Diez tesis para una nueva violencia sensible. por Gerardo Muñoz

 

i.  No fuerces una intensidad, déjala ser.

א‎  No hay una medida que pueda programar el desenlace de una intensidad, como tampoco hay un proceso de identificación o de subjetividad que agote las formas que nos damos. Cuando dejamos que la intensidad sea nos abrimos a la física del encuentro. Solo el encuentro puede proveernos del ritmo de la intensidad con las cosas en su exterioridad. Hay dos maneras de atenernos al problema: la intensificación encuentra su caducidad en el momento en el que la violencia pasa a ser posesión (dominium). Por otro lado, una intensificación se perturba cuando encuentra su límite en el encuadre de una sustancia; esto es, como mero asunto “crítico” que no es otra cosa que la “crisis” de la propia intensidad. Cuando la valencia entre el límite exógeno y el extático de la intensidad coinciden entonces podemos hablar de flow. El flow es el detonante de una verdad. 

ii. Violenta solo tus medios.

‎  א‎  La mala fama de la violencia se debe a su manufactura subjetiva en la época de la alta alegoría de la teología políca de la autoridad: subjetiva, sacrificial, y compensatoria. La violencia fue un monopolio del estado-soberano, y la contra-violencia el cuchillo de palo de los sumisos. Ahora estamos en mejores condiciones para pensar una violencia que corte sobre los sentidos; que divida las formas del mundo y el encuentro de los sentidos. Podemos hablar de una nueva violencia de la sensación cuando atravesamos el cliché de la realidad. Así se ejerce un despeje para que brille el contorno de una vida. De ahí que en los lienzos de artistas como Raychel Carrión o Ticiano, la violencia marque la declinación entre color y figura. La violencia en pintura es decreación de la representación. La violencia nos substrae del mundo para despejar los múltiples ingredientes de una vida divina. 

iii. Asume que el límite del bien está en el abuso.

La génesis del derecho nos muestra que la solución que se le dio al abuso fue la producción artificial del valor de las cosas. El principio de ius abutendi devino en el dispositivo negativo desde el cual dotar de legitimidad la división de poderes y la impersonalidad entre el singular y sus cosas. Pero si nos volcamos al uso, desficcionalizamos la propiedad sobre las cosas que aliena sus formas formas posibles. Poder hacer uso de las formas sin perdernos en la extracción temporal del objeto es acércanos al límite que nos impone un abuso, escapar al ruido del mundo. Abusamos cuando una cosa pasa a ser cualquier otra.

iv. Ármate de formas, renuncia a la información

Que la palabra sea el dominio de los periodistas – y no de los poetas, los pensadores o las voces de los pueblos – significa que realmente no la autoridad hoy es abismal, en la medida en que el periodismo sólo obedece a la entelequia de la “Opinión” y la “información”, pero nunca a un proceso de la verdad. No se llega a una verdad tomando partido por mediaciones en lo falso. O sea, teniendo opiniones o empujando tendencias. La información significa asumir la impresión de una forma de la que solo serás un receptor en reserva.

v.  Atiende a tu estilo que es entrada al mundo.

א‎  Debemos pasar de la metafísica de la representación y sus cálculos substantivos a la liberación de la apariencia, porque es mediante la apariencia en que nos des-sujetamos. Nos damos forma. La posibilidad de no estar nunca en una forma acabada puede situarme bajo la figura del estilo. En el estilo atenuamos cómo aparecemos en el mundo en el que estamos. Por eso la definición de Avigdor Arikha: “Style is frequency. It is to the artist what pitch is to one’s voice. It is self-recognizable. What I call a microform, it transforms all form according to its vector, and so generates style”. La microforma es poder estar en posesión de los múltiples medios de los que disponemos en una situación. Ahí sobreviene el brillo. 

vi. Desaprende todo lo accesorio; ama solo lo que encuentras.

א No se hace política con los amigos; en todo caso se les quiere, sin demandarle nada a nadie. La política la hacen los pueblos, y en esa turbulencia no todos son nuestros amigos. Abandonar la politización de la amistad y renunciar a la impoliticidad de los pueblos es cruzar un umbral para imaginar otra comunidad de la especie sin hostilidades compensatorias. Cuando amamos pronunciamos un nombre que describe al mundo, puesto que aparece un abismo en el que el mundo “no concluye, y que las especies aparecen más allá, tan Invisible como la música (Dickinson)”. El nombre instala la duda sobre la tentación del encierro en el pensamiento. 

vii. Habita un lugar desde el paisaje, no desde la tierra.

א‎ “Poseer un sentido por el paisaje supone abandonar un sentido por el lugar” (Lyotard). Pero solo puede aparecer en un lugar gracias al punto de fuga del paisaje, en su claro, en toda su dimensión expropiamente cuyo brillo me pone en contacto con las cosas. El paisaje es el no-objeto de la fuga del mundo, a la vez que es la única figura que hace posible habitarlo. Entramos en el mundo precisamente gracias a que el paisaje nos expone a su escape. 

viiii. Ábrete al carácter y fúgate de la realidad. 

א‎  Para escapar la estructura polémica de la historia, debemos cortar el carácter contra la realidad, pero no para adaptar la primera a la segunda, sino para cultivar lo invisible en la realidad. Y esa es la manera en que abrimos una puerta a la física de la existencia: “Esa decisión de existencia es en cada caso una transición, un camino en el que no es cuestión solo de seguir el imperativo pindárico, también de aceptar sus resistencias. Llegar a ser quien eres no es mudarse a una nube o a un palmo de tierra. Lo preciso es entender y aceptar la transición, y el movimiento de la transición en cuanto movimiento específico.” (Moreiras)

ix. Busca la conversación clandestina.

א‎  La única democracia real y vital de la especie es la comensal; la que tiene lugar bajo la mesa compartida con nuestros amigos. La imagen de las copas en alza es el fuego inolvidable de la comunidad de los irreductibles, de aquellos que hablan sin suponer; los que sonríen sin preveer; los que celebran sin causa alguna. La fiesta es la invariante de todos los reventados que buscan un afuera de la mismidad. Una vida feliz es el tránsito inmedible del huerto a la mesa. Es el ejemplo de lo que Illich llamó «celebración del reino».

x. Mide tu vida a partir de tus encuentros.

Una física del corte: dejar atrás de la guerra, la hostilidad, la abstracción humana. El jardinero traza surcos en las geografías de la inmanencia; el militante, en cambio, busca ser fiel a una causa como cathexis de un principio de placer adherido a las competencias del sujeto. Cuando somos un sujeto estamos en un mundo en el que ya somos pobres (modo subsistencia). Y en ese mundo la felicidad se torna un tráfico de pequeñas satisfacciones. 

