la genealogía de lo político que desemboca en el pensamiento de Schmitt. En cambio, en la lectura de Dyzenhaus cualquier instancia de crisis de liberalismo aparece como una trama donde Schmitt es el principal conspirador.

En varios lados de su obra – pienso en Ex captivate salus, Glossarium, o La tiranía de los valores – Schmitt insistió de que él pensaba no como politólogo o teológico, sino como jurista. Y esta especificidad pareciera ser una de las condiciones fundamentales que se pierde de vista hoy al reducir a Schmitt a un pensador de la politicidad total (que no es otra cosa que moralización de la política). La ironía de la crítica antischmittiana contemporánea de la cual Dyzenhaus se hace voz es que, en una desesperada búsqueda de neutralizar una supuesta deriva “peligrosa”, se ejerce una politicidad biempensante por encima de todas las esferas porque se busca convencer desde los valores. Esta ultrapolicitidad, sin duda alguna, estaría in extremis con lo que Carl Schmitt defendía en El concepto de lo político. O mejor: el vórtice de aquel ensayo no era otra cosa que una manera de neutralizar la deriva de esta política extática que hoy lo condena. Sería más fructífero e intelectualmente honesto que el liberalismo antischmittiano asumiera la genealogía de su propia crisis – un desarrollo en pendiente hacia el “autoritarismo liberal” que ofrecía el mismo Schmitt en “Estado fuerte, economía sana” (1932) — y de esta manera evitar una absolutización política encubierta. Pero antes que esto pase, paradójicamente, el liberalismo pareciera tener un mejor aliado en Carl Schmitt que en sus supuestos defensores.

.

.

Notas 

1. Andrés Rosler. “La culpa la tienen Carl Schmitt y los ciclistas”, La Causa de Catón, 2022: http://lacausadecaton.blogspot.com/2022/01/la-culpa-la-tienen-carl-schmitt-y-los.html

2. David Dyzenhaus. “Schmittean logic”, Philosophy and Social Criticism, Vol.47, 2021, 183-187.

3. Christian Meier. The Greek Discovery of Politics (Harvard U Press, 1990). 

4. Gerardo Muñoz. “El presidencialismo norteamericano y el momento Weimar”, Cuarto Poder, noviembre de 2020: https://www.cuartopoder.es/ideas/opinion/2020/11/09/el-presidencialismo-norteamericano-y-el-momento-weimar-gerardo-munoz/

5. James M. Landis. The Administrative process (Yale U Press, 1938).