Cibernética, optimización y experiencia. por Gerardo Muñoz

En una conversación reciente con el filósofo Rodrigo Karmy se deslizó una hipótesis que no deberíamos dejar a un lado. En especifico, Karmy dijo lo siguiente: “La cibernética hoy también es productora de experiencia.” Es una hipótesis fuerte en la medida en que algunos de nosotros en los últimos tiempos hemos venido insistiendo en la dimensión experiencial no solo del campo político, sino de la divergencia entre existencia y mundo. No quisiera poner el énfasis en la “producción” (productora de –), sino pensar qué tipo de experiencia es la que regula la sistematización cibernética ahora entendida como última dispensación del fin de la filosofía entregada a la calculabilidad de los acontecimientos [1]. En cierto sentido, hablar de la expansión del segundo momento de la cibernética como matriz de experiencia asume que la cibernética es autopoética y expresiva más que organizativa de códigos y reglas de un sistema. En otras palabras, la cibernética (y sus dispositivos de recursividad) no busca simplemente ordenar un cierto patrón del actuar del mundo de la vida, sino generar modos efectivos de la producción de efectos en cada situación.

En ensayo científico titulado “Cybernetical Actions – Constrains and Orderliness in Biological Populations” (1977), Teodorescu lo sintetiza con nitidez el programa que se ha actualizado en nuestras sociedades: “las acciones cibernéticas demuestran que no hay medios matemáticos para expresarlas en su adecuación total. Por lo tanto, los medios para investigar una población desde el punto de vista cibernética deben seguir las siguientes pautas: tomar el estado conocido de las poblaciones biológicas para encontrar las probables de sus compartimientos a lo largo de extensos períodos de tiempo. […] En realidad, nos interesan formas dinámicas en las que una población biológica pudiera aportar información sobre el manteniendo de una estructura ordenada. Nos interesaría preguntar: ¿cuáles son las formas específicas mediante las cuales una población biológica alcanza un nuevo estado ordenado sujeto a límites claros para nuestro objetivo?” [2]. 

La efectividad cibernética de segundo grado, por lo tanto, consiste en dos vectores divergentes: por un lado, es consciente de la irreductibilidad de una situación a la cual solo puede accederse desde cálculos específicos y localizados. Por otro lado, el alcance debe ser total, pues necesita de una duración en el tiempo para optimizar las frecuencias de adaptación dentro de la observación [3]. De ahí que la cibernética sea tanto un proceso específico (biológico, de la especie, en el caso de la cibernética de segundo grado), como también holístico en función de una optimización para el orden general. Es en este sentido que, como lo previó Ettore Majorana a comienzo de siglo, la inserción de las estadísticas y los modelos probabilísticos en las observaciones de sistemas complejos requiere de un decisionismo continuo que remite a nuevas formas de gobierno. 

De ahí la insistencia en el “orden” en la matriz cibernética. Y orden aquí supone una nueva racionalidad de optimización de la situación (la facticidad misma que en la experiencia siempre escapa a los códigos o la normatividad de un contexto) al interior del sistema. No es coincidencia que la modelación basada en la “optimización de los riesgos posibles” haya terminado intercalada en la propia disciplina jurídica para renovar las fuentes de una nueva legitimidad. En efecto, este es el proyecto del constitucionalismo del riesgo de Adrian Vermeuele en The Constitution of risk (2013), quien afirma que el diseño constitucional debe ser mejor entendido como la producción de condiciones óptimas para administrar los riegos de segundo orden en lo social. Si el objetivo de la cibernética es el orden, entonces la instrumentalización de un contexto no puede dar sobre la variable de lo que es fácilmente reducible a los parámetros epistémicos de lo calculable, sino también en torno a una región de indeterminación, de la metaxy, que ya no es meramente traducción de las reglas y obediencia (Turing), sino también modulación de lo que escapa a cada situación en su composición nominal. El dispositivo de la optimización puede presdincider de una determinación epistémica a cambio de atenuar compensaciones mediales que equilibran la indeterminación de la experiencia en cada caso. 

En el seminario sobre Heráclito de 1966, Heidegger muestra que la eficacia de la cibernética modula radica en su forma no-coercitiva del dominio de la conducción. Y esto es, como sabemos, la propia esencia de la hegemonía como atenuante para flexibilizar los viejos mecanismos de una violencia directa y contraproducente. La eficacia de la no-coerción propia de la cibernética se despliega una vez que separa e interviene a partir de dos unidades mínimas de su procedimiento: por un lado, la producción de información, y por otro, una técnica de comunicación [4]. Heidegger recuerda que la información es una forma de imponer una forma (un esquema expresivo al interior de la maquinación. A esto le podemos llamar proceso de subjetivación). Entonces, pudiéramos decir que la información es el polo mediante el cual el singular pasa a ocupar el lugar del sujeto para ser ordenado, extraído, y localizado. En cambio, la comunicación es la manera en que podemos conectar la información al interior del sistema, y por lo tanto optimizar las reacciones o las desviaciones de los efectos. Si la información busca situar y dotar de legibilidad; la comunicación busca poner en circulación y suturar las propias pulsiones de singularización. 

La cibernética es totalitaria no en virtud de una uniformidad virtual ni sistematizada a solo eje de centralización, sino justamente a partir de estos dos vectores que, como concluye Heidegger, ahora confirman que “la libertad es una libertad planificada” constitutiva del orden. Si el principio de conducción o de hegemonía pone-en-reserva para comunicar [in die Gewalt-Bringen], esto implica que el movimiento de la esencia de cibernética radica en la producción movimiento sobre las cosas, pero a condición de que cosa suspenda el movimiento que le es propio. Esto tiene consecuencias políticas de primer orden: la eficacia de la cibernética es un proceso integral de la pacificación de las cosas: contener expresión, conducir desvíos, generar formas y ‘autogestionar’ los medios en la apariencia (en los fenómenos). De ahí que el dominio de la cibernética vuelve a situar la pregunta por la violencia; ahora entendida, ya no como los modernos bajo los presupuestos de la subjetividad y del actio sacrificial, sino como liberación de la zona inapropiable en la que podemos darle forma a la situación que se le escapa a la cibernética en sus modos de optimización. Una anti-filosofía que corte nuestras formas y las cosas del mundo es ya un primer paso hacia el afuera de la sistematización, heterogénea a la cartografía genérica del vínculo social. Y es sólo aquí que la experiencia recobra sus colores por fuera de una planificación atenuada que, atrapada en los medios especulares, nada conoce del recogimiento de cada destino. 

.

.

Notas 

1. Martin Heidegger dice en “The Provenance of Art and the Destination of Thought” (1967): “The cybernetic blueprint of the world presupposes that steering or regulating is the most fundamental characteristic of all calculate world-events.” La información es el dispositivo de la apropiación equivalencial de cada acontecimiento, y por lo tanto, la pauperización misma de la experiencia.

2. D. Teodorescu. “Cybernetical Actions – Constrains and Orderliness in Biological Populations”, Biological Cybernetics, 26, 63-72, 1977. 

3.Hubert L. Dreyfus. “Cybernetics as the Last Stage of Metaphysics”, Akten des XIV Internationalen Kongresses für Philosophie, (Vienna, 1968). 

4. Martin Heidegger. Heraclitus Seminar 1966/67 (University of Alabama Press, 1979). 12-14.

Universidad, Humanidades, Cibernética. Para una conversación con Rodrigo Karmy en la Universidad de Chile. Por Gerardo Muñoz

I. Universidad – El agotamiento epocal de la universidad contemporánea exige una mínima arqueología que no coincida con la historia de la institución. Urge una arqueología de los paradigmas de la crisis no moderna de la universidad. Podemos programáticamente apuntar a tres momentos que guían el devenir de su crisis civilizacional: a) un primer momento de la universidad ilustrada del proyecto de Humboldt, en la que predominó la subjetivación y domesticación de los saberes para la construcción de la autoridad. A escala civilizatoria no habría diferencia alguna entre el proyecto de Sarmiento o el de Simón Rodríguez, o en la campaña de alfabetización total de la Revolución Cubana. La universidad quedaba puesta disposición de un sujeto para la Historia. b) Un segundo momento es la transformación que aparece con el ascenso de la universidad corporativa a raíz del neoliberalismo y de la crisis de legitimación del proyecto ilustrado. En efecto, pudiéramos decir que la universidad neoliberal es parte de la nueva racionalidad que ofreció una salida al estancamiento del fordismo y de la de-contención de la economía en la nueva valorización total. El único lastre de la civilización ilustrada ahora quedaba reducido al dispositivo del contrato entre transmisión de saber y subjetivación del estudiante en consumidor. c) El tercer momento es el que atravesamos ahora y que me gustaría llamar de metástasis cibernética, en el que se busca la destrucción subjetiva de la figura de estudiante con respecto a los procesos contractuales previos. Aquí es muy importante la propuesta programática de Eric Schmidt – escrita en el Wall Street Journal muy tempranamente al comienzo de la pandemia – en la que sugirió que lo importante de este momento era desplegar una verdadera revolución de la infraestructura digital en la que el “estudiante” aparecía como la figura de la mutación. Aunque es demasiado temprano para saberlo, ahora podemos ver que la crisis de la universidad no es meramente relativa a los modos económicos de la organización de la vida, sino que es el sobrevenido de la crisis de la dispensación del logos tras la clausura de la época del Hombre en un nuevo horizonte de la domesticación de la especie. 

II. Humanidades – Para Rodrigo Karmy las Humanidades son el resultado del experimento de la res publica. Desde luego, esto es consistente con el momento ilustrado y sus misiones civilizatorias que hoy ya no avanzan sino a un proceso de abstracción genérico bajo el dominio de la tiranía de los valores. Ahora la funcionalidad efectiva de las “Humanides” es compensatoria en el reino del valor: la única diferencia es que el libertarianismo neoliberal busca limar el polo del valor-negativo (pensemos banalmente en el no-valor que puede tener un curso sobre la pintura de Ticiano o sobre la poesía provenzal); mientras que el progresismo ‘humanista’ defiende un régimen valorativo en la cultura que va mutando, dependiendo de la declinación flexible integra al registro del valor. Por eso es por lo que, como ya en su momento vio con lucidez Gianni Carchia en “Glosa sobre el humanismo” (1977), el debate sobre el humanismo y el anti-humanismo es insuficiente para pensar un verdadero éxodo con respecto al imperii del intercambio, pues en ambos extremos hay un proceso de atenuación de la valorización en curso. En el momento de la impronta cibernética, las humanidades no solo son “residuales” (diagramadas desde la identidad y la intensificación de discursos de la agresión subjetivista), sino que operan como el reducto de la producción técnica del saber. En otras palabras, las Humanidades da un semblante al hecho de que ya no hay una época del Hombre, sino fragmentos que se constelan y que producen encuentros en el mundo.

Las humanidades ahora ejercen la función de domesticar y unificar la an-arquía en curso en las propias mediaciones. Esto genera una mutación en las élites: por eso ya la empresa no es producir “civil servants” de la Humanidad como en la vieja aspiración kantiana; sino más bien en una nueva estructuración medial que domestica la propia potencia experiencial del saber. En un importante ensayo escrito en la última fase de su vida, “Texto y Universidad” (1991), Ivan Illich habló de la pérdida de los contactos sensibles y experienciales con la lectura y las páginas del libro en el experimento del saber. Pero todavía Illich hacia la clausura del mileno, podía pensar que la universidad podía preparar una reforma en línea de la ecclesia sempeter reformanda, capaz de extirpar lo peor de lo mejor de su misión (la corruptio optimi) para renovar el reino de las sensaciones y del gusto en el estudio. Pero ¿es tal cosa posible hoy? En cualquier caso, la fractura de las humanidades nos confronta con la incapacidad de tan siquiera imaginar la forma de otra institución capaz de albergar las condiciones del pensamiento. 

III. Cibernética – El presente pandémico ha mostrado con claridad el ascenso de la cibernética en su eficacia de organizar el mundo de los vivos. Obviamente que esto no es una invención reciente de Silicon Valley; aunque, desde luego, Silicon Valley sea la metonimia de la nueva espiritualización técnica del mundo. En una importante conferencia “La proveniencia del arte y la determinación del pensar” (1967) sobre la relación del arte y el destino de Occidente, Martin Heidegger se refirió la cibernética como la unificación de las ciencias y la hegemonía de la “información” como nueva forma de organizar el mundo de la vida de los existentes. En realidad, la cibernética no es un dispositivo más; sino que llega a suturar la relación entre experiencia y vida, inmiscuyéndose en la noción misma de “distancia”. Por eso es por lo que la cibernética es siempre enemiga de la forma de vida, y es incapaz de crear un destino en el singular. A su vez, la cibernética ya no es un proceso de subjetivación, sino que, mediante su “recursividad”, ahora puede constituir la espectralidad de los vivientes a través de la colonización de la medialidad de los vivos. En este sentido, no hay una oposición entre experiencia y cibernética, sino que la concreción de la cibernética es una organización de las descargas experienciales del mundo psíquico.  

De ahí que en un mundo ya desprovisto de los viejos principios (archein), ahora aparece como la superficie que debe ser optimizada desde la mediación absoluta de la información. La cibernética no es reducible a la tecnología ni a la invención de aparatos, sino a la infraestructura subrogada de la optimización de los fragmentos. Ahora las bases ontológicas de la economía de la acción quedan fisuras ante la crisis de la distancia y la sustitución de la virtualidad por la crisis de la apariencia. Y, sin embargo, la cibernética es incapaz de integrar la irreductibilidad de la existencia. La existencia busca un afuera, desertar de la equivalencia contingente de lo Social, separase asintóticamente con el mundo. Todo pensamiento hoy solo puede acontecer ex universitatis: en otras palabras, el pensamiento es la fuga del vitalismo de una experiencia cuya estrechez política tiende a la negación de la apertura de sus modalidad inexistentes o posibles. En este punto es que podríamos comenzar a pensar una defensa del entorno (Moten) fuera de la vida, que es también una detención de la cibernética que hoy se impone como nueva configuración de un poder en el que experiencia y vida comienzan a constituir la zona invisible que debe ser recogida por la tarea del pensamiento. 

.

.

* Estas notas fueron escritas para preparar la conversación sobre universidad y la crisis de las humanidades en la serie de “Diálogos Permanentes” organizada por Rodrigo Karmy en la Universidad de Chile y que podrá ser vista el viernes 30 de Abril en la página de la Facultad: https://filosofia.uchile.cl/agenda/174490/dialogos-permanentes-humanidades-universidad-contemporaneidad

Ancilla amicitiae: amistad y testimonio de Iván Illich. por Gerardo Muñoz

El pensamiento del exsacerdote y arqueólogo de los sedimentos teológicos de Occidente hubiera permanecido inconcluso si no fuese gracias a su amigo e interlocutor David Cayley, quien hizo posible The Rivers North of the future: the testament of Ivan Illich (2005) póstumamente. Si bien desde comienzos de los sesenta Illich —luego de la experiencia catastrófica de generar una ius reformandi dentro del paradigma misionero en Washington Heights y Puerto Rico— había avanzado en una serie de críticas a los dispositivos de la vida contemporánea, no fue hasta el final de su vida cuando tuvo la valentía de esbozar lo que él mismo llamó su testimonio sobre el destino de Occidente. Este testimonio buscaba el desaprendizaje de las raíces proféticas cristianas para “dar comienzo a una teología de nuevo tipo”. 

Como en múltiples ocasiones Illich no se cansó de repetir, la signatura de su pensamiento (la “idea única” a la que es fiel todo pensador, según Cayley) residía en la comprensión de la caída de la Modernidad hacia la corruptio optimi quae est pessima (“la corrupción de lo mejor es lo peor”). La peor de las corrupciones había tenido lugar con el advenimiento de la profecía universal cristiana, cuya economía de la salvación terminó administrando los hábitos y los modos sensibles de la vida de los hombres. La idea de “reino” como espacio de apertura a la “sorpresa”, ahora pasaba a estar en manos de la institucionalización de la Iglesia; de la misma manera que la conspiratio convertía el pecado en administración de la comunidad de los vivos en un tiempo sin redención. Así, las páginas de la Historia vencían el misterio de las relaciones entre hombres que ya no podían elegir sus maneras libres de inclinación y afección. 

En un trabajo, complementario a su última conversación, Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University Press, 2021), David Cayley da forma a una especie de testimonio que recorre las estelas del pensamiento de su viejo amigo. Como sabemos, escribir sobre la clandestinidad de la amistad es siempre una misión imposible. Por esa razón el libro evita la biografía convencional del “sujeto que supone saber”, optando por la indeterminación entre vida y pensamiento, constelando fragmentos que siguen generando la “extrañeza” ante el pensamiento vivo de un testigo de su época. Por esta razón, la escritura de Cayley es también un ejercicio autográfico sobre la potencia de un pensamiento cuya vitalidad, ante y contra la muerte, se coloca en el umbral del testimonio. Todo esto implica, como ha señalado Giorgio Agamben recientemente, generar una verdad en el mundo que solo puede comunicar lo que es absolutamente incomunicable.[1] El libro de Cayley erra en esta dirección, sin abonar modelos o ideas aplicables para un mundo caído al mysterium iniquitatis. El misterio del mal desborda la tarea de las instituciones que alguna vez dotaron a los hombres de las certezas del mundo de la vida y de sus técnicas de sobrevivencia. El testimonio da cuenta de la humillación del hombre ante este declive antropológico que hoy multiplica las compensaciones. Y, sin embargo, no es menos cierto que los hombres en la medida en que “hablan”, no pueden dejar de ser testigos de una verdad, como un vagabundo en la noche que tropieza con ella.

En uno de los momentos más hermosos del libro —hermosos en la medida en que la belleza es también la complicidad secreta de toda amistad— Illich le confiere el secreto abierto de su pensamiento a Cayley de esta manera: “Yo dejo en tus manos lo que yo quiero hacer con mis intenciones… decirte esto en gratitud y fidelidad detrás de este candelabro que está prendido mientras te hablo de mi testamento verdadero que no es reducible a una traición, sino que ha sido elegido en mi propia vida”.[2] Como en pocos otros momentos de la conversación Illich-Cayley, encontramos aquí una instancia del brillo de la proximidad entre el carácter singular y el desasosiego histórico de Occidente. Desde luego, podemos pensar en la etapa paratáctica de Hölderlin, en la que el poeta alemán pudo dar testimonio destruyendo la gramática del poema y la razón, para así dejar ver el abismo entre el mundo moderno de las maquinaciones y la pulsión aórgica de la vieja Grecia. Tras la luz de la vela, Illich abría una instancia que, más allá de la profecía, pudiera orientar otro camino: por eso la figura del amigo ya no era un profeta, sino simplemente como una existencia que, mediante la experiencia, recordaba que las “percepciones vitales ahora eran ajenas a todos en el mundo”.[3] De ahí que Illich diga que “solo una vez que borramos la predictibilidad del rostro del otro podemos ralamente ser sorprendido por él”. 

¿Puede el pensamiento de Illich preparar una ius reformandi política o una revolución institucional en un mundo atravesado íntegramente por el mysterium iniquitatis? Ahora hemos llegado a este punto. Cuando le he preguntado esto a Cayley como antesala a nuestra conversación, me ha contestado con una respuesta que pone el acento en la vacilación: “Axiomáticamente nunca es tarde, pero esto no quiere decir que no sea, en verdad, ya muy tarde”.[4] No caben dudas de que Illich es un pensador que toma distancia de la política, y que es ajeno a sustancializar un principio de comunidad redentora. No debemos olvidar que el común para Illich es el silencio irreductible del ejercicio de dar un testimonio. De ahí que su testamento —el de una vida ex ecclesiamex universitatis, y ex mundi— solo puede hacerse desde la práctica de amistad y como reparación para las condiciones de una “práctica de amor”. Este amor ya no es una inscripción universal dispensada por la profecía, sino que afirma la celebración ante las cosas que encontramos. En este punto es que es insuficiente pensar teológicamente a Ivan Illich como un pensador mesiánico ante el agotamiento de la comunidad de salvación cristiana y sus instancias de deificación. El testimonio del último Illich registra, sin programa ni determinación teórica alguna, que el reino es la separación de nuestros modos (el espacio invisible de lo vernáculo) del régimen de la escasez. La amistad libera el espacio invisible que le devuelve la subsistencia al existente. 

Y hacerse cargo de la subsistencia supone, en última instancia, la afirmación del carácter ante la muerte por encima de los controles de optimización (risk management) de la Vida entendida como abstracción o como guerra contra la muerte singular.[5] Todo esto resuena en el presente pandémico en el que la nueva oikonomia del “polo médico” busca incidir, una y otra vez, sobre la vida haciendo de los seres vivos una mera reserva para la administración del “delivery of death” y de las estadísticas del “death toll”. Si en nuestro presente estamos atravesados por la pérdida absoluta de “la hora de tu propia muerte”, como me ha recordado Alberto Moreiras, entonces lo fundamental es retraerse de una “Vida” para comenzar a vivir verdaderamente. 

El vórtice del pensamiento de Illich recae sobre la tarea más difícil de la existencia que, en el afuera de la vida, orienta a todo destino. Buscar una tonalidad con la verdad supone retraerse de la mala fe de los valores del dominio cibernético. Fue así como Illich abrazó la amistad y la compasión al interior de un mundo roto. Por eso, en un ensayo tardío podía decir que “la amistad, la philia, era la verdadera constancia de su enseñanza… y que para la amistad no hay un nombre, puesto que varía en cada respiro”.[6] El retiro a la amistad devenía una teología transfigurada, la única ancilla amicitiae del pensamiento y el único testamento de una experiencia en un mundo en tinieblas. Y es la proximidad del testimonio aquello que atraviesa un mundo incapaz de transmitir la música de las cosas tras el fin del eón de los profetas.  

.

* La presentación de Ivan Illich: An Intellectual Journey (Penn State University, 2021) de David Cayley tendrá lugar el viernes 16 de abril junto al autor, en el marco de “Conversaciones a la intemperie” organizada por 17, Instituto de Estudios Críticos.Para asistir al encuentro, abierto al público, es necesario el registro en: https://17edu.org/conversaciones-a-la-intemperie-ivan-illich-an-intellectual-journey-de-david-cayley/

Bibiliografía


[1] Giorgio Agamben, “Testimonianza e verità”, en Quando la casa brucia. Giometti & Antonello, Macerata, 2020, pp. 53-88.

[2] David Cayley. Ivan Illich: An Intellectual Journey. Penn State University Press, Pensilvania, 2021, p. 9.

[3] Ivan Illich. “The Loss of World and Flesh”, Barbara Duden y Muska Nagel (trads.), Freitag, 51, Bremen, diciembre, 2002.

[4] Correspondencia personal con David Cayley, abril de 2021.

[5] Gerardo Muñoz, “Teologías post-coronavirus”, José Luis Villacañas (ed.), Pandemia. Ideas en la encrucijada. Biblioteca Nueva, Madrid, 2021, pp. 254-265.

[6] Ivan Illich. “The cultivation of conspiracy”, Lectura en Villa Ichon, Bremen Archive. Bremen, Alemania, marzo, 1998. 

A gloss on the “element” of love. by Gerardo Muñoz

It might be the case that the self-evident nature of love as an affection proves itself lacking mediation in thought, insofar as it is a resource of mediation between thought and the world. In this sense, it is true that what one “loves” resists to be grasped as an object of representation or exposition; it is a question of limits, and those limits posit the question of the world. Now, love gives form, but it is not in itself a form or a mandate or an object. This means that love is outside of reality; indeed, it is the absolute indifference between object and world. 

The question perhaps is one regarding proximity and distance. The problem of “nearness”, which is why in the text one reads the orphic inscription: “When we are in nearness to which we love we then go through the other side of the mirror.” Of course, what is interesting it not the “other side”, but rather to have become transformed by something without ever being entirely dissolved. Amor fati? Perhaps. In the transient path of the night one is opened to the condition of the “moon hunter”, in which one path reveals itself as the question of destiny (“one life”). The trick is that no path is ever ‘obligatory’, but rather validated by an access to an experience. Now, it is obvious that love cannot exhaust an experience, but there is no experience that is not affected by love, since it is this affection what inscribes the limit of a world without the fantasy of possession and abuse. 

Another moment: “In abusing something we no longer love; and even in the pleasure that were invested in we do not love”. Here the exotic (extemporaneous) nature of love becomes visible: no love is exhausted in materiality and form. Love is ex-scription: it demands exodus as homecoming. However, no fundamental fantasy of love can validate what is granted to us by the irreducibility of an experience. Perhaps this is after all what Gianni Carchia, reading Schelling called the “transfiguration with the divine”. Or, as I would like to call it, the intromission with the invisible [1]. In the invisible we carve out the limits of our deconstitution with our world in which our existence is possible through separation. 

There might a rebuttal, although it might not be one after all. It is a recent suggestion by a friend who claimed in a psychoanalytic speculation that: “Perhaps after all ‘love’ is a Christian invention, a compensatory and necessary one for the fact that we do not communicate”. There might be a few ways to respond to this claim; the first one being that the task of the transfiguration of love responds, precisely, to the subordinated status of love as mere compensation to the subject of sin and thus of the pleasure principle. The existence that can traverse the pleasure principle of the subject could be said to have gained reentry into a happy life capable of outsourcing the succession of infinite deaths while in life. 

Contrary to life or death, love might be another name for the orphic passage between the two states of potentiality; that is, of pure affection and the opening of the impotential in every life. To experience the death of what is possible as transient to the time of existence opens the path towards a “life to come…in underground streams” (Auden). If love is to be taken as compensatory to the impossibility of communication, then there is a love of thinking, but not necessarily a thinking of love. It is strange that philosophy – just as “liberty” for political thought – fails when measuring itself up to a thinking of love, a vertigo before the immemorial attunement to the state of mousikos. Such is the taking place among the things that we have surprised in the world, but only accessible to those who “seek” outside reality. 

.

Notes 

1. Gianni Carchia. “Indifferenza, eros, amore: la critica dell’essere spirituale nella “filosofia della libertà” di Schelling”, in L’amore del pensiero (Quodlibet, 2000), 101-121.

¿Comuna o práctica de comunización? Nota al debate en Le Grand Continent sobre 150 años de la Comuna de París. por Gerardo Muñoz

A la altura de los 150 años de la Comuna de París se impone la necesidad de un balance. ¿Puede todavía la irrupción de la comuna decir algo a un presente marcado por la movilización de demandas y por la proyección de futuros previsibles? El balance de la Comuna presupone una serie de despejes para mostrar la intempestividad de su fibra. En primer lugar, entonces, podemos decir que en realidad nunca existió ninguna “Comuna” monumental e instituida en el devenir de la historia (precedente desordenado de la revolución, por ejemplo). Al contrario, la comuna pone en la superficie la “existencia del inexistente” [1]. En otras palabras: la comuna no fue un proceso histórico ni una instancia de sujeción política, sino un proceso de disyunción entre existencia y acontecimiento. La existencia es la multiplicidad que evita la concreción del sujeto; el acontecimiento, por su parte, la dislocación contra el cierre de la forma. 

Por eso es por lo que jamás existió una “Comuna” tal y como quieren hacernos creer los historiadores monumentales, puesto que la comunización es necesariamente un proceso de afectación entre lo que somos y los encuentros que nos transforman en la manera en que moramos en un lugar. No se equivoca un autor anónimo al decir que la comuna, bajo el pensamiento práctico de Blanqui, constituyó la impronta de la amistad por fuera de los fueros de la organización, del Partido, de la planificación, o de la “unidad”. Todavía aquel esquematismo seductor resuena entre nosotros. De ahí que en la inscripción de los acontecimientos queden en dos subrogados: el partido de la Unidad y el partido de una amistad que sabe que lo que ha acontecido no es una “sucesión de hechos, fechas, ni un armario de ropa vieja; es el reservorio de las fuerzas de los gestos: la proliferación de posibilidades de existencia” [2]

Todavía guarda enigma aquel apotegma de José Martí, un testigo de su época: “No debe decirse la Comuna”. Lo indecible en cada comuna se retrae de la idealia de la cual extraemos lecciones para ratificar traducciones espacio-temporales. A través de esta traducción hacemos de la tierra un territorio. Otra vez: no podemos decir Comuna porque ésta es la manera en que se disuelve la comunidad para llevar a cabo algo así como “una práctica de comunización, es decir, el misterio de nuestras transfiguraciones. Y estas no tienen límites. Pero experimentar un mundo es siempre una prueba que requiere nuevas determinaciones” [3]. Desde luego, las determinaciones de cada intensificación se inscriben en las condiciones no-objetivas que atacan el ordo de la realidad. Le podemos llamar comunización a la manera en que un encuentro genera un montaje entre los materiales que disponemos y la novedad irreversible que nos ha transformado para siempre. Aquello que ha cambiado no es una fase o secuencia histórica, sino las condiciones para otros posibles modos de vida. En la contaminación y filiación cortamos sobre unificación del mundo.  

El inexistente, lo no-objetivo, y lo indecible: el proceso de comunización insiste en la división invisible de cada vida en virtud de la conquista de su destino [4]. Entendida así, es probable que la comuna ya no sea un concepto político, sino una figura para dar cuenta de una transformación de la vida una vez que ésta se ha expuesto al evento. Y, como sabemos, el evento es el enemigo del imperio. Más allá de la historia y del mesianismo, la medida de lo propio en la comunización abandona la caída de la infelicidad para vivir en lo infinito fuera de la vida.

..

Notas 

1. Alain Badiou. “The Paris Commune: A political declaration on politics”, en Polemics (Verso, 2006).

2. Quelques agents du Parti imaginaire. “À un ami”, en Auguste Blanqui: Maintenant, il faut des armes (La Fabrique, 2006).

3. Una conversación mía con el pensador Josep Rafanell i Orra, de próxima aparición en la revista Disenso, mayo de 2021.

4. Gerardo Muñoz. “La época y lo invisible”, Ficción de la razón, 2020:  https://ficciondelarazon.org/2020/08/10/gerardo-munoz-la-epoca-y-lo-invisible-una-conversacion-con-asedios-al-fascismo-dobleaeditores-2020-de-sergio-villalobos-ruminott/

  • Esta nota es preparatoria para la conversación que tendrá lugar el próximo miércoles 3/17 en la revista Le Grand Continent, junto a Carlos Illades y Clara Ramas San Miguel.

Four Theses on the Mujercitos Collective. Notes for a brief gallery talk, March 2021. by Gerardo Muñoz

1. Youth and persuasion. The originality and force of the Mujercitos Collective emerging from Cuba (2019 –) I think it feeds from a specific vortex: the youth. I will say this as an anecdote: at the beginning of the pandemic, I had the opportunity to exchange with the great Jacques Camatte (former founder of the PCI and early critic of the exhaustion of the revolutionary horizon and the Marxist praxis), and at the time he suggested something quite beautiful: mainly, that if the youth is continuously assaulted today it is because its texture lodges a vital process of inversion that puts pressure to the world of domestication (the absolutization of commodity form as an ongoing anthropological process). In this sense, the energy of the youth is always a counter-adult making of the world. When I found and I began exchanging with the Mujercitos Collective, I think that they had the same intuition: a desire to provide the youth with a “space in order to foment our discontent, because only the youth want liberation”, as Claudia Patricia, the designer of the collective told me. In a country (but it is also our epoch) of revolutionary stagnation, this is a tremendous insight, since liberation is no longer posited as a craft of History, but rather as a form of life. While the youth have world, the adult is the general process of socialization and political order. So, if the world of the youth is that of persuasion, that of the adult is guided by rhetoric. This means that if the youth can persuade with its body and movement; the rhetorical logos is a mere moral application of “duty” (this is how you should behave, act, accomplish this or that, become a self-commanded influencer, etc.). As Carlo Michelstaeader understood it a century ago, it is only in persuasion where one can relax the world of rhetorical closure (intention and signification and predication) in order to find a way out into the world. This is the gesture that traverses the Mujercitos visual and artistic constellation. 

2. Iconicity. Secondly, one of the ways in which I have tried to think what takes place in Mujercitos is by reflecting on what gets transmitted. Obviously, there is here something that I would like to call a “negative pedagogy”, in which experience thematizes a process of unlearning (this is a feature of the ongoing process against domestication of the Subject) of the elements that frame reality in a specific way while incarcerating other possibilities. In this sense, unlearning is the way in which one takes a step back from any attempt at “normalization of relations” within the Social. Now this disavowal of normalization necessarily multiplies conflictivity; mainly, conflict between images and modes of being. In Mujercitos Collective there is one specific tool to mobilize this momentum: the power of iconicity against the grammar and rhetoric of the Social. This is why the facture of design becomes important for the project; since iconicity becomes the suspension of the rhetorical construction of the adult world without recurring either morality, politics, or even “social imaginaries” (which is artistic extraction from the wells of History). Although Mujercitos has been labeled “virulent” or “sardonic”, there is no such a thing if analyzed at the level of the iconic practice, given that the icon is a way to explore the affective and medial dimension of the “thing”. This, in turn, radically suspends the fiction (and the –res, the original juridical form of “thing” in law). In this apparent simple iconicity, the preparation of a transfiguration and a new violence takes over reality. This profane iconicity is the poetic vanishing point of Mujercitos’ designs.

3. Countercommunity. Thirdly, Mujercitos offers a third way out a debate that we have inherited from the forms of political modernity: individualism and community. One does not need to remind anyone that the notion of “community” today enjoys a very good reputation; at times it seems that anyone who says “community” is already participating in a public liturgy that can pass uncontested. But what is community? Or, to put it in another way: can community as a form of socialization truly exhaust life and its encounters? For instance, does not every community produce exclusion as necessarily and permanent for its own thetic separation? In any case, as a friend would say, there are no communities but processes of communization. And where there is a community of wills and aggregated subjects, then there is a primacy of a substance that hinges upon obedience, normative legislation, and ultimately obligatory communion. Mujercitos Collective does not speak in the name of a community nor of unity, but rather it stands a counter-community without future (this is the Punk dimension to the project), that knows how to dwell in the desert of the present, because it knows that it is here where the true kingdom of friendship can happen and repeat itself in a double-time. If the community offers salvation in history; the counter-community offers no false promises, since it is only interested in modes of experimentation with the fragments of the world.

4. Totality is a ruse. I think I will end these brief notes quoting something Claudia Patricia told that, to my knowledge, best encompasses this visual-collective project: “The only thing we know is that today to play with totality is a ruse” (“El juego a la totalidad es la trampa de este mileneo”). There is a lot to unpack here, but I would just say without reading too much into it that the problem is how the sense of play becomes exhausted every time that there is a fiction of totalization. This is obviously a reference to the world of order and morality of adult symbolization. Now, a false exit is to cancel “play” in order to take a distance away from total morality. But, a more beautiful strategy is to liberate play at the level of our experiences and the materials and tonalities affecting life. To put play at the center of what takes place in life is, in turn, the most serious task of a a new ethics at the threshold of our epoch. 

.

.

*Image: ArtCover by Claudia Patricia, February 19, 2021, Mujercitos Magazine.

Reform and Ecstatic Politics: Notes on Gramsci’s Prison Writings (VIII). by Gerardo Muñoz

Gramcsi’s turning away from economic primacy of the Third International meant that he had to endorse a robust principle of “politics” to suture the separation (and there crisis thereof) between theory and praxis, which is also a division of action and thought. In a certain way, going back to Machiavelli’s writings or Croce’s Hegelian Idealism is a way to introduce a total politics suture over philosophy and life. This becomes clear when in Notebook 8, while glossing Croce “Hidden God”, Gramsci asks rhetorically but with force: “In what sense can one speak of the identity of history with politics and say that therefore all life is politics? How could one conceive of the whole system of superstructures as (a system of) political distinctions, thus introducing the nothing of distinction in the philosophy of praxis? Can one even speak of a dialectic of distincts? (271). 

It becomes rather obvious that what has passed as the great Gramscian novelty – mainly, the emphasis on “superstructure” as a way to relax the mechanistic economic structure of capitalist development driving the laws of History – in fact, it rests on a metaphysical principle rooted in the total politics over life. In other words, Gramscianism means, if anything, a new totalization of political domination over the texture of life and every singular destiny. This conceptual maneuver is nothing original if placed in the epochal framework of what Alain Badiou called the “ecstatic politics” of the 1930s, in which politics (and later legality) became the instrument to suture philosophy and life. 

It is almost as if Gramscian political life becomes the new instrument for the age of total mobilization and the worker insofar as life is nothing but the site of immanence that must be reintegrated, conducted, and translated as co-terminus with full political activity. At the moment where “life” was fleeing from the organic reproduction of capitalist development unto autonomous forms (Camatte), the Gramscian emphasis on “superstructure” became the progressive technology to “contain” its eventual dispersion. Again, in the same section 60 of the eighth notebook this insight is explicit: “One must say that political activity is, precisely, the first moment or first level of the superstructures; it’s the moment in which all the superstructures are still in the unmediated phase of mere affirmation – willful, inchoate, and rudimentary” (271). The question solicited here is where does the “class struggle” fit in this picture, if at all? 

If superstructural political life is not the site of the horizon of the working class’ emancipation, this could only entail, as Jacques Camatte understood it very early on, that the conduction of the communist party in politics demanded that militants and the working class had to act as if the communist society was a “living fact”. In turn, this meant that there was a clear “reformist” transmutation, since one could discard (in fact, as later authors of the so-called post-foundational theory of hegemony demanded, it *had to be discarded*) the horizon of revolutionary emancipation. What is surprising is that even today a reformist declination of ecstatic politics is announced and branded as “true radical political thought”, when it is just a mere inversion and reorganization of capitalist value organization. On the contrary, the total politics of the superstructure over life could only mean, as Íñigo Errejón repeated recently, merely a “struggle between opposite values”; in other words, it is no longer a transformation of the world instead of interpreting it, but a mere gaming of values to facilitate the occupation of the state.  

This could explain why, many pages later in Notebook 8 Gramsci could define hegemony as the crystallization of morality. He writes univocally: “Hegemony” means a determinate system of moral life [conception of life] and therefore history is “religious” history along the lines of Croce’s “state-church” principle” (373). And of course, history is always “a struggle between two hegemonies”, whose main nexus is the unity of rulers and the ruled (373). Gramsci gives this unification without separation the label of “patriotism”, which amounts to a direct secularized form of the medieval pro patria mori. This is the vortex that organizes the ecstatic political dominium over life in every hegemonic order.  

An epoch unmoved (V). by Gerardo Muñoz

The intrusion of appearance in the world posits the question of the unlived in every life. This taking place that appears in the world descends temporal finitude; and, more fundamentally, it posits the caducity of its unlived possibilities. In a recent book on the history of citrus in Italy, the author says in passing that blood oranges, being from the lowlands near the Etna, mixes a variation of flavors that ultimately make this particular orange expire sooner than others of its kind. Heterogeneity is a marker of caducity. The shimmering crust of this orange reveals that something like the mystery of what has not happened yet (and perhaps never will) comes to us in the sensorium, in the open of the ambient, and in the time of decay: “It gave us pause for thought. How long does it take for a lemon to completely rot?” [1]. This sense of the unlived in life was thematized by Hölderlin in his late drama The Death of Empedocles, a figure intimate to the Etna volcanic topoi“In holy union each beloved clings to love, a love One thought was dead…To they are this! The ones we so long did without, the living; The goodly gods, declining with the star of life! Farewell!” [2]. We have yet to develop a theory of the encounter that opens the epoch. But the solicitation for an experience entails the seeking of an outside to reality, in which the unlived facilitates nearness to an escape route. As we know, Hölderlin thought of the fissure of unity as excess between outside and reality, in which the relation between object and subject, thinking and action, imagination and things come to a tragic diremption.  

In this light, the actualization of the unlived is the vortex against the immobility of the epoch in which life is rendered actual in its becoming. But this requires specification; or at least a certain amendment of the pure aorgic immanence. We know that centuries before Hölderlin, Angelus Silesius provided a point of entry: “The Sun gives movement unto all, and makes the stars dance in the sky: if I still stand immovable, no part in the great whole have I” [3]. The mystical kenosis is ground cero to attunement of life. However, Silesius also seems to be suggesting that even under the dress of nature, movement is the condition for any instantiation with the abode. If glimpsed from the interior of the site of the natural world, pure immanence appears as the interrupted image without partition; but if described from the exteriority of the unlived, then world and life now meet in a kinetic extraneous divergence. 

But what is the limit of an intensity? There are two ways of coming to terms with this problem: every process of intensification reaches its caducity whenever its violence is overcome by the seduction of possession in submitting to the absolutism of reality. On the other hand, every intensity is perturbed when it finds an obstruction in the formal orientation of the concept. Therefore, when the co-existence between the exogenic and ecstatic limits meet, the free playing of forms becomes flow (plynein).  In other words, we cease to become immobile to deviate from the obstruction of the suspended wreck of every encounter.

Untimely, this invites that we reconsider the status of happiness. As a contemporary philosopher that I admire has insinuated it: perhaps happiness is the unthought notion in our tradition. In a certain way, the unthought and the unlived depart from the caesura of their own evasion. There is perhaps no need to reconstruct how “happiness” has been subordinated to designs proper to politics or commerce; or, as in the more classical tradition, the moral virtue for self-regulation and privation. Everything changes if we locate happiness in the site of the unlived, insofar as now the violence that is constituted of the separation between form and event in the texture of life. The immediacy of happiness is not being able to conquer something like a state of “blessed life” but being able to release the unlived in every succession of deaths that traverse a life [4]. 

But the unlived exits not only to de-constitute the vital determination, but also, and more fundamentally, to escape the seduction of the negative that assumes that loss and tragicity are irreparable limits. Rather, because there is something like an unlived there is happiness in the way that we constantly move within the available set of unlimited possibilities. The unlived initiates a physics that cuts absolute immanence in virtue of the genesis of style, since it is only in style where the overcoming of the unlived shelters the soul in the face of caducity. Indeed, it is in this invisible texture where the color of our mobility approaches asymptotic twirl between divinity and the world.

.

.

Notes

1. Ciaran Carson. Still Life. Winston: Wake Forest University Press, 2020. 16.

2. Friedrich Hölderlin. The Death of Empedocles. Trad. Farrell Krell. Albany: SUNY, 2008. 93.

3. Angelus Silesius. El peregrino querúbico. Madrid: Ediciones Siruela, 2005. 

4. Pacôme Thiellement. “Le Bonheur est un twist”, 25 june 2017: www.pacomethiellement.com/corpus_texte.php?id=326 : “l y a deux lumières: il y a la lumière d’avant la nuit et il y a la lumière d’après. Il y a celle qui était là au début, l’aube radieuse du jour d’avant, et puis il y a celle qui a lutté contre les ténèbres, la lumière qui naît de cette lutte : l’aube scintillante du jour d’après. Il n’y a pas seulement deux lumières, il y a aussi deux joies : il y a la joie d’avant la peine et il y a celle d’après. La joie originelle, la joie innocente, primitive, cette joie est sublime, mais c’est juste un cadeau de la vie, du ciel, du soleil… La joie qui vient après la peine, c’est le cadeau que tu te fais à toi-même : c’est la façon dont tu transformes ta peine en joie, l’innocence que tu réussis à faire renaître des jours d’amertume et des nuits de bile noire. C’est le moment où tu commences à vivre, mais vivre vraiment, parce que tu commences à renaître de toutes tes morts successives. C’est le moment où tu t’approches de la divinité ou du monde”.

*Image from my personal archive: Etna as seen from Palermo, summer of 2016.

Three ideas for a discussion on «Éléments de décivilisation» by Gerardo Muñoz.

[These are some preliminary notes for an ongoing discussion on Lundi Matin’sÉléments de décivilisation’’, a text that condenses a series of problems dealing with, although by no means, limited to infrapolitical reflection, the event, world, and the question of civilization in the wake of the ruin of hegemonic principles. This particular essay, more than content, raises the question of the status of the style of thought; and, in broad terms, I tend to link the notion of style to the constitution of an ethos. But let me offer three theses to open the discussion in very broad terms. What follows is the reconstruction of three brief points in a recent group meeting about this text.] 

i. The priority of the event. For me at least it is very important to consider that Éléments de décivilisation’’ moves away from at least two important precedents of a common intellectual orbit: messianism and the political theory of modern sovereignty. Of course, this is important for many reasons, but most it speaks to what I would call a strong opposition between thought and philosophy (favoring the first over the second). These two registers open important distinctions, such as, for instance, a displacement between historical temporality (messianism) to a notion of the taking place (the event or encounter) as exteriority. Whereas we were told that the “event is the enemy within Empire” (Gloss in Thesis 60 of Introduction à la guerre civile) , now we have a more through sketch about the way in which the form-of-life is not a category reducible to vitalism or the problem of the subject, but rather about the play between form and event. Here I think that Carlo Diano’s Forma ed evento (1952) is crucial as a backdrop that is not just philosophically (Aristotelian formalization against Stoic predication), but rather a sound position of thinking in relation to what has been passed down as “civilization”. 

ii. Civilization as a principle. Now, the question of civilization raises to a problem of thought insofar as is neither an ontological problem nor an operative idea in the history of intellectual concepts. Civilization becomes the apparatus by which the total regimen of production in any given epoch is structured to establish an order. And here order is both authority and police. To put it in juridical terms: the first secures legitimacy while the second posits the flexible energy of legality and execution. This is the same problem in the relation to the world. In other words, civilization means enclosing, domesticating, and producing. By the same token, civilization is the operative domain by which nomōs, history and the subject come together in virtue of their separation. Is not this the very issue in the Greek polis in the wake of the discovery of measurement, isonomy, and the distribution of the goods in which hegemony replaces the basileus (Vernant)? It is one of the merits of the text not having understood this problem at the level of an “archeology of Western political thought” (Agamben), but rather as an evolving transhistorical process that binds the axis of domination and power to the axis of anthropology and domestication. Civilization, then, would name the total apparatus of hegemony under which politics falls as a problem of metaphysical structure (I have tried this problem in recent positions here). Whether there is an assumed anthropological anarchy at the level of substance, capable of “inversion” (Camatte), is something that must be explored in further detail. 

iii. Happiness cuts absolute immanence. My last point. I would like to insist on something that Rodrigo Karmy mentioned recently: “Happiness is the unthought of the Weestern tradition”. I agree with Karmy not on the basis that there has not been any reflection of “happiness” in the tradition, but rather that this reflection has either been a) subordinated to politics or economics (Jeffersonian “happiness” conditioned by commerce); or, as a moral virtue of self-regulation and privation. But it seems to me that “Elements” wants to offer something else in a very novel way. It is here where the question of violence must be inscribed. A curious displacement since violence has been thought in relation to beauty, but not happiness. The violence at the level of forms puts us in proximity with the event at the end of life itself. In this sense, the Pacôme Thiellement footnote is important:

“l y a deux lumières: il y a la lumière d’avant la nuit et il y a la lumière d’après. Il y a celle qui était là au début, l’aube radieuse du jour d’avant, et puis il y a celle qui a lutté contre les ténèbres, la lumière qui naît de cette lutte : l’aube scintillante du jour d’après. Il n’y a pas seulement deux lumières, il y a aussi deux joies : il y a la joie d’avant la peine et il y a celle d’après. La joie originelle, la joie innocente, primitive, cette joie est sublime, mais c’est juste un cadeau de la vie, du ciel, du soleil… La joie qui vient après la peine, c’est le cadeau que tu te fais à toi-même : c’est la façon dont tu transformes ta peine en joie, l’innocence que tu réussis à faire renaître des jours d’amertume et des nuits de bile noire. C’est le moment où tu commences à vivre, mais vivre vraiment, parce que tu commences à renaître de toutes tes morts successives. C’est le moment où tu t’approches de la divinité ou du monde”. This position  – which I think it is prevalent throughout the text – allows the opening of a series of articulations:

a) it is no longer happiness an effect on the subject, which has only grown in the Spectacle or consumption; that is happiness as an exception to life.

b) it is not that happiness is a theological state of ‘blessed life’, which would presuppose the transmutation of sin and thus overcoming of the non-subject. This position depends on conditions of mythic-history and theology.

c) It is rather that happiness is the way in which the singular gathers his possibilities in use without enclosing the other possibles. To live a life among the fragmentation of the use of our disposed potentialities is a way to violently cut the seduction of absolute immanence in which style is diluted. Play could name the variations of use. But there is a second order risk in what constitutes “play”: a transfiguration of politic as civil war. The problem becomes how to think of ‘play’ (i. messianic abandonment, ii. political intensification – insurrection, or the separation between rhythm and voice, a poesis). I am interested in pushing for the third figure of play; a third figure in which the event and happiness impose a new division of souls, moving away from the separation from life